Capítulo 09: entrenarse para vivir: días atípicos.


Sunny Tyson se despierta por la alarma que Lev le había enseñado a programar esa noche, tarde, cuando por fin la fiesta de la Paz acabó. Se remueve un poco en la cómoda cama, inundada de la delicia de aquella suavidad. Cuando se acostó, luego de lavarse los dientes pero aún rememorando el sabor de la granada en su boca, se sintió como si estuviese flotando en horizontal. En su casa, dormía en un colchón de paja, compartiendo cuarto con sus dos hermanas y su sobrino, John. Aquí, tiene una enorme habitación para ella sola, en la cama perfectamente cabrían ella y Thomas y aún sobraría espacio, y el armario es tan inmenso, y tiene tal variedad de ropa…

Apaga la molesta alarma y se levanta, sintiendo la suavidad de las sávanas en su cuerpo desnudo. Son las 6:30 y a las 9.00 comienza el entrenamiento, según lo que le había comentado Lev, pero al parecer antes quiere tocar ciertos asuntos con ella. tiene la cabeza algo pesada por el sueño aún, pero como siempre intenta cumplir lo que un mayor le manda, en el punto de lo razonable, decide darse un baño. Antes abre las cortinas, a fin de observar el Capitolio al amanecer. En un décimo piso, mirando todo a su alrededor, los adoquines de colores, los cristales brillantes, las luces aún encendidas, los carros de motor… allí se queda, perdiendo varios minutos de su tiempo, contemplando la hermosa ciudad resplandeciente. Algo ha ayudado a construirla, piensa Sunny, merece mirarla al menos un poco, tan urbana y tan distinta del lugar de donde ella proviene. ¿extrañarán esas gentes, la sombra de los árboles y el aroma a hierba? ¿Pensarán, alguna que otra vez, cuán felices serían si sintiesen el sabor de la leche fresca o la simplicidad de las chimeneas? Seguramente no, se responde, allí tienen todo lo que necesitan. Sin embargo, la reminiscencia de lo que alguna vez fueron…

Sacude la cabeza, sintiendo que el pelo corto le roza la cara. Extraña un poco su larga trenza, que acompañó cada uno de sus movimientos durante años, pero si no se mueve de prisa, también perderá su vida como perdió aquello. Se encamina al baño, el cual tiene unos botones que en letras enormes dicen "regulador de temperatura", y otros, rotulados con "burbujas", "sales aromáticas", y varias excentricidades semejantes. Se pregunta si aquellas enormes instrucciones serán únicamente para las gentes de distrito –los del distrito 10 parecen tener fama de particularmente palurdos, según lo que pudo observar–, o el Capitolio también las posee, pues tan lumbreras no tienen pinta de ser. No están en su mano esas respuestas, pero le gustaría tenerlas.

El río y su agua fría siempre le había valido, y ahora, ¿eh? Toda una gran señora capitolina de sales aromáticas y espuma, ¿no? sus heroínas de novelas se bañan con estas cosas, piensa, se bañan y luego salvan el mundo, besan a apuestos jóvenes y tienen muchos hijos con ellos al final de la historia, un cúlmine que parece adecuado a cada autor. Sunny se queda con el baño solamente, no sabe si su historia va a quedar a la mitad todavía.

–Porque mi autor es el Capitolio –murmura en el baño vacío, la voz un poco ronca por la tristeza–: ¡cuántas vidas ha interrumpido este autor, cruel entre todos los crueles! Sin piedad, su pluma siega las vidas de personajes y…

–¿Sunny? –Dice la voz de Lev, en la puerta de su habitación–: ¿Todo bien?

–No quiero que mi autor sea el Capitolio –desnuda, chorreando agua, se abraza a sí misma. Con miedo, con desesperación, pero también con furia–: no quiero dejar que acaben con mi vida. Tengo tanto que hacer…

Responde que efectivamente, está todo bien, y que sí, saldrá pronto. Es lo que hace, en su cama alguien le ha dejado ropa limpia y se ha llevado la anterior, aquel vestido de reina que le ocasionó bitoreos en el desfile y un altercado con la profesional del distrito 1. Sunny se pone el buzo negro con líneas blancas en los costados, una camiseta con el número 10 en su pecho y espalda, y la parte de arriba, un pullover negro con las rayas blancas en los brazos que también tiene dieces.

"¿Soy el diez de qué?" Se pregunta Sunny, pensando en los juegos de las tabernas.

Otra pregunta sin respuesta. En vano busca, en su cabeza, la voz de su compañero Thomas Rocheford, empero está callado. Al parecer la respuesta debe encontrarla ella sola.


–Sun, tengo alianza –Robert la saluda, bostezando, en la mesa. Afeitado se ve muy extraño, el día anterior tuvo la oportunidad de constatarlo, pero por el maquillaje y lo demás no se percató de lo grande del cambio.

–Congratulaciones –ella se sienta a su lado para comer–: algo vi. La señorita del distrito 7, el joven del 9 y la chica del 5.

–¡Espiabas mis movimientos! –Robert se hace el ofendido, mientras toma una tostada y le pone huevos encima–: pero sí, son ellos. La chica del 7 se llama Collie, es ágil y está en forma, además de conocer sobre plantas, creo, la del 5, se llama Lisa y sabe…

–Preferiría que no develes las cosas sobre tus aliadas a alguien fuera de la alianza –Dice una voz desagradable.

Sunny forma la sonrisa burlona con la que se enfrenta a Gaspar Andryushin desde el incidente de la bofetada, idéntica sonrisa con la que enfrentaba a sus compañeros en la escuela. "la mudita", "la que no habla", "la lela", solo recordarlo le dan ganas de gritar, pero, por supuesto, sonríe, como si estuviese por encima de todo. Lo está.

