Advertencia: violencia gráfica.


Capítulo 17. Mata rápido y muere joven.


James "Jimmy" Ender, diecisiete años, m11.

Ha sonado el gong y Jimmy Ender sabe que tiene que ir a por el arco. Lo ve tirado cerca de la cornucopia, junto a un carcaj que parece lleno de flechas, casi brilla al sol. No es tan grande como el que había usado en el centro de entrenamiento –estuvo los tres días entrenando su tiro, y pese a que jamás podría decir que es un experto, al menos consiguió acertar un par de veces–, pero lo necesita. Para cazar, para defenderse a distancia y porque no puede ir desarmado y solo.

Los tributos saltan de sus plataformas, Jimmy entre ellos. El frío aire de la mañana roza su carne desnuda y le provoca piel de gallina, pero la adrenalina es demasiada para sentirlo realmente, solo siente el césped bajo sus pies que le humedece un poco la parte baja de las piernas cuando corre, a toda velocidad, con el cuerpo proyectado hacia delante y la respiración acelerada. Debe llegar, hacerse con el arco y largarse, no quiere matar a nadie entonces, solo tener su arma y poder irse para conseguir comida y estar seguro, por favor, un poco seguro. Corre más y más, oye piernas haciendo lo mismo, un grito de "¡Estoy aquí! ¡Aquí!" que no registra de quién es y un gemido de dolor. A Jimmy no le importa. Se lanza en plancha al suelo para recoger el arco y el carcaj, y su mano morena se aferra a él con fuerza. Rápidamente, se cuelga el carcaj del hombro, patina un poco en el suelo antes de volver a salir corriendo. Se oye otro grito de dolor, qué más da de quién sea, no es suyo; solo quiere salir de allí.

El enorme profesional del 2, al parecer, se ha hecho con una lanza, Jimmy lo mira de reojo mientras la blande del suelo. no quiere quedarse a ver cómo le da uso, así que se apresura a correr hacia la espesura, lejos del apacible lago que no les da salida por el oeste, lejos del norte, donde brilla algo de fuego. Se dirige hacia el sur, corriendo, corriendo, corriendo. Le tiembla todo pero solo debe escapar.

Unos pasos le persiguen, se da cuenta cuando lleva una corta carrera ya avanzada hacia su objetivo. Se arriesga a dar una mirada hacia atrás y la ve, relativamente baja, con su pelo negro tomado en una cola de caballo y una espada corta en la mano. La reconoce, claro. Dahlia Fey, seria y determinada, la profesional del distrito 2. Sus ojos verdes están fijos en él, es evidente que le ha marcado como presa. Mientras sigue corriendo, Jimmy piensa lo siguiente: ella es más rápida, me va a alcanzar me va a alcanzar me va a alcanzar y entonces no habrá nada que me salve de morir. Morir definitivamente.

No puede permitir que eso pase, así que, aunque no hubiese querido matar, tiene que hacerlo. Se detiene, toma su arco y una flecha del carcaj, y con los ojos fijos en los enormes pechos de Dahlia Fey, decide apuntar al izquierdo. Le tiembla el pulso, su boca está seca pero tiene que, tiene que, tiene que. Tensa la cuerda como le habían enseñado, toma la flecha, la acomoda, va a disparar, y entonces siente un dolor agudo en el vientre, un espasmo le recorre por completo y de su boca se escapa un grito de dolor espantoso.

Cae al suelo, de rodillas primero y de espaldas después, gimiendo, mientras sus ojos se fijan en el mango de la espada. Dahlia Fey se la ha lanzado y le ha perforado el vientre con ella, y allí está, clavada. Jimmy se marea, temblando espasmódicamente, aferrando el arco con fuerza. La chica, después de algún tiempo interminable, llega a su altura, sin detenerse saca la espada de su vientre, produciendo un sonido húmedo y horrible, lo que le hace pegar un alarido de tremendo dolor, y desanda el camino para ayudar a sus compañeros en la cornucopia, con la espada ensangrentada por delante. Jimmy apenas la ve; los ojos se le cierran y solo puede experimentar que duele tanto…

–Ma… me duele… –jadea, temblando. Su vientre… y su sangre. La sudadera está perforada a la altura donde se clavó la espada, y la sangre se le está escapando… su sangre se…

Con una mano aferra todavía el arco, convulsivamente, siente la madera clavándosele en la piel, mientras con la otra tapa el boquete que dejó la espada para poder retener un poco más la vida que se le está yendo. Intenta arrastrarse, pero moverse duele tanto… lágrimas de pura agonía ruedan por sus mejillas y gira su rostro hacia el cielo, cuando unos rápidos pies se le aproximan a toda velocidad y, de pronto, un terrible sufrimiento le acomete cuando un cuerpo cae sobre el suyo, el codo de alguien le aterriza en todo el vientre y la otra mano, en su pecho.

