Capítulo 22. ¡Es una trampa! (I).


Fue duro ver a Sunny Tyson huir del baño de sangre, bastante más que enfrentarse a ese estúpido muto de hielo, se dice Thomas Rocheford, sentado en el sillón de su casa a las 3.00 de la madrugada, tomando café para mantenerse despierto. Pero no más duro, prosigue, apretando los labios por la indignación y el asco, que ver a la chica del distrito 8 siendo abusada sexualmente por ese animal rabioso. Thomas no fue capaz de mirar la escena completa, le había revuelto el estómago. Yo lo mato, había pensado, con sus enormes manazas en sendos puños. Yo lo mato. Lo mato, esa ameba con rabia no merece vivir.

Y Dahlia Fey le mató. Thomas disfrutó cada golpe, pese a que de Dahlia en general tiene una pobre opinión, pero no podría tolerar que ese espécimen siguiese vivo y tuviese alguna posibilidad, por ínfima que fuese, de encontrarse con Sunny. ay, si osaba tocarle un pelo… Thomas no es ningún héroe, no tiene ni la envergadura, ni el carácter porque desprecia el altruismo, pero le habría molido la cara si tocaba a Sunny y no le habría importado cómo.

Esa madrugada, están transmitiéndola brevemente. Allí está, en la cueva con su aliado temporal, el rubio alabaster Faraday. Se supone que él vigilaría mientras ella duerme, pero dormida, lo que se dice dormida, no está. Se remueve, inquieta, mirando de aquí para allá, con los ojos enormes y marrones tristes. Muestran esa escena sola, pero Thomas se hace una perfecta idea de lo que le está pasando por la cabeza. Le gustaría chasquearle la lengua y decirle que no se inquiete, que la chica ciega tenía que morir, es la idea de los juegos del hambre después de todo, pero también sabe que ella le contestaría con un "es eso, pues, lo que el Capitolio quiere de nosotros, nuestra profunda insensibilidad", con su mirada burlona, y él se callaría porque sí, claro está, es cierto. Ver a los compatriotas como rivales, alegrarse por sus muertes, es una victoria para ellos, en eso consisten los verdaderos juegos del hambre, más allá de trajes bonitos o chicos matándose. Buscan la desconfianza e inestabilidad entre distritos, y aunque la esté pasando mal, le alegra que al menos Sunny se lo esté poniendo difícil.

Es solo una maniobra política, se dice, no es que la chica le dé verdadera pena. Únicamente no quiere darle el favor al Capitolio, sintiendo lo que ellos quieren que experimente. O quizá es su propensión a querer sentirlo todo, buscar el contacto, el sufrimiento, las emociones que tanto lee en libros y que ha intentado emular. No lo sabe, pero le preguntará cuando retorne a su lado. También le preguntará si se dio cuenta o no del cambio operado en su aliado, y tan solo con dos días en su compañía…

Sunny es de lo que no hay, y Alabaster Faraday lo comprobó tan cerca de la muerte. Thomas tuvo que morderse los carrillos para no reír cuando la escuchaba hablarle de él, y sobre lo buenos amigos que serían. Tse… ese fideo engreído y él no se parecían en nada…

Otra escena capta su atención, tan tarde por la noche. Habían cortado el resumen del día para mostrarla y él entiende bien por qué. Es la chica del distrito 7, Collie Rush, más desmejorada, con el pelo corto sucio y con ojeras en su rostro atractivo, que se ha incorporado mientras su aliado duerme. A Thomas le cae bien, no había dicho nada vergonzoso, asqueroso o denigrante en las entrevistas, ni se comportó de esa manera en el desfile, además de ser una buena aliada y una chica en forma. Se había enfrentado aquel día contra el enorme oso de la montaña junto con Marcus Armitage, y habían salido casi ilesos, a ella le había llegado un zarpazo en las costillas que parecía dolerle al moverse brusco, pero mejor que otros seguro están, solo había que preguntarle a Lanna Peters y sus gritos le responderían.

Ahora están escondidos en el bosque, se han quitado prendas de abrigo y duermen, o al menos él lo hace, porque ella no. mira fijamente unas plantas, reconociéndolas en la oscuridad. Thomas sabe de plantas por haberse criado en el campo y conoce precisamente esas. A los caballos les gusta y las comen mucho… hasta que el vientre se les hincha y mueren entre terribles sufrimientos en cuestión de minutos. Salvia del diablo. Un alucinógeno y un veneno.

Ella saca un par de hojas, toma la katana que ha llevado desde el comienzo de los juegos y corta lo que recién extrajo con el filo. Él entiende al vuelo lo que está haciendo, ha envenenado la hoja para contar con doble arma.

Muy astuta la plebeya, piensa Thomas con cierta admiración desdeñosa. Sin embargo, esta crece cuando la chica saca de su bolsillo las moras, y tanto Hefestus Fein como Rogelio Grez se vuelven locos, cacareando en el televisor. Todos duermen en casa, así que Thomas baja un poco el volumen. No por los plebeyos, claro, sino por su familia.

–¿Desde cuándo Collie tiene jaulas de noche en el bolsillo? –Pregunta Fein con curiosidad. Thomas también lo ignora.

Hace lo mismo que con el otro veneno, y se vuelve a tumbar, con una expresión resuelta en el rostro. Va dispuesta a todo para participar en ese juego de la colina, piensa Thomas. Se siente identificado con esa actitud, totalmente una reina de la colina, hasta a espaldas de su aliado para tener ella sola ese conocimiento. Él piensa que haría aquello desde la comodidad de su casa. Sin embargo, recuerda los ojos de Sunny al encontrarse al chico del distrito 3 y esa ayuda, y sabe que en el fondo no. el Capitolio quiere precisamente eso, sacar lo peor de cada uno, que se vean y digan "yo hice esto para poder vivir". Tan solo por una actitud política se negaría a jugar de esa manera, inventándose sus propias reglas, más allá de una posible lástima que se sienta hacia los tributos, que en última instancia es irrelevante. Esa ameba, y todas las demás, están siguiendo precisamente el juego que les han impuesto.

Entiende a la chica del 7 y al sujeto del 9, en parte por aquello de sentir que actuaría de una forma similar, pero el Capitolio se ríe de ellos.

A propósito de él, nuevamente lo muestran. Está caminando a todo lo que dan sus piernas flacas, en dirección opuesta a la que había seguido durante aquellos días, sus ojos negros lucen asustados y tiene dilatadas las aletas de la enorme nariz. Su mirada está quemada, al igual que la piel que antes fue blanca y ahora tiene yagas. Su pelo fino y castaño tiene arena y sus labios, aunque secos y agrietados, sonríen.

Es una sonrisa desesperada, claro. Milaryon lestrange había caminado durante dos días por el desierto, al norte, norte y más norte, todo el mundo se preguntaba por qué. Hasta que dejaron de preguntárselo, hasta que dejó de tener sentido y diversión verlo caminar sin rumbo. El único momento de emoción que dio, fue cuando se cayó en una roca, pegándose en sus partes íntimas, y golpeó con el puño la piedra por tres veces. De ella salió un chorro de agua, que el chico bebió desesperado. Fue patético, Thomas lo recuerda como uno de esos momentos en que había pensado en lo asquerosas que podían ser las amebas, pero tuvo el suficiente interés científico como para comprobarlo con otra peña y ver que el patrón se repetía, lo cual no lo harían todos. Agua brotó también de ella, razón por la cual no ha muerto aún.

