Capítulo 12. No es oro todo lo que reluce. (Ni todo errante anda perdido).


Sunny Tyson lleva un vestido negro y sencillo y unas bailarinas negras, y su pelo corto y oscuro está peinado con pulcritud. Es raro para ella llevar vestidos, considerando que en su ejercicio de pastora de ovejas, los pantalones y zapatos más gruesos eran más cómodos y requeridos, pero le gusta vestir de esa guisa allí, en el Capitolio, de libre. El vestido tiene cuello redondo y no es demasiado corto, pero al menos es de su talla, eso es algo que no habría podido decir del que luciera para la cosecha.

Todos en su piso, sin excepción e incluyendo a Loic Baudelaire y Bonnie Dorsey, estilistas de Sunny y Robert respectivamente, y sus equipos de preparación, se hallan sentados en la sala esperando a que Hefestus Fein dé comienzo a la transmisión de las notas de las sesiones privadas. Casiopea Anglevin, vigilante jefa, está siendo entrevistada. Es una mujer alta, de cabello rubio con las puntas violeta y los ojos heterocromos, uno blanco y el otro negro. Afirma que en particular, estas sesiones privadas estuvieron intensas, que se sorprendieron de algunos tributos de los que esperaban más o menos, y, en fin, parafernalia biensonante a la que Sunny prestó mucha atención, con los nervios de punta, pensando en su nota.

No era que otras cosas hubiesen salido de su mente, Lanna Peters seguía allí, y su familia, Thomas… pero... este era un paso. Necesitaba ver cómo le había ido, conocer sus posibilidades… se abraza a sí misma, aferrándose a sus brazos. Lev, muy pegado a sí en el sofá por falta de espacio, la mira con preocupación.

–Tranquila –le dice, sonriente–: creo que te fue bien, Sunny.

Había llegado sonrojada, temblando un poco, pero básicamente bien, aunque no hubiese tenido tiempo para hablar con Lev sobre su sesión privada o su nota. Tridentia, Marla y Dessy, su equipo de preparación, la habían agarrado una de cada brazo y la otra de los hombros, y la habían impelido a bañarse y quitarse ese buzo odioso repleto de sudor, aunque no lo estaba, pensaba Sunny, burlona. Sin embargo, asustada ante el contacto tan directo y queriendo escapar, había obedecido en el acto, encerrándose para buscar paz. Pero lo bueno no dura para siempre, y en algún momento tuvo que salir, ya vestida formal para la ocasión, después de horas, oyendo el jolgorio tras su puerta, uno en el que no quería participar. Pero debe.

–¡Señoras, caballeros, todos! –Rogelio Grez, el presentador, habla con la misma voz imponente pero agradable de siempre, Sunny nota emoción y su estómago se contrae–: ¡He aquí las notas de los tributos por orden de distrito!

Primero, se muestra la pantalla dividida en veinticuatro casillas, cada una adornada con una pequeña foto de la cara del tributo. Sunny se encuentra cerca del final, luce seria, con sus comisuras hacia abajo y los ojos en el frente, aunque parece más desvalida que imponente. Supone que esa foto será la proyectada en el cielo si llega a morir, y aquello le hace sentir una sacudida de desesperación. Se recrea un segundo en aquello, la foto tamaño grande transmitiéndose en la arena, Lanna Peters escondida sin saber quién ha muerto, Zachary Bayer pensando "oh, esa fue la chica que me ayudó", Alabaster Faraday con sus ojos fijos en el cielo, emitiendo un resoplido por la boca, el resto de profesionales celebrando, Alan Blake diciendo "ta güeno, uno menoh, si yo le dije que no se metiera en problemah…".

"Deja el drama, Sunny, por lo sagrado", se ordena. Le es difícil por su propensión a él, pero se hace caso por considerarlo necesario.

La fotografía de Alabaster Faraday del distrito 1, se vuelve grande en la pantalla. Sunny lo mira, como siempre, encontrando en él ese aire a Thomas que le había impelido a considerarle afín a ella en algún momento, pese a las diferencias (Sunny Tyson es especialista en obviar diferencias). Luce sin ninguna expresión, pero supone que el Alabaster real tendría un rostro diferente ahora, porque…

–¡Madre mía! ¡Por los truenos y las estrellas! –Hefestus Fein ahoga un grito, mirando la pantalla–: ¡Un 12! ¡Un 12, señoras y señores! ¿Lo ves, Rogelio? ¿Lo ves?

