Disclaimer: ciertos personajes pertenecen a Cath Stark, ella sabrá cuáles.
Dedicatoria: a Erika (ZV), gracias por los ánimos y tu interés en la historia.
Capítulo 06: Haciendo el ridículo en compañía.
–Es bonito –Comenta Robert, a regañadientes, observando el Capitolio al amanecer desde la ventana del carro en el que los están trasladando hacia el centro de renovación.
Sunny tiene que darle la razón, con evidente tristeza. Aquellas farolas brillantes con electricidad que no parece estar supeditada a la valla que delimita el distrito o al par de horas al día en que las cosas funcionan, las calles pabimentadas con algo que no es la tierra que se mete en la nariz y que cuando llueve se encharca tanto que el agua llega hasta los pies y parece que uno anduviese descalza, los enormes edificios, son de un material más duro y bonito que la madera o el adobe. Hasta el aroma, limpio y exento de cualquier partícula de animal, es diferente. Pensándolo en frío, no añora su distrito si lo compara con aquella vida. Sus enormes ojos se beben el paisaje, intentando extrapolarlo al resto de Panem que vio a retazos por el tren. Si tan solo, si tan solo los recursos se distribuyesen equitativamente para contar con un poco de esa belleza en casa, o para que ellos pudiesen conocer lo que era una montaña rodeada de árboles, el sabor de la leche fresca de cabra o de vaca…
–¿Sun? –Robert no la sacude por el hombro, pero habla un poco más cerca de ella para captar su atención–: ¿Te estoy molestando? Si es así dime, ¿vale?
–En absoluto –sale de sus pensamientos con dificultad, está cansada y melancólica como después de haberle dado la bofetada a Andryushin–: simplemente me hallaba en cavilaciones lúgubres.
–¿en qué de qué? –Robert está sin dudas curioso, pero después añade–: bueno no importa. Ahora que estamos lejos de los mentores, dime…
Mira a los asientos de delante, donde hay dos agentes de la paz, vestidos de blanco impoluto como Thomas la mañana anterior. Uno conduce, con la vista fija en los espejos, y el otro está tecleando en su Tablet, ajeno a los chicos, no necesitan más pues las puertas están aseguradas. Los mentores y Andryushin se dirigen hacia el mismo lugar en otro taxi conducido por un solo agente.
–¿Qué has pensado sobre… sobre matar? –susurra, apegándose a ella todo cuanto puede para no ser oído. Su aliento casi le cosquillea en el cuello, cerca de la oreja. Tiene ganas de apartarse, pero no lo hace finalmente.
¿Qué ha pensado sobre matar? No tiene ni idea. Ha pensado en que no quiere morir, en que desea volver a casa, en que para eso hará cuanto esté en su mano excepto vender su dignidad, ¿pero entre ese lo que sea está quitarle la vida a otra persona? La respuesta es tan rotunda, tan absolutamente certera, que no puede evitar sentir sorpresa y horror. Sí.
–Hasta ahora no me lo había cuestionado del todo, empero yo… –musita, en el mismo tono que él, mirándolo a sus ojos azul oscuro.
Pero Robert no quiere oír a Sunny. Las personas como él, más dispuestas a hablar que a escuchar, no necesitan lo segundo sino lo primero. Él habla, primero lento y calmado, pero se va exaltando conforme suelta su parrafada.
–Cuando me cosecharon, sabes, pensé que ni de coña iba a matar… no me iba a prestar a lo que me pidieran esos bastardos hijos de puta –mira a los agentes de la paz, como retándoles a decirle algo, pero ninguno lo hace, así que prosigue–: pero, sabes, tengo que volver con mi Rosana, sabes, y con Adelina también. Así que… Andryushin me ha dicho que los patrocinadores, sabes, no invierten en tributos aburridos… y parece, sabes, parece que los tributos aburridos son los que no matan, sabes, los que no dan espectáculo y yo… Rosana…
La voz comienza a temblarle, aparta la vista de la ventana y hace el ademán de llevar la mano a su bolsillo, donde está la gorrita rosa de bebé que Sunny viera con anterioridad en el tren. No dice más, convulso, con las mejillas pálidas y los labios descoloridos.
