Capítulo 13. Has perdido.


Los golpes resuenan con fuerza en la puerta del cuarto de Alabaster Faraday. Él, tirado en la cama con su clásica pose de las manos tras la nuca, la ignora. Tiene mucho en qué pensar, demasiadas cosas que meditar.

–Tenemos que hablar te guste o no –dice la voz de Christian Stark, suena tensa–: cada vez me estás desagradando más como alumno pero debemos plantear tu enfoque. ¡Abre!

Alabaster sonríe un poco, las cosas le están saliendo tan bien que le importa mínimamente perder toda la mañana en oír las estupideces del joven vencedor. Además, siempre puede centrarse en sus pensamientos, uno solo de ellos vale más que días de charla con Stark. Se levanta, semidesnudo como está, con la cama deshecha y la ropa tirada de cualquier manera por el suelo, y abre bruscamente. Enorme, con sus rizos mojados por el baño y los ojos azul hielo entrecerrados por la furia, el mentor parece dispuesto a volver a tocar la puerta cuando lo ve.

–¡Ah! Así que te dignas a abrir –Christian entra, sin pedir permiso, pasando casi por delante de él–: abre la ventana, ventila o algo, esta habitación huele a rayos. Debiste haberte bañado… son las 10.00 de la mañana… ¿esa bandeja va a quedarse ahí para siempre?

–Tsk –responde Alabaster, sentándose en la cama.

Tiene muchas otras cosas en las que pensar. Un 12, un asesino, un avox. Legítimamente no es un crimen, no tienen ni ciudadanía ni son sujetos, pero ese pobre hombre… tenía una vida miserable, y utilizarlo para alcanzar sus fines le parece legítimo, más aún por no ser estos egoístas, sin embargo

(Alabaster Faraday)

Esa voz… había aparecido en sus sueños. Se había acostado bien, claro, pensando mucho en el 12 y poco en el avox asesinado, pero entonces había pensado en sus padres, quizá muertos, quizá destinados para tal fin… por supuesto, haría mucho por los avox, claro está. Si hacía el ejercicio de separar a este individuo, no verlo como avox sino como el primero que tuvo que morir para que sus planes se llevaran a cabo, quizá…

(Alabaster Faraday Alabaster)

La voz parecía sorprendida y confusa. Así se había sentido al pararse en el ascensor, llamándolo frenéticamente, con sangre en la cara. Menos mal, piensa ahora, en el desorden de su cuarto, menos mal que el ataque de pánico le vino en ese entonces, sin cámaras, sin transmisión a la televisión, de lo contrario ¿Qué imagen tendrían de él sus gobernados? La primera persona siempre es más difícil, había dicho Pyra Summerplatte en cierta ocasión a los alumnos de la academia. Por el bien del prestigio de Alabaster, espera que haya tenido razón.

Es Christian Stark quien abre las ventanas, haciendo que el aire fresco y matutino entre a raudales, y él es también quien se lleva la bandeja que yacía sobre la mesita de noche. Alabaster se rasca la cabeza, sintiendo el viento fresco en su torso marmóreo, y estira un poco la cama para poder sentarse cómodamente. Christian vuelve, enfadado.

–Eres como un mocoso –le dice.

El joven le ignora, mirándole de reojo. No tiene sus lentes y se le nota en la vista, le cuesta captar bien las cosas de cerca.

–Vamos a hacer algo, tú y yo –Christian sigue hablando, tranquilo no porque Alabaster le tiene evidentemente exasperado, pero sí con paciencia–: tú me vas a contar qué hiciste para sacar un 12 y yo te diré lo que se está diciendo entre los capitolinos sobre la alianza profesional.

¿qué se está diciendo? No es que le importen tanto, van a morir, después de todo, tienen que hacerlo para que él gane, pero… curiosidad, humana curiosidad. La señora Curiosidad le tienta, mueve su cabello oscuro de peligro, entreabre sus labios rojos suplicantes. Alabaster no había deseado labios tan fervientemente como los de la señora Curiosidad.

–Tú primero –dice.

–Así que te has dignado hablarme, por primera vez –Christian pega un suspiro, pasándose la mano por los rizos oscuros.

Odia que hagan hincapié en eso. "has hablado", con sorpresa, con alegría y emoción. es una estupidez. Hablar no le gusta y punto, se gasta saliva y energías, las emociones se dejan ver demasiado en la voz. Las palabras son importantes, especialmente si son habladas. Solo alguien fue capaz de entenderlo, al no oír respuesta le escribió. Bien, eso es más cómodo. Le parece absurdo que más personas no hayan caído en cuenta, pero en fin, así es la estupidez de la pobre humanidad.

