Capítulo 19. La bolsa o la vida.


Alabaster Faraday va caminando despreocupadamente por el bosque, y Sunny Tyson le va a la zaga. Él lleva el florete en la mano y tiene los ojos fijos en el frente, mientras ella, pasándose la lengua intermitentemente por los labios resecos, no hace ruido al caminar. Lo vigila, lo observa y lo sigue. Así lleva una media hora, esperando el momento indicado para actuar.

–Insisto que no tengo idea de qué pretende –Lev tiene los ojos fijos en la pantalla, mirando a su chica. Tiene el corazón en la boca y las bolas a la altura de la garganta.

–Bueno, tiene sed –Gaspar se encoge de hombros–: o bien lo matará para conseguir sus cosas o bien le ofrecerá un trato. La bolsa o la vida, ¿Has escuchado ese término?

–No, pero sé a qué te refieres –Lev se retuerce los rizos negros. Desde que enfocan a Sunny discontinuamente persiguiendo a Alabaster Faraday, no ha dejado su cabello tranquilo–: ¿Pero por qué demonios no va al lago o al hielo?

Gaspar Andryushin se encoge de hombros, sonriendo radiantemente.

–Para eso también tengo un par de respuestas –dice, burlón–: o bien teme demasiado a los profesionales como para pensar en acercarse a ese lago… o bien quiere morir.

–Yo tengo una tercera respuesta –Christian Stark, con su expresión dulce e infantil, se sienta junto a Lev y le propina un suave beso en los labios–: quiere patrocinios y por eso se la juega, haciendo algo tan peligroso.

Lev recibe a su novio con una sonrisa. No lo había visto venir, concentrado como está en ver a Sunny mostrando sus estrategias de sigilo. Si apenas hace ruido la condená, piensa. Christian vuelve a sonreír, aunque tenga la cara hecha un guiñapo. Eso le sucedió porque el día anterior, Pyra Summerplatte le había dado la paliza de su vida en la sala de los mentores, lanzándosele encima enloquecida porque Alabaster había asesinado a Clarissa, su alumna. Entre Lev y Kevin Day, del distrito 7, tuvieron que separarla de él, pero no antes de que le arañase la cara, le mordiese el cuello y le dejase el labio partido.

–Sunny no es tan… –intenta explicarse, aunque no sabe qué decir. ¿Tonta? ¿Superficial? ¿Jugada? No lo sabe.

–Yo a esa pequeña desgraciada la creo capaz de todo –Gaspar se pone en pie–: va a empezar la sesión de arrumacos que atentan contra mi sensibilidad. Me marcho.

–No te vayas a ganar un puñetazo, Andryushin –Christian habla en tono suave y divertido–: pero adiós, adiós. Solo incordias.

Gaspar dedica una reverencia burlona y se va un par de asientos más allá, pero sigue mirando la televisión. Esta vez enfocan a la alianza profesional, bastante cerca de nayerly Reyne, que se halla en el desierto escondida entre rocas, con el rostro quemado y más sedienta que Sunny. Allí habría sangre, más que seguro.

–Yo creo que tu tributo… va a matar al mío –Lev aprieta la mano de Christian, convulsivamente–: así es el juego, pero sobre todo él es cruel y desalmado.

–Y tanto que sí –Christian ya no tiene su sonrisa infantil y burlona–: Mierda, Lev… Lo siento. Te prometo que no conozco de nada a Alabaster Faraday. No me vi venir la traición de la alianza y no sé qué vaya a hacer con la chica.

Alguna vez, Lev Abercowney confió en los jóvenes que tenía a su cargo, creía en ellos, en que podían ganar. Todavía es capaz de hacerlo, pero no comprende a Sunny Tyson, no sabe en qué está pensando, no puede predecirla y por ello, desconfía. De ella, de sus habilidades y de las cosas tan raras que hace. Esta es la más rara y peligrosa de todas, y cree que no la va a contar. Maldita sea… verá a otro de sus chicos morir, sin hacer nada. Sabrina ni siquiera está con él, había viajado al distrito 10 para entregar el cadáver de Robert Halloway a su familia, pero al menos tiene a Christian.

Le gustaría tanto que su alumno no fuese el próximo asesino de su chica… lo abraza, sin pensar en eso. está temblando, de desesperanza y miedo.


Se había despertado cuando aún era noche cerrada, con los labios secos y la garganta en carne viva, y en un inicio no sabía qué le sacó de su inquieto sueño, pero analizando su derredor, silencioso a no ser por los pájaros nocturnos, se percató de que no había peligro cerca, al menos uno con algún arma. Ni siquiera tenía frío, se había tapado la cabeza y las orejas con el gorro y la cara con la bufanda, empleando la mochila de almohada. Era bastante cómodo, de no ser por la sed.