–Vamos, Sunny no andará divulgando, confío en ella –A Robert le brillan los ojos azules, y al mirarlo ella, siente que esas palabras son ciertas.

–No deberías –Gaspar está tan perfumado como siempre, se sienta frente a Sunny y sonríe tan burlón como ella–: buenos días, majestad. Anoche ciertas personas preguntaron por vos.

Ella enarca una ceja, sorprendida.

–¿P…por mí? Quiero decir… –se domina en un segundo, intentando parecer más segura de lo que se siente–: ¿Quiénes me han concedido ese honor?

–Apostadores –Gaspar saca la libretita de su bolsillo–: veinte a uno que la reina del 10 cae en el baño de sangre. Esa apuesta la puse yo, secretamente, obvio. Hay bastantes adeptos.

–Qué cabrón de mierda –Robert apreta los dientes–: te voy a partir la cara.

–Está bromeando, Robert, déjale –Sunny, sin embargo, está respirando agitada, por la furia y por el rubor de sus mejillas que le hace sentir insegura–: no puede hacer eso, porque no es legal, y si lo hiciese no me lo diría. intenta desmoralizarme, nada más.

Gaspar se ríe, tirándole la libreta a la cara a Sunny Tyson. Ella la atrapa al vuelo, enojada. Las manos le tiemblan de ira, pero puede leer la hoja, al fin.

Atenna Justice posible patrocinadora S. Lev contacta con ella 1000 capitols.

–Oh –Sunny aún se siente un poco enojada, pero también experimenta una sensación rara, que no sabe interpretar en primera instancia. Luego descubre que es alivio y satisfacción–: oh… gracias, señor Andryushin, yo…

Siempre pensó que nadie querría patrocinarla. ¿a quién le interesaría? Es pequeña y poca cosa, no es profesional, no tiene demasiada fuerza, es una pastora de ovejas y…, pero allí está, esa Atena Justice, quien quiera que fuese. Vio algo en ella, se interesó por alguna razón que Sunny no es capaz de comprender, aunque Thomas se lo había dicho… ¿o no? puede recordar las palabras literales, y eso hace, por un segundo.

–Sí, al final decidí que es mejor darte mi apoyo en cuestión de patrocinios, considerando que Robert es tan impopular –Gaspar se sirve una taza de té–: además, me alegraré cuando aún con tus patrocinios, mueras.

A Sunny se le cae el alma a los pies cuando los ojos lila de Gaspar le miran, con diversión en lugar de rabia. Puede pasar, piensa con un nudo en el estómago, puede suceder que por muchos patrocinios y regalos que le lleguen ella inexorablemente perezca por su falta de habilidad, o por su inseguridad, o por no poder hacer lo que hay que hacer en el momento indicado. Y entonces, Andryushin reirá, recordando esa bofetada, se reirá de ella, pensará que es… ¡Ah, no! ¡Por ningún motivo! ¡Antes deshonrada!

–¿Sabe qué? No le daré la satisfacción –le dice, comiendo ella también un sándwitch. Traga, antes de proseguir–: voy a vivir aunque solo sea para fastidiarle, se lo aseguro.

–Sun –Robert le habla con preocupación–: tranquila, no te alteres… él es un imbécil que no lo merece.

Ojalá pudiera no alterarse, piensa Sunny. Ojalá pudiese ser tan fría como Thomas, pensar que el escolta se mete con ella por saberla superior, pero no es cierto. A Gaspar le gusta humillarla simplemente porque puede, o cree poder. Y no será una malhablada, o una chica que impone sus condiciones, pero dejada tampoco es. Su amigo bien lo sabe.

–A la chica le hace falta que la volteen, le saquen algo, la enciendan, sino, se queda impávida –Gaspar bebe otro sorbo de té–: ¿te ha gustado esa palabra? la busqué en el diccionario para ti. –Abre su libreta, y lee una de las últimas hojas–: [persona] Que no se altera, perturba o muestra emoción alguna ante una impresión o estímulo externo que normalmente producen turbación, desencadenan una emoción o inducen a determinada acción.

Sunny le mira con burla, es su segunda expresión favorita. La primera es la impavidez, si tal cosa existe.

–Fantástico, es muy encantador que se haya visto obligado a leerla –dice suavemente.

–A mí me parece más fantástico que sepa usted lo que es leer –responde él con retintín.

Sunny se sonroja.

–Y pues a mí…

–¡Se callan! –Robert golpea la mesa con el puño–: sun, ignora a este payaso… ¡solo quiere joderte! Y tú –mira al escolta, con sus ojos azules brillantes–: basta, te comportas como un mocoso. Conmigo no te pusiste así cuando hablamos a solas.

–Es que a ti no te detesto –el hombre sonríe–: pero sí, tienes razón, ya me aburrí.

Y por suerte, porque Lev viene saliendo ya de su cuarto, dando un enorme bostezo. Lo primero que hace es darle un beso a Sunny en la frente –y ella se sonroja–, apretar la mano de Gaspar y saludar con la cabeza a Robert. El último no le devuelve el gesto.

–Quería hablar de algo importante con ambos –Lev tiene su ojo rojo fijo en Robert y el normal, oscuro, en Sunny–: después de las 6.00 pm necesito que vengan derechitos aquí. Nada de entretenerse, ni hablando con los tributos, ni con mentores, ni nada de nada. Aquí. Comeremos una cena temprana y luego entrenaremos hasta la medianoche.

–¿Entrenaremos? –Robert pregunta–: ¿qué entrenaremos?

–¿Saben cuál es mi talento, verdad? –Lev contesta con otra pregunta.

Desde el año 5, aunque también fueron incluidos los primeros vencedores, cada ganador de los Juegos del Hambre debía contar con un talento, una disciplina que era su deber perfeccionar. A Sabrina Callahan le iba la equitación, Fabian Galton se había especializado en genética y Lev…

–La lucha cuerpo a cuerpo –contesta Sunny.

