Capítulo 20. Tablas.


El viento gélido roza las caras de Sunny y Alabaster cuando, en el mismo silencio con que partieron, entran al sector sur, del hielo, en busca de cosas nuevas o simplemente moviéndose. La nieve cae en ráfagas intermitentes, provocando un ruido crujiente al andar. Menos mal el profesional del distrito 1 tenía ropa abrigada de recambio en una de sus mochilas, inclusive unas botas, de lo contrario le habría sido imposible caminar por un sendero tan accidentado como aquel. Sunny todavía recuerda sus aspavientos para intentar explicarle que antes de entrar a ese sector se quería cambiar de ropa. Fue como "tsk… –suspiro y movimiento de brazos–: tsk… –miradas a los arbustos". Menos mal, años de experiencia con Thomas y un amplio catálogo de fracasos comunicacionales le dotaron de la sabiduría necesaria para entender que él deseaba mudar su uniforme de tributo. Alabaster, al verse comprendido, había suspirado de alivio, y fue ella quien vigiló, honda en mano, mientras su nuevo aliado se escondía tras unos árboles para cumplir con el trámite. Lo vio todo el país, excepto la única persona a su lado.

Casi consiguieron llevarse bien entonces, no obstante Alabaster seguía ofendido, con mucha razón, piensa ella en aquel momento, pues fue dura y despectiva, como con el resto del mundo. A veces, querría no soltar todo lo que piensa de esa manera, tal cual si las palabras fuesen piedras y su boca la honda que las propulsa, pero ya lo hizo y está tan lejos de pedir perdón como de entregarse a una muerte segura con los profesionales, se dice, con orgullo. después de todo, mentira no es que se trata de un asesino sin escrúpulos, capaz de hacer algo tan horrendo como quitar la vida a alguien, posiblemente un avox dada la poca repercusión que tuvo, sin una excusa semejante a es que está en peligro la supervivencia o seguridad. Aquello fue tan innecesario que, cada vez que recuerda que se halla asociada con alguien de tales características también se avergüenza de sí.

Una montaña empinada se ve a lo lejos, sin embargo a su alrededor sólo hay enormes abetos, con nieve en sus ramas y bastante altos en comparación a Sunny. los mira, las ramas parecen demasiado inmóviles para el viento borrascoso que sopla, y eso le da mala espina. También hay sauces, flexibles y más pequeños, que se balancean de una manera harto más familiar, y otros árboles que ella no conoce.

–¿Qué haremos aquí? –pregunta la chica, una vez ingresados al extenso y nevado paraje.

–Cazar –responde Alabaster Faraday secamente.

Sunny no espera otra cosa, su alianza es de mera conveniencia y ya antes había visto que es un antipático. Ella tampoco es de demasiadas palabras, así que no se queja del silencio.

–No creo que haya muchos animales además de pingüinos o algo así –opina con idéntica desgana.

–Cazar tributos, estúpida.

–Entonces aclara, bestia parda, no poseo el don de la adivinación –los colores se le suben al rostro, no puede creer que alguien la haya llamado así.

–Y el de la inteligencia, tampoco –añade él con una estocada directa.

–Para estar aquí perdiendo el tiempo discutiendo contigo… sí, tienes razón, me parece que no la poseo –ella, burlona, aprieta los dientes por el enfado. ¡Ay de ella y su tranquilidad perdida! ¿en qué momento se fue a coligar a ese espécimen?

–Tsk…

–…

Sunny, enfadada, aprieta los puños y sigue caminando. Tiembla un poco por el frío que hace en aquel paisaje invernal, pero también por la furia. Ah, claro, cazar tributos. Los profesionales no hablan de una matanza contra chicos de distritos menos favorecidos, hablan de cazar. No hablan de peleas desiguales e injustas, sino de batallas. Y cuando ese fideo presumido asqueroso había dicho cazar, ella tendría que haber supuesto… no, esa alianza no pegaría ni juntaría, piensa la chica con rencor. Accedió a causa de una situación desesperada, y ya que no se siente así en aquel instante, puede cotejar con toda la fuerza de la desesperación su error.

Se dirigen una mirada aversiva, los labios de Alabaster Faraday están azules, y ella también tiene frío, aunque se le nota menos por ser más morena. Tendrán que buscar un lugar donde guarecerse primero, es dificultoso llevar mochilas, espada de recambio y el cansancio a cuestas, además en algún sitio habrán de dormir, la intemperie está descartada pues a aquella hora del día, incluso, hace un frío por debajo del grado cero, el clima por la noche ni imaginárselo quiere. Sunny le dice todo esto y Alabaster asiente con la cabeza, inexpresivo.

–Luego iremos a cazar –dice ella con frialdad.

Al decirlo así, intenta que le importe menos. Trata de que, con ese tono desafectado y su semblante impávido, se le transmita la seguridad a su corazón lleno de dudas. No obstante, cree no tenerlas todas consigo y quizá, solo quizá, cuando Alabaster Faraday le diga que salte ella le dirá "me niego" en lugar de preguntarle hasta dónde.

Sabe que los juegos del hambre van de asesinar personas, Lev la adoctrinó para defenderse, huir, atacar, matar, matar, matar, matar. Así y todo…

Alabaster nada contesta, y otea a su alrededor en busca de algo, seguramente un sitio donde quedarse, o tal vez comida. Sunny hace lo mismo, un poco entumecida de frío, pero siempre en movimiento. Solo sus labios no se mueven, tensos, fijos, y sus rostros congelados en una expresión de profunda antipatía.

Muchas veces, Sunny había leído en las novelas rosa que tanto ama aún, que los opuestos se atraen, que en los extremos surge el amor. sí, es verdad, se decía, mientras comparaba su amor prohibido, oscuro y abocado al fracaso que veía entre ella y su mejor amigo Thomas. No obstante, ahora, con Alabaster Faraday… les gritaría una grosería a cada una de esas autoras si fuese de gritar groserías. Ellos son de opuesto signo y no se puede imaginar ni siquiera tolerándolo.


Julio Jansen mira la cueva, feliz y con los ojos brillantes. Miles Near, del distrito 12, había decidido por fin salir. Ya era hora, se la habían pasado cobijados en ella junto con Lanna Peters, su aliada. Lanna resulta saber cocinar y es una buena conversadora, animando al chico con problemas en el pecho siempre que este se encuentra desanimado o deprimido, que no resultan ser pocas ocasiones, pero no sirve para nada más, opinan los vigilantes. Es conmovedor que un chico tan débil como él, que debería gastar todos sus esfuerzos en mantenerse con vida, arrastre además con alguien como Lanna, cuya utilidad parece remitirse a la palabra, pero así es. Julio no le augura mucho a ninguno pero resultan interesantes de analizar, aunque no ganen tanta pantalla por no haber acción.

Hay ciertos patrocinadores dándolo todo por ellos, eso sí. Insensatos, piensa Julio Jansen, con vértigo de solo imaginarse perdiendo su sueldo de vigilante en una apuesta tan arriesgada, pero no deja de haber gente con exceso de esperanza o carencia de cerebro, como se le quiera llamar.

–Por favor, Lanna, no salgas por nada. Apenas tardaré una media hora, ¿sí? –pregunta Miles, intentando no toser con todas sus fuerzas, aunque la última palabra se le entrecorta.

El frío empeora su estado, le había confesado a su aliada, pero el calor y la arena también lo hacen, y el sector central no es sano para la salud de nadie si quieren vivir. Y, por muy débiles que sean, ambos están sobrados de eso, tanto personas como razones para seguir viviendo. Aquello es fascinante de los juegos, piensa Julio con regocijo, sacan el valor, la virtud, la violencia y el ensañamiento a partes iguales. Lo mejor y peor del ser humano se ve una vez al año, por televisión. No es anormal, pues, que sean adictivos.

