Dedicado para Alphabetta, que escuchó mi prueba de Sunny, le pareció plausible y la calificó. La nota que próximamente se sabrá, fue con su criterio de sádica vigilante Alpha-senpai. Jajaja. No te lo diré, solo… si en algún momento lo llegas a leer, para ti. :3


Capítulo 11. Vivir y matar: días (a)típicos.

"Alabaster se había criado entre adultos. Sus padres eran mayores, él llegó cuando ninguno se lo esperaba y fue una alegría para ambos, una bendición, el rayo de luna del matrimonio Faraday. Muy pronto entendió los chistes y disposiciones del mundo de la gente mayor, al punto de codearse con adolescentes e incluso adultos cuando era apenas un niño. destacó en retórica, oratoria y lógica, pero hablar no le gustaba. Su actividad favorita era estarse callado, mirando el río de la Plata, que dividía al distrito 1 en dos, por un lado los joyeros y por otro los talladores. Su recuerdo más antiguo es estar en los brazos de su madre, a una edad sorprendentemente temprana, oyendo una nana y un "¿Quién es el niño más lindo del mundo?" era él, por supuesto, siempre había sido él, siempre sería él. Y mucho más que eso. No quiere ni pensar en lo que hubiese pasado si su prodigioso talento caía en manos más irresponsables, como las de un malvado, ¡cuánto daño haría a la humanidad! Por suerte, sus padres eran personas de bien, que le educaron hasta que la tarea les quedó grande. El mundo le debe mucho a Gold y Allumina Faraday."

el joven deja el lápiz y mira su creación, el principio de las memorias que, no mucho tiempo más tarde, distribuirán en las escuelas para sabiduría de los niños. Su caligrafía llena la hoja con trazo fino y elegante, como es él, claro está. No obstante, es el reloj de pulsera de su muñeca el que le hace detener tan noble tarea, avisándole que queda escasa media hora para bajar al sótano del centro de entrenamiento. Así que, con movimientos metódicos, guarda el comienzo de sus memorias en el cajón, se mete el bolígrafo y un papel en el bolsillo por cualquier eventualidad y sale de su cuarto, rumbo al lugar. Ha desayunado dentro de su habitación por razones evidentes, la estupidez podría ser contagiosa y hay agentes patógenos de sobra.

Tobi, el perro de Madara Greyarm, le gruñe cuando pasa por su lado, haciendo que todos los que se hallan desayunando –mentores y Clarissa, exceptuando a la escolta que seguramente está dormida aún– levanten la cabeza. Él ni saluda, ni se detiene; sale del apartamento rumbo al ascensor del pasillo con paso tranquilo, no se apresura, tiene mucho tiempo todavía. El primer vencedor de los juegos anuales del hambre le había preguntado qué pensaba hacer en las sesiones privadas, en un tono que parecía decir que podía esperarle toda la noche hasta que él se dignara responderle. Alabaster, aunque enojado por una intromisión semejante, respondió que mostraría su habilidad con la espada, por supuesto, con el florete, faltaba más, y con el arco, por descontado, terminando con un tsk y con una mirada despectiva, de manera que nada tienen que hablar ahora. El ascensor está vacío, se detiene en el piso menos uno y sale al espacioso e iluminado sótano del centro de entrenamiento. No es el primero en llegar, claro. Las chicas del distrito 8 y del 10 están allí, charlando. La primera está riéndose nerviosamente, y la otra está hablando, concentrada. No se calla al verlo.

–¡No, para nada! –Está diciendo la chica del distrito 10–: de hecho es enorme, mide aproximadamente un metro con 95 o más. Y… a ver, tiene la cabeza rapada, es muy musculoso, con esa forma de perfecto triángulo que tanto se espera en hombres atractivos, aunque su rostro es brutal y podría parecer amenazador. Sus ojos son oscuros y su expresión denota una amable severidad.

¿Qué? Alabaster sabe de quién están hablando, por supuesto, ha compartido mesa y comparte alianza con aquel sujeto. Connor Edgeworth, líder de los profesionales y tributo masculino del distrito 2. ¿Pero qué hacen dos tributos hablando así de él?

–Te agradezco esas descripciones –dice Lanna Peters–: en mi casa, mi hermana me describía todo, ¡y a todos! Has sido muy amable conmigo…

–No hay que darlas, comprendo tu situación ligeramente desventajosa –dice la chica del 10 con formalidad–: si puedo ayudarte a describir a alguien más…

–¡Qué raro hablas! No quiero ofenderte, pero… ¿eres rica o algo? Hablas como una rica.

Alabaster desconecta su cabeza de tan estúpida conversación, aunque, bien pensado, es cierto, la chica del distrito 10 no deja de parecerle extraña. Entre que le prestó ayuda el día anterior y se la pasa en una biblioteca, sin dudas que es una chica atípica, más digna del distrito 5 o quizá del 3. Y no para de describirle personas a la del 8, que si Mikah Odair, que si Robert Halloway, que si Alabaster Faraday…

–¿Cómo es ese sujeto tan grosero que me golpeó ayer? –Había preguntado la chica del 8.

–… –Alabaster dirige sus ojos a la chica bajita del 10. Espera un sonrojo estúpido, infantil e incoherente, como el que les acomete a muchas chicas cuando se dan cuenta de su atractivo, pero no lo encuentra. Ella ni siquiera le está mirando, de hecho, a no ser por un solo segundo.