Sed…

Sunny recorrió mucho bosque en esa tarde, buscando piedras, un camino o simplemente moviéndose para no pensar. Se cansó poco, caminaba grandes distancias en su distrito y siempre era bueno estar moviéndose, minimizaba las posibilidades de ser encontrada. En sus pesquisas, no halló ni una gota de agua. ¡En un bosque! Si lo pensaba tenía poco sentido, la cabeza le explotaba de solo imaginar un bosque sin agua, en sus novelas siempre había un arroyo o un riachuelo y en el distrito 10 también. Pero no en los juegos del hambre. Si los vigilantes querían, podían hacer un bosque sin agua o un resplandor ígneo y otro blanco a un par de kilómetros separados por un camino.

Intentó volver a dormirse y lo consiguió, estaba demasiado oscuro para hacer nada respecto a la sed que la invadía. Fue una noche accidentada, quizá la más accidentada de su vida, con sobresaltos y terror a la oscuridad, algo que no había tenido ni de niña, pero por suerte pasó, y el sol comenzó a asomar lentamente por el cielo. Ella agradeció aquello, tenía miedo de lo que ocultaba esa noche, y aunque hubiese podido descansar un poco la sed todavía la atormentaba ligeramente.

–Señor sol, sol, dame tu calor, brilla sobre mí –entonó, incorporándose. Le dolía un poco la espalda por haberla apoyado sobre el suelo nudoso, pero no era nada que no pudiese soportar–: te suplicamos que salgas ya, para admirarte y poder jugar…

Era una canción infantil, que cantaban los niños en el colegio. Quizá la hubiese inventado el Capitolio, la chica no sabía, pero ahora no podía dejar de pensar en ella, mientras el sol asomaba por el cielo. El sol asoma por el cielo y Sunny Tyson se la tiene que jugar para conseguir agua, así se llamaría el capítulo de hoy, pensó. Sonrió burlonamente, aunque tenía los labios tirantes. Llevaba aproximadamente diecinueve horas sin beber.

En el bosque no había agua. Lo sabía porque lo recorrió mucho, y porque meditándolo, era lo más lógico. El agua se hallaba en el lago, claro, cerca de los profesionales , o allá en lontananza, en los extremos. No perderá más tiempo recorriendo aquel hermoso bosque, necesitaba encontrar agua antes de que fuese demasiado tarde y sus funciones se vieran disminuidas. Leyó un libro sobre los síntomas de la deshidratación, aún tardará un par de horas, casi dieciocho más por lo que creía, pero no se la jugará. Antes de eso tenía que estar hidratada o perdería.

Antes de irse, sacó un par de galletas de su mochila, cuatro exactamente, y las comió rápido. No las disfrutó, se sentían un poco espesas y le costó tragarlas, pero era indispensable comer algo. Aún le quedaba un poco de la primera lata de atún, pero la guardará para más tarde. Lo bueno de tener ciertas privaciones económicas era que estaba más acostumbrada que otros a pasar hambre, no le molestaba excesivamente el comer poco.

Aún así, pensaba cazar. Un pájaro quizá, desplumarlo y comerlo. No parecía haber otros animales en el bosque, ni tan siquiera conejos, era una pena porque los conejos estaban ricos.

Su buen sentido de la orientación le resultó ventajoso esta vez, pues encontró pronto la salida del bosque, sin necesidad de subir a un árbol para buscarla. El camino real, con su césped lleno de rocío, se le antojaba un poco peligroso, pero lo bueno era que al menos tenía un poco de agua. Se inclinó, pasó la mano por la hierba y posteriormente la lamió, estaba mojada y fue refrescante. Lo hizo un poco más hasta descubrir que no quedaría ni saciada ni satisfecha, además estaba quedando mal.

Se quedó allí, en el borde del camino, pensando. Tenía la opción de ir al lago, claro. Seguro esa agua era bebestible y hasta tenía un sabor delicioso. Habría salivado de imaginarlo pero saliva no es que tuviera mucha, a estas alturas.

Pero el lago estaba descartado. Muchos profesionales, pensó. No podría hacerle frente ni a uno de ellos solo, o tal vez sí, si estaba lejos y podía lanzarle una piedra por la espalda, pero a cinco ni pensarlo. Lo único que resultaba un consuelo para ella era que Alabaster Faraday se había quedado sin el arco, su arma predilecta. Sonrió burlonamente, él la había perdido para que ella pudiese ganar la suya. Gracias, chico del 11. Gracias, Jimmy Ender.

