Disclaimer: Sabrina Callahan corresponde a Dani Valdez. está más madura, más cansada y algo más fuera de sí, pero aún es ella.
Capítulo 04. Adiós, casa mía.
El tren se pone en marcha con una sacudida muy ligera, casi parece como si las cosas se estuviesen moviendo en lugar de al contrario. Robert Halloway, de diecisiete años, tiene el rostro casi pegado a la ventana, bebiéndose el paisaje con los ojos húmedos por las lágrimas. Da un enorme puñetazo a la pared, Sunny lo imagina frustrado, enfurecido y triste, pero no puede evitar dar un respingo. Los golpes a los objetos de la nada, los arrebatos súbitos la ponen en guardia. Se calma al ver que la furia se torna en tristeza y, por fin, el chico deja caer sus lágrimas. Están solos, tal parece que no le importa el hecho de que ella lo observe, pero aún así aparta la mirada, con tacto.
–Carajo –Susurra, con la voz quebrada y desesperada–: carajo…
Ella no sabe qué hacer, de haber sido su hermana o algún niño lo envolvería entre sus brazos para propinarle consuelo. pero con la gente cercana a su edad no le es fácil interactuar, y no sabe si podrá soportar el rechazo en caso de acercársele. Ella también siente la angustia y desesperación anidando en su pecho, después de todo la están arrancando de su distrito, de su casa y quizá de su vida. Solo mira por la ventana, allí está el campo donde llevó a pasear a sus ovejas. Allá a lo lejos, las montañas que escaló ciertas veces en busca de pastos frescos; atrás, el mercado del distrito, donde había deseado más que comprado. La biblioteca… la escuela, el rincón donde ella y Thomas habían leído y conversado tanto…
No se acerca, no por falta de empatía o de ganas, más bien porque los recuerdos la invaden de igual manera. Los minutos pasan y ambos están sumidos en sus pensamientos, Robert sostiene un gorrito de bebé, de color rosa. Sunny recuerda a su hermanita llorando entre sus brazos, los cálidos labios de Thomas en su piel…
–Chicos –Dice una voz profunda tras ellos. Sunny vuelve a sobresaltarse, está harta de hacerlo. Desde el momento en que su nombre fue escogido siente que su corazón no ha dejado de ir a trompicones.
Les habla un joven que mide más del metro noventa, lleva el pelo en rizos negros hasta los hombros y su rostro barbudo destaca más por el ojo izquierdo, enorme, redondo, luminoso y rojo, que remplaza al perdido en sus juegos.
–Hola, seguramente ya me conocen. Lev Abercowney, vencedor del año 25 –dice, sin sonreír, pero con cordialidad.
–Buenas tardes, soy Sunny Tyson –responde, formal–: Deseo saber si ya se ha determinado quién mentoreará a cada uno.
La pregunta deviene del conocimiento, vago y algo inexacto, que ella posee sobre los juegos. Sabe que, en caso de contar con más de un vencedor como en el distrito 10, los tributos poseen mentor personalizado.
–Me alegra que lo preguntes, Sunny –esta vez, él sí sonríe–: yo seré tu mentor.
–Si a bien tiene, gracias –contesta ella.
Robert suspira de alivio, no había saludado a Lev ni tiene intención de hablarle siquiera.
–Sabrina vendrá dentro de poco, ella será tu mentora –el joven vencedor lo dice mirando al tributo masculino.
–Ya, menos mal –dice, dirigiéndole una mirada de desprecio–: ni de locura dejo que tú te encargues de mí.
Sunny se sorprende ligeramente, Lev no es uno de esos que pueden ganarse antipatías gratuitas. De no ser por cierto asunto, es un buen vencedor y vecino. No obstante, y en alta probabilidad, la animadversión de su compañero se deba a aquello.
–Tampoco me veo capaz de trabajar contigo –Lev no se ofende, pero su sonrisa es algo más tirante–: pierdo la paciencia rápido con los de temperamento difícil.
–Ya y la dignidad también la pierdes con los de verga profesional –espeta Robert. Sunny no se había equivocado, se trata de eso.
–¡Robert! –Se escandaliza una voz de mujer adulta, mientras Sunny solo dirige una mirada de censura.