–La lucha cuerpo a cuerpo –repite el mentor–: ya saben que intenté entrenar a los jóvenes del distrito, pero… en fin –Lev sacude su cabeza, intentando no pensar en aquello. Unos jóvenes demasiado ocupados en trabajar para mantenerse con vida como para centrarse en ir a aprender a luchar–: vamos a entrenar tácticas de defensa durante estos tres días. Todo cuanto les pueda enseñar en tan poco tiempo. Les atacaré en serio y les enseñaré cómo defenderse.

–Oh…

–…

Ambos compañeros de distrito se miran, los ojos de Robert parecen un poco inquietos y Sunny, tal y como la había descrito acertadamente Gaspar, luce impávida.

–Me conseguí cicatrizantes y regeneradores instantáneos, no se preocupen por las lesiones o dolores que les pueda dejar ese entrenamiento –Lev sonríe tras su poblada barba negra–: así que no tendré piedad. Después haremos otras cosas, claro.

–No me lo perderé por nada –Gaspar sonríe–: no sé a quién tengo ganas de que zurres primero… pero sí a quién quiero que le des más duro.

Sunny le ignora, con esfuerzo, pero lo consigue.

Y así, con la perspectiva de una paliza por la tarde, pasa el desayuno. Quizá por suerte o por desdicha, quién sabe, pero al menos ella tiene experiencia en eso de dejarse pegar.


El entrenador jefe se llama Andrew Bingley, eso dice al menos, cuando los veinticuatro tributos están ya reunidos en el enorme sótano del centro de entrenamiento. Su pelo es azul, sus ojos del mismo tono y sus ropas son rojas, hasta los calcetines.

–Tienen hasta la hora de almuerzo, esto es, las 1.00 de la tarde. Aprovéchenlo lo mejor que puedan –dice, enérgico–: allí –señala los distintos stands, cada uno atendido por un, o un par, de entrenadores–: encontrarán todo lo que necesiten.

–P…perdone –Dice una voz que tiembla solo al principio–: soy Lanna Peters del distrito 8. ¿podemos hablar?

Muchos pares de ojos la miran, entre ellos los de Sunny, aunque solo por un segundo. Lanna Peters, la chica ciega, es delgada, su pelo es castaño y fino y sus ojos están un poco hundidos en las cuencas, los tiene cerrados.

–Claro –el entrenador jefe se acerca–: los demás pueden empezar.

Sunny no pierde el tiempo. Con pasos silenciosos, se separa de Robert y del círculo y se encamina a dar un vistazo a los distintos puestos de entrenamiento. Allí, junto a la entrada, está el de armas pesadas, como martillos, mazas, manguales y otras, presididas por una pareja musculosa y robusta de hombre y mujer. Sunny piensa que con sus brazos delgados apenas podría llegar a levantar una de esas, así que lo deja para siempre. Sin embargo, ve que Robert mira aquellas armas con algo parecido a un brillo. En tres días no se hará un genio de la maza, ni mucho menos, pero su envergadura daría el tipo bastante bien. Más allá ve las simulaciones cuerpo a cuerpo, donde el enorme y rapado profesional del distrito 2 ya está dispuesto a entrenarse, y el sector de plantas, donde el chico delgado y de pecho hundido del distrito 12 fija su mirada. No obstante, lo que llama la atención de Sunny Tyson es el puesto del fondo, donde hay dos o tres butacas y tres estanterías con…

–¡Libros! –Exclama, emocionada, encaminándose allí a paso rápido. Tantos y tantos libros nuevos, y quizá no solo novelas, tal vez otras cosas… ¡están allí!

Por poco se choca con la profesional del distrito 4, una chica dulce y tímida de pelo oscuro y ojos verdes, por la prisa que tenía. Se detiene Sunny para disculparse brevemente, pero Mikah Odair parece más apenada que ella, y resulta ser un momento muy incómodo para las dos. Sin embargo, allí está la pequeña biblioteca con información del centro de entrenamiento, ¡Y solo para ella! Lev le había recomendado que entrenase con cuchillos o que se informe de supervivencia, pero… ¿Lev sabía que había allí una biblioteca? Oh, seguro no lo sabía, sino se lo habría dicho, ¡verdad? Tal vez sí, piensa ella, tal vez lo sabía y le quería dar una sorpresa.

Son libros de supervivencia, uno donde le enseña las 100 maneras de cocinar un trozo de carne, se encuentra con la biografía de Madara Greyarm, vida y juegos, y eso le provoca una leve punzada en el corazón pues recuerda el día de la cosecha, cuando tomó aquel libro de manos de Thomas y ella le dejó Hamblet. Hay un manual de refugios que ella devora con los ojos, aprendiendo de la teoría las distintas formas de trenzar ramas, de ponerse contra el viento y de camuflar un cuvil. Allí está ella, mientras todos se mueven de aquí para allí, únicamente acompañada por la chica del distrito 6, la pelirroja de ojos verdes de semblante triste, que se sienta en la butaca vecina pero nada comentan. Junto a la biblioteca está el puesto de la corredora, donde Zachary Bayer, el chico del distrito 3, está subido en una máquina corriendo y corriendo. Sunny se concentra en el ritmo de sus apresurados pasos, constante y preciso, para no distraerse con las conversaciones de fondo. Unos cuarenta minutos pasan así, él corriendo y ellas leyendo, hasta que de pronto los pasos se detienen, bastante abructamente, suena un ruido tremendo de un cuerpo cayendo al suelo, y de pronto arcadas.