–¡Uff! –Emite la voz de una chica, mientras él pega un terrible alarido que le hace ver las estrellas. Jimmy va a perder la consciencia, no puede perder la consciencia, se morirá si pierde la consciencia, se concentra en ese terrible dolor de la mano haciendo presión en su vientre palpitante…

La chica saca la mano de su vientre, cubierta de sangre, y se miran a los ojos, en ese momento donde Jimmy está a punto de morir. Ella tiene los ojos marrones, enormes y asustados. Sabe quién es, la conoce. La chica del 10, que habló de ser la princesa de la montaña o algo así… duele…

Ella le mira con sorpresa y emoción en su rostro, y después sus ojos se detienen en el arco que todavía sostiene Jimmy. La chica, rápido, forcejea contra él por el control del arma, Jimmy aún lo retiene contra sí, su arco, su arco, su arco, su arco, duele, duele, duele, tiembla y lo aferra, lo aferra y tiembla… la chica hace más presión y le aprieta la muñeca, pero él no ceja en su intento.

–¡Suéltalo, suéltalo, suéltalo, suéltalo! ¡Te vas a morir! –con voz histérica y llena de tensión, ella grita como nunca antes.

–Aaaarg –Emite Jimmy, sin fuerzas para hablar, solo aferrando su arco. Tiene las mejillas lívidas.

La chica le araña la mano, fuerte y con saña, y eso le causa un pálido dolor, pero después se incorpora y le pisa los dedos contra el suelo. por fin, el dolor en su extremidad derecha es tan grande que sus dedos pierden fuerza y lo suelta. La chica recupera el arma y, poniéndose por fin en pie, se marcha corriendo, el chico puede oír sus sollozos.

Ya no tiene fuerzas ni para llevarse la mano a la boca o examinarla, pero había oído un crujido. Duele… duele tanto…

Siente aún el carcaj contra su espalda, y se pregunta para qué la chica se llevó el arco… si no tiene flechas.

Todavía tiembla, pero débilmente. James Jimmy Ender muere solo, en el húmedo césped.


Karen Tuk, quince años, F12.

–¡Estoy aquí! –Grita la pequeña rubia de quince años, intentando captar la atención de su aliada.

El gong ha sonado escasos segundos atrás, y después de saltar de su plataforma, la chica otea a su alrededor en busca de Miles o Lanna. Había gritado para advertirlos, el sol es brillante pero cegador y solo ve desconocidos, a su lado el chico del distrito 5, que se inclina para tomar algo del suelo y corre, y al otro al sujeto del 9, que se adentra al sector más importante, llegando a la cornucopia. Ambos van con pantalón corto y sudadera, mientras que ella se siente como un oso vestida en esa chaqueta abrigada y la bufanda. De hecho, el sol brillante le sorprende, tanto ella como su estilista habían pensado en algún tipo de arena invernal.

Aprieta los dientes de miedo al imaginarse entrando al círculo más cercano a la cornucopia y prefiere no hacerlo, pero sí rodea el perímetro, corriendo, buscando a Lanna o Miles. Entre él, con sus problemas en el pecho y ella, con su ceguera, ambos necesitan ayuda. Rápido, Karen se inclina un poco para recoger algo del suelo, resulta ser un cuchillo de mango naranja. Lo afianza en su mano, no cree utilizarlo pero quién sabe.

Localiza a Lanna rápidamente, está intentando correr y lo consigue, sorteando con relativo éxito a cosas y personas. Karen la ve chocarse con el trasero de alguien que está agachado en el suelo recogiendo una muchila, se da cuenta de que es la chica del distrito 9, con sus ojos soñadores y su mirada límpida. Lanna la esquiva y corre, y Karen la sigue, pasando por el lado de personas y de la propia cornucopia, sin embargo, puede ver cómo el compañero de distrito de la chica del 9 se acerca a ella.

Karen recuerda, en el calor del momento, que el chico había prometido matar a Emily Felton por venganza hacia su hermano, y al parecer ese es el objetivo porque, con una enorme espada que no sabe usar, se le acerca velozmente y la apuñala por la espalda, emitiendo un gruñido de esfuerzo. Emily no se había dado cuenta de lo que se le había venido encima, pues grita horriblemente de sorpresa y dolor. Karen aprieta el paso, muerta de miedo y temblando de espanto, no quiere seguir viendo cómo Milaryon Lestrange arranca la espada del cuerpo y le da de espadazos a la jovencita, que, indefensa y sangrando, se hace un obillo agonizante en el suelo. Las salpicaduras de sangre en el rostro feo del joven son horribles y Karen piensa, sobrecogida y repugnada, que no lo olvidará mientras viva.

–¡Lanna!