–Cuídate, Miles, y llévate el cuchillo –Lanna, dulcemente, se lo extiende. Él lo toma sin dudarlo–: por si acaso…

Ambos habían descubierto, el día anterior por la noche, el efluvio de agua caliente que existe relativamente cerca de la falda de la montaña. Con ella habían herbido los distintos animalillos que Miles se había encargado de cazar, y pese a que solo llevan un día y medio se las arreglan bastante bien. Si les dejasen tranquilos, podrían sobrevivir bastante. Solo que no se tiene intención de dejarles tranquilos, claro.

–la nueva alianza está a menos de un kilómetro de donde piensa ir Miles Near –el controlador del clima le dice a la vigilante jefa, Anglevin–: ¿qué hacemos? ¿Les atraemos o alejamos?

Casiopea anglevin le mira fijamente con sus ojos monocromos. Al joven Julio le da mucha inquietud esa mirada, cuando ella lo hace con él le parece que el mundo entero se le está derritiendo, y compadece al pobre tipo porque esa sensación no se la da a nadie.

–Que pase lo que tenga que pasar –dice enigmáticamente ella.

Casiopea Anglevin lleva diez años en el cargo, y desde que es ella quien ocupa el mullido sillón, los juegos duran más de los dos días o a veces uno, que era lo acostumbrado. La idea era mostrar un entorno pequeño, que se las arreglaran para sobrevivir y matarse y luego ganar, sin interacciones. Casiopea dice ser un alma sensible, no le interesa el qué sino el cómo. Lo primero que hizo fue aumentar el tamaño de las arenas, así como la cantidad de escondites y los recursos naturales; de manera que los tributos pudiesen correr, esconderse, luchar por sobrevivir, entablar relaciones, contar algo de sus vidas… capitolinos y capitolinas eran fanáticos de ver aquello, el modo en que relaciones nacían, crecían y morían en tan poco tiempo. Entre que ellos eran adolescentes y la cercanía de la muerte, surgían vínculos muy emotivos, intensos, desenfrenados y apasionados, en el sentido general de la palabra, claro. Las lágrimas de Lev Abercowney cuando tuvo que asesinar al pequeño Clemont Fry solo es un ejemplo, Danner Schlotterbeck y la épica pelea con la profesional del distrito 2 podría ser otro, o cuando Jack Lastra Thibodeau dejó ir a su compañera de distrito aunque quedaban diez tributos… oh, la tensión, la emoción.

A Julio le encanta mucho más eso. es cierto, es excitante ver a chicos matarse rápidamente, pero más aún cuando han pasado cinco días, él se ha escondido, ha corrido, ha luchado por comer y ha visto morir a su aliado… eso no tiene ni precio ni límites.

De manera que se decide dejar aquello a la suerte, la alianza tan sorpresivamente formada entre Alabaster Faraday y Sunny Tyson podría o no encontrarse con Miles Near y podrían o no matarle, eso lo dirán los factores que los vigilantes no controlan. Mucho mejor así, piensa él sonriendo.

–el que realmente me inquieta es Zachary Bayer –Casiopea le hace un gesto a uno de los cámara para que enfoquen al chico del distrito 3–: tiene una buena arma hace como tres horas y la ha estado desaprovechando, sentado ahí.

Se vuelve a enfocar el bosquecillo, que actualmente sólo él ocupa. Zachary Bayer, alto y desgarbado, se halla sentado a la sombra de un árbol, con una boleadora en sus manos. Había trenzado la cuerda de su gorro, de sus pantalones y cortó su propia bufanda con el canto afilado de una piedra para hacer más larga la cuerda, que mide aproximadamente metro y medio y que une los enormes pesos, siendo estos piedras grandes, redondeadas y amenazadoras. También tiene una piedra afilada y cortante, todo esto con muchísimas horas de obstinado y silencioso trabajo, que a veces se enfocaba por televisión porque siempre es interesante ver a los tributos listos trabajar. Julio recuerda, mientras lo ve sentado descansando, que ese chico sacó un 6, y les enseñó solo aquello. Quizá sea lo único que sepa, piensa.

–Bueno, hay que ver si esas geniales armas suyas dan resultado –Casiopea mira a Zachary con una sonrisa enigmática.

–Los profesionales están a tres kilómetros y medio, son los más cercanos –Informa Julio, examinando los rastreadores de cada tributo–: Collie Rush y Marcus Armitage no han salido del hielo, pero podemos atraerlos, están a unos 6 kilómetros, quizá…

Casiopea niega con la cabeza, interrumpiendo su explicación. Le dirige esa mirada suya tan típica, lo que hace que el joven se encoja un poco en su asiento, ligeramente aterrado.

–Un tributo, no, menos los profesionales –dice–: ya tuvieron su batalla de la mañana con la lagartija y la chica del 6… toda una decepción, pero ya brillaron. Es el momento de Zachary solo.

Julio entiende en seguida a qué se refiere, y sonríe de satisfacción porque es una idea que le atrae. Uno de los mutos del bosque, cerca de las 3.00 pm del segundo día, no es nada desdeñable. Además todavía quedan trece, en caso de que no lo pueda llevar a cabo y la cosa lo mate. Sería una lástima porque Zachary, inteligente pero torpe, le cae bien, aunque no deja de ser el estereotipo del 3 y ya solo por eso puede morir, que el año que viene seguro vendrá uno parecido.

–Justiniano, 2-45 –dice Casiopea al genetista.

Justiniano se presta inmediatamente a cumplir la orden, tecleando frenéticamente en la Tablet. Antes de ser enviado a la arena, el jabalí monstruoso, con enormes colmillos con veneno y pinchos amenazadores se muestra en la pantalla. Hasta a Julio le da mal rollo, peludo, bestial, gordo y salvaje, con esa forma suya de embestirlo todo. No quiere ser Zachary Bayer en aquel momento.

–Enviado al bosque y las coordenadas en donde se halla el tributo en 3…2…1… –cuenta el controlador de clima.

El vigilante contiene el aliento, todos lo hacen en realidad. Incluso Casiopea Anglevin está ligeramente tensa, aunque no lo demuestre. A unos treinta metros de Zachary es que lo sueltan. Con la rabia de sus más de cien kilos, el monstruoso animal embiste árboles, raíces y todo a su paso, se ve incluso peor de lo que Julio auguró. Tiene los ojos nublados por una estúpida cólera.

–Zachary lo ha oído –comenta Julio, emocionado, cuando el chico, con los ojos castaños como platos tras sus gruesos lentes, se levanta rápidamente.

–Es como para que no le oyera, vamos –Heracle está con los ojos fijos en la pantalla–: va a intentar escapar, fijo.

No se equivoca. La primera opción de Zachary Bayer, alto, delgado y con más inteligencia que fuerza, es ir a toda pastilla en sentido contrario a los ruidos, y es lo que hace como por dos minutos, solo correr entre los árboles, pero el jabalí es rápido, y en un tris ha derrivado los últimos árboles que lo separaban de su presa para poder atacarlo. Gigante, gordo y amenazador, con sus cuernos peligrosos y sus enormes colmillos, tal es la visión que tiene Zachary Bayer ante sus ojos. suelta un medio grito de horror y se da cuenta de que debería pasar por un montón de árboles que sí o sí serán rotos en vano, porque el jabalí lo quiere a él.

Sin embargo, el pasmo le dura poco. Entiende que debe luchar y al parecer, eso es lo que hará. Toma la boleadora que esconde bajo la chaqueta, retrocede ligeramente y alza las manos sobre su cabeza, entonces comienza a girar los pesos desde el centro de la cuerda con los brazos. se vería divertido si las piedras no fuesen tan grandes y peligrosas. Está retrocediendo mientras agita los brazos, y el jabalí retrocede también, pero solo para embestir.

