Capítulo 16. Prepararse para la pelea de sus vidas.
A Alabaster Faraday no lo despiertan los golpes en la puerta, llevaba una hora en pie. Había oído cómo tocaban en la habitación de Clarissa Carmichael, cómo esta se levantaba a toda pastilla y cómo, finalmente, se la llevaban, mientras él se daba una ducha, tomaba su desayuno y trabajaba algo en sus memorias. Estuvo más nervioso antes de las entrevistas, honestamente, que ahora. Después de todo, su ángulo agradable era cosa nueva, mientras que se había preparado para matar durante años.
Enya Mariscope, su estilista, le sonríe cálidamente, y él hace esfuerzos supremos por devolverle la sonrisa. Nadie más contenta que ella, al ver adoptar su nuevo ángulo. Se entretiene en insultarla en su cabeza cuando le dice que no esperaba que estuviese despierto, así que tienen que aguardar quince minutos antes de salir, para no encontrarse con otro tributo que está abordando los ascensores en ese momento. Alabaster, queriendo chasquear la lengua y aguantándose las ganas por un milagro que no sabe cómo explicárselo, dice que no pasa nada, con una sonrisa, que está bien, que seguro que esperará quince minutos en su agradable compañía. Miente, miente con todos los dientes. odia su compañía. Odia la compañía de casi todos, muy pocas personas le han hecho disfrutar verdaderamente.
Repasa su plan, no necesitó anotarlo, lo tiene en la cabeza, aunque depende de la arena. Cuando pasan los quince minutos, Enya se pone en pie, le extiende la mano y él se la estrecha, queriendo con muchas ansias contar con un florete aunque solo fuese, un florete…
Cuando llaman al ascensor para subir a la azotea donde le esperaría el aerodeslizador, comienza a sudar pero no son nervios, se dice, enojado con sus reacciones fisiológicas. No son
Nervios. Sunny Tyson, en el ascensor, se abraza a sí misma. Ha llegado el día, piensa con un nudo en la boca del estómago, entre sus peleas con Gaspar, las cartas de Thomas, Lev, Robert, el entrenamiento, los días tan atípicos… apenas había pensado en aquello, la arena, los juegos, su inminente muerte. Loic Baudelaire, vestido en una gabardina negra con capucha, le sonríe, y ella, impávida, le dedica una mirada que pretende sea amistosa, aunque no las tiene todas consigo. Le tiemblan las piernas. Sinceramente, le tiembla todo y hasta le duele el cuello.
Se había despertado en el sofá, doblada y dolorida, con el vestido enrollado a la altura de la base de su espalda, dejando ver el tanga negro que se había puesto por orden de Loic. Por suerte, solo él le había visto en esa facha. Si Robert se hubiese ido primero, ella le hubiese sentido, cree, pero al parecer la despertaron primero. Se dio una ducha rápida, desayunó en un tiempo récord y eh ahí ahora, montada en un ascensor rumbo a la azotea, a la arena y a lo que decida su historia.
Loic le dice que tranquila, que todo estará bien, cuando llegan al piso trece, la azotea, donde hay un hangar, en el cual el enorme aerodeslizador se halla estacionado. Sunny no se ve con fuerzas de hablar, el pelo recién limpio le roza el cuello, pero sabe que no tiembla por eso. También sabe que es posible que las cosas no vayan bien, que algo puede salir mal si no calcula sus movimientos.
Huir del baño de sangre, había dicho Lev y Robert le secundó. Huir porque quedará el desastre. Ella, ansiosa, se aferra a su recuerdo, la
Corbata le asfixia. Alabaster, fuera del ascensor, se la afloja con un movimiento distraído, mirando el aerodeslizador plateado con los vidrios negros que se encuentra a lo lejos. El viento le despeina el pelo rubio, lo cual le molesta, así que también se lo acomoda. Intenta no reconocerse que está nervioso, pero da la batalla por perdida cuando una molesta sequedad en la boca se le instala. Tanta preparación se podría arruinar con un solo paso en falso…
Enya le dice que tiene sus esperanzas y el dinero de sus apuestas en él, que por algo le vistió de tan espectacular manera, y que confíe en sí mismo, mientras se encaminan hacia el hangar, tomados de la mano. Alabaster tiene ganas de soltarle, con todo el desprecio que alberga su cuerpo –Y es tanto, ¡tanto! – que obviamente confía en él, más que en nadie en la vida, de hecho sólo y exclusivamente en él, pero no dice nada, en cambio sonríe y agradece el consejo. Se pregunta para qué tiene la cabeza esa mujer, si es para pensar o con el mero fin de lucirla de adorno, y está seguro de que es lo segundo.
