Dedicatoria: A Rebequita linda de mi corazón rojo. Gracias por leer la carta, darme tu visto bueno y los ánimos.
Capítulo 15. De su puño y letra.
-Terminan de cenar. A su diestra, la presencia reconfortante de Lev le sirve de compañía, y Gaspar a su siniestra, comiendo con elegancia una enorme porción de helado de fresas, cumple idéntico fin aunque ninguno lo quiera. Sunny, desde que perdiera, no mira al escolta a los ojos ni cae en las diversas provocaciones que le ha lanzado. ¿Para qué? Ya hizo lo que quería, o casi. Además, falta tan poco para que los Juegos den inicio… no quiere pasarse la última noche de seguridad discutiendo por tonterías.
El tema de conversación es, cómo no, las entrevistas. Felicitan a Sunny por su desempeño, Loic afirma que lágrimas han rodado por sus ojos cuando oyó tan hermosa y triste canción, para escándalo de Bonnie, que por lo ruda que es la chica duda que llorase por nada. Sunny agradece las felicitaciones con su expresión impávida, le gustan los halagos y más cuando los merece pero aquello le sabe mal. Al final, Gaspar Andryushin terminó llevándola por donde quería.
Evidentemente, sabe que ese sentir es tonto. El público capitolino enloqueció con ella, había algunas pancartas con su nombre, y su traje de las entrevistas quedó como el tercer favorito de las chicas. Es consciente de que, a la larga, el escolta le hizo un favor al ordenarle exponer su relación con Thomas. Pero… ahí estaba ese pero. El pero que le hacía apretar los dientes con rabia toda vez –por mínima que esta fuera– que se veía obligada a aceptar un poco de comida de Thomas. O incluso cuando debía pedir ayuda de cualquier otra índole o depender de alguien.
Lo odia.
–Recomendaría, o bien que vayan a descansar, o bien que analicen entrevistas, desfiles y puntuaciones –dice Sabrina Callahan a sus dos tributos.
–Quería luchar con Lev un rato –pide Robert.
–No te lo aconsejo, es mejor que tu cuerpo esté lo más descansado posible –el joven de los rizos negros niega con la cabeza–: ya entrenamos todo lo que hemos podido y pareces cansado.
Robert sabe que el vencedor está en lo cierto, pero tiene ganas de hacer algo más. Todavía en su traje blanco de las entrevistas, lanza una mirada a estilistas, equipos de preparación, a los vencedores, a Gaspar y por último, a Sunny, aún en su vestido negro y con el collar ceñido de cuero. Esa mirada un poco rabiosa pero en el fondo, no mala, le recuerda a su madre en casa.
–Vale, me voy a intentar dormir… si es que puedo –la última pausa es elocuencia pura, y mira a Sunny al decirla. Ella le da la razón ¿dormir? ¿Después de todo en lo que hay que pensar?
El joven se pone en pie, acercándose a Sabrina en un par de zancadas. Le da un beso en la mejilla, pero ella le sorprende con un abrazo. Robert, que no se lo esperaba, la envuelve entre sus brazos con fuerza y la chica ve un par de lágrimas brillando en sus ojos azules.
–Gracias por todo –el chico tiene la voz quebrada–: Y por favor…
Sabrina Callahan asiente con la cabeza. En su rostro no tan joven hay una expresión de dolor.
–Le echaré un ojo a Rosana, sí –le promete ella, estrechando la enorme mano de su tributo en las de ella–: descansa, Robert.
Él se relaja, y se despide del resto con la cabeza, incluso de Lev, con quien no se había llevado del todo bien hasta entonces. A Bonnie no la besa en la mejilla por ser del Capitolio, seguramente, mas se acerca a Sunny y le pone una mano en el hombro. Es gigante, cálida y por primera vez, la reconforta en lugar de asustarla.
–Sé que no te gustan los abrazos, ni vainas de esas –Robert habla con emoción–: así que no te los doy. Yo… bueno, chao. Nos vemos en la arena.
Sunny piensa que mejor no, él estará acompañado por una enorme alianza temible, mientras que ella, sola, tendría que hacerle frente a cinco sujetos persiguiéndola. Una imagen muy vívida la acosa entonces, ellos con los ojos brillantes, gritando "¡Está ahí! ¡Atrápenla!" Se estremece de solo pensarlo.
