XXVI. En otra vida

El águila y el demonio, así eran conocidos en el Santuario por algunos de sus camaradas. A primera vista, podía parecerles una pareja un tanto dispareja, pero quienes eran allegados a ambos, sabían que se parecían más de lo que podía notarse a simple vista. Tenían una relación bastante sólida, aunque muchos lo atribuían a esos largos entrenamientos que compartían todas las mañanas o a veces por las noches, si es que alguno de ellos tenía alguna misión que cumplir.

A pesar de ser pareja, Marin seguía llevando la máscara y vivía en la aldea de las amazonas; Defteros, por su parte, resguardaba el templo de Géminis. Su relación no interfería en lo más mínimo en su deber, de hecho, parecía haber fortificado sus lazos con el Santuario y con los caballeros de bronce, pues se sentían con la responsabilidad de entrenarlos (aunque siempre estuvieran refunfuñando y renegando de lo débiles que eran).

Sentados en las ruinas de un acueducto cercano al Santuario, ambos guerreros conversaban de todo y nada a la vez. Era su rutina, algo muy de ellos; alejarse de todos para estar a solas juntos, para que él pudiera sonreír, mostrar sus colmillos, ser el trozo de pan que era, y para que ella pudiera quitarse la máscara, olvidar lo que ello representaba y poder ser una mujer normal, aunque fuera por un par de horas. Se besaban, se amaban, se cuidaban, se protegían, se mostraban vulnerables al otro, justo como jamás se atreverían a mostrarse en público.

―Deberíamos decirlo ya ―dijo Marin en un murmullo sin dejar de apoyar la cabeza en el ancho hombro del Géminis ―, no tiene mucho caso seguir manteniéndolo en secreto.

―¿Tú crees? ―preguntó él, haciendo cariñitos en los brazos desnudos de la mujer ―Me gusta tener algo solo para nosotros, algo que nadie más sabe… Es especial.

―Al menos nuestros amigos más cercanos deberían saberlo…

―Puede que tengas razón, pero creo que no hay prisa.

Marin se enderezó un poco para mirar a Defteros que sonreía. La punta de sus blancos colmillos brillaba por la luz del sol. Sonrió enamorada y le regaló un beso que fue correspondido con exactamente el mismo sentimiento, la misma intensidad. Era su momento, su espacio y nadie más existía, solamente eran ellos dos, siendo simples humanos, mortales enamorados.

El Santuario estaba bajo ataque, varios guardias habían perecido y varios caballeros de bronce estaban muy malheridos. Los espectros no tenían piedad, acababan con todo lo que podían y, aunque también sufrieron bajas, seguían atacando, dispuestos a abrir paso para que los Jueces del Infierno y espectros de otros rangos pudieran penetrar las defensas del Santuario.

Aunque no era muy común, un par de caballeros dorados se unieron al frente junto con la segunda línea de defensa: los caballeros de plata. Pronto la balanza comenzó a inclinarse levemente a favor de los Santos de Atenea aunque no podían cantar victoria; en cualquier momento un ataque de parte de alguno de los Jueces podrían volver a otorgarle una ventaja al ejército de Hades.

Marin, caballero femenino del águila, luchaba con valor, liderando al resto de sus camaradas. Ella podía no ser la líder oficial de los Santos de Plata, pero su liderazgo innato salía a relucir en esos instantes. El intercambio de golpes y poderes devastadores tenía ocupados a gran parte de los Santos de Plata, pero todos estaban más que dispuestos a evitar que el ejército de Hades pusiera un solo pie en el Santuario.

Muchos Santos de Oro se encontraban preparando las defensas de sus templos, otros hablaban con Atenea para comenzar a forjar planes y estrategias si se llegaban a dar ciertas circunstancias. Los tres caballeros dorados más poderosos tenían todo preparado, especialmente Géminis.

El Santo dorado del Tercer Templo había puesto el laberinto y ahora estaba en el corazón de la batalla para tratar de mermar y frenar el ataque cuánto le fuera posible.

―¡Mavros Eruption Crust! ―Bramó el caballero de Géminis y de inmediato la lava consumió a varios espectros de bajo rango. Una risa de satisfacción retumbó en su interior, aunque trató de mantenerse serio. Eso de poder destruir esbirros de Hades le causaba una satisfacción tremenda.

―¡Eagle Toe Flash! ―Ahora fue la amazona de águila quien gritó a unos cuántos metros de donde se encontraba el moreno. Sintió la tierra temblar un poco ante el poder de ese golpe y su sonrisa se ensanchó.

Poco a poco, con la ayuda de Géminis, lograron empujar un poco las filas del ejército de Hades para recuperar algo de espacio y tranquilidad. Al ganar terreno, varios guardias y otros caballeros recuperaron el ánimo.

No todos los días tenían la fortuna de pelear codo a codo con el legendario caballero de Géminis y mucho menos con la solitaria caballero de plata. Pero sobre todas las cosas, ver a la pareja defender el Santuario juntos era un espectáculo que era todavía más increíble de ver. A pesar de haber comenzado a batallar casi en extremos opuestos del lugar, fueron acercándose igual que imanes, casi como si supieran de manera inconsciente que eran mucho más fuertes y letales juntos que separados.

―Eres hermosa cuando peleas, ¿te lo había dicho? ―preguntó Defteros mientras aplastaba la cabeza de un espectro contra el suelo que se partió debido a la violencia del golpe.

―No digas esas cosas ―comentó la pelirroja antes de lanzar una serie de patadas hacia otro espectro, haciendo que pedazos de su sapuri salieran volando en todas direcciones.

―Pero es la verdad.

―Pero estamos en medio de una batalla.