–De manera que Andryushin te dijo que habías de matar… –Ella reflexiona a toda velocidad–: creí que estabas reacio a hacer tal cosa. –al ver el rostro demudado de su compañero, sabe que ha cometido un error a poner el dedo en la herida, pues es tal su dilema, así que pregunta, para quitar algo de hierro al asunto–: ¿Rosana es tu hija o tu mujer?
–Mi chamaca –contesta, con dolor en la voz–: cinco meses tiene, sabes… Adelina es mi mujer. Cuando se preñó la echaron de casa, ahora vive conmigo y mis padres… tengo que volver… tengo que…
Sunny se siente tan incómoda al no saber qué decir ante tal cantidad de información que ella no habría revelado a una persona desconocida, que se alegra cuando el carro se detiene ante un enorme edificio de a lo menos seis pisos llamado Centro de Renovación. Quiere abrir la puerta y salir corriendo, no enfrentarse a la mirada de ese joven que tiene a su cuidado a una cincomesina, a su mujer abandonada por la familia y que debe volver por ambas. En circunstancias así, piensa, se puede ir muy al diablo el pensamiento de libertad, de injusticia y las ganas de lucha. ¿Daría su vida y el bienestar con su hija aquel chico, Robert Halloway, por un mensaje o un sacrificio? Lo mismo que ella, no.
–Lo siento –solo le dice. No se le ocurre ninguna frase grandilocuente, el diccionario y su conocimiento sobre él no viene en su auxilio. Sus comisuras están curvadas hacia abajo.
–Vale, no importa –Robert sonríe un poco–: sabes… me das confianza, debe de ser porque apenas hablas. Habría sido cojonudo conocerte antes.
Las puertas se abren,y Sunny, con el corazón en la boca, tiene que salir prácticamente corriendo del carro para que no se le derrumbe la escena. Tanto tiempo siendo incomprendida, solitaria, marginada, y de buenas a primeras un chico normal le dice que sería bueno conocerla en los mismísimos juegos del hambre. ¿es que la cercanía de la muerte constituye relaciones más intensas? No lo tiene claro, le encantaría leer algo sobre el tema. Quizá tenga tiempo de hacerlo.
Tridentia, Marla y Dessy, su equipo de preparación de tres parlanchinas, jóvenes y populares señoritas capitolinas, terminan con ella poco antes de las 4.00 de la tarde, después de recibirla con un par de comentarios no tan halagadores respecto a su aspecto, pero se portaron lo suficientemente bien como para dejarla descansar y comer unos minutos antes de hidratar su piel con distintos potingues, darle un baño de sales, depilarla de cuerpo entero y arreglar su corte de cabello, que al haber sido apresurado no se preocupó por la estética. También perfilaron sus cejas, peinaron y aumentaron sus pestañas y arreglaron uñas de manos y pies.
–Creo que ya hemos terminado contigo –Dessy, la reina abeja según lo que percibe Sunny, la mira, desnuda en la camilla–: Ay Sunny, te ves hermosa, hermosa, hermosa, ¿A que sí, chicas?
Tridentia y Marla asienten a coro. La primera tiene la piel verde limón y Largo cabello azul, la segunda es pelirrosa y sus ojos son del mismo tono, pero sus voces y personalidades parecen tan idénticas que la chica, por primera vez, solo se guía por el aspecto.
–Estamos listos para llamar a Loic, entonces, qué emoción –Dessy pulsa un botón de la pared, y dice–: fase cero terminada, Loic. Está como nueva.