Lanna Peters la escucha y se detiene, sonriendo aliviada. Karen corre más rápido, intentando llegar hasta ella para que juntas puedan salir de allí, de hecho, poco le falta para conseguirlo cuando siente un tirón en su rubio cabello. Grita de dolor y, sorprendida, lanza una puñalada hacia su lado derecho que solo roza aire, pues la persona se aparta. Todavía está procesando el hecho de que hubiese hecho el ademán de apuñalar cuando siente un cuchillo en su garganta, por sobre la bufanda. Se debate frenéticamente, dando un codazo que llega a un sitio blandito. Está aterrada. Aterradísima… quiere correr.

Mira por fin hacia atrás, mientras la persona se dobla de dolor, y ve a la profesional del distrito 4, la chica más tímida, que lleva pantalones cortos y sudadera, con lágrimas en los ojos. Karen le da otro codazo y logra por fin desasirse, y aprovecha de salir corriendo. A su alrededor reina el caos.

–¡De esta no te escapas, perra! –Grita la chica con la voz ahogada por la falta de aire, y hace esfuerzos por alcanzarla. Karen, muerta de miedo, aprieta el paso.

–¿Karen? ¿Karen? ¡Karen! –Grita Lanna más allá, parada en medio del camino.

–¡Corre! –Alcanza a gritarle la chica del distrito 12, el aliento le falta, no obstante al menos quiere hacer eso, la tiene difícil pero si Lanna adelanta camino, será más sencillo escapar para las dos.

Todavía tiene su cuchillo por si le da alcance. Mikah Odair la agarra de la capucha de la chaqueta, y Karen hace todo lo posible por soltarse, pero la profesional tiene fuerza. Siente que la costura se rompe, de tan fuerte que ambas tiran, pero no cede del todo, y ella termina por llegar a su altura. Mikah Odair va desarmada, seguramente perdió el cuchillo con el codazo de Karen, pero le es suficiente. Tira de su pelo, y pese a que intenta retorcerse para liberarse, Mikah le propina una enorme bofetada en la boca que le saca sangre del labio, y Karen, con los ojos despidiendo lágrimas y el ferroso sabor de la sangre en la boca, vuelve a apuñalar, aunque esta vez sí consigue algo, lastima el brazo de la chica morena.

–Ah no, esta me la pagas –Mikah tiene la respiración acelerada cuando toma la pequeña muñeca de la chica del 12 y hace presión con dos dedos. Karen gime de dolor y, oyendo un crujido en sus huesecillos, suelta el cuchillo, cosa que la otra aprovecha para tomarlo.

Karen intenta salir corriendo y Mikah le pone la zancadilla. A lo lejos, la gente pelea, se apuñala, hay gritos y alguien pronuncia su nombre, Karen, Karen, pero no puede responder. Cae al suelo, se arrastra, intenta liberarse. Por último, de espaldas, levanta las piernas, pues al parecer el cuchillo que ahora es de Mikah va a su corazón, y la puñalada le llega en la pierna, a la altura de la pantorrilla. Vuelve a gritar, pero por suerte la tela es gruesa, no dolió tanto como si fuese…

Mikah, maldiciendo, retuerce el cuchillo antes de liberarlo. A Karen le duele horrores la pierna pero sabe que debe arrastrarse, escapar. Se intenta dar la vuelta, al menos para quedar de lado y no de espaldas, y Mikah clava el cuchillo esta vez en su brazo. Ella grita de nuevo.

–Nonononono… –solloza–: nonononono…

El pelo rubio se le ha venido hacia delante pero apenas le importa. Lágrimas y mocos afean su lindo e inocente rostro, y el brazo le duele. Mikah retira el cuchillo de su brazo y Karen vuelve a pegarle, esta vez en la cara. La chica gruñe y maldice, clavándole el cuchillo en el hombro. Karen, mareada por el dolor, grita y aprieta dientes y labios. El cuchillo se retira.

–Nonononono…

–Sisisisisi –Mikah sonríe, retirándolo de su hombro y tirando del pelo de la pequeña chica del distrito 12. Con la mano derecha, desde delante, hace un corte en horizontal en su garganta pálida.

Karen siente que las fuerzas se le van, la sangre la ahoga, intenta tomar aire y no le llega, trata de vomitar pero se le está escapando todo por sus arterias destrozadas. Con un estertor moribundo, deja caer las manos que se iban a dirigir a su garganta, las ve rojas, demasiado rojas. Todo está rojo y duele tanto… aire… agua… por favor…

Mira a su asesina, igual de manchada de sangre, con una marca en la cara. Está Sonriendo radiantemente. Karen siente la desesperación de la muerte anudando en su pecho, y ni siquiera puede pensar por última vez en su familia o amigos. Solo piensa en la raja abierta de su garganta y que se está muriendo.

–¡Karen! ¡Karen! –Oye una voz a lo lejos.


Robert Halloway, diecisiete años, m10.

Robert tiene una misión clara en la alianza que se había forjado para sobrevivir, y es acabar con la chica del distrito 1, Clarissa Carmichael. Es el más fuerte de los cinco, y el único que ha recibido entrenamiento especial, aunque fuese por tres tardes y de la mano de Lev Abercowney, el golfo de un profesional.

