Capítulo 03. figurativos puñetazos en la cara.
El nombre de Sunny Tyson resuena por toda la plaza y, tal y como sucede en cada ocasión, toda chica que responde a otro apelativo suspira de alivio. La excepción es ella, claro, Thomas no está en condiciones de mirarla todavía porque aún tiene que lidiar con un molesto mareo que se le ha instalado en el cuerpo y que no es producto del calor de la plaza, de ser así habría llegado antes de oír el nombre y no como consecuencia de este. ¿cuántas veces está escrito su nombre en aquella urna? ¿Veinticinco? ¿Qizá treinta? Es del todo irrelevante a esas alturas, la suerte no estuvo del lado de la chica morena y ahora no queda más que afrontarlo.
"Y, a fuerza de ser sinceros, de mi lado tampoco", piensa él, mientras a su derecha la gente abre paso a la cosechada. La condenada. Sunny Tyson tiene la trenza negra bien apretada, el horrendo vestido que le va enorme transmitiéndose por todo Panem, tanto como las comisuras de la boca, curvadas hacia abajo, y los ojos, secos, enormes, oscuros y aturdidos. Hay un primer plano de su cara, con un moretón que parece de un golpe y una herida abierta en la otra mejilla. Aquella última era nueva, esa mañana no estaba allí cuando se despidieron. Thomas aprieta los puños, si Sunny transsita por un estado triste en demasía él está en condiciones de estar furioso por los dos. Ostensiblemente furibundo.
–¡Ay, chiquilla! Eres tú –Gaspar Andryushin mira a Sunny, de arriba abajo, apreciativamente–: Pequeñita y delgada, ¡pero algo podemos hacer contigo! Dime una cosa, guapa, ¿tu pelo es natural o son extensiones?
El escolta extiende la mano para acariciar la espesa trenza negra de su amiga. Thomas se siente más furioso, y estupefacto se da cuenta de que tal cosa es posible. Sunny se echa hacia atrás, poco acostumbrada al contacto como está, así que el hombre queda con el brazo extendido en el aire.
No contesta, ni a la mirada del escolta ni a su sonrisa. Simplemente se queda allí parada, a una prudente distancia, con sus ojos recorriendo la multitud, en busca de su familia o quizá de él. Thomas siente la misma extraña admiración de siempre, como cada vez que ella afrontaba las burlas con la cabeza bien alta, o cuando se negaba a aceptar ayuda. Esa plebeya tiene alma, pensó cuando la había conocido, cerca de seis años atrás. Ahora lo afirma.
–Bueno… está un poquillo asustadilla, es comprensible –Gaspar va dando saltitos al sector de las urnas, a condenar a otra persona.
"Ameba inculta e insensata –piensa el joven, con un desprecio tan gélido que si Gaspar Andryushin lo supiese, quizá lloraría–: no está asustada, ignorante e increíblemente imbécil espécimen. Está enojada. Al final resulta que puede estarlo y lo está."
Sunny por fin le localiza entre la multitud. Sus ojos enormes y oscuros en aquella cara delgada, sus comisuras curvadas hacia abajo, sus cejas pequeñas fruncidas, las manos temblorosas, le dicen lo que él ya sabe. Peleará. Él asiente, alzando la mano y llevándose los tres dedos centrales al corazón. Ella imita su gesto, discretamente.
Andryushin ya tiene el papel en la mano, y con alegría se dispone a leerlo. Thomas, al fijarse en su amiga, ve la mirada de absoluto pánico al mismo tiempo que
(SERÉ YO OH SERÉ YO ME TOCA IR CON SUNNY YO CÓMO ES POSIBLE YO PERO CÓMO ES)
–¡Robert Halloway! –Pronuncia, alto y claro–: ¡Acércate, cariñillo!
El alivio momentáneo que le invade al oír aquel nombre es tan indigno, que en el futuro intentará negarse a sí mismo que lo hubiera sentido y además de con Sunny, no lo mencionará de nuevo. Es tan digno de los plebeyos piojosos llenos de teselas… aún no puede creer que se le pasase siquiera por la cabeza la idea de salir cosechado. Mira a Sunny, puede ver su pecho sacudiéndose en un suspiro. Ella también lo sintió, por un momento parecía que el nombre que saldría de esa urna sería el suyo. Sin embargo, no es así. Sale desde el sector de los diecisiete años, un sujeto alto, de pelo castaño y ropa desteñida, con los hombros encorvados pero la cabeza bien alta. A simple vista Thomas no le supone mucho cerebro, pero de que tiene agallas, las tiene y bien puestas. Mira al escolta con puro odio y se pone junto a su compañera. A Thomas le cuesta pensar en Sunny Tyson como la compañera de alguien que no sea la propia, pero tendrá que acostumbrarse, al menos hasta que ese tal Halloway muera.