Tienen que esperar veinte minutos antes de que Loic Baudelaire, alto, rubio y refinado, entre cargando una gran percha cubierta por una bolsa negra. Sus labios son de un color rojo demasiado intenso como para ser natural, sin embargo no se aprecia otra modificación en su fisonomía. Besa a sus tres ayudantes en ambas mejillas antes de mirar a la chica morena y desnuda de la camilla, y su sonrisa se amplía.
–Ay, Sunny, Sunny… –canturrea, acercándose. Deposita dos besos en sus encendidas mejillas–: Loic Baudelaire, es un placer. Lev me dijo que debía ser educado contigo y así seré.
–El placer es todo mío –Sunny, tímida, sonríe un poco, olvidándose de su desnudez y de los comentarios que antes oyese sobre ella–: le agradezco de antemano el que me haya diseñado el traje.
–Palomita, es mi trabajo –Loic se ríe con afectación–: además, este año sí que he hecho algo súper, súper… especial.
Mientras el estilista desenvuelve el traje confeccionado para la joven, le comenta sobre la inspiración que había tenido. Resulta que, después de haber estado tres años en el distrito 12, al fin había sido ascendido al 10, pero su meta no era quedarse allí, por supuesto, él quería trabajar en un distrito profesional, así que se ha esforzado para hacer, en sus palabras, el mejor traje de todos. Sunny tiene que contener una sonrisa burlona, pero la empresa no es del todo exitosa, pues él se percata de su sentir. Ligeramente molesto, la desafía a disculparse en caso de no quedar boquiabierta, patidifusa y aturullada con el traje que debería llevar. Ella, hambrienta de desafíos más que de comida, acepta.
–Lo siento… debo retractarme por mi burla anterior –masculla, frente al espejo, diez minutos después.
No se trata de lo mejor que se ha visto en los juegos del hambre, ni mucho menos –no cuentan con recursos suficientes–, pero quizá ha sido lo mejor que ha visto en los tributos femeninos del distrito 10. No es una pastora, no es una vaca…
Desde la cabeza a los pies, lleva una corona blanca, que rodea toda la parte superior de su cabeza, el maquillaje aplicado la palidece, y sus ojos están delineados en color negro y marcado. Un collar negro de cuero y con un diamante blanco rodea su garganta. Negros son también los guantes largos, y las telas negras cortadas en medias lunas, que caen por sobre la tela blanca del vestido. Pese a la blancura del fondo del vestido abultado desde la cintura y que llega hasta sus pies, el corpiño es negro y apretado, con un poco de esponja para hacerla ver con más pecho. Además, Desde su cintura hasta sus pies hay un rectángulo negro que tiene bordados rombos blancos. Sin dudas posibles, ha sido el traje más trabajado que ella ha visto en uno olvidado como es el suyo.
–Date la vuelta, majestad –dice Loic, encantado con su reacción–: esperaba que… no sé, me abrazaras de agradecimiento, pero Lev me advirtió que eras raramente arisca.
–Yo… –Sunny vuelve a mirarse al espejo. No solo es una reina, también, por efecto de la corona, parece una ficha de ajedrez–: ¿Usted averiguó… el juego que tanto le gusta a nuestro distrito?
–¡Fue Bonnie, la estilista de Halloway pero sí! Lo averiguamos, para hacer algo innovador –él, emocionado, la mira de pies a cabeza con la admiración de un trabajo bien hecho–: espera, falta algo más para que esté completo.
De la bolsa negra, extrae el último accesorio. Se trata de una pequeña espada, sin casi ningún ornamento, el mango es negro y blanco su filo de cerámica. Sunny la sopesa, y hace un movimiento con ella, como cortando algo invisible. Solo con verla se sabe perfectamente que no posee ninguna técnica en el arte de la espada.