Sin embargo, los vigilantes han encontrado una forma de divertirse con el díscolo chico del distrito 9. Desde el extremo norte, una ventisca gélida va levantando arena, rocas y todo lo que encuentra a su paso, y se le acerca inexorablemente. Es un tornado espectacular, tiene cuchillos, formas fantásticas que asemejan animales, todo esto pese a que es viento. El rumbo de Milaryon cambió inmediatamente al verla, decidiendo que ir al sur era más importante, y lleva caminando sobre sus pasos unas cinco horas, progresivamente más rápido. A los vigilantes, al parecer, les resulta divertido ir apresurando la ventisca, de manera que el chico, cada vez más aterrado, tenga que ir prácticamente corriendo para mantener el tornado a una prudente distancia. Pronto no será suficiente, piensa Thomas. Pronto morirá de cansancio, o de sed, o simplemente se aburrirá de correr. Le da un par de horas, diez a lo sumo.

"¿Darías tu vida por ese razonamiento? –Sunny, en su cabeza, sonríe de esa manera burlesca que a Thomas le provoca entre ganas de chasquearle la lengua e ignorarla o morderle los labios–: yo diría que eso no tiene mucho sentido. Serían ellos los malos, ¿No?"

–Tse… –Thomas encoge los pies, subiéndolos al sofá, mientras sus ojos siguen las peripecias de Milaryon Lestrange por el desierto.

"La idea es, estimado, que los tributos se maten entre ellos… nos matemos entre nosotros, si prefieres –Sunny vuelve a hablar–: no matarlos de una manera tan absurda como la de un tornado asesino."

Tiene razón, para variar un poco porque la voz cantante siempre la lleva él… para él, claro, seguro ella cree otra cosa. Él piensa fríamente en que, para aumentar la división entre distritos, Milaryon quedaría mejor vivo, por mucho que eso se lo dificulte más a Sunny. hasta ella parece estar de acuerdo.

La luna brilla más grande en aquel lugar de rocas calientes, unos ratoncitos saltan entre la arena y las piedras, todo se ve polvoriento y deprimente, las dunas parecen fantásticas, irreales, casi sobrenaturales. Es como una escena de novela, está seguro de que aquel año se publicarán bastantes con esa temática porque no deja de ser escalofriante. Milaryon, ameba cobarde y todo lo que se quiera, tiene arrojo por haber soportado tantas noches allí. él está seguro de que Sunny habría disfrutado en aquel lugar, aunque potenciaría su drama y quizá esas ganas patológicas de rendirse suyas.

Muestran otras cosas, como a Mikah Odair, en el hielo, temblando de frío porque tiene tan pocos enseres como Dahlia Fey, buscando un lugar donde guarecerse, o Connor Edgeworth, durmiendo solo dentro de la cornucopia, con sus mochilas bien sujetas y un ojo abierto. Incluso a alan Blake, el menos popular de los Juegos del Hambre, encaramado a una lagartija, buscando otros ratones para poder comerlos. Sin embargo, vuelven en seguida a Milaryon porque se ha sentado a descansar, quizá para siempre. Su rostro está demasiado extenuado, el pecho le sube y baja con celeridad. Ni siquiera suda, y sus ojos negros miran hacia el tornado. Si tuviera saliva que tragar, seguro la tragaría.

–Capitolio –dice, hacia el cielo–: solo quería recorrer la arena, nada más. Pero no creo que pueda seguir escapando de ese tornado… así que… puedo quedarme aquí a morir, ya estoy cansado… o bien pueden enviarme una ayudita extra, lo que sea, prometo aprovecharlo.

Milaryon se rasca la cabeza, costra de arena cae de su pelo fino y castaño. Sigue allí, en aquel paisaje seco, absolutamente inquietante, de pesadilla, y con el tornado detrás, a menos de un kilómetro, acercándosele inexorablemente.

Thomas siente… desdén, eso no más. Confiarle su suerte así al Capitolio en lugar de intentar luchar, no deja de ser deplorable. Ni Sunny, Collie e incluso alabaster Faraday habrían caído tan bajo, reflexiona, dedicándole un chasquido de lengua al sujeto del distrito 9.

La ayuda llega en forma de contorsiones de la arena, junto a las rocas pero a menor altura de la que está Milaryon Lestrange en aquel momento. La arena se riza, se levanta y da la sensación como si una cosa muerta estuviese resurgiendo del sepulcro. A Thomas le gustan las novelas de misterio que se hacen en el Capitolio, le encanta lo paranormal pero especialmente los crímenes. El gusano enorme, viscoso y pálido que surge de lo más profundo de la arena le parece un crimen colosal contra el buen gusto. Lo mira, asqueado, la cosa no tiene ojos y es horrendo, calvo, como de unos cinco metros de largo y un diámetro imposible de calcular. Es dantesco. El gran gusano, piensa de golpe. Aquel es una réplica del Gran Gusano, una mutación de la cual se dice que fue responsable de la destrucción del mundo antiguo.

Siempre le ha parecido demasiado surrealista y ridículo para ser verdad, quizá es solo una propaganda del Capitolio, como fuese, Milaryon Lestrange ha visto eso como una señal de ayuda, y pensando rápido, a tomado su espada, se ha quitado la camiseta, dejando ver su torso flaco, blanco y desnudo, y con el arrojo que Thomas le supuso antes, ha saltado en el lomo del gusano, con las piernas abiertas en posición de jinete. Milaryon monta el caballo más feo del mundo, piensa el hijo del alcalde con una sonrisa despectiva. Se ve ridículo, carente de cualquier tipo de dignidad. El gusano ha enloquecido al sentirlo arriba, se contorsiona y retuerce, queriendo volver a la arena. Milaryon, sorprendentemente ágil para los casi cuatro días que lleva en el desierto, se desliza por el cuerpo viscoso de la cosa hasta llegar a su cabeza, y le pone la camiseta a modo de riendas, por debajo de su horrible cuerpo reptante. La prenda no le alcanza del todo, tiene que ir con los brazos extendidos hacia el lado, casi abrazando a la cosa, pero al menos, automáticamente, le obedece y se ha quedado quieto.

Milaryon ríe loca, histéricamente, Thomas se dice que es la risa de alguien que ha perdido toda esperanza y que se la ha pasado noches enteras caminando, oyendo solo los susurros de las dunas. Sus ojos negros escudriñan a su alrededor, fijando la mirada a sus espaldas, donde el tornado se dirige hacia él a mayor velocidad de la que había tenido hasta entonces. Le da con las piernas al gusano, se nota que no sabe montar porque no lo hace con técnica, pero sirve para que la cosa se propulse hacia delante a toda pastilla.

Milaryon ríe y ríe. Thomas, anonadado por lo que ha visto, solo tiene tiempo para pensar que ojalá Sunny nunca se encuentre con él. Es inestable y peligroso, si no lo era antes lo es ahora.

Se queda dormido en el sillón, esperando en vano otra aparición de su amiga.


Lanna ha muerto.

Sunny Tyson no sabe cómo y por qué, incluso quién fue su ejecutor o ejecutora se le escapa, pero su rostro en el cielo, sonriente e inocente, es la única pista que tiene. Lanna Peters, del distrito 8, con una hermana, su madre y ese montón de amigos y amigas, sociable, divertida y curiosa, la única chica capaz de escucharla y tenerle paciencia sin sentirse aburrida… ha dejado de existir.

No deja de ser irónico que en los juegos del hambre haya hablado con tanta gente, cuando le era tan difícil hacerlo en su distrito. Supone que por la forma de hablar del resto o su propio modo, no sabe cuál es el problema, pero existe una brecha educacional enorme que ella implantó al sentir que los libros decían más que las personas, cuando apenas era una niña. Le resultó tan difícil poder comunicarse con la gente ajena al círculo…. Y ahora, armada con palabras y más palabras, junto a residentes en otros lugares y con una aspiración parecida a la suya –salir de allí con vida–, no fue difícil utilizar su artillería pesada y atacar con ella a Zachary, Robert, Lanna y Alabaster. La mitad están muertos. Deben estarlo todos para poder vivir.