–Mierda, me pregunto quién atacará primero y más fuerte –Julio tiene la respiración entrecortada. Se da cuenta, temblando un poquito, de que no quiere que muera, a pesar de lo que pensara antes.

Es él quien ataca primero. Echa los brazos hacia delante, justo cuando el jabalí se apresta para saltar, y ambas piedras chocan fuertemente contra el cráneo de la bestia, sin que alcanzara siquiera a rozarlo. Un jabalí es lento, piensa Julio, y Zachary con sus piedras fue veloz y letal. La cabeza resuena con tremendo impacto y el animal negruzco y pesado se tambalea, con los ojos estúpidamente abiertos. Tardará en reponerse. Zachary alza de nuevo la boleadora, vuelve a girar la cuerda y las piedras se mueven a vertiginosa velocidad, y cuando baja otra vez, el segundo impacto hace que el animal emita bramidos horribles y tanto sangre como moco salga de su nariz, la cual empapa los pantalones del tributo y los derrite, pues la sangre es ácida. Si hubiese tenido piel ahí, sería distinto, menos mal para él que no lleva pantalones cortos. Con un grito de asco y terror, él retrocede y vuelve a girar las piedras con la cuerda para dar el tercer impacto. El jabalí avanza torpemente, lleno de rabia asesina, y la piedra del chico le da de frente, haciéndole crujir los huesos de la cara y cuernos. Vuelve a bramar, yendo hacia delante con ímpetu.

Zachary sale corriendo en dirección opuesta al jabalí, con los ojos desorbitados y la mochila rebotándole contra la espalda. De vez en cuando mira hacia atrás, asustado por si el muto lo persigue, pero no es así, la bestia aún se halla atontada y maltrecha. Corre hasta no dar más de sí, sin dejar de mirar atrás y con la respiración agitada. Se acerca más al hielo, el sector donde está la mayor concentración de tributos ajenos a los profesionales. Corre hasta que los espantosos bramidos del jabalí no se oyen, hasta que los árboles comienzan a quedar atrás, hasta que sus largas pero poco entrenadas piernas no dan más, y se detiene cuando el aire se le entrecorta con una terrible sacudida de frío que le acomete de golpe.

el chico se dobla hacia delante, tomando aliento frío a bocanadas, pone sus manos en las rodillas y baja la cabeza, extenuado y a punto de desfallecer. Mira sus pantalones, algo deshechos por la sangre y el moco dañinos, y frunce la cara en un rictus de asco, Julio está seguro de que vomitará de nuevo, pero esta vez por cadena nacional. Los vigilantes ya están bromeando sobre eso, divertidos, imaginándose el vómito del chico sobre la nieve.

Pero no lo hace. Ya sea por amor propio o simplemente porque las náuseas pasan, el chico consigue refrenar sus ansias de vomitar y solo se sienta en el piso frío, temblando y gimiendo un poco. Los vigilantes, transmitiendo aquello, están a punto de pasar a otra cosa cuando unos ruidos resuenan en la puerta de la sala de control.

Es Heracle quien va a abrir, sonriente, pues a Julio le tiemblan las piernas del entusiasmo. Jason Green, bajito y fortachón, llega con una bandeja en las manos y su expresión hosca de siempre.

–Algo en esa bandeja huele bien –dice Julio, a modo de saludo. Los vigilantes se muestran de acuerdo.

–Huevos, tocino, pan, agua y una nota –Jason, sin mucha amabilidad, levanta la tapa de la bandeja para enseñarles el contenido.

Julio toma la nota, es su deber pesquisar los mensajes enviados, a fin de que no se filtre información indebida. La nota dice: "sigue tu rumbo y conoce otros sitios. JG".

–Todo en orden –el joven vigilante sonríe a Jason–: aunque después de su pequeña aventura con el jabalí, no sé si el chico querrá comer tocino.

Jason suelta una carcajada estruendosa, haciendo temblar la bandeja con comida. Julio se ríe educadamente, aunque no entiende el chiste.

–Oh, ten por seguro que la comerá –Jason sonríe–: ahora, si quieres…

Julio va a la sala de los paracaídas, engancha el regalo a uno y cumple el procedimiento con el que se envía instantáneamente a la arena. Es un proceso sencillo, pero secreto absoluto. Cuando se da cuenta de que la operación está cumplida, corre a la sala de control para no perderse la reacción del tributo. El chico ha oído el ruido y ha soltado un grito de sorpresa, pero cuando ve el paracaídas, sus ojos se iluminan y sonríe de oreja a oreja. Luce pálido, algo aturullado por el frío y ceniciento, pero la sonrisa le hace parecer bastante mejor.

Abre la bandeja, mira la sartén de huevos con tocino y se ríe, una risa nerviosa llena de alivio, al igual que con las botellas de agua. Abre una y bebe el contenido ávidamente, no había tomado nada en día y medio por lo que Julio sabe.

Luego, vuelve a mirar sus huevos con tocino y la risa retorna. Como la de un niño, o como alguien desesperado. Julio jura haber visto que el chico se limpia una lágrima de una de las esquinas de sus ojos.

–G…gracias por confi… por confiar en mí –dice, tartamudeando, con la mirada fija en el suelo nevado.

–Ay… quiero esto en el resumen de la noche, por favor jefecita –Julio también siente que va a llorar por la emoción. Zachary es lo más tierno.

–Sí, es una linda escena –Casiopea también tiene una leve sonrisa enternecida.

–¡Esto es importante, rayos! –Heracle habla con tensión–: ¡Sunny Tyson ha visto a Miles!

Julio cambia la mentalidad al instante, si bien esa escena era hermosa… ¡Al demonio! Parece que habría una escena de sangre. Importándole poco el cómo Zachary se zampa su comida, cambia la visión de la arena, bastante más al sur, concretamente cerca de la montaña, donde los rastreadores de Sunny y Alabaster se encuentran. Esto será interesante, sí señores. Muy interesante.


No han encontrado un sitio donde quedarse, ni algo con lo que guarecerse, ni tan siquiera tributos. Simplemente han andado, viendo blanco durante horas, en silencio. Alabaster está pensando en hacer una fogata bajo el bosque de abetos, tiene los labios azules y casi no siente los pies, convertidos en cubos de hielo dentro de los zapatos, pero para eso habría que cortar leña. Y no se imagina a sí mismo cortando y acarreando leña como un palurdo, piensa. De solo imaginarse con leña al hombro le dan ganas de reír, inconcebible. ¿Qué respeto le tendrá la gente? Sin embargo, cuando se lo comunica a su aliada temporal, la risa se troca en impaciencia.

–No poseo nada con lo que cortar, Alabaster Faraday. Has de hacerlo tú –le dice, sonriendo.

Se está cansando de ese tonito suyo, de esa sonrisa ligera y burlona con las cejas un poco en alto, de su voz de marisabidilla insufrible. Se está cansando de ella, en suma. Lo único bueno es, además de su agilidad y puntería, que habla poco.

–Yo no puedo cortar con un florete –murmura, enfurruñado, mirando su estilosa arma.

–Menos puedo yo con una honda –ella sonríe. Alabaster siente ganas de ponerle una mano en cada hombro y zarandearla, zarandearla, zarandearla…

–Tsk…

Entonces no habría leña, decidido. O encuentran tributos o un sitio donde refugiarse, o se la pasan como almas en pena recorriendo el páramo helado, hasta que se convirtiesen en hombres de las nieves. A la chica no le falta tanto, de hecho, tiene su gorra llena de blanca caspa y a veces sus pies se quedan atrapados, lo que causa su risa interior. La de Alabaster, claro. Una sola vez, el joven le concede el honor de girarse para dirigirle una amplia sonrisa jocosa. Se siente tan satisfecho de que las mejillas de ella se colorearan que le da vergüenza, pero ese señor Momento no lo cambiaría por nada, ha sido el mejor de los juegos del hambre.