Sunny alza la vista de su delgado libro y ve, con sus enormes ojos como platos, cómo Zachary Bayer, pálido como un papel y temblando, vomita el desayuno a medio digerir sobre el suelo. intenta incorporarse, al menos en una posición más digna, pero las arcadas se lo impiden y allí yace, junto a la corredora, arrodillado, temblando y con los ojos despidiendo lágrimas, su boca expulsando la comida. Los lentes salen volando por el movimiento brusco y caen a los pies de Suny, el vómito también parece ir hacia allí.

La chica recoge los lentes, limpios por suerte, y se levanta de su lugar. Uno de los vigilantes, un jovencito de pelo negro de nombre Julio Jansen, se encamina corriendo hacia Zachary Bayer, llamando a un par de avoxes. Nadie está entrenando, todos le miran fijamente. La excepción es Alabaster Faraday, ¿cómo no? El ruido de sus flechas haciendo diana es lo único que se oye. Además de Zachary, por supuesto.

–Yo… yo… yo… –Zachary ha dejado por fin de vomitar, se mira las manos, tiembla mucho y aún sigue pálido–: Mentor dijo que entrenar con la corredora porque…

–Si vuelves a hacerlo te quedarás sin día de entrenamiento por hoy, ensuciar el centro de entrenamiento es una infracción grave de nivel b –Dice Julio, severamente–: limpia ahí, rápido. Qué asqueroso. Y tú, acompáñalo al baño, anda. Parece que no se puede mover solo.

El primero en recibir la orden es un joven avox de pelo dorado, mejillas regordetas y ojos castaños. Asiente, marchándose en busca de algo para limpiar. La segunda señalada es Sunny Tyson, quien, asustada ante la voz severa, se da cuenta de que está obedeciendo.

–¿Puedes levantarte? –Le pregunta ella, acercándosele–: dame… dame la mano.

Siente un acceso de timidez cuando Zachary Bayer, de dieciocho años, alto, de cabello largo y castaño y ojos oscuros, estrecha con su mano pegajosa y sudorosa la pequeña mano de Sunny. No tiene problemas con las cosas pegajosas, ni demasiado con la suciedad. El chico se levanta, con dificultad, y da unos pasos tentativos.

–Creo… creo que solo, digo, que puedo solo, gracias –dice, con los labios azulados.

–Preferiría acompañarte –Sunny se halla seria, recta como un palo. El resto murmura y se ríe de ellos, parados frente a un charco de vómito, él bastante más alto que ella, débil, y ella intentando convencerlo–: haz el favor de venir conmigo, te lo ruego… ¿estás bien?

Se mueven hacia la puerta, Zachary se tambalea un poco pero no apoya tanto peso en Sunny. Sigue mareado, y sus labios azules, pero al menos puede andar.

–El mentor me dijo que comiera mucho para el desayuno y también que entrenara en la corredora porque estoy mal y también que entrene con cuchillos porque los cuchillos son útiles y son… –Va parloteando el joven.

–¡Qué patéticos! –Se ríe Clarissa Carmichael, entrenando con las espadas, cuando ellos pasan por su lado.

–¡Déjalos en paz, creída! –Le grita la chica del distrito 12, furiosa.

Sunny solo se limita a dirigirle una mirada despectiva. Había trabado conocimiento con Clarissa Carmichael el día anterior, cuando había sido una grosera e impertinente. Habían intercambiado un par de frases hasta que ella se dio cuenta de que no era una contrincante digna, al menos con la palabra, y la ignoró. Sigue manteniendo esa opinión.

Salen del centro de entrenamiento y, sudoroso, Zachary se apoya en la pared, con el cuerpo flectado y las manos en las rodillas. Le suda la frente, bajo el cabello echado hacia delante.

–me han dicho… que cuando estás mareado debes poner la cabeza hacia abajo… porque así el eje se endereza y… –está mascullando el chico.

Sunny lo chista, con educación pero preocupada. A Zachary le toma alrededor de diez minutos calmarse, después va al baño a lavar su cara, enjuagarse la boca y quitarse el ullover, perdido de vómito. Sale bastante más repuesto del aseo de los varones, y ve a la chica morena y delgada allí todavía, esperándole silenciosa. Zachary le sonríe con timidez, ella… ella le había acompañado, y no se rió como los demás…

–Gracias –le dice, de todo corazón–: yo... niña 10, gracias…

–No hay que darlas –la chica continúa seria–: ten, tus lentes. Los guardé en el momento del incidente.

Buena forma de decir que eché la papilla frente a todo el mundo, piensa Zachary, con vergüenza, pero ella hace que se le quite un poco. Ayuda que no se ría, y su expresión tan serena. Él la había visto en la cosecha, asustada, abrazándose a sí misma (cree, no recuerda bien). Él se había desmayado pero la chica del 10 parecía haberse repuesto. Mientras que él, Zachary, seguía igual de perdido y atemorizado.

–Esto… –traspasan la puerta del centro de entrenamiento–: gracias esperarme y…

–Por, dirás por esperarme –le corrige ella suavemente. Se clava las uñas en las palmas de las manos después, como castigándose.

–Eso –Zachary se pone rojo–: bueno…

–…

–Adiós –el chico, tropezándose con sus propios pies, se aleja de ella. irá a practicar con cuchillos, o algo así. Algo que no le requiera tanto esfuerzo, todavía. Ya se siente fatigado.

Sunny, entre tanto, va a poner en práctica lo aprendido en la sección de camuflaje. El chico del distrito 12, está allí, haciendo un refugio improvisado con ramitas. Pese a lo delgado que es y a que tose intermitentemente, la chica ve una mirada determinada en sus ojos. Parece seguir con entusiasmo las instrucciones del entrenador, por muy difíciles que le sean. Cuando Sunny llega, se pone a confeccionar un refugio tipo iglú, con una piel sin curtir y unas cuantas varas, tal y como había leído en el libro. El entrenador le sonríe, dándole algunas pequeñas correcciones, y al ver que ya lo tiene dominado le da instrucciones para camuflar su propio cuerpo con césped, pintura, tierra o cubriéndose de nieve.

