Capítulo 18. Sobre lo que fue de las armas.
Oculta entre unos matorrales, con la respiración entrecortada y el cuerpo tembloroso, Sunny Tyson sostiene el arco entre sus manos.
El arco… le costó obtenerlo, se lo había quitado de la mano a un casi cadáver. Estaba tirado en el piso, con los rizos oscuros mojados, la cara en un rictus horrible de dolor y el boquete del estómago supurando… ella misma está ahora manchada de sangre, la sangre de él. Sunny está recordando el crujido horrible de sus huesos cuando, en un acto de desesperación que no sabe explicarse, le pisó la mano para que por favor soltara el arco.
Nada pudo impedir que lo obtuviera, ni la fuerza con que el chico del distrito 11 lo aferraba. Al final, haciendo un supremo esfuerzo, se lo acabó quedando. Ahora, bien oculta, cansada, lo abraza contra sí misma y se acomoda más al interior de los matorrales al menos hasta que se calmen sus sollozos. Aún oye gritos muy a lo lejos, supone que trasladados por el viento, ya que además de árboles, arbustos y un lago el sitio está bastante despejado como para que el ruido viaje largas distancias. Caer en cuenta de eso le hace meterse el puño en la boca, a fin de no ser descubierta, se halla casi desarmada a no ser por un arco inútil para el que ni siquiera tiene flechas. Eso la hace llorar con renovado ímpetu, aunque sabe que no lo robó tanto para disparar como para que no le disparasen a ella. Se habría abofeteado también, en ambas mejillas si era necesario, para calmar el ataque de histeria del que está siendo presa, pero le teme al dolor. Solo llora, mordiendo su puño y no más.
De impávida, nada.
Obviamente que vio ovejas morir antes, y ella misma había matado un lobo, hace mucho tiempo, cuando se había acercado de más al rebaño. Lo despellejó y vendió la piel, le dieron un par de monedas que sirvieron bastante a ella y su familia. Eran animales, para eso servían al menos en su distrito. El chico del 11, tirado en el suelo, sin poder hablar por el dolor y con su cuerpo encima… murió igual que ellos, pero dolía más.
En cierta entrevista, Lev Abercowney había dicho que, en un inicio, se había figurado que matar personas iba a ser parecido a lo que hacía en su oficio de matarife, pero en la arena descubrió que no era así. Sunny, por suerte, lo aprendió temprano, y para eso ni siquiera tuvo que ensuciarse las manos. En el sentido metafórico, claro, porque sus propias manos sí que están manchadas de sangre.
"Así que ahora, cuando te toque –dice la voz calma en su cabeza de Thomas Rocheford–: vas a estar más tranquila, porque ya viste a alguien morir. Cálmate, eso tuvo que pasar. Uno más cerca, Sunny. No seas dramática, no es un cadáver sino la cornisa de la que te sujetas para escalar la colina".
–Discrepo –le susurra al Thomas de su interior–: es una persona, siempre será una persona. Me niego a… verlo como… una cornisa.
Thomas Rocheford, en su mente, no dice nada. Sin embargo, lentamente, sus sollozos remiten hasta desaparecer. Se calma, con la mochila al lado, el arco en su mano y la corbata del mejor amigo todavía en el cuello.
Aquel Señor Momento fue efímero, y tampoco puede decir que lo haya disfrutado especialmente, pero al menos Clarissa Carmichael está muerta. Si hubiese sido un pervertido extraño como Pyra Summerplatte, mentora de su compañera de distrito, habría lamido la hoja del florete, deleitándose con la sangre de su enemiga, pero hay que estar loco o ser un enfermo, de manera que solo la limpia un poco en el césped, cuando está lo suficientemente lejos como para poder detenerse unos segundos. Clarissa murió de la misma forma en que había matado, piadosamente.
Había corrido hacia el sur, simplemente porque Connor y Dahlia fueron hacia el norte a buscar a quienes se escaparon. Alabaster es relativamente valiente, y tiene en bajo concepto tanto a uno como a otra, pero seguramente que algo se olerán si le ven cargando con tres mochilas y bastante lejos de la cornucopia, tal y como está ahora. De manera que, mientras más distanciado se mantenga de la alianza profesional, mejor para todos, al menos de momento. Todavía incluso ha de saber si sus dos posibles aliados viven todavía, que no viese sus cadáveres no significa nada.
Tiene un florete en la mano y una espada larga asomando de la mochila que lleva a la espalda, pero la verdad es que le habría venido bien un arco. No es que no lo hubiese buscado, de hecho lo hizo concienzudamente, sin ningún resultado. O no había arcos en esta edición o alguien se lo llevó primero, ¿Pero quién? Él es el arquero de la alianza profesional, que sepa no había otro, a no ser, claro, que lo hubiesen estado ocultando. Como Mikah Odair…
Sintió tanta ira cuando la vio asesinando así a la chica bajita del distrito 12, que a punto estuvo de apuñalarla hasta decir basta, pero estaba recolectando cosas, mochilas, comida y demás provisiones y no se podía desconcentrar. ¿Qué clase de animal mata así? Ninguno que camine a cuatro patas, al menos.
Alabaster ve unos matorrales prometedores entre los cuales podría descansar, y dirige su rumbo hasta allí, al menos para clasificar de mejor manera las cosas que lleva en las mochilas y también para reponerse. Había asesinado a su compañera de distrito, estúpida, imbécil e inservible, sí, pero no es moco de pavo. De manera que para allá va, e inclinándose, se mete en un hueco que los matorrales dejan. Parece una cueva hecha de plantas, pero Alabaster se pone en guardia en seguida al observarla con detenimiento. Dos cosas llaman su atención. La hierba está ligeramente aplastada, como si hubiese estado alguien allí no hasta hace mucho, y hay un olorcillo a anís. No hay anís cerca, que él sepa, y de plantas sabe bastante, como de un sinfín de cosas, claro.