Le incomoda correr con ropa tan abrigada, de hecho, se había quitado la bufanda y tirado por ahí, si total hace calor. Tiene miedo, obviamente, pero si las cosas salen bien y Milaryon está para defenderle, no tiene por qué morir, piensa. A lo lejos ve al enorme sujeto del distrito 7, dándole de feroces puñetazos al niño del distrito 8, lo reconoce por su tamaño. La rabia que le invade ante ese abuso es tan grande que quiere correr a molerlo a palos, pero no lo hace porque tiene una misión. Milaryon, tan gentil y rebelde, pero a la vez tan humano como para sentir rencor, confía en el éxito del plan. Acabar con los dos profesionales para así quedarse con la cornucopia, eso había dicho, y por lo que fuese que eso harían.

Collie anda por ahí cerca, toma un par de mochilas y Robert le hace un gesto de victoria. Collie es la encargada de robar provisiones si acaso el plan sale mal, mientras Marcus Armitage le guarda las espaldas. Al menos lo primero está siendo así, ella está robando pero el chico albino no está por ninguna parte. Robert corre, mirando un enorme martillo de guerra, el cual toma del suelo. la cosa está pesada, como 10 kilos pesa pero cree poder descargar un golpe contra cualquier cosa y matarlo. Espera que sea la profesional del distrito 1, por el bien del plan.

Mientras corre, buscándola, se topa con algo triste en el suelo. el cadáver, manchado de sangre y ferozmente apuñalado, de la niña del distrito 12, su pelo rubio está manchado de rojo y tiene un corte en la garganta, además de muchos otros por todo el cuerpo, incluso como cinco en el vientre. Parece como si se hubiesen ensañado con ella.

Soltando un grito de furia, y sabiendo que eso lo ha hecho un profesional, sigue corriendo, alejándose de la cornucopia, y entonces la ve, alta, con sus rizos negros tomados y espigada. Está allí, la muy hija de perra, ahí…

Apuñalando en el pecho a la chica del distrito 11, una pobre niña de trece años. Robert siente tanto odio explotándole en el pecho que, sin importar que los brazos le estén gritando por el peso del mazo, toma carrerilla para alcanzarla. Es tarde para salvarla, piensa, la espada larga está hundida casi hasta la empuñadura en su corazón, pero al menos podrá vengarla, pobrecita. Piensa en Rosana, su bebé.

Lanza un feroz grito de guerra cuando está cerca, alzando el mazo por sobre su cabeza, y lo descarga con todas sus fuerzas en el cráneo de Clarissa Carmichael, una de las más competentes de la alianza profesional, según lo dicho por Milaryon. Pero solo golpea aire, y la fuerza que le imprimiera al impacto le hace doblarse ligeramente hacia delante.

Clarisa, después de extraer la espada del pecho de su víctima, haciendo presión hacia abajo con el pie y con los brazos hacia arriba para que saliese más fácil, había esquivado el golpe, ágil y veloz, y se había puesto detrás de sí con un fluido paso al lado. Robert, enfurecido, se gira, con el mazo todavía en la mano aunque más bajo, pero el giro solo le sirve para encontrarse con la punta de la espada ensangrentada y manchada de tejido a pocos centímetros de su nariz. Clarissa está seria y feroz.

–Está muerta, peazo palurdo –dice, con desprecio. Su acento es más cerrado que nunca, un rizo se le ha salido de su recogido.

–La mataste, asesina… –Robert alza el mazo y Clarissa se ríe, dando otro paso hacia el lado izquierdo. Robert gira y maniobra pero es tarde, lo sabe.

Ella echa a correr, y él la persigue, con ansia de sangre en la mirada. Era, ni más ni menos, lo que Clarissa esperaba, pues se devuelve más rápidamente que antes, dejándole dar unos pasos hacia delante en vano. Su mirada es más rápida que sus movimientos, así que ve como, ligera, pasa por sobre el cadáver de la que acaba de asesinar y, antes de que él pueda girarse por completo para defenderse, le clava la espada entre los homoplatos con saña.

Intenta alzar el mazo, aún con la espada en la espalda, todavía con el dolor atravesándole, pero no puede, le tiemblan demasiado los brazos y piernas. Cae de rodillas, llorando de dolor. Es demasiado. Demasiado. Demasiado.

Clarissa Carmichael da un par de pasos, saca el cuchillo que se había metido en el bolsillo por si acaso, y apuñala el pecho de su rival, sin que este pudiera apenas defenderse. Como en cámara lenta, Robert recuerda las enseñanzas de Lev, cómo había que alzar el brazo para recibir ahí la puñalada, cómo debía proteger su garganta y cara… pero no le había dicho… qué hacer cuando tenía una espada enterrada hasta la empuñadura en la espalda.