–Es rubio como la luna, sus ojos son azules cual zafiros y su piel es pálida como el alabastro –describe–: delgado como una vara de bambú. Tiene una expresión que no invita a conversación si no tienes la paciencia necesaria. Ah, lleva lentes.

–¿Es guapo? –Pregunta Lanna sin vergüenza.

–Uhm… –la chica del 10 mira a Alabaster, evaluándole–: le faltan unas cuantas comidas, creo yo, pero en realidad es bastante típico del distrito 1, más llama la atención su compañera, la que te describí primero, con su piel como el azabache y sus hermosos rizos negros…

¡Qué! ¡Cómo es posible! Alabaster frunce el ceño, enojado contra la estupidez humana. No es que mine su atractivo la opinión de una sola persona y menos una semejante, pero ¿es que está tan ciega como su interlocutora? ¿Es capaz de considerar más atractiva a Clarissa Carmichael que a él? Su opinión sobre esa chica desciende drásticamente, desde tenerle en cuenta ligeramente hasta ignorarla tanto como a cualquier otro, menuda estrechez de mente.

Por suerte, la gente comienza a llegar, quitándole esos pensamientos de la cabeza. Los chicos del distrito 3 llegan juntos, Alabaster mira de más al sujeto con bastante atención. Parece torpe y nervioso, pero quiere indagar sobre su capacidad manual, de la que le había hablado el del 9 el día anterior. Y hablando de él… está en un rincón, conversando con la chica del distrito 7, ella se ve en forma, con el cuerpo bien tonificado para su edad y en una condición física ostensiblemente mejor que la de su interlocutor. Alabaster vuelve a pensar en esa alianza que le provoca tanto incordio. Su intención era socavar a los profesionales, con objeto de que solo hubiesen personas solas, asustadas, corriendo y luchando y no reunidas en un núcleo organizado, los núcleos organizados son el enemigo del pánico y la desesperación, por eso el Capitolio venció a los distritos. Mas ahora, con esa alianza… ¡todo su plan se arruina! Aquello nunca había pasado, las únicas personas que buscaban compañía eran, o bien los profesionales, o se armaban en grupos de no más de dos personas. ¿pero qué demonios son esos cinco sujetos en comunidad? ¿Por qué una alianza tan grande en un juego donde solo ganará uno?

De pronto, una idea le cruza por la cabeza, es una idea que le quitará tantos problemas que sin quererlo, sonríe un poco. Dahlia Fey, siempre a su lado, mira al frente, con su rostro serio y profesional adornado por una arruguita de decisión entre las cejas. Alabaster espera a que sea la hora de entrenar y que todos se dispersen, para detener a Dahlia que iría a entrenar con espadas, con toda probabilidad.

–Dahlia –dice. Ella le mira con sus ojos verdes tras sus pequeñas gafitas, sin sorpresa, menos mal–: ¿te has fijado en esa gran alianza?

–¿Te refieres a la de los distritos periféricos? Las chicas del 5 y del 7 y el chico del 6, del 9 y del 10 –responde, seria. Alabaster asiente, mientras juntos se encaminan al sector de las espadas, aunque él solo para acompañarla–: ¿qué pasa con ellos?

–Creo que tienen la intención de enfrentarnos.

Eso no lo sabe seguro, por supuesto. Bien pudo haber sido que se juntaron por creer los juegos del hambre como una excursión escolar para hacer amigos, y que Alabaster esté sobrepensando y haciendo que Dahlia Fey sobrepiense. Aún así, que tal cosa se crea le será ventajoso, sin dudas.

–Alabaster… no quiero ofenderte, pero estás atrasado –Dahlia comenta, con una sonrisa que al joven se le antoja desdeñosa–: El tipo del 10 amenazó a Connor a la hora del almuerzo, ¿no recuerdas?

Evidentemente, no. ¿En qué pensaba a la hora del almuerzo? Se recuerda riéndose a carcajadas por la ocurrencia del trauma, pensando en lo estúpidos que eran sus compañeros, escuchando las regañinas del líder… y después, nada, desconexión astral. Sus pensamientos eran más importantes. Solo le chasquea la lengua a Dahlia Fey, que le sirva como respuesta a esa maldita perra despectiva. Nadie se atreve a sonreírle así y sale bien parada. ¿Qué Dahlia Fey le caía bien? Sí, eso fue antes de despreciarlo.

–Bueno, el grandote del distrito 10 dijo exactamente "cuídense de nosotros". Con Connor pensamos que se habían aliado de esa manera para enfrentarnos –sigue Dahlia–: así que la idea es quitárnoslos de encima antes de que eso pase.

¡Gran idea! Alabaster nunca ha sido de manifestar su alegría con reacciones exageradas, así que solo sonríe. Mientras los unos intentan matar a los otros en el baño de sangre, las alianzas más se verán mermadas y el juego será más fácil de ganar, excelente.

–Puedo vigilar la cornucopia si encuentro un arco –dice él–: o cualquier arma a distancia.

La ballesta es pesada, cierto, y más difícil de manejar, pero sus flechas son más grandes e igual valdría. no es como si en realidad pretendiera cuidar las provisiones para ellos, por supuesto, pero es una buena forma de quitarse del campo de batalla.

–Se lo comentaré a Connor y Clarissa, pero entre tanto tienes mi aprobación –Dahlia sonríe de nuevo–: en verdad vamos a estar ocupados defendiéndonos de la nueva amenaza como para cuidar las provisiones. ¡Gracias!