Así que el lago estaba descartado… ¿y entonces? ¿Debía ir a los extremos por fin? Supuso que sí, y echó a caminar sin dudarlo, mirando a su alrededor para detectar cualquier posible amenaza, con el resto de sentidos también alerta. No debía perder el tiempo, por la posición del sol debían ser aproximadamente las 8.00 de la mañana tal vez, aunque ese sol bien podía ser falso y en el Capitolio estar a noche cerrada, qué sabía.

"Céntrate en lo que puedes solucionar e ignora lo demás –se dijo, tensa–: tienes sed, tienes que buscar agua y para ti son las 8.00 a.m, eso y nada más."

Claro que tenía razón, no iba a debatir en eso. era verdad. Caminó un poco hacia el sur, al borde del camino y bajo la ssombra de los árboles para no ser detectada, pero ella detectó algo primero. Unos pasos, nada sigilosos, sobre el césped. Se quedó inmediatamente quieta, mordiéndose el labio inferior y reduciendo al mínimo el sonido de su respiración. Ojalá el corazón le fuese igual de lento, pero no era así. La amenaza hizo que se le disparara, y, queriéndolo o no, bombeaba sangre a toda velocidad.

Solo un par de minutos tuvo que esperar en su escondite para ver la amenaza. Alto, flaco, rubio y amenazador, Alabaster Faraday caminaba a paso vivo por el camino real, parecía no tener miedo. Sunny sintió un temor visceral acometiéndola, que casi la mareó. Intentando rehuir a la alianza profesional, habían sido ellos quienes le encontraron primero. A eso se le llamaba tener mala suerte, pensó con frustración.

Aguardó a que pasaran de largo, pero al parecer iba él solo, quizá de avanzadilla, porque no se veía nadie más. Sunny afirmaba que el resto estaría solo un poco más atrás, así acostumbraban a ir los profesionales, en manada… no, en jauría, pensó con desprecio. Pero Alabaster Faraday ya había pasado su escondite, y nadie lo seguía. Sunny, atenta, observó otra cosa más. El chico llevaba tres mochilas enormes consigo, una espada más colgada de una de ellas y estaba totalmente solo.

¿Quizá había ido algo mal con la alianza profesional? Ella no había oído ningún cañonazo, estaba segura de haberlo advertido si hubiese pasado. No, pensó, lo más probable era que Alabaster Faraday se hubiese aburrido rápido de sus antiguos aliados, acostumbrado como parecía estar a la soledad, y se hubiese escapado de ellos por la noche, mientras dormían. Parecía una buena hipótesis, sustentada por la cantidad de mochilas que guardaba. Seguramente en una de esas debía haber agua…

Fue entonces que, ignorando su miedo, que de todos modos había remitido al ser una sola su amenaza y no cinco, que decide seguirlo, valorando mientras tanto los pro y los contra. Podía amedrentarlo fácil, él no contaba con armas a distancia y el factor sorpresa era determinante. Por otro lado, Alabaster Faraday era un asesino a sangre fría, Sunny recordaba bien la puerta de la sala de las sesiones privadas, y su pelo platinado manchado de sangre.

Un asesino. Ha perdido su dignidad porque ni siquiera puede alegar que fue para preservar su vida.

Un asesino merece que le roben, pensó Sunny Tyson con frialdad. Su madre, Wendy Dean, decía que robar era indigno, por muy necesitada que se esté o muy pobre que se sea, uno no puede estar robando. Pero aquí es distinto, pensó Sunny con rabia. No solo usaría su pequeña ventaja para robar sino que lo haría con alguien a quien temía y despreciaba.

Un 12… disfruta tu 12, asesino. Me quedo con tu agua, pensó, siguiéndole los pasos con sigilo.

Por el camino, iba recogiendo piedritas. Siete tenía cuando llegó el final.


Hace calor en aquel lugar, sus tres compañeros están dudando encontrar algo después de pasarse la mañana en búsqueda de tributos. Connor lo está creyendo así también, pero su fijación no le dejó en paz durante toda la noche. Después de comer los fideos con pescado junto con su alianza, y posteriormente a haber masticado unas hojas de menta para el aliento, él se encargó de la primera guardia. Mientras el resto dormía, extenuados por las remodelaciones que habían hecho a la cornucopia, Connor Edgeworth pensó en el desierto. No había podido atrapar a ninguno y eso lo frustraba. Lo frustraba tanto que, cuando Dahlia Fey fue a relevarlo, él apenas pudo dormir pensando en ese desierto de los huevos.

Y ahí están, en el desierto todavía, sin encontrar mucho más, con las mochilas en sus espaldas y todo lo que les es querido allí. piensan volver a la cornucopia por puro simbolismo, pues ya no tienen nada importante, pero es un perfecto lugar para acampar. Han decidido que siempre se moverán los cuatro juntos, más bien es Connor quien lo decidió y así se ha hecho.