–Tsk…

–Bueno. Ryan Connolly es, por lejos, el más atractivo –dice el mentor, con una mirada sardónica–: qué tiempos… en mi edición yo fui concedido con ese honor.

¡Qué! ¡Ese rubito bronceado! Alabaster, furioso, contiene todas las palabras que quiere dirigir hacia ese pescadorzuelo, cerebro de pez. ¿Cómo es posible?

–¡No puede ser! ¡Él! –Exclama, enfadado. ¿qué es? ¿son sus músculos? ¿su cara y su sonrisa boba?

–Tú podrías haberle sacado partido a tu atractivo elegante, pero tu expresión es demasiado seca y despectiva. Esto es grave, Alabaster, pero los capitolinos te temen –informa–: tus ojos no les gustan. Quieren verte jugar, pero… no sé si querrán verte ganar. No gozas de muchas simpatías entre el resto.

Que teman, piensa Alabaster, que teman al que les quitará todos sus absurdos derechos, al que volverá sus cabellos del negro, rojo o rubio original, el que distribuirá su poder adquisitivo para todos. Que teman, que teman, que sigan temiendo. Pero no puede dejar de pensar en niñas histéricas gritando el nombre horrendo y sumamente clásico de Ryan Connolly ¡cuántos Ryan había en el mundo!... ¡Y cuántos Connolly! Piensa en eso y le invade la furia. Estúpidos.

Y descubre que todavía no le pueden temer. Si le tienen miedo, harán algo con él en la sala de control. ¡Ya se le estaba pegando la insensatez del resto! ¿Había olvidado que la arena es controlada por vigilantes? Al parecer sí, piensa, porque no tuvo ese factor en cuenta. Si no le gusta a los capitolinos, le enviarán un animal mutante o alguna cosa desafortunada le hará desaparecer, o bien apoyarán a Connor Edgeworth si tiene que matarlo. Maldición, se había adelantado. Su expresión hosca y fría, su semblante letal, tiene que fundirse por el momento. Odia equivocarse. Lo odia.

–Enséñame a… enséñame a no darles miedo –ordena, con sus rubias cejas fruncidas y los dientes apretados.

A Christian Stark le brillan los ojos, Alabaster sabe que ha ganado, ese estúpido perro faldero del Capitolio se ganó por fin su cooperación. ¿Qué se le va a hacer? Lo necesita. Stark será todo lo imbécil que Alabaster piensa –y lo tiene por alguien muy, muy imbécil–, pero que se ha ganado las simpatías de los capitolinos e incluso de los demás distritos es innegable, al mantener una relación con un vaquero.

–Báñate primero, y nos vemos en el saloncito –Cristian se pone en pie ágilmente–: créeme, Alabaster, que no me gusta verte en cueros. Estás demasiado delgado.

–Tsk… –eso le recuerda a esa chica de tan mal gusto, que había insinuado algo parecido. ¿Qué se le iba a hacer? Christian Stark tiene como pareja a un sujeto enorme y con mucha masa muscular, y esa otra quién sabe. No aprecian lo bueno, ya está.


Habían entrenado con Christian durante horas, y de paso ambos terminaron enterándose de lo que les interesaba. Christian terminó sabiendo que su alumno había llegado más lejos que ningún otro profesional, asesinando a un avox frente a los vigilantes, y aunque se enfureció ostensiblemente, al punto de querer darle un puñetazo –el especial "psicópata de mierda, deja de hacer crueldades" marca Jerry Stark, habría dicho el padre del joven vencedor, el cual le maltrató en su momento–, nada le dijo, a excepción de un "bien", pero terminó por extrañar mucho a Lev, teniendo en frente a ese joven. ¿En qué demonios se habían metido al dejarle presentarse como voluntario? En la academia parecía solitario, cierto, de aquellos que solo hablaban con sus compañeros para entrenar con ellos, no se le conocían amigos, ni novio o novia, sus padres habían desaparecido y solo estaba él, pagando la academia con el dinero heredado, un caro reloj en la muñeca y un semblante casi apagado.