Y así pasan horas, caminando en silencio, buscando y sin encontrar, cansados y con frío, hasta que, luego de un paseo interminable

–Allá –dice ella.

Alabaster sigue su mirada y lo ve, una pequeña sombra a unos… varios pasos, no es bueno calculándolo. Lo suficientemente a la vista como para que sea una sombra pero no demasiado como para distinguir quién es, cerca de la falda de la montaña. Es un tributo, eso sí, por el negro uniforme destacando en el blanco paisaje. Se le entrecorta la respiración y el corazón acelera medio latido, en un cúmulo de sensaciones que no son agradables ni por asomo. Queriendo cazar, allí lo tiene.

Deben estar más cerca, duda que la chica le alcance con su resortera a esa distancia y él ni de locura podría hacerle gran daño, así que no dice nada y aprieta el paso, caminando esta vez más cerca de los abetos. Sus pies se resbalan un poco con la nieve bajo las botas pero puede caminar, piensa, y en eso va inmerso cuando oye un jadeo de advertencia. Se aparta justo cuando la rama de un abeto cercano se sacude frente a su cara. Él se aparta rápidamente y la rama, otrora quieta, solo golpea aire. Gracias a la chica ahora está bien, sino le habrían puesto un ojo morado o quizás un pómulo. Qué coraje.

–Tsk –le bufa a la rama, enojado. Toma el florete y lo acerca otra vez, y la dichosa rama reacciona, sacudiéndose.

–No son unos abetos muy amistosos –opina ella, inclinándose y cobijándose bajo las ramas. Estas no reaccionan–: parece que son solo las ramas, el tronco es inofensivo. Lo bueno de ser baja… o tal vez te odian. Honestamente, las comprendo –les habla a las ramas con condescendencia.

¡Ay, qué ganas de lanzarle una bola de nieve en toda la cara! O darle una estocada mortal y seguir camino. Con toda certeza ese es su pago por reírse de ella cuando se quedó atrapada en la nieve, se dice, molesto. odia no tener ninguna réplica ingeniosa y solo contestar con un tsk que a ella le importa poco, solo mantiene esa sonrisa de duendecillo y se va.

Alabaster la mira de reojo, ella va avanzando bastante ágilmente entre los abetos, aunque sea muy agachada. Es rápida como una rata huyendo del veneno, además de mostrarse decidida. Hay que hacer lo que hay que hacer, el resto, como sus peleas absurdas, estúpidas y sin sentido, son tonterías que por el bien del plan hay que dejar atrás, al menos ahora.

–Tráemelo –ordena.

Es obvio, si ella aparece de repente, escondida como va, será más sorpresiva que él, a la vista de cualquiera. Otra opción sería ir inclinado entre los abetos, lo cual no le gusta tanto, por no decir que deplora la idea. Ella se queda parada por un segundo, un estremecimiento la acomete y sus ojos se agrandan algo, pero luego, tomando aliento, asiente con la cabeza y corre, a toda velocidad, en dirección al tributo que podría ser su siguiente víctima.

La boca se le seca de solo pensarlo, y una parte de sí se dice que ojalá ella tenga los ovarios necesarios para darle una pedrada entre los ojos o algo de ese estilo, mas sabe que eso no sucederá y que tendrá que beber de la misma copa por tercera vez. Al matar al avox sus brazos habían temblado, su pecho se agitó y quedó con un malestar que le duró varias horas, a tal punto que al día siguiente no podía ni levantarse, además de recordar obsesivamente aquella voz repitiendo su nombre, una secuela en la que tendría que trabajar por fuerza cuando saliera de allí; y al asesinar a Clarissa Carmichael, corrió y corrió y corrió… hasta que se le olvidó. De todos modos a ella la odiaba. Espera que ese tributo le afecte aún menos, siempre y cuando sea rápido e indoloro como las otras dos muertes no tiene por qué comerse el coco, se dice molesto. Se agacha tras uno de los abetos, aguardando a su detestable aliada y añorando al chico del 3, quien quiera y como quiera que fuese.

Espera por alrededor de veinte minutos hasta escuchar ruido de pedradas y pasos. Tráemelo, le había dicho, determinante y hosco, y ella había cumplido con suma diligencia. Alabaster, decidido, se pone en pie con celeridad, sin recordar que las ramas del abeto están a pocos centímetros de su cara, y tales le golpean en la mejilla con bastante fuerza. El golpe es como una bofetada seca, y aprieta los dientes de dolor, sintiendo que el pómulo le estalla de una manera fea. Tiene que sujetarse por un segundo el rostro con las manos enguantadas, intentando minar la fiebre que se comenzará a extender por el sector afectado.

Poco después, pensando en que no debe perder un segundo más, sale al camino más despejado y lo ve, corriendo desesperado, como si un peligro le persiguiera. Está a unos ciento cincuenta pasos ya y ahora sabe quién es. el tributo del 12, flaco, débil pero tenaz, según él mismo había podido ver. Tiene la cara colorada y congestionada por el esfuerzo, y de tanto en tanto mira hacia atrás, con los ojos abiertos como platos. Alabaster ve una piedra llegándole desde esa dirección en la espalda, lo que hace que el chico se doble hacia delante por el impacto y el dolor. A él, que le punza todavía la mejilla, sabe que le ha llegado el momento de matarlo. Tráemelo, le había dicho, no es para tomar el té o conversar acerca de las delicias de aquel hotel mil copos de nieve en el que están ahora. Salva la distancia a toda prisa, desenvainando el florete, y cuando le ve el tributo, suelta un grito de miedo.

Alabaster Faraday, el demonio plateado, piensa locamente, con unas inesperadas ganas de reír aunque no le halla la gracia a la situación. Sigue corriendo y el sujeto ha intentado cambiar de dirección, ir hacia el bosque, pero desde allí vuela una piedra que no le llega, o bien de milagro o bien porque la chica no quiere darle. El profesional sigue corriendo con dificultad por el suelo nevado, aunque no tanta como su rival, quien además tiene que lidiar con un ataque de tos. Mientras tose, saca un cuchillo largo y dentado, con el cual pretende o correr hacia la montaña o hacerle frente. Más vale que sea lo primero, que corra, ese irreflexivo y estúpido. Más vale que…

Está a un par de pasos solo, aunque el chico haya decidido correr y trepar. No es bueno en ninguna, así que él le da alcance fácil. Solo están a unos diez pasos y ya puede oír su respiración dificultosa, el resuello del pecho de la presa. El tributo respira con apuro pero sigue corriendo, o intentándolo. Alabaster tiene piernas más largas, está en mejor condición física y sobre todo está dispuesto a matar, ya lo hizo antes. Lo alcanza dentro de poco, tomándolo de la gorra. El chico se debate, alza el cuchillo directo a su cara y Alabaster hace descender el florete, cortándole a la altura de los nudillos con bastante fuerza. Miles Near –él no sabría su nombre hasta el recuento de los caídos, aquella noche– ha perdido la mitad de la mano derecha, aunque sus dedos arrancados aferran todavía el arma que quiso emplear sin éxito por un segundo y la sangre salpica el suelo. él emite un terrible grito de dolor, tembloroso y gimiente, ya ni siquiera tose, y le intenta dar una patada, aunque más cree que es una contorsión por el sufrimiento. Alabaster cambia de posición, de estar al lado se pone delante, dándole la espalda a la montaña, y entierra el florete en el pecho convulso del chico.

El muy idiota pone el antebrazo, eso sí, y en lugar de hacer la perforación limpia a la que está acostumbrado, le atraviesa el antebrazo izquierdo, el contrario a la mano que ya hirió, además de parte del pecho, haciendo un agujero superficial en su ropa. La víctima grita, y Alabaster, enojado, arranca el florete con dificultad pues se había enganchado en un hueso roto. El chico cae al suelo, gimiendo y sollozando, sujetándose el antebrazo que está hecho un surtidor de sangre. Gotas rojas caen en la nieve, tiñéndola de rosa. Alabaster ve esto y tanto el color rosa como el Alabaster Faraday pronunciado por ella, no se le irán de la mente.