Tridentia, Marla y Dessy son convocadas, con el fin de admirar a la chica y los progresos hechos con ella. las tres, entusiasmadas, se toman fotografías con ella, tratándola casi como si fuese una celebridad. Sunny se ve incapaz de sonreír, en parte por la vergüenza y también por la cólera, muy asombroso podrá ser el traje pero no quita lo esencial. Van a matarla. Las mismas tres chicas populares y sonrientes que ahora, mientras Loic sostiene la Tablet, a rodean con sonrisas, van a vitorear a Alabaster Faraday cuando la ensarte con su espada. Si es que acaso tiene una. Y no piensa en otro profesional porque únicamente su nombre recuerda, cómo no iba a recordarlo, si…
–Se hace tarde, Sunny, debemos ir a los establos –Loic interrumpe la sesión de marujeo, para suerte de la muchacha–: ¿te encuentras bien?
Su primera respuesta es decir que no, obviamente no. Está en los juegos del hambre, su escolta prácticamente la sentenció a muerte y las tres chicas a su lado no dejan de recordarle una camaradería que no ha tenido ni tendrá, pero no lo dice. A fin de cuentas se ve bien, ha de ir siguiendo un paso cada vez y ahora es el de ser la reina.
–Todo bien.
Robert Halloway no está en los establos todavía, y eso la inquieta indeciblemente pues teme que se haya presentado un inconveniente en forma de la boca del chico metiéndole en problemas de nuevo. Lo piensa con desaprobación de la seguidora de las normas que es, mas recuerda que la única que se extralimitó con un ciudadano del Capitolio fue ella, al abofetear a Gaspar, y la desaprobación se va de un plumazo. Los chicos del distrito 9 están vestidos de panaderos, con delantal, gorra y polvo que se asemeja a la harina coloreando sus manos y rostro. La chica, de catorce años, sonríe a Sunny, y el sujeto le dedica un saludo y una reverencia burlona, pero no dicen nada.
Una de las puertas se abre, dejando pasar a un estilista tomando del brazo a una chica bajita, de ojos azules y completamente desnuda, a excepción del polvo negro que tinta todo su cuerpo e impide que sus partes privadas sean visibles. Ella va asustada y muy enojada.
–¡Qué vergüenza! Todos se van a reír de mí –está diciendo, con voz quejumbrosa pero dulce–: se nota que no se esforzaron nadita de nada, carbón… ¡Mírala a ella! Ese sí que es un estilista que se esfuerza.
La chica del distrito 12 señala a Sunny con la mirada, quien, seria y señorial, sostiene su espada de mentira. En su rostro se ve la tristeza por su ausencia de traje, y es tan pequeña que la chica no puede evitar pensar en Sammy. Sabe bien que Karen Tuk tiene quince años –o eso decía en la cosecha, cuando la vio por televisión–, sin embargo así, mordiéndose el labio al borde de las lágrimas, parece tan infantil y vulnerable… no es justo, no es para nada justo. La rabia invade a Sunny de nuevo, y tiene que contenerse. No quiere volver a cometer un exabrupto.
La chica, Karen, se acerca a Sunny y la mira, dispuesta a decir algo, pero en aquel momento en que se abre otra puerta y aparece una estilista, conduciendo a un muchacho de pecho hundido, semblante alicaído y cuerpo desnudo tiznado de negro.
–¡Miles! –Grita Karen, apartándose y yendo hacia su compañero. Pese a su desnudez, a la vulneración del espacio personal y todas aquellas cosas en que Sunny habría reparado, la rubia lo abraza con fuerza.
Su compañero, sorprendido, le devuelve el abrazo y le acaricia la espalda desnuda. Ella habla mucho y muy rápido, pero parece más repuesta después de aquello.
–Compañerismo –Dice el joven del distrito 9, el de la cara manchada de harina y la enorme nariz–: si hay alguien haciendo el ridículo contigo, tienes más valor para afrontarlo. Capitolio, me has enseñado algo nuevo.
–Qué dices, 9, deja de mascullar –la chica del 7, de pelo castaño y vestida en un atavío de hojas entrelazadas, lo mira brevemente hacia atrás–: no son los únicos que hacen el ridículo.