Ya no parece apagado en absoluto. Christian le había visto, brillantes los ojos azules, oyéndole (oyéndole de verdad, no fingiendo que lo hacía pero pensando en sus cosas), sobre Connor Edgeworth y lo que se decía de él, que le tenían por finalista; Dahlia Fey, al parecer, tenía una relación o algo extraño con su mentor, Ray Bashet, el Martillo, vencedor del año 24. Christian conocía al Martillo, claro está, en fiestas y juntas de vencedores, y sabía qué se decía de él: si no moldea a sus tributos los rompe. Al parecer, le había comentado a Alabaster, la chica era su alumna predilecta, dura y letal, pero no la dejarían voluntariar por algún lío que Stark no entendía. Por eso, cuando fue cosechada, no despreció su oportunidad.

–Qué interesante –había dicho Alabaster, con una sonrisa tensa. Su tono sonaba inmensamente forzado, pero al menos era capaz de hacerlo.

–Un poco menos palabras a tu sarcasmo, por favor –había bromeado el mentor–: probemos con otra cosa. Ryan Connolly es el más atractivo, entrena en la academia desde los 10 y tiene una novia en casa, una chica de diecisiete. Las capitolinas lo adoran.

–Qué interesante –repitió Alabaster, manteniendo su sonrisa enorme, forzada, más parecida a una mueca, pero tenía la pinta de poner todo su empeño en parecer amable.

–Por ahora está bien –Christian suspiró, agotado, en ese entonces llevaban dos horas de enseñarle modales al chico–: ahora, tu ángulo y lo que vas a decir…

Habían quedado en que no hablarían sobre la muerte del avox. Christian no creía que fuese ventajoso para Alabaster comentar algo así, por no decir que las pruebas siempre se tenían en el más absoluto secreto. Además, le dolía y jodía reconocerlo, claro, pero ¿Y si Lev se enteraba de que su chico era un raro sin sentimientos capaz de asesinar a un avox? Christian cumplía con el rigor supremo de no mirarlos a los ojos ni hablarles, era ley después de todo, y no tenía relaciones con ellos, pero sabía que a Lev, de los distritos pobres y con otra mentalidad, no le iba a parecer bien. Su novio se la pasaba presumiendo de su chica, él no la llamaba su tributo ni su alumna, era su chica. Que si lista, que si educada, que si fría pero buena, que si la mar en coche. Cuando el bruto raro que tenía como alumno les saliera con que había asesinado a un sujeto con una puñalada en el pecho… no, no, no.

Hablaría del Río de la Plata en su distrito, ya que tanto le gustaba, diría cuánto le fascinaba mirarlo, quedándose horas en dicha contemplación. Eso estaba bien, decía Christian, le daría un aura romántica. Lástima que cuando hablaba, parecía tan romántico como una piedra… pero era lo que había, al menos consiguió ganarse al chico. No esperaba que pasase algo así un par de horas antes de la arena…


Clarissa Carmichael muere de hambre. Había estado cuatro horas con la escolta, con la que había repasado eso de caminar, sentarse, moverse y hasta su acento. Ella era del sector pobre del distrito 1, sus padres pagaban la academia profesional con mucho esfuerzo, y Doria Pinker, la escolta, decía que eso se notaba. La pobreza de distrito se notaba. Clarissa le había dicho que debería comerse sus palabras porque cuando ella gane, no habrá quien sea más rica que ella, además de los otros vencedores, y que ser rico no lo es todo en la vida. Ella, rodeada de amor de sus tres hermanos mayores y sus padres, con dos amigos maravillosos y la mitad del distrito apostando y suspirando por ella –la otra mitad querían a Alejandría Marsh, maldita fuera su estampa–, en fin, Clarissa siempre había sentido que no le faltaba nada.

Y lo sigue pensando, mientras come una enorme hamburguesa. Se relame, feliz, con los pies doloridos de caminar con tacones y la espalda un poco tensa por la postura. Solo come, pensando en la reunión próxima con Pyra Summerplatte, y en su 10. No es la mejor nota de los profesionales, claro, Connor había demostrado de sobra que era el líder poniéndose a la cabeza con un brillante 11, cosa que ella respeta y admira. Sería su lugarteniente en la alianza, claro, hasta tener que enfrentarse. Y también está Alabaster…

–Buenas tardes, Clarissa –dice una voz exageradamente amable, dulce como la seda.

–buefas tadfes –con la boca llena, la chica está saludando, mirando hacia la persona… y sus ojos oscuros se abren de sorpresa–: ¿Far…Faraday?