–Y deberías aprender a despellejar animales también, a no ser que ya sepas… chica del distrito 10 –le dice, amablemente–: no solo te servirán para refugios, sino también para comértelos. Te advierto que no nos gusta ver a tributos comiéndose la comida con pelo.

Sunny frunce la nariz, imaginándose tal cosa. Tampoco le gusta la idea.

–por fortuna, aprendí a despellejar animales por el ejercicio al que me dedico en mi distrito –aclara–: pierda cuidado.

–Yo no sé despellejar –el chico del 12 mira al entrenador con sus enormes y hermosos ojos castaños, que le hacen parecer adorable como un conejito, piensa Sunny–: ¿debería aprender?

–¡Claro! Te lo recomiendo, Miles. Ve cuánto antes, que ya son las 12.00 y te queda una hora antes de la comida.

Miles, con una leve sonrisa de compromiso, se despide del entrenador y de Sunny con la cabeza. Ella le corresponde y sigue, sola, en ese lugar hasta la hora de comer.

Los profesionales son los primeros en dejar aquello en que se ocupaban, cuando el reloj da las 1.00; a Sunny le parece lógico, están más preparados que el resto, mientras que cualquier minuto cuenta para los de distritos menos favorecidos, como el suyo. Se lava las manos en una palangana, antes de ir al baño y lavarse más concienzudamente. Allí se encuentra con las chicas del distrito 7 y la del 5, hablando en susurros. Sunny, como siempre, llega silenciosa y apenas la advierten.

–¿Por qué no aceptarlo? –Está diciendo la chica del distrito 5, Lisa, según dijo Robert–: es relativamente fuerte, y necesitamos un buen número para joder a los profesionales…

–Sí, eso pensé, pero… no sé si nos sea tan útil, a la larga –la chica del 7 habla con voz un poco dura–: el distrito 6 es un entorno urbano, y por lo que me dijo mi mentora, parece que la arena de este año será natural.

–ya –Lisa dice, apremiante–: pero ese tipo podría ayudarnos a…

Sunny da la llave, para lavar sus manos y cara, y la voz de Lisa enmudece. Ambas chicas miran hacia el lavamanos más cercano a la puerta y observan a la chica pequeña, de pelo corto y postura encorvada, que limpia por detrás de sus orejas. ellas no le hablan, ni ella a ellas, y cuando se va está segura de que retomaron su conversación.

"Así que fastidiar a los profesionales…" no es su voz, la voz seria, oscura, burlona y sin pizca de alegría la que suena en su mente, sino la de él. "Mal están uniéndose si quieren ser reinas de la colina. Aquello no les generará más que sentimientos inútiles, absurdos, y se quebrarán cuando alguna tenga que morir. Y tú lo verás, Sunny". Aquello va pensando mientras entra al comedor, reflexionando. Sus ojos buscan al chico del distrito 6, el albino. Está al principio de la fila, eligiendo su comida. Su pelo le hace destacar tanto como sus ojos rojizos. ¿Por qué quiere unirse a esa alianza? Aquello reporta más pérdidas que beneficios, ¿no? no es como si los profesionales no lo supiesen, ¿verdad? Irán a por ellos, y segarán sus vidas…

–Bu –dos enormes manos se apoyan en sus hombros, aunque ella ya le había sentido venir. Solo no se esperaba aquel contacto tan directo del que desea escapar–: Hola, Sun. ¿cómo te fue?

Robert está sonriente, lozano, con el pelo chorreando agua.

–Bastante bien –ella trata de sonreír, pero aquellas manos enormes en sus hombros… intenta apartarse sin herir sus sentimientos–: estuve en…

–La sección de los libros, te vi –Robert se ríe, por fin liberándola–: obvio, pensé que te ibas a quedar ahí todo el día.

Como siempre, no sabe si Robert le toma el pelo o no, así que solo baja la cabeza. Le cuesta discernirlo, prefiere que se enfrenten a ella, que peleen, que le demuestren aversión abiertamente para saber a qué atenerse.

–Tú estuviste en las armas pesadas, en la sección de cuchillos y en plantas –dice Sunny–: y tus aliadas quieren aceptar a otro chico.

–¡Vuelves a espiarme! Ya, en serio, me das miedo –Robert está un poco más serio que la última vez–: ¿y cómo sabes lo de Collie y Lisa?

–Tuve la ocasión de escuchar una de sus charlas en el baño de chicas.

–Uhm –él la mira fijo–: ¿tú qué dices? ¿Lo aceptamos?

Avanzan algo más en la fila, Sunny toma la botella de jugo de granada y se sirve un gran vaso, mientras que Robert toma de un líquido amarillo que ella no conoce.

–Robert… escucha –ella habla a toda velocidad–: ten cuidado con esa alianza, algo puede no salir bien. Esos profesionales, tú… si quieres ser el rey de la colina, deberías trabajar solo, porque…

Él se ríe, amistosamente, pero ella, herida, se calla en el acto.

–Hey, no somos reyes, solo somos chicos, y si hablas de ese juego… estos son los juegos del hambre, no el rey de la colina. Y ellos me necesitan –Robert la mira con franqueza–: Milaryon nos necesita a todos, los más fuertes, y quiero…

–Acéptalo –ella habla con tristeza, mirando al chico del 6, que come junto a los chicos del distrito 11–: acéptale si quieres condenarle.

–¿qué?