–Te deseo mucha suerte –el tono artificial y prefabricado casi ha abandonado su voz–: cuídate… cuídate de tus enemigos pero también de tus aliados.
Robert le aprieta el hombro por un segundo.
–Vale, gracias –sonríe él–: y tú también. Recuerda lo que dijo Lev, sal del baño de sangre cagando leches. No tienes nada que hacer ahí.
Y allí están ellos, aconsejándose, preocupándose por el bienestar del otro en lugar de desearse la muerte para poder volver. ¿Qué se le va a hacer? Piensa, orgullosa de ella misma y de Robert. El Capitolio jamás podrá quitarles la humanidad que les queda, podrá despojarles de los recursos, de su dignidad y lo que quieran, pero nunca harán que se pongan tan en contra del otro como para esperar sinceramente que su compañero muera.
Robert le quita la mano del hombro y se gira para marcharse. Sunny siente ganas de algo, quizá darle un abrazo, acariciarle el pelo, algún contacto de esa índole que ella solo comparte con su hermana Samy, pero el momento pasa y el andar del chico se deja oír por el suelo de lustrosa madera. Sunny se queda por un segundo mirando su enorme espalda perderse de vista, y lamentándose por no haber sido capaz de mostrarle un ápice de afecto corporal, al que Robert es tan asiduo.
No lo vuelve a ver con vida.
"El que escribe lee dos veces", había escuchado, o leído, Sunny Tyson en algún lugar que no consigue recordar. Así que allí está ella, anotando las puntuaciones de cada tributo, luego de escribir sobre sus trajes en el desfile y sus expresiones, sus formas de saludar, las sonrisas falsas o no que dirigieron al Capitolio, entre otras cosas. el chico del 9 sigue sin gustarle, de hecho, después de anotar lo más importante de su entrevista, le agrada menos que nunca, pero, para suprema frustración de Thomas Rocheford, que en aquel mismo instante se halla mirando Marte desde la ventana de su cuarto, no cae en cuenta de nada acerca de Mikah Odair. Mala suerte.
El reloj marca una hora tardía, pero Sunny no tiene sueño, todavía le quedan cinco entrevistas de las que sacar información importante. Ya cuando vio los desfiles, se preguntó si tomaría a Robert como otro enemigo más, barajando posibles debilidades y recordándolas. Al final, fue el sentido común y su pragmatismo los que le dijeron que en efecto, Robert era su compañero de distrito pero también debía cuidarse de él, por dos sencillas razones: la rabia lo perdía, ya lo había demostrado incluso con ella, y estaba demasiado entregado a su alianza y al chico del 9.
Los pasos de alguien se dejan sentir, mientras la voz de Sunny Tyson, por la televisión, canta sobre la estrella carmesí. Ella alza sus ojos fatigados y ve a Lev, que al parecer intenta no hacer ruido, pero es difícil considerando su enorme corpachón. Sonríe avergonzado cuando ella le mira.
–No sabes lo raro que es ver a una chica del 10 tomando notas así –dice, sonriendo–: Jason Green me comentó que más parecías de su distrito.
Es el mentor del distrito 3, bajito pero muy fuerte. Su edición es recordada por ser algo violenta, no necesariamente por él, aunque bien que repartió puñetazos cuando tuvo que hacerlo.
–Si nos guiamos por estereotipos… él tampoco es muy representativo del 3 –comenta ella, mientras la Sunny de la televisión canta que en su sueño lo verá. A su amor, claro.
Lev se sienta a su lado, mirando de reojo las hojas con notas, de puño y letra de esa niña bajita que aún luce su vestido negro. Hasta tiene los labios rojos, todavía. Gaspar le había tomado muchas fotos en las entrevistas, y tuvo la suficiente rapidez como para grabarla cantando. Lo hace con todos los tributos que le interesan, eso Lev lo sabe. Tiene su cuarto con fotografías de él mismo, pero solo en su corta temporada de tributo, cuando conservaba los dos ojos y las cicatrices de su espalda eran bastante visibles, además de intacta su inocencia. Sin embargo, de Lyra Bishop no conserva un ápice. Tampoco de Robert, supone.
–¿Por qué cantaste? No era algo que hubiésemos hablado… –él duda un poco, mientras Robert Halloway se dirige al plató con semblante furioso. Sunny pausa la grabación para no perderse nada.