–Yo volvería a la cornucopia o buscaría por el bosque –Mikah, sudorosa y algo quemada, da una mirada airada a las rocas.

Connor reconoce que tiene todo el sentido del mundo no querer incursionar en aquel desierto, es su mente la que todavía le dice que allí hay algo bueno, o al menos algo a secas. Así que no dice nada, guarda un silencio obstinado y siguen buscando. Buscan por dos horas más hasta que por fin la encuentran.

Al parecer viene huyendo de un muto, porque a lo lejos se puede ver un remolino de arena levantándose, algo que les hace toser. Ella, pelirroja y pequeña, viene corriendo y tosiendo hacia ellos, perseguida por una lagartija de arena del tamaño de una vaca. Connor blasfema ante tan horrible cosa, pero su corazón se alegra al ver a la chica corriendo en su dirección. Eso es, claro, hasta que por fin los ve, e intenta cambiar de rumbo, aterrorizada. Es normal que lo esté.

–Mikah, Alex, encárguense del muto. Dahlia, conmigo –ordena.

Alexander Rheon, supone Connor, no está acostumbrado a seguir órdenes, pero en el momento de oír su voz de mando se presta a obedecer, alzando su hacha y cargando irreflexivamente contra la lagartija, que los ha visto ahora y se dirige hacia ellos. Mikah tiene en bandolera sus tres cuchillos arrojadizos, y además un cuchillo de supervivencia color naranja que fue todo lo que se pudo salvar del saqueo, y lo sigue, decidida. Es un muto grande, peligroso pero estúpido, Connor está convencido de que lo podrán distraer el tiempo suficiente para que Dahlia y él puedan encargarse de la chica antes de ir a ayudarles.

Los capitolinos, piensa, deben estar pegados a sus pantallas, mirando aquella batalla doble. O más bien, una batalla y una cacería.

Dahlia corre más rápido que él, así que es la primera en acercarse a ella. Nayerly Reyne, del distrito 6, se parapeta entre dos rocas enormes que están demasiado juntas, con los ojos dilatados por el miedo, y desde allí le lanza a la profesional una lata de conservas que le llega en el hombro. Connor, mientras corre, casi puede oírla sisear. Por fin, él también llega a su altura. Dahlia, alzando la espada, se ubica en un extremo de las rocas mientras que Connor lo hace en el otro, dejándola encerrada en medio.

–Chica del 6, lamentablemente te tenemos rodeada –dice Connor, mirándola desde allí. ella está acurrucada todavía con una lata de conserva en la mano–: diría que mejor salgas antes que…

La chica le lanza la lata. Intenta que sea en la cara, pero él es muy grande y ella chiquita, por lo cual le llega apenas en el hombro, y sale disparada en su dirección. Los hombros de Connor son de acero, al menos eso dice él, porque es cierto, algo dolió pero es menor, así que no hace gran mella, y se queda prácticamente donde está. La chica, dándose cuenta de que el sujeto no va a moverse, intenta retroceder, pero Connor ya puede meter el brazo y la mitad del cuerpo. Eso hace, y por desgracia solo alcanza un mechón de su cabello rojo, del que tira para sacarla de donde se ha metido porque no puede maniobrar con la espada en un espacio tan pequeño. Nayerly Reyne grita de dolor.

Intenta zafarse, pero Connor la tiene asida con demasiada fuerza, tanto que el pelo, tirante, le lastima los dedos. Mete un poco más el brazo y consigue su hombro, de allí tira para sacarla. Sin embargo, la chica suelta un grito terrible, agónico y desestructurante, que le provoca un poco de claustrofobia en ese espacio tan pequeño, y cuando Connor mira hacia abajo, ve la punta de una espada ensangrentada sobresaliendo de su pecho. Un escupo sanguinolento con tos le llega en la mano, cuando la pelirroja tose por última vez, y suena un cañonazo. Tiene poco espacio para desplomarse, así que solo se ladea, ya inerte. Connor ve entonces a Dahlia Fey, dentro del espacio igual que ella, retirando la espada con esfuerzo. Se muerde el labio, imprimiendo fuerza en el movimiento hacia arriba, y cuando por fin consigue extraerla, suena un ruido asqueroso que rechina. Connor apenas se inmuta, conoce bien ese sonido.

–Gracias por distraerla –le dice, la hoja roja del arma todavía alzada en su dirección–: vamos empatados a dos ahora.

