Disclaimer: algunos personajes pertenecen a Gato Rojo, y otros a Paulys, también a Ludmila V.


Capítulo 05. Siempre habrá cosas que decir.

Había llorado mientras escribía las cartas dirigidas a su familia, por supuesto, no lo pudo evitar entonces. En la carta redactada para su madre, le aclaró que no podría perdonarla, pero que aún así esperaba que tuviese una buena vida, si acaso moría ella. le pidió que cuidara a Sammy, y a John, y que aprendiera a amar sin maltratar. Fue difícil escribir aquello pero que no se arrepiente. A Sammy le escribió su amor, que la recuerde tal y como era, sin importar lo que viese en los juegos. Una lágrima manchó el papel y prefirió dejarla como estaba, le pareció bien que ella, que tanto la había amado, supiese que lloraba por verla en aquel momento. A Thomas le confesó su amor, filial y erótico, le habló de sus paseos por los campos, sus lecturas silenciosas y sus debates, tan acalorados como nada en ellos. Presencialmente no le dijo nunca cuán importante había sido en el término de su infancia, el haberle hablado esa vez, y permanecer a su lado hasta conseguir algo más que miradas de desprecio. La mano le dolió de tanto escribir, pero cuando terminó tenía las mejillas calientes y los ojos secos, nostálgicos, envueltos en la niebla del pasado.

Se mira al espejo del baño privado de su dormitorio, nota la diferencia de su aspecto con el cabello corto, rozándole apenas el cuello. Se lo peina con los dedos, sintiendo las gotas deslizarse por sus manos. No se arrepiente de haberle dado la trenza, había sido importante para sí misma, su orgullo. nunca estuvo conforme con su apariencia –ni lo está ahora–, pero su negro cabello era objetivamente bonito. lo sigue siendo, quizá colgado en su habitación o quién sabía.

Se viste con un traje de dos piezas de los tantos que hay en el gran armario, consiste en falda y camisa negra con botones, y unas bailarinas del mismo tono pues es lo primero que encuentra. Posteriormente, y aunque no tiene hambre, toma sus cartas, la grande y las dos pequeñas, y sale de su habitación rumbo a cenar. Lev le había dicho que se juntaran a las 8.00 pm para comer antes de ver las cosechas. Aquello la pone ansiosa, comer frente a Gaspar Andryushin, Robert Halloway y los demás, pero sobre todo conocer a sus veintidós contrincantes.

Recuerda bien el camino, de manera que en breve está ya en el comedor, con cinco minutos de antelación. Sabrina Callahan y Robert están allí, sentados a la mesa, sin comer todavía. Están conversando, y no la oyen llegar pues entre los zapatos que lleva, el traqueteo del tren y lo silenciosa que es por naturaleza, consigue camuflarse lo suficiente.

–No es que quiera desanimarte, pero… la tarea de mentor es difícil –dice Sabrina–: así que Fabian está en el distrito. Ojalá pudiésemos decir que descansa, pero… la verdad es que en esta temporada no se descansa mucho.

Robert gruñe algo inteligible en respuesta. Sunny se acerca más, casi llegando a la mesa es que la descubren, por fin. Él da un respingo.

–Vaya contigo –dice, admirado–: eres silenciosa que te cagas.

Se toma un segundo para asimilar si es un insulto o no, pero la sonrisa que le ve en la cara quemada por el sol le hace ver que, en efecto, solo es un comentario amistoso. Sonríe de vuelta, aunque siente una bola de plomo en su estómago.

–Estos zapatos han ayudado a que no me advirtiera ninguno –responde–: ¿Puedo sentarme a tu lado?

–Venga, no pidas permiso y siéntate –Robert, caballeroso, le aparta la silla a su derecha. Sunny se acomoda allí, abrazándose a sí misma y sus cartas, muy recta–: ¿estás nerviosa?

–N… no –dice, aunque la voz le tiembla un poco. Luego, recuerda que él podría ser su enemigo, y más seria, contesta–: en absoluto. Únicamente estoy barajando la posibilidad de que seas una amenaza para mí.

Robert suelta una carcajada.