Alguien estuvo allí. ese alguien puede volver.
Espera que vuelva, claro, a ver qué tan interesante se pueden poner las cosas. se recuesta en el césped, mirando la hora. Solo habían pasado 53 minutos… suelta una ligera carcajada, cerrando los ojos. ni siquiera son las 11.00 y está cansado.
–Mierda –Comenta Heracle, en la sala de control–: la chica del 10 se fue ni cinco minutos atrás. Podríamos haber propiciado un encuentro entre esos dos.
Heracle mira la cueva de matorrales, donde el platinado alabaster Faraday está recostado, observando el cielo y su reloj alternativamente. La chica del 10 había estado ahí ni cinco minutos antes, como aclaró Heracle, llorando hasta que se calmó, se puso en pie y se fue, así de cambiante su ánimo. Antes había discutido consigo misma, empleando palabras muy enrevesadas, cosa que los vigilantes agradecieron porque así se enteraban, vagamente, de lo que pasaba por su cabeza. La vigilante jefa se había preguntado, entre risas, si alguien de verdad pensaba de esa forma, y Heracle contestó que alguien que se rodeaba con libros de climas distintos para demostrar que conocía la arena seguro que sí.
Julio Jansen, concentrado en la imagen de la plaza de Capitol Hill que le transmitía su Tablet, niega con la cabeza. Han muerto diez tributos en menos de media hora, la gente no puede soportar tanta tensión. Había sido un genial baño de sangre, un chaparrón de sangre mejor dicho, o quizá un océano.
Julio mueve la pantalla y mira un enorme sector de la plaza que se halla llorando a lágrima viva, tanto hombres, mujeres, niños y gente joven. Es la enorme fanaticada de Clarissa Carmichael, profesional del distrito 1, muerta a manos de su propio compañero y aliado. Hay tantas pancartas con su nombre… Jansen, encargado de relaciones y espectáculo, nunca se vio venir ese giro de los acontecimientos. Por supuesto, Alabaster Faraday era extraño, su prueba lo demostró con creces, pero…
–Lo dices porque es tu chica especial –Heracle cambia la vista, ya no se ve Alabaster Faraday sino Sunny Tyson, internándose en el bosquecillo que hay al este del camino.
–Lo digo porque ya han muerto demasiados –y obvio que es su chica especial de la edición, siempre se le mueren, espera tener más suerte con esta–: deja que la gente se reponga. Dos profesionales han muerto, la alianza que tanta emoción causaba se ha desbandado, la chica favorita ha sido ferozmente apuñalada… no se necesita otra sangrienta muerte a manos de Faraday.
Heracle se pasa una mano por sus cabellos azulados. Sunny Tyson, en cambio, se ha metido al bosquecillo de árboles más grandes, y busca un árbol que le dé sombra para sentarse, atenta a cualquier ruido. Abre su mochila, parece que por fin verá qué hay en su interior. Es una mochila relativamente grande, de color negro, Julio no tiene idea de lo que contiene.
–Bueno, tú sabes más de espectáculo que yo –dice, resignado, dejando de enfocar a la chica del pelo corto–: los cámara han seleccionado algunas zonas geniales de la arena que la jefa me ha pedido mostrar en cinco minutos. ¿las quieres ver?
Julio asiente, ha visto la arena y se la sabe bastante bien, pero eso no quita que no tenga ganas de verla de nuevo, si es hermosa. Lo primero que le muestra es Un extenso lago al oeste, pegado a la cornucopia. Su agua es clara, cristalina y puede apostar su shampoo anti caspa que le cuesta más de setecientos capitols a que hay peces comestibles. Hay árboles frutales rodeando un camino, que el diseñador de arenas bautizó de inmediato como el camino Real, por alguna razón. Es el sector con menos hierba y donde es más fácil correr. Pues bien, este camino del rey atraviesa el lugar de norte a sur y lo conecta, pero yendo al este hay bosque, los árboles frondosos y los matorrales protectores. Allí hay mutos insecto, claro, pero no saldrán ni ahora ni hoy. En aquel bosque, al menos ahora, hay dos tributos. Sunny Tyson y Zachary Bayer, el chico del distrito 3, ambos separados pero haciendo lo mismo, registrando las mochilas que consiguieron sacar del baño de sangre.
El sector templado tiene un diámetro de aproximadamente ocho kilómetros, siendo la zona más grande de la arena, y llena de recursos en los cuales podrían subsistir todos, pero, obviamente, no podría ser así. Es territorio profesional, ni más ni menos, y por puro instinto los tributos tenderían a alejarse hacia los extremos, calculó el diseñador de arena. Visto lo sucedido, tenía razón.
Al norte, donde Milaryon Lestrange, Alan Blake y Nayerly Reyne caminan sin rumbo, y donde Dahlia Fey y Connor Edgeworth fueron a perseguir tributos sin éxito, está el desierto. Hay cactus como única vegetación y casi no existen fuentes de agua, pero hay comida en abundancia. Ratones de desierto fáciles de cazar, grandes gusanos de arena, y ciertos premios escondidos entre las rocas para quien tenga la presencia de ánimo de buscarlos. Algunas rocas producen una sombra seca, y claro que está el Gran Gusano Gigante y las enormes lagartijas, que se pueden montar si se sabe cómo, pero por el momento están en lo más profundo de la arena.