–¡Eres enorme y bien parecido! Tú sí que darás encanto en los Juegos, ¡me gustas! –Exclama Gaspar, notoriamente más entusiasmado que con la tributo.
–Que te jodan pero bien, hijo de puta –le responde Robert, dándole una mirada airada.
Andryushin pone una expresión sorprendida que a muy pocos causa gracia. Thomas, en absoluto dado a reír, se concentra en fulminarlo con sus ojos azules.
–¡Esa boquilla! –Dice, ofendido–: bueno… en fin, amiguillos, ¡Densse un precioso apretoncillo de manos para las cámaras!
Ninguno se mueve por un segundo. Thomas piensa que no cederán, pero Robert extiende la mano con un amago de sonrisa amistosa hacia la chica morena. Ella, temerosa, devuelve el apretón, rápido y suave, pero sin sonreír. Le dice algo, pero el hijo menor de la estirpe Rocheford es incapaz de oírla, ergo ve a Robert Halloway asentir.
El himno de Panem da inicio y entre el público, especialmente en la zona de los dieciocho años, hay gritos, risas susurradas y planificación de panoramas para celebrar la vida, trabajada, ignorante, inmunda y sacrificada, pero vida a fin de cuentas, piensa Thomas. No tiene gana alguna de festejar, el único motivo de temor que le suponían las cosechas se halla de pie en el escenario, a la vera de alguien que la supera en tamaño en la mitad, cuanto menos. Que él saliera cosechado nunca fue una posibilidad real, Sunny era más plausible y ahí está.
Cuando el asunto culmina, Thomas se dirige a hablar con su padre. Ayno Rocheford es el hombre más admirable que el chico conoce, excluyendo en sus apreciaciones el parentesco sanguíneo compartido. El hombre gordo y de buen corazón se encuentra ordenando unos papeles, con la misma tristeza de todos los años en la consabida fecha, sino es que mayor porque esta vez tocó a su hijo menor y predilecto.
–Por lo sagrado, hijo… tu amiga… ¿cómo estás?
–Tse… –emite, sin darle importancia–: padre, sé que nunca te pido esto pero… esta vez necesitaré dinero.
Ayno lo mira por un segundo con sorpresa, pero Thomas le sostiene la vista sin parpadear. El alcalde no es ningún estúpido, así que asiente, extrayendo de su bolsillo la abultada billetera que siempre lleva consigo.
–Ten cuidado con quién lo haces, y tampoco pidas imposibles –dice, poniendo una mano en su enorme y relleno hombro–: seguro muchos querrán despedir a tan encantadora chica.
Thomas suelta una carcajada amarga. Si su padre se hiciese tan siquiera una pálida idea… Sunny era tan encantadora como él. Y por ello estuvieron juntos hasta hoy.
–Tranquilo –su tono no suena tan recalcitrantemente despectivo cuando habla con su caro progenitor–: tendré cuidado y pediré el doble, no más.
Se da la vuelta, dispuesto a marchar al edificio de justicia. Ayno Rocheford lo llama, como de improviso, y el joven se gira.
–Dile que la amas, quizá sea la última vez que puedas… –Ayno se seca una lágrima que le corre por la mejilla. Le siguen más.
Siempre se pone sensible en los días de cosecha, desde el día en que su hermano mayor, tío de Thomas,, no volvió, en el año 3. Lo tranquiliza con una ligerísima sonrisa.
–Ella ya lo sabe –susurra, pero al ver a su padre poco convencido–: se lo diré.
En el edificio de justicia está fresco. Thomas, en traje blanco y con la billetera abultando su bolsillo, pone en orden lo que desea decirle a su amiga. Va al sector donde la tienen, y llega justo en el momento en que su familia está saliendo. La madre llora, abrazada a su hija mayor. El joven le dirige una mirada de asco, no solo por ser una ameba ignorante y hedionda, que también, por supuesto; sino porque lo sabe. El padrastro no llora, pero parece triste, sosteniendo al sobrino de Sunny. No entiende cómo esa mujer es capaz de procrear, considerando las circunstancias en las que viven. Está seguro de que Sunny no lo haría con otro que no fuese él, ella es lista. Demasiado para esa familia mugrosa y entorno enfermo.