Sunny ha visto algo en cierto chico, le vio detenerse justo cuando empezó el peligro de los agentes de la paz después de haber arengado a Robert y a Collie, vio su sonrisa desganada en el desfile, le vio entrenándose en supervivencia, hogueras y obstáculos, nada amenazador. Cosas demasiado poco amenazadoras. Quizá un poco con cuchillos… algo en la biblioteca, en la sección de venenos…. ¿tendría que decírselo a Robert?

"no lo hagas –dice Thomas en su cabeza, con su voz despectiva de siempre–: la información es poder y el poder te llevará a la cima de la colina, Sunny.

–Ten cuidado con el sujeto del 9 –dice, no obstante.

–¿qué? ¿Por qué?

Sin embargo, llega su turno para elegir la comida y nada dice sobre el tema. Quizá en su piso, protegidos por las cuatro paredes de la privacidad, pudiese dejarle ver la mala sensación que ese chico le provoca, pero no ahora. Se sirve un trozo de filete, varias ensaladas, fideos y postre de manzana, y se va en búsqueda de una mesa solitaria. Los cinco profesionales, con la consabida excepción, se hallan conversando, el chico del distrito 2 habla gesticulando con las manos, y todos, hasta la engreída del 1, le prestan atención, y Alabaster Faraday pasa su vista indolente por todas partes. Sunny ve el jugo rojo en su vaso, idéntico al de ella.

Se sienta en el fondo del comedor, pues están casi todos los asientos ocupados. La casualidad le hace que frente suyo esté Zachary Bayer, de nuevo. Se saludan cordialmente pero no siguen la charla, comen tranquilos, sin hablar. Alan Blake, del distrito 5, se sienta junto a Sunny, tiene pan del distrito 10 en el plato y otras varias cosas. Sunny tiene ganas de hacerle un comentario sobre ese pan, redondo, con la apariencia de una tortilla y manteca frita por encima, pero se calla, comprende que en esa mesa ninguno quiera hablar. Otros están en silencio también, las excepciones son la alianza de los profesionales y donde se halla Robert ahora, con las otras personas.

–Lisa va acabar muerta –Alan Blake tiene los ojos brillantes al mirar a su compañera de distrito–: anda ahí diciendo que va enfrentar a los pro. Ta loca…

Le habla a los dos, quizá, o tal vez a ninguno. Zachary tiene la boca llena de comida y trata de tragar rápido para poder responder, pero se atraganta y comienza a ponerse rojo, hasta que toma un poco de agua y por fin se calma. Sunny, en cambio, come con calma y responde.

–Mejor es, pues, mantenernos lejos.

–Taría güeno, sí –Alan habla con la boca llena–: no me quiero meterme en líos con los pro. Con nadien…

Pasa la mano por sus cabellos oscuros, indeciso. A ella tampoco le gustaría meterse en líos, por supuesto, pero…


Después de pasarse una hora más leyendo en la pequeña biblioteca del salón del centro de entrenamiento, Sunny considera que ha llegado la hora de acercarse al lugar al que tanto había temido ir. El sector de las armas a distancia.

–Esto se llama cerbatana –el entrenador, un hombre de cabello largo y negro y los ojos grises, le explica al chico del distrito 5, Alan Blake–: funciona con dardos, debes procurar que estén huntados o impregnados de una sustancia, de lo contrario solo causarás un dolorcillo pasajero en la persona a quien se lo… ¿qué quieres, querida?

–Termine con la explicación, no deseaba interrumpirla –del capitolio o no, Sunny no era impertinente.

El sujeto lo hace, y luego le pregunta qué desea y si quiere explicaciones generales sobre las armas, o tomar un arco, o cuchillos para lanzar… no es lo que ella desea. No sabría cómo manejar un arco, ni siquiera había visto uno de cerca, pero una de esas armas sí.

–Una onda…

Y allí está ella, con la onda en la mano, a ciento cincuenta pasos del blanco, con cinco piedras de alta densidad. Se rememora a sí misma, rodeada de ovejas, con Max y Jack al lado, los enormes perros pastores. Eran sus amigos, quienes le ayudaban a que las ovejas no se salieran del camino, ellos con mordiscos las hacían regresar al redil, y como tal no era su deber luchar contra los depredadores. Lobos, zorros, otras especies salvajes, que osaban acercarse a las incautas ovejas con el fin de saborear su tierna carne. Todos los pastores llevaban en la mano las botellas con piedras, con las que golpeaban a las ovejas desobedientes; una cantimplora con agua o leche, y una onda en el cinturón, por si aparecía uno de tales lobos. Sunny sabía lanzar, por supuesto, siendo razonablemente buena. Recuerda cuando mató un lobo, dándole con una piedra directo en la frente. Había sido triste, pero sus ovejas se lo agradecieron, y el haber despellejado al animal y vender la piel a los curtidores también le reportó ganancias en su día.

Lanza la primera piedra y se estampa en el centro mismo de la diana. Acierta los otros tres tiros y falla el último, por poco. Aún se clava en la diana, pero desviado. Resopla, un mechón de pelo le sombrea la cara. No le gusta demasiado tirar, pero es su única alternativa, no puede hacer más si quiere sobrevivir. Matar, piensa. Matar. Le recorre un escalofrío y las piedras tiemblan en su mano convulsa.

Mira a su lado, Alabaster Faraday también está tirando, lleva así desde la mañana, Sunny le había visto. Tiene el pelo rubio plateado pegado a la frente por el sudor, los músculos tensos, el rostro en una expresión de supremo desprecio. Se ve atractivo, piensa, y se lo imagina en el distrito 10, montado en un enorme caballo de plata, con pantalones de montar, el torso desnudo salvo por un silbato de plata… ¿Es Alabaster? No, no lo es. sus mejillas se hacen más rollizas, su pelo se pone algo más plateado, su cuerpo engorda, y sigue siendo el fiero terrateniente, surcando los campos con un látigo en la mano, un silbato de plata revotándole contra el pecho, el torso sudoroso… Sunny se lame los labios.