En el sector sur, la nieve, donde Lanna Peters tiembla de frío y Miles Near, tosiendo pero abrigado, intentan buscar un refugio, y Collie Rush y Marcus Armitage están revisando el contenido de sus mochilas, no hay casi animales, a excepción del enorme oso de la montaña, que ya tendrá oportunidad de salir, pero sí hay abundancia de aguanieve, cuevas protectoras del frío por doquier, donde podrían resguardarse en caso de asentarse en el lugar, y el volcán bajo la montaña en donde hay piedras ardientes y agua hirviendo. Alguien astuto podría usar estos elementos para cocinar la comida cazada en el desierto, por el que se puede acceder atravesando el bosque más rápidamente que por el camino real, aunque vaya en contra del sentido común.
Julio ve todo esto, entusiasmado, con ansias de ver más de los juegos, pero el primer día, luego del baño de sangre, siempre es más tranquilo.
–ya han enviado a los aerodeslizadores a recoger los cadáveres –le comenta Heracle–: el forense tiene que verlos y eso, aunque algunos es harto obvio de qué murieron.
Ambos vigilantes recuerdan las muertes más memorables, al menos para ellos. Los cadáveres han sido desnudados, todos excepto el de Jimmy Ender, más alejado que el de los demás. Es lógico, los tributos quieren tener ropa de recambio considerando el clima. Y, al parecer, los profesionales cuentan con toda la ventaja, al menos en lo que a vestimenta se refiere. Sin embargo, si les preguntaran a ellos, no se considerarían tan aventajados.
Connor Edgeworth se inclina, en señal de respeto, cuando la garra del aerodeslizador va a por el cadáver de Clarissa, ya desnudo, cubierto solo con la ropa interior. Él fue quien le desnudó, además de haber cerrado sus ojos y hacerle de nuevo la coleta de caballo en que siempre se recogía los rulos. Se lo debía. Clarissa era una gran aliada, quizá la más digna de confianza después de Dahlia. Lamenta haberla conocido tan poco y no poder luchar junto a ella en esos juegos. Alguna vez fantaseó con llegar con ella a la final, y tener una épica pelea que demostrase quién de los dos era el mejor, pero se le habían adelantado.
Mikah y Alexander, confusos, habían salido al encuentro de Dahlia y de sí mismo, cuando los divisaron llegar, cansados y frustrados por no poder atrapar a nadie más. Ella estaba manchada de sangre, con sus lindos ojos verdes abiertos por la impresión, y el rubio parecía enfadado y preocupado a partes iguales.
–Clarissa está muerta –había dicho Mikah, bajando la mirada–: y el desgraciado de Faraday se largó.
Todavía había rastros de timidez en la pequeña chica del distrito 4, pero mucho menor de lo que, Connor intuía, había fingido antes de la arena. Dahlia había soltado un grito de sorpresa y, corriendo, fue a constatar los hechos por sus propios medios. Connor se quedó allí, mirando de hito en hito a Mikah y Alexander, que parecían confusos y trastornados.
–¡Connor! –Gritó Dahlia, con una voz tan ajena que le asustó. Eso le hizo reaccionar, pasarles por el lado a los otros dos e ir al encuentro de su compañera.
Era evidente. Clarissa Carmichael, valiente, enérgica y todo lo compasiva que puede ser un profesional, estaba muerta, apuñalada una sola vez en el pecho y casi sobre el cadáver de la chica del distrito 5, que él mismo había asesinado. A Connor le habían latido con fuerza las sienes, y el sudor se concentró en su cabeza afeitada y en su frente, mientras miraba a la profesional.
–Connor, las cosas –la vocecilla de Mikah, mucho menos suave, captó su atención–: maldita sea…
Dejando por un momento a su compañera muerta, fue a indagar a lo que se refería, y dentro de la cornucopia vio un tremendo desastre. Botiquines de primeros auxilios con las cremas abiertas y rociadas por el suelo, alcohol desparramado, y ni rastro de vendas. también había comida tirada por ahí, galletas saladas pisoteadas, cecina en el suelo sin envoltura, latas de sopa abiertas y llenas de algodón.
–¡Pero qué hijo de perra hizo esto! –Gritó Alexander Rheon.
Era evidente, ¿No? El único que se había ofrecido a cuidar las provisiones, y que de un momento a otro se había mostrado tan exageradamente amable con ellos. Alabaster Faraday, ese traidor infeliz, no solo había arruinado más de la mitad de sus cosas sino también asesinó a Clarissa. Eso, con toda seguridad. Connor solo le había visto usar el arco, lo cual no significaba que no fuese capaz de apuñalar con una espada.
–Parece una herida de florete –dijo Dahlia Fey, seria, examinando el pecho de su compañera.
Como experta espadachina que era, Connor confió en su juicio.
–Creen que… –Mikah apenas podía hablar de la rabia–: ¿Creen que ese cabrón asqueroso estaba compinchado con la otra alianza esa?
–Seguro, como lo pille le rompo los huesos –Opinó Alexander–: ¿Sino por qué lo habría hecho?
–Por cualquier otro motivo –Respondió Connor–: que haya estado compinchado con aquella alianza o no, no podemos saberlo de seguro. Yo no afirmaría nada si no tenemos pruebas…
–Pero debemos ponernos en esa posibilidad –aclaró Dahlia–: no fue hace mucho, creo, y sí fue de florete. Bastante bien dada. El tipo no solo era arquero parece.