–¡Amigo Hefestus! –el otro tiene la voz ahogada–: ¡Primera vez en la historia de los Juegos del hambre en ser otorgada esta puntuación! ¿qué ha pasado?

Los equipos de preparación del distrito 10, también están chillando. Bonnie Dorsey, cuya única concesión a lo estrambótico son unos enormes aretes, sin embargo, tiene el ceño fruncido, y Loic, echándose aire con un abanico, luce pálido, pensando cada uno en su tributo, seguramente.

–Contrólense, es como si fuesen a eyacular aquí mismo –Robert luce enojado con su equipo de preparación, con los presentadores, con Alabaster Faraday y con el mundo.

Un 12… un 12, por primera vez en la historia. Los profesionales, por lo general, sacaban de un 9 a un 11, rara vez un 8 y por lo que sabía, desde el primer voluntario del distrito 2, en el año 6 después de los días oscuros, las cosas no habían cambiado. Un 12… ¿cómo es posible? Sunny muestra preocupación en su rostro, meditando sobre aquella mala sensación que le acometió cuando le vio salir, con los ojos desorbitados, la cara y un mechón de su rubio pelo manchado de rojo. La lógica se encarga de lo demás. Ella, acostumbrada a deducir y a fiarse de sus propias conclusiones aunque las pruebas no fuesen suficientes, sabe lo que pasó en esa sala privada, y se le agarrota el estómago por el pánico y el asco.

(oh por lo sagrado estuve con él en la biblioteca leí sus notas olvidadas lo provoqué al desafiarlo oh por lo sagrado yo lo). La garganta se le seca, oyendo a lo lejos cómo se preguntan en voz alta qué gran hazaña hizo Alabaster Faraday para merecer una puntuación nunca antes dada. Sunny lo sabe, lo sabe y teme.

"Pero, ¿a quién? –piensa, preocupada–: ¿Acaso disparó a un vigilante desde su posición?" No, demasiado peligroso. Por un vigilante tal vez ni siquiera estaría jugando, lo hubiesen ejecutado o convertido en avox… entonces llega la respuesta. Un avox. ¿No le había dicho Gaspar, en el tren, que no eran ni ciudadanos ni personas? ¿Qué importaba si moría un avox? Lo sabe seguro, las manchas que había creído que eran pintura de camuflaje, su expresión ida y trastornada, confusa, su mirada cuando ella pronunció su nombre, el 12…

(¡ALABASTER FARADAY HA MATADO A UN AVOX! ¡MI VIDA...!) Su cabeza grita, las sienes le arden. No sabe por qué le impacta, se había presentado voluntario, ¿no? Un horrible voluntario dispuesto a jugar por arrojo propio, pero la expresión de sus ojos, su aspecto…

"Superficial –se dice–: no es oro todo lo que reluce, ni todo errante anda perdido". Se siente estúpida por buscar a Thomas en todas partes, primero en Alabaster, después en Julio Jansen… ¿tanto lo extraña? Se pregunta con desprecio. Sí, se responde, sí. Tanto. Su amigo. Su amor. pero su amor solo está en su amor, se dice. ¡El otro es un loco! ¡Un horrible loco!

–Por fin dejarán de hablar de ese hijo de puta –Dice Robert, hastiado, cuando la fotografía cambia a Clarissa Carmichael, la hermosa y alta profesional de los rizos oscuros.

Considerando el 12 de su compañero, el 10 de la chica pasa casi desapercibido. Los presentadores comentan, cierto, y parecen entusiasmado, pero en ediciones pasadas la nota es mucho más aclamada de lo que es ahora. Seguramente, piensa Sunny, a la chica no le está haciendo gracia alguna. Pero menos mal, piensa, aliviada. Menos mal ella se limitó a una presentación estándar, porque la gran bocota de Sunny la había incordiado, de nuevo…

Dahlia Fey obtiene un 9 y Connor Edgeworth, el que Sunny había pensado que tiene pinta de soldado, un 11. En la foto que habían seleccionado para él, esa pinta es más evidente que nunca. Carole Hanlon, del 3, tiene un 3 y Zachary Bayer un 6. Juego a muerte o no, posibilidades en contra o no, a Sunny le alivia que el chico del vómito, tan nervioso y tímido, haya tenido una buena nota. El pobre ya la había pasado lo suficientemente mal, primero desmayándose y después estando en boca de todos por su numerito. Se atreve a pensar en él con ese afecto lejano que le dirige a los demás, con los que apenas habla. Intenta quitarlo pero no puede, y como no puede, deja de tratar por su bien.