Connor asiente, despidiéndose de Nayerly Reyne con una reverencia. En absoluto fue una buena rival, aunque no es su culpa, ella ni siquiera se había presentado voluntaria, pero merece respeto. Ahora, la competitiva de Dahlia va a su par, aunque sea algo que solo a ella le importa.

Cuando salen de aquel agujero, Dahlia Fey limpia el arma a toda velocidad, aunque Connor sabe que la lavará concienzudamente al llegar al campamento, y corren a ayudar a sus compañeros. Antes le había parecido oír un grito femenino, de Mikah quizá, pero al mirar a lo lejos al lugar se dan cuenta de que sus preocupaciones son vanas, la pelea con el muto también fue breve. Alex, de hecho, lo está cortando a trocitos con el hacha mientras tararea una canción, y Mikah se halla sentada en una roca, mirándolo.

–Connie, tienes sangre en la mano –dice la chica, al saludarlo de nuevo. Él se la limpia en la ropa–: así que la mataron… tardaron poco.

–Gracias –Connor sonríe hacia ambos–: no era una luchadora, así que no nos tardamos nada.

–La maté yo –aclara Dahlia.

Mikah frunce levemente el ceño.

–Yo prefiero… tomarme mi tiempo para esas cosas –opina suavemente, poniéndose en pie–: bueno, vámonos, por favor. tengo mucho calor y hambre.

–Yo también –opina Alexander–: mucha acción por hoy, un tributo y un muto grande. Capaz que en la noche salgamos a cazar, si Connor quiere.

Mira al líder, con una leve sonrisa. Será una bestia bruta, piensa él, pero es leal y en particular parece haberse ganado su respeto, quizá por el tamaño. Y Mikah se ganó su deseo o algo así, porque no para de perseguirla. A ella no parece molestarle, siendo así Connor no tiene nada que opinar.

–De acuerdo, vamos.

En breve, salen del desierto. Unos ojos ambarinos, asustados, los miran desde unas rocas bastante bien ocultas.

–Menos mal que se jueron, sí –Alan Blake tiembla un poco, mirando el cadáver troceado de la lagartija–: y me han dejao comida. Bien.

Se arrastra entre las rocas, hasta lo que será su próximo almuerzo. Está algo quemado también, pero tiene mucho mejor aspecto que la fallecida Nayerly, y desde luego muchas más ganas de vivir.


Sunny todavía le va siguiendo los pasos, se asombra de que el sujeto ni siquiera se dé cuenta. No ha hecho ruido, es verdad, pero ella está segura de que de haber estado en su lugar hace rato hubiera advertido su presencia.

Tiene una piedra del tamaño justo en la mano derecha, otra metida en el pliegue de la manga, a tal punto de que con solo bajar el brazo esta se deslizaría hasta su mano, y varias más en unos bolsillos de fácil acceso. Sabe que con una pedrada en la frente, con la suficiente distancia y precisión, lo dejaría atontado como poco. Inconsciente como mucho.

Una parte de sí le dice que sería como disparar a Thomas, uno más delgado, algo más alto y más atractivo, pero hace mucho cruzó esa etapa ya, no es oro todo lo que reluce, y desde luego el corazón de Alabaster Faraday está negro y podrido. Analizando su comportamiento anterior en aquella tarde de caminata, llegó a la conclusión de que le habría gustado sentirse como en casa, con alguien de casa con quien compartir teorías y debatir, pero estos son los juegos del hambre, por muy simpático que hubiese sido Robert o lo mucho que se le acercase Lanna. Todas esas relaciones terminaron mal, y aunque se hubieran podido aliar los tres, por ejemplo, habría seguido mal cuando tuviesen que matarse. Algunas veces se sintió sola en el distrito, ignorada por la gente de su edad, que iba a bares por las noches hasta quedar rendidos y rendirse más al trabajar. Únicamente tenía de compañero a Thomas él y su seriedad, pero ahora extraña esa seriedad y esas palabras. ¿Las había buscado en el serio y despectivo Alabaster? Oh, con toda certeza, no buscaba al amor de su vida sino al amigo porque estaba asustada. Sin embargo, las cosas cambiaron con la sangre en el cabello.

No puede dudar, tiene que dispararle.

Pero ¿y si se recupera más rápido de lo que ella supone? ¿Y si el tiro no es tan certero? ¿Y si él es más rápido y la ensarta? Ensarta, qué palabra más horrible. Ella solo le vio con el arco y era magistral, no sabe cuán bueno es con un florete, pero supongamos que es bueno. Supongamos que es excelente, de hecho. Estaría perdida si se le acerca demasiado.

"Tse… pues no te acerques –le dice Thomas, exasperado de esa manera algo más suave que solo le pertenece a Sunny Tyson–: amenázale, que te lance la mochila. La bolsa o la vida."