Connor y Clarissa, piensa Alabaster, con cierta diversión. Ni los del distrito 4 ni el fuerte del 7 parecen importar algo para Dahlia, las cabezas pensantes son aquellos y los otros que sigan las órdenes. Le gusta eso, es razonable. Lástima que haya visto aquella mirada de superioridad en la chica de pelo negro. Lástima para ella que tuviese que morir.

Luego de haber hecho aquello, mira hacia la biblioteca vacía a excepción de la chica pelirroja del distrito 6, pensando en leer un rato, pero se da cuenta de que no tiene ganas. El chico del 3 sigue en la estación de confección de armas, y Alabaster vuelve a aquel lugar, únicamente para constatar el modo de trabajar del sujeto que vomitó el primer día. Iluso sería si creyese a pies juntillas lo dicho por aquel esperpento, intento de manipulador del distrito 9, que sus ojos lo vean y después decidirá.

En efecto, Milaryon Lestrange no había mentido, Zachary Bayer es un prodigio de inventor, o así le dice el sujeto con tatuajes de arañas en los brazos. el chico sonríe, nervioso, pero solo su voz y su sonrisa titubean, sus manos no. Alabaster, tomando implementos al azar de la pila, pasa por encima del parloteo del entrenador, que se alegra de volver a verlo por allí, mientras mantiene los ojos fijos en el chico del distrito 3. ¡Cuán bueno sería en su gobierno! Quizá como especialista en armas, o como su ayudante de cualquier otro tipo, ¡Qué lástima! Una sonrisa triste se le forma en los labios, pero no deja de mirarle y pensar en los posibles usos que le podría dar. Zachary pronto se da cuenta de que está siendo observado, e intenta no prestar atención a la insistente mirada que le taladra la nuca, hasta que por fin se gira, con curiosidad, y se da cuenta de quién lo mira. Sus implementos se le caen al suelo.

–¡Ah! ¡No me mates! –Dice, echándose a temblar en el acto. Recoge sus implementos, palideciendo.

Es ilegal matar aquí, imbécil, piensa decir Alabaster, pero qué malgaste de saliva más inútil. Lo mira por última vez, chasquea la lengua con desprecio y se marcha, pensando. El sujeto es tan hábil como cobarde, la chica del 10 es lista pero débil y con un sentido del gusto pésimo. ¿qué hará? ¡Qué decisión más difícil!

Puede, incluso, que ambas alianzas se maten entre sí, en cuyo caso no necesite un cómplice. Eso estaría bien, piensa, muy bien.


Fuera del enorme salón del centro de entrenamiento, hay veinticuatro jóvenes sentados, con edades que oscilan entre los doce a los dieciocho años. Alabaster está sentado junto a Dahlia Fey, tomando notas sobre lo visto aquel día, pensando en el último aljuerzo que pasaría con la alianza profesional, si todo le sale bien. Connor Edgeworth dio el visto bueno a lo expuesto por su compañera, sobre el rubio profesional del distrito 1 cuidando las provisiones y las armas mientras el resto se encargaba de la amenaza.

–Le enseñaremos a esos pobretones que nadie se mete con la alianza pro –había dicho Ryan Connolly, sonriente–: sí, Allie, tú cuida las provisiones y armas. Y métele una flecha por el culo a quien se pase de listo.

–Tsk –bufó Alabaster. El apócope Allie había hecho que la cara le ardiese de indignación, y sintió ganas de perforar rodillas con algunas flechas.

Sentado allí, anotando ciertas cosas que se le pasan por la cabeza, imposibles de reproducir para que inteligencias tan inexpertas e ineptas como las que leen no se sientan más inútiles aún, espera a que sea su turno. Es el primero, por supuesto, y ya tiene pensado lo que hará. El juego ha empezado para él, las sesiones privadas le preocupan poco

La puerta se abre, lentamente como si le doliese el solo hecho de abrirse al mundo. Alabaster guarda sus cosas en el bolsillo, intentando que nada se le olvide como había sucedido la vez anterior, y se va. Los profesionales conversan entre sí, igual que aquella otra patética alianza. El chico del 3 juguetea con sus propios dedos, aterrorizado, y la chica del 8 conversa con la del 10. Alabaster constata todo esto con una rápida mirada, antes de que la puerta se cierre tras de sí.

–Alabaster Faraday del distrito 1 –dice la voz de la vigilante jefa, un nombre que el joven no sabe ni le interesa. Es el enemigo, el mero enemigo–: tienes 15 minutos. Comienza.

Alabaster se la pasa dos minutos tirando con arco. Es cierto, ya le vieron de sobra el primer día de entrenamiento, pero nunca está de más mostrar esas cosas, te califican según lo que ven en las pruebas, le había dicho Christian Stark, aunque él se la pasó mirando sus uñas mientras el mentor hablaba. Luego de su tiro, deja el arco de cualquier manera en el piso junto con las flechas, y avanza hasta la sección de espadas. Toma un florete, solo para mostrar su técnica, una espada liviana y sin riesgo le servirá para tal cosa, y después de cuatro minutos de piruetas, giros y toques la deja también en el suelo con un golpe sordo y toma un sable, su arma favorita. Cuatro minutos más de desempeño con ella, apenas está sudando, es ágil y ligero, y da por concluida la primera parte de su presentación.

–He terminado –dice.