El cuchillo penetra en su pecho con un sonido asqueroso, y un dolor descomunal le sacude el cuerpo. Robert sabe que ha muerto, mientras tose con el arma en el cuerpo todavía y escupe sangre y dolor. Lleva la mano hasta su bolsillo, desesperado, muerto de ganas de sostenerlo una vez más… una vez más, por favor…

Muere sin poder sacar de su bolsillo la pequeña gorrita de Rosana.


Collie Rush, diecisiete años, f7.

Tiene que dar igual, piensa Collie, temblando. Tiene que dar igual que nos estemos matando, que todos estemos cometiendo horribles fechorías con tal de sobrevivir. Pero no da igual, por supuesto que no. lo que el Capitolio les hace no tiene perdón y, no obstante, va a participar. Tiene que volver con su madre, con Finn y sus amigos, con su propio distrito. Lleva dos pesadas mochilas y una katana, por lo sagrado que no sabe usar una katana pero se la encontró ¿y qué más da si no sabe? Como toda arma cortopunzante, hay que lanzar el filo, así de pragmática. El filo. El filo que la está haciendo pedazos ahora mismo, porque no se imaginó nunca bailándole el son a la gran ciudad… pero cómo está bailando, ¡cómo está bailando!

Se supone que Marcus debía estarla cuidando, que Robert iría a por Clarissa junto con Milaryon para, entre los tres contando a Lisa, encargarse de Connor. Pero Collie no había visto a Marcus por ninguna parte, solo el cadáver del niño del distrito 8, horriblemente mutilado, con la cabeza aplastada. Eso, seguramente, es obra del profesional del distrito 2, ese bruto asqueroso, piensa Collie, pero no se puede desconcentrar. Intenta buscar a su alianza, ¿No iban a intentar apoderarse de la cornucopia? Pero solo ve el pelo característico de Marcus moviéndose de aquí para allá, a lo lejos. Corriendo con todo lo que dan sus largas y torneadas piernas, la chica sortea obstáculos, armas y hasta alguno que otro cadáver y ve de cerca lo que pasa. El profesional del 4, sonriendo, está atacando a su aliado con una enorme lanza de punta en cruz.

Podría haber huido, cierto, corrido con sus mochilas y su katana, pero no lo hace. Eso es lo que querría el Capitolio, la traición, el mirar por su vida. Y Collie quiere mirar por la suya únicamente, claro, pero todavía no. aún quedan demasiados vivos, su alianza tiene que salir intacta de allí

Temblando por la adrenalina, el calor y los nervios, se aproxima lentamente, justo cuando la lanza de Ryan Connolly se entierra en la mochila de Marcus, que de milagro consigue interponer para que no se la clavasen en pleno pecho. Al profesional se le deforma la cara de enojo, y da un brusco tirón, arrebatándole lanza y mochila al joven albino. Dice algo, con los dientes apretados, pero Marcus consigue verla, detrás del profesional, katana en mano.

–Ven a por mí… pelo de moco –Dice él, con la voz temblándole por el miedo, y retrocede, intentando valerosamente sonreír con burla.

–Te voy a hacer mierda, blanquito hijo de puta –Ryan Connolly carga hacia delante, ignorando la amenaza que se le viene detrás

Collie, con los ojos chispeantes, da un salto hacia delante, y sin pensar en lo que hace, con su hiperactividad e impulsividad de siempre, siega por sobre las rodillas de Ryan con la larga arma, con tan buena suerte que acierta, y el filo de la katana comienza a serruchar piel, carne y músculos. Ryan, que no se lo esperaba, lanza un grito espantoso, de horror y dolor puro, con las piernas hechas un surtidor de sangre, especialmente la derecha que fue la que más sufrió el castigo.

Collie se queda un momento paralizada, mirando lo que ha hecho, pero su mano no se paraliza. Su mano sigue cortando, mientras la lanza de él se gira para ensartarla. Es entonces que tiran con fuerza de uno de sus brazos, apartándola de la trayectoria del arma que solo le roza un hombro descubierto, haciéndole un superficial pinchazo. Es Marcus, con sus ojos rojos dilatados. Ryan cae al suelo, insultando, con la espada incrustada todavía y sangrando. Va a morirse si no recibe atención, ella lo sabe. Ha roto demasiadas venas importantes, según lo que le explicaron en primeros auxilios, y encima de ambas piernas.

Tanta sangre que tiñe el césped… Collie se queda mirándolo, el rostro horrible y pálido de Ryan, sus esfuerzos por tapar la espantosa herida, o de al menos sacarse el arma que tiene en las piernas, encajada en el hueso. La chica siente que podría vomitar, realmente vomitar. Pero que morirá es evidente, así como que ella le ha matado, de una forma bastante lenta además. No tiene nada para rematarlo, ni un cuchillo, ni…

–¡Vámonos! –Marcus agarra con una mano sudorosa la de Collie, salpicada de la sangre de su víctima–: ¡tenemos que correr!