Qué sucio. Por lo sagrado, qué sucio…

El profesional, esta vez, alza el florete y hace un tajo en diagonal en la garganta del chico, más descubierta que su pecho, pues todavía se abraza el sangrante brazo. El tributo grita en un resuello sangriento, los tendones y arterias destrozadas brillan ante Alabaster como una segunda boca, más roja y más abierta. Su víctima trata de hablar, toser o simplemente respirar, pero no puede, la sangre se le está escapando y solo suelta gárgaras rojas por la boca. Cae hacia atrás, Alabaster tiene las botas de cuero manchadas y un poco el pantalón. También algo la chaqueta, la cara y el flequillo, siente el líquido caliente contra la piel de las mejillas frías, y por alguna absurda razón lo primero que le acomete es alivio. Algo calentito, piensa irracionalmente.

Mueve los pies por última vez, tanto como la boca, y en unos cuarenta segundos, como mucho, suena el cañonazo y todo se detiene para ese chico esforzado que tenía tantas ganas de vivir. La sangre se le seca en las mejillas a Alabaster, tiene el cabello manchado, la mano con el florete cae laxa a su costado.

Unos pasos se dejan oír en el suelo nevado. Alabaster Faraday alza el florete en posición de ataque, con la adrenalina aún poseyéndole cada rincón de la fisonomía, pero solo es su aliada, notablemente lívida, sosteniendo la honda en la floja mano izquierda y con la derecha vacía, a un costado de su cuerpo, balanceándose patéticamente. Mira el cadáver con sus enormes ojos marrones asustados y ateridos, luego observa al profesional y después al suelo. por unos segundos se abraza a sí misma con fuerza, temblorosa, con un rictus de horror en su rostro. Él no tiene tiempo ni de fijarse en ella, o preguntarse en qué estaría pensando. Le importa poco.

Esa muerte… es la más fea de todas. El avox apenas sufrió, esa era la idea, igual que Clarissa Carmichael, él quería que así fuera, por años estuvo practicando sus certeras puñaladas. No quería –ni desea ahora– regalar sufrimiento gratuito, detesta las lágrimas vertidas y más si son por él, por aquel mundo mejor que desea crear. Lo del tributo del 12 fue algo salido del plan, espontáneo y horrible, ¿por qué demonios no se dejó apuñalar simplemente, si ya había perdido? Piensa, enojado, asombrado, temblando, observando el brazo destrozado y los dedos del chico, varios metros más allá de la mano a la que pertenecían. Odia que las cosas se salgan del plan, su plan no debía tener mácula, al menos él no le previó ninguna hasta ahora.

Él era… él había sido un pobre chico con ganas de volver a casa. No era una voluntaria como Clarissa o un ser sin ciudadanía, cuya asquerosa vida era mejor no ser vivida. Él…

Alabaster vuelve a temblar incontrolablemente, como la primera y la segunda vez. Le durará poco, unos dos minutos a lo sumo, y mientras tiembla de adrenalina y de eso extraño que no le gusta sentir se pregunta, con rabia, si acaso le pasará cada vez que mate a alguien. Espera que no, maldita sea… espera…

El crujido de la nieve demasiado cerca, un aroma humano próximo y las manos frías de alguien sobre su cara. Alabaster da un respingo, su primer impulso es apartarse enfadado, pero ella ni siquiera le está acariciando. Tiene puñados de nieve entre las manos enguantadas y no le está mimando ni nada de eso, solamente le limpia la cara y el pelo. Él se da cuenta de que su cabello platino está sucio de sangre cuando siente el frío del aguanieve y ella se lo limpia con precisión, tiene que ponerse en puntas de pie para alcanzarle dado lo pequeña que es.

–… –él solo tiene sus ojos azules abiertos, muy grandes, mientras ella toma más nieve y se la pasa por el frente de la chaqueta, llevándose las manchas de sangre aún húmedas y asquerosas.

–… –la chica del 10 tampoco habla, y él lo agradece. No necesita preguntas tan estúpidas como si está bien, si necesita algo, si quiere un abrazo. Ni siquiera quiere un abrazo, maldición. Solo desea….

La verdad es que tampoco es que lo desee, piensa, mientras la chica se arrodilla ante él para limpiarle las botas. Es una responsabilidad, un trabajo. La naturaleza o quién fuere le dotó con un intelecto superior y con las capacidades para gobernar el mundo, y la suerte le puso en un entorno hostil donde tal cosa le costaría trabajo. Tanto trabajo como para matar a un pobre chico lejos de casa, jugar a un juego de vida o muerte, ganarlo… tiene que hacerlo, no importa cuánto cueste, debe hacerlo por los demás. De lo contrario, la gente de los distritos seguirá sufriendo, y él, con las habilidades para hacer algo, se quedaría allí sin más.

Ella se incorpora y lo mira con sus enormes ojos en aquella cara flaca y poco agraciada, su expresión es algo conmovida y un poco turbada también. Alabaster sabe que ya no está manchado de sangre, por cómo ella le observa. También sabe que tanto como él asesinó a ese tributo, ella le limpió las botas en compensación, y una manera de darle las gracias. Es tan simbólico y tan dramático que apenas puede dimensionarlo, pero valora el gesto y lo entiende.

–… –no puede verbalizar lo que quiere decirle, odia hablar, de todos modos tampoco importa porque el temblor está pasando. Solo la mira a los ojos, y más vale que sea lista y lo entienda.

–… –ella asiente con la cabeza, con su rostro cuidadosamente inexpresivo.

Es la chica quien se comienza a alejar primero del cadáver en dirección a la falda de la montaña, y menos mal, porque Alabaster podría haberse quedado unos minutos más pensando en la inmortalidad del cangrejo. Así es el juego, piensa, dándole la espalda al chico con un encogimiento de hombros. Ya hace años había elegido su destino y sabe que este es un paso necesario. Y necesario es también calentarse, él y su aliada, con la ropa algo mojada y el pelo estilando agua ya le está dando frío.

–Voy a cortar leña –le dice a la chica, con voz ronca y un poco forzada–: busca un lugar donde encender fuego.

Ella le mira por un segundo, aún luce lívida, pero como él, cada vez menos.

–De acuerdo.


Es una cueva, bien disimulada por unas raíces en la falda de la montaña. Parece haber sido de un animal relativamente grande, pues hay un mechón pelirrojo en el suelo. después de examinarlo así como sus alrededores, Sunny Tyson repta hacia la cavidad y, con una piedra en la mano, la observa. Es enorme y vacía, hay sitio para que Alabaster Faraday y ella se cobijen con comodidad, y hasta se pueda encender un fuego.

"Alabaster Faraday…" se dice, mientras reúne unas ramas sin ton ni son de un sauce cercano y las mete a la cueva, junto con ella misma. Él, asesino despiadado, al que vio con el florete manchado y con idéntica expresión ida que en el centro de entrenamiento, después de salir, con los ojos grandes y el pelo teñido de sangre. No parecía ni disfrutarlo ni que le diese igual, y eso la confunde. Sunny, mientras apila algunas ramitas de una forma estratégica, está mordiéndose el labio y pensando en aquel joven, en cómo le había dicho que le trajese al tipo para asesinarlo, y sobre todo en su rostro perdido, en sus extremidades temblorosas y en sus ojos, tan parecidos a los de Thohmas en color y forma pero en expresión tan distintos.