En último lugar va Sammy. Thomas la ha visto en el colegio, buscando a su hermana mayor, abrazándose a ella, y aunque no fuese así la habría reconocido entre un lote de plebeyas pues se parecen mucho. Tiene la carita bañada en lágrimas y va sorbiéndose los mocos. Lo ve como de casualidad, y corre hacia él con los brazos abiertos. Sin comerlo ni beberlo, Sammy Dean está rodeando la circunferencia de su barriga y enterrando la cara en su caro traje.
–¡Tú… tú eres su amigo! ¡Viniste a verla! –Hipa, abrazándolo con más fuerza–: tú tienes… tienes mucho dinero… por favor, patrocínala, haz algo… para cancelarlo…
Thomas no puede apartarla ni aunque quisiera, pues esas palabras son como un golpe en la cara. Tiene mucho dinero, cierto; es de las familias más importantes de los distritos, también es verdad. ¿y qué podía hacer? Tanto como esa pequeña populachera que llora abrazada a él y le moquea el traje.
–Me temo que tal cosa no será posible –le dice, con la voz extrañamente ahogada, y no por el abrazo–: pero tu hermana volverá.
Ella solloza con más fuerza, apartándose de él. Tiene los ojos tan enormes como su hermana, aunque empañados por las lágrimas. Cosa rara, Sunny no ha llorado nunca en su presencia. Parece querer decirle algo, pero su execrable madre la llama con tono apremiante y la chica, sin despedirse ni mirarlo, se va llorando. Aquel recuerdo le perseguiría por todos los juegos de Sunny, el de una niña de diez u once años llorando a lágrima viva sin que su asombrosa inteligencia o sus recursos hubiesen podido ayudar.
"Pero no es cierto, ¿eh? Si le hubieses dado limosna, quizá…" piensa, encaminándose hacia la puerta tras la que está su amiga. Pero tal cosa no habría tenido feliz cúlmine. Él la hubiese despreciado si Sunny le aceptaba más de la cuenta y, más importante aún, ella se hubiese visto desprestigiada. El autoconcepto va de apreciación interna y externa, y el autoestima de valorarse poniendo en juego éxitos y fracasos personales. Recibir comida de vez en cuando de su único amigo entraba en lo tolerable; mantener una relación por mendicidad no podía ser más que una bajeza.
El agente de la paz, tan blanco en vestiduras como él, está recargado en la puerta con semblante aburrido. Thomas, apático, extrae la billetera de su bolsillo y se la arroja a las manos. El sujeto, rápido de reflejos, la atrapa al vuelo.
–¿Y eso? – pregunta, enarcando una ceja, pero con una enorme sonrisa.
–No sé… noté que te hacía falta –dice, indolente–: Podrías aprovechar de comprarte un poco de dignidad
El agente de la paz abre la boca, dispuesto a decir algo, pero aprecia bien lo abultado de lo que podría ser su nuevo bien, y prefiere callarse. Se la mete en el bolsillo, con una sonrisita.
–Aprovecharé de mantener una conversación agradable y larga con mi amiga –dice Thomas, con la misma serenidad–: no se preocupe por las visitas, no se presentará nadie más.
El sujeto asiente.
–Así da gusto tratar con los soldados, cuando obedecen y se callan.
–Estás muy inflado, ¿eh? Entendiste el chiste, inflado porque estás "inflado" –el sujeto se ríe solo.
–Tse…
La puerta se abre, y Thomas ve la sala decorada con la fastuosidad que se le puede atribuir a un lugar importante de distrito. Moqueta mullida, sofá con funda de terciopelo, el papel de pared casi intacto. Las cortinas de muselina están cerradas, seguramente a preferencia de la ocupante. Está encogida en el enorme sofá, con los ojos vacuos y las comisuras hacia abajo.
Thomas se sienta a su lado, el sillón es muy grande para alguien tan delgada pero justo para contenerlos a ambos con dificultad. Sus extremidades se tocan, todo su costado roza a Sunny por primera vez, pero no por última, espera.
–Sabía que vendrías –Dice ella, con tono tirante y antipático.
–Tse… Sabía que estarías esperándome –responde él en el mismo tono.
Se miran a los ojos, los oscuros de ella hacen algo en los suyos azules que le impelen a seguir mirándola por lo que les quede.