–Porque el ángulo de chica enamorada de alguien de mi distrito me lo habían ganado –responde, frotándose los enormes ojos con sus manitas–: Collie Rush, la chica del distrito 7. Era algo parecido a lo que yo misma planeaba hacer, sacar a Thomas… en cada conversación, pero ella se me adelantó. No podía dejar que me recordaran como otra chica enamorada más. Así que pensé a toda velocidad qué tenía yo que a las otras parejas enamoradas les faltaba… mi voz fue lo único que se me ocurrió. A Thomas ni siquiera le gustan las canciones.
Ambos se ríen, ante eso. Lev puede imaginarse al rubio y enorme Thomas Rocheford, a quien solo conoce de vista, tapándose los oídos exageradamente al oír a su amiga cantando. Sabe que es su amiga y que el sentimiento es correspondido, o al menos que algo le importa. Tiene la prueba, una carta escrita de su puño y letra para Sunny. Se la había escaneado Fabian Galton, su compañero, y recién le llegó al correo durante las entrevistas. Tuvo que recurrir a todos sus encantos para que Jason Green, un amigo vencedor, le prestase una impresora. Por suerte, ahora la tiene en su poder, pero pronto no lo estará más.
–Gaspar… es raro, pero cuando gané… bueno, me di cuenta de que sus consejos tenían sentido al final –Comenta Lev tentativamente.
–Sí –los enormes ojos de Sunny, destellan–: a mí también me sirvió lo que me dijo. Porque si no hablaba de Thomas y ganaba, me van a prostituir.
Lev siente un escalofrío ante el tono seco de su chica. Luce… esa palabra que había definido Gaspar, que no reacciona ante un estímulo para el que sí debería haber reacción. No la recuerda ahora, pero justo así. ¿Cómo sabe…?
–Sunny, tú…
–No hace falta –ella lo corta, acomodándose en el sillón–: sé por qué nadie me dijo, para no desanimarme. Lo entiendo, lo acepto y te disculpo.
Aquello le molesta un poco, y como es, lo deja saber.
–No te estoy pidiendo disculpas, ni pienso hacerlo –le dice, tenso–: no es totalmente seguro que fuese a pasarte. A algunos mentores, de hecho, no les pasa. Solo quería que te preocupases de entrenarte para ganar, y que no pensases en el regreso.
–Bueno, Gaspar me dio una ayuda extra –Sunny sacude la cabeza–: gracias a él, sé que el regreso no es maravilloso y que… en caso de que no les guste mi relación con Thomas… ¿Cómo fue que dijo?... ah, sí, "todos me la van a meter".
–¡Él! –Exclama Lev, furioso.
Debió habérselo esperado, piensa, enojado consigo mismo, ¿Pero cómo? Se confió de más. No recuerda que ningún tributo, ni siquiera él mismo en su experiencia, entrase con tanto entusiasmo al juego de Andryushin. Muchos, como él, le hacían caso y lo ignoraban, manifestándole su desdén, y algunos otros lloraban y se dejaban humillar ante sus comentarios sardónicos, tal cual Lyra Bishop, su compañera de edición, hizo en su momento. Sunny Tyson, al interactuar con el escolta, ni siquiera parecía despectiva, sino… era raro, pero cuando ambos interactuaban parecían estar disfrutando. Disfrutando odiarse, ¿No es loco? Piensa Lev. No los entiende,, quizá es porque no es tan listo como ellos, tal y como le había tirado Gaspar en la cara, o quizá es solo porque no es tan retorcido, pero se le escapa. Si Sunny le hubiese pedido que le parase la mano al escolta, él ni lo habría dudado. Pero nunca lo hizo.
–Sí –ella vuelve a su viejo hábito de abrazarse a sí misma–: gracias por intentar protegerme, pero… quiero saber a qué voy, por qué gano y cuál es el riesgo. Canté para Thomas… porque realmente necesito que amen mi relación con él. No toleraría… que otro me toque, le parecerá estúpido, santurrón, lo que quiera, pero si alguien me llega a tocar…
No se pone a llorar, pero su cuerpo tiembla, presa de una intensa emoción. Lev la siente tan niña al verla así, tiene tantas ganas de abrazarla, contenerla, le recuerda tanto a su hermana pequeña, Sonya, allá en el distrito, antes de que él ganara y sus vidas mejorasen para siempre…. Rememora su primera vez, con aquella señorita capitolina, ¿cómo se llamaba? ¿Plautia… tal vez Boadicea? Algo así, tenía la piel anaranjada y se le había lanzado encima con frenesí. "mi ganador –decía mientras lo cabalgaba con brío–: mi ganador, házmelo todo, mi ganador". El asco amenaza con desbordarle, y extiende un brazo, invitando a Sunny a que se le acerque para compartir juntos, pero ella no lo entiende. Solo está allí, encogida sobre sí misma, con los enormes ojos brillantes.
