Capítulo 07: un caballo llamado deseo (o arre, Silver)
La plaza del distrito 10 está repleta, incluso más que en el día de la cosecha. Por reglamento, ni un alma puede ausentarse durante los acontecimientos clave de los Juegos del Hambre, tales como desfile, entrevistas, baño de sangre o banquete, a no ser que se esté enfermo de gravedad o en el trabajo. Por ende, el calor de la gente, el aroma a sudor y humanidad, y las voces se dejan oír con fuerza. El ambiente es, si bien el acontecimiento no lo amerite, ostensiblemente mejor que el día anterior, cuando dos chicos, entre los cuales podrías estar tú, tu hermana, tu hijo o la chica que amas tenían probabilidades de salir elegidos. Ahora falta un año exacto, se puede estar a salvo, sonreír e incluso reír tímidamente, pensar en los trajes bonitos que se verán, y sentir compasión o cierta tristeza por los condenados del distrito 10, o algo de rabia porque el acontecimiento lleva treinta años y parece no detenerse, pero todo esto en forma lejana, a fin de cuentas están salvados todos los que allí se hallan reunidos. ¿es acaso un crimen aliviarse por vivir? En absoluto, y no cabe duda de que hay mucho alivio en el enorme sitio, al menos en la mayoría de las personas.
Ayno Rocheford termina su discurso de apertura al desfile, es mucho más corto que el tratado de la traición y los aplausos son algo más animados. Sus hijos y esposa aplauden con la misma fuerza de siempre, incluyendo a Thomas, de dieciocho años, vestido en negro y con una corbata blanca. Su pelo rubio está impecablemente ordenado, su aliento huele a menta y, pese a sus 98 kilogramos, mantiene una postura erguida y orgullosa.
Le había costado conciliar el sueño la noche anterior, mas intenta que no se denote en su expresión serena, las ojeras se notan pero nadie osaría preguntarle sobre ellas si no da cabida. Esa mañana, antes incluso de sus quehaceres, envió a uno de sus inquilinos en búsqueda de Sammy Dean, con una canasta con huevos, leche, fruta y miel. Se lo había prometido a su mejor amiga, y pensaba cumplir. El sujeto era de confianza, aunque Thomas ni supiera su nombre, al menos su padre hablaba bien de él. Pensaba enviarlo cada día a constatar las condiciones de la niña hasta que Sunny regresase con ellos. Y en el improbable caso de que no lo hiciese…
La pantalla se enciende, dando paso al escudo de Panem, el cuerno de la abundancia. Suena el himno y Thomas canta con el respeto que su padre le enseñó a fingir desde muy pequeño, hasta que no se nota y parece ferviente y admirado. Poco le importa lo que piense el populacho sobre sí mismo, no obstante las palabras, ahora mismo, poseen menos sentido que nunca. Panem perdurará por los años ¿a qué precio? No es uno que Thomas tuviese ganas de pagar.
–¡Bienvenidos y bienvenidas! –Los altavoces resuenan con la atronadora voz de Rogelio Grez, presentador de los juegos. Viste con un traje negro de confección muy parecida a la de Thomas, pero su cabello rojo en punta destaca demasiado–: estamos aquí en la plaza de Capitol Hill, ¡todo está enardecido!
la pantalla muestra unas imágenes de gente horrenda y multicolor, en pie, sentadas o saltando, algunos con enormes pancartas proclamando a sus favoritos. Un "Alabaster te amo" rodeado de corazones, otro "Connor te keremos ganando" sujeto por un trío de chicos llenos de piercings, un "Dahlia demuéstralo" y más. Thomas mira solo por un segundo, tanta estridencia le molesta a la vista. Se taparía también los oídos, intentando escapar de la infernal cacofonía, pero sería contrario al decoro y se contiene.
–No hay nada para Sunny –comenta Edward Rocheford, hermano mayor de Thomas.
–Tse… –intenta demostrar su indiferencia, pero no la siente. Efectivamente no hay nada que la proclame, y no es que piense que ella se desanimaría porque aquellas amebas incultas no aprecien su valía.
–Tranquilo, seguro que… –Edward comienza.