Eso suena bien, piensa ella, muy bien. A una distancia de ciento setenta pasos, tal vez, con la honda tensa y me das una mochila con agua o te disparo. Es algo que se ve capaz de hacer, y si no se las da entonces dispara de verdad. Así, además de no exponerse a la cercanía, tampoco se expone a disparar de plano a una persona, algo que no la hace sentir cómoda ni le gusta.

Espera cinco minutos para armarse de valor, con las manos temblándole un poco y la respiración entrecortada de alguien que hará la tarea más importante de su vida. Muy posiblemente, piensa Sunny, lamiéndose los labios resecos y resecándolos más, posiblemente así sea. Tiene miedo, claro, pero también está decidida.

Una ramita cruje cuando da un paso, es un ruido lo suficientemente audible para alertar a alguien y es precisamente lo que quiere. Alabaster Faraday, que es sordo como una tapia en la naturaleza pero que su sordera al parecer no da para tanto, oye el ruido y se detiene, en tensión, escuchando, pero no se gira todavía. Sunny provoca otro ruido más ligero, esta vez al extender el brazo izquierdo a todo lo que le da, tensar la honda con el brazo derecho hacia su cuerpo, y con la piedra en la mano. Alabaster, esta vez, sí se gira, y sus ojos azules se abren desmesurados tras los lentes.

Sunny se siente temblorosa por la adrenalina, pero ambas manos suyas están perturbadoramente firmes.

–… –él no dice nada, muy quieto, aunque su mano alza levemente el florete.

.

–Agua –pide la pequeña chica del distrito 10, con voz ronca. Quizá de no haberla usado, tal vez de sed. Como sea, no se pudo haber deshidratado tan rápido.

Alabaster Faraday siente que el corazón le late apresuradamente. Al principio piensa que es miedo, que esa pequeña niña de la resortera le ha amedrentado, pero pronto reconoce la emoción como entusiasmo. ¡Si justo hoy había pensado en buscarlos a ella o al tipo del 3! Oh, buen destino, cómo sonríe a los justos.

–Tsk –emite él, alzando levemente su florete. Se encoge de hombros, mirándola con desdén.

–¡Que me des tu mochila con el agua o te disparo! –Ella no grita, pero su voz es una exclamación por sí misma, tensa más la honda y parece decidida.

Obviamente que solo lo parece, porque es una de distritos periféricos, ésos nunca han matado y siempre lloran y moquean cuando tienen que hacerlo. Alabaster recuerda al mentor de esa chica, el novio de Christian Stark, cómo sollozaba como un niño después de asesinar al pequeño de su edición. Patético.

–No… no te atreverías –una sonrisa burlona curva sus labios, olvidándosele por completo eso de hacerse el simpático.

–¡No oses desafiarme, Alabaster Faraday!

(Alabaster Faraday) así que es ella, piensa. Lo tenía casi seguro, pero…

Un impacto duro, preciso y certero en la boca del estómago le hace doblarse de dolor, además de haber soltado todo el aire en una suerte de jadeo. Por un par de segundos, solo puede sostenerse el vientre, las lágrimas de asfixia empañan sus ojos y siente la cara colorada. Me estoy ahogando, se dice repetidamente, intentando tomar aire. Por fin lo consigue, y se incorpora solo para ver a la pequeña arpía del 10 con otra piedra ya tensa.

Está sonriendo. Menuda sádica.

–Tsk –Alabaster alza su florete–: te voy a matar.

Por no decir que el estómago le duele a rabiar. Mi pancita, piensa, con un par de recuerdos de infancia que no va a compartir con nadie, mientras viva.

–Para eso tendrás que atraparme –la vaquera sigue sonriendo con burla, tensando la piedra–: te ruego que no me obligues a dispararte en las gónadas.

Parece capaz, piensa Alabaster, su escroto se encoge por la perspectiva. Alguien capaz de disparar así contra otra persona, es capaz de todo. No va a matarla, decide, o no ahora. La necesita.

Deja el florete en el suelo, se descuelga la mochila y se la lanza. En esa mochila hay dos botellas, llenas con agua del lago purificada, junto con vendas y una muda de ropa para entorno caluroso y cerillas.

–Ahí tienes –le dice, despectivamente–: agua para regar tu dignidad.

La chica del 10 solo desvía la mirada un segundo, pero es lo que necesita Alabaster para salir de su ángulo de tiro y es lo que hace, se interna en los árboles y corre, retrocediendo hacia ella. tiene el florete en alto, el paso vivo y sobre todo, varios árboles que le harían difícil apuntar. También rápido, ella se pone de cara a los árboles, en guardia, todavía con la honda en la mano. No huye y eso le gusta, tampoco le tira a lo loco, lo cual está aún mejor. Escondido entre troncos, Alabaster llega a la altura de la chica y sale de la espesura con celeridad. Ella lanza su piedra y él la detiene con la hoja de una manera perfecta. Los horribles capitolinos seguro están aplaudiendo en sus casas, mientras que, allá en el distrito 10, los parientes de esa pequeña morena deben estar rezando por su alma.