Pudo haber desobedecido la orden, piensa, pero no lo hizo, en aquel momento ni siquiera se le pasó por la cabeza. Pensó que dudaría más, se dice, molesta consigo misma, culpable por sus ganas locas y frenéticas de seguir viviendo. Dudaría, claro, ella, tan recta y correcta, tan rígida e imperturbable, la señorita Sunny Tyson con principios férreos. Pero en cuanto apareció la primera persona –un chico menor, de un distrito más pobre y ostensiblemente más débil– ni siquiera vaciló al atraerlo hasta el profesional. No pensó en "oh, cuánto va a sufrir su familia" u "oh, el Capitolio quiere que haga esto así que me rehusaré por rebeldía". Actuó por instinto, así como instintiva fue su reacción final, al ver a su aliado manchado de sangre, temblando y con el brillo de las lágrimas en sus ojos.

Le teme mucho menos, eso es cierto. Más estaría asustada si comprobase que matar le importa tanto como ir al baño, o por el contrario, que lo está disfrutando, como sucede con algunos voluntarios profesionales. Algún motivo tendrá para presentarse, quizá la gloria de su distrito, tal vez la propia, muy posiblemente fama o dinero, pero las posibilidades de cometer atrocidades impunemente, por suerte, no es una de esas opciones. Eso la tranquiliza indeciblemente, y se da cuenta de que el desprecio ha sido sepultado por una nieve rosa llamada deuda. Porque aquí y ahora, para el Capitolio y la gente de casa, ella no quedó como una asesina. Aún puede dormir libremente, al menos hoy, pensando de esa agua no bebí. Egoísta, horrible, cobarde con toda seguridad, pero se lo debe a él.

Sale de la cueva sin dificultad, aunque se halle cansada por la ardua caminata durante todo el día y extenuada por lo que vio no hace tanto tiempo atrás, si se concentra puede oír el escalofriante grito de Miles Near o el sonido de la hoja cortando carne y hueso. De la mochila que le diera Alabaster Faraday no hace mucho, extrae una caja de cerillas, y cubriéndola con la mano de la ligera nevada que está cayendo, la raspa contra el costado, la enciende y lanza a las ramitas dentro de la cueva, retrocediendo a toda velocidad después. No hay ninguna explosión, nada salta por los aires, el fuego no inflama gas ninguno, lo cual implica que en aquella cavidad se puede encender una fogata sin correr riesgo de volar en pedazos. Aquello lo había leído en un libro del centro de entrenamiento, cavernas o cosas de ese estilo con gas en su interior, al ser la montaña un yacimiento de tal mineral, y cómo las personas saltaban por los aires cuando trabajaban con eso cerca del fuego.

No está tan lejos de su aliado, de manera que vuelve sobre sus pasos para encontrarle. El paisaje es blanco, deprimente y monótono, la nieve le evoca un par de recuerdos felices con Sammy sobre todo, y con su hermana mayor, algunos pocos, pero especialmente piensa en Miles Near del distrito 12, desnudo y cubierto de polvo negro, con su sonrisa tímida pero su tenacidad y ganas de vivir. Sunny recuerda que tenía un hermano gemelo y que era toda la familia que le quedaba, además de un novio… dos lágrimas ruedan por sus mejillas frías y se las limpia con rabia, no puede llorar por cada persona que se muere si quiere salir. Pero es que había muerto de una forma tan fea… y ella ayudó. Sunny Tyson, y no otra, atrajo a Miles al despiadado florete de Alabaster. No se trató nunca de es tu vida o la mía en última instancia, porque el chico ni siquiera sabía que ellos andaban cerca.

"basura –se dice–: además hipócrita". Pero no es así, cuando juzgó tan duramente a Alabaster fue por matar antes de la competición, matar sin ninguna amenaza de por medio. Ahora no está tan segura, piensa. Debe conocer qué hay detrás de eso. y en cuanto a ella… hay una faceta que están sacando los juegos a la luz, que no le gusta. No le gusta nada.

Encuentra al chico apiñando leña un poco más allá. Está mucho menos frío, por el esfuerzo tal vez, su rostro se ve colorado y lozano y su expresión casi atractiva. Inesperadamente, y contra todo pronóstico considerando sus circunstancias, Sunny vuelve a pensar en un terrateniente, cortando leña para hacer una fogata en la que disfruten él y su amada. Y, otra vez, empieza siendo Alabaster y muta, su rostro es más gordinflón, le surge la barriga, su expresión es más aristócrata, su pelo más platino, y ahí tiene a Thomas, cortando leña para una fogata en la cual se sentarían, él le oiría cantar y ella acabaría por sentárse entre sus piernas, mientras los brazos de Thomas la rodearían por la cintura, respirándole en el cuello… se lame los labios, imaginando el olor a humo en la piel y ropa de su amigo, sus enormes manos en…

–Tsk –Alabaster le bufa prácticamente en las narices. Sunny, sorprendida en plena ensoñación prohibida, se sobresalta, retrocede y casi se tropieza con sus propios pies.

Intenta normalizar su corazón, no siempre le pasa pero últimamente más que en otras ocasiones, quizá sea por su cercanía a la muerte. Thomas…

–Encontré un lugar –dice ella con su retomada seriedad–: una cueva segura para encender una hoguera dentro.

Alabaster arquea una ceja, pero comienza a recoger los trozos de tronco que había cortado. Ella le ayuda con unos pocos, bastante menos que él pues solo mide 1 con 50 y pesa escasos 44 kilos, mientras que el profesional fácilmente llega al metro con 80. En un par de viajes de ida y vuelta, que les hacen entrar en calor y que los dos pares de mejillas se enciendan, ambos consiguen ingresar a la cueva con toda la leña recolectada, que les alcanzará al menos para pasar esa noche completa y tranquila en el hielo. Se han portado bien, piensa ella con rencor, les han dado diversión todo el día, desde su raro comienzo de alianza hasta la muerte de Miles Near y aquella suerte de reconciliación. Espera que le dejen pasar al menos una noche en paz, ya está cayendo la tarde y solo quiere descansar sus molidos huesos un par de horas. Cuando toda la leña está ya dentro, primero ingresa Alabaster y después ella, intentando disimular la entrada con raíces, hojas resecas y ramas, como estaba antes de que la encontrase, es rápida y no sabe si el resultado es tan bueno, mas así lo espera. Luego, repta por la cavidad fría y rocosa e ingresa a ella con precaución. está oscura, no ve ni a Alabaster ni a la leña, pero al menos le deja de caer nieve en la cabeza.


La cueva es ancha y profunda, es obvio que la hicieron para el fin que la chica del 10 y él están dándole. Alabaster, extenuado… o más bien rendido, termina de apiñar algunos troncos de leña y los enciende, a fin de conseguir algo más de calor. En una media hora, pues tanto ella como él tenían concepciones distintas de hacer un fuego, porque al parecer dos autores poseían opiniones disímiles acerca de aquel noble arte, consiguen que el invento no solo dé humo oloroso que pica en los ojos y haga toser, sino también un agradable calor. Alabaster, aunque algo enfadado con la terquedad de mula de esa chica, está tan cansado y amodorrado que solo quiere dormir. Ni siquiera tiene ánimos de chasquearle la lengua, aunque ganas no le faltan y si el cuerpo no le pesara tanto, lo estaría haciendo felizmente.

–Vigila, yo dormiré –le dice.

–Bien –responde ella, un poco tensa. A él qué más le da.

Después de todo, fue ella quien le tiró a la cara que era mucho peor que vaya a saberse qué palurdo de distrito, que era despreciable y no le importa más. Él solo quería una alianza, pero entre todos los tributos tuvo que escoger a una persona lo suficientemente insensata como para no quererle. Enojado, frustrado y cansado, se echa en el rincón más alejado del fuego, más que nada evitando las chispas, porque flota un agradable calorcito en todas partes.