Un avox de ojos marrones, que Zachary Bayer recordaría pues limpió su vómito tres días atrás, se acerca para recoger las armas que el joven había dejado tiradas en el piso. Ni Alabaster ni el avox tienen expresión alguna en la cara, pero el profesional es rápido e implacable. En cuanto el sirviente está a su alcance, en el centro de la sala, Alabaster da cinco rápidos pasos, con el sable en alto, y se lo clava hasta la empuñadura en el pecho, emitiendo una exhalación por la boca como única muestra de la fuerza ejercida.

Los vigilantes, sin excepción, contienen un grito de sorpresa, mientras el sirviente sin voluntad y sin ciudadanía cae hacia atrás, emitiendo un estertor de agonía. Salpican gotas de sangre sobre el buzo oscuro de Alabaster y unas cuantas en la mejilla y en un mechón de pelo. Él no tiembla, pero tiene los ojos entrecerrados y su respiración va muy rápido. El hombre tendido en el suelo, deja de moverse, no tarda ni medio minuto en morir. Es la puñalada perfecta, en el lugar indicado, tal y como le habían enseñado en la academia profesional.

Una vigilante comienza a aplaudir, es Anika Gaarder, de espeso cabello multicolor y grandes ojos verdes. Julio Jansen se le une, y después todos, hasta la vigilante jefa esboza una sonrisa. Los aplausos son atronadores, intensos, reverberan en el lugar casi vacío, y hacen que Alabaster, con su sable ensangrentado en la mano después de haberlo extraído del cadáver, se maree. Apoya la empuñadura en el suelo y se sostiene de ella por un segundo, los nudillos se le ponen blancos y los ornamentos se le clavan en la carne, antes de tomar fuerzas para soltarla al fin. Cae al suelo, provocando un ruido que también reverbera, y el adolescente, con paso tranquilo, abandona el lugar donde siguen aplaudiendo. La puerta se cierra lentamente, le parece que sigue sin querer cerrarse, y sin mirar a nadie se encamina hacia el ascensor, cosechando miradas por doquier.

–Alabaster Faraday –escucha una vocecilla. Con qué cosas se fija el ser humano, incluso alguien tan perfecto como él, ¿no? esa voz, esa voz pronunciando su nombre, le acompañaría durante todo su camino, aunque él no lo supiese.

Llega al ascensor, pulsa el botón para subir y espera, ya la adrenalina está apresándole como debería y sus músculos tiemblan, sus brazos comienzan a convulsionar y tiene la garganta seca, su sistema simpático está impidiéndole la salivación así como sacándole los ojos de las órbitas. Todavía tiene la respiración acelerada, recordando la puñalada en el pecho que acabó con la vida de aquel pobre ser. Tardó poco en morir, sí, pero lo necesitaba, lo necesitaba tanto… ese hombre de ojos marrones, su primer peldaño hacia gobernar Panem con justicia, ese hombre, si supiera lo que hizo por el país, por el mundo, por el núcleo humano que todavía queda… ¡Seguro lo agradecería, pero cómo duele haber tenido que matarlo!

Se pasa las manos por la cara, sintiéndose, vivo, todavía ahí, ya realizó el primer paso del plan. Ahora, espera una buena nota y el camino fácil para ganar. ¡si supieran que estaban criando un cuervo que sacaría los ojos del gobierno! Piensa. Obviamente se encuentra impresionado, el corazón le late con fuerza y piensa en esa voz (Alabaster Faraday Alabaster Faraday), esa voz le saca de la mente el estertor moribundo, y solo está ella, diciendo…

–¡Alabaster! –No es la vocecilla triste y consternada que había pronunciado su nombre, es otra distinta, más dura–: Alabaster… ¿estás bien?

El joven gira su cabeza, el ascensor ha llegado por fin y se abre, pero Dahlia Fey, con su pelo en coleta y los ojos brillantes con algo parecido al miedo, le mira con sorpresa.

–Alabaster… ¿eso de tu cara es sangre?

Dahlia Fey le señala las huellas que tiene marcadas en las mejillas y en la frente, de cuando se había pasado las manos, y su pelo rubio, también teñido de rojo. Es una imagen inquietante.

–Tsk… –emite, simplemente, y sube al ascensor. Ella, sorprendida, aún mirándole, se queda fuera, cuando las puertas se cierran.

(Alabaster Faraday).

La voz todavía le persigue, lo hará siempre, ni siquiera los ojos marrones sino esa voz… pero tuvo que hacerlo, por supuesto, ahora tendrá la nota que le granjeará las simpatías de esas incultas criaturas, se moverán apuestas en su nombre, se hará querido, ¡y podrá llevar a cabo su plan!

El ascensor sube y sus ánimos también.


–Alabaster Faraday… –pronuncia, consternada, con los ojos fijos en el joven, que, rápido y sin titubear, se dirige rumbo a la salida.

–¿El qué? –Pregunta Lanna Peters, inquieta.

Aquel rostro marmóreo tenía unas manchas rojas, así como el pelo, seguramente eran pintura de camuflaje, pero sus ojos azules casi se le salían de las órbitas. Sunny no habría sabido cómo explicar eso, así que murmura un "no sucede nada, sigue con lo que comentabas", mientras intenta sacudirse la honda impresión, para nada agradable, que su precipitada salida le ha dejado.

Clarissa Carmichael, con su piel de ébano y su figura espigada, se levanta y, casi bailando, pasa por en medio del resto de tributos, altiva y arrogante. La chica recuerda su discusión anterior, cuando le había ofendido por sus orígenes, cosa que a Sunny no podía importarle menos. Casi esperaba que tuviese ganas de discutir, pero desde aquella vez en que le había ignorado por considerarla poco apta para debatir, no habían cruzado palabra alguna, pero no puede evitar sentir desazón. A fin de cuentas Sunny fue la victoriosa en aquel choque de palabras, pero en espadas, lanzas o cuchillos es tan novata como Clarissa con la lengua.