Después de un par de horas de retorcerse como una oveja herida, comprende que no podrá dormir aunque quiera, y se incorpora por completo del suelo. su aliado, rostro como el alabastro y cabellos de luna, está recargado contra la pared, el fuego le colorea las mejillas y la está mirando.

–… –Sunny abre la boca, pero no tiene nada que decir, no después de haber anotado las bajas del tercer día, sin lágrimas pero con un horrible nudo en la garganta.

–Debe haber pasado algo con la alianza profesional –parece como si Alabaster reflexionase en voz alta, aunque la mira–: Alexander era miembro de ella.

–Quizá le traicionaron, asesinándole –opina Sunny. el chico del distrito 7 era enorme y amenazador, y más allá de lamentar su muerte por ser la de otra víctima de los juegos, ella no siente más. Nunca hablaron.

–Connor Edgeworth no lo permitiría –opina, despectivamente–: tenía en mucha estima a la alianza.

–Dicho así, no debe valorarte demasiado ahora mismo –opina Sunny con un leve cariz burlón.

Alabaster suelta una risa seca, bastante más real que las risitas tontas que había soltado en las entrevistas. Ha olvidado por completo su faceta de chico amable, lo cual le parece bien.

–No me gusta admitirlo, pero cometí un error –él vuelve a mirarla a los ojos–: no debí huir tan rápido. He estado huyendo hasta de mi sombra… Connor Edgeworth y Dahlia Fey son feroces contrincantes.

Alabaster Faraday ha cenado lengua junto con el pingüino, piensa, burlona, pero no le dice nada… bueno, lo intenta. Sunny no puede evitar tomarle el pelo a la gente, es superior a sí misma.

–¿Es agradable esto de confesarse con alguien? –Sonríe, y es una verdadera lástima que no estén transmitiendo ese intercambio, porque el corazón de Thomas Rocheford estaría saltando en aquel momento–: en fin… ya, tablas, tablas.

–Tsk…

Alabaster, enfurruñado, aparta la mirada de Sunny y la fija en la entrada de la cueva, la misma que el día anterior. Ella se frustra, ¿es posible que termine arruinándolo todo tarde o temprano? Ahí siempre radicó su inseguridad a la hora de relacionarse con la gente, no puede controlar su lengua.

–¿Temes a los profesionales, alabaster Faraday?

Al oír su nombre completo, o quizá la pregunta, él se tensa un poco, y vuelve a mirarla. Parece contrariado, ella daría un par de dedos de su mano izquierda por enmendar el intercambio anterior.

–Claro que no –Dice rápidamente, ofendido–: tsk…

Miente, claro como la luna, claro como sus ojos azules o su cabello platinado. Es un inmaduro y un ególatra, piensa Sunny duramente, mas ella es orgullosa y terca, así que mucho no puede quejarse. Decide confesarle sus sentimientos, a ver si de esa manera consigue que la capa de falsa superioridad se le deslice hombros abajo.

–Yo también temo –reconoce ella–: quedamos diez… los diez más fuertes.

Alabaster vuelve a mirar hacia la entrada de la cueva, en actitud meditativa, pero tiene fija su atención en el chisporroteo del fuego y en la respiración de Sunny, ella lo sabe.

–Tsk… si no estuviese seguro de que podría lograrlo, no me habría presentado voluntario –dice, entrelazando sus largos dedos–: Pero los he visto pelear, sé cómo son. Debemos cuidarnos de ellos.

Sunny asiente, si él lo dice debe tener razón. Además, han caído catorce tributos sin que ella hubiese manchado sus manos de sangre, pero cada vez se acerca más el momento. Su alianza con Alabaster, aquel remanso de compañerismo, está a punto de tornarse peligroso. Le teme más a aquello, el momento en que ambos tengan que concebirse como enemigos y verse obligada a matar, que a un profesional, aunque eso no significa que no les tenga miedo, claro. De solo imaginarse frente a Connor Edgeworth, con sus músculos y su metro noventa y muchos le dan ganas de salir corriendo ya, él solo podría matarla con una mano sin siquiera despeinarse. Aunque, pensándolo bien es rapado, así que…

–Descansa, pues –termina diciendo, sin saber qué más añadir a aquella confesión, en parte porque lo único que se le ocurre son cosas burlonas y no quiere hacerlo otra vez–: mañana será un día largo.

Tsk… mañana saldremos de caza", le había dicho alabaster Faraday, con poco tacto cuando ella recién había visto el rostro de Lanna en el cielo y el mundo se le volvió a desplomar, sintiendo como si le hubiesen dado uno de los más terribles golpes de su madre porque la pequeña Lanna, suplicándole una alianza, había perecido víctima de sus desventajas. En aquel momento tuvo ganas de enviarlo a paseo y así lo hizo, diciéndole una frase mordaz, con la que consiguió que Alabaster solo se riera y la enviase derechita a dormir. Ella, enojada, frustrada y sobre todo culpable por Lanna, había accedido. Esta vez, él también asiente, acurrucándose en la entrada de la cueva, recostado en el suelo. Sunny deja su rincón para posicionarse en la entrada, cerca de él, con la honda en la mano y una piedra junto a ella. el rostro de su aliado queda a pocos centímetros de su mano y percibe su cálido aliento en la piel, haciéndole cosquillas.

Él tiene los ojos cerrados, está relajado y se duerme al instante. Al parecer, estaba cansado. Pues que tengas dulces sueños, piensa con una punzada de algo que no le agrada del todo sentir. Él duerme sin remordimientos y sin experimentar la terrible tragedia de que chicos literalmente están muriéndose en sus alrededores, sabiendo que alguien puede haber muerto justo en aquel momento. Cómo no, si se presentó voluntario y se cree capaz de superarlo. Él… aparta la mano de su cercanía, sujetando la piedra con los nudillos blancos de apretar. Aquel aliado que le ha tocado en suerte es un témpano de hielo y no termina de sentirse cómoda, pero es lógico quién sufre menos de los dos. En parte siente envidia de él, cuán feliz sería si pudiera arrancarse el corazón, no sentir la punzada de dolor que le acometió al ver a Lanna o Robert…

Así pasan las horas, ella siente un poco de sueño y, adormeciéndose, vuelve a recordar su inseparable papel donde están todas aquellas siglas separadas por días de juegos, y la cosa comienza otra vez, los rostros que había visto en entrenamientos, desfiles, entrevistas, la visitan y le quitan el sueño. Por último, termina quitándose la corbata negra del cuello, su recuerdo, y la abraza contra sí con mucha tristeza. Casi no conserva el delicioso aroma de Thomas, lo cual es una lástima porque le habría venido tan bien…

–María tenía un corderito, corderito, corderito –canta, en voz baja, pasándose la corbata de una mano a otra–: María tenía un corderito, blanco como la nieve. Y por donde iba María, iba maría, iba maría, y por donde iba maría, el corderito iba.

No recuerda cómo sigue… cuando eran niñas, su madre se la cantaba a su hermana mayor y a ella, todavía era dura e inflexible, pero ellas también estaban pequeñas y algo de ternura seguro sentía. era algo de que el corderito iba al colegio siguiendo a María, y el profesor se enojaba pero los niños se la pasaban jugando con él, blanco como la nieve, sin embargo la letra exacta se le escapa. Frustrada, comienza a cantar "yo tengo una vaca blanca, yo tengo una vaca blanca, que se llamaba Piedad, y estaba comprometida, y estaba comprometida con un torito de sociedad", de esa canción sí se acuerda porque la cantan todavía los arrieros, tanto como otras. Alabaster hace rato está medio dormido, escuchándola, de vez en cuando abre un ojo cuando ella no mira, y tiene una sonrisa suave y relajada. Si ella lo viera, seguramente pensaría que es un desalmado porque en aquel momento no piensa en los caídos sino solo en ese instante y en lo que queda. Por descontado, tendría razón.