Ella está tensando otra piedra. Ay, si quisiera matarla, cuán fácil sería entonces… piensa, chasqueando la lengua. Le gusta que sea valiente y que parezca no rendirse, pero lo tiene casi todo en contra, a no ser que sea una perfecta tiradora.

–… –ella no habla, solo tiene los labios tan tensos como su cuerda.

–No dispares –ordena él.

–No creas que te daré mi vida para que obtengas una fácil victoria –aterrorizada y todo, consigue sonar grandilocuente. Es un gran mérito, piensa Alabaster, que reconoce las cosas buenas de las personas cuando las ve. Solo que no ve cosas buenas a menudo.

–Tsk… –tiene que contener su desprecio–: si quisiese matarte, ya estarías muerta –en realidad es un farol, le teme a esas piedras, pero la chica no tiene por qué saberlo, claro.

–No te creo –No tiene por qué saberlo, pero lo sabe–: porque no tomarías riesgos innecesarios.

–… –sólo la mira, florete en alto.

–… –ella tensa más su honda.

–… –Alabaster baja el florete.

La chica del 10, en cambio, no deja de apuntarle. Qué se le va a hacer, tendrá que hablarle. Odia explicar las cosas, se le hace una tarea pesada e innecesaria, y pensó que con ella no había necesidad, pero algo tendrá que decirle a esa fierecilla asustada.

–Aliémonos –propone, en una sola palabra, con toda la sinceridad de sus ojos azules.

Ella sonríe burlonamente, no deja de apuntarle y tiene la mochila todavía en los pies. Por último, niega con la cabeza.

–Una alianza para mí está descartada, y mucho menos con alguien como tú –expresa, mirándole con algo que, Alabaster cree, nunca antes le habían dirigido. Le cuesta discernir esa expresión en el rostro de otro, pero cuando puede, se queda sorprendido.

Es desdén.

–Tsk… no sabes lo que te pierdes –expresa–: ¿Y por qué conmigo no?

Aquello es importante. Que una piojosa y flaca chica de distrito no le quiera a él, Alabaster Faraday, profesional y mejor calificación de los juegos anuales del hambre, es tan increíble como inconcebible, y le duele en el orgullo. no debería importarle, pero la gente siempre le busca y él se acostumbró a ello, siempre se alegran cuando habla, de continuo es él quien rechaza y no al revés. Esa pequeña chica morena debería estar besándole los pies por la oferta y no escupiéndosela en la cara. Ella ni siquiera responde, intenta buscar la forma de tomar la mochila sin dejar de apuntarle, pero no hay manera.

–Antes –Alabaster tiembla un poco, enfadado–: en la biblioteca del centro de entrenamiento, fuiste tú quien me habló…

Por no mencionar que él le había propinado un "hey". Se siente estúpido.

–te hablé porque… me recordabas a alguien de casa. Pero… no le llegas ni a la suela de los zapatos, ¿ssabes?

¡Que él no llegaba a la suela de los zapatos de alguien! Aquello es tan ridículo que ni siquiera le hace enojar, le causa gracia, de hecho. Más aún porque seguramente es un vaquero palurdo de distrito con olor a estiércol. Se ríe en su cara.

–Chiquilla estúpida, no sabes lo que dices –la acusa.

–Quizá –Ella tensa un poco más la honda–: pero sé lo que hiciste en tus sesiones privadas, Alabaster Faraday. Sé por qué obtuviste un 12. ¡Ni siquiera puedo mirarte sin que me acometa un estremecimiento de horror hacia ti!

(Alabaster Faraday)

Vuelve a recordarse a sí mismo saliendo de aquella sala, temblando, a paso ligero y con sangre en la cara y en el pelo, y esa (Alabaster Faraday) voz pronunciando su nombre. Aquello no es un farol, ella lo sabe.

–Deberías estar feliz de que alguien como yo te ofrezca una alianza –él la mira con desdén superlativo–: sabes de lo que soy capaz y me odias. Yo sé de lo que eres capaz y te desprecio. Somos un buen equipo.

Ella se queda unos segundos pensativa, pero Alabaster está ya por rendirse. No quiere tener a una chica tan irracional consigo, menos si le tiene en tan bajo concepto. Aunque aquello es nuevo y le da curiosidad, alguien que por fin parece no ver lo genial que es sino que lo observa desde otro prisma. Sería digno de estudiar si tuviera ganas.