–Cállate –le espeta, cortante–: no estoy de ánimo para escuchar tus mofas sin sentido ahora.
–No me iba a burlar, imbécil, que yo también estoy preocupado por esa chica –Edward, que disfrutaba tanto tomándole el pelo, luce serio ahora–: no te cagues la onda pensando en vainas que…
–¡Hazme el favor de no expresarte de esa forma! –con un resoplido de indignación, Thomas se aparta de su hermano mayor, y cruza los voluminosos brazos sobre su barriga. No como Sunny, piensa, cuando ella se aferra con sus pequeñas manos a sus brazos, se abraza atemorizada. Él solo los cruza y ya, no está asustado.
Qué idiotez, evidentemente lo está. No va a negarse eso, la negación es para los débiles psicológicamente o para los disminuidos intelectual y emocionalmente. Él enfrenta sus sentimientos con todos los recursos que tenga a mano, por suerte y por haberlos cultivado cuenta con bastantes.
Pasan a unas tomas del centro de renovación, con todas sus ventanas iluminadas y más periodistas y gente agolpándose en las calles. El Capitolio todo ha salido a ver a los 24 tributos, ¿qué tan ocioso se puede estar? Ni siquiera su familia, con diferencia la poseedora de más recursos en el distrito, pueden darse el lujo de parar de trabajar. Sin contar con que seguramente esos elaborados peinados no son cosa de dos minutos.
–¡Y el distrito 1 se está preparando para salir del establo! –Hefestus Fein, anfitrión, habla con su tono ligeramente más agudo y el acento afectado–: ¡ahí están!
Efectivamente. Saliendo del establo, con caballos blancos como la nieve y el carro decorado como un par de tronos, los reyes del distrito 1 saludan a la multitud, ella sonriendo, y él serio. Thomas no deja de mirar al sujeto de dieciocho años, de cabello plateado y ojos azules despectivos que, con aire indolente, arroja puñados de monedas a la multitud de un saco que hay a sus pies. Ella también las arroja, pero con más gracia y soltura. La gente enloquece, tanto en la plaza de Capitol Hill como fuera de los establos. Los trajes son tan hermosos que hasta en el distrito 10 la gente está emocionada.
–Oye, Thomas… ese tipo se parece a ti, no? como con treinta kilos de menos pero –Edward señala al rey vestido de azul–: tiene la misma cara de hemorroides anales, ¡Y las mismas gafas!
–Tse… un aire tiene –reconoce, sin poder evitarlo. Flaco y atractivo, Alabaster Faraday podría haber sido él si no se diera a la buena comida y a la buena vida. Ni siquiera tiene cara de imbécil, pero seguramente lo sea; se presentó voluntario después de todo.
El distrito 2, con el sujeto que al parecer mide cerca de dos metros y tiene una calva brillante y la chica de pelo negro y pequeños lentes, van vestidos de armaduras, bastante pesadas, y mientras él lleva un escudo enorme ella porta una espada.
–¡Y estos son Connor Edgeworth y Dahlia Fey, demostrándonos la fuerza de su distrito! –Exclama Rogelio, hiperventilando. La gente arroja flores, y un oso de peluche le aterriza a Dahlia Fey en el regazo. Ella, ligeramente sonriente, se inclina y lo alza al público.
"pequeña ameba insensata –piensa Thomas, con infinito desdén–: en ediciones pasadas te habrían arrojado tomates, huevos podridos o piedras. A Madara Greyarm, en la primera edición, le arrojaron una piedra que le rompió dos dientes. ¿la alzarías al público, pequeña, retrasada y vendida espécimen?" El veneno que le invade, es imposible de contener. Por suerte, enfocan a los del distrito 3 emergiendo de los establos, y deja de pensar en los voluntarios. Carole Hanlon y Zachary Bayer van vestidos de muñecos a cuerda, y eso es tan simbólico para uno de los distritos más rebeldes de Panem, que Thomas se ve forzado a resoplar nuevamente. Por suerte, ninguno sonríe, el chico parece a punto de volver a desmayarse y la niña tiene los ojos clavados en sus manos. Como tales, les dan la cuota de pantalla mínima y pasan al siguiente distrito. No fueron tan muñecos como se figuraban en el Capitolio, de lo contrario les habría visto sonriendo y saludando. ¿cómo se lo habrían tomado en el 3? Thomas espera rebelión y sabe que no la habrá, por la misma razón que no se rebelan su padre y él. Demasiado pocos.