–… –cuando, después de una hora o dos, abre por completo los ojos, Sunny Tyson se ha dormido recargada contra la pared, abrazando su corbata con una mano y con la honda bien sujeta en la otra.

La mira atentamente, tiene los enormes ojos cerrados, la piel morena algo sonrojada por el intenso calor y se le marcan ojeras, pese a lo oscura de la tez. Babea un poco, él lo nota con cierta diversión de la que se avergüenza porque es estúpido, y tiene los rojos labios entreabiertos, los mueve de vez en cuando como si continuase entonando sus canciones de animales. Él no tuvo hermanos, pero está seguro de que se habría sentido igual si estuviese mirando a una hermanita dormida. Hasta el tamaño ayuda, todo su infinito amor a la humanidad se concentra en esa pequeña personita de metro con cincuenta. Siempre le había sucedido al revés.

Alabaster no quiere despertarla, necesita dormir. Lo necesita y lo requiere, porque aquel día tienen que matar.


Mikah Odair tiembla de frío, tiene sueño y muere de hambre. Su pelo castaño está desparramado sobre los hombros, la expresión feroz con que había perseguido a Dahlia Fey por todo el bosque hace rato se ha desvanecido, siendo suplantada por una mueca de cansancio y derrota. No encontró a la maldita zorra de Fey por ninguna parte, ni comida o un sitio donde guarecerse, y ha buscado durante horas, con rabia en el corazón y ganas de matar. A Dahlia, si puede ser, adiós y muchas gracias. Se conforma también con la cucaracha asquerosa de Alabaster o con el sujeto del distrito 9, tan insignificante que ni recuerda el nombre, pero lo suficientemente valiente para intentar armar una alianza en su contra.

Por fin, la suerte le sonríe y encuentra una cueva poco profunda, excavada por los vigilantes al parecer. Había estado camuflada por hojas de árboles, y la habría pasado por alto de no haberse tropezado casi con ella, arrastrando los pies por el agotamiento. Se llena de júbilo, tendrá el estómago vacío y solo dos de sus tres cuchillos arrojadizos, pero al menos podrá dormir sin que le caiga nieve en la cabeza, lo cual es mucho considerando sus lúgubres circunstancias.

Mikah se sopla un rizo empapado de la cara, observando a su alrededor. Puede que la cueva esté ocupada, piensa, lo cual le vendría mucho mejor, quiere terminar con los Juegos del Hambre cuanto antes. Fue una desgracia salir cosechada, cada vez que piensa en las estúpidas cobardes de dieciocho años de su distrito le dan ganas de matarlas a todas y cada una hasta que solo haya chicas de diecisiete o menos o de diecinueve o más. Fueron tremendas bastardas, dejándola ahí en la estacada. Mikah era una buena jovencita de familia, que asistía a la academia profesional por reglamento y que disfrutaba, sobre todo, jugando con su hermano o en las clases, incluso mirando a los pescadores mayores y más guapos sin acercarse mucho, porque siempre había sido tímida.

Y tuvo que matar, perra suerte, piensa con enojo. Había sido divertido, especialmente esa gritona del 8. A Mikah le hubiese gustado mucho poder acostarse con Alexander Rheon, era demasiado guapo y tenía esa aura peligrosa hechizante que la volvía loca allá en su distrito. De hecho, pensaba cumplir esa fantasía aquella misma noche, él ya se le estaba insinuando demasiado y lo deseaban los dos. Pero la provinciana esa había chillado harto, Dahlia se olió algo y Alex terminó con la mandíbula destrozada, la mano clavada a la rodilla y perforada y una herida de espada en el corazón que acabó por matarlo, como si lo otro no hubiese sido suficiente para inutilizarlo ya.

Maldita Dahlia Fey, perra tetona asquerosa, ojalá seas tú, se dice Mikah, furiosa, echando una mirada a la cueva. Está oscura, sin rastro de fuego, parece casi igual de fría que el exterior, pero se atisba un bulto en la oscuridad. ¡Genial! Un tributo, necesita calor, quizá le pida un abrazo o le quite la ropa para cubrirse mejor, o tal vez lo mate, cualquiera de esas opciones le viene bien.

Con precaución, repta por la hendidura, intentando no hacer ruido. Fracasa estrepitosamente, su cuerpo le parece demasiado pesado, aparte de estar mojado, y hay hasta un desliz de rocas que provoca que algunas caigan al interior de la cueva con ella. maldiciendo para sus adentros (mierdamierdamierdamier), aterriza de una forma muy poco digna al fondo, junto al tributo que duerme. Los ojos verdes y hermosos de Mikah Odair se acostumbran poco a poco a la oscuridad, y pese a que está acurrucado, lo reconoce antes de que se incorpore, asustado por el ruido que causase. A ello le ayuda su cuerpo larguirucho y delgado.

Es el chico del distrito 3, vaya a saberse cuál es su nombre. Dieciocho años, fan del tocino, tartamudo y/o hipernervioso, 6 en las sesiones privadas. Genial, piensa Mikah. Uno menos. Ya está sintiendo que de nuevo se acerca la hora de matar.

El chico se ha incorporado, alarmado, y rebusca en su bolsillo, al parecer. Intenta enfocar en la oscuridad, tiene los enormes lentes torcidos y eso hace que un ojo marrón se vea mucho más grande que el otro. A la profesional le da algo de pena, no es una sin sentimientos después de todo, pero quiere volver a casa.

Respirando con dificultad, el joven ha sacado un cuchillo hecho de piedra, que ella mira con diversión, esa bazofia no podrá ni con el más insignificante de los suyos. Ella solo se apega a la pared, tratando de no molestarle, que él haga lo que le venga en gana. Que intente huir, si le viene bien hacerlo.

–Si quieres m…matarme, ad…adelante, luchemos –dice el chico con valor, apuntándola con su insignificante arma.

Mikah le responde con una ligera risita, aunque no dice nada. Le da un poco de vergüenza, no se le ocurren frases grandilocuentes del estilo "ja, ¡eres mío!" o cualquier sandez semejante, así que prefiere dejar todo en manos del lenguaje más universal de la sangre. Él tampoco dice más, solo se queda allí, desafiante pese a su inferioridad, esperando cualquier movimiento suyo. Que espere sentadito, Mikah no se va a mover.

El chico del 3 se queda unos minutos más quieto, dando vueltas al cuchillo entre las hábiles y grandes manos. Sin embargo, Mikah nota que la derecha está algo más torpe, quizá no es su mano dominante o tal vez tiene problemas en el brazo, tendrá que averiguarlo antes de que acabe aquello. Finalmente pierde la paciencia, como Mikah siempre supo que pasaría, y, con los ojos fijos en ella, se encamina hacia la entrada de la cueva. La está vigilando, qué tierno. Realmente le da ternura que crea que tiene alguna posibilidad, eso consigue que suelte otra ligera risilla. El chico da un respingo, alarmado porque hasta ella misma debe reconocer que había sonado algo siniestra, pero las cosas son así.