Alabaster Faraday, vestido en un buzo negro, con su pelo repeinado y una sonrisa enorme y deslumbrante en su cara, la mira a los ojos con lo que aparenta ser cordialidad, pero no lo es. hay un fondo frío, por supuesto, ese fondo de "no me interesas en lo más mínimo, tsk…" pero engañará a los capitolinos. Esa sonrisa… esa sonrisa demasiado gigante, demasiado falsa. Clarissa se echa a reír.

–Creo que la preparación con Christian ha ido bien –le comenta–: me alegra eso. Mejor para nosotros. ¿te quieres sentar a comer algo?

–¡Claro! Genial –dice Alabaster, manteniendo la sonrisa, y acomodándose junto a Clarissa.

Es mentira, por supuesto, la odia. Es berrinchuda, antipática, exagerada y estúpida, eso sobre todo, brutal y supremamente estúpida, pero pretende practicar todo lo conversado con Christian para que no le tengan miedo. Lo bueno de Clarissa, sin embargo, es que le conoce lo suficientemente bien como para saber que aquello es un ángulo, que quiere borrar las malas impresiones o ayudar a la alianza, como lo desee ver, pero no le habla más, ni le obliga a sonreír. Menos mal, piensa, porque ya le estaban doliendo las mejillas. Es tan difícil, piensa… tan difícil.

Alabaster come poco, siempre había sido así, y Clarissa mucho, pero ella es hiperbólica en sus quehaceres, la recuerda de la academia, además de lo dicho por Christian Stark. Ella, igual que Connor, estaba barajada como finalista, por ser capaz y competente. No Alabaster, claro. El Capitolio sabe que a Alabaster no lo iban a dejar vivir por inquietante, quizá los tributos o los vigilantes. Qué sorpresa se iban a llevar…

(Alabaster Faraday)

La voz vuelve, después de un silencio. No es una alucinación, constata, no la oye realmente, solo la recuerda. Alabaster Faraday, el asesino de un avox, el traidor, pero, a la vez, quien comenzaba a escalar desde la nada de los distritos más absoluta para convertirse en algo mejor para todos. Al día siguiente comenzaría su carrera, y mucho podía salir mal, sin embargo… una sonrisa se le forma en los labios mientras come, pensando en todo cuanto podría salir bien.

–¿Y esa sonrisa? –Pregunta Clarissa, curiosa, terminando su hamburguesa–: me está perturbando un poco verte sonreír tanto, ¿sabes?

Alabaster sonríe un poco más ampliamente, cordial… o intentándolo.

–Pensaba en nuestra alianza –dice, con su acento practicado como por una hora, más suave–: me alegra poder ayudar.

Clarissa, esta vez, también sonríe. A Alabaster le da un poco de pena, le cae mal y ha pensado en atesorar el señor momento en que tenga que clavarle una flecha en el corazón, pero aún así. Ella no merece estar pasando por esto. Nadie lo merece, nadie, ¡maldita sea!

–Eso, hay que hacerlo todo por el bien de la alianza, y más con esos idiotas que pretenden acabar con nosotros –dice, convencida.

Ilusa. Esa alianza no es el verdadero enemigo, es el Capitolio, claro, la entidad opresora. Pero tiene un enemigo más cerca, justo al lado. La sonrisa del enemigo destella con dientes blancos y mejillas pálidas, la sonrisa del enemigo tiene un mechón de pelo ensangrentado como macabro adorno. Siempre estaría allí.


Sunny se queda parada en el filo de la puerta sin hacer ruido. Allí está él, sentado en la mesa, intentando comer, con lágrimas rodándole por las mejillas silenciosamente. Llama en su auxilio a las ofensas del día anterior, las palabras desagradables y las miradas despectivas, y vienen, por supuesto, pero no sin antes recordar cuando se subieron al tren, a ese mismo chico desagradable y violento, mirando por la ventana con una gorrita de bebé en su mano y los hombros temblorosos por el llanto.

Odia ser tan blanda, más en un mundo hostil como aquel, pero lo odia en general. No quiere sentir pena por Robert Halloway, llorando e intentando tragar para maximizar sus posibilidades de salir con vida y ver a su pequeña Rosana. Pero la siente, se le clava con fuerza en el pecho cada lágrima vertida y…

–Suny –murmura, con la voz tomada, pero de pronto se le quiebra algo más–: Sun, ven por favor.

Sus ojos azules, algo enrojecidos, la miran fijamente. Ella está obedeciendo, faltaba más. También necesita comer. Está nerviosa, no quiere pelear, odia el conflicto y le teme además. No es como con Thomas, la burla sana y el debate continuo, esto es grave. Ellos son enemigos.