Mikah Odair saca un 8, nota bastante mediocre para un profesional, y Hefestus Fein no deja de recordar a la audiencia que la chica fue cosechada. A su compañero, Ryan Connolly, le va mejor, con un 9 que es más aceptable. Sunny piensa de ellos que son los profesionales menos peligrosos, especialmente el chico. En el distrito 5, donde la chica es esperada por mucha gente con expectación dado el revuelo con la nueva alianza, Alan Blake obtiene un 4, Sunny mira su rostro moreno y simple, su piel es bastante parecida a la propia, pero no así la expresión en sus ojos, harto menos despierta. Lisa Thunder tiene un 6, bueno para su distrito, donde, cuando consiguieron ganar, ha sido por suerte, dice Rogelio Grez. En el distrito 6, otro miembro de la alianza grande innovadora, Marcus Armitage, tiene un 5, y Nayerly Reyne, un 4. El chico albino de la cara triste es enfocado bastante más que ella, que también parece triste, aunque es menos bonita… o menos prestigiosa. Nayerly, como Sunny, no tiene alianza, y la chica morena recuerda que se había pasado mucho en la biblioteca. Quizá no lo descubrió. De hecho, es casi seguro.

Cuando llegan al distrito 7, los presentadores enloquecen, dado que el varón, de pelo rubio dorado y cicatriz en la mejilla, y la chica, de cabello corto y negro y cuerpo en forma, han optado por estar en alianzas que al parecer serán rivales. Apuestas se están moviendo por ambas facciones, comenta Gaspar, quien ha tenido que frecuentar ese mundillo. Tiene su inseparable libreta en la mano y recita un par de cifras, el chico va ganando. Su nota, anunciada después de un redoble de timbales, es un 8.

–¡Un 8! –Exclama Lev. Hefestus también lo hace.

No es una nota tan alcanzada por distritos no profesionales, es más, parece ser un limbo bastante insalvable. De cualquier manera, piensa Sunny mirando al atractivo chico de la cicatriz, por algo los profesionales decidieron incluirle en su alianza, siendo ellos tan selectivos. Pensar en los profesionales le hace recordar a Alabaster, su 12 y la razón para haberlo obtenido. El desprecio hacia sí misma amenaza con inundarla, y por una vez deja el tema, aunque en más de una ocasión se ha dejado llenar por este. Collie Rush, su compañera, tiene un 7. Robert se da un puñetazo en una mano con la otra, sonriendo.

–¡Esa es nuestra Collie! –Dice, mirando a Sabrina. La mentora sonríe cálidamente, pero no dice nada.

El distrito 8 es pasado con celeridad, nadie quiere recordar a sus débiles tributos. Tanto el niño, Angus Sutherland, como Lanna Peters, obtienen un 4. Sunny, al mirar su expresión sonriente, siente que de nuevo le atenaza la culpa por haberla abandonado, además… ¡había sacado un 4! Se alegra por ella, en la tarde había estado murmurando que quizá le pondrían un 1 o un 0… al menos, puede sentirse alegre por eso. El nudo en su estómago se le afloja un poco.

Del distrito 9, Milaryon Lestrange, también de aquella alianza, obtiene un 6, Sunny se pregunta por qué. Nunca lo vio en algo tan destacable, se centraba más en supervivencia que otra cosa, pero algo habrá tenido que hacer. Emily Felton, con un 5, es casi ignorada por los presentadores, lo cual no deja de ser injusto porque su vida vale tanto como la de Lestrange, aunque no tenga una alianza que la abale. Sunny está segura de que lo mismo sucederá con ella, ¿a quién le interesará después de la nota de Robert Halloway? Para ellos es un mero entretenimiento, mientras que de esa nota podrían depender sus patrocinios y su vida. Otra vez, se clava las uñas en las palmas de las manos.

–Se acerca el momento –murmura Gaspar, con la voz fingidamente tensa. Sacude su brazo de arriba hacia abajo, sonriente –: miren cómo tiemblo.