Siente mariposas en el estómago cuando él sigue avanzando hacia la salida, enormes ojos caramelo fijos en ella, arrastrarse algo enlentecido por el sueño, pero siempre alerta, siempre ahí, observando cada uno de sus movimientos. Mikah comienza a experimentar la ansiedad que la había acometido las dos veces anteriores cuando tuvo que matar, esa suerte de expectación, el corazón que se acelera medio latido, la respiración que se entrecorta. Tiene las manos frías bastante lejos de cualquiera de sus cuchillos, pero oh, ¡Cuán rápido los ha podido sacar siempre! En realidad da lo mismo. El chico del 3 se fía mucho de sus ojos y Mikah, de aquellas manitas suyas, tan pequeñas, suaves y veloces.

Él asoma su cabeza fuera de la cueva, sin dejar de observarla, y se pone en pie. Es entonces cuando Mikah, ágil como una pantera, peligrosa cual las altas mareas, afianza uno de sus cuchillos que lleva en bandolera y da un salto hacia delante. El punto que busca es aquel delicioso sector bastante tenso de la parte trasera del talón, que se ha extendido más por aquel movimiento, y en horizontal, hace una escisión bastante profunda. Mikah, con una sacudida de júbilo, siente cómo corta piel, músculo y el tendón cede, cede cada vez más mientras presiona, así, moviendo de izquierda a derecha y profundo, profundo…

El chico suelta un grito de dolor, intenta mover la pierna derecha pero no le responde y cae al suelo, la rodilla se le dobla y se ha dado cuenta ya de que dicha extremidad es solo peso muerto, piensa ella, lamiéndose los labios. La sangre brota desde la herida, es tan caliente y el lugar tan frío que crea vapor.

–Ay… ay, mi pierna –gime, intentando arrastrarla al menos, aún con el arma en la mano. Se gira levemente hacia su izquierda, lanza su cuchillo de piedra con un grito de dolor, al parecer realmente es el brazo u hombro lo que le molesta, así que Mikah solo tiene que apartarse para que no le haga daño.

El chico se intenta abalanzar sobre la profesional, las lágrimas ruedan por sus mejillas cenicientas y ella ve cómo arrastra la pierna, apretando labios y dientes por el dolor que de seguro está sintiendo. Mikah alza el cuchillo ensangrentado, sonriente, y lo aguarda con paciencia. El chico, dándose cuenta de que es exactamente lo que la jovencita espera, intenta retroceder, pero apoya su peso en la pierna inútil y cae de espaldas, volviendo a jadear de dolor. Está soltando lamentos escalofriantes, sudando y llorando, intenta incorporarse para dar la última pelea, con valor pero mucho sufrimiento, cae una, dos veces, la pierna realmente no le responde, ha caído sobre su sector lastimado y Mikah nota que es el hombro solo, no el brazo. Se percata de que no está pudiendo con la frustración, pero trata otra vez y ella solo lo mira, fascinada. Supone que está pensando en sus seres queridos, los amigos de que habló en las entrevistas, por ejemplo, y solo eso le hace aguantar el tremendo dolor.

–Mi… mi pierna, por favor –gime, sacando fuerzas para tomar el cuchillo que está en el suelo, pocos metros más al norte de su mano.

Ella no puede permitir que eso pase, aparte ya le está dando frío. Con rapidez se abalanza hacia él, encargándose de pisarle la pierna, y se monta a horcajadas sobre su cuerpo. El chico se defiende, la echa hacia atrás con sus manos, la aprisiona de un brazo, pero ella le da una bofetada, siente las lágrimas del joven en la palma de la mano. Se le están helando en las mejillas, piensa, y se impulsa más hacia delante, con el cuchillo en la mano derecha, mientras que con la izquierda hace presión en el hombro derecho de él. Lo siente caliente y afiebrado bajo la ropa, y lo aprieta más, él le grita en la cara y se debate con desesperación, casi consigue tirarla hacia atrás pero ella se afianza con las piernas en torno a sus caderas, como en el acto amoroso, pero nada es menos romántico que aquello. Sonriendo, hace un profundo corte en la piel tierna de su garganta, perforándole la carótida y la tráquea en tres segundos al menos, mientras las manos de él todavía le aferran los antebrazos, intentando luchar contra su tenacidad. Ese siempre ha sido su corte favorito, piensa Mikah, un poco emocionada cuando la sangre comienza a brotar, salpicándole en manos, brazos y hasta en la cara. Ha salido a torrentes, a borbotones., como un río que hubiese estado taponado por un dique y que por fin es libre.

El joven respira, agonizante, desesperado, moviendo brazos y piernas de forma frenética, asfixiándose, luchando hasta el final para que la vida no se le escape, o lo intenta al menos, porque la sangre es tanto que se ahoga, la escupe por la boca y hasta por la nariz, respirar no sirve de nada cuando las vías están cortadas, piensa Mikah, el cerebro a veces es estúpido. Muere en bastante poco, quizá un minuto o menos, con Mikah todavía sobre él. El cañonazo la pilla de sorpresa, bebiéndose el espectáculo, siendo sacudida por aquel espasmo que parece casi amoroso, pero es mortuorio.

Se limpia un poco la sangre que le ha llegado en la cara con la manga, aunque también está cubierta de sangre espesa, pegajosa y con ese olor peculiar. Mikah tiembla, recién ahora se ha percatado del frío que tiene, y que no cuenta con fuego. Mira hacia todas partes, pensando en que después de todo, tendrá que abandonar aquel lugar seguro en busca de calefacción, cuando se fija en el cadáver de su víctima, lleno de sangre todavía caliente y órganos que aún están a buena temperatura, solo tiene que hacer unos pequeños ajustes y tendrá lo que necesita.

Sonriendo aliviada, pensando que las cosas no le han ido tan mal a fin de cuentas, toma el cuchillo más grande que tiene y lo comienza a abrir. Al cadáver, claro.


El cañonazo los alcanza cuando recién han salido de la cueva, y la chica está borrando cualquier indicio de su existencia allí. Alabaster pega un respingo, más por el sobresalto sonoro. Es la mañana del cuarto día y ya quedan nueve tributos, no es malo, triste sí, pero bueno para el mundo que sea precisamente él quien siga entre ellos, aún con el plan en marcha, o bien ganar para hacerse de posición o bien que se vayan todos a la fregada, incluyéndolo. ¿Quién sería? Espera que se trate de Connor Edgeworth o Dahlia Fey, pero no lo cree, esos diamantes no saldrán tan pronto, son demasiado duros para darles forma de cadáver.

Ella ha abierto los grandes ojos oscuros, observando a su alrededor. No parece asustada, solo curiosa, y un poco triste además. Se ha entristecido por cada rostro en el cielo a su manera, la reacción contraria a la que todos muestran. Tiene ganas de propinarle una palabra de consuelo, del tipo "cuando gobierne, ese cañón no sonará jamás, tranquila", pero se encarga de darle una mirada más amable de lo que suele compartir con los demás, con ella es más que suficiente.

–¿Quién habrá expirado su último aliento? –Pregunta, es lo mismo que él pensaba pero de forma más enrevesada.

Alabaster se encoge de hombros, no exactamente con indiferencia, pero hasta la noche no lo podrán saber, de manera que es mejor no quemarse la cabeza pensando en eso. La chica suspira, pasándose los dedos por su pelo cortísimo, oscuro y enredado. Él siente ganas de pasarle un peine, aunque seguramente luzca parecido, más desaliñado que cuando entró a la arena, con el aliento oliendo a menta y los pantalones cortos, pensando en que el plan iba a salir mejor de lo que está siendo en realidad.