El distrito 4 es de los que más pantalla obtiene, en parte por los pechos de Mikah Odair, cubiertos solo por unas conchas marinas bañadas en oro, y una cola de sirena plateadas, y por Ryan Connolly, cuyo pelo anteriormente castaño fue tintado de verde para verse como un tritón. Él lleva un tridente en las manos, pero ella parece perdida y asustada. Thomas recuerda que fue cosechada y el respeto que siente hacia ese distrito crece un poco, considerando que no hay dos estúpidos sino uno solo. La gente enloquece, les lanzan flores y alzan las pancartas con el nombre de Ryan, y eso le hace sentir de nuevo desasosiego. ¿recordarán acaso ellos, lo que significaba el desfile hace veinte años? ¿el significado habrá mudado radicalmente? No lo cree, pero la evidencia es incuestionable. Ahora los chicos de distrito sonríen, patéticos, esperando unas migajas de dinero lanzadas por los empresarios cual súbditos plebeyos con las monedas de Faraday. Si Sunny se convierte en una, ¡Ay! si ella se rebaja de tal forma…
Los distrito pasan en un borrón. Los primeros, vestidos en trajes plateados simples, y los otros, disfrazados de maquinistas, no llaman la atención de nadie y tal como con Sunny, no hay pancartas con sus nombres. La chica del 6 está al borde de las lágrimas, que por fin ruedan por sus mejillas cuando alguien le arroja una flor, y es el momento en que dejan de enfocarla para no transmitirla más. Thomas piensa mucho en esa lágrima y en sus cabellos rojos recogidos, aunque no existan para el Capitolio. Le reprocha el haber llorado, es exactamente lo que esa gente quiere y como tal no hay que darles en el gusto, pero nada puede decirle.
–¡Collie Rush y Alexander Rheon del distrito 7! –Proclama Hefestus.
Vestidos de hojas, solo llaman la atención porque el sujeto, enorme y fuerte, saluda y sonríe a la multitud. Se enfoca a las pancartas con su nombre, la mayoría sostenidas por chicas de la edad de Sunny, y a Thomas le da asco seguir mirando su cuerpo semidesnudo. ¿qué le pasa al Capitolio con la gente en cueros? La chica sonríe y saluda lo justo, aunque se nota que son emociones fingidas.
Del distrito 8 y el 9 no hay demasiado que decir, al menos para Thomas; la chica ciega y el niño pequeño están vestidos para transmitir inocencia e indefensión, y lo cierto es que se consigue bastante el efecto. Se trata algo triste, pero esos dos niños podrían servir de escalones a Sunny. Dos menos, piensa. Dos menos para que Sunny desbanque al rey de la colina y sea la próxima. El distrito 9, los panaderos, más de lo mismo. Poca pantalla, el chico tiene los labios curvados hacia arriba en una sonrisa no del todo amistosa, y la niña, casi al otro extremo del carro, parece sacudir tanto la mano que seguro se le dislocará.
"No sonrían así, amebas, se están burlando, cómo se burlan de ustedes…" piensa. Thomas soporta las pocas burlas que le dirigen solo por saber que está en la cima, ¿qué pasa con ellos, los del bote? ¿Cómo tienen valor para sonreír mientras les lanzan cosas?
–¡Y el distrito 10, Sunny Tyson y Robert Halloway! –Exclama Hefestus. El distrito en pleno contiene la respiración. Thomas aprieta los puños, a ver a qué tipo de humillación sometieron a sus compatriotas esta vez, y peor aún, a su mejor amiga…
No van en carro. Primero la enfocan a ella, en un enorme caballo blanco de crines negras, quizá tintadas, sujetando las riendas también negras. Lleva las piernas a un lado de la silla de montar y le da con los talones, con la soltura y maestría de quien sabe hacerlo. Una espada de mango negro y filo blanco está blandida hacia el cielo, Sunny saluda con ella, aunque sus comisuras están rectas y sus enormes ojos delineados en el frente.