–Eres un poco estiradilla, me das gracia –comenta. Esta vez, le resulta más complicado discernir si es o no un insulto hacia su persona–: ahora veremos las cosechas y a ver si encontramos cada uno aliados o algo así.

A Sunny le queda perfectamente claro que aliarse a su compañero de distrito, considerando sus palabras anteriores, no es una opción. Quizá la ha visto demasiado débil, lo cual no le puede reprochar. Él, con sus diecisiete años, es enorme, fornido y tiene carácter. A ella le iría más el pasar desapercibida, y Robert haría de esa tarea algo imposible para sí.

–No creo que me interese encontrar en mis contrincantes alianza –ella murmura, mirando las cartas que aún sostiene contra el pecho.

–Bueno, eso también depende de cómo sean los tributos, si son demasiado amenazadores no tendrás opción –interrumpe una voz desconocida.

Robert se gira tan rápido que el cuello le cruje, Sunny es más sutil pero tiene idéntica urgencia. Un individuo alto, con ojos lila y pelo oscuro y rizado, los mira con suficiencia desde el dintel.

–Ah, hola, Gaspar –Sabrina, para nada sorprendida, alza sus ojos castaños. No sonríe, ni se ve amable–: estábamos esperándote para comer.

Ambos tributos abren la boca, estupefactos. Tanto los ojos azules de Robert como los oscuros de Sunny, no dejan de mirar al sujeto. Ni rastro de máscara de caballo que le cubre los ojos, ni de sonrisa afectada, su ropa parece normal y tan solo los ojos lila lo delatan como alguien del Capitolio.

–¿Gaspar? –Sunny, sorprendida, intenta refrenar la descortés incredulidad que le acomete–: quiero decir… usted es… el escolta es… ¿qué pasó con el empleo constante del sufijo "illo" y su forma de hablar afectada?

–Y el traje cutre, y la máscara de caballo y la mirada de memo –añade Robert.

Gaspar, con pasos elegantes, se sienta junto a Sabrina y frente a Sunny. Efectivamente, en el parecido de la boca es su Gaspar Andryushin, pero…

–Estaba cansado de lucir ese esperpento –Manifiesta, con desprecio–: y de su distrito con olor a caca, debo decir. Ah, por cierto, Halloway, como me vuelvas a decir que alguien me joda, seré yo quien te joderá.

–No te pases, bastardo –dice Robert, pero está tan sorprendido que ni siquiera se le ocurre algo mejor que decir. Cierra la boca y se calla, mirando a Sabrina en busca de una explicación.

–Verán –la voz profunda de Lev llega en su auxilio. Sunny se siente un poco agradecida, por muy idiota que Lev le pareciera, era buena gente–: Gaspar, el verdadero Gaspar, digo, no es tan amigable como hace creer al resto del mundo. Al distrito, más bien.

Gaspar bufa, mientras un par de avoxes entran con platos de comida. Les sirven estofado de cordero, pescado y otras cosas más. Sunny agradece con unas corteses palabras a los sirvientes cuando le dejan el plato vacío en frente, para que lo llene con lo que más le apetezca. Robert sigue su ejemplo.

–Tan pueblerinos que son los niños –Gaspar ya está poniéndose un filete en el plato–: chicos, a los avoxes no se les agradece. No es necesario. Ni tienen que mirarlos.

–Me niego a seguir tal disposición, aunque siga las demás.

–Negaos cuanto queráis, milady –Gaspar sonríe–: mas tendréis que admitir que dichos seres han sido despojados de su dignidad como ciudadanos del Capitolio.

–De ser así, hablamos entre iguales –Sunny mira a Gaspar fijamente–: ya que tampoco poseo dicha distinción, la suerte de ser llamada ciudadana del Capitolio. Debería usted, pues, dejar de hablarme y mirarme, porque no lo valgo según su criterio.

Gaspar va a decir algo, pero es Lev quien lo corta esta vez.

–Déjala comer. Si le contestas, no se callará nunca porque considerará su deber rebatirte –el vencedor sonríe. Sunny baja la cabeza, sintiendo el rubor colorear sus mejillas morenas. Robert suelta una carcajada.