"¿Y si me mata?" Se pregunta Sunny, tensándose automáticamente en un acceso de temor. Había visto muchos baños de sangre con sus dieciocho años, en los cuales los profesionales mataban rápida y certeramente a cuanto tributo podían. Sin embargo, durante las últimas ediciones, más o menos desde Christian Stark, los profesionales se estaban centrando en dar otro tipo de espectáculo… matando lentamente. No quería morir, pero lentamente menos que ninguna otra cosa, no, por favor. siente ganas de correr, aunque en realidad está en la antecámara de la sala de entrenamiento y no cerca de algún cuerno broncíneo. Si es así, piensa, si Clarissa Carmichael quiere ensañarse… ¿Qué podía hacer ella, tan pequeña y débil? Lev le había recomendado que huyese del baño de sangre, que nada tenía que hacer allí, sus tributos morían casi siempre por incapacidad de seguir ese consejo, y ella, aunque pensaba obedecer, siente que podrían salir tantas cosas mal…

–…Entonces conseguí hacer la hoguera –está diciendo Lanna Peters, sin advertir que el rostro de Sunny se halla pálido y demudado por lo macabro de sus pensamientos–: ¿y a ti cómo te fue?

Puede intuir que Lanna no le está preguntando para sacarle información acerca de su estrategia, aunque no las tiene todas consigo, pero de lo contrario no le habría sido tan sincera con la propia, aún así se siente insegura de comentarle sus progresos. Aquel día no había ido a la biblioteca, Lev le aconsejó mantenerse lejos para aprovechar el medio día en cosas "realmente útiles", había dicho. Sunny se enfadó un poco por ese menosprecio a su actividad favorita, pero él era quien salió de los juegos con vida y ella estaba a penas en el intento, de manera que obedeció. Fue a la pista de obstáculos, una simulación holográfica que podía tener desde fuego, trampas, tributos armados o animales y que cambiaba cada vez, y consiguió superarla dos veces en récord perfecto, de las cinco o seis ocasiones en que había muerto en el intento. También fue a la sección de escalada, era una pared escarpada y dificultosa de subir, pero que su estatura pequeña y su agilidad le ayudó a pasar con éxito. Se lo comenta a Lanna de forma vaga, eso sí, intentando resaltar más sus fortalezas que sus dificultades, pensando en lo que le había dicho Thomas de que era incapaz de ver sus virtudes. Thomas…

La noche de su separación definitiva con Robert Halloway, había pensado mucho en Thomas. No es que saliera de sus pensamientos alguna vez, claro. El joven del cabello plateado, tanto como su propia hermana, estaban siempre presentes, pero aquella vez fue distinta. Aquella vez, mientras daba vueltas inquietas entre las sábanas de su cuarto, Sunny se replanteó los fundamentos mismos de su relación con Thomas y el cómo la veían los demás. Después de mucho cavilar, intentando entenderse y entender a los otros, descubrió el secreto. Veían a la chica pobre que debía esperar a que el rico la ayudara, y enfadarse si no lo hacía. La chica que debería aborrecer al chico rico por tener más, la chica que debería enfadarse con él por rechazar a los pobres en lugar de quererlo porque, entre un grupo que le habían enseñado a despreciar, tenía la presencia de ánimo de dejar a un lado su crianza y quererla y aceptarla. Pensó en todo eso, enojada con Robert, consigo misma, con la gente que la juzgaba, y amó a Thomas más que nunca. Porque ambos se negaron profundamente a una relación asistencialista donde ella era la ayudada y él su proveedor, Thomas y Sunny eran simétricos en todo aspecto y cuánto tuviese cada uno en la cartera no los iba a detener.

Robert no lo entendía.

–¿Sunny?

–Oh, mis excusas, durante un segundo me perdí en mis pensamientos –Sunny se centra en la chica que parlotea a su alrededor. Si hubiese sido Thomas, piensa, la habría mandado callar con su clásico tse… ella no.

–Te había preguntado… bueno, entiendo si no quieres –la boca de Lanna se frunce un poco en un leve puchero. Sunny se alarma, no le gusta ver a niñas llorar–: solo era si querías hacer alianza conmigo.

–¡Oh…!

Sunny se queda un segundo callada, sintiendo cómo un puño invisible se le estampa en la boca del estómago, ella conoce bien ese dolor. Las manos comienzan a sudarle, el nerviosismo se apodera de ella tanto como la sorpresa. (alguien se quiere aliar conmigo alguien quiere alguien quie) El grito de emoción de su mente, se calla de golpe al comprender la verdadera implicancia de la cuestión. Porque Sunny puede describirle a sus rivales, puede hablarle de las estaciones que conoce, le puede advertir que no se acerque al profesional del distrito 1 para tocarlo. Puede hacer todo eso sin traicionar del todo el rey de la colina al que está jugando, donde tiene que hacer caer al resto para mantener su posición. No lo está siguiendo a cabalidad, mejor habría estado jugando sola, sin compartir notas con Alabaster Faraday, sin haber acompañado al muchacho del distrito 3 o sin advertirle a Robert sobre el chico del 9; pero aliarse, aliarse, aliarse…

"No dejes que te dirija la compasión en este juego de el Rey de la Colina –dice aquella voz que ya conoce, la voz que le advirtió en las despedidas, antes de besarla y hacerla inmensamente feliz por un segundo–: refrena tus sentimientos. Lanna Peters va a morirse y mientras más rápido, mejor será para ti. Para tu hermana a la que golpean en su casa. Para nosotros dos." Thomas le habla, su corazón se estruja y se la imagina muerta, con la garganta rajada y la sangre manchando el buzo que lleva actualmente. Le comienzan a temblar las manos y se abraza a sí misma, intentando retener sus pensamientos, pero van demasiado rápido.

