XXV. El obsequio
La bofetada resonó por la habitación.
La mejilla de Aspros de inmediato se enrojeció por el contacto y una mirada de satisfacción apareció en los ojos carmesí de Ice.
A pesar de que el mayor de los Stormrage era bastante más alto y musculoso que ella, que apenas rozaba el metro sesenta de estatura, lo que le faltaba de alto le sobraba de egocentrismo, rebeldía y mal humor. Cuando las cosas no salían como las planeaba, se enfurecía y no le importaba llegar a los gritos o incluso a los golpes para demostrar su descontento. Ésta vez no era la excepción.
Aspros le había dicho que Marin se había marchado de la ciudad y que el bosque estaba bajo vigilancia, pero se había enterado que la pelirroja solamente había cambiado temporalmente de residencia. Claro, bien podría haber ido directamente al bosque, pero Ice no era estúpida, jamás se enfrentaría cara a cara con Defteros. Los demás no le importaban, o eso hacía creer a Aspros, pero era bien sabido que ella le guardaba cierto respeto –y también un poco de temor– al líder de los demonios del bosque. Además, no iba a mostrar sus armas tan pronto.
―lmbécil ―escupió después de abofetearlo―. Estás jugando conmigo.
―No ―respondió el de cabellos negros de forma serena―. Yo estaba seguro de que ella se había marchado, yo vi a Defteros llevarla fuera de la ciudad.
La mujer gruñó y enseñó los pequeños pero afilados colmillos.
―Mas te vale ser sincere o me obligarás a arrancarte esa bonita cabeza que tienes.
Entonces dio media vuelta y dejó solo al demonio. Su expresión se mantuvo impasible. Debía ser así, estaba jugando sus cartas y debía hacerlo de forma perfecta.
Saga había comenzado a pasar más y más tiempo fuera, separado del clan. En parte por buscar otros clanes, pero en gran medida se debía a que haberla visto de nuevo removió muchas cosas en su interior. Pasó los dedos de modo compulsivo por las grietas de su cuerno mientras trataba de quitársela de la cabeza, debía odiarla, por su propio bien y el de sus hermanos. Apretó ligeramente la cola que llevaba enroscada en la cintura.
De alguna manera, estar alejado de Defteros y su compañera era un alivio, pues ver las constantes muestras de afecto entre ambos, solamente tenían un efecto negativo y doloroso en el de cabellos añil, como si se clavara una daga en el corazón una y otra vez. Respiró hondo y volvió a cubrirse el cabello con la capucha de la túnica que llevaba para ocultar su cornamenta además de sus alas.
Defteros había pedido a Kanon que se quedara esa noche montando guardia. Sabía que era arriesgado dejar la protección del bosque al menor de los demonios, pero confiaba en él y en su fuerza, por no decir que era su forma de comenzar a darle más responsabilidades. Así que mientras el joven demonio vigilaba su hogar, él estaba con Marin.
Ambos, tumbados en la cama, se abrazaban mientras conversaban, o al menos lo intentaban, pues la pelirroja estaba tan cansada que ya había comenzado a balbucear y decir cosas sin sentido. No obstante, Defteros la escuchaba atentamente, la estrechaba con cuidado y pasaba sus garras por la piel cubierta por la ropa, así se aseguraba de no hacerle daño alguno en un descuido.
Cerró los ojos un instante.
Su mente se llenó de inmediato con imágenes varias. Imágenes de su niñez, de su adolescencia, de todos esos años de soledad antes de que apareciera Marin. Porque ahora que miraba al pasado, se daba cuenta de lo solo que se había sentido. No podía decir que era infeliz, en lo absoluto, sin embargo, se había sentido bastante solo, responsable de un clan que ahora había quedado reducido a cuatro. Pero desde que esa preciosa pelirroja se había cruzado en su camino, se sentía feliz, completo, con ganas de luchar de verdad, por ella, por su felicidad, su bienestar, por su vida.
Entonces vinieron las imágenes de su primer beso, de sus primeras conversaciones, de ese sentimiento tan extraño que le invadió el cuerpo cuando supo que estuvo a punto de casarse con otro hombre y del sentimiento totalmente opuesto cuando supo que sus sentimientos eran correspondidos. La amaba. Era probable que, de haberle preguntado meses atrás, no hubiera sabido qué responder acerca del amor, pero ahora lo hacía.
Y después llegaron imágenes de una posible vida juntos. De ellos unidos por fin como marido y mujer, viviendo juntos, creando juntos… Y de unos pequeños híbridos que corrían por el bosque con alas, cuernos y cola como su padre, pero con los cabellos de fuego de su madre. Ese pensamiento le enterneció, ¿sería capaz de tener esa vida con ella? ¿podrían procrear? Nunca se lo había planteado y no sabía si ella quería tener hijos, pero en ese instante la idea le hizo sonreír. Aunque claro, también estaba la compatibilidad entre ambos. Realmente no conocía ningún caso de híbridos entre los suyos o en el mundo y dudaba mucho que, de haberlos, estuvieran ocultos. Los humanos solían documentarlo todo, especialmente acontecimientos fantásticos como lo era su propia existencia.