Robert, a su lado, luce mucho más desgarbado, monocromo como ella, con los ojos en la multitud, chispeantes de rabia. Alguien le lanza flores y él las arroja de vuelta, con furia, no sin antes romperlas. Se gana que le dejen de enfocar y solo aparezca Sunny, majestuosa, cabalgando con brío, la corona enorme balanceándose, los ojos un poco llorosos. Un sujeto de cabello morado le lanza un corazón de felpa, mientras grita, lo suficientemente fuerte para ser captado por el micrófono.
–¡Ahora apuesto por ti, y que me jodan por esta pancarta que dice Connor! –pisa el cartel que antes sostenía en la mano, mientras intenta ponerse junto al caballo. Sunny maniobra para aminorar la marcha, y así no hacerle daño. luego lo esquiva y sigue cabalgando, Las flores caen a su paso. No ha sonreído ni una vez, y solo el gesto mecánico de su espada deja ver que sabe que está siendo observada. Por lo demás, solo monta y avanza.
–¡Thomas, mira, la siguen enfocando! –Edward le agarra el brazo con tanta fuerza que, a la mañana siguiente, vería cardenales allí, pero ni los siente ahora.
–Bien hecho –Dice, mirándola fijamente, desde sus músculos tensos por el ejercicio de montar hasta su hermoso vestido de reina–: sabes… ¿sabes cómo se habrán enterado acerca del ajedrez?
No se imagina al Capitolio conociendo ese ejercicio del distrito, practicado tanto en los bares de mala muerte como en su propia casa. Algunas piezas eran de madera horrible y el tablero ni hablar, otras, como la suya, de un material más caro y consistente, pero de todos modos. ¿Cómo lo sabían en el Capitolio?
–Vaya… –Rogelio se pregunta en voz alta, respondiendo las inquietudes de Thomas–: ¿Por qué los del distrito 10 irán vestidos de esa manera? ¡Parece que Loic y Bonnie tendrán mucho que respondernos!
–Parece cosa de los estilistas –Edward mira a Sunny con alegría–: Se ve muy linda, ¿a que sí?
Thomas gruñe y prefiere no responder. Que se vea linda o no, cuya contestación es tan lógica que ni siquiera tiene ganas de pronunciarlo en voz alta, no es lo importante. Está vestida de ficha, de pieza, lo cual tiene un par de implicaciones. En primer lugar, si la están denigrando pocos se darán cuenta, ambos, por supuesto, entre otras personas… y ella está jugando. Lo ve en su mirada, Sunny jugará, no se ha rendido, allí está, aunque ya no aparezca en la pantalla, con sus ojos brillantes y su corona. No se ha dejado vencer por la tristeza, como la chica del distrito 6, o por la furia, como su inútil compañero de distrito, ni (aquello es tan indefectiblemente malo que, si la hubiese visto hacerlo…) se ha dejado llevar por la pusilanimidad de otros, dedicando sonrisas complacientes. Ella sabe que tiene que actuar como ficha para volver, como él tiene que callarse y aplaudir a su padre con los discursos que pronuncia.
–Bien hecho, bien hecho, bien hecho, Sunny…
En tanto muestran a los sujetos del distrito 11, él recuerda aquel día, tres años atrás, el primer día en que Sunny montó un caballo. Fue un sábado, ella había ido a verle otra vez. Los mastines ladraron de esa forma tan especial que solo hacían con ella, y él, montando en sus tierras y trabajando en un par de cosas, lo supo. Encaminó a Silver, su enorme caballo color de plata, a la cerca, y allí estaba, ¿cuánto medía entonces? ¿1,45? Algo más, algo menos, mientras que él la sobrepasaba en tanto… en altura, peso y dinero, nada más.
Se detuvo él entonces, con el silbato de plata revotando contra su voluminoso pecho. Llevaba un cinturón, una cantimplora y el sudor perlaba su pelo rubio.
–Hola –había dicho, agitado. Su voz estaba cambiando, su cuerpo también, pero a Sunny la saludó como siempre.
–Hola –ella se apoyaba en un pie y otro alternativamente.