–Lanna… yo… lamento profundamente que…

–Sí, entiendo –la chica del distrito 8 la interrumpe, con la voz un poco más fría–: sé que no debería enojarme, o sentirme triste y desesperada pero… pensé que eras buena.

Las palabras de su compañera de edición le martillean en la cabeza, al ritmo de los pasos del chico del 3, que se dirige a la sala para dar su prueba. Pensé que eras buena, pensé que eras buena, pensé que eras buena, pensé que eras…

–¡No se trata de eso! –Ella alza la voz, temblando más violentamente todavía. Lanna Peters, tomada por sorpresa, se echa hacia atrás–: ¡Tendría que matarte! Nunca… no podríamos protegernos para siempre y yo…

–Sí, perdón, entiendo –Lanna, algo asustada, sonríe–: perdón… tal vez no debí expresarlo de esa manera. Es solo que pensé que nos llevábamos bien.

¿Eso importa? Lanna se lleva bien con todo el mundo, de hecho, tiene muchas amigas en su distrito además de su hermana, dos años mayor, según le había comentado. ¿qué era llevarse bien en los juegos del hambre? Y Sunny, sintiéndose tomada en cuenta por una chica, por una chica realmente, por primera vez… se aprieta los brazos con tanta fuerza que se deja marcas. El dolor le ayuda a pensar. Había pensado en la moralidad, por supuesto, el pastoreo solitario deja mucho tiempo para cavilar sobre esas cosas. siempre se había considerado una persona más piadosa que la media, muy orgullosa, pero básicamente no mala. Y sin embargo, no es suficiente como para aliarse con Lanna…

"Además no te será útil –esta vez no es Thomas, sino ella misma, su voz átona–: debes pensar en utilidad en los Juegos del hambre. Ella no te reportará beneficios". Se siente asquerosa al pensar así, odia al Capitolio por obligarle a abandonar a esa chica para poder conservar su vida, pero más se odia a sí misma por escoger abandonar a Lanna a la espada de cualquier desalmado…

–Discúlpame –dice–: tengo que ir al servicio.

Y así, como una cobarde, se escapa de Lanna Peters y su valiente petición de ayuda. Se encierra en el cubículo del baño, sentándose en el váter con la tapa cerrada, subiendo los pies y abrazándose las rodillas, imaginándose posibles situaciones en que Lanna muere, desde el tremendo puñetazo de Connor Edgeworth, un cuchillo arrojadizo de Clarissa Carmichael o la flecha en el pecho de Alabaster Faraday…

Los Juegos sacan el egoísmo que hay dentro de uno. Claro, el Capitolio debió haberlo calculado, viéndolo así es una decisión inteligente. Veinticuatro jóvenes, una vez por año, representando una batalla campal entre distritos, donde la vida pesa más que la unión. Oh, señores Peters, ¡cuánto odiarían a Sunny Tyson si supieran! El dolor de dejarla en la estacada es tal, así como la sorpresa de ni siquiera tolerar un término medio, que no se reconoce.

"¿Qué harías tú, Thomas? ¿qué harías, Sammy?" se pregunta, pero no recibe respuesta alguna. Otra vez, es una decisión con la que tendrá que vivir o morir. Ni siquiera le dio a Lanna una oportunidad… solo la desechó, como a un trapo, y por ser ciega.

"me doy asco", piensa, sin subterfugios, sin palabras rimbombantes. Simple y sencillo asco.

Cuando sale del baño, con los ojos secos y el temblor extinto en su pequeño cuerpo, Mikah Odair recién va entrando a la sala de sesiones privadas. Sunny mira a Lanna Peters, que se halla conversando con la chica rubia del distrito 12, y siente que así está mejor, no cree ser capaz de hablarle de nuevo después de haberla condenado. El sitio junto al chico del distrito 5 está libre y allí se sienta ella, él tiene los ojos oscuros fijos en la puerta y está murmurando para sí mismo. Sunny no le habla, ni él a ella, hasta que llega su turno y se levanta para mostrar lo que sabe. Piensa que ojalá le vaya bien, pero después se siente estúpida por desearlo porque mientras peor le vaya, mejor para ella. pero eso es tan incuestionablemente egoísta que sus comisuras se extienden hacia abajo de nuevo.

Los tributos siguen pasando, y mientras más cerca está su turno, los nervios más invaden a Sunny. Se queda en su asiento, aunque habría querido pasearse, tanto como hace la niña pequeña del distrito 11, Serenity Ross, que parece todo menos en calma, de aquí para allá, de allá para acá, con sus ojos rasgados dilatados por el miedo. Mientras Collie Rush del distrito 7 se cruza con su compañero de distrito, ambos lanzándose una mirada envenenada,, Sunny repasa lo que Lev y ella habían conversado el día anterior, mientras ella aprendía a atacar con cuchillos y a defenderse en caso de que alguien la intentase atacar con uno. El truco era, como en la lucha cuerpo a cuerpo, defender los puntos vitales con el hueso del antebrazo, y para cortar… siempre a la garganta o el vientre, nunca el pecho o la cabeza, pues son más duros. Mover hacia un lado o clavar por el extremo puntiagudo, le había dicho, practicando con los cuchillos de cocina. Mientras hacían todo eso, y luego de que Robert se repusiese de otra paliza propinada por el mentor, Lev le preguntó qué haría en las sesiones privadas. Sunny se lo dijo.