–Tú y yo, por empezar –el sujeto del 9 sonríe a la chica–: yo no digo lo contrario. O nos lo tragamos o no lo hacemos. Yo me lo estoy tragando, ¿y tú?
La chica del distrito 7, Collie Rush, le contesta algo, pero Sunny se pone a meditar en esa pregunta con una sensación de opresión en el pecho. La corona demasiado grande ya le está pesando en la cabeza, la boca le duele, metafóricamente, de todo cuanto ha tenido que tragar. Da igual que su traje destaque medianamente, quizá en lo práctico no porque podrá conseguirse algo más de pantalla o patrocinios, empero, en lo teórico y abstracto no importa.
Abrazada a sí misma, con la espada sujeta entre el pliegue del codo, es que la encuentra Robert, que aparece de repente acompañado por su estilista, Bonnie Dorsey, de esponjoso pelo rizado y pendientes enormes en sus orejas. el tributo masculino del distrito 10 lleva una corona tan grande como la de ella, pero en color negro, tanto como los pantalones, la camisa y botas largas. Sus guantes son de un color tan níveo como la capa por fuera, sin embargo, esta por dentro es cuadriculada en blanco y negro. Tiene un gran cinturón cuadriculado blanco y negro, sin ornamento alguno. En su mano derecha, en lugar de llevar el gorrito de bebé, porta una espada con los colores invertidos a los de Sunny, el mango blanco y el filo negro.
–¡Te ves genial! –No puede evitar decir él, con admiración–: sí que han hecho un buen trabajo con nosotros.
Sunny le dirige una mirada de advertencia, intentando que hable más bajo o algo por el estilo, pero ya es demasiado tarde. El sujeto del distrito 9 lo ha escuchado bastante bien.
–Alardea frente a la chica desnuda y tiznada de negro, seguro ella opina igual –murmura, con retintín.
–Aquello está fuera del rango de nuestra incunvencia –se entromete Sunny.
–No es necesario usar palabras tan repipis para decir que te importa un rábano lo que pase con nosotros –el sujeto del 9, mirándola con desdén, rechina los dientes–: pero oye, no te culpo. De haber ido con un traje tan trabajado me estaría orinando en todos ustedes. Como no lo tengo, malmeto. Soy así.
–¡Pues eso que haces es muy feo! Me estás haciendo sentir mal –la chica desnuda del 12 lo mira, enojada–: tranquilos chicos del 10, yo los apoyo. La culpa es de nuestros estilistas, que son subnormales.
–Efectivamente –añade Sunny, mientras que.
–¡Así se habla! –Exclama Robert.
Una queja unánime de los estilistas allí presentes, denotan que ninguno parece de acuerdo con tales aseveraciones, pero el daño ya está hecho. El chico del 9, incluso la chica tímida compañera suya, y la furiosa chica del 7 secundan. Lisa Thunder, del distrito 5, vestida con un traje plateado y nada más, también se une. La chica del distrito 3, vestida como una muñeca mecánica, no dice mucho por su propio traje, que parece bien logrado, pero se une en favor de los demás.
En poco rato, todos están gritando fanfarrias en contra de los estilistas descuidados, el poco amor al trabajo, los trajes feos –o ningún traje y el polvo negro–, el decoro, y hasta los juegos del hambre. Robert le quita la espada a Sunny y blande ambas en el aire, y hasta ella se ve empatizando, con la sangre ardiéndole. ¿Cuándo se había sentido así? No lo sabe. Su traje, al menos, ni siquiera es horrible. Pero debe unirse, necesita unirse a esa turba enfurecida. No grita, ni salta, pero sí se manifiesta alzando el puño, es todo lo que alguien así de reservada puede hacer. Llegan los profesionales, los del distrito 4 primero, como siempre vestidos en motivos marinos, ella con una ornamentada cola de sirena, con conchas en los pechos, y él de tritón, a torso desnudo. Los del distrito 2 van en cotas de malla, tanto él como ella, y los del 1…
–Vaya, tenemos doble reino, competencia –grita el tipo del 9, panadero.