–Thomas… –susurra, con las mejillas calientes.

Allí está él, en su imaginación, el terrateniente del rostro despectivo y el torso desnudo, con el aroma a caballo y a campo. A Thomas no le gustaba oler así, se bañaba constantemente, pero a Sunny le causaba una sensación tan especial en el cuerpo verlo montar… muchas veces, en su colchón, se quedaba hasta altas horas de la noche, con los ojos abiertos de par en par y el cuerpo afiebrado, presa de mortal agitación, imaginándolo cabalgar, con sus altas botas y su silbato, diciendo "arre, Silver", pensando tan solo en las marcas que dejaban las riendas en sus manos, cómo le habría gustado sentir esas manos, esas enormes manos, que la acariciaran, que la…

Los ojos le pican con lágrimas. Nunca se atrevió a decirle nada, tantos años y años y años y más años de compañía y respeto mutuos, sabiendo que se amaban, pero le esperó, y ya era tarde si no conseguía volver… dos gruesas lágrimas caen desde sus ojos y se las limpia con premura, pensando que no puede rendirse, no ahora. Tiene que conseguir… tiene que sentirse… tiene que…

Toma más piedras y sigue tirando, y Alabaster tira a su lado, y ella vuelve a tirar, hasta que su ritmo de tiro es casi perfecto. Es así hasta que llegan las 6.00, y el entrenamiento termina. No tiene fuerzas para espiar a los demás, para recabar información. Mientras tira, solo piensa en su familia, en Sammy y Thomas, en su hermana siendo vapuleada por su madre, en Thomas solo en su lugar de siempre y en ella muriendo ante los ojos de ambos.


–Este es un dibujo –Sammy Dean sostiene el papel un poco arrugado, con unos garabatos medio incomprensibles–: tamos las dos.

Sunny, con su trenza negra algo más corta de lo que estuvo cuando la cortó para su amigo Thomas Rocheford, y sus ojos más enormes en la cara delgada, miró aquel dibujo. Eran dos figuras de palotes, con vestidos gordos. Una de las figuras tenía lo que a todas luces era una larga trenza. La otra, el pelo largo y suelto.

–¿por qué tenemos vestidos así? –Preguntó Sunny. Por ese entonces tenía doce años.

–La mujer del Capitolio tenía. Era bonito –Sammy miró su dibujo con ojo crítico–: los míos no me quedaron tan bien. Sunny…

–Dime.

–¿Por qué esa niña lloró cuando la mujer del Capitolio la llamó para que se parase al lado suyo? –Preguntó Sammy con inocencia.

No sabía cómo explicarle eso. Y era mucho decir, porque con las únicas personas que hablaba era con su familia, y con la granjera que le daba trabajo, además de con la señorita de la biblioteca pública del distrito… a veces. Pero ahora ni con su hermana podía. Las palabras se le atragantaron. Había pasado su primera cosecha, estaba viva ahora, pero explicarle eso a Sammy…

–Es que… no la llevan a un lugar tan bonito –dijo, vagamente.

Su hermana la miró, atenta.

–¿estuviste llorando porque tenías miedo de ir allá? –preguntó–: ¿cómo es ese lugar?

–Así fue –Sunny bajó la cabeza, avergonzada de tener miedo, avergonzada de haber querido ir a dormir con su madre, de intentarlo y de haberse ganado un grito y un a la cama, carajo–: allí… hay monstruos.

–¿Monstruos? –Sammy parecía inquieta–: ¿No vas a ir nunca, cierto? ¿y… yo?

–No sé –contestó simplemente–: espero que no.

Había mirado su dibujo un segundo más, antes de guardarlo. Un par de años después se lo había explicado su madre, con lujo de detalles. Las tres lloraron mucho, su madre de miedo, Sammy de pánico y Sunny de culpa por no habérselo podido explicar de mejor manera.


Sunny sale de su cuarto con los ojos enrojecidos. Qué estúpida fue, qué inmadura y absurda al pensar que escribir esas cartas le quitarían todo el dolor de casi haber perdido a su familia. Prefiere sentirse furiosa, que Gaspar la moleste, la desafíe, que le permita por favor odiarlo; de esa manera puede sentirse mejor, acomodarse a aquello. La tristeza de no acariciar el pelo de Sammy, no ver crecer a John, no ayudar a su madre, no morder los labios de Thomas… Lev, sentado en la mesa, la mira con preocupación, pero por suerte no pregunta nada; Sunny no tiene ganas de mentir ni de inventarse algo.

–He recibido el reporte diario de los vigilantes sobre lo que has hecho durante el día –Lev tiene una hoja en las manos–: mucha más biblioteca de lo que cualquier chico del distrito 10 ha hecho jamás.

Sunny asiente, ya no impávida sino melancólica.

–Pero hay algo bastante singular… ¿sabes tirar con una onda? Te la pasaste dos horas allí –Lev la mira con una sonrisa, pero al ver que ella no se la devuelve, baja la voz–: sé que es difícil… pero anímate, Sunny. Inténtalo.

–No… no puedo –su voz se quiebra solo un poco, luego, se traga las lágrimas, y sin quererlo, dice–: mi bebé… no quiero que quede sola.

–¿Tú también? -no me fastidies –Gaspar, desde la puerta, mira a Sunny–: enhorabuena señorita de la resortera. Me has sorprendido.

Sunny le ignora. No tiene ganas de pelear. Gaspar se le acerca.

–¿Lista para que Lev te dé una paliza?

No responde.

–Según las marcas de tu cara y de tu cuerpo, te zurran seguido –sigue–: sería gracioso que te maten a gol…

–Gaspar, déjala –Lev, serio, se pone en pie.