–No es muy típico del distrito 10 –comentó, parando su cuchillada con el antebrazo enfundado en un protector. El cuchillo se clavó allí pero, como había dicho él, no causó mayor daño–: debes hacer algo más. Estoy seguro de que muchos dirán ¿y qué?

Sunny había fruncido el ceño. Quería hacer algo inolvidable, no solo por subir sus posibilidades sino también por orgullo. Gaspar Anddryushin le había dicho, con sus ojos reluciendo de diversión, que no aspirase a más de un 5, pues alguien así de poca cosa tampoco podría dar más. Y Thomas… él confiaba en ella. se llevaría una gran desilusión como no tuviese una buena calificación.

Al final estaba jugando y todo, pensó con rabia, al bloquear una cuchillada que iba directo a su cara con el brazo. Por suerte, no dolió. Thomas le dijo que jugara, y ella, odiándolo o no, estaba jugando.

–Tira con la onda, escala, haz algo más movido. Te aseguro que… ya, no sé qué vas a pensar, pero no entiendo a qué vas con el rollo de los libros –Lev sonreía tras su negra barba.

Sunny pensó que, efectivamente, Lev era algo idiota, pero no quitaba que fuese buen mentor, teniéndoles hasta tarde entrenando, dejándose golpear, dándoles consejos… decidió que los seguiría, él sabía más de estas cosas que ella.

Emily Felton, del distrito 9, había salido conteniendo las lágrimas. La niña es pequeña, solo tiene catorce años y además está mal alimentada; le trae tantos recuerdos de su pequeña Sammy… se clava las uñas en las palmas de las manos, de nuevo luchando contra el dolor emocional causándose dolor físico.

Robert Halloway, el último de las grandes alianzas, no habla con nadie cuando se dirige hacia la puerta. Sunny piensa que quizá, de haber mantenido sus relaciones en buenos términos, le hubiese dicho algo como "vamos, Sun, podemos" o "que le jodan al Capitolio", pero no lo hace. Acostumbrada a cosas de ese estilo, la chica no piensa más en eso, más bien repasa su plan de acción una vez más. Los nervios la invaden, cada vez más intensos, le cosquillean en el estómago y en los miembros, haciéndole sentir electricidad. Traga saliva, mirando hacia la puerta. Cinco minutos.. diez minutos…. A los quince minutos exactos sale Robert, sudoroso, cansado y enojado, como siempre. Sunny se levanta rápido, como si le ubiesen pinchado las posaderas, y se dirige a la puerta.

Las piernas le tiemblan como si fuesen de gelatina, cuando cruza la puerta que la separa de su primera gran prueba. Se fija, un poco mareada por la ansiedad, que la puerta se cierra muy lentamente,, como si le costase cerrarse. La respiración se le acelera y, con sus ojos enormes, mira a los vigilantes, acomodados al sector norte de la sala. Son 8 los oficiales, los más importantes, y otros tantos camarógrafos, preocupados de efectos de sonido, entre otras disposiciones que no maneja bien ni le interesan ahora.

–Sunny Tyson del distrito 10 –la vigilante jefa, Casiopea Anglevin, le dice con acento aburrido–: tienes 15 minutos… y eso. Aprovéchalos.

"¡Ay, madre! –piensa Sunny, con desesperación naciente–: ¿qué voy a hacer ahora?". Siempre se había bloqueado al hacer cosas en público, le pasaba cuando era niña y los profesores le exigían leer frente a sus compañeros, era algo que ni siquiera era capaz de hacer, ganándose los comentarios compasivos y el desdén. Ellos eran pobres, se morían de hambre, los zurraban en casa, pero al menos sabían leer o sabían hablar. Y luego eran esos ojos, todos esos enormes ojos que la miraban, la juzgaban, la examinaban…

Ellos no la están mirando.

La diseñadora de arenas conversa con la de control de clima, animadamente. La vigilante jefa está centrada en su Tablet, mientras que el forense y el encargado de efectos especiales están compartiendo un puro. Nadie le presta atención, salvo uno. Julio Jansen, el menor de todos, con sus ojos oscuros fijos en ella. piensa en Thomas… no es Julio, un vigilante, no está en la sala de pruebas, no la van a calificar. Es Thomas, su mejor amigo, tiene que probarse ante él, mostrarle constantemente que es digna aunque él de sobra lo sepa. Solo es Thomas, despectivo con todos y formal con ella, con su enorme mano rosada haciendo leves gestos cuando habla, con su aroma a jabón y su nula condescendencia.

–Primero –dice Sunny, mirando a Julio Jansen–: le mostraré algo que descubrí en ciertos libros.