Siente ganas de mirarse en un espejo, a ver cuánto han afectado los Juegos a su aspecto físico; pues más o menos ha dimensionado el cambio operado en su carácter desde Clarissa Carmichael, Miles Near y el momento en que gritó el nombre de su compañera y corrió en su auxilio, pero ¿eso se trasluciría en su imagen? Tendrá que ir al lago de hielo a comprobarlo, en algún momento quizá, es una superficie que le gusta y la visitaría si no estuviese tan ocupado pensando en matar.

–A la montaña –le dice a la pequeña joven, mirando hacia el sur.

Allí, alta, imponente y con su cumbre nevada, la montaña en cuya falda asesinase a Miles near es como un imán. Había soñado con ella, en el ascenso se encontraba con Mikah Odair y le hacía pagar cada puñalada dada a la pequeña niña del distrito 12, la forma terrible en que la mató. En el sueño, Ella (con mayúsculas; la única Ella que le importa al menos hoy) le ayudaba, con su honda la atraía hacia sí y él impartía justicia, colgándola como a una criminal. En su sueño, era la primera ejecutada por su ecuánime gobierno, y había despertado oyendo la dulce voz de Ella pronunciando un nombre. No el suyo, ni había rosa. Era el de María y su corderito como la nieve.

–Podemos ir a la montaña, no obstante… –la chica mira hacia el sur, no están tan lejos, a menos de un kilómetro quizá–: ¿qué buscamos allí?

"Un sueño –piensa Alabaster–: un sueño me dijo que encontraríamos una víctima, alguien que realmente merece morir". Evidentemente, aquello suena descabellado incluso para sí, de manera que opta por no responder y chasquear la lengua. Ella no necesita más, no sabe si entiende su renuencia a hablar, pero al menos la respeta y eso es más de lo que puede decir sobre cualquiera.

De manera que, bordeando el bosquecillo de abetos, sauces y lengas, mirando cómo a veces murmuran, se mueven y otras veces se inclinan a su paso –en todo caso, eso le parece a Alabaster–, se encaminan a la montaña y su pequeño riachuelo de agua hirviendo. Van en silencio cómodo, cada uno sumido en sus pensamientos, le agrada de Ella que no quiera llenarlo con charla insustancial, no hay nada que odie más que la charla vana. Prefiere pasar tiempo consigo mismo, por lejos una de las personas más interesantes que ha conocido, y sin dudas la más importante.

Pasan poco tiempo caminando hasta ella, por suerte son bastante ágiles, ahorran energía al no hablar y pese a su velocidad, van bastante atentos al camino. Alabaster olvida el cañonazo previo, solo piensa en el siguiente, que con un poco de suerte serán ellos quienes lo harán sonar. Le inquieta no haber eliminado a nadie el día anterior, o tan siquiera haberse enfrentado a un peligro, para haber sido la nota más alta de la edición la verdad es que no ha hecho mucho. Odia al Capitolio, sus reglas absurdas y sus privilegios, pero sabe que, si no da el espectáculo que están esperando del primer 12 en la historia de los juegos del hambre, bien pueden deshacerse de él y permitir eso, si no se llevará a los ocho restantes consigo, está descartado. Al menos en eso piensa él, aunque por un segundo se pregunta qué cavilaciones dibujan esa expresión en su aliada. Quizá sea algo simple, como "oh cuánto extraño a mi familia", o tal vez en lo que tendrán que hacer ahora, incluso puede que piense en su enamorado. No, se dice, lo último no. está demasiado tensa y triste, la expresión de amor se parece al enveleso y la estupidez. La vio muchas veces en sus padres, cuando se miraban a los ojos.

Llegan al pie de la montaña, el cielo de perpetuo gris parece más blanco en la cima. Ella olisquea el aire, denota inquietud.

–Siento algo sumamente extraño –dice, con desasosiego.

Él enarca una ceja, pero no le dice nada. La joven mira hacia arriba, la enorme montaña tiene abetos, lengas y sauces también, pero además hay unas plantas pequeñas, espinosas y peligrosas con frutos parecidos a los arándanos colgando de sus ramitas. Al profesional se le hace un perfecto lugar donde esconderse, además de que se le han antojado aquellos frutos.

Pone un pie en la montaña y comienza a ascenderla, seguro de que Ella le seguirá por muy intranquila que parezca, por algo son aliados. es empinada, está llena de baches, árboles y esa sensación de que una cosa (la víctima que se lo merece) va a suceder, y eso le llena de gozo el corazón. Llega al primer arbusto espinoso que ve, sus largos dedos palpan con sumo cuidado, y en un tris tiene cuatro pequeños frutos en la mano, sin pincharse lo más mínimo. Reconoce el árbol, tanto como los frutos. Pueden parecerse a las jaulas de noche, pero son calafates, los ha visto en ilustraciones, aunque no los haya probado nunca.

–… –sin hablar, tiende su mano con los cuatro frutos en la palma hacia Ella, en una invitación.

La joven, tímida, con la mirada en el suelo, recoge uno y lo examina atentamente.

–Calafate –dice ella, con su tono de "sé todas las respuestas por haberlas leído"–: o jaulas de noche.

Alabaster Faraday, con la mano izquierda en que llevaba el florete hasta que se lo colgó de la correa de la mochila, se mete dos frutos a la boca y los mastica, deleitado. El sabor es dulce, la textura un poco gomosa y tiene un par de pepitas, pero lo mejor es el jugo, le gusta mucho el jugo. Escupe las pepitas hacia un lado, saboreándose. Ella, viendo su actuar, se come también el calafate y sus enormes ojos marrones brillan deleitados ante el delicioso sabor. Tienen gustos parecidos, él lo supo aquel día en la fiesta y después al encontrarse en la biblioteca, aunque antes ni reflexionara sobre ello. El jugo de granada, el calafate.

–Conozco una historia sobre el calafate, puedo contarla si te apetece oírla –dice.

A Alabaster no le apetece demasiado, pero las historias no son aburridas así que asiente con la cabeza. La chica le cuenta sobre una mujer aborigen, sea lo que fuese eso, con ojos hermosos y morados, y belleza sin igual. Una bruja, celosa, la maldijo y transformó en un arbusto espinoso al que nadie quisiese acercarse, pero la hermosura de los ojos de ella permaneció, transmitiéndose a los frutos del arbusto. Los hombres y mujeres, hechizados por su bello color, los probaron, y fueron esparciendo pepitas por doquier, de manera que el calafate prosperó, y la chica y su beldad fueron aún más ampliamente conocidas. La historia termina allí, parece un cuento popular y se pregunta, algo despectivo, si ella de verdad lo cree.

–Por supuesto, no son más que supersticiones, pero no deja de ser pintoresco –aclara, entendiendo sus pensamientos de una manera inquietantemente certera.

Él no responde, pero sonríe un poquito. Se la pasan en un silencio feliz, ya no tan solo cómodo, escalando la montaña nevada y recogiendo los frutos, comiéndose muchos y metiéndose los demás en los bolsillos, Ella dice que si no fuese anti supervivencia haría mermelada, y él le asegura, aunque solo en su cabeza, que la cuidaría, florete en mano, hasta que termine la dichosa mermelada para comerla con galletas si será tan rica como la pasta de huevo y atún, pero obviamente no lo dice en voz alta. El ascenso es accidentado, varias veces él debe sujetarse de ramas, raíces y algunas pocas que odia admitir porque le da vergüenza, de la mochila de su compañera para no caer. Ella es como una cabra, escala con la punta de los pies, apenas se sujeta de nada, y cualquier cosa la emplea como sendero. Es por su entorno montañoso, supone. El distrito 1 es una planicie hermosa, con ríos donde extraer oro y lugares bajo tierra. El Río de la Plata… solo pensar en su cristalina superficie, el recuerdo es tan grande que pierde pie, y tiene que sujetarse de un arbusto para mantener el equilibrio, por desgracia es uno de calafate y las espinas le arañan la piel. Grita de dolor al sentir su carne ultrajada de tan terrible manera, las gotas de sangre le manchan los dedos. Alabaster pone la palma hacia arriba, dejando que los ligeros copos de nieve le refresquen las punzantes heridas, que comienzan a latir.