–No se preocupe –Sunny sonríe, con todas sus fuerzas–: ¿De nuevo quiere comerse mi mano abierta en toda la cara, Gaspar? No tengo problema en dársela.

Andryushin suelta una estruendosa carcajada.

–Sunny Tyson, como sigas así prometo que voy a tener muchas ganas de… mejor me callo.

–Sí, por favor –la voz de Sabrina restalla como látigo.

–Iba a decir verla ganar, pero bueno.

No tiene ni energías para sentirse confundida. Gaspar le genera tanta antipatía visceral, y a la vez se encuentra tan deprimida, que solo baja la cabeza y se abraza a sí misma, intentando hallar el consuelo que le rehúye.

–Es su hermana, Sunny no es madre –Aclara Lev, después de un incómodo silencio.

–No me imaginaba al vacuno menor anotando.

Sunny se sonroja, pero no responde. Efectivamente, no anotó.

Robert llega también, con la ropa de deporte todavía puesta. Con él comienzan primero, Lev le enseña a bloquear puñetazos con los brazos, poniéndolos en diagonal a la cara, y patadas, con el hueso del antebrazo interceptando el pie y lanzándolo al suelo. dice que es mucho mejor un golpe en el brazo, preferentemente el no dominante, que uno en la cara o en el estómago, donde apuntarán primero los profesionales. Sunny había intentado buscar un bolígrafo y un papel, y al pedirle a Sabrina en voz alta, se los terminó facilitando Gaspar. Estuvo a punto de aceptarlo, al final, los rechazó por orgullo, y fue la propia Sabrina la que se los dio. Rápidamente, Sunny fue anotando todo cuanto decía Lev, explicando sobre puntos de presión, lugares donde había que impedir que golpeen, el ponerse de lado para no dejarle ambos flancos al oponente, las piernas flectadas para mantener el equilibrio… la pequeña y bonita caligrafía de Sunny llenó toda la hoja, y cuando la sesión para Robert terminó, se hallaba sangrando por la nariz, el labio, tenía una hinchazón en el pómulo y Lev le había atizado en el estómago. Él también golpeó con saña, pero sin técnica, lo que hizo que Lev lo redujera fácil. De todos modos no salió limpio, terminó sacándole el ojo rojo.

Ambos se tomaron unos medicamentos que, de forma casi milagrosa, curaron sus heridas al instante. Robert se aplicó una pomada especial también, para aniquilar el dolor y la hinchazón. Agotado, sudoroso y algo enojado, se sentó junto a Sunny, siendo las 9.00 de la noche.

–No debe usted explicarme nada –Sunny se pone en pie, lista para pelear–: tomé notas suficientes. Peleemos.

Mientras Robert practica, cortando cuerdas con un cuchillo, Sunny pelea con Lev. El primer golpe consigue pararlo con el brazo, que le estalla de dolor pero fue tal y como él dijo, tal impacto podría haberle roto la nariz. El segundo, lo evita esquivándolo. Se inclina, y se lanza con la cabeza por delante, hasta darle a Lev en el estómago, dejándolo sin respiración. A alguien más bajo podría haberle dado en el pecho… Sunny trepa como un mono, entrelazando las piernas alrededor de la cintura de su mentor, y con una mano le agarra el pelo y con la otra le da de puñetazos en la cara, con la técnica que Lev había mostrado. Le resulta difícil, pero cree que se acostumbrará si le dejan seguir golpeando.

No le deja, claro. Lev se la sacude con tanta facilidad como a un mosquito, la lanza al suelo y le aplica una llave que la asfixia, con las piernas entrelazadas a su brazo derecho y las mismas aprisionando su cuello. Intenta desasirse, pero solo lo consigue cuando Lev la suelta. Le enseña la manera correcta de escapar, si es que lo consigue, pero le aclara que nunca, nunca, permita que le hagan tal cosa o ya podría estar muerta.

Le gustaría decir que todas sus notas sirvieron para algo, pero lo cierto es que Lev le da una paliza. Le sirve, sí, para decidir que, le digan lo que le digan, no se puede enfrentar a un profesional cuerpo a cuerpo. Habría podido resistir un par de golpes, sin embargo le conviene mantenerse a distancia. Por suerte, tiene las herramientas para ello.

–Tú y yo no practicaremos más el cuerpo a cuerpo, te enseñé más o menos lo que te podían hacer y cómo evitarlo –le dice Lev. Sunny asiente, secándose las lágrimas que le dejó el último puñetazo–: te daré cuerdas, ustedes, los del 10, son diestros en cuerdas y nudos. Mañana te conseguiré algunas.

–Th… –Sunny toma aire, con un ojo inflamándosele, y recibe el vaso con jugo de granada que alguien le tiende–: Thomas me enseñó a tomar unas riendas y su forma de lacear, pero… mis brazos son débiles.

–¿Thomas Goldstein? –Pregunta Robert, curioso–: ¿conocías al compadre Thomas?

–Thomas Rocheford –Contesta Gaspar–: el hijo del Gran Vacuno.

–¡Ese hijo de puta! –Robert da su clásico puñetazo en el sillón.

Aquel es el momento en que Robert comienza a despreciar a Sunny, sentimiento por cuya intensidad bien podría durar para siempre.


Nota:

Más largo de lo habitual, concretamente el doble. Agradezco a quienes lo han leído y a quienes me han ayudado, dándome ánimos, a los que saben cuán importante es esta historia para mí.

Fabi, especialmente, gracias. Me lees desde las sombras aunque no comentes ni nadie sepa. Gracias por darme tiempo, por apoyarme, por escucharme y aconsejarme. Te amo por esto y por mucho. :)

Y gracias al resto de reyes y reinas que me siguen. :)