Entran al hangar, el motor del aerodeslizador produce un suave ronroneo molesto. Enya le hace un gesto para que suba, advirtiéndole que puede llegar a sentir un hormigueo en los pies que quizá sea un poco molesto, pero que no se inquiete. Estúpida, piensa él, iba a los Juegos del hambre, harto cobarde sería si algo así le amedrenta. Con decisión, rigidez y echándole una mirada al reloj, pone un pie en la escalerilla y siente dicho hormigueo, que le impele a quedarse
Paralizada, Sunny espera que la molesta sensación pase, es como si todo su cuerpo se hubiese dormido; Loic le había explicado, ante sus curiosas preguntas, que es para que no les diera por escapar a causa de algún ataque de pánico. La chica piensa que tal cosa es contraproducente, con ataques de pánico o sin ellos, igualmente irían a parar al mismo sitio. La política con la que le habían criado en su hogar era "haz caso, si no quieres que te vaya peor". Con Thomas había aprendido que esa filosofía no era ni sana ni absoluta en todo lugar, pero sabe que, al menos, en los Juegos del Hambre sí se aplica.
Cuando ella y Loic están por fin dentro, las puertas se cierran. Una mujer de pelo color celeste y sonrisa amable, le pide que por favor le dé su brazo, que le hará algo que dolerá un poco, y que se quede tranquila. Sunny dice, burlona como siempre, que con poco éxito intentaría moverse si no puede, y la mujer le mira por un segundo, confusa, antes de sacar una enorme aguja. Ella pregunta, con algo de aversión, "con qué objeto realizarán tal acción" y Loic le explica que se trata de su rastreador, para no perderla durante la arena. Genial, piensa con ironía, sumamente genial. Tal y como le habían advertido, duele un poco, y siente el agente intruso en el cuerpo, su vívida imaginación ya lo nota haciendo estragos en su fisonomía, pero es capaz de discernir que son solo paranoias propias.
Cuando por fin puede moverse, el rubio estilista, ya sin su capucha, la guía por el estrecho pasillo lleno de puertas negras a la que tiene la inscripción "F10", y le hace entrar. El suelo está alfombrado, el ruido de los motores es reconfortante para ella, le gustan los sonidos rítmicos, le transmiten seguridad en aquel mundo tan caótico. Antes de ingresar al último lugar seguro por el momento, se pregunta cuántos tributos estarán ya en sus cubículos. El enorme ruido de la maquinaria no le permite percibir ruido alguno, aún así el cuestionamiento persiste, cualquier cosa con tal de no pensar.
El lugar tiene dos enormes y cómodos sofás, una gran mesa llena de comida, un pequeño baño, según le explica Loic, y una estantería con libros. Sunny, ávida, va a por un
Vaso de agua, después del chistecito de la aguja y del cuerpo dormido, Alabaster siente que necesita beber. Además, quién sabe si en la arena habrá alguna fuente de agua disponible. Enya se recuesta en uno de los enormes sofás, y le dice que aprovechará de dormir un rato, pues el vuelo hasta el lugar de la arena durará aproximadamente tres horas y media. Alabaster bufa, pero luego se retracta y le dice que no se preocupe, que él velará su sueño. La estilista se siente tan contenta que le propina un beso en cada mejilla, feliz, y hace lo que había dicho.
El joven entra al baño, se encierra y frota sus mejillas enérgicamente con agua y jabón, para sacarse la textura aceitosa del labial. Siente asco, durante un segundo, el día anterior, se le cruzó la imagen de una chica besándolo, pero no era Enya Mariscope ni por asomo, de hecho no era nadie, únicamente una silueta difusa, disímil a cualquier chica que conociera. Se acuerda del fiasco de la entrevista y cómo Christian Stark, entre el público, se daba de golpes en la frente, y frunce sus cejas rubias, molesto. Si tan inquietos estaban, se hubiesen preocupado antes de hacerle parecer simpático, o le hubiesen advertido, él qué culpa tiene.