–Cállate, hijo de perra –murmura Robert mecánicamente. Le ha insultado tantas veces que…

La foto de Robert, enorme, con su pelo castaño y sus ojos azules, ocupa toda la pantalla. Está furioso, al parecer para él no existe otro ángulo y no pudieron tomarle una foto mejor. Ha sacado un 4.

–¡No me jodas! –Exclama Gaspar, enojado –: ¡Un 4! ¡Qué demonios, Robert, maldito palurdo vaquero!

Robert mira al escolta por encima del hombro, en una imitación muy buena de la mirada burlona de la propia Sunny. Le habría dado risa, pero ciertamente no se la provoca; Rogelio y Hefestus están hablando de lo desagradablemente sorprendidos que se hallan ante dicha nota.

–Habíamos hablado… ¡tú y yo habíamos hablado de ese patrocinador que prometía invertir en ti si sacabas al menos un 6! –Gaspar pierde la calma, estrujando su libreta –: ¿qué mierda, Robert? ¿tienes cerebro de…?

–A ver, primero que nada no tienes por qué meterte en lo que hago o dejo de hacer, simple escolta, y segundo, Tenemos una estrategia –simplemente dice, inexpresivo, aunque sus ojos arden con furia –: Sabrina sabe y está de acuerdo.

–…porque no me dejas otra opción –añade la mentora mayor.

–Les ruego, por favor, silencio, que viene la nota de mi pequeña Sunny –la voz dulce de Loic corta la discusión, y menos mal, porque de pronto la boca de la chica está seca por la ansiedad.

La foto de la chica de piel canela, cabello corto y negro, y ojos oscuros y enormes ocupa la pantalla. Sus labios rojos están curvados hacia abajo, y su expresión es bastante más dulce y desvalida de lo que se siente en realidad, es decir, Sunny sabe que es ella esa chica no demasiado atractiva y pequeña, pero le cuesta tanto verse así, es tan discordante… Y, al parecer, su nota concuerda más con su propio sentir que con la foto.

–¡Oh, por lo sagrado sagradísimo! ¡Mi Sunny! ¡Mi Sunny! –Exclama Loic, a su otro lado, tomándole la cara y plantándole dos sendos besos en cada mejilla. Sus ojos claros arden, felices, y parece tan entusiasmado como si la nota hubiese sido suya.

Sunny está demasiado feliz, demasiado aturullada, como para sentirse incómoda por ese contacto tan íntimo. Sus grandes ojos oscuros, fijos, solo ven ese número, ese número, ese número…

Un 8.

–¡Oh, sí! ¡Yo podía! ¡Lo sabía! –Eufórica, llena de alegría, de alivio, de ilusión, se pone en pie, y da dos grandes saltos, emocionada. Deja de abrazarse a sí misma, su corazón late con fuerza, su pecho está ardiendo y ella… ¡oh, ella! ¡Un 8! –: ¡Ay, cuando lo vea Thomas! –Grita, emocionada, olvidándosele por un segundo que su gordo y enorme amigo debe estar viéndola justo en ese momento.

–Estará demasiado ocupado siendo un infeliz insoportable para verlo –masculla Robert, pero Sunny no le hace caso, no es la primera vez, ni la segunda, que hace comentarios semejantes respecto a él.

Lev se pone en pie y la alza en brazos, tomándola del vientre con sus gigantes, seguras y enormes manos, y alzándola por sobre su cabeza. Sunny, la antigua impávida, ríe y ríe, con lágrimas de alegría, de alivio… sabe, por supuesto, que las sesiones privadas no son decidoras, que aún así puede morir, pero… pero… ¡Un 8! ¡Y tan nerviosa que estuvo! ¡Está desbordando!

–¡Sunny Tyson ha sacado un 8 y yo vi sus braguitas negras! Me doy por satisfecho –Ríe Gaspar, echándose hacia atrás.

Y como siempre, hay algo que enturbia un poco la emoción. ¡Sunny lleva un vestido y Lev la está alzando! Obviamente que su ropa interior está bien a la vista. ¡Qué vergüenza! Se sonroja hasta la raíz del pelo.

–Oh, Lev… ¡por favor, bájeme! –Dice, aturullada. Lev le hace caso, dejándola en el suelo. Sunny mira al piso, pensando en su 8, mirando a su equipo de preparación, que beben de alegría.