–¿Qué sucede? –Pregunta.

Robert toma un poco de jugo de manzana y sigue mirándola, mientras ella se sienta frente a él. No quiere tener miedo, ni desconfianza por una pelea. No quiere odiarlo, aborrecerlo, no quiere recordar el cómo la llamó puta.

–Sabes… siento mucho haberme enojado contigo así, ¿Vale? –Robert sorbe los mocos–: Me caías bien, eras una tía legal y yo me… me comporté como un tonto.

Se queda callada, no tiene demasiado que decir. Es verdad, se comportó como un tonto. Desde que se enteró de su amistad con Thomas Rocheford, no paró de dirigirle miradas despectivas y comentarios envenenados, hasta el desenlace final. Sin embargo ella no puede decir que se comportó diplomáticamente durante el altercado…

–Así y todo, yo no he… quiero decir, tú no me conoces, pero en realidad mi amistad con Thomas…

–Me cuesta verlo –Robert se pasa una mano por el pelo castaño–: me cuesta, verdad de la buena. Él, y toda su familia incluyendo al viejo gordo del alcalde, son unos… pero no quiero hablar de eso, sabes… seguro que uno de los dos muere mañana y no quiero…

–…que nos vamos enojados por algo así, sí –Ella lo entiende, puede empatizar con ese sentimiento, sentirlo por su cuenta incluso–: lamento haber metido a tu niña en nuestra discusión, en serio lo lamento.

Por no decir que la chica no tenía nada que ver con el tema, pero, enojada y sin pensar las cosas, Sunny le había tirado por la cara que había embarazado a su novia y que era un estúpido por eso, y él estuvo a punto de darle un puñetazo. Parece leerle el pensamiento.

–Agradecí tanto que Andryushin me detuviera, en serio que a veces no sé lo que hago… –Robert se mira las enormes manos, avergonzado–: quería disculparme contigo, sé que no arreglará nada pero…

En parte sí, piensa Sunny. En parte lo arregla. Porque ayer noche, ella se acostó pensando en su enemigo, en todas las palabras horribles que ambos habían dicho. Clarissa Carmichael, Lanna Peters, Robert Halloway, Gaspar Andryushin… desde que se subiera a ese tren no había parado de arruinarlo todo, terminando con el distanciamiento con su compañero. Intenta repartir de forma equitativa las culpas, sabiendo que, si bien tiene algunas, no todas. Y además, ¿qué más da? ¿cuántas veces le habían pegado sin una disculpa siquiera? Al menos él…

–Arreglado, si tú quieres –dice ella, con una sonrisa muy ligera.

El joven también sonríe, pero está triste y aún tiene rastro de lágrimas en sus mejillas. Ella no lo culpa. No se pondrá a comparar quién tiene más que perder, pero es obvio que Robert cuenta con más responsabilidad

–Odio esto, Sunny, te juro que lo odio –suspira, volviendo a mirar sus manos–: no sé qué mierda hacer, Gaspar dice algo, Sabrina otra cosa, Milaryon otra…. Yo solo sé que quiero que esta mierda de juegos se acaben por fin.

Su compañero no está pensando en volver, en pasar sobre los cadáveres de todos para alcanzar su casa de nuevo, solo desea que esto se acabe. La chica se siente un poco culpable, porque si bien los juegos no le agradan, ha disparado contra un maniquí, ha abandonado a una chica ciega a su suerte, ha visto el brillo rojo en el pelo de Alabaster Faraday y ha pensado…

–Yo también quiero que se acabe –dice ella, con resignación–: pero no se acabará.

Robert se encoge de hombros, comiendo con desgana. Las cosas no volverán a ser como antes en estas últimas horas que les quedan antes de la arena, ella lo sabe, ya no será Sun para él nunca más, lo entiende. Pero, al menos, sabe que no tendrá un enemigo más tras sus pequeños pasos.

Ya le sobran, vamos.


Sunny piensa que las puertas del Capitolio detestan cerrarse, pues la de aquella sala, tal y como la de las sesiones privadas o la de su propio cuarto, se demora una eternidad en juntarse con el marco para por fin sellarse. Una música de violines resuena en el ambiente, es bastante relajada e invita a oírla con deleite. Los ojos de ambos se encuentran, el marrón contra lila, esa antipatía mutua es tan intensa que hasta se puede oír, y no sonaría tan suave como aquella música. Sunny se queda apoyada en la puerta cerrada, más desafiante que atemorizada. Había llegado el momento que estuvo temiendo y deseando la mañana entera, el choque de voluntades que le hacía experimentar algo distinto al miedo o la indefensión.