Ella está ya junto a sí, preocupada, con esa mirada marrón enorme, pero está callada, es más, cuando ve la lastimadura en su mano sonríe algo burlona, como si fuese una cosita de nada y no pequeñas heridas punzantes en su pobre mano. Se vuelve a ofender, dispuesto a seguir la marcha por mucho que le duela, no soportará ser ninguneado por esa

(tablas)

Nada, al final, nada. Respira un par de veces y descubre que, en efecto, el dolor ha pasado pronto. Ella aún tiene esa sonrisita burlesca, alabaster ve blanco nieve y rojo sangre fundiéndose en rosa en su mano, y piensa que de aquel color será su insignia, cuando tenga una.

En ello está pensando, cuando un temblor sacude la montaña en un ruido tremendo. La chica, aterrada, mira primero a Alabaster y luego al suelo, ambos habían tenido la misma idea en la cabeza, que tal vez se trata de un cañonazo, pero es descartada bastante pronto. Ni siquiera se parece. La montaña vuelve a rugir, y antes de verla erupcionando, el profesional se fija en el rostro de su aliada, lívido de terror. Está mirando hacia arriba, concretamente hacia la cima. Él también lo hace y por poco siente que las fuerzas le faltan porque es demasiado.

El cielo se denota oscuro y cargado de ceniza, no gris sino negro. Lava calentísima burbujea, se expande y cae, derritiendo abetos y calafates, que chillan de terror y dolor mientras son consumidos. Las rocas, propulsadas por ese vómito infernal, ruedan ardientes montaña abajo, prendiendo y matando lo que tocan. Alabaster siente que debe bajar lo más rápido que pueda y eso hace, panicando, temiendo que una de esas le impacte en cualquier parte, a él o a su aliada. Ella ya está descendiendo, aterrorizada, con los enormes ojos vacuos y su paso como deslizante, las puntas de los pies son un borrón, le pasa por el lado sin verlo, sin siquiera pensarlo o dedicarle un grito. Alabaster se está quedando atrás, así que intenta bajar imitando su pronta caminata, pisando donde ella, haciendo lo que ella, pero su cuerpo es más grande, o bien la costumbre le juega en contra, porque está quedándose, la chica cada vez está más abajo, ágil como una cabra montañesa, mientras que él es un torpe oso moroso, piensa con frenesí maniaco. puede que muera en ese infierno, y no se permitirá morir, la montaña se está destruyendo, la lava consume todo cuanto toca, el clima está cambiando y ya no hace un frío que pela sino un calor abrasador, el sudor perla su frente y no solo es por el miedo, también es aquel calor que lo freiría pero que muy bien.

Saca todas sus fuerzas para intentar correr, se pincha contra unos calafates que le rompen los pantalones pero no le importa, tan lejano siente aquel momento en donde le parecía que se iba a desangrar por un par de espinas rasgando su mano… aquello es más terrible, la pierna ahora le late además del corazón, a toda velocidad, y solo puede bajar y seguir bajando, todo recto hacia el norte, sin perder las esperanzas de alcanzar a su aliada, con la que ya recortan distancias. Además tiene cadillos en los calcetines que le pican la piel, pero qué importa, hay algo mucho peor que lo puede derretir más arriba, bajando inexorablemente. Malditos vigilantes, al final se saldrán con la suya, sabía que debía seguir fingiendo lo de chico amable, piensa, horrorizado, recordando al avox muerto por el sable, su metedura de pata en las entrevistas, la puñalada a Clarissa y todo lo de después. Lo peor es que, cuando una enorme roca le pasa por encima de la cabeza, desciende y desciende hasta llegar a la de su aliada, golpeándola con brutalidad, siente que no se arrepiente de nada.

Sigue descendiendo, su piel podría ser de acero por lo poco que les hace caso a los golpes y arañazos, se ha tropezado, ha caído sobre árboles espinosos, se ha tropezado de nuevo y ha seguido arrastrándose, muerto de miedo como nunca antes, quizá solo comparado al momento en que llegó del colegio al que asistía, y su enorme casa de chico rico estaba desordenada y vacía, el día en que gold y Allumina Faraday desaparecieron. Bueno, el miedo actual le parece peor, ya que, padres suyos o no, no se trataba de su vida. Él siguió viviendo pero ahora no, piensa, parándose de nuevo, levantando los pies y corriendo, un derrumbe lo persigue, y más piedras, vuelve a tropezarse y cae sobre un cuerpo pequeño y blandito al que aplasta.

Incluso con el caos y el fuego tronando a su alrededor, Alabaster Faraday tiene tiempo de darse cuenta de que ha caído sobre Ella, pecho contra pecho, ella le rodea la pelvis con las piernas abiertas y el rostro de la chica está enterrado casi en su cuello. Mierda. ¿qué clase de caída es esa? Piensa, enojado, quedándose un segundo como está pues una enorme piedra pasa por sobre su cabeza. Se pone en pie, sacudiéndose la ropa, rojo por la vergüenza y la humillación, qué demonios. Tiene que seguir corriendo, el mundo se le viene abajo pero debe seguir avanzando, qué más da ella, que le den a ella, que le…

(Alabaster Faraday)

No.

(Alab)

¡No!

(Aster Faraday María tenía un corderito como la nieve y alabaster Faraday y mi unicornio azul se me ha perdido ayer)

¡Que no!

Alcanza a dar dos pasos, con el viento caliente pisándole los talones, la decisión en su corazón, después de todo quedan ocho tributos si ella muere, ocho más cerca y

(el unicornio y yo hicimos amistad y alabaster Faaaaaraday)

No la piensa dejar, se dice, enfadado consigo mismo, aunque ella estuviera a punto de dejarle, no le pagará con la misma, de vuelta. Se inclina, temblando por el miedo y la decisión, y la toma por las axilas, incorporándola. Pesa alrededor de 45 kilogramos, pero con el aire caliente ahogándole, la adrenalina, el dolor de sus heridas y el pánico, sobre todo el pánico, especialmente el pánico, le parece tanto y tanto y tantos kilogramos que se va a morir. Se la echa al hombro, como un cordero (blanco como la nieve, moreno como la canela) y comienza a bajar, con más dificultad aún, pero por suerte queda poco, no está tan lejos de la base. Las piedras lo persiguen, la lava sigue destruyéndolo todo, la cacofonía de los árboles lo ensordece, pero está sucediendo algo extraño.

Calafates, abetos y sauces, incluso enormes y milenarias lengas, se están apartando, conmovidas, dejándole un camino. Solo hay baches y raíces que puede esquivar, pero cada vez hay menos árboles juntos, que han decidido abrirles un sendero, a él corriendo y a la chica inconsciente sobre sus hombros. Alabaster está mirando esos fieros y terribles árboles que antes le pareciesen tan insalvables y hasta amenazadores, cómo se apartan, se hacen a un lado, se juntan para dejarle pasar, aunque sean pocos metros.

"¿por qué no escapan entonces, árboles? –se pregunta, exasperado, ahogándose–: si pueden apartarse brevemente para dejarme pasar con la chica, ¿qué les impide salvar sus miserables vidas de árbol?

"Hay cosas por las que vale la pena morir, Alabaster Faraday", le contesta un calafate, con la voz lúgubre y acartonada de su aliada. Alabaster, que tiene perfectamente claro aquello, lo deja en paz y sigue corriendo.