Connor apretó sus enormes puños, con ganas de golpear, destrozar, apalizar. Pero allí no estaba la persona a quien se las quería dar todas, eso sí. Respiró un par de veces.
–Recolecten lo que podamos salvar, por favor –dijo–: yo me encargo de Clarissa.
Y así había hecho. Ahora, mientras el aerodeslizador se lleva el cadáver de la chica, Connor siente desesperanza. Todavía son cuatro, cierto, pero había perdido a dos profesionales en el baño de sangre ¿cuántos líderes podían decir eso? Y para más inri, contó con un traidor, a quien él mismo le facilitó el acceso a la cornucopia. Se maldice a sí mismo, frustrado y triste. No tenía forma de esperárselo.
–No es mucho lo que pudimos salvar –Mikah, enojada, tiene dos mochilas en sus manos–: Y hay algo más. Muchas armas o se las llevaron o… quién sabe, quizá las tiró al lago. Maldito infeliz.
Connor la mira, frunciendo el ceño. Está triste, enojado y resignado, pero tiene algo que aclarar ahora con esa profesional en cuestión.
–¿Dónde está, Mikah? ¿dónde la perdiste?
–¿El qué? –Los ojos de la chica se abren, curiosos. Son verdes y bellísimos.
–Tu timidez. Parece que la perdiste –le responde él. Ella, repentinamente pudorosa, se lleva las manos a la boca y baja los ojos.
–¿Quieres que siga siendo tímida? –Le dice, en un hilillo de voz. Connor se ríe–: bueno… la verdad es que no soy tan tan tímida como hice ver… creo que exageré un poquito. Espero que me perdones, Connie.
Connor suelta una carcajada. Nunca le habían llamado Connie y puede asegurar que si hubiese sido un tío le habría partido los dientes, pero Mikah, no. obviamente que iba a irse con ojo con ella, vigilándola día y noche o bien pidiéndoselo a Dahlia, pero él también puede fingir un poquito.
–Vale, arreglado –le contesta–: veamos bien qué pudimos recuperar.
Resulta que ella tuvo razón, no mucho. Entre Dahlia, Alexander y Mikah consiguieron cuatro mochilas con botellas vacías y algunas sopas que se habían salvado de la lluvia de algodón, poca comida y aparte de las armas que tenían en la mano, tan solo un par de cuchillos naranja. Alexander, que tenía un hacha en la mano, agradece el habérsela llevado consigo, sino habría ido a parar al fondo del lago y quizá solo la magia de los señores vigilantes la hubiesen podido hacer flotar.
–Todavía puedo pescar –se ofrece Mikah–: Dahlia, entre tú y yo podemos cocinar.
–Paso de roles de género de ese estilo –la seria espadachina cruza los brazos en su voluminoso busto–: además hasta el agua se me quema, a mí déjenme las guardias, si quieren.
–Tampoco sé cocinar, pero si hace frío puedo cortar leña, o algo así –dice Alexander.
–Yo sé hacer fideos instantáneos –dice Connor–: podemos comer fideos con pescado todos los días hasta que esto acabe. Solo tenemos que conseguirnos los fideos.
–Patrocinadores no nos van a faltar –Opina Dahlia–: todavía somos bastante queridos.
–Sí, y cuando nos pongamos en acción, más todavía –añade Mikah.
Alexander, bruto como es, solo sonríe y asiente. Connor Edgeworth, que se había sentido hundido y deprimido tras la muerte de Clarissa, siente que un peso enorme se le va de los hombros, vuela y se desvanece. Sí, habían muerto dos de los suyos. Sí, también tuvo un traidor en sus filas. Pero el resto de su alianza aún está ahí, y él puede llevarlos a buen puerto, espera, además andan sobrados de ropa, tanto de abrigo como para soportar el calor.
Un paracaídas desciende del cielo, como primer regalo de los juegos anuales del hambre. Se detiene junto a Connor, así que supone que es suyo. Lo despliega, y tres paquetes grandes de fideos le caen en las manos abiertas.
Los profesionales aplauden.
En la mochila no hay gran cosa, piensa Sunny, registrándola a cabalidad. Tres paquetes grandes de galletas saladas, dos latas de atún abre-fácil, alcohol para desinfectar heridas y tiritas, todo esto dentro de un pequeño cazo de metal, con un cucharón. También un paquetito de sal y un lápiz con un par de hojas en blanco. Lamenta no contar con algún arma, aunque las probabilidades de que hubiese una dentro de la mochila eran escasas, eso siempre lo supo. Ahora, además de eso, también lleva la bufanda en la mochila, y la chaqueta colgada de la correa. Muere de calor, y no puede perder más agua sudando. Ya bastante estúpidamente la había desperdiciado con las lágrimas de un rato atrás.
Echa a andar, no tiene ganas de quedarse en un mismo lugar, en parte porque aquel no es seguro. Está rodeada de árboles, cierto, pero quizá se halle demasiado cerca de los profesionales, con quienes no tiene ninguna gana de encontrarse. Solo había hablado con tres de ellos, una de las cuales había sido por una discusión bastante tonta en que Sunny terminó haciéndola morder el polvo, y si la alta y espigada chica del 1 se la encuentra, cree que se lo recordaría. Lo sabe porque Sunny lo habría hecho felizmente en su lugar.