–Ni vale la pena discutir con ese –le dice bajito, mirando con desprecio a Gaspar–: con máscara de caballo o no, sigue siendo un bruto.

–Habla de orejas el burro, dicen en tu distrito –Gaspar se mofa, sonriendo. Tiene un diente de oro.

–¡Te voy a partir la cara!

Sabrina se ve obligada a llamar al orden con su voz de mando, otra vez, y aunque Gaspar solo se mofa, sirve para calmar a Robert quien, resoplando de enojo, come enormes cantidades de carne, con el fin de no soltar todo lo que quiere decir, tanto a Gaspar como a Lev. A propósito, ellos ni siquiera se miran; Lev finge con éxito que su tributo masculino no existe, y Robert centra su atención en cuánto odia al único capitolino allí presente y en Sabrina y Sunny, que le parecen simpáticas.

De esa manera tan poco amena, y con el ambiente casi tan tenso como en casa de Sunny, transcurre la cena, bastante abundante, pero accidentada. Lev no para de insistir a su mentoreada para que coma más, a tal punto que, cuando ella por fin deja el plato, su barriga está hinchada y apenas puede moverse para encaminarse al salón, donde confortables sillones los aguardan para ver las cosechas. Robert se asegura de sentarse junto a sabrina, y bastante lejos de los otros dos. Sunny se sienta en un rincón, como siempre, y cuando alguien se acomoda a su lado no alza la vista, acostumbrada a que ese sitio siempre lo ocupara Thomas. Casi lo puede sentir allí, con ese aroma a jabón y a limpio. Ese sujeto huele también así.

La televisión se enciende automáticamente, y ella aparta la mirada de sus pies calzados con bailarinas para fijarse en el escudo de Panem. Panem hoy, mañana y siempre, piensa con amargura, visualizándose en una arena, manchada de sangre. Se aferra más a sus cartas y a sí misma, y una mano grande revuelve sus cabellos oscuros y limpios con aprecio. Pega un respingo y se aparta ligeramente de la persona sentada a su lado, pensando en que era el insoportable de Andryushin, pero solo ve la mirada culpable de Lev, a su lado, su ojo sano brilla y el ojo rojo parpadea un poco.

–Perdona, creí que… lo necesitabas –dice, bajito. Ella le echa una rápida mirada, pero no habla, no puede. Lev susurra, aún más apenado–: lo siento.

Sunny abre la boca para decir algo, pero se calla al ver que las transmisiones han comenzado, y el presentador, Rogelio Grez, comienza a hablar de la trigésima edición, los nuevos tributos, las ansias por conocerlos, y muchas otras cosas que Sunny escucha pero no atiende del todo. Por fin, tanto él como el anfitrión y entrevistador, Hefestus Fein, dan paso a las transmisiones de las cosechas. Toma aliento, para prepararse al ver de una vez por todas a sus contrincantes.

En el distrito 1, dos chicas de dieciocho años corren al mismo tiempo para presentarse voluntarias. Una tiene el cabello plateado, ojos grises desdeñosos y rostro puntiagudo, y la otra, cosa curiosa en el distrito 1, tiene la piel oscura y es más alta que la primera. Madara Greyarm, primer vencedor de los Juegos Anuales del hambre, después de pensar por un segundo escoge a la chica de pelo oscuro, quien sube triunfante y dando una mirada de desprecio a todos y todas. En la pantalla, se forman las siguientes palabras:

Clarissa Carmichael · dieciocho años · voluntaria.

El caso del chico no puede ser más distinto. Al llamar al cosechado, un niño de quince años, un sujeto rubio como la luna aparece de repente, caminando como si tal cosa, y subiendo al escenario con el rostro pétreo. Lleva gafas de marco dorado y una expresión de asco superlativo. La escolta le pregunta si se quiere presentar voluntario.

–Tsk… ¿no es evidente? –contesta, despectivo, y se pone junto a Clarissa.

Sunny no deja de mirarlo, con las manos frías y los labios secos, hasta que por fin su rostro y cuerpo se borra de la pantalla, pero se queda con su nombre.