–Bueno –él comienza–: ¿recuerdas mi forma de lacear?
–Sí.
–Muéstrame.
Sunny finge tener una cuerda invisible, poniéndose en pie, y hace los movimientos indicados con bastante exactitud. Thomas asiente, serio, pero intenta explicarle la manera correcta de hacer los nudos con su propia corbata, que termina quitándose para tal fin. La prenda queda retorcida, pero de todos modos no importa porque no piensa volver a ponérsela, a no ser que Sunny se la traiga de vuelta.
–Aliméntate bien, duerme cuanto puedas y aprovecha todo el tiempo que tengas para leer, entrenarte o lo que sea. Si tienes oportunidad de asesinar para preservar tu existencia, no lo dudes, hazlo. Sé que tienes un corazón bondadoso –esas últimas palabras las pronuncia con un deje de ironía–: pero recuerda a lo que vas y…
–Aunque no lo creas, no soy estúpida –Ella se ccruza de brazos–: sé todo eso. Sé que tengo que vivir.
–Tse… si te creyese estúpida no habría venido aquí a perder el tiempo contigo –se enfurruña–: hablo de tu autoestima, de que puedas llegar a pensar en dejarte morir. Si en algún momento se te cruza por la cabeza resignarte… te diré que tu hermana salió de aquí hecha un mar de lágrimas.
–…
–Así que –prosigue–: ya que eres más emocional. Si tienes que pensar en tu hermana llorando, o esa ameba desalmada que tienes como madre dándole una paliza, en… en nuestro lugar de siempre, solo conmigo… hazlo. Hazlo hasta que se te quiten las ganas de rendirte.
La mirada vacía de sus ojos se despeja por completo. Ya no hay furia aturdida, sino resolución.
–Así que crees que puedo hacerlo.
–Sé que puedes hacerlo. Porque a diferencia de ti… te tengo en muy buen concepto.
–Me tomaré eso como un "te amo" –Se burla, con una sonrisa–: por cierto, vaya manera de hablar, señor silencioso. Me has dicho más palabras ahora que en…
–Haz como mejor te convenga –Thomas mira hacia las cortinas cerradas, intentando ocultar su miedo.
–Voy a besarte. No te pongas a chillar –amenaza, advierte o lo que hubiese querido hacer.
–Tu hermana ya me ha tocado antes, estoy inmunizado.
–No te metas con mi hermana, mr. Manitas de cerdo.
–Y tú no te metas conmigo.
–¿O qué?
–Tse… ¿me vas a besar o no?
Sunny, dando un salto, le abraza por el pecho y le besa de lleno en la boca. Tomas siente que el corazón se le va a salir, no solo por ser aquel su primer beso, sino porque quizá sea el último con la chica, aunque no quiera pensarlo. Se sienta en el sofá, y ella se le acomoda en las piernas de lado, como una niña. El vestido se le sube un poco, y mientras sus labios no paran de jugar, él acaricia sus piernas delgadas y suaves. Sunny despeina su pelo rubio, mientras muerde su labio inferior. La electricidad que le acomete, no sería capaz de describirla ni con las palabras más rebuscadas.
–Así que nunca habías besado –le dice, separándose ligeramente de él.
–Y tú sí –Thomas baja los labios por su cuello desnudo. Sunny huele bien, no a ese aroma sucio y de humo que inmediatamente asocia con los plebeyos; ella… , huele a anís.
–Ahí te aventajé… como en muchas otras cosas –echa su cabeza hacia atrás, soltando un leve jadeo. Thomas deposita un beso en la curva de su hombro.
–En tus sueños de grandiosidad.
Se la pasan allí, recorriéndose con las manos y los labios, como si no hubiese un mañana porque tal vez no lo hubiese. Thomas acaricia los pechos de su mejor amiga por sobre el vestido, con los botones de la camisa desabrochados por sus pequeñas y hábiles manos, cuando la puerta resuena con golpes.
–Oiga, míster, ya van a ser 20 minutos –se oye la voz del agente de la paz–: dos minutos más, que no quiero tener problemas.
Sunny, que acariciaba el torso de su amigo con las yemas de los dedos, se separa rápidamente. Los ojos le brillan, tiene la trenza despeinada y los labios un poco hinchados. Thomas siente algo raro en el pecho cuando ve que sus comisuras están curvadas hacia arriba, como pocas veces (la mayoría en su lugar de siempre).