Camina alrededor de una hora, con el mero sonido de sus pasos de compañero, cuando por fin encuentra una depresión en el terreno y se sienta a descansar. Cree que se ha alejado lo suficiente de la cornucopia y por ende de sus enemigos más poderosos, pero no dejan de existir otros peligros, como mutaciones, otros tributos, sus propios pensamientos… camina para alejarse de ellos aunque la persiguen. Todavía piensa en el chico del distrito 11, más porque siente el arco contra su cuerpo. Mientras tuviera ese arco, allí siempre estaría, como el hueco molesto que queda cuando le falta a una un diente.
A propósito ¿Qué hacer con el arco?
Cuando se tropezó con Jimmy Ender, creyó que le sería útil, es más ni siquiera puede decir, a estas alturas, que haya creído. Solo lo sintió, una ansia imperiosa de tenerlo, la seguridad instintiva de que le sería de ayuda, a tal punto de que hizo algo muy cruel para conseguirlo. Y ahora que lo tiene y que han pasado horas, lo único que se le ocurre hacer con el arco es una boleadora para lanzar piedras, o incluso entrenar su tiro con el propio arco, que es partir desde cero porque no sabe lanzar…
Suspira, frustrada, agachándose y buscando piedras con la mirada. Deben ser redondas, planas y compactas, eso lo aprendió bastante bien en su casa, para impactar con fuerza en los cráneos de animales… no, de animales no esta vez, aunque debería ser. No tendría que verse obligada a siquiera pensar en lanzar piedras contra chicos de su edad, jovencitos que, como ella, no habían hecho nada malo.
"¿Segura que no has hecho nada malo, Sunny? –Pregunta su voz átona e inexpresiva–: Porque a mí me parece que pisar los dedos de un pobre chico moribundo bien podría ser catalogado como terrible".
Sunny, enojada, toma una rama del suelo y la aprieta entre sus manos, la cual se rompe, provocando un crujido que le trae recuerdos desagradables pero necesarios. Se sienta para despedazarla, quitarle la corteza y dejarla desnuda.
"Tse… no seas dramática –contesta Thomas Rocheford, mientras sus dedos se entretienen descascarando la rama–: A mí me parece que solo hiciste lo que fuese para sobrevivir, nada más. Ni siquiera le mataste tú. Deja de refocilarte en tu desgracia".
"No estoy refocilándome en nada, para tu información", se responde, enojada y avergonzada, terminando con esa rama y comenzando otra.
"Esa contestación no es digna de ti. Domínate".
Aquella última reprimenda la deja sin palabras mentales, porque es cierto, se halla demasiado alterada como para discutir, especialmente cuando Thomas, o en todo caso el de su cabeza, tiene razón. Decide relajarse terminando de quitarle las ramitas y cortezas a las ramas que hay tiradas en el piso, con la espalda apoyada en el tronco de un árbol y la mochila y el arco al lado. Le gustan las tareas mecánicas, no tanto como otras cosas pero la distraen. Perder contra el Thomas de su cabeza es casi tan humillante como hacerlo contra el real, pero al menos esa actividad le hace mantenerse en blanco. Su respiración, agitada por la caminata y los malos tragos, se relaja, sus manos trabajan solas y huelen a bosque y a soledad, tal y como le gusta sentirse. Solo le falta un libro al lado, con el que se distraería en cuanto termine con la labor, para sentirse como en el distrito 10.
Cuando termina con la tercera o quizá cuarta rama, está a punto de tirarla y comenzar con otra pero algo la detiene de golpe, al mirarla en su mano. La rama es recta, aunque con una bifurcación en el centro, extendiéndose en una suerte de dos brazos hacia arriba, en la clásica forma de V.
La mira detenidamente por un par de segundos, sopesándola en la mano. Le gusta la forma, es liviana, es esbelta pero gruesa y es resistente.
Posteriormente, mira el arco, con el que pensaba hacer una boleadora o darle cualquier otro uso, el que fuese excepto que alguien (Alabaster Faraday, por ejemplo; pero podría haber sido cualquier otro) le dispare empleándolo. Sabe qué hacer, es una iluminación, algo que llega de golpe al mirar la goma del arco y la rama en su mano.
"¡Ja! He ganado", le dice al Thomas de su cabeza, con sonrisa burlona y triunfante. Él nada contesta, odia perder tanto como ella. Sunny no sabe que esa sonrisa está en su rostro real, el que se transmite para las cámaras, pero es así. La chica pequeña y de pelo oscuro, mirando el arco y la rama, sonríe como si ella sola supiese el mejor chiste del universo y el resto fuesen pobres e indignos seres. Gaspar Andryushin está odiando esa sonrisa y Lev Abercowney, desde la sala de los mentores, se devana los sesos intentando comprenderla.
Aprieta los labios, pensando que tiene que hacer algo que le resulta difícil. Mira hacia todas partes, intentando postergar el momento, pero sabe que no podrá y que es lo que tiene que hacer. Se pone en pie, pone el arco en parte en el suelo, sujetándolo con una mano, y tomando aire lo pisa con todas sus fuerzas. El ruido que hace, ay, ese ruido le recuerda a ciertos dedos pisoteados, a cierto olor a sangre, a cierto cuerpo gimiente bajo el suyo. Sunny Tyson aprieta aún más los labios en una fina línea, se nota pálida pero decidida, y el arco está roto, la cuerda solo tiene dos trozos de madera unidas a ella que la chica no puede sacar. El resto se halla inservible en el suelo.
Toma la cuerda entre sus manos y la tensa, es agradable, ligera y sobre todo útil, muy útil. Cree que podrá hacerlo, y sabe que sí. Ahora viene lo que necesita más concentración, aunque la parte más difícil, romper aquello que le costó tanto obtener, ya está superada. Se vuelve a sentar en el suelo, ya no piensa –de hecho, en eso piensa poco– en la gente que la está viendo desde sus casas, y apenas piensa en Thomas o Sammy. Solo medita sobre lo que tiene en mente, ya ni le tiemblan las manos siquiera.