–Tú qué sabes, mocoso estúpido –dice el vencedor, furioso esta vez–: si tú solo…
–¡Ya, Lev! –La misma mujer adulta se acerca más, dispuesta a poner orden.
Alta, de piel blanca y pelo castaño un poco canoso, Sabrina Callahan es ágil al aproximarse a los contendientes y a Sunny.
–Te agradecería, Robert, que moderes tu lenguaje –le dice, con severidad–: En la encuesta inicial has salido en penúltimo lugar entre los favoritos, cuando podrías haber estado un par de puestos por encima…
–Ya, ¿Y crees que eso me importa una mierda? –Robert da otro puñetazo a la pared del tren, con la mano que no sostiene el gorrito de bebé–: ¡Me voy a los putos juegos del hambre! Lo que piensen unos mamahuevos como los capitolinos me vale…
–¡Algo debería importarte! –Lev alza la voz–: esos capitolinos mamahuevos te van a patrocinar, en la arena eso significa algo… haz un esfuerzo por…
–¡Tú ni me hables, puta!
El puñetazo que Lev estaba dispuesto a propinarle a su joven tributo, lo intercepta Sabrina al tomar con más fuerza su mano. Sunny solo tiene los brazos cruzados, los gritos no son desconocidos para ella, menos las peleas a golpes. Sus ojos únicamente se mueven de un lado a otro, viendo cómo se desarrollará aquello. Ella… ella nunca se habría atrevido a hablar así a alguien mayor. Y ni siquiera ve la relación de Lev con el otro vencedor de mala manera.
–Deberías enseñarle el tren a Sunny –ordena Sabrina, temblorosa–: Robert y yo vamos a hablar. –él abre la boca, dispuesto a decir algo–: sí, Robert, vamos a hablar, si quieres volver con tu mujer y con tu hija.
Aquello le hace cerrar la boca, al fin, pero su mirada es como la de un animal rabioso. Sunny había visto los efectos de la rabia haciendo estragos en los cerebros y comportamiento de ciertos animales, y su compañero parece aquejado de la misma afección.
–Vamos, Sunny –Lev asiente, con la adrenalina agrandando su ojo natural. No le tiembla el pulso, pero su boca está muy apretada.
Ella le sigue, sin decir palabra alguna. De aquel vagón en el que no parece haber mucho, pasan al vagón restaurante. Había pensado en que Gaspar estaría allí, con su gorra de caballo y su traje de lentejuelas, atiborrándose de esto y aquello, pero se engañó. En cambio, están solos con un par de bandejas llenas de comida dispuesta sobre la mesa, y una iluminación demasiado intensa.
–Aperitivos –dice el joven mentor–: sentémonos y comamos mientras hablamos.
Sunny obedece, sintiendo el aroma delicioso de los panecillos expuestos sobre la mesa, pero en cuanto toma uno se da cuenta de que no tiene hambre, o más bien no puede comer, y lo deja en su lugar. Lev engulle de un solo bocado un panecillo cubierto de una pasta anaranjada.
–Está rico –dice, con la boca llena–: venga, come. Lo vas a necesitar.
–No me siento con la disposición adecuada para comer en este momento –responde, mientras lo mira, como en muchas ocasiones había visto a Thomas. Por cada cosa que ella comía, su mejor amigo engullía cinco, y siempre le decía "pero come más, vamos, con razón estás tan delgada" o bien "no le puse veneno a mi comida, vamos". El recuerdo consigue que se le apriete el corazón de una manera casi dolorosa.
–Ahí están las cosas, para cuando quieras comer –Lev no insiste, cinco años atrás estuvo en su situación, y quizá peor pues fue su propio distrito quien le eligió para participar en los Juegos del Hambre, en el primer vasallaje.
Ella asiente, pero no dice nada por un segundo.
–¿Cómo estás? –Pregunta de pronto el mentor.
–…Furiosa –responde la chica, después de reflexionar un segundo acerca de sus sentimientos, comenzando por su incapacidad para llorar y terminando con el gesto compartido entre ella y Thomas, en el escenario. Un signo de lucha y despedida. No… triste no podía estar.
