Capítulo 08: estupidez y jugo de granada.


El salón de la Fiesta de la Paz está repleto de personas que no tienen ninguna importancia para Alabaster Faraday. Es más, la fiesta ni siquiera le interesa; está cansado, con sueño y un poco de hambre. Sin embargo, desde que decidiera presentarse como voluntario, a los quince años, sabía que este momento llegaría. Y eh aquí el Señor Momento, con su voz estridente y su discurso aburrido, el señor momento que camina demasiado despacio y parece no querer irse. Estúpidas fiestas, que le hacen divagar. Estúpida corona dorada, que le hace doler un poco la cabeza y estúpido Christian Stark, su profesor y vencedor de los vigesimoséptimos juegos del hambre, que ni bien entrar al salón se ha detenido a charlar con su amorcito. A propósito, ese amorcito es más estúpido todavía. Así que Alabaster se queda ahí, con los brazos rectos y la mirada en el frente, mientras Christian Stark y Lev Abercowney se dan una mirada tierna (vomitiva) y un abrazo apretado (incómodo).

–Les fue bien el desfile este año –Sonríe Christian Stark, apretándole el hombro a su compañero de cama, amante, lo que fuesen. A Alabaster le parece tan estúpida la conversación que se desconecta en el acto.

Está meditando sobre lo que hará mañana en el centro de entrenamiento, cuando oye su nombre y se centra de nuevo en la conversación. No es que le interese lo que hablan, lógicamente, pero se trata de él así que tan aburrido no puede ser.

–Es un experto en cierta arma y disciplinado, así que se presentó –dice Christian, sonriendo–: Lev, él es Alabaster, mi alumno y mentoreado personal. Alabaster, él es Lev, mi novio.

El enorme y bobalicón del distrito 10 le tiende la mano, pero Alabaster la ignora olímpicamente. Hay muchas razones por las que no tiene ninguna gana de estrechársela, y podría pasarse la noche entera divagando sobre ellas (es un idiota, lloró cuando tuvo que matar a ese niño pequeño en su edición, tiene un ojo raro, y hay tantas más…), pero no piensa en ellas y por fin, un poco desairado, el tipo baja la mano.

–Tu bestia parda de este año poco sabe de modales, eso sí –dice Lev, un poco picajoso.

–No es como si los tuyos sepan mucho, ¿eh? No te burles –Christian sonríe, dirigiéndose a la chica bajita junto a Lev–: Hola, encanto. Soy Christian Stark.

–Bienhallado sea –la chica responde con un tono serio y suave–: aunque según lo que he oído, su verdadero nombre es otro.

Christian se sonroja hasta la raíz de su pelo ensortijado, y Lev se ríe. Alabaster, incrédulo por tanta charada insustancial, piensa de nuevo en el entrenamiento. Obviamente que entrenará con el arco y la ballesta, es lo mejor que tiene, no tanto para intimidar a los demás –no hay cosa que le interese menos–, sino para calibrar la diferencia entre las armas de la academia y las del Capitolio. Vaya sorpresa que se daría si, por cualquier razón, son más duras, o más flexibles, o, en fin, distintas de cualquier otra forma. No necesita practicar con las armas de mediano alcance, pese a su diferencia cree que puede extrapolarlas. Y claramente que se sentará con la alianza profesional, aunque le parezcan unos ineptos, desde su propia compañera de distrito en adelante.

Christian Stark habla ahora con Lev, dejándoles a ellos plantados, a la chica del 10 y a él, parados frente a frente. Alabaster la mira por un segundo, recordando el estúpido berrinche que se había montado Clarissa Carmichael al ver al distrito 10 vestidos de reyes, con muchas menos joyas y opulencia, montados a caballo y con enormes coronas. Alabaster, fiel a sí mismo, la había ignorado olímpicamente, pero Clarissa era experta en hablar sola y hacer de cuentas que todos la escuchaban.

–… –la chica del 10 alza sus enormes ojos oscuros y le mira en silencio.