Se fija en uno de los brazos de su rama V y en uno de los extremos de la cuerda. Rememora aquellas dos tardes, mientras Robert era vapuleado salvajemente por Lev, cómo Sabrina le había dado un libro sobre nudos y cómo le ayudó a recordar los más importantes con cancioncitas. A ella, Sabrina, le gustaba mucho oírla cantar, por muy ridículas que fuesen las canciones, decía que tenía una voz preciosa. Sunny sabe que la tiene, entre sus no demasiadas virtudes aquella es una. Sabe cuál es el nudo que necesita y la estrategia mnemotécnica para recordarlo. Toma la cuerda desde un poco más arriba del extremo y mientras trabaja, canturrea suavemente:
–El conejito entra en la madriguera,, salta, da un giro, vuelve a entrar en la madriguera y… ¡tira!
Aquello lo lleva a cabo dos veces, una por cada brazo, y el resultado es la cuerda unida a la rama por sus dos extremos, con el resto colgando hacia el espacio de la bifurcación de su rama. La sostiene frente a sí con el brazo izquierdo desde la parte de abajo, mirándola. Es lo que puede hacer, ni ideal ni demasiado perfecta, pero útil, piensa.
Solo le queda probarla, buscar un proyectil bueno y ver si su honda recién fabricada funciona.
Mira hacia abajo, los restos del arco destrozado se van a quedar allí, al parecer. Y descubre que ya no está pensando en el chico del distrito 11, ni en sus dedos bajo el zapato. ¿qué era lo que había dicho? Que mientras llevara el arco…
Se ríe, es una risa flojita, pero alegre, pasándose las manos por la cara. Bueno, ya no lleva el arco, ¿verdad?
Alabaster se sube la cremallera del pantalón con una ligera incomodidad. Espera, por el bien de las gentes, que no muestren o bien censuren las escenas donde enseña su virilidad para hacer sus necesidades, porque le parece un poco humillante que sus próximos gobernados, desde el primero al último, tenga acceso a su intimidad rampante. Además, su trasero es demasiado pálido, si algo tuviese que criticarse a sí mismo sería aquello.
Anochece ya. Menos mal tiene alcohol gel en la mochila, aprovecha de usarlo en sus manos recién sucias, pero un poco, tiene que durarle los días que esté en la arena si no tiene agua cerca. Está el lago al oeste, por supuesto, pero está demasiado cerca de los profesionales y todavía no puede acercarse si no tiene ni a su cómplice ni un plan de acción, así que tendrá que valerle con aquel sucedáneo, aunque sea por aquel día. A la mañana siguiente piensa moverse hacia el sur, sabe que es más frío y que seguramente tendrá que conseguir ropa, pero siempre lo puede hacer asesinando a alguien o pidiéndole a los patrocinadores, lo que sea más rápido.
Preferiría no matar todavía, sinceramente, pero…
Se la ha pasado el día entero en sus matorrales, bien oculto, haciendo inventario de sus provisiones y pensando en sus cosas. ha sido agradable, dentro de lo que cabe, la arena parece casi como un paseo por el campo. Sabe que el primer día es tranquilo porque la gente todavía está digiriendo a los muertos, y los tributos, sin excepción, se están lamiendo las heridas. Alabaster no tiene nada que lamer, en el peor de los casos estaría solo todos los juegos y ni siquiera es tan malo eso. Pero los profesionales… chasquea la lengua. Ellos perdieron mucho.
Y perderían más. Lo perderían todo.
Bosteza, reclinándose más en esa rama baja que le acaricia la espalda
(Alabaster Faraday)
¿Estaría viva? No es que le importe demasiado, claro, es mera curiosidad. Bien podría haber muerto, piensa el joven, mirando su reloj. Apenas las 9.00 pm…. Serán unos días tan largos… ya, en serio, tsk. Si estaba muerta, al menos que la hubiese matado alguien como Clarissa, no una persona como Mikah. Después de todo la chica tuvo la gentileza de
(Alabaster Faraday)
Escribirle cuando él no quería hablar. Eso fue un detalle. Merece morir rápido. Bueno, no, en realidad merece vivir feliz, tranquila, rodeada de hijos o de libros, de comida y de lo que más le apeteciera, qué sabe él, pero en aquel mundo gobernado por imbéciles eso es imposible. Lástima que la pobre chica haya tenido otra cosa, pero él, Alabaster, intentaría con todas sus fuerzas que no más chicas como ella pasen por eso.
Las primeras notas del himno despiertan a Sunny Tyson del letargo en que se había sumido, acurrucada contra unas raíces en el bosquecillo que no había querido abandonar. Se despereza rápidamente, alerta, tomando su honda con una mano y palpando sus bolsillos, donde tres piedras perfectas que estuvo toda la tarde buscando yacen. Guarda otras en la mochila, las mejores de aquella jornada completa de búsqueda.
Recuerda que hasta la edición 12 no se proyectaban los rostros en el cielo, sino que había charlajos mensajeros que, con la voz del presentador de entonces, le comunicaba a la arena entera quiénes eran los caídos, con panfletos en el pico, pero quitaron el sistema por ser decidor de la localización de los tributos. Sunny lo prefiere así aunque el otro sistema sea más romántico, por suerte tiene dónde anotar quiénes han muerto. rápidamente, saca una hoja de papel y su lápiz, y aguarda.