–Gracias por haber querido protegerme, pero… –ella duda–: prefiero conocer la mentalidad de Gaspar y los que son como él… ellos son mis autores, están escribiendo mi historia y yo...
–No lo pienses –Lev acomoda de nuevo el brazo al costado de su cuerpo–: Piensa en lo bueno de volver, tu casa, tu familia, tus amistades …
–la vida en mi casa es espantosa y no tengo amistades, casi –Ella le corta con sequedad–: pero sí, pensaré en lo que me reporte beneficios. Necesito ganar.
–Muchas personas quieren verte –esta vez, Lev toquetea el bolsillo de su camisa–: tengo una cosa para ti, Sunny…
Los ojos heterocromos de Lev están fijos en ella, sin el tacto de alguien que sabe que la chica quiere llorar sola, en paz. Sunny no llora, ni es lo que necesita.
–¿Ves cómo… vale la pena? –Le pregunta, con la voz temblorosa por la emoción, sacando la carta de su bolsillo.
–Sí –ella responde, todavía mirándolo concentrada–: vale la pena…
La carta es bastante larga, ocupa más de una página y está escrita con una letra pequeña y apretadísima, algo ilegible. Ella reconoce la letra al instante, y se la arrebata a su mentor rápidamente para comenzar a leerla. Lev mira cómo su rostro cambia al instante, desde aquella furiosa tristeza o resignación, a una sonrisa incrédula y burlona, mientras lee menea la cabeza, se ríe, chasquea la lengua, una lágrima corre por su rostro y por último, suspira.
–¿Thomas Rocheford? –Pregunta, aunque ya lo sepa.
–Thomas Rocheford, de su puño y letra –contesta Sunny, un par de lágrimas corren por su rostro–: gracias, Lev. Muchas gracias por todo.
Él se pregunta sobre qué le agradece, no hizo nada, ni siquiera protegerla de Gaspar. Si la llegan a prostituir, tampoco podrá hacer nada. Al día siguiente, la verá matar o morir en la arena, y él, ahí, de brazos cruzados. Así ha sido con todos. Recuerda sus nombres… Bryan Leblank, quince años, edición 26; Deborah Marsh, dieciséis años, edición 27; Robbie Ohara, dieciséis años, edición 28; Lana Edwards, catorce años, edición 29… sin contar, claro, a Lyra Bishop, su compañera de distrito, quien fue elegida por sus propios conciudadanos para morir. ¿Sunny Tyson tendrá que ser otra de su colección? ¿Otro tributo al que no pudo salvar? Y lo había intentado tanto… con todas sus fuerzas, entrenándoles, aconsejándoles…
–No agradezcas –dice él, más sincero de lo que cree.
–Sí agradezco –ella alza la carta de su enamorado–: antes… mientras anotaba todas estas cosas, pensaba… que ganaría solo para fastidiar a Andryushin. Era mi gran… motivación. Pero los tengo a ellos, a Thomas, Samy, mi familia...
Sonríe, a Lev le gusta mucho verla sonreír.
–Sí… debes hacerlo por ellos –Se levanta–: me voy a la cama, a no ser que quieras que me quede…
–terminaré de ver estas entrevistas y descansaré –la chica se pone en pie, y con timidez se alza en puntillas de pie–: deseo darle un beso en la mejilla, ¿Puede inclinarse?
Aquella petición, hecha con la formalidad a la que esa chica está acostumbrada… Lev se inclina, sintiendo cómo le pican los ojos, pero en lugar de dejarle que bese su mejilla, la alza en los brazos, acunándola contra su pecho, como había querido hacer en el sofá hace un tiempo. Es tan pequeñita, al menos cincuenta centímetros más baja... se tensa por un segundo, pero luego le devuelve el abrazo, con intensidad, casi con desesperación. Él besa su mejilla fría, pensando en Sonya, en Lyra, en sus demás tributos, pero especialmente en Sunny Tyson, aparentemente inexpresiva y esforzada, con un corazón noble tras esa capa de rigidez… la mece un segundo, luego ya la baja, al notarla incómoda.