–Demasiado tarde. Vi primero las braguitas de Sunny… antes que el mini vacuno –Gaspar está sonriendo todavía–: probablemente él no las vea nunca, ¡qué desgracia!

Sunny siente que la desbordante alegría se le va de un plumazo. ¿Qué le pasa a ese sujeto? ¿Por qué es así? No es que no esté acostumbrada a los incordios, claro, no obstante…

–¡Ay! ¿Por qué me fastidia? –Se queja, repentinamente enfadada con él–: ¡De sobra tengo asumido que posiblemente no lo vuelva a ver!

–No va a perder mucho, de todos modos –añade Robert–: no puedo entender cómo puede estar con ese egocéntrico de mierda… o cómo él está con ella.

Sunny, por mirarlo fijamente, se pierde las notas de James Ender y Serenity Ross, un 4 y un 5 respectivamente, y de Miles Near y Karen Tuk, un 5 y un 3. Sin embargo, Gaspar se calla y sonríe, atento a la pareja de tributos, los equipos de preparación incluso se callan para prestar atención y Sabrina y Lev intentan cortar la tensión que de pronto ven en las fisonomías de ambos.

–Creo que deberíamos cenar para practicar en un rato –dice Lev, su ojo rojo destella.

–Así lo creo también –Sunny habla con tranquilidad, aunque sus palabras están llenas de furia–: pero antes… me gustaría hablar unos momentos a solas con Robert.

No le dará la satisfacción de presenciar una pelea a Gaspar, si puede evitarlo, pero tampoco soportará ese tipo de comentarios, está cansada de soportarlo todo. Nunca lo había hecho, excepto con su madre por miedo. Pero Robert Halloway no es su madre…

–No tengo nada que hablar contigo yo –dice Robert–: no con una lamebolas del hijo del alcalde.

Suficiente. Sunny, enfadada, se pone en pie con celeridad, y sus manos se dirigen a sus caderas. No tiene la cabeza gacha, ni las comisuras de la boca hacia abajo; está tensa y enojada.

–¡Me cansaste! –Dice, casi gritando–: Tienes derecho de pensar lo que quieras, ¡pero haz el favor de callarte esos comentarios delante de mí!

–Por no decir –malmete Gaspar–: que dudo que le haya chupado al tipo las bol…

–¡Cállese! –Le grita Sunny, girándose hacia él con vehemencia. Gaspar enmudece, en el acto. No vayan a darle otra bofetada. Sunny, enfurecida, vuelve a mirar a Robert–: así que eso, no quería decírtelo frente a todos, pero a la… a la… ¡a la mierda!

La primera vez que escupe una grosería, a sus dieciocho años, la siente como si hubiese tirado una piedra filosa con la onda. La palabra se estampa contra Robert, la ve sacar sangre, es una palabra tan mala… ¡pero oh, cuánta rabia tiene ahora mismo!

–Vete al carajo, Tyson –Robert no se altera–: y te juro que si me sigues gritando, te voy a romper la boca. A mí ninguna puta me viene a hablar así.

¿Una qué? ¿una qué? La visión de la chica se pone roja de pronto, solo de escuchar esa palabra echa a temblar…

–¡Robert! –Grita Lev, pero.

–¡Repite eso! –Sunny se abalanza sobre él, pero Loic la atrapa. Ella se debate–: ¡No sé quién se cree éste! ¡Suélteme, señor Baudelaire! ¡Se va a enterar!

–¡No sé quién te crees tú! –Se sulfura Robert, dando un puñetazo descomunal al sillón–: hablando con tus palabras raras y con tu acento, mirándome de esa forma… ¡eres tan pobre y piojosa como yo y me miras siempre como si fueras mejor solo porque le chupas la verga al hijo del alcalde! Esos delirios de grandeza…

–¡cállate, Robert! –Grita Lev.

–¡Eres pobre como yo y te crees la muy muy porque ese gordo seboso te tomó en cuenta y nos miras como si fueses más! –Robert no le hace caso–: pero me importa una mierda, si quieres seguir creyéndote y mencionándolo y todas esas mierdas… ¡me da lo mismo!

Sunny consigue soltarse de Loic, que no tiene mucha fuerza, y se abalanza, ahora sí, contra Robert. Antes de llegar, unos brazos más fuertes la toman de la cintura y la apegan a su cuerpo. No es Lev, es más pequeño.