–Estoy trabajando, he de hacer unas cosas un poco complicadas. Mi padre confía en que lo pueda resolver para la tarde –aclaró. Ella bajó su cabeza, y él, sobre el enorme caballo, la vio muy pequeña–: Ven conmigo, si así deseas. Te presto un caballo.
–Ignoro todo acerca de montar –la pastorcita de ovejas alzó la cabeza de nuevo, orgullosa.
–Lo tengo presente. Mas sé, así y todo, que aprenderás rápido –Thomas abrió la cerca–: móntate en Silver. Caminaré.
Más ágilmente de lo que cualquiera hubiese pensado dada su condición, Thomas descendió del caballo, salpicándose barro en las hermosas botas. Arregló los estribos de la silla para su acompañante, a la que comenzaba a llamar amiga en su fuero interno, y aguardó.
–Me da miedo, es muy grande –dijo ella, acercándose.
–Trepas montañas y lo son más –él no entendía el problema.
–Las montañas no muerden –razonó–: ni dan coces.
–Este es mío. Lo amaestré yo.
–Lo cual no invalida mis afirmaciones anteriores –Sunny puso las manos en sus caderas.
–No te atrevas a poner en duda mi capacidad de amaestrar caballos, bastante superior a la tuya en…
La chica, dando un salto ágil, puso la pierna izquierda en el estribo, se tomó de la silla de montar y se impulsó hacia delante, con rostro serio y desafiante, picándolo. Casi, casi lo consigue, de no ser porque el impulso fue muy pobre y comenzó a deslizarse hacia abajo. Silver, inquieto, giró la cabeza. Sunny se sorprendió y a punto estuvo de caer, con su zapato gastado enganchado en el estribo. Thomas, rápido, la tomó de la ropa para frenar la caída e hizo impulso hacia arriba para sentarla en la silla, bruscamente por el contacto indirecto, pero al menos no cayó. Ella se quejó suavemente, aferrándose a su chaleco de montar por unos segundos. Algo pasó, sus miradas se cruzaron entre que ella se quejaba, lo aferraba y él terminaba de soltarla, pero Thomas sintió como si se hubiese saltado dos comidas. El corazón le martilleó lento y pesado, y los ojos de Sunny seguían fijos en los suyos.
–¿Qué? –ella retomó su tono desafiante, aunque su voz sonaba un poco lejana–: ayúdame con el estribo derecho, por favor… no lo encuentro.
Thomas rodeó el caballo, soltando un resoplido, y en un tris le acomodó el zapato en el estribo. Por primera vez, tuvo que mirar hacia arriba para verla, sobre su enorme animal. Le gustó lo que estaba viendo, y fue extraño porque Sunny le había parecido muchas cosas en esos casi tres años, pero una visión que se podría pasar contemplando por algún tiempo, más o menos largo, no era una de aquellas… hasta aquel día.
–Ahora te daré indicaciones, síguelas –dijo, echando a andar–: cuando lleguemos a uno de los establos te daré un caballo más pequeño.
Cuando llegaron a su establo, y ella descendió de Silver airosamente,, Thomas ya había reconocido ante el tribunal de su propia consciencia (el más importante, para él) que le gustaba esa pequeña plebeya de la trenza azabache. Tres años más tarde, la cosecharían, sin que él hubiese dado en pos de ella ni un solo paso.
–Qé humillación, ¡qué humillación! –Edward, enojado, miraba la pantalla con los ojos abiertos de par en par.
Thomas sale del mar de sus recuerdos, para ver a los chicos del distrito 12, completamente desnudos y cubiertos de polvo negro. Allí está, las máscaras caídas, todas las intenciones develadas por fin. No es un desfile, es una burla. No es un entretenimiento, sino un castigo. No son concursantes jugándosela para ganar, son mendigos arrastrándose para que por favor no les dejen morir. Siente una rabia feroz al ver a ambos chicos sonriendo y saludando con la mano, especialmente al chico, y de vez en cuando a él mismo doblándose para toser.