Alabaster Faraday · dieciocho años · Voluntario.

En el distrito 2, sucede algo confuso. La chica cosechada, una muchacha de pelo negro, semblante serio y gafas, no acepta a la voluntaria, aunque el mentor, Ray Bashet, le dé la orden. Pronto, la escolta da el aviso de quién será el tributo.

Dahlia Fey · Diecisiete años · Cosechada.

El tributo masculino, enorme, con la cabeza rapada y semblante brutal, es, sin dudas, algo típico del distrito. Cuando dice su nombre, se constata eso sí que su voz es nasal, un poco aguda y menos imponente de lo que debería, pero la mirada amenazadora es lo suficientemente imponente para disuadir a cualquiera de burlarse.

Connor Edgeworth · dieciocho años · Voluntario.

Lo más llamativo del distrito 3, que pasa rápido porque al Capitolio parece importarle poco, es el chico, que al escuchar su nombre va con semblante inexpresivo, el escolta decía que parecía confiado y orgulloso, o eso hasta que, en medio del escenario, se desmaya, aplastando sus enormes lentes y torciéndolos. Tienen que lanzarle agua para despertarlo, y cuando sucede, se ve tembloroso y perdido.

Zachary Bayer · dieciocho años · Cosechado.

En el distrito 4, cosechan a una chica de dieciséis años por la que no se presentan voluntarias. Es morena, sus ojos verde mar relucen asustados y se abraza a sí misma. Sunny vería, más adelante, que era un gesto semejante al de ella misma. Mikah Odair, era su nombre. El voluntario, Ryan Connolly, es alto, guapo y sonriente. Rogelio y Hefestus comentan ya acerca de ser el más atractivo de la edición y quién sabe qué más. Robert Halloway, sentado a unos metros de Sunny, se contiene para no escupir a la pantalla.

El distrito 5 pasa sin incidentes, los cosechados tienen dieciséis y diecisiete años. En el distrito 6, la chica pelirroja, de mirada triste y ropa sucia, tiene quince y se llama Nayerly Reyne, y el cosechado es albino, con gafas y semblante serio. En el distrito 7, la muchacha sube al escenario enojada, y se niega a estrecharle la mano a su compañero, un hombretón rubio, de ojos claros y una cicatriz en la cara, bastante amenazadora. En el 8, que pasa menos rápido que los demás, es cosechada una chica ciega, de dieciséis años, a la que acompañan al escenario, y un chico de doce.

–Ay mierda. Difícil lo tiene Daniel –se le escapa a Lev, mirando al par de tributos con expresión extraña.

–No es Daniel quien estará en la arena, si me permite el atrevimiento –contesta Sunny, tensa.

Daniel Evans es el único vencedor del distrito 8, quien lleva diez años siendo mentor. Pero, por muy duro que fuese para él ver a sus dos tributos morir, eso no implicaba que no siguiese ganando dinero de su sueldo como vencedor, o disfrutando de su vida de vuelta. Si ella llegase a morir y alguien decía "pobre Lev…" ella, ella…

Lev no contesta, pues pasan los tributos del distrito 9. Catorce años la chica, de pelo castaño claro y lindos ojos. Milaryon Lestrange, de diecisiete, tiene la piel cenicienta, una nariz enorme y una mirada inexpresiva.

–Van a tener que cuidarse de él –dice de pronto Gaspar.

Sunny toma nota de aquello, aunque no le parecen más amenazadores que otros, y pasan a su distrito. No se había dado cuenta de eso, pero la habían llamado dos veces antes de que recién hubiese movimiento en el sector de los dieciocho. La plaza está en silencio, por lo cual la voz de su hermana diciendo su nombre es perfectamente audible, así como su mirada hacia atrás. Se le aprieta el pecho al verse, caminando sola con la trenza larga y el horrible vestido, hacia el escenario. Ve que Gaspar, con su cabeza de caballo y su traje de lentejuelas, intenta tocarla y ella se aparta.