–¿Por qué? –El joven vuelve a preguntar.
Su primer pensamiento es preguntarle si acaso es estúpido, pues la razón era evidente a ojos vista. Quizá exteriorizar su rabia con gritos, como Robert y su madre, o con palabras venenosas e hirientes, tal cual Thomas. Sin embargo, consigue encontrarle profundidad a esa pregunta, pues decir lo primero que se le pasaba por la cabeza jamás había sido su estilo. ¿Por qué estaba furiosa?
–Porque los juegos no deberían tener cabida –responde–: han durado demasiado. Porque odio la idea de matar por vivir. Y sobre todo –toma aliento, apretando ligeramente los dientes–: porque sé que haré cuanto esté en mi mano para volver… y no me importará si puedo retornar a casa.
Lev se queda en silencio por un segundo. Sunny recuerda sus juegos, tenía trece años cuando pasó. En cuanto se había enterado de la temática del Vasallaje, que el distrito podía elegir a sus tributos, a su infantil cerebro se le había ocurrido la absurda idea de que podría ser votada. Algo totalmente sin sentido, ahora lo sabe, la tributo tenía dieciséis años y se llamaba Lyra Bishop, fue electa por una razón totalmente sin sentido. Más coherencia tenía la elección de Lev Abercowney, un par de semanas atrás había sido azotado públicamente por ladrón y el distrito recordaba aquello. La chica jamás le diría, ahora que lo tiene en frente, que su familia fue una de las tantas que le votó años atrás. Wendy Dean y su esposo tenía un dicho: pobres pero honrados.
–Esa última frase quiero que la anotes para que la digas en la entrevista que te harán en unos días –dice el mentor–: y por muy de acuerdo que esté contigo en lo de los juegos, preferiría que quede entre nosotros. No es una postura que atraiga si lo que quieres es vivir.
–No obstante, si quisiese entregar un mensaje que la gente recuerde…
Pero Lev ya niega con la cabeza, con los labios tan prietos como en su discusión con Robert Halloway.
–Si quieres sacrificar tu vida por entregar ese mensaje, no seré yo quien te detenga –Su voz profunda suena triste–: pero te voy a decir una cosa: no ha habido rebelde que haya ganado los juegos, te lo aseguro. Solo conozco un caso… el de Nick Hallorann, año 18. Y su vida no es muy agradable ahora.
¿Vale la pena sacrificar la vida? Se pregunta, mirando primero a Lev y sintiendo la corbata negra en la piel. No es que en el distrito se hablara de eso, que ella supiera; la gente está cansada, se trabaja mucho, se come mal y se duerme poco, más en los meses donde se acerca la cosecha, y las ganas de rebelarse son pocas. Sunny conoció al primer rebelde en la escuela, varios años atrás, él fue quien le insufló esos sentimientos de rebeldía, de revolverse ante la injusticia a la que son sometidos. No era que no se lo hubiese planteado alguna vez antes de eso pero… en algún momento creyó que era parte de su castigo, que les daban lo que merecían, producto de la educación recibida. Ahora, con ideas bastante claras de lo que era un castigo y lo que se trataba de una herramienta de control, tiene que pensar en el mensaje que podría dar a unos cuantos por un lado, y por otro, en Sammy y Thomas.
–Así pues, decir algo insurrecto está descartado –susurra por fin.
Lev asiente. Y por fin, por muy dura que fuese la decisión que se vio obligada a tomar, consigue comer un panecillo. Está delicioso, tal y como su mentor le había dicho. Sin darse cuenta, engulle varios más. Él la deja en paz, mientras comen en silencio y se miran alternativamente. Sunny, limpiándose las manos, saca la corbata del escote, donde se la había metido por un tiempo. Es suave, delicada, huele bien y le da seguridad.
–¿Quién es? –Pregunta él.
–Seguramente no me creerá si se lo digo –dice, con una ligera sonrisa. Así son ellos, increíbles, si bien la gente ya se acostumbró a verlos juntos.
–Esa mirada en tus ojitos… me suena a un enamorado –Lev sonríe–: o a tu padre.
–No tengo padre presente –responde.