–… –él le echa una rápida mirada desinteresada, y pasa de ella. al menos no se ha puesto a parlotear, bien porque ni ganas.

Un par de minutos de vacío más tarde, Alabaster siente un leve tirón en su brazo. Lo aparta bruscamente, enojado por tal osadía a su espacio personal, y mira a la infractora. Con el señorial vestido azul y los rizos negros recogidos en un moño complicado, Clarissa, su compañera, está parada junto a él, con su expresión resoluta y maniaticodesquiciada que a él tanta indiferencia le causa. La mira interrogante, sin gastar saliva en preguntarle nada.

–¿Qué haces aquí todavía bajo el cinturón de Christian? –Se pone en frente suyo, mirándole desde su imponente altura–: todos ya estamos reunidos, ven.

Hace un gesto con su airosa melena, dándole la espalda e ignorando a la otra reina que yace en silencio y mirando al suelo. Alabaster sabe que su compañera se moría de ganas de hacer eso, así es de vana, asquerosamente idiota y superflua, y no halla el momento (ese Señor momento sí que lo atesorará), de que suene el gong y pueda hacer que el corazón de esa estúpida deje de latir.

Alabaster echa a andar, sin intención de quedarse allí, hasta que.

–Eres muy maleducada, ¿sabes? –Dice la chica del distrito 10.

Clarissa la mira como si fuese un insecto asqueroso en su zapato.

–Y tú apestas a vaca, ¿sabes? –contesta la profesional, en un remedo del mismo tono.

–Posiblemente –la chica del 10 sonríe, burlona, aunque Alabaster no pierda su valioso tiempo en mirarla–:no obstante, a mí se me quita bañándome.

Clarissa responde algo, seguramente, pero Alabaster está tan cansado de ella que se marcha, rumbo a donde están reunidos los profesionales. No es que le interese particularmente, pero aún menos lo otro. Así que se encamina, mirando con una ligerísima curiosidad al resto. Allí, en una mesa comiendo, están los chicos del distrito 12, desnudos y cubiertos de polvo negro. Están conversando y riéndose, ignorando que se tendrán que matar, seguramente. Allí el sujeto del distrito 9, el panadero, junto con la chica del distrito 7 y la del 5, parecen susurrar algo y de vez en cuando miran a la alianza profesional. Patéticos, ninguna estrategia los salvaría de caer. Alabaster no conoce en persona a sus compañeros restantes, a no ser el vistazo breve dado en el desfile, pero leyó sus expedientes en el tren –lo que quisieron mostrar, claro– y sabe que serán huesos duros todos.

Los tacones de Clarissa hacen eco detrás de él, dejándole ver que no se entretuvo con la otra reina. Alabaster ni la mira, y ella tampoco le habla durante el camino, aunque sí respira furiosamente. No le cuesta imaginarse que la otra le dejara con la palabra en la boca, Carmichael es fuerte y determinada pero tonta como una piedra.

–Sí que se tardaron –la voz nasal de Connor Edgeworth se deja oír, cuando llegan a su altura.

–Sí, es que Alabaster estaba todavía con el mentor como un simple chico de distrito –Clarissa toma asiento en uno de los dos sitios libres, junto a la chica del distrito 4, Mikah Odair.

–¿Y eso? –Ryan Connolly, del distrito 4, se peina el pelo verdoso con elegancia–: ¿de qé hablaban? Veo que tu mentor hace muy buenas migas con el del 10.

Alabaster no responde. En su lugar, clava la vista en el hombro metálico de Dahlia Fey, para evitar hasta los ojos del otro, y se sienta en el único lugar libre. La mesa está llena de comida y, contento por poder comer algo después de esa tarde tan ajetreada, saca un buñuelo de la bandeja.

–Sí, su mentor tiene algo con ese gigante –Clarissa arruga su nariz–: no sé cómo surgió, ni me preguntes… con un animal de esos… en fin.