Collie da unos cuantos pasos, Ryan no es amenaza ninguna, preocupado de su dolor. Corre con su compañero, pero no deja atrás los gritos de rabia y dolor del profesional, que insulta, maldice y sobre todo sufre, sufre tanto…

–¡Los chicos! –No puede evitar gritar Collie con la voz ahogada, mientras Marcus la guía hacia el sur, donde se ve todo blanco.

–¡No importan! Corre, corramos –Marcus tira con más fuerza de ella.

Collie quiere decir que no, que no quiere correr ni escapar, pero la mirada de su compañero es implacable. Mira sus ropas, salpicadas con la sangre de Ryan, y sacude la cabeza. Todavía tienne en la espalda las mochilas, aún pueden sobrevivir, y después buscar a los demás, hacer algo por ellos…

Corren, rápidamente, de la mano como dos niños desobedientes. Casi se chocan con un cadáver, un poco más alejado que el resto, está apuñalado a la altura del vientre y tiene la mano en el suelo, en un ángulo extraño. Un carcaj de flechas se puede ver aunque lo aplaste la mitad de su espalda. Ninguno piensa en sacarlo de allí, simplemente corren juntos, dejándolo todo atrás, dejándose atrás a sí mismos…

Están vivos, piensa, mientras sigue corriendo. Le escuece la herida del hombro… pero está viva.


Clarissa Carmichael, dieciocho años, f1.

Ryan está agonizando en el suelo, y Clarissa le da el golpe de gracia con un cuchillo en el pecho, incapaz de seguir oyéndolo gritar. Puede jurar que en sus ojos verdes hay agradecimiento puro al acabar con su dolor. Aprieta los dientes, maldiciendo al desalmado o desalmada que le haya asesinado de esa horrible manera. Clarissa no es ninguna sádica, a sus víctimas anteriores las mató con piedad y tal hizo con el pobre Ryan. Pobre Ryan, piensa con tristeza. Fue un payaso y un estúpido, y obviamente que debía morir si ella quería volver para restregarles su victoria a todos quienes no la creían capaz, pero igualmente, pensó que duraría más.

El baño de sangre está concluyendo, hay pocas personas, los que no han muerto han huido. Dahlia Fey y Connor Edgeworth han ido a perseguir a algunos rezagados, cree que el chico del 3 fue uno de los que se consiguió escapar, y Mikah está saqueando los cadáveres que todavía quedan junto con Clarissa. En cuanto a Alabaster, le habían encargado cuidar la cornucopia, y por lo que la profesional alcanzó a ver, cumplió eficientemente su labor.

Mira a la chica del distrito 5, con la cara amoratada y la boca abierta en un rictus bastante feo. Tiene pinta de haber muerto de una limpia asfixia, así que su ropa abrigada está intacta. Clarissa, que lleva pantalones cortos y tiene los brazos calientes por pura adrenalina, se agacha para quitarle la chaqueta y toda su ropa, por si acaso. Piensa, burlonamente, en esa grosera y estúpida Lisa Thunder, que se había creído mucho por su gran y patética alianza. Pues bien, ella, Clarissa, fácilmente se había encargado de aquel gran palurdo del distrito 10, al que habían osado vestir de rey… ¡ja! A la mierda se fue esa alianza, para que vean que nadie se puede meter con los pro…

Unos pasos se dejan oír bastante cerca suyo. Clarissa, que estaba pasando los brazos del cadáver por las mangas para sacarle la chaqueta, gira un poco su cabeza y alza la mirada. Primero ve unas zapatillas parecidas a las suyas, unas piernas largas, delgadas y blancas, el pantalón y la sudadera, la punta de un florete a escasos centímetros de su cara y una sonrisa grande, resplandeciente, de dientes blancos. A toda velocidad, rueda por el suelo sintiendo la amenaza, pero es demasiado tarde, el cuerpo de la pueblerina le impide maniobrar así como su relajo.

–Hola, Clarissa –dice la voz amable de Alabaster Faraday, enterrando el florete con saña en su pecho, a la altura del corazón.

Clarissa intenta gritar, y un ruido estrangulado escapa de sus labios. Mira a su compañero, que tiene dos mochilas colgadas, una a la espalda y otra en el frente, y una tercera del brazo izquierdo. Traidor… duele, le cuesta respirar y cuando tose, parece como si el interior mismo se le desgarrase. La sangre empapa su sudadera, se está muriendo. Traidor… intenta aferrarse al sujeto, pero no tiene las suficientes fuerzas. Él, con la mano derecha, retuerce el florete, haciéndola soltar un terrible estertor de muerte, antes de retirarlo y salir corriendo, salpicándole de su propia sangre en la cara. De su sangre…

–Esto… no tiene… sentido –Clarissa mira al cielo–: ¿Por qué…?