Corre ágilmente, sin perder ni un segundo, y los busca en la sección de biblioteca. Nayerly Reyne, la pelirroja del distrito 6, no fue tan cuidadosa como Alabaster Faraday o ella misma, de manera que están un poco más desordenados, pero encuentra los tres delgados libros rápido y corre hacia Thomas… Hacia Julio Jansen. Primero, levanta junto a su cara el primero. "flora y fauna I: climas cálidos". Después, con las manos temblándole un poco, sostiene el segundo libro. "Flora y fauna II. Climas templados". Sin perder ni un segundo, levanta el tercer libro, que reza. "flora y fauna III. Climas fríos.". al final, se pone muy recta, deja los libros en el suelo, rodeándose con ellos. Quizá es demasiado metafórica. Quizá no se hará entender, espera que sí, quiere que sí, pero Thomas… pero la gente, la gente…

Mira por un segundo a los vigilantes. Julio Jansen le había dado al forense con el codo; el forense, repentinamente interesado, le hizo un pst… al encargado de efectos especiales. En poco tiempo, todos le miran. La vigilante jefa suelta una carcajada.

–Vaya manera de… –Dice, riéndose todavía, haciendo que la joven se sienta tímida e insegura–: te entendí, 10.

El diseñador de arenas alza los puños, parece feliz por algo, pero la vigilante jefa le lanza una severa mirada. Sunny, a las corridas, devuelve los libros a su sitio –Julio Jansen se percata que los deja exactamente donde los había sacado–, y corre hacia la escarpada pared, subiéndola a toda velocidad sin mirar a nadie. Ágil como un mono… como una distrito 10, nada que no se haya visto antes. Lo primero, si bien lo explicó de una forma rebuscada hasta lo ridículo, fue más sorprendente.

Sube y baja la pared con tremenda agilidad, después, se va a la pista de obstáculos. Consigue no morir en la simulación al final de puro milagro, esquivando la espada del sujeto del distrito 1 de la edición 26, sin embargo, antes de ese casi desliz había estado impecable, pensamiento rápido y práctico, además de sigilo, piensa Julio. Además de el ir a la biblioteca y sumar 2 más 2, cosa que no todos saben hacer, le darían una buena nota y una buena opinión para el joven vigilante.

–Igual, esta vez estuvo fácil –dice Heracle Morris, con los labios torcidos–: si pusieron los tres climas era obvio que la arena sería…

–No, piensa que la mayoría llegan al razonamiento del tipo habrá plantas y animales de climas cálidos y fríos, así que mejor aprendo –rebate Julio. Le gusta una cerebrito en el 10, le gusta mucho. Es raro. Su compañero había sido una máquina bruta.

La cerebrito del 10, como la llama en su cabeza, cuando le queda un minuto y medio se va a por la onda. Toma cinco piedras y se separa a ciento cincuenta pasos, pero con cada tiro se acerca más al maniquí que había dispuesto, dándole en distintos puntos vitales. El último tiro, bastante cerca, se lo dio en el centro mismo de la frente, perforándole la cabeza. Bien.

–Buena jugada –Julio Jansen se ríe–: siempre la vi fallar un par de tiros por cada vez, acercándose reduce la posibilidad.

Heracle sonríe. La chica se ha quedado sin tiempo, si tiene pensado hacer algo más ya no contaría.

–Te dije que podría –dice, cansada, mirando a Julio con expresión burlona, sorprendiéndole. De pronto, sin embargo, su mirada cambia–: oh…

Baja la cabeza, roja como un tomate, y se muerde el labio inferior.

–¡Ayyy qué mona! –Exclama Julio en voz alta.

La ama, la ama definitivamente. Es adorable, pequeñita, lista y abrazable. Quizá incluso cogible, en el improbable caso de que llegue a ganar, siempre le han ido con poco pecho y poco culo. Y solo tiene dieciocho años, dos menos que él.

Ella le ha escuchado, claro. Se pone más roja, pero alza los enormes ojos con dignidad. ¡Dignidad de palurdo vaquero! ¡Sí, le gusta!

–Espero haya sido de su agrado, buenas tardes –dice, seria pero sonrojada, y con paso rápido se marcha de allí.

Sunny se marcha precipitadamente porque, en caso de quedarse, haría alguna tontería como… como simplemente estar. Al menos, sabe que uno de los vigilantes le había prestado atención, y hasta dijo que era "mona". Nunca había escuchado esa palabra dirigida a ella… y sí, sabe que la matarán, que aplaudirán cuando muera, y no puede evitar sentir rabia, pero…

–Pero los necesito –dice en voz alta, en el ascensor–: Thomas me dijo que jugara, ¡Y, ay! ¡Jugaré, jugaré por mi vida!


Alianzas:

Alianza profesional: Clarissa Carmichael (f1), Alabaster Faraday (m1), Dahlia Fey (f2), Connor Edgeworth (m2), Mikah Odair (f4), Ryan Connolly (m4) y Alexander Rheon (m7).

Otra Alianza grande: Lisa Thunder (f5), Marcus Armitage (m6), Collie Rush (f7), Milaryon Lestrange (m9) y Robert Halloway (m10).

Otra alianza: Lanna Peters (f8), Karen Tuk (f12) y Miles Near (m12).

Solitarios:

Carole Hanlon (f3).

Zachary Bayer (m3)

Alan Blake (m5)

Nayerly Reyne (f6)

Angus Sutherland (m 8)

Emily Felton (f9)

Sunny Tyson (f10)

Serenity Ross (f11)

James "Jimmy" Ender (m11)


Nota:

¡Otro capítulo! Además iba a poner otras cosas, como las notas de los chicos y sus reacciones, pero ya me estaba quedando largo. Será para después.

Saludos, reyes y reinas.