El desfile termina entonces, con el himno de Panem resonando otra vez y vistas de los 24 tributos en el centro de entrenamiento, donde, por lo que él sabe, tendrá lugar la fiesta de todos los años, entre tributos, mentores, escoltas y vigilantes. Se llamaba la fiesta de la paz y la habían celebrado desde los primeros juegos, antes de que los jóvenes supiesen que habían sido convocados al Capitolio para matarse, y desde entonces seguía siendo una tradición su celebración. Mientras resuena el himno siguen mostrando a los tributos en el hall de entrada, allí están los reyes azules junto con el resto de profesionales, Alabaster separado de los demás y mirando a todos con expresión de asco superlativo, y allí está Sunny, ya sin aferrarse a sí misma, junto a su mentor, Lev Abercowney. Thomas la mira, sabiendo que solo en las entrevistas volverá a saber de ella. hay muchos contricantes más fuertes pero está seguro de que ninguno es más desafiante y más poco dado a perder. Si solo fuese por competitividad, Sunny Tyson ya estaría de vuelta.
Alguien le hace una seña para que se acerque. Lo conoce, por supuesto, es Fabian Galton, vencedor del año 17. Se había quedado en el distrito, cosa que se puede permitir desde la victoria de Lev Abercowney. Cada año son dos mentores quienes van al Capitolio y uno el que se queda. Aquel, al parecer, era el turno de Fabian.
Thomas no tiene ninguna intención de ir, si él está interesado en hablarle pues que sea quien se acerque. Poco después así lo hace, el hombre se abre camino entre la gente para, al parecer, hablar con el hijo del alcalde. Sus ojos sombreados y con bolsas, la piel pálida y su expresión, le dejan ver que al parecer no tiene muy buenas noches.
–Thomas Rocheford ¿no? –Pregunta, después del apretón de manos de rigor. El joven asiente–: me han enviado esto para ti.
Le entrega un grueso sobre, que al parecer contiene una carta. Thomas lo mira, con cierta curiosidad. "Thomas Rocheford", dice con una letra bastante conocida que le hace sentir un escalofrío. Es de ella. ella. ella. ella.
–¿De dónde sacaste eso? –Pregunta, ásperamente, sosteniendo el sobre con firmeza.
–Me lo envió su mentor, vía escáner –contesta–: yo solo lo imprimí y te lo doy. También hay una para su hermana y otra para su madre, pero ya las entregué. A veces Lev hace esas cosas, yo no estoy de acuerdo porque a veces, cuando los tributos mueren, los familiares pueden… ¿estás bien?
Fabian le mira atentamente, sosteniendo su hombro. Thomas está tan lejos de allí que se despide en modo automático, sin olvidar preguntar por la hermana de su amiga, que al parecer está bien. Llega a su casa, viendo todo en monocromo, y su hermano le nota tan silencioso que ni siquiera tiene ánimos de meterse con él. Sunny estaría en una fiesta, con veintitrés desconocidos que podrían matarla en un par de días. Pero ella… le había dejado otra cosa, además de la trenza que yace guardada en su cajón. Algo.
Se encierra en su habitación, se da su habitual ducha vespertina, lava sus dientes, y recién recuerda que se ha olvidado de comer. Sin embargo, el estómago no le gruñe, será luego, tendrá que ser pues no recuerda la última vez que se saltó una comida… quizá nunca. Se dirige a la biblioteca, toma de allí la única lámpara de electricidad que hay en la casa junto con la alargadera, y se las lleva a su habitación de nuevo. Las manos apenas le tiemblan un poco cuando abre el sobre que quizá sean las últimas palabras de su amiga dirigidas hacia él.
"Querido Thomas:
Es para mí sumamente extraño escribir dichas palabras, pero en aras de la formalidad son un buen comienzo. Hay algo que te escribiré porque nunca te dije, mas lo haré ahora sin rodeos. Yo…"
Nota:
Gracias a todas por leer. Sobre tu duda, Dani, te la respondí por mensaje, perdón si no quedó lo suficientemente claro en el capítulo anterior, pero aquí sí lo aclaré mejor para evitar futuras confusiones. ¡Gracias por hacérmelo notar! :3
Con suerte, mañana será el siguiente capítulo, la fiesta de los tributos. Para ser sincera, es lo que más he tenido ganas de escribir, me encantará llegar a eso.
Abrazos.