Al final, no pudo evitar que su mente viajara a esa etapa de la vida que eventualmente llegaría: la vejez. Él había vivido muchísimos años y apenas había alcanzado una madurez, pero ella era humana y, en menos tiempo, ambos parecían tener una edad aproximada. No obstante, por lógica de su raza, tardaría en envejecer pues tenía un deber superior y eso significaba muchos más años de plenitud. Lamentablemente, ese no era el caso para una humana como ella y era probable que la perdiera más pronto de lo que le gustaría. ¿Cómo sería una vida sin Marin? Si ahora le costaba mucho apartarse de ella, si muriese, ¿sería capaz de seguir adelante? ¿de volver a amar? Aquello se le antojó imposible y demasiado doloroso para soportarlo. Si ella moría, él la seguiría. No quería separarse de su pelirroja por nada del mundo.
En eso estaba cuando escuchó unos golpes en la ventana. Agitó las orejas y sintió a Marin aferrarse a su cuerpo con temor. No podía moverse sin despertarla y si él le decía que alguien había tocado la ventana, seguramente ella no podría volver a dormir. Barajaba las posibilidades en su mente cuando volvió a escuchar los golpes.
―¡Defty! ¡Ábreme, soy yo!
La voz era inconfundible y, aunque en un susurro, el demonio lo escuchó perfectamente. Era su hermano. Llenó de besos a su pareja mientras, despacio y con cuidado, apartaba los brazos que se aferraban con fuerza a su cintura. Entonces se acercó a la ventana y abrió para dejarlo pasar.
―Tardaste demasiado en volver ―dijo el menor de los Stormrage al ver a su hermano.
―Pero fue por una buena razón ―se defendió Aspros.
Defteros reparó en las extrañas ropas que llevaba puestas pero no hizo comentario alguno.
―Pues más te vale que sea así o sentirás mi furia.
―¿Cuál furia? Tú no tienes nada de eso, hermanito ―bromeó el de cabellos negros―. ¿Está dormida? ―preguntó refiriéndose a Marin mientras intentaba ver un poco por encima del hombre de su hermano.
―Lo está. Ha sido un día duro.
―Despiértala. Tengo un regalo para ambos.
―¿No puede esperar?
―No.
Fue la única respuesta de Aspros y Defteros no tuvo otra opción más que obedecer. Podía ser el alfa, pero seguía escuchando a su hermano mayor y le hacía caso casi siempre.
El moreno se acercó a Marin y la llenó de besos. Entre palabras llenas de miel y caricias, logró despertarla, pidiéndole que su hermano quería darles algo.
―Pues vaya, tu cabello parece un nido de pájaros ―comentó Aspros pero a Marin no le hizo ninguna gracia.
―Venga, ya está despierta, ¿qué querías darnos? ―intervino Defteros pues le parecía que, de no hacerlo, la cosa terminaría mal.
Sin mediar palabra, Aspros dejó sobre el escritorio de Marin una maceta con una ramita medio encorvada con un pétalo en forma de corazón. La pareja la miró, aunque sus expresiones eran distintas. El alfa estaba incrédulo y la pelirroja se notaba enfadada.
―¿Para esto me despertaste? ―preguntó Marin con el fastidio en la voz.
―No lo puedo creer… ―murmuró Defteros ignorando el comentario de Marin, no porque no le pareciera que estaba en su derecho de estar enfadada, sino porque quería que ella supiera lo que significaba.
―Ésta es la flor del amante ―comentó Aspros con total tranquilidad―. Se dice que únicamente florece cuando el amor de dos personas es verdadero, real.
Pero Marin seguía sin comprender del todo y sus cejas enarcadas eran prueba de ello.
―Ésta flor es una rareza ―dijo Defteros―. Hace tiempo solía crecer en casi todos los lugares del mundo, pero ahora escasea. Lo más hermoso de ésta flor es que mientras más fuerte el amor entre dos personas, más crece… Cuando alguien la regalaba a una pareja era la forma más clara de decir que sabía que el amor que se tenían era eterno.
Al terminar de hablar, el alfa entonces entendió la razón de la última plática que había tenido con su hermano antes de que éste desapareciera. Era su forma de decirle que aceptaba a Marin como compañera de vida de su hermano y, de cierto modo, les daba su bendición.
La mujer se quedó en silencio. Intentaba procesar lo que acababa de escuchar pero le parecía demasiado fantástico para ser real, algo bastante absurdo tomando en cuenta que su pareja era un demonio, una criatura legendaria. Sin embargo, adormilada como estaba, le costaba hilar lo que acababa de escuchar.
Aspros lo entendió y no dijo nada aunque tenía muchas ganas de hacerlo, pero por respeto a su hermano, guardaría silencio. Entonces se despidió de su hermano y se marchó por donde llegó.
Defteros estaba sorprendido, no podía creer lo que su hermano les había obsequiado. Acompañó a Marin de vuelta a la cama y la abrazó con mucho mimo.
―¿La historia que dijo tu hermano es verdad?
―Lo es. Quedan pocas en el mundo pues suele confundirse el amor con un simple gusto o con una obsesión. Al final esas flores mueren cuando la pareja no se ama de verdad.
―Estoy segura que la nuestra vivirá por siempre.
Las palabras de la pelirroja hicieron que Defteros la mirara a los ojos. En esos preciosos zafiros no existía la duda y aquello enterneció de tal manera que el demonio, por primera vez en su vida, quiso fundirse con ella. Amarla, protegerla y unirse a ella de todas las maneras que conocía.
La besó de manera profunda pero lenta, saboreando su boca. Era un contacto distinto, uno que sin duda buscaba un final en concreto y que, para su sorpresa, fue aceptado con gusto.