–¿Y tú? –Sunny le pregunta, intentando soltarse del sujeto con aroma a limón–: ¿alguien te ha dicho algo porque embarazaste a tu chica? ¿de verdad eres tan cara dura como para…?

Soltando un rugido terrible, Robert Halloway se pone en pie, con evidente intención de golpear a Sunny. Gaspar, que la sujetaba en ese momento, tiene la enorme satisfacción de tomar la mano empuñada que extendía, y retorcerla . Robert Halloway suelta un gemido de dolor.

–Lev, haz algo, o te juro que lo voy a moler a golpes –dice el escolta–: yo me llevo a la chica. Ven, chica. Camina.

Ella no se mueve, no quiere, no debe, no lo necesita. ¡la llamó prostituta! ¡Le dijo que ella chupaba…! Se le saltan tanto los colores como las lágrimas, ¿quién se cree él, ese idiota que embarazó a Adelina a sus dieciséis años, sin pensar en cosechas, en lo duro que es traer un hijo al mundo…? ¡Y ella nunca le había dicho nada sobre lo tonto que le había parecido al embarazar a una chica tan joven por respeto! ¡Pero él era incapaz de respetarla! ¡Incapaz de todo! Se suelta de Gaspar y se queda allí, mientras Robert se lleva a Lev al balcón, junto con Sabrina, ambos parecen enojados y Robert se debate, diciendo cosas como "pobre arribista", "ahora entiendo todo" y "quién se cree ella para juzgar lo que hago".

–¡Tú… tú me juzgaste primero! ¡Y a… y a Lev y Christian Stark! ¿por qué… por qué tú y yo no? –llora la chica, pero es un llanto de rabia. ¿Por qué está llorando si antes le resultaba tan difícil?

Solo lloraba de dolor en público, con las palizas de su madre. Cuando lloraba por motivos sentimentales, eran las ovejas quienes la veían y…

–Sunny, por favor deja la pelea –le grita Lev.

Ella gruñe y, más que molesta, se sienta en el primer sofá que encuentra. Tiembla, quiere dar de puñetazos a algo, abofetear a Robert.. Gaspar se sienta a su lado, mirándola. Solo la mira, se queda callado y nada más.

–¿qué hace usted aquí? –pregunta ella, con la voz quebrada por la furia–: si quiere molestarme…

Gaspar pega un suspiro, y sonríe. Es una sonrisa bonita, sus labios son delgados y rojos, sus ojos lila también sonríen. Luego, suelta una risa in crescendo, primero despacio, luego progresivamente alcanza un alto volumen.

–Sunny Tyson… –pronuncia, riéndose, luego se pone en pie–: voy a mi cuarto… dile a Lev que no me moleste, voy a tardar.


–Tse… Me parece inverosímil tanta estupidez concentrada en una sola persona –había dicho el niño de lentes a un chico que no pudo resolver un ejercicio de matemáticas.

La pequeña Sunny Tyson había alzado los ojos, esa frase se le repetía en la cabeza una y otra vez. Él… él era como ella, hablaba como ella… bueno, más o menos porque ella no hablaba ante desconocidos. Iba al colegio y escribía, claro, sabía leer y también sabía hablar, aunque sus compañeros dijesen lo contrario, era solo que… no podía. De haber existido psicólogos en aquel lugar vaquero alejado de las unidades de salud de segundo orden, la habrían diagnosticado con mutismo selectivo, pero no las había. Ella era la lela, la que no habla, la tímida, y poco más.

Había mirado a ese chico de más, durante días. Él era como ella, hablaba como ella, ¡tal vez leía como ella! Sunny no entendía bien por qué la gente decía pa en lugar de para, onde en lugar de dónde, o no empleaban todas las palabras que existían, ¿por qué no emplear todas las palabras que existían? Le resultaba tan confuso… los libros le habían enseñado a hablar bien, a expresarse, el colegio, primero las explicaciones simples sobre las industrias de los distritos, después las novelas que se hacían en el Capitolio y que llegaban a la única biblioteca municipal, que nadie leía… las novelas hablaban con ella y le habían enseñado a expresarse y a entender. Solo que todavía no podía hablar en la escuela, pero ya podría.