–Y algo más –Alabaster termina, con un chasquido de lengua–: en caso de que te niegues, uno de los dos terminará muerto.

No piensa dejar que una rival con una honda ande suelta por ahí. O la tiene de su lado o nadie la tendrá, ni siquiera ella misma.

La chica se mantiene tanto tiempo pensativa, que él ya se está preparando para dar un golpe de gracia, pero, por fin, asiente. No le deja de apuntar, pero mueve la de una sola vez de arriba hacia abajo.

–¿Por qué? –Pregunta.

Aquel interrogante es tan general que se le ocurren un sinfín de respuestas. Porque cometí un error, piensa primero. Porque tengo en contra a toda la alianza profesional a causa de la impaciencia que a veces me pierde, también podría ser. Porque desde el principio, tú y el chico del 3 estaban elegidos para ser mis cómplices, es otra. Porque no es recomendable estar solo, la última.

–Porque te estaba buscando y me encontraste –en cambio responde.


Cuando Sunny Tyson por fin baja el brazo, siente que lo tiene un poco dolorido. Todavía espera que Alabaster Faraday se le lance encima, florete en mano, pero no sucede. Es más, ni siquiera lo ha alzado. Ella toma la mochila, la abre, saca una botella de agua y da un largo trago, sintiéndose aliviada, y él aún no hace ademán de matarla. Se está acomodando las correas de la mochila, serio y reservado, como siempre.

Aceptó porque no le quedaba otra alternativa en ese momento, todo le salió mal y terminó trasquilada. Al final, él la quiere de aliada por una razón tan ambigua como "me encontraste cuando te buscaba" que nada le dice, suena incluso cursi y ridícula, pero le parece perfecta para no decir nada si alguien te pregunta.

Le teme a Alabaster Faraday, pero tiene una ventaja el temerle y despreciarlo. No se encariñará de él, como con Robert o Lanna. El primero tenía una hija pequeña y, pese a sus exabruptos, no era mala persona, y la segunda es dulce y desvalida, provoca indefensión. El profesional del distrito 1 ni una cosa ni otra, es una bestia parda sedienta de sangre de la que no piensa fiarse, pero al menos lo tendrá de su lado por un tiempo, y seguramente el resto de tributos también le tema, lo cual es una ventaja considerable.

Deberá ir con ojo, obviamente. Como siempre, había dicho lo que pensaba en su cara, cosa que no le hizo mucha gracia a él, pero ahora tiene que minar un poco esa mala impresión. Recoge la piedra que él tan hábilmente desviara con la espada y la vuelve a introducir en el hueco de su manga. Lo mismo piensa hacer con la que se halla varios pasos hacia el sur.

–Gracias por el agua –dice.

–Tsk –responde él, ignorándola.

–Tengo un lápiz, por si prefieres escribir un "por nada" –manifiesta, burlona, sin poder contenerse otra vez. Alguna debería aprender a cerrar la boca, piensa con resignación.

–No quiero escribirte nada –él suelta las palabras con dificultad–: ya sabes, nos damos asco y todas esas cosas.

Sunny advierte resentimiento en su voz. En ese sentido es más infantil que Thomas, a quien la opinión externa francamente le importa poco. Tiene que dejar de compararle con Thomas, piensa. Solo se parecen levemente en el físico y en la manera de chasquear la lengua. Como había dicho y sostiene, no le llega ni a la suela de los zapatos.

–Bien –Sunny no borra su sonrisa–: pensaba ir al extremo sur. ¿Vienes conmigo?

Alabaster le lanza una última mirada ofendida, antes de ignorarla de nuevo. Ella, sin mucha paciencia, echa a caminar sin decirle nada, allá él si le sigue o no. pocos segundos después, oye sus pasos y debe girar rápidamente para ver si está con intenciones homicidas contra su persona. No las tiene, está caminando con las manos en los bolsillos.

–Serán unos días muy, muy largos… –suspira.

–Tsk… –responde él.

Sunny, aún andando, se pregunta con un poco de desesperación si había sido buena idea haberse aliado de esa forma con alguien como él. Espera que sí, aunque teme que no.


Encomios:

Puesto 14º Nayerly Reyne, f6 – Dahlia Fey.

Nayerly: otra que había llegado más lejos de lo que merecías, aquí no te vi camino. Te quería, pero tuve que matarte.


Nota importante:

Desde aquí, Sunny y Alabaster estarán juntos en la aventura. Tanto si esperas romance como si no te gusta este giro, puedes abandonarlo tranquilamente.

Saludos, Reyes y reinas.