–No veo el problema –Connor mira a los dos mentores mencionados, se han acercado a una mesa y están conversando, ahora se hayan solos–: el amor es bueno cuando se encuentra.

Ryan Connolly comienza a abuchear al enorme sujeto de músculos, y Mikah se ríe brevemente. Clarissa también suelta una carcajada. Él, impasible, solo mira al frente y Dahlia Fey está roja y perturbada. En cuanto a Alabaster… solo tiene una palabra que decir ante el amor, el amor erótico, el que se puede sentir por alguien que no sea él mismo: tsk…

–Búrlense –Connor sigue sonriendo un poco–: yo estoy feliz por tu mentor, Faraday. Dale mis buenos sentimientos, y que ojalá sean felices juntos.

Se siente tan insultado por que le hayan pedido un favor de tan estúpida y deplorable magnitud, que no puede evitar un bufido.

–Tsk… no perderé el tiempo en eso –dice, en voz baja, lanzándole una mirada de desprecio a su enorme compañero profesional.

–No seas borde –Ryan le echa una mirada incendiaria–: me estás tocando los cojones.

Alabaster se encoge de hombros, ¿le iba a asustar ese idiota de pelo verde? Y vuelve a centrarse en el hombro de Dahlia Fey, ignorándolo olímpicamente. Algo iba a hacer esa cobaya insignificante, pero Mikah habla.

–Por favor… –dice, con voz tímida y dulce–: yo… Ryan, no te pelees. Alabaster es… bueno, él es especial.

–Sí, es algo rarito pero no es malo –Clarissa sale en su defensa también–: solo pregúntale lo preciso y déjale en paz en lo demás. Eso me dijo Madara.

Madara Greyarm, primer vencedor de los juegos anuales del hambre. No era mentor de ninguno; demasiado importante para eso, se centra en dar indicaciones a ambos, acompañado de su enorme perro Tobi. Es un tipo con gran inteligencia y sentido común, Alabaster lo escucha a veces y hasta le responde.

–Es que no me gusta su mirada, nos mira como si fuésemos caca –Rian refunfuña, pero Mikah lo mira suplicante, con sus ojos verde mar entrecerrados, y el chico cede por fin.

–¡Bueno! –después de un silencio, Clarissa reclama la atención de sus compañeros profesionales–: creo que hoy, ahora, y no luego, es momento de elegir un líder, ¿no les parece?

Mikah y Ryan asienten, Dahlia Fey se encoge de hombros, Alabaster muestra su absoluta indiferencia y Connor la mira con sorpresa.

–¿Líder? Pero… creí que eso estaba decidido –su voz nasal está poniendo de los nervios a Alabaster, le dan ganas de meterle algo por la nariz para sacarle los mocos–: Yo sería el líder, ¿no?

–Bueno, creí que sí –apoya Dahlia, tiene una voz formal y contenida. La chica cosechada se gana una mirada rápida de los ojos azules de Alabaster, y también se gana una buena opinión.

–¡Pues a mí no me parece! –la voz de Clarissa se alza tanto que algunos de los tributos, que se encuentran comiendo en las cercanías, alzan la vista para mirarlos.

–Baja la voz, o el enemigo notará nuestras diferencias –Connor hace lo que dice–: de todas maneras, Clarissa, creo que soy el más apto para liderar, a no ser que me des muestras de lo contrario.

Ella se alza en toda su majestuosa estatura, la corona la hace parecer más alta incluso.

–¡Pues tengo calificación perfecta en las armas con las que me entreno! –manifiesta, sin bajar la voz–: y en las simulaciones de profesionales yo siempre era la líder.

Porque de lo contrario hacía berrinches, piensa Alabaster, pero nada dice. No tiene un deseo irrefrenable de matar, de esos que impulsan a sádicos, por ejemplo, pero si a alguien de aquellos veintitrés niños disfrutaría asesinando…

–Pero te he escuchado perder los papeles porque cierto distrito llevaba los mismos trajes que ustedes –le recuerda sutilmente Dahlia Fey–: honestamente, no tengo confianza en que nos lideres tú. Yo estoy con Connor.