Con él. A él. Él la entendería, la esperaría ¿no?

Se había acercado poco a poco al chico enorme y rubio, medía alrededor del metro 55 y pesaba, quizá, 70 kilogramos. Era el hijo del alcalde y se comportaba con modales afectados, ella reconoció el ademán de las manos que había leído en una novela, le escuchaba hablar poco, eso sí, pero cuando hablaba… casi, casi era como leer, como comunicarse con ellas, como…

Le llamaban mr. Manitas de Cerdo por razones evidentes. Sus manazas, enormes y rosadas, con líneas en las palmas de las manos que ella más adelante vería, se movían cuando gesticulaba con ellas, al hablar con énfasis. Comía a dos carrillos a la hora de almuerzo, él llevaba supropia comida en lugar de comer los alimentos que le daban a los niños en el colegio, que siempre eran legumbres.

Sunny había llegado a sentarse a su lado un día, se atrevió después de un par de semanas. Él simplemente había alzado sus ojos azules tras los lentes de marco blanco.

–¿Y tú qué quieres? –Había preguntado el chico antipáticamente.

Ella se había mordido el labio inferior, incapaz de verbalizar la petición. ¿quieres ser mi amigo? Porque no tengo amigos, solo tengo las ovejas, y me gustaría tener uno.

–Tse… –resopló, y siguió prestando atención al juego del gato, que estaba jugando solo. Sunny también había jugado sola a algo parecido, no era tan entretenido como hacerlo con otro, suponía…

Al día siguiente, volvió a sentarse a su lado.

–¿otra vez? –Thomas Rocheford la miró, entre sorprendido y despectivo–: mientras no molestes…

Sunny tenía ganas de preguntarle algo, le rondaba por la cabeza, pero no podía hablar. Abrió y cerró la boca un par de veces, ajena a la mirada despectiva y al tono, pero al final se vio incapaz de hacerlo. Tenía las palmas de las manos doloridas por cuánto se había clavado las uñas.

Dos semanas más tarde, fue Sunny quien llegó primero, y cuando Thomas llegó se sentó en su lugar de siempre, junto a ella. ya no le preguntaba por qué estaba allí, ni le recriminaba, hasta se le había olvidado la mirada despectiva. Era pobre, cierto, se notaba, pero al menos escribía en clase y no hacía esos ruidos de ovejas balando o cosas peores. La chica no hablaba.

Sin embargo, en ese preciso momento, cuando él se sentía tranquilo y relajado de no ser molestado, ella habló.

–¿Sabías que nuestros compañeros te denominan como Mr. Manitas de cerdo?

Tenía una voz dulce, bonita y aniñada, además de tener un acento casi exento del tono pueblerino que le resultaba tan repugnante a sus oídos. Pero era una plebeya de la periferia, sin dudas. Desde sus zapatos gastados hasta la comida del colegio que ingería, se lo decía. No es oro todo lo que reluce.

–Sí –Thomas hablaba con tensión en su voz. Envidiosos, que no podían comer y por eso se quejaban de tan detestable manera–: es su forma de lidiar con mi superioridad ante ellos.

–Bien razonado –respondió ella, con burla–: no obstante, en la estética supongo que no se equivocan.

–Tse…

Ella no habló más, fue él quien preguntó.

–¿por qué todavía sigues aquí?

Respondió con otra pregunta.

–¿por qué viniste a sentarte aquí hoy?

–Tse…

Pero no lo sabía. Costumbre, tal vez. La pobretona esa no mordía, su hermano mayor, Edward, le había comentado que los pobres le robaron una vez el almuerzo cuando tenía diez años. A él, por suerte, no le habían robado nunca, y ella era tan pequeña y flaca… en fin, no tenía por qué temerle. Aparte como ni hablaba… porque sí, ya. Tenía el derecho de sentarse donde se le diera la gana, punto. Si era una ameba o una oveja, no se le notaba.


Nota:

No hay ganas de rellenar más, era la escena que quería terminar. Siento a quien le haya parecido aburrido pero era importante para mi historia, y lo importante para mi historia es lo que va.

En el próximo capítulo, Sunny con la preparación con Gaspar (todos queremos ver eso, owo) y Alabaster con Christian.

Gracias a Rebe y Dani por comentar, a Pau y el resto por leer.

Adiós, Reyes y Reinas.