Hmm… calorcito…

(Alabaster Faraday)

Se duerme, pensando en el color rosa, rojo sobre blanco, y en él mismo pudiendo cumplir la tarea que le ha sido encomendada. Nunca deja de pensar en eso.


–…mi caballo blanco, como el amanecer, siempre juntitos vamos, es mi amigo más fiel –una linda voz de contralto lo saca del sueño profundo en que estaba sumido.

Alabaster, presa de una increíble modorra, se queda unos segundos quieto, disfrutando del calor, la paz, el aroma delicioso a atún que flota en el ambiente y aquella hermosa voz que le relaja. Respira un par de veces, sintiendo los músculos en agradable confort así como todo su ser. Abre un ojo, solo para ver el humo de la cueva y la propia y oscura cavidad alumbrada por su fogata, y al borde del fuego, ella, la chica del 10, moliendo algo en un cazo con la parte trasera de un cucharón.

Abre el otro ojo, con curiosidad. Espera que no sea veneno, claro, pero bien puede ser, sé lo que hiciste en tus sesiones, maldito despreciable, opino que alguien palurdo e imbécil de mi distrito es mucho mejor y eso que ni siquiera te conozco, etcétera, etcétera, etcétera… estúpida. Se queda vigilándola sin dejarle ver que ya no duerme, alerta por cualquier movimiento sospechoso, pero no. solo ve en el suelo dos latas de atún, junto a ella, sintiendo además el aroma del huevo cocido, ya descascarado. Eso le da hambre, y su estómago gruñe sin consultarle. ¿Cuánto habrá dormido?

Ella se gira al oírle, con una leve sonrisa en su rostro.

–Pasta de huevos cocidos con atún –dice, tan pagada de sí misma como si hubiese ganado los juegos del hambre en tres segundos–: los huevos los robé de unas tórtolas ayer en el bosque, eran cinco, y el atún lo saqué de tu mochila, ruego tu perdón.

Alabaster se incorpora, bostezando sonoramente, y se arrastra hacia su aliada con curiosidad. Allí, en el cazo, una pasta muy molida de color amarillo anaranjado reposa. Es bastante como para comer esa noche, quizá sobraría si se miden, aunque tiene tanta hambre que no está como para medirse. No le parece visualmente apetitosa, pero huele muy bien.

–Podemos untar con galletas saladas, si a bien tienes –ella duda un poco, pero después alza la mirada nuevamente y sonríe.

Tanta amabilidad es sospechosa, piensa. No es que tenga exceso de experiencia en relaciones con la gente, pero en su comportamiento propio, cuando más cálidamente sonrió a Clarissa Carmichael fue en el señor momento en que le clavaría el florete en el corazón.

El joven, hambriento, toma una de las mochilas y saca un paquete de galletas saladas de los tantos que había robado. Lo abre, saca una, se la entrega a su aliada y dice, con la voz ronca.

–Tú primero.

Ni loco se arriesga a morir envenenado por alguien que le manifestó públicamente su aversión. Sin embargo Sunny Tyson, que no ha envenenado la comida y que poco sabe sobre venenos a no ser que muchas heroínas de sus historias románticas mueren envenenadas al final engullendo jaulas de noche y suspirando el nombre de sus amados que o murieron, o las despreciaron, o ambas cosas, toma la galleta, la sumerge en la pasta y se la come, contenta. Así que las sospechas son infundadas, eso le alegra oírlo y verlo.

Repta junto a su aliada, toma otra galleta del paquete y la unta en la pasta del cazo. Con desconfianza, se echa un trocito a la boca y siente el delicioso sabor del atún y el huevo juntos, una mezcla bastante apetitosa. Se come el resto de la galleta, fascinado, soltando un gemido complacido que le avergüenza haber emitido.

–Bueno, ¿no? –Dice ella, burlona.

–Tsk –Alabaster le chasquea la lengua, sí, pero toma otra galleta, justo en el momento en que ella hace lo mismo. Siente el roce de sus pequeños dedos calientes en el dorso de la mano y no se asombra al no sentir asco o aversión. Tampoco es que quiera que esa chica de distrito se la pase toqueteándolo, lo sagrado le libre de eso, pero ya se había dado cuenta de que en particular su contacto no le incordia demasiado.

Comen en silencio, sin pelear, sin mirarse mal, solo a la orilla de su fogata subterránea, con olor a humo en el ambiente, el delicioso aroma de esa pasta flotando por ahí y el sabor de aquella mezcla con las galletas. Se acaban tanto la pasta como un paquete completo, en aquella calma extraña en que ninguno necesita charada insustancial rellenando un silencio que está bien vacío. Alabaster piensa que ha pasado sueño, peligros, rabia y vergüenza, pero hambre no en la edición de esos juegos. No deja de ser irónico.

Un sonido de algo cayendo sobresalta a ambos aliados. Alabaster, ya con su florete en mano, se pone en pie para pasar sobre el fuego si es necesario, y la chica tiene ya la honda a punto, pero el causante del ruido va volando, atraviesa el fuego y llega hasta ambos. Es un paracaídas, un regalo de patrocinadores. La chica es más pequeña y rápida y es ella quien lo agarra, desenvolviéndolo con agilidad. Alabaster no se pierde detalle, curioso y algo entusiasmado, parece que no van tan mal a fin de cuentas. Ya había pensado que la fastidió en las entrevistas, al dejar ver su evidente superioridad.

Es una botella de litro y medio de jugo, una enorme y fina copa de cristal y dos pajitas, además de una nota. Mientras la chica mira tanto la copa, las pajitas y la botella, él toma la nota y la abre, importándole poco si es para él.

"Sunny: casi me matas del susto. Espero que entiendas el mensaje, me costó mucho idear una forma de hacértelo llegar y le pedí ayuda a G que piensa como tú. Dijo que así lo entenderías. L.A."

–… –Alabaster le tiende la nota, sin decirle nada. Ella la toma y le echa una rápida Ojeada, mordiéndose el labio inferior con concentración. Repite las palabras en voz alta, quizá para que nadie se pierda del contenido, tal vez para hacer el consejo de su mentor audible además de visible, o solo porque las palabras son importantes.

El profesional solo puede pensar en que Lev Abercowney tiene una caligrafía espantosa, como si hubiese escrito con el pie. Qué horror. Crimen contra el papel. La chica parece no prestar atención a eso, porque sonríe como si hubiese visto algo hermoso, guardándosela en el bolsillo de la chaqueta con afecto.

–Es jugo de granadas –le dice, contenta. Sonríe de hecho, con algo que no es burla o sorna, por una vez. Es una sonrisa bastante auténtica–: ¡Jugo de granadas! –exclama con más felicidad aún, como si la primera vez no le hubiese entendido ya de sobra.

Alabaster mira la etiqueta de la botella y el jugo rojo, en efecto es de granadas. Recuerda por un segundo aquella fiesta aburridísima, Clarissa haciendo escándalo por ser la líder, Connor poniendo orden, Alexander Rheon en una esquina esperando a que ellos deliberasen y él, alejándose solo y buscando un sitio en un rincón junto a ella, la chica del 10, que no le dijo ni una palabra pero entre ambos se terminaron el jugo. Ahora solo tenían una copa, aunque dos pajitas. Él, al menos, entiende el mensaje.

"Bueno, si ella quiere…" después de todo, Sunny Tyson no le había desagradado, nunca lo hizo. Ni siquiera cuando (Alabaster Faraday) lo interceptó en la biblioteca con una nota. Fue ella quien marcó las distancias, le manifestó su desprecio y lo ofendió de esa manera.