Da la impresión de estar total y absolutamente aterrada, y eso le da rabia contra sí misma. Sin poder contenerse, se muerde el labio inferior, hasta que la sangre cálida y ferrosa inunda su boca. No puede creer haber hecho el ridículo de esa manera. Sus ojos se ven enormes, su reacción de "por favor no me toquen", sus ojos recorriendo la multitud… ¿qué estarían diciendo los demás de ella?

Poco importa, su cosecha es tan poco interesante que pasa rápido. A Robert Halloway le dan más pantalla, aunque tanto el presentador como el entrevistador no parecen tener de él una opinión tan favorable.

–Ah, sí, métanse lo que piensan de mí por el agujero del culo –brama el chico, dando un puñetazo al sillón… sus puños parecen acostumbrados a golpear cosas–: que los jodan, ¿verdad, Sunny?

Ella se muestra sorprendida, aún estaba ocupada sintiendo asco contra sí misma y el cómo se presentó en cadena nacional, y especialmente lo que estuviesen hablando de ella. pero de pronto, no le importa lo que crean de sí. Contesta:

–Sí.

En el distrito 11, los cosechados son delgados, mal alimentados y Lev menea la cabeza con tristeza, al mirarlos. Sunny se pregunta por un segundo si otros distritos hicieron lo mismo con ella, pero se lo saca de la mente, no es momento de pensarlo ahora. En el distrito 12, los chicos más adorables son cosechados, la niña es tan bajita como Sunny, pero rubia y con su pelo en lacitos, sus ojos azules inocentes y asustados, y el chico, con el pelo castaño un poco largo, el pecho hundido y los ojos miel. Ambos se ven perdidos, pero dulces, o eso comenta el presentador.

–Si por alguno se pueden ir para matarlos –Gaspar habla de nuevo–: que no sea por esos dos. Especialmente por la cría. Será de las que el público le tome cariño y se van a enfadar con quien la mate.

–¡Hablando de matar ahora! Los acabamos de ver, de conocer… estás enfermo –Robert se levanta, furioso–: ya no tengo nada más que hacer aquí. Me dan asco.

Se marcha, rápido y con sus pies resonando por el suelo del tren. Robert es un huracán, imparable. A Sunny le late con fuerza un punto de la sien, pensando en el pelo rubio de la chica del 12 manchado de sangre y alguien riendo villanescamente mientras la asesina. Odia los juegos del hambre, odia pensar en aquello. Y sin embargo…

–Eh aquí las cartas que he escrito para mi gente –dice, hablándole a Lev junto a sí.

Él, que miraba hacia la puerta por dónde se había ido Robert, presta atención a su mentoreada y sonríe un poco. Su gesto cambia algo, al ver el encabezado y a quién van dirigidas. Concretamente una de ellas.

–Sunny… ¿Thomas Rocheford? –Pregunta, incrédulo.

Sabrina, que charlaba no tan amigablemente con Gaspar, presta atención, y el escolta también. Es él quien exige información.

–A ver… ¿hablas de la familia del alcalde? ¿uno de los hijos del Gran Vacuno? Quiero decir… vos habláis… vos sois… a la mierda, eso. –Gaspar se levanta rápidamente, directo a ver el sobre–: Pues sí que aquí dice Thomas Rocheford… oye, qué bonita letra, Sunny.

De repente, Sunny Tyson tiene ganas de esconderse en el baño y no salir nunca, nunca, nunca. Ni siquiera haber sido transmitida en televisión por cadena nacional con un vestido horrendo, o parecer asustada y enclenque, le había dado más vergüenza. Otros sentimientos sí, pero sentirse tan abochornada… se cubre la cara con las manos, intentando pedirse a sí misma un poco de calma, no quiere mandar al demonio su sempiterna frialdad. Logra dominarse en un tiempo corto, pero está colorada todavía.

–Thomas Rocheford y yo somos amigos –dice.

–Estás enamorada de Thomas Rocheford, el hijo del alcalde, y jugarás a estos juegos para tener suficiente dinero como para poder ser digna de amarle –dice Gaspar, encantado–: perfecto. Tenemos ángulo para ti, ya que de fuerte no puedes ir. Serás la chica enamorada.