–Pasa –el escolta dedica una sonrisa cortante–: de aquí a cuatro horas, tendrás que hacer lo que yo te diga si quieres tener una buena entrevista.

Las cejas de Sunny se arquean, sus ojos y boca se abren, ya no luce impávida ni se siente así. Gaspar, más que cualquier otro de los presentes en aquel piso, saca de ella emociones que intenta mantener en el fondo de su pecho, y ninguna es agradable.

–Lev me dijo que debíamos llevarnos bien, y que no perdiésemos el tiempo en nuestras discusiones tontas –Dice Sunny, recordando a su mentor por la mañana. Avanza unos pasos, el aroma a limón y la música de violines la preparan para olvidarlo, olvidarse.

–Lev es un idiota y no nos entiende –Andryushin revuelve su pelo oscuro, para darle una expresión desenfadada–: ven, siéntate a mi lado.

Sunny se sienta con recato, levantando ligeramente su falda al modo en que había visto hacer en el Capitolio.

–Párate. De nuevo. No tan exagerado, queda mal.

–Las máscaras de caballo también quedan mal –pero, sin embargo, se levanta y lo hace de nuevo. Tres veces más hasta que él queda satisfecho.

–Las máscaras de caballo no son parte de mí, tus modales sí –Contraataca–: no te abraces a ti misma. Quedas como una niña insegura.

Sunny descruza sus brazos, dejándolos a los costados.

–No dejes tus brazos a los costados. Parece como si no supieses qué hacer con ellos.

–¿Entonces qué hago con mis maldi… con mis brazos?

–Oh, estás enojada, eso es. –él se ríe–: entrelaza las manos, así.

Sunny entrelaza sus manos en el pecho, con recato. Sonríe burlonamente hacia él, porque sabe que lo ha hecho bien. Todavía está nerviosa, claro, pero a la vez solo tiene en su cabeza aquella batalla, el instante en que Gaspar y ella luchan y se odian.

–No sonrías así, pareces insolente –regaña.

–¿Por qué no puedo parecer insolente? Es la moda aquí, ¿no?

–Si quieres ser moda, adelante… –el escolta la desafía con esa afirmación. Se inclina un poco hacia delante–: siéntate derecha. Más recta. Más relajada. Con menos desidia. Eso. De nuevo. Así.

Se la pasan alrededor de una hora repasando gestos y modales, pinchándose el uno al otro, odiándose, despreciándose, detestándose. Sunny termina colorada y Gaspar se ha mordido la lengua y los labios para no decir todo aquello que querría soltar, aunque el veneno se le escapa igualmente. Camina con tacones y se tropieza cinco veces, él tiene que darle el brazo y eso la hace sentirse menor, mas se las arregla para recordarle lo bajito que es y preguntarle si trabajaba como escolta para que una vez al año, una chica le tomase del brazo al menos. Eso hace que él, por un segundo, rumie en silencio.

–Pequeña desgraciada –le dice, aún con la leve presión de su manita en el antebrazo.

–Maldito sádico –responde ella.

Gaspar se echa a reír, dejándola caminar sola. Ella lo consigue, aprende rápido. Es más, iba adelantada, porque al menos no le tuvo que enseñar a hablar como la gente. Educar a Robert Halloway había sido como hablar con la pared. Salvo que la pared no le decía groserías, claro.

Gaspar Andryushin resulta ser un maestro de la etiqueta, y en escasa hora y media, hace de aquel animalito de distrito lo más parecido a un ente civilizado que puede. El vacuno joven había adelantado bastante, claro, pero él ayudó. Con sus siete años de escolta, había hecho llorar a seis jovencitos y cinco jovencitas en la primera fase, pero Sunny no había sido una de ellas. Tampoco Lev Abercowney. Se pregunta si Fabian Galton o Sabrina Callahan sí lo hubiesen hecho… supone que no. para ganar los juegos hay que tener fuerza, más allá de un par de puños enormes.

Es por eso que Robert Halloway va a morir. Gaspar lo sabe seguro.

–Bien, entonces supongo que puedo irme –la chica se calza las bailarinas negras que llevaba antes de ponerse los tacones–: hasta…

–Todavía queda algo más –Gaspar había guardado lo mejor para el final, se relame de gusto–: vamos a ensayar tu mejor cara de enamorada. Anda, mírame como si fuese tu tocino con patas.