Se ocupa de sus necesidades fisiológicas, posteriormente programa una alarma en su carísimo reloj de oro, y se recuesta cuán largo es en el otro sillón para ver si puede dormitar un rato, al menos. Se le pasa por la cabeza acondicionar físicamente su cuerpo para no estar frío, pero lo deja por considerarlo una estupidez, ya está listo, cree. Se duerme y
(Alabaster Faraday)
Esa voz llega de nuevo, seria y sorprendida, él ya está acostumbrado a ella. mientras no sea una alucinación, cree que podrá
Soportar los nervios, si bien son tan intensos que le hacen casi tener náuseas. Con un libro en la mano, intentando leer sobre pingüinos y sobre agua hirviente de montañas en la que se hallan los volcanes, Sunny siente el cuerpo todo convulso y la visión borrosa, además de las manos tan sudorosas que seguramente harán marcas en la página. Había intentado dormir, según las recomendaciones de Loic, pero no lo consiguió. También comió algo, unos panecillos salados que luego le dieron sed, y después pastelillos, muchos pastelillos. Lev le había hablado sobre el azúcar y, obediente, la incorporó a su organismo, pero por poco terminó vomitando así que lo dejó.
Y ahora, tal y como la comida, deja el libro en su sitio, cuando el plazo casi se ha cumplido. Loic, dando un educado ronquido y después un sobresalto, se despierta, abriendo sus enormes ojos claros por la sorpresa. Le pide que se dé un baño si quiere, pero ella considera que ya está lo suficientemente lista, así que solo se desnuda, todo se quita excepto la corbata de Thomas, que lleva al cuello para no perderla. Loic hace un comentario sobre la tela pasada de moda pero aún así cara, y Sunny le aclara quién se la dio y por qué, lo que hace que su estilista, romántico como pocos, casi estalle en lágrimas de emoción.
Cuando Loic toma la bolsa negra donde tiene su vestimenta, ella recuerda el desfile, cuando, escéptica, había desafiado a su estilista respecto al traje que llevaría. Al final él había tenido razón, fue un traje tan lindo que hasta Thomas quedó sorprendido. Mientras el joven le da la ropa interior cómoda de algodón y el sostén deportivo que la hace sentir a gusto, la chica recuerda la carta de su mejor amigo, y por primera vez esa accidentada mañana,
Sonríe, aunque es más bien irónico, mientras se mira al espejo. El traje no puede ser más simple, pero le deja algo confuso. Un pantalón corto negro, sudadera del mismo tono y zapatillas para correr, con cortos calcetines deportivos. No le gusta del todo, le deja demasiada piel expuesta, los brazos, por empezar, o las piernas. Recuerda a la chica en la biblioteca
(Alabaster Faraday)
Y su teoría acerca de los climas por sectores, no cambiantes como él había supuesto en un inicio, si tal es el caso más le vale quedarse en la zona lo más calentita que se pueda, o se congelará todo. El reloj, en su mano derecha, no se ve bien con esa ropa tan informal, pero antes muerto que dejarlo allí. también se pone los lentes, y se considera listo.
Enya le pide que tome un poco más de agua y él obedece, no por ella, claro está, considera que lo necesitará. Mira su reloj y falta muy poco para las 10.00 de la mañana, hora en que al parecer es tradición que comiencen los baños de sangre. No come para no cargar el estómago, necesitará correr.
Ella está mirándole, pero Alabaster la ignora, repasando otra vez su estrategia. Espera encontrar a uno de sus dos hipotéticos aliados, con tal de que al menos uno pase la carnicería… todo estaría bien. Zachary Bayer no llamó la atención de la alianza profesional, pero la chica monocroma sí. Clarissa, el día anterior, había comentado que mejor era sacársela de encima. Si es ella pues bien, pero que no se los maten a
Ambos se hallan parados frente a frente. Sunny se siente algo asfixiada por la bufanda negra, las botas militares le calientan demasiado los pies y la chaqueta, aunque liviana, la ahoga. Loic le acomoda un mechón de pelo tras la oreja, ella se tensa un poco, ya con adrenalina en el cuerpo, aunque sea el último toque amistoso que seguramente reciba en días, o en su vida. Falta tan poco…
De hecho, una voz fría de hombre, seguramente la de Rogelio Grez pero pregrabada, le dice que apenas falta un minuto para el lanzamiento y que, por favor, se acomoden ya en el tubo. Sunny pega un grito ahogado, temerosa, lo que hace que los hermosos ojos de Loic la miren con preocupación. El joven, con sus labios rojos levemente sonrientes, le recuerda que ella debe ser la reina de la colina, que debe hacer todo para llegar a la cima, sin importar cuántas cabezas deba pisar. Sunny, sorprendida porque nunca le había oído hablar de esa manera, le pregunta por qué dice todas esas cosas, a lo que el estilista, encogiéndose de hombros, dice simplemente: "Gaspar Andryushin me lo pidió".