Clarissa le lanza una mirada de auxilio a Alabaster, para que interceda por ella como había hecho la profesional del 2 con su compañero, pero él la mira de pies a cabeza y apoya el codo en la mesa y la barbilla en la mano, indiferente. Qué conversación más aburrida, qué tema más aborrecible. ¿acaso importa quién sea el líder? En dos semanas como mucho, estarán todos muertos menos él.

–¡Pero Connor es un cursi! Alguien que tolere una confraternización flagrante con el enemigo, jamás… –exclama Clarissa.

–Bueno, yo te vi hablando con la chica del 10, y ella te sonreía –dice Ryan, picajoso–: tal vez tienes la manía de tu mentor y te gusta coger con vacas.

Clarissa se pone en pie, enfurecida.

–¡Estaba insultándola, por lo sagrado! ¡Jamás hablaría con alguien de categoría tan inferior! ¡Usaba estrategias de intimidación! –Grita, pero luego respira, se calma y se sienta–: bien, hay dos postulantes, estamos Connor y yo…

–¿y si votamos? –pregunta la vocecilla tímida de Mikah Odair. Todos la miran, con la consabida excepción, y ella se pone roja como un tomate–: quiero decir… es mejor zanjar esto ya, ¿no? yo voto a Clarissa.

Se calla, bajando la cabeza. Está temblando un poco, pero también sonríe por haber cortado la tensión.

–Connor –dice Ryan, a su lado.

–Connor –añade Dahlia.

–Connor –añade Connor.

–Bueno, perdí –Clarissa mira a Ryan todavía con veneno–: qué se le va a hacer.

–Al… Alabaster no ha votado –susurra Mikah en voz baja.

–Tsk… –es la respuesta de Alabaster. Todos le ignoran.

–En fin, líder –Ryan le da unas palmaditas a Connor en el fornido hombro–: quiero saber cuál es su primera orden. ¿subir la falda de alguna señorita? ¿ir a intimidar? Yo quiero ir a intimidar, ¿podemos ir a intimidar?

–No habrá intimidaciones.

–Bu, qué mal… yo quería…

Ryan se corta, pues una persona se les acerca lentamente. Es un joven enorme, de pelo rubio y una cicatriz en la cara. Está sonriendo brillantemente, y es evidente que su destino es la mesa de la alianza profesional. La música le acompaña, una música un poco electrónica que debería bailar la gente, pero nadie lo hace. Muchos ni siquiera hablan entre sí.

–Hola, profesionales –dice el tipo, manteniendo la sonrisa–: soy Alexander Rheon, leñador. Quiero unirme a ustedes.

–Y yo quiero ser blanca y rubia como en mi distrito, pero –Clarissa sacude su cabello, despectiva–: no.

Alexander, el sujeto del distrito 7, la mira con rencor. Está a punto de decir algo, quizá que le comprometería para siempre, cuando Mikah de nuevo pone orden.

–¿Por qué quieres unirte? Es decir, yo… –Alexander la mira con inconfundible deseo y calor, lo que hace que ella se calle, turbada, y fije la vista en sus manos.

–porque son la mejor alianza, obvio –él se acomoda entre Dahlia Fey y Alabaster–: son grandes, son temibles, igual que yo. Quiero entrar. Sé usar el hacha y tengo conocimientos de supervivencia.

Vuelve a mirar a Mikah, con deseo.

–Aparte la zorra de Collie está haciendo una alianza –dice, con veneno–: es esa de ahí. Mi compañera.

La "zorra de Collie", como tan soezmente se había expresado el sujeto, era una chica delgada, de pelo castaño y cara bonita, que conversaba en medio de tres chicos. La muchacha del distrito 5, el chico del distrito 9 y el rey del 10. Estaban, evidentemente, conspirando.

Clarissa suelta una carcajada, igual que Ryan. Mikah los mira con algo de miedo, mientras que Connor y Dahlia tienen una mirada analítica en sus ojos.