Sirven la copa hasta dejarla medio llena, y es ella quien bebe primero, sumergiendo la pajita, Alabaster ve el momento exacto en que el jugo de granada toca su lengua porque los ojos se le vuelven más grandes y el rostro se le contrae en una expresión de placer. Así debe ponerse cuando tiene sexo con su amado, piensa, y la deja de mirar porque le hace sentir incómodo. Luego, vuelve a llenarla y es él quien bebe, extasiado, cómo le encanta ese sabor dulce y delicioso, le explota en la boca, sabe… sabe a rojo, espera no ser tan demostrativo con su dicha como ella. Se beben la mitad de la botella entre ambos, hasta que por fin lo dejan. Tienen los labios rojos y se sienten bien, satisfechos después de ese horrible día. Ella suspira audiblemente, está relajada igual que él, además de con un rico sabor en la boca. Se echa hacia atrás, con las manos tras la nuca a modo de almohada, estirando su espalda.

–¿Tablas? –Le pregunta la chica de repente, con el sonido del fuego de fondo.

Alabaster no necesita otra cosa, ni más palabras ni otras preguntas, entiende con poco y le alegra que ella no lo fuerce a más. Le ofrece tablas, un cese de hostilidades, el fin de la lucha, el empate. Tendría que reconocerla como una igual para ello, algo que se había negado a hacer, pero en aquel instante la mira y la reconoce como alguien digna de ser tenida en cuenta. Ya bastante ha estado saltando sobre el taburete para ser vista, cuando el resto de la humanidad se ha limitado a lamerle los pies. Así que accede.

–Tablas –asiente él, con una ligera sonrisa.

Se incorpora cuando ella le extiende la mano, y pese a lo poco que le gusta el contacto, se la estrecha. Por un segundo no más, no puede soportar tanto, pero algo es algo.


El cañonazo de la mañana pertenece a Nayerly Reyne del distrito 6, y junto con Miles Near forman dos bajas del segundo día. Sunny, con su inseparable hoja donde lleva anotado el recuento, ve que quedan aún la mitad de los tributos en pie, luchando por ser los reyes de la colina, dos de los cuales son su aliado y ella. Alabaster había mirado, inexpresivo, cuando el rostro atractivo, indefenso y dulce de Miles Near apareció en el cielo, pero ella solo había podido verlo un segundo, con un nudo en la garganta. No había pasado ni un día desde lo sucedido con el chico del 11, cuando ya se metió en otra cosa, conspirando para matar a otro. Es como una carroñera, ni siquiera mata, solo se aprovecha y ayuda a hacerlo. Se siente deprimida, no le gusta la faceta que está viendo de sí misma en los juegos. Se desconoce, y para alguien tan acostumbrada a mantener sus sentimientos cuidadosamente a raya, es frustrante.

–Descansa –Alabaster, nuevamente serio, le dice–: yo vigilaré.

–Buenas noches, pues, alabaster Faraday –le sonríe–: avísame si el cansancio hace mella en tu cuerpo.

–Tsk…

Y eso intenta, claro, acurrucándose en el rincón y tratando de dormir. Está cansada y consigue en seguida caer en una especie de duermevela acogedor, fuego de fondo, respiración suave del rubio a su lado, pero entonces el grito desesperado de Miles Near aparece en sus recuerdos, acosándola, y se estremece de horror al recordar su garganta abierta o el brazo destrozado del pobre chico, o las piedras que ella le lanzara, impactando en su débil cuerpo azotado por el frío y la tos. Debe luchar con todas sus fuerzas para sacarlo de su cabeza, aferrando la corbata que lleva al cuello, y pensando en Thomas. En Sammy no, ella le hace pensar en Miles, y sería peor

En un momento en que por fin consigue cerrar los ojos y hacer algo más que divagar, siente a Alabaster moviéndose –en realidad solo se acomodaba mejor– y se le figura que quiere matarla, lo ve con el florete en la mano, destrozándole las extremidades igual que al chico del 12. Se incorpora, asustada, haciendo que su aliado dé también un respingo.

–¡Tsk! –él, impresionado, le bufa.

–Excúsame –Sunny, con el corazón latiéndole a toda pastilla, mira a su alrededor. El chico solo está allí, adecuando mejor sus largas piernas. Debe de ser algo incómodo tener piernas tan largas y verse obligado a acomodarlas en un sitio tan pequeño, piensa, pero después. Ese largo brazo podría matarme.

Intenta volver a dormir haciéndose una bolita en el suelo, solo que media hora más tarde le acontece exactamente lo mismo. Y quince minutos después de aquello. Alabaster le ha chasqueado la lengua todas esas veces, harto de eso.

–¡Ya! No voy a matarte mientras duermes, ¿sabes? –le dice, venenoso y ofendido, la siguiente vez que la chica salta pensando en una posible treta.

Es la frase más larga que el joven le ha dirigido en horas. Sunny, culpable pero que odia ser regañada, se pone a la defensiva.

–No puedo evitarlo, ¡Tú…! –quiere decirle que mató a alguien en sus sesiones privadas, que vio cómo le abría la garganta a otra persona, pero se frena, por el pacto y por sus manitas limpiándole la cara y las botas. Se muerde el labio inferior.

–Maté a mi compañera de distrito –dice él–: luego robé todo lo que pude y lo que no, lo destruí o arrojé al lago. Sabes lo que hice en mis sesiones privadas.

Alabaster se acaricia el pelo con una de sus manos.

–Te lo digo para que veas que soy el más capaz de esta edición. Si necesito que estés dormida para matarte… entonces… tsk…

Fija los ojos en el fuego, su expresión es hosca pero Sunny sabe que se siente ofendido. Le gustaría sentirlo un poco más por él, pensar qué pena Alabaster Faraday, ¿Por qué demonios desconfío? ¡Pero es un profesional peligroso! Sería absurdo no desconfiar.

–Yo soy la más capaz de entre los no profesionales –le dice, solo para picarlo, y también porque nunca ha tolerado que la miren por sobre el hombro. Ni a Thomas, cuya inteligencia se encargaba a menudo de intentar superar–: estoy segura de que, en caso de no cerlo, no me habrías ofrecido alianza.

–Tsk… eres como el perro que se lame los genitales –dice él.

–Eso lo fuiste tú primero, permite, Alabaster, que te lo recuerde –añade ella, siseando.

Ambos se miran, dispuestos a entablar una discusión, o al menos Sunny. de hecho, tiene listas las palabras que va a decirle, el discurso hecho con las frases más grandilocuentes y que prueban lo buena oradora que es, son como proyectiles que saldrán de su boca como si fuese la honda y destruirán los argumentos de aquel profesional. Mas recuerda, entonces, su pacto anterior. El cese de hostilidades, el empate entre uno y otro, y se le quita, los proyectiles se destruyen, la honda se afloja. Cuando mira a Alabaster, entiende que no es la única que está pensando en aquello.

–Tablas –dicen ambos al mismo tiempo.

Sunny se ríe, sorprendida de aquel acuerdo simultáneo con una persona a la que le había dedicado palabras no del todo elogiosas, y Alabaster sonríe de lado. Es una sonrisa sincera, eso sí. Las de los dos.

–Voy a dormir –termina diciendo ella, extenuada, con la voz en un hilillo.

–Tsk –Alabaster se aleja de ella, cualquiera pensaría que es para no incomodarla, pero en realidad lo hace para no incomodarse a sí mismo.

Y duerme hasta las 4.00 de la madrugada, cuando la despierta suavemente para hacer la guardia mientras él descansa. Duerme sin sobresaltos, y cuando despierta… pues despierta. Viva y entera. Y así se queda, vigilando hasta el amanecer. Cuando saben que tienen que moverse. Esta vez como aliados.


Encomios:

Miles Near, m12 – Alabaster Faraday.

Miles: eras dulce, tierno y tenías desbordantes ganas de vivir. Lamento haberte dado una muerte tan fea. Te amo.


Nota:

Y tenemos el capítulo 20. Han pasado algunas cosas, el próximo se viene más interesante, espero.

Abrazos, reyes y reinas.