–Me darás tu corbata, ¿no? –Pregunta, mirándola. Está tirada en el sillón, de cualquier manera.
–Efectivamente.
Sunny rebusca en la pequeña mochila que lleva, hasta que por fin encuentra aquello. Unas tijeras. Por un instante, Thomas piensa que su amiga se va a abrir las muñecas o un acto tan melodramático como aquellos que tanto disfruta leyendo y justificando, no obstante lo descarta al ver su expresión.
–Nadie dirá que no soy previsora –Dice, y con un solo movimiento corta la trenza negra que era su rasgo distintivo a partir de la base de la nuca. La ata con un listón–: una plebeya poco más tiene que darte.
¿Cuántas veces la había llamado así? Y Objetivamente lo era, una barriobajera, una chica pobre apestando a oveja. Bueno, lo último casi no, empero todo lo demás. Sin embargo, ¿Cuándo fue la última vez que lo sintió de verdad? Sunny se había constituido en excepción, era más lista que cualquier terrateniente y casi igual de juiciosa. Poco le importaban sus orígenes. Él hasta había pensado en…
–Vas a volver más rica que yo –dice, riéndose–: serás una vencedora. No es que me gusten los juegos pero…
–Pero tengo que jugarlos, sí –dice, oliendo la corbata–: huele bien…
Thomas se enrolla la trenza en la muñeca.
–Gracias.
Otros golpes resuenan en la puerta. Ambos se ponen en pie, dándose un último abrazo y beso en la boca. Los otros fueron apasionados, este es más lento. Thomas siente la dulzura de su mejor amiga, su amor, y también un adiós en ese gesto. Corresponde a todo, acariciando su pelo ya corto. Se ve tan distinta así, tan… adulta. Cuando se separan, ella acaricia su mejilla.
–Eres mi mejor amigo.
–Adhiero –ella abre la puerta, y se separa por completo de él–: Ah… por cierto, tu hermanita estará a salvo. Lo prometo.
Ella abre sus enormes ojos, sorprendida. Intenta negarlo, negarse, provocarle, lo que fuese, pero el agente de la paz la lleva gentilmente hacia la salida. Él no la sigue, no quiere escuchar nada más, su resolución está tomada.
Enviaría a uno de sus peones a darle comida y dinero a la niña, si era posible sacarla de casa y darle un trabajo en su finca. Él no se encargaría personalmente de tan enojosa tarea, claro, nunca iría a dar con sus huesos a un lugar tan aborrecible como la periferia del distrito, pero lo haría. Por ella y también por él.
Se alegra de dar a su amiga un poco de esperanza. Ella también se la había dado, y solo lamentaba haberse comportado como un insensato y no socorrerla a pesar de su orgullo, por muchas razones que hubiese tenido para no hacerlo. Fue un insensato, pero ya no lo era.
Susurra dos palabras, mirando fijamente la trenza de su muñeca. Solo la absoluta confianza en su victoria le hace impedir derramar unas lágrimas.
Nota:
Ya comenzamos con los capítulos largos... no digo que vaya a cambiar la cosa. Gracias a quien lee, a quien lee y comenta, y a quienes tienen planeado leer. :)
Para inspirarme escuché el ending 7 de Naruto Shippuden, Toumei Datta Sekai, la versión en español latino de Yuri Fox, está por YouTube.
Lo escribí desde el punto de vista de Thomas porque quería despedirme adecuadamente de él. aunque no descarto que lo volvamos a ver en un futuro.
Sadder: Sí, no se hace daño a quienes se quiere, por desgracia Sunny lo ha aprendido conceptualmente pero no en la práctica, ni por parte de su familia ni por su único amigo. Aún así, o se salvará o morirá en el intento, y yo la veo aprendiendo de sus errores. Espero que el tributo masculino haya sido de tu agrado.
Rebe: Mierda de situación es como nosotras lo diríamos, no ella, claro, esa palabra no la ussaría nunca por ser muy baja xD. Las cosas por desgracia no mejorarán pronto...
Dani: ¿Quién no quiere a Isaac? (corazones). La verdad es que también vengo saliendo de situaciones de maltrato, y esa es la relación que forjé con mi hermana, que no es tan adorable xD es más malosa pero tengo debilidad por los hermanitos adorables. Sammy, como leíste de tu querido Thomas ajajaja, será un gran incentivo para Sunny.
Nos leemos en el ssiguiente. Habrá charla con los mentores, más Robert, conoceremos a los demás tributos..
¡Saludos!