–Me niego rotundamente –añade ella, seria, atragantándose con las palabras.

–A ver, cariño –Andryushin habla muy despacio–: Hay cosas, corazón, que las chicas de distrito como tú no le pueden negar a las personas que trabajamos en esto, como yo. Si digo que vas a ser la jodida chica enamorada de uno de esa familia de gordos, lo serás para ganar patrocinios. La muerta de hambre y el rico hacendado, venderá. Y me harás caso porque…

Sunny junta toda la rabia experimentada desde que fue cosechada, toda la furia sentida incluso desde la mañana, cuando su madre golpeó a Sammy, la rabia hacia los juegos, hacia los profesionales, hacia los que la creen un blanco fácil, y abofetea con fuerza ambas mejillas de Gaspar Andryushin, el escolta, con una sola mano, esta le duele por los dos lados pero poco le importa.

–Podré ser una plebeya piojosa de distrito, ¡Pero usted no es nadie para hablarme de esa manera! –exclama, poniéndose en pie. La diferencia no es mucha, ella es pequeña pese a todo–: He dicho que…

Gaspar se lleva una mano a la mejilla, pero sus ojos brillan con furia. Está dolorido, cierto, pero nada más.

–Sunny, por favor –Lev sostiene las cartas en la mano, pero nno les hace caso–: escucha…

–Es cierto, lejos estoy de ser Robert y su carácter que impone –dice ella, temblando–: pero no me quitarán… ninguno de ustedes me quitará… mi dignidad.

–Vas a morirte, pequeña perra –dice el escolta–: yo que solo quería ayudarte a sobrevivir en estos juegos de mierda…

Sunny le lanza una mirada despectiva, aferrándose a sus brazos en su clásica pose defensiva. Piensa en Sammy, en Thomas y en el distrito que es su vida entera, y contesta:

–Que así sea.


Tributos:

He decidido hacer una lista de veinticuatro tributos, que serán los que nos acompañarán en estos juegos del hambre. Algunos aparecerán más, otros menos, pero al menos un nombre tendrán, no quiero que sean solo un número.

Distrito 1:

Clarissa Carmichael – dieciocho años – voluntaria.

Alabaster Faraday – dieciocho años – Voluntario.

Distrito 2:

Dahlia Fey – Diecisiete años – cosechada.

Connor Edgeworth – Dieciocho años – voluntario.

Distrito 3:

Carole Hanlon – dieciséis años – cosechada.

Zachary Bayer – dieciocho años – cosechado.

Distrito 4.:

Mikah Odair – Dieciséis años – cosechada.

Ryan Connolly – dieciocho años – voluntario.

Distrito 5:

Lisa Thunder –dieciséis años – Cosechada

Alan Blake – diecisiete años – cosechado.

Distrito 6:

Nayerly Reyne – quince años – cosechada.

Marcus Armitage – diecisiete años – cosechado.

Distrito 7:

Collie Rush – diecisiete años – cosechada.

Alexander Rheon – dieciocho años – cosechado.

Distrito 8:

Lanna Peters – Dieciséis años – cosechada.

Angus Sutherland – doce años – cosechado.

Distrito 9:

Emily Felton – catorce años – cosechada.

Milaryon Lestrange – diecisiete años – cosechado.

Distrito 10:

Sunny Tyson – dieciocho años – cosechada.

Robert Halloway – diecisiete años – cosechado.

Distrito 11:

Serenity Ross – trece años – cosechada.

James "Jimmy" Ender – diecisiete años – cosechado.

Distrito 12:

Karen Tuk – quince años – cosechada.

Miles Near – quince años – cosechado.


Nota:

Ahora sí, tenía tantas ganas de ventilar por fin este capítulo. La bofetada de Sunny… OMG OMG OMGGGG. La tenía pensada desde el inicio de los tiempos.

No tengo ganas de responder reviews en vivo, lo haré por privado porque zzzzz. Solo gracias, Rebe, Dani, Sadder y Cath, por comentar. Gracias al resto, por leer.

De verdad, gracias. Amo demasiado este proyecto.