–Suerte –le dice–: si… si lo logras, te prometo que estaré ahí siempre.
Quiere rogarle por favor, lógralo, pero no le parece justo para ella. la chica le agradece con cortesía, y reanuda su labor. Por esfuerzo, al menos, no quedaría.
La chica está dormida en el sillón, con el vestido algo subido, dejando ver sus piernas delgadas y morenas, y un piececillo calzado con el zapatito blanco de tacón. Tiene la cabeza apoyada en el reposabrazos y la boca abierta. El flash de una cámara, tres, cuatro, cinco veces, brilla en la sala en penumbra.
Examina de una ojeada todas las notas tomadas en aquellas horas de soledad, le parecen bastante satisfactorias, hasta que se topa con la carta. Sonriendo, se dispone a leerla.
"Sunny
Me he alegrado al recibir información de primera mano sobre ti, más allá de las veces en que te pudiera ver, en este largo proceso que por ahora nos separa.
el papel no es infinito y mi paciencia tampoco, así que te escribiré algunas recomendaciones que se me han venido a la cabeza durante el desfile. En el cual tu actitud es ni más ni menos lo que esperaba, y tu traje quizá mucho más de lo que me atreví a imaginar, considerando las amebas incompetentes entre las que estás, amiga mía.
(…)
Espero que te hayan servido de algo, aunque sé de seguro que has caído en cuenta de muchas de ellas por ti misma.
El cachorro que tú sabes está bien. Uno de mis peones le da alimento cada día, no tiene ni patas quebradas ni le han dado de latigazos, pero en caso de que así fuere antes de tu esperadísimo retorno, tomaré las medidas pertinentes.
No tengo más que decir, mucho se me ha ido en recomendaciones. En último lugar, estás jugando al rey de la colina, y no estás en una posición ventajosa. Usa tus armas para desbancarlo.
Recuerda tu valía, curiosamente es de las poquísimas cosas que el dinero no puede comprar, y no te atrevas a rendirte.
Con afecto,
Thomas A. Rocheford.
P.S: cuídate de las amebas, los piojos, las cucarachas y las pulgas".
El "Amiga mía" le baila en los ojos. ¡En la zona de amigos! ¡Qué enternecedor y gracioso! Ella confesando su amor en la entrevista, y él llamándole amiga mía, no más. Sonríe un poco, aunque en el fondo le da pena… ligera, claro. ¿Se le habría roto el corazón? ¿Habría llorado? Lástima que se lo perdiera.
La observa dormir por un largo rato, así doblada en el sofá. En unas breves horas, la chica estaría en la arena… se le iban a apretar las bolas de la ansiedad hasta verla de vuelta o muerta, las dos ideas le gustan por razones distintas pero ambas satisfactorias.
Aún recuerda cuando retornó Lev. Lo primero que hizo al volver a verle, fue darle un puñetazo en toda la cara. Fue excitante, por dos semanas tuvo el pómulo amoratado pero sonreía. A él le habrá quedado morado un pómulo pero a Lev, a Lev… el ojo. El resto, si bien alguno que otro tenía potencial, no habían regresado.
Lástima que Robert no le hiciese el favor de dormir en el sofá. Le habría podido tomar algunas fotos porque seguramente, cuando la arena terminase con él, quedaría irreconnocible.
¿Un pasado trágico? Bueno… más o menos. Nació después del término de la guerra, su familia había sufrido y odiado a los distritos, pero siente que, en realidad, algo falla en su cabeza. Quizá un sistema límbico al que no le llegan todas las hormonas o unas neuronas espejo deficientes o quién sabe qué cosa falla ahí dentro. En resumen, considera divertidas cosas que a otros harían llorar. ¿Un pasado trágico? ¿Lo necesita si existe la excusa de algo funciona mal dentro?
Se ríe flojito, mientras mira a la chica dormir.
–Vuelve –le dice–: pelotear a mocosas lloronas ya me está cansando.
Ella se remueve un poco, el vestido se le sube algo más y su boca se abre, pero no despierta.
Mejor así.
Nota:
Los cabos atados, por fin. En el siguiente capítulo, ya estaremos en lanzamientos, con Sunnybaster.
Saludos, reyes y reinas. :)