Sunny, que ya estaba con la sangre caliente, salta en seguida.

–¡Otra vez con eso!

–Otra vez con eso –repite él–: hazme caso, chica, como en todo lo demás.

No, simple y sencillamente no. no convertiría su amistad en portada de lo que sea que leyesen en el Capitolio, no se humillaría diciendo que deseaba ganar los juegos para tener más dinero y estar con Thomas, no vanalizaría de tal forma su amor. sobre todo, no le daría la razón a Gaspar Andryushin por nada en el mundo. Ella, reservada al punto de no hablar a nadie de Thomas hasta que se vio obligada a enviar la carta, ¡se moría de vergüenza al imaginarlo!

–¡No! Con Lev tenemos hecho mi… ángulo, dijo que tenía que ir de misteriosa y…

–Bueno… si no lo haces, te diré lo que pasará –la interrumpe él, acercándose más a ella–: abre bien esas orejas y escúchame con la cabeza y no con el pecho. En el improbable caso de que seas vencedora, y créeme que lo veo muy improbable, todo el mundo te la va a meter.

Sunny le mira, perpleja, pero de pronto pasa y se pone a reflexionar sobre el tema.

–¿es una metáfora? –Termina preguntando, le parece lo más lógico.

Gaspar se echa a reír, de nuevo con esa risa in crescendo que la noche anterior había aparecido en sus pesadillas. En ella, Alabaster Faraday le disparaba en el pecho con su arco, y mientras ella moría, la risa de su escolta sonaba en sus oídos… vuelve a escucharla esta vez, pero es real. Se le pone de punta el vello de los brazos y del cuello. No puede creerlo. Simplemente no lo puede creer. Necesita pruebas, al menos unas pocas para corroborarlo con cierta seguridad.

–Ni… metáforas, ni mierdas –ríe él, escupiendo un poco de saliva por las carcajadas. Una gota le cae a Sunny en el brazo, y se la limpia mecánicamente–: alguien con mucha pasta y fetiche por las chiquititas, planas o simplemente por las vencedoras. Alguien que hable con las personas indicadas, con los gobernadores, la presidenta… o qué sé yo, no tengo idea. Nunca lo hice. Sólo sé que la amiga de un amigo pagó 2500 capitols por tener a Ray Bashet tres días. Tres jodidos días dale que te pego con Ray Bashet el Martillo.

(tres jodidos días con Ray Bashet el Martillo)

(dale que te pego tres jodidos días con)

No puede ser. ¿por qué? Se pregunta Sunny, clavándose las uñas en las palmas de las manos. ¿por qué? ¿No iban a jugar a muerte? ¿no iban a matar personas? ¿No era ese el castigo? ¿hacia dónde iba el dinero? ¿por qué? ¿Qué pasaba si uno se negaba? Una persona práctica como era, esa última pregunta era la más importante. ¿acaso una podía negarse? Venía después. ¿es posible decir que no, gracias? Por alguna razón, aunque la revelación fue sorprendente, sabe que eso último no le sería posible, ni a ella, ni a nadie.

¿Y si es una broma de Gaspar? ¿Una de sus chanzas? Puede ser, a él le encanta gastarle bromas, como en el tren, cuando se burló de su modo de hablar, o como cuando le dijo que había hecho apuestas por su muerte… pero, aunque sonriendo, no le había dicho ¡inocente, inocente! Ni nada de eso. Solo sonríe. De nuevo el molesto temblor en su cuerpo, otra vez la desesperación anidando en el pecho, la invaden. ¡Está harta de sentirse desesperada!

–¿Cómo Lev no…? –La voz se le atraviesa en la garganta, así que carraspea–: ¿cómo Lev no me dijo nada?

El escolta menea la cabeza, con una mueca de fingida tristeza. No puede ser. Lev le habría advertido, ¿no? O Sabrina, piensa. Ganar no es tan genial como suena, no vas a poder abrazar a Sammy y dormir con Thomas todas las noches, porque algunas vas a tener que pasarlas en la cama de capitolinos que van a pagar. ¿Cómo no…? y en seguida sabe por qué, antes de que Gaspar se lo diga.

–Vamos, chica ¿te darían ganas de jugar y hacer todo lo que tendrás que hacer si sabes que cuando vuelvas vas a tener que tragártelo todo? –Pregunta él, pero es retórico–: particularmente Lev, él… bueno, no ha conseguido traer a nadie, pero nunca…

–Lev nunca me dijo… –Sunny repite, en trance, pensando en un capitolino de pelo multicolor usándola. Siente asco, rabia, impotencia, dolor y todo eso junto–: ¿a él lo…? ¿Venden?