No debería estar asustada por lo que verá, a fin de cuentas son todos enemigos, sin embargo el corazón le late con fuerza cuando el cuerno de la abundancia, Panem perdurará sobre todas las cosas, resuena. ¿Qué será de Robert y Lanna? ¿Y de Alabaster Faraday o el chico que vomitó en las sesiones de entrenamiento? Aquellas preguntas rondan su mente, no está segura de nada, solo conoce con certeza una muerte, el chico del distrito 11. Cayeron diez tributos, por fuerza alguien que conoce, quizá el larguirucho con expresión inteligente del 3 o el chico del 5, quizá Lanna, perdida, sin saber adónde correr, sola… las manos le sudan, solo el hecho de tener que anotar le impide abrazarse a sí misma. Le importa poco cuánto se diga que es estúpida por preocuparse de eso. lo hace.
El himno termina y el primer rostro en el cielo es el oscuro, sonriente y bello de la chica del distrito 1, Clarissa Carmichael. Sunny suelta un grito ahogado de sorpresa, mirándola fijamente. Así, proyectada en el cielo con esa sonrisa, parece tan capaz… una de las más capaces de la edición, había dicho Hefestus Fein el día anterior, hace tanto por lo que a ella respecta… quizá por empatía debería sentir tristeza por Clarissa, no obstante experimenta culpa cuando lo que le invade es una sensación de extremo alivio, por su desliz de la fiesta de la paz estuvo temiendo a esa profesional hasta ahora. Suspira quedamente, anotando.
"1º día:
F1 CC"
Alabaster Faraday y ambos profesionales del distrito 2 viven todavía, porque la próxima tributo en aparecer en el cielo es Carole Hanlon del distrito 3, con su semblante reservado y tímido. Sunny recuerda que en el desfile estuvo vestida de muñeca mecánica y que trabajó en una empresa probando aplicaciones, lo anotó cuando vio sus entrevistas. "f3 CH" anota, concentrada, aunque lo sienta por ella. Ryan Connolly le causa menos impacto que Clarissa Carmichael, si puede morir un profesional ¿Por qué no dos? Y pese a que el alivio no es tan grande, igualmente se siente un poco mejor al saber que no está compitiendo con él ya, mal que le pese.
"Vas a tener que aprender a convivir con ese alivio y dejar de echarte para abajo cuando aparezca", le dice Thomas. Sunny quiere debatir, pero entonces aparece Lisa Thunder, y se deprime por Robert. Era su aliada, después de todo. Seguramente está destrozado ahora o rabiando, buscando venganza contra quien la haya matado. Si sigue vivo, claro.
Las muertes del niño pequeño del distrito 8 y la chica soñadora de los ojos lindos del 9, le quitan cualquier asomo de alivio y provocan que la mano le tiemble al anotar sus nombres. Entonces piensa en Sammy con mucha fuerza, en lo que pasaría si la pobre saliese cosechada con doce años, y tiene que dejar de pensarlo porque es horrible. El rostro de Emily Felton, que sonríe con beatitud desde arriba, desaparece para dejar paso a otro. Y el mundo se le cae a los pies.
Allí está, con su semblante feroz, el pelo castaño revuelto y los ojos azules brillando de furia, dispuesto a soltarlo todo por la boca y por los puños. Robert Halloway de diecisiete años, distrito 10. Su compañero.
No sabe si hubiese sido mejor sentir el alivio de que esté muerto, que pereciera el primer día y que ninguno haya tenido que encontrarse. Quizá sí, porque la pena negra que la invade la desestructura, dejándola sin poder anotar nada y solo mirando al cielo. Tenía una niña, piensa, la nariz se le congestiona y los ojos le pican con lágrimas. Rosana se llamaba la niña. Se llama. Ella no ha muerto, él sí. Él sí. Él sí.
Se abraza a sí misma, sin poder contener las lágrimas, recordando al chico en el tren, sujetando la gorrita rosa de bebé, al chico que le había dicho que "habría sido cojonudo conocerte antes de los juegos del hambre", incluso al que le había dicho que era una arribista y que los miraba por encima del hombro. No era así, pero él ya nunca podrá saberlo porque está muerto, asesinado por un tributo, maldito fuese él… no, maldito fuese el Capitolio. Porque Sunny sabe, está convencida, de que si se encontraban en la final ella también le habría matado. Es lo que les obligan a hacer, piensa. Apenas ve el rostro de Serenity Ross y de James Ender en el cielo, y es una suerte, porque su acto cada vez le pesa menos. A Karen Tuk, bonita, rubia e inocente, sí la ve con claridad, tiene un broche azul en el cabello y sus mejillas rojas están arrugadas por la sonrisa.
Después de que el escudo de panem aparezca una vez más, el cielo se va a negro. El chico del distrito 12, el que tiene problemas en el pecho, está vivo, al igual que Lanna, ambos relativamente impedidos pudieron salvarse mientras que Karen Tuk, sana, y Robert, fuerte como un toro, han muerto. Sunny se seca las lágrimas y escribe "f11, SR. M11, J"J" E. f12, KT". Había dejado un espacio, sin poder escribir las palabras, la mano todavía le tiembla.
Suspira, observando a su alrededor.
"Está muerto, que lo escribas o no no hará nada para cambiarlo", se dice, seca y severa. Tiene razón, claro. Así que, en el espacio que había dejado en blanco, con la mano temblando menos, escribe: "m10 RH".