–¿Quieres escribirle a tu amor? –Lev se inclina un poco hacia delante, su ojo rojo brilla–: nosotros nos encargaremos de hacérselo llegar. A tu amor y a tu familia. Una carta, algo que quieras decirles… preguntarles, lo que desees.
–¿A qué viene tamaña propuesta? –De solo pensar en escribir a su gente allá en el distrito, el corazón se le acelera y no sabe si se trata de algo bueno–: Quiero decir… ¿No será, acaso, más terrible y cruel que se queden con un recuerdo semejante si yo muero?
–¿Te estás dando por vencida?
–En absoluto, así y todo, hay ciertas cosas que escapan a mi control, tal es la suerte –contesta con sequedad.
Lev Abercowney no es Thomas Rocheford, ella lo constata al oírle decir, resignado.
–Vale, tú ganas.
Es una victoria tan fácil que ni siquiera puede sentirse satisfecha. Quizá sea el efecto de saber que cabe la posibilidad de que no lo vea más, pero ya le está extrañando palmariamente.
–Te proponía escribir la carta porque me has caído bien y pensé que podía ayudarte –Lev habla de nuevo–: aparte, antes había pensado en darte unas tarjetas con preguntas que tenías que responderme hasta la hora de la cena, pero ahora creo que las verías como un insulto.
Lev Abercowney saca del bolsillo de su camisa un fajo de pequeñas tarjetas y se las tiende. Sunny, curiosa, las lee. "¿qué es lo que más te da miedo de los juegos?" dice una. Morir, obviamente. "¿qué piensas del escolta?" reza en la siguiente. Que es un terrorista del lenguaje, fácil. "¿cómo te gustaría vestir en el desfile?" esa es la tercera. Me es indistinto, sería la respuesta. No quiere seguir leyéndolas.
–No me haga preguntas tontas… no quiero entrar en juegos tontos –Sunny le da sus tarjetas, con una expresión burlona en su rostro–: ¿Con qué objeto ha redactado usted estas preguntas?
–Eso ha dolido –Lev parece, efectivamente, algo afectado–: es para quitarles de la mente que se están despidiendo de su casa, para que se centren en hacer algo hasta la cena. Habitualmente no les dejo pensar en…
–Comprendo –lo corta–: escribiré esa carta. Resulta que tengo muchas cosas que decir, ergo la escribiré.
Se guarda lo demás, que espera no hacer daño si muere. En ella volcará todos sus sentimientos, para no pensar en ellos más si le es posible.
"¿A quién engañas? Tu encanto por el melodrama tiene bastante que ver en aquella misiva", dice la voz de Thomas en su cabeza, con su acento frío y desafectado. "Es la razón por la cual me diste tu melena." Y sí, no hay diferencia. La escribirá.
Se levanta, Lev se ofrece a ayudarla a encontrar su vagón dormitorio, y ella asiente, así no pierde tiempo. Planea terminar lo más pronto posible con aquel asunto, posteriormente centraría todos sus esfuerzos en sobrevivir.
Nota:
Debería haber gastado este cacho de tarde en estudiar, sin embargo me fue imposible. Tenía tantas cosas en la mente... amo este fanfic demasiado.
Como siempre, gracias a las que leen y comentan, a los que solo leen, y a quienes tengan planeado hacerlo.
Dani: Sí, al pobre le ha costado, pero se dio cuenta y no lo niega, porque no es Daniel Lestrange xD. Este chico es mucho más seguro de sí mismo y sobre todo creció con más amor. Sammy es amor :3
Rebe. Yo creo que Thomas te queda genial, fangirleé mucho con el capítulo que escribiste. Despedida intelectual jajaja así son ellos.
Sadder: Exacto, podría haberla ayudado antes, quizá no hubiese tenido que pedir tantas teselas. Al menos puede hacer algo por su hermana, pero igual no es excusa. De todos modos ella es tan orgullosa que a saber cómo se lo tomaba. Me alegra que su relación te guste.
En el siguiente capítulo, Gaspar Andryushin, más Robert, un poco de Robert y Sunny y ella al fin diciendo algo xD, conoceremos al tercer vencedor ¡Y las cosechas! Al fin veremos a los demás tributos.
¡Nos leemosss!