El moreno hizo un pequeño puchero. Otro espectro pensó que reírse de él era buena idea y se arrepintió casi de inmediato pues un Mavros Eruption Crust le dio de lleno en la cara.

A pesar de lo que podía parecer a simple vista, tanto Defteros como Marin se tomaban su trabajo en serio. No obstante, defender a la diosa no era del todo su prioridad, sino mantener el menor número de bajas posibles. Y no era que no fuesen devotos a Atenea, pero ambos sabían muy bien que, si ellos no se preocupaban por mantener al ejército lo más completo posible, nadie más lo haría y eso podría acarrearles problemas en el futuro no muy lejano.

Sin embargo, esas ganas de proteger a los caballeros de menor rango, podría ser su punto débil si llegaban a notarlo. Y sucedió.

Radamanthys llegó al campo de batalla dispuesto a inclinar la balanza una vez más (y permanentemente) en favor de su señor Hades. Escaneó rápidamente lo que sucedía y notó cómo Marin estaba un poco más adelantada de lo que debería y socorría a varios caballeros de bronce y de plata. A ojo de cualquier otro, simplemente pudo haberse tratado de algo completamente normal en una pelea de ese calibre, pues solían mezclarse líneas en algunos puntos antes de volver a acomodarse; pero ante el ojo experto de Radamanthys, eso significaba que estaba haciendo dos trabajos a la vez y que llegaría un punto en el que no podría más.

La pelirroja comenzaba a sentir el cansancio de tener que proteger a los caballeros de bronce e incluso a algunos caballeros de plata. Si bien estos últimos eran bastante más fuertes, para muchos ese era su primer combate real, uno para el que no estaban preparados pues no tenían comparación con las misiones que solían hacer. Ella pudo haberlos dejado ahí, rascándose con sus propias uñas, dejando la vida en ese combate como buenos caballeros de Atenea, pero sabía que, de perecer, necesitarían a esas nuevas generaciones, a esos nuevos guerreros para enseñar y guiar a los que vendrían después.

―¡Ryu sei ken! ― todo pulmón mientras cientos de golpes salían disparados hacia algunos espectros que se encontraban cerca.

Defteros ya no estaba a su lado, de hecho, estaba enfrascado ahora en un combate contra varios espectros que parecían más fuertes de lo que hubiera pensado. Eran cosas que sucedían: unas veces lograban luchar lado a lado y vencer y otras tenían que hacerlo por separado y hacer uso de sus ganas de volver a verse para salir victoriosos.

El cosmos que se acercó a ella fue agresivo e imponente. Iba apartando a enemigos y camaradas como si se trataran de simples muñecos de trapo que estorbaban su camino. Esos ojos color ámbar se clavaron igual que dagas en el rostro de Marin cubierto por la máscara. No sonreía. Ese rostro no poseía la sonrisa altiva, siniestra y orgullosa que iban mostrando la gran mayoría de los esbirros del dios del inframundo. No. Él miraba a su presa con atención, como si de sus ojos salieran ataduras invisibles que no permitirían que huyera.

Marin se preparó. Vencer a unos de los Tres Jueces no sería tarea fácil, pero lo intentaría. Miró de soslayo hacia donde Defteros combatía contra esos espectros pero de inmediato volvió los ojos hacia su nuevo oponente.

Ella se lanzó al ataque con decisión, buscando encontrar un punto débil en Wyvern para hacerse las cosas un poco más fáciles, pero él parecía incluso aburrido ante el poco reto que representaban los golpes a toda potencia del águila. Elevó su cosmos para hacer sus golpes más rápidos y certeros, algo que dio resultado a medias, pues uno de sus puños logró rozar la piel descubierta por el casco.

Los ojos dorados del espectro refulgieron con furia.

―¡Greatest Causion!

Rugió el espectro y una luz violeta lo cubrió a él y después a Marin.

Defteros lo notó demasiado tarde.

El golpe le dio de lleno a la mujer que, aunque se quiso cubrir y esquivarlo, no fue capaz. El grito que escapó de sus labios fue uno ahogado, más cómo un quejido. Una nube de polvo se alzó a su alrededor.

El moreno, con furia, despachó a esos molestos espectros y llegó en un santiamén a donde se encontraba su pareja, introduciéndose en esa nube pidiendo a Atenea que hubiera recibido el menor daño posible. Apenas divisó sus cabellos de fuego, se arrodilló junto a ella, abrazándola con todo el cariño del mundo, buscando protegerla.

Su armadura estaba hecha trizas y su máscara partida a la mitad. Sangraba profusamente. Eso no podía estar pasando. Debía ser un error, una ilusión. Marin le regaló una sonrisa tranquila y una mirada llena de amor, pero no fue capaz de decir nada.

Defteros bullía en ira, su cosmos era lava pura y se giró para enfrentar Juez del Infierno. Gruñó, enseñó los colmillos, hizo estallar su cosmos al mismo tiempo que el espectro y se lanzó al ataque. La colisión de ambos cosmos fue tal, que la cadena que llevaba en el cuello, de la cual pendía un anillo de oro puro, se rompió.

―¡Greatest Causion!

―¡Mavros Eruption Crust!

El silencio envolvió el Santuario entero.

Defteros se apartó de Marin de golpe, buscando aire, espacio. Tenía los ojos desorbitados y le costaba respirar. ¿Qué era eso? ¿Por qué? La pelirroja lo miró con preocupación, ¿acaso ella no había visto nada? Abrió la boca para decir algo pero no hubo necesidad. Ella lo abrazó. Rodeó su cuerpo robusto con los delgados brazos como si quisiera protegerlo de todo.

Algo había despertado en ellos, algo había revivido.