Mira el papel, con las bajas del primer día, y se lo guarda en el bolsillo. Han muerto diez personas… quedan catorce. catorce. trece más para volver a casa, piensa con desesperación. Por alguna razón, ese pensamiento le da ánimos en lugar de deprimirla.
Pareciera como si a una parte de sí, le importara poco que trece más tuviesen que morir.
Hay papas fritas en el plato, y él las toma con una servilleta porque odia tener las manos perdidas de grasa, detesta estar sucio en realidad. Está sentado en su sofá, viendo los juegos del hambre, como desde que volvió de trabajar en el campo, solo un par de horas ya que primero fue a la plaza, a presenciar el "océano de sangre", como han bautizado a esa cruenta carnicería. De manera que terminó de trabajar, se dio un baño rápido y desde entonces está allí en el sillón, frente a la televisión, mirando tanto los resúmenes como las emisiones en directo.
Es tarde, sí, pero no se puede ir a dormir todavía. Por la televisión muestran a la alianza profesional, triste por sus bajas pero feliz por las demás, contándose entre ellos a quién asesinó cada uno, lo que hace que, entre papa y papa engullida, el joven rubio suelte palabras grandilocuentes de desprecio supremo. Collie Rush y Marcus Armitage, se asoman de la cueva que habían usado como refugio, y están abrazados, temblando de frío, mirando los rostros en el cielo. La nieve cae sobre el pelo de ellos, haciendo más notorio el cambio en la chica que en él. Cuando Ryan Connolly aparece, Collie baja la mirada y tiembla un poco, lo que consigue que el joven albino la estreche contra sí para algo que no es conservar el calor.
Zachary Bayer, solo en el bosque, lanza leves gemidos cuando ve a alguien en el cielo, pero está bastante ocupado afilando una piedra, y no se detiene ni cuando aparece su compañera, aunque el mentón le tiembla un poco. Milaryon Lestrange, en el desierto, caminando sobre rocas, tiene los labios agrietados por la sed, y si bien su paso es un poco vacilante, sigue avanzando, buscando quién sabe qué. Sonríe al ver el rostro en el cielo de Emily, saludando con la mano, pero cuando ve a Robert Halloway da una patada a una roca y maldice de forma bastante chabacana. Miles Near y Lanna Peters hablan sobre todos los rostros excepto el último, que Miles no le describe a la chica ciega y ella tampoco pregunta, porque ya lo conocen de sobra. Nayerly Reyne y Alan Blake, en el desierto y a un par de rocas de distancia, están mirando al cielo, ella solo suspira y él da un puñetazo a una roca al ver a Lisa. "Si ya le decía yo que iba a tener problemah", dice, aunque parece triste.
Alabaster Faraday, el que lanzó vendas, armas y otros productos de los profesionales al lago, se había asomado para mirar los rostros, echándoles una ojeada desinteresada, luego entró a su refugio sin la sonrisa que había fingido para las entrevistas. Y luego está Sunny…
Sabe que le dolería, claro, pero es muy incómodo verla llorar. Ella, que siempre le había parecido tan imperturbable. Su primer impulso es juzgarla, claro, pensar pero qué incompetencia y qué estupidez y qué falta de sensatez y qué drama y qué etcétera, pero entonces piensa en los juegos, en el daño que hacen a todas las personas sin excepción, y si son capaces de sacarle lágrimas a alguien como ella, de ordinario tan fuerte, ¿cuan terribles han de ser para las personas normales? Había sentido hacia ellos un pálido odio en comparación. Hagan llorar a todas las inmundas e ignorantes amebas de Panem, pero Sunny… el solo sentir que el Capitolio les obliga a matarse es una situación límite, más para ella que, a no ser por la mano de hierro de su madre, odia que la lleven de la correa.
Ella se limpia las lágrimas, se acurruca e intenta dormir, pero Thomas sabe que no podrá ni aunque la hayan dejado de enfocar. En fin, había ganado bastante cuota de pantalla al romper el arco, fabricar una honda así sin más y comenzar a tirarle a los árboles, con una puntería bastante aceptable. Más pantalla que cualquier chica del distrito 10 promedio, lo cual le alegra. Es la única que queda, por suerte. Él sí siente alivio ante la muerte de Robert Halloway, pues el distrito podrá invertir en enviar regalos solo a ella. además, él se lo había buscado por estúpido, viéndolo desde el punto de vista de los juegos. Debería aprender a fingir, como hace él.
Y Thomas que había pensado en reunir los fondos y aportar de lo suyo con el fin de enviarle una honda porque en la cornucopia no habían…
Se mete las últimas papas en la boca, masticándolas deleitado. Esta chica suya les ahorró dinero a todos con su inventiva.
Es de lo que no hay, simple y sencillamente. A sus características inusuales obedece su extremo afecto.
Está triste, sí, pero lo va a superar, él lo sabe, espera que así sea. No negará que fue un poco desconcertante verla pisar sin piedad a ese chico moribundo, pero él fue tan idiota que merecía una muerte peor por el solo crimen de ser imbécil en los juegos del hambre.
Ella no lo fue, ni lo es ahora. Sigue trepando la colina y diez han caído.
Nota:
Capítulo sin muertes, no se acostumbren ajaja.
Este es un aviso importante, mañana me voy al campo y no alcanzaré a tener listo el 19º capítulo, aunque tengo ganas. Una semana estaré fuera, no creo que pueda actualizar. No se asusten, no es porque abandoné la historia, ajajaj. Pero escribiré allá así que seguro vuelva con capi nuevo :D
¡Gracias por las quinientas vistas! ¡Me emociona mucho!
Abrazos, reyes y reinas.