El rey Alabaster va vestido en azul, con una capa un poco más oscura y un grueso cinturón de oro, y una corona mucho más pequeña, que la portada por los reyes ganaderos, decorada con toda la fastuosidad de las joyas del distrito. La reina Clarissa lleva un vestido azul de mangas largas y anchas, brillantes en el corpiño y su corona tan engalanada como la de Alabaster. Él lleva un cetro, y ella, una espada.
–¿Qué demonios está pasando aquí? –Grita el tipo del distrito 2. Habría sonado imponente de no tener tal vocecilla gangosa.
–¡No ocio, no desdén, a los estilistas qué les den! –Grita Karen Tuk a todo pulmón, secundada por Collie y el tipo del 9. También Robert grita. Sunny acompasa cada palabra con un puñetazo al aire. Últimamente le están dando ganas de golpear, aunque sea la nada.
"No te unas a la masa. Ahora, para", dice una voz en su cabeza. Una voz culta, elegante y despectiva de varón que conoce bien. Baja la mano, un segundo antes de que las puertas se abran, y seis agentes de la paz, pistolas en mano, entren en escena. La gente no se calla, Robert no se calla, pero alguien más sí lo ha hecho, los ojos astutos de Sunny se percatan, siendo los únicos. El sujeto del distrito 9 se ha centrado en sus asuntos, mirándose los zapatos, ni bien ha visto asomar un blanco.
–¡Se callan! –Una voz, más autoritaria que la de Connor Edgeworth, corta el motín. El silencio es total después de aquello.
–Me he quedado con sus caras, rebeldes de mierda –dice el agente.
Sunny no siente el deseo de abrazarse a sí misma por el miedo, esta vez no. si bien no la han visto –sabe que no–, se mantiene firme y desafiante. Sabe bien que tienen razón al protestar, aunque el traje sea una excusa. Protestan por el mero hecho de estar allí y ahora.
Los coches, tanto como los caballos, llegan. El distrito 1 va en asientos que se asemejan a hermosos tronos, adornados con lujosas telas y con piedras, por supuesto. Piedras por doquier.
–¡Métanse esas piedras por el culo! –Grita Robert, mientras la reina Clarissa, feliz, y el rey Alabaster, circunspecto, montan en el carro.
Collie, distrito 7, le alza el puño derecho. Su compañero de distrito, sin embargo, cruje los nudillos. También va vestido con hojas, pero lleva el torso musculoso desnudo. Zachary Bayer, de muñeco mecánico como su compañera, suben a su carro y parten en seguida. El desfile ha comenzado y los ánimos están demasiado caldeados entre los desfilantes. Los dos profesionales restantes son algo más tímidos, al menos ella que tiene sus ojos asustados de sirena, cuando se marcha desde los establos hacia fuera montada en su carro. Lisa Thunder, del distrito 5, y su compañero hacen un gesto y se van. Nayerly Reyne, distrito 6, tiene la cabeza abajo y si Sunny viese las comisuras de su boca, encontraría idéntico reflejo de las propias. Ella y él, vestidos de maquinistas de tren, se marchan. Le toca a Collie Rush y Alexander, que parecen ser los que peor se llevan de todos los compañeros. El distrito 8, la chica ciega y el niño pequeño, vestidos con gracia pero sin tema definido, se van. El distrito 9 con tan ladino personaje, se va, no sin que Milaryon eche una mirada al resto de tributos. Sonríe, y se podría interpretar como ánimo, pero no es así.
Los caballos de Sunny y Robert están allí. ellos, tal y como les habían comunicado sus estilistas, no tienen carro este año. Rey y reina granjero, montarán.
Nota:
Espero les haya gustado este. No tenía tantas ganas de escribir el presente como el anterior, pero igual.
Gracias a las que leen, a las que leen y comentan, a las que tengan planeado leer…
¡Un abrazo!