Muere sin terminar de pronunciar la frase. Alabaster corre lejos.


Milaryon Lestrange, diecisiete años, m9.

Milaryon ha corrido todo cuán rápido le 2dieron sus piernas como por dos kilómetros, después de asesinar a Emily Felton, pero sobre todo después de ver a Lisa Thunder, su aliada, cargar con un cuchillo en las manos contra Connor Edgeworth, el profesional del distrito 2, que estaba desarmado en ese momento pues la lanza que tenía se hallaba clavada bien profundo en las entrañas de Carole Hanlon, del distrito 3, a quien solo ensartó sin ninguna dificultad. En fin, Lisa, fuerte y armada, había caído, Connor la recibió con los brazos abiertos, la agarró por detrás, le puso el brazo izquierdo semi flectado en el hombro, y con la parte interna del brazo derecho le rodeó el cuello, hasta sujetarse el antebrazo siniestro con la mano diestra. Entonces, cerró el agarre, flectando cada vez más el brazo izquierdo, mientras el derecho subía por la inercia de ese movimiento. Milaryon no se quedó a mirar esa asfixia por sangre, porque aunque su aliada intentara forcejear sabía que el fortachón con entrenamiento de soldado había ganado. Ni de locura se quedaba, había pensado, con su espada ensangrentada. Ni de locura.

Así que corrió hacia el sur, corrió hasta que los pulmones no le dieron más, pensando en el baño de sangre. Primero, todos saltando de sus pedestales, después él yendo a por Emily, por los patrocinios y por Nate Felton, sobre todo por Nate Felton, en su casa, mirando cómo le daba de espadazos a su hermanita después de haberla apuñalado. Le dio un poco de asco pensar en la chica en sí misma, era tierna y dulce, así que pensaba en cada humillación de Nate para seguir con su trabajo hasta que por fin se murió, dejándole perdido de sangre, hasta el pelo.

No hubo cañonazo, le había explicado su mentor que los cañonazos no suenan hasta que el baño de sangre no ha terminado. Milaryon sospecha que ya para eso falta poco, y por un segundo piensa en sus aliados…

Los había mandado a paseo. Le prometió a Robert que entre ambos se encargarían de la profesional del distrito 1, que desafiarían al resto por la cornucopia, que Collie les ayudaría, que Marcus les guardaría las espaldas y que Lisa… ella, casi tan fuerte como Robert, habría sido la paladina. Pero Lisa está muerta, seguramente, asfixiada por los enormes brazos de Connor Edgeworth, y Milaryon había huido presa del pánico.

Vamos, se le había apretado el escroto de solo pensar en enfrentar a alguien. Fue entonces, mientras la gente gritaba y moría a su alrededor, en tanto la chica gimoteaba y suplicaba en el suelo, entre espadazo y espadazo propinado por su brazo, que supo que no, ni de broma, él no servía para líder de ninguna alianza de mierda, menos una que pudiera hacerle frente a los profesionales. Se puso un sombrero demasiado grande y, sin miramientos, se lo quitó. Que Collie y los demás se encargasen de tan grande tarea, él quiere vivir y nada más.

Sigue corriendo, corre cada vez más, dejando todo atrás, tan solo su espada lleva consigo, y la ropa que le habían puesto. Corre, dejando la matanza tan atrás que ya ni los gritos oye. Seguramente han terminado, piensa. Seguro han terminado y él no murió.

Por fin, después de correr y correr, siente un calor espantoso, infernal, y se da cuenta de que el paisaje ha cambiado automáticamente. Antes había corrido sobre césped, bañado de un leve rocío, pero de pronto se halla corriendo sobre una arena espesa y seca, de forma tan impredecible que se tropieza y cae, quemándose las manos que había puesto delante para frenar la caída. Suelta un resoplido de contrariedad y un poco de dolor, en el suelo de manos y rodillas, raspándose ambas.

Mira hacia delante, allí en lontananza, desierto y más desierto. Enormes rocas por las que se puede caminar, bancos de arena y dunas, enormes dunas.

"El rey de la duna", piensa, con un resoplido de risa, incorporándose. Tiene la piel raspada y un poco caliente, pero está bien, piensa. Está bien. Está vivo.

Un fuerte sonnido lo sobresalta y grita, agarrando la espada junto a sí, pero solo es un cañonazo. Luego, otro. Se detiene, atento, llevando la cuenta en su mente, con los pelos de punta pese al calor.

Cuando por fin ve que han terminado, sabe que son diez los caídos y quedan catorce. Muere porque sea de noche para ver quiénes son, qué tan solo está. Y, sobre todo, qué tan solo está el resto.

Se pasa la lengua por los labios, sediento. Muere de sed y no ve más que desierto, arena, rocas y sol. Mucho sol.

Suelta una carcajada seca, echando a caminar hacia el interior del desierto. Bien estamos, piensa. Bien estamos.