No tiene tiempo para sentirse confusa, pues ingresa en el delgado tubo que la propulsará hasta la arena, y la compuerta se cierra. Loic, aunque ya no pueda oírla ni hablarle, se queda a su lado, con la mano algo extendida, como invitándola a un saludo. La chica piensa, con culpa, que ha olvidado agradecerle, ¿Dónde había quedado su educación? Pero la puerta ya no se puede volver a abrir, es demasiado tarde. Articula un "gracias" solo moviendo la boca, pero es suficiente porque su estilista la entiende. Sonríe, dice "de nada" y permanece
Allí, en el apretado tubo, Alabaster comienza a mirar el reloj con su semblante concentrado. Sabe que Enya está ahí y no le presta ninguna atención, solo se fija en el paso del tiempo. Quedan treinta segundos… luego veinte… luego diez… cinco… el corazón se le aprieta algo en el pecho, piensa en su 12, en sus días de entrenamiento en la academia, en el agua tomada y los planes hechos. No hay vuelta atrás, está todo realizado. Para bien o para mejor.
El tubo se propulsa hacia arriba, llevándolo, transportándolo, liberándolo. Un soplo de aire fresco le azota la cara y le echa el pelo hacia atrás, y él respira, aliviado y a la vez aburrido del encierro del tubo y el aerodeslizador. En breves segundos, comienza a sentir un poco de frío, el clima no es cálido sino templado.
Alabaster echa una rápida mirada, el cuerno broncíneo se halla reposando sobre un césped verde y hermoso, empapado de rocío. También tiene rocío la propia cornucopia, así como las cosas desperdigadas por el suelo. frente a sí ve una mochila y una botella grande, pero vacía.
A la lejanía, un resplandor ígneo, amarillo, quemante. Eso es lo que ve si mira hacia el frente, solo hacia el frente. Y algo más, un tributo, no sabe quién es pero su figura es pequeña, hay demasiada niebla para captarlo. O el chico del 8, la del 10 o la del 12, son los más bajos de la edición. Da igual, está demasiado lejos y no es su objetivo.
La voz de Rogelio Grez dice que bienvenidos a la trigésima edición de los Juegos del hambre, etcétera, y comienza la cuenta regresiva. Ha llegado el momento de
Matar o morir, piensa Sunny, cuando ya van por el número 40. A lo lejos ve a un tributo alto, ve brillar algo a la altura de su muñeca y sabe que es un reloj, obviamente que es un reloj, por supuesto que se trata de ese reloj. Acostumbrada a las novelas, sabe que esas coincidencias existen. Poco le importa, están a extremos opuestos, casi separados por la cornucopia entera. Justo al lado, Sunny tiene al profesional del distrito 2, Connor Edgeworth, y al otro lado a Alan Blake, lo reconoce por sus peculiares ojos. A lo lejos, muy lejos, ve blanco, solo blanco, el blanco de la nieve.
Hacia allá tengo que ir, se dice, frenética, cuando la voz cuenta ya el número 15. Ve a sus pies una mochila, subida en su plataforma. Sabe que le dijo a Lev que correría del baño de sangre y piensa cumplir, pero primero tomará esa mochila que solo está a unos pasos de sí. Un par de pasos, tomarla y huir. Cagando leches, como había dicho Robert. Se ríe, pensando en esa expresión tan extraña, ríe de puros nervios.
Quedan cinco segundos y el corazón de Sunny Tyson late demasiado rápido, tanto como tienen que ser sus zancadas hacia ese lugar, tan lejos como le permitan las piernas, hacia la nieve que se ve en lontananza. La nieve, piensa.
Connor Edgeworth va vestido como ella, con ropa de nieve, pero Alan Blake, no. Blake lleva pantalones cortos.
Dos segundos… dos segundos, y está a punto de
Traicionar a sus aliados, escapar con sus cosas y ganar los juegos del hambre. Tiene que
Sobrevivir. Al costo que sea. Sobrevivir y convertirse en
El gobernador de Panem, con los propios medios del Capitolio. Esa, ninguna otra, es su
Meta, alcanzar la cima de la colina, porque
Se ha preparado tanto, una historia con un héroe de tales características no merece
Acaba el tiempo y todos saltan. A
Matar, cumplir el objetivo, realizar los sueños adoptados, poder
Vencer.
Vencer.
¡Ya! ¡Corre!
Nota:
Hoy he escrito más que nunca. La idea me llegó por la tarde, y supe que no me podía detener hasta conseguirlo.
Me he esforzado tanto… gracias a las que me comentan, a las que simplemente leen. Espero me retribuyan con un fav, okno. Oksi.
En el siguiente capítulo, de ocho a diez tributos nos abandonan para siempre. Estoy tristosa por ello u_u pero esa siempre fue la idea, sentirlos como personas. No simplemente un número.
Saludos, Reyes y Reinas.