–Parecen fuertes, especialmente el sujeto del distrito 10 –dice Dahlia.

–Yo no subestimaría al sujeto del 9, su mirada me transmite una mala sensación –añade el líder.

–¿qué pretenderán? –Pregunta Dahlia.

–No lo sé, pero hemos de estar listos para lo que sea –responde su compañero.

¿Qué demonios? Eran solo sujetos flacos y desnutridos de distrito, mientras ellos, los seis de la mesa, (o quizá cinco sin contar a Mikah, que fue cosechada y parecía carne de cornucopia) eran la crema y nata de los distritos profesionales. Alabaster, con el arco, les podría dar un tiro certero a cada uno en menos de lo que se tardaría en decir alianza patética de chicos de distrito. Echa una mirada despectiva a su líder y a su compañera, se estaban pasando de dramáticos.

–¿Me van a aceptar o no? –Pregunta Alexander, impaciente–: la zorra de Collie me la tiene jurada, todo porque le toqué las tetas en el tren. Que no joda, vamos.

Los cinco intercambian una mirada, a la que después se une Alabaster. No es algo que le interese tanto, pero quería ver las reacciones de sus compañeros ante eso. Hasta alguien como él, que no tenía apego a la gente, sabía que rozar con su mano los atributos femeninos de una muchacha sin su permiso estaba terminantemente prohibido. Clarissa no parece nada contenta ante la nueva información.

–Vamos a deliberar, date una vuelta por ahí y te llamamos –Dice Clarissa, aunque Alabaster nota la tensión en sus labios y el no que pugna por salir de ellos.

–Vale.

El chico se marcha, arrastrando los pies. Alabaster tiene tiempo de fijarse en su enorme espalda, musculosa, y en sus movimientos ágiles.

–Absolutamente no –dice Clarissa–: no, no, definitivamente no.

–Adhiero –añade Dahlia–: no quiero a ese asqueroso con nosotros.

–Pues… yo… –Mikah tiene la vista fija en sus manos, temerosa de hacer valer su opinión–: preferiría darle una oportunidad… esa chica parece peligrosa y… bueno, nunca sabemos cuándo nos puede venir bien la ayuda.

–Si Mikah está de acuerdo, pues vale –responde Ryan–: sí. Nos vendrá bien contar con él.

Connor mira a Dahlia, con quien parece tener una relación bastante buena, y después a Mikah, que aún está cabizbaja. Se fija en Alexander, comiendo, solo. Los tributos que había cerca, como la chica del distrito 11 y los del 8, se alejan de él con temor. Es esto lo que le decide.

–Creo que nos conviene tenerlo –dice. Dahlia abre la boca, dispuesta a decir algo, pero los ojos de su compañero le dan una mirada tranquilizadora–: prefiero tener a ese animalillo atado de la correa, si es posible la mía, o la de personas fuertes como nosotros. Si lo tenemos como enemigo podría causarnos bastante daño.

–Ten a tus amigos cerca, y a tus enemigos más cerca aún –Recita Alabaster. Todos le miran con sorpresa.

–¡Hablaste! –Mikah se emociona, sonriendo–: tu voz es muy bonita, es como muy fina…

Alabaster la mira despectivamente, y puede ver por un segundo los ojos de la chica destellando de rabia, antes de que vuelva a bajar la cabeza. La rabia del rechazo, piensa él, o algo así.

–Bueno, diciéndolo así… –Dahlia parece dubitativa, se acomoda los pequeños lentes y mira fijamente a Alabaster–: Disculpa, Faraday, ¿qué tan rápido puedes disparar un arco?

–Muy rápido –contesta él vagamente. A Dahlia sí le habla, le cae relativamente bien.

–Pues si el tipo se pone cargante… ¿lo podrías matar así de "rápido"? –Pregunta con cortesía y seriedad–: como sabrás, soy espadachina, y podría matarlo pero… si estoy en peligro.