Encomios:

Puesto 24º: James "Jimmy Ender, m11 – Dahlia Fey.

Jimmy: Al principio, ibas a sobrevivir al baño de sangre, me llamaba la atención tener a un chico que no supiera leer, con astucia y las ganas de vivir que tenías tú. Sin embargo, Alan Blake se impuso, y pereciste. De una manera dura y cruel, además de solo, pero… al menos ya no sufres.

Puesto 23º: Emily Felton, f9 – Milaryon Lestrange.

Emily: cosita… tu destino estaba marcado desde que yo tenía quince años y te creé. Te creé para esto, pero agradece que al menos tuviste una muerte mejor que la que te di en aquel, tú sabes cómo moriste. RIP Emily, sueña con tu mundo mejor lejos de este mundo de mierda.

Puesto 22º: Karen Tuk, f12 – Mikah Odair.

Karen: desde que te hice aparecer, sabía que morirías pensando en los demás, intentando proteger a tu alianza. Siempre fuiste demasiado buena para los juegos. Espero que, en otros universos, tengas mejor suerte. Te amo.

Puesto 21º Angus Sutherland, m8 – Alexander Rheon.

Angus: otro que no debió ir a los juegos, con lo pequeñito que eras. Tuviste una muerte fea que no me apetecía para nada relatar, te aplastaron la cabeza y antes sufriste la furia del loco de Alexander. Él ya tendrá tiempo de lucirse pero el primero fuiste tú, y lo siento.

Puesto 20º Serenity Ross, f11 – Clarissa Carmichael.

Serenity: Creada para morir, te conseguí tomar aprecio y por eso te di una muerte lo más indolora que pude. Te imaginaba como una niña fuerte y determinada, que podría dar mucho juego si otros no se hubiesen impuesto más. Clarissa fue piadosa contigo, eso me consuela.

Puesto 19º Robert Halloway, m10 – Clarissa Carmichael.

Robert: surgiste como una parodia, pero a pesar de tus ataques de ira, y a que eras violento con tus cercanos, cosa que se insinuó pero que nunca mostré porque no encontré lugar, en el fondo los querías… a tu manera. Cometiste errores pero eras valiente, idealista y querías que las cosas fuesen mejores para todos, además de súper leal. No cejaste en tu empeño ni aunque Clarissa fue mucha rival para ti.

Puesto 18º Carole Hanlon, f3 – Connor Edgeworth.

Carole: tuviste la peor nota de las pruebas, pero eras una chica lista cuyo temor nunca le permitió mostrar su verdadero potencial. Esta no era la historia indicada para hacerlo, pero aún así lo intentaste. La lanza de Connor fue demasiado.

Puesto 17º Lisa Thunder, f5 – Connor Edgeworth.

Lisa: otra como Robert, idealista, impulsiva, con ganas de cambiarlo todo y odio a la alianza profesional y a aquellos que tenían más que tú por solo lamer traseros, como decías. Fue una muerte fea, pero sin sangre, y al menos no te manchaste las manos nunca.

Puesto 16º Ryan Connolly, m4 – Collie Rush/Clarissa Carmichael.

Ryan: en la historia original de esta arena, tuviste un largo camino y llegaste a los ocho últimos. Ahora, con veintidós y no con quince, me pareces un villano infantil y me dabas un poco de vergüenza, no tenías cabida aquí. Perdóname, pero tuve que matarte. Al menos tu compañera fue piadosa contigo.

Puesto 15º Clarissa Carmichael, f1 – Alabaster Faraday.

Clarissa: maldita sea… lloré. Odié la idea de matarte, la odié desde que se me ocurrió, me repugnaba. Competitiva, piadosa dentro de lo que podías, honorable, odiabas las trampas y odiabas a la gente sucia y manipuladora… habrías sido la perfecta ganadora. Pero Alabaster te tenía ganas hace rato, y tú eras un pilar importante para esta alianza profesional que sin ti queda un poco extraña, créeme. Tu ausencia se notará y pesará. Te dedico una literal lágrima, porque te amaba, amaba escribirte, y nunca se lo perdonaré a Alabaster. RIP, hermosa Clarissa. Para mí siempre serás la número uno.


Quedan catorce tributos.

Alabaster Faraday, m1.

Connor Edgeworth, M2; Dhalia Fey, f2; Mikah Odair, F4 y Alexander Rheon, m7

Zachary Bayer, m3.

Alan Blake, m5

Nayerly Reyne, F6.

Marcus Armitage, M6 y Collie Rush, f7.

Lanna Peters, f8 y Miles Near, m 12.

Milaryon Lestrange, M9

Sunny Tyson, f10.


Nota:

Que descansen en paz los que han muerto.

Ha costado este capítulo, pero lo hice con mucho esfuerzo y dedicación. Sunnybaster y sus quehaceres en el siguiente.

Saludos, reyes y reinas.