Gaspar se encoge de hombros.

–Yo creo que al principio sí –reconoce–: imagino que muchos y muchas habrán querido tener ese cuerpazo fuerte. Pero cuando se enredó con ese profesional… bueno, a la gente le gustó. Cada vez que abro el periódico con alguien, y aparecen ellos… se oyen ruidos enternecidos. Gustan.

Ella sigue temblando, un sinfín de imágenes horribles desfilan por su cabeza. Siente las lágrimas picándole en los ojos, e intenta aguantárselas con todas sus fuerzas, apretando los párpados. Se pregunta de qué sirve, entonces, esforzarse y ganar. ¿alguna vez iba a volver a ser Sunny Tyson? No, se responde, no. luego sería la vencedora que tendría que ir a fiestas y saldría en el periódico, tendría que mentorear a otros chicos, ¡Ya ni siquiera pastorearía ovejas nunca más! Y su relación con Thomas, sus proyectos de ser suya, él el primero que le hiciera el amor, cómo había fantaseado…

(se ha roto) tiene que ser mentira, piensa, pero no lo es, Gaspar no ganaría nada en mentirle. Si a Lev no lo venden ahora, es porque su relación con Christian gusta demasiado como para eso. Tiene que conseguir que su relación con Thomas, el hijo rico y gordo del alcalde, guste también. Que se sientan enternecidos, que los amen, por si llega a volver. Ya no por entretener al Capitolio con una historia truculenta sino por y para ellos. ¿Será suficiente? Se pregunta, con el corazón latiendo lento y pesado en su pecho, el estómago agarrotado de dolor. Vendida, piensa. Vendida y exhibida. Con muchos. Con tantos. Ni siquiera en sus ensoñaciones más dramáticas se le ocurrió.

–Ha ganado –murmura, impávida. Tiene los labios secos y las mejillas calientes, pero los dedos fríos. Toda la sangre se le fue al corazón, piensa.

–Has perdido –Gaspar sonríe–: te aseguro que lo que te dije es verdad, pero igual me hace ilusión cortarle la cabeza a la reina negra.

–Gaspar.

–Dime.

–Como diga una palabra más sobre eso, volveré a abofetearlo.

Andryushin le dedica una sonrisa ladeada.

–Nada me va a quitar la ventaja, ni aunque me des quince de esas. Te gané. Has perdido. Jódete, mocosa petulante y rara. Te gané.

Sunny contiene las ganas de abofetearlo, sabe que es lo que él espera en el fondo. Se levanta, dedica una sonrisa que espera parezca enternecida, aunque no lo es, y una mirada húmeda llena de amor, pero más se asemeja al odio.

–Voy a volver, aunque solo sea para fastidiarle –repite.

Y sale de la habitación, todavía oyendo los violines, con los pasos cadenciosos que él le había enseñado. Gaspar, ya solo, ríe hasta que se le saltan las lágrimas. Adora su trabajo.

Sunny, en su habitación, tiene un segundo para recomponer su expresión rota y herida. Abraza su corbata negra, que aún conserva el olor de su amor, y se repite vendida, vendida, vendida al Capitolio mil veces. El corazón se le rompe, pero no llora, no ahora, no cuando falta tan poco para jugar sus cartas.

"¿Y qué? Puede que ni siquiera ganes", se dice, con una voz bastante parecida a la de Gaspar. Siempre habla con voces en su cabeza, y esa es la voz que la fastidiará… que la joderá, en palabras de Robert.

No sabe si eso es un consuelo o no, de todos modos. Prefiere ser vendida pero estar viva, piensa. Vendida pero viva.


Nota:

Sufrí mucho porque se me borraron dos páginas de este capítulo, pero prefiero por lejos este resultado, lo otro no había quedado tan bueno. Si alguien tiene curiosidad de cómo era en realidad cierta cosa, me pueden preguntar.

¡Y Hala! Sunny y Alabaster perdieron algo ahora.

Dos capítulos para el baño de sangre, entrevistas (Thomas Rocheford, que ya lo hemos olvidado al pobre) y lanzamientos, con sunnybaster.

¿a quién le gustaría ver metiendo la cuchara en estos minipovs? Me refiero a las apariciones que hicieron Christian, Clarissa y Gaspar.

Adiosín, Reyes y Reinas.