–No dejaré que ninguna basura viva –le contesta.

Ella sonríe ligeramente, y la respuesta ya está dada. Los profesionales, esta vez, serán siete.

Alabaster se levanta después de eso, cree que no tiene más que conversar y está en lo cierto. Desea un momento de soledad, tanta cháchara, la música fuerte, los berrinches, peleas… le hacen añorar con fuerza su soledad. El orfanato era así, siempre lleno de ruido insustancial, de críos llorando, de tutoras gritando. Supone que si hubiese nacido allí se habría acostumbrado, pero fue trasladado tras la ejecución de sus padres, a los quince años, por presunción de rebeldía. Ni siquiera les habían dejado sus cadáveres. Simplemente desaparecieron, él presume sus muertes por las gestiones que le derivaron al orfanato. Había pensado que quizá estuviesen en el Capitolio, convertidos en avox, y que los encontraría allí cuando se presentase voluntario, pero vaya coincidencia más estúpida y conveniente. Seguramente no pasaría.

No fue aquello lo que le hizo lanzarse al voluntariado.

Se sienta en una mesa del rincón, que solo está ocupada por una persona, la chica del distrito 10. Está llena de comida, la música no se oye tan fuerte y hay jugo de un fruto extraño y rojo, que él no ha probado en su vida. Se sienta al otro extremo de la mesa para no tener que hablarle –si está allí es, precisamente, porque no quiere hablar–, y se sirve un vaso de ese jugo. No tarda en convertirse en su favorito. Más tarde, comprobaría que ese fruto se llama granada.

Pasa allí las siguientes horas, pensando en sus cosas, viendo las pocas interacciones entre tributos. Quizá durante los primeros años, las fiestas de la paz estuvieron llenas de conversaciones, de charlas, de solidaridad patética entre concursantes que tenían que acabar con sus vidas, pero no a las alturas del año 30. La gente sabe a lo que va, por mucho espacio para conocerse que les hayan dado no caerán en la trampa, eso haría todo más doloroso. Solo ve un par de grupitos, los dos chicos del distrito 12 juntos, igual que los del 8, la chica ciega y el niño pequeño; la pelirroja del distrito 6 está sola, igual que el sujeto del 5 y el tipo del 6. Los profesionales son el único núcleo grande, además de aquel otro, el de la "zorra de Collie" y los otros tres. nadie quiere hablar, nadie quiere conocer para no matar, mucho menos los estúpidos cosechados que ni se entrenan para algo que ya es un hecho.

Alabaster quiere que eso se acabe ya, 30 años son demasiados. Y tiene un plan para aquello, uno dividido en dos fases. A saber cuál acaba triunfando.

Las horas pasan, él está solo aunque tenga a la otra chica casi al lado. Cuando la música se apaga, y les envían a sus habitaciones, Alabaster se levanta, junto con ella, y se encaminan hacia la puerta. La cabeza le pesa de sueño y tiene el dulce sabor de la granada en los labios. Al final, entre él y ella se acabaron la botella.

–Disculpa mi intromisión, pero tienes una mancha de jugo en el mentón –le aclara ella, tirante.

La mira brevemente, alzando las comisuras en señal de agradecimiento, y se marcha limpiándose la boca. Pero qué rico es el jugo de granada… aquella simple aseveración, contundente y categórica, es mucho más relevante, para él, que todas las estupideces dichas con anterioridad.


Nota:

Espero que les haya gustado la incersión de este tercer protagonista, nos acompañará a lo largo de toda la historia, contándonos que pasa con la alianza profesional, y cosas que son imposibles que Sunny sepa. Igual me gustaría decir que, aunque me den sus opiniones (noqueremosaalabaster,amamosasunny,amamosathomas,noloarruines) eso no quiere decir que lo vaya a dejar de lado. :)

¡Gracias a todas por leer! Me tardé más de lo que esperaba porque tuve un bloqueo, pero al fin, aquí está. Espero les haya gustado. :)

Nos leemos, reyes y reinas.