Y corre, y corre, y corre hasta no dar más, hasta que la montaña está ya lejos y no se ha dado cuenta que se ha chamuscado la parte trasera de la chaqueta, hasta que los pulmones le arden fervientemente por aire y la boca por agua, hasta que las piernas le flaquean y tiene que detenerse a descansar, por favor, agua, aire, algo. Cae de bruces, si bien en la academia profesional le recomendaron por activa y por pasiva que después de mucho ejercicio, era sumamente contraindicado detenerse abructamente, muy por el contrario, había de ponerse a caminar por cinco minutos hasta regularizar los latidos del corazón. Pues no, se dice, con la cara enterrada en la nieve, el cuerpo convulso, la chica tirada un poco más allá. Alabaster, con la cara roja, vomita los calafates, el desayuno y quizá la cena sobre la blanca nieve, ahogado por la náusea, el asco y el terror. Vomita, temblando, con lágrimas cayéndole por los ojos, lágrimas de esfuerzo, el rostro tiznado, la garganta destrozada.

Vomita hasta ya no tener nada, y después se queda allí, temblando todavía, hecho un obillo en el suelo, olvidada su dignidad. Casi se muere. Casi lo matan, y sigue vivo.


Sunny Tyson despierta con un férreo dolor en la parte trasera de su cabeza. Es un dolor distinto a cualquier golpe dado por su madre, piensa, y de esos conoce de sobra, o un dolor de caída de caballo, como el que un día sintió cuando se cayó mientras desmontaba a Sardinilla, el alazán de Edward Rocheford. Este dolor es... ardiente, siente un círculo de daño quemante a la altura del occipital. Se remueve, el suelo está duro y de golpe, recuerda lo que pasa. ¡El fuego! ¡El volcán! ¡Su vida! ¡Muerte! ¡El mundo a pedazos!

Se incorpora, tan velozmente que la tierra toda da vueltas a un ritmo vertiginoso y contiene las ganas de gritar por el shock. Pega un suspiro en su lugar, todo el cuerpo le duele, tiene los ojos nublados, pero ve, al sur, el mundo en llamas bastante más allá. Mucho más… entonces lo recuerda todo, ella bajando a lo que daban sus piernas, el casi conseguirlo, y después, la piedra ardiente impactándole en la cabeza. Luego, la más absoluta nada.

Cierra los ojos mientras se palpa el sector lastimado, y siente la carne viva en esa zona. Ha perdido el pelo, chamuscado, y también la piel lisa que le cubría la cabeza. En su lugar, carne palpitante y dolorida le da la bienvenida. Gime brevemente, maldiciendo su suerte.

Está tirada en medio de la nieve, eso lo sabe, tiene el cuerpo empapado. Allá en lontananza, la montaña vomitando su muerte y destrucción, a su lado, alabaster Faraday, sentado en posición de loto, mirándola. Simplemente mirándola. No tiene sus lentes, una quemadura horrible chamusca su mejilla y tiene el cuerpo lleno de arañazos, cortes y quemaduras, y parece como si se hubiese arrastrado un buen trecho. Luce espantosamente.

–Alabaster Faraday…

–Siempre supe que habías sido tú –dice él con la voz ronca y rasposa.

Ella, que tanto se jacta internamente de entenderle, esta vez no cree hacerlo. Le dirige una mirada interrogante, pero él no la responde, ni siquiera con su chasquido de lengua.

Sunny solo sabe una cosa, algo que le incomoda de tan horrible manera que baja la mirada, tímida, avergonzada y culpable, sobre todo. Ella, al ver el fuego, había salido corriendo para salvarse, digna reina de la colina, y él le había salvado la vida. No solo eso, piensa Sunny con culpabilidad. Pues había encontrado, entre los árboles de calafate, algo que no era tal cosa, parecidos pero no iguales. Jaulas de noche, había encontrado jaulas de noche y las había metido en el bolsillo interno de su chaqueta, sin decirle a alabaster, en el más absoluto sigilo. Y había pensado… había pensado en que cuando quedaran menos, la mermelada… intenta con todas sus fuerzas no echarse a llorar por el asco contra sí misma. ¿Qué había sido eso? Ella misma no sabía sobre venenos, le había dicho que nunca le mataría así. Sin embargo, fue cosa de ver las pintas rojas en el fruto morado, asociarlas con la legendaria fruta venenosa, y tomarlas sin pensar. Instintivo y brutal. Basura, basura humana, vaso de barro del Capitolio.

–No me alcanzan palabras para mostrarte mi agradecimiento, alabaster Faraday –murmura, roja por la vergüenza, sin poder mirarle a los ojos azules.

–Tsk…

Ella solo se abraza a sí misma, mirando al suelo. tiene que ser valiente, se dice. Él fue lo suficientemente valiente como para jugársela por ella, no puede pagarle con indiferencia o con tanta vergüenza como para no mirarle siquiera. Así que alza la vista, él la está observando detenidamente.

"Luces muy mal", es lo primero que se le ocurre, pero la sonrisa burlona acompaña esas palabras y lo descarta. "oh, pobrecito mío", es lo siguiente, pero aquello es algo que le diría a Samy u otro niño pequeño, ni tan siquiera a Thomas. "¿cómo te sientes?" es lo tercero, pero la respuesta sería un tsk bastante merecido. Así que no dice nada, como siempre con aquel sujeto en cuestión, las palabras nunca funcionaron, ella lo supo desde que olvidó las notas que había tomado en la biblioteca o quizá desde antes. Pequeñas cosas que les habían unido inexorablemente…

Gatea hasta su lado, y tomando nieve del suelo se la pasa por la cara, primero limpiando su tiznada frente, que cuando queda libre de suciedad ella nota que está tremendamente pálida. Limpia con detenimiento sus párpados y su nariz. Toca con cuidado la mejilla lastimada, él sisea de dolor pero no la aparta, ni con un manotón ni de ninguna otra forma. Se le da por pensar si Lanna Peters había mentido esa mañana, no le parece posible que él la hubiese lastimado por solo tocarlo, no tiene pinta. Lanna…

La otra mejilla es más fácil de limpiar, pero la chaqueta está demasiado rota, el frío se le cuela por los agujeros. Alabaster se encoge de hombros y se la quita, con un resoplido, pero de inmediato comienza a temblar por el azote del aire gélido, está demasiado delgado piensa ella de improviso. Sunny no reflexiona, es tan instintivo como el recoger las jaulas de noche de los arbustos, visceral, o lo hace o muere, sencillamente muere.

Se quita la chaqueta y se la pasa, es más pequeña, pero le ayudará. Ahora el frío lo siente ella, pero no toleraría las cosas si fuesen de otro modo, lo merece por haber sido una maldita despreciable. Él la acepta, cubriéndose con ella, aunque sin ponérsela. Todo aquello lleva un par de minutos, en que no se dicen ni una palabra. el gracias está más que dicho. El por nada, también.

Un paracaídas desciende del cielo, señalando su posición, aunque no haya nadie a su alrededor. Esta vez, es Alabaster quien lo toma, pues sin dudas el regalo le pertenece. Tiene una expresión neutra cuando agarra la tela y desenvuelve lo que hay en su interior.

Una chaqueta para la nieve perfectamente de su talla, un enorme pote de cicatrizante instantáneo y chocolate caliente en un termo, con una enorme taza y dos pajitas, como la primera vez, acompañada por un pastel de frutas. Sunny mira todo aquello con renovados ánimos, aunque sigue sintiéndose pésimo por lo arpía que había sido por un segundo con él y consigo misma.

–Vamos a un lugar tranquilo, si a bien tienes –dice, poniéndose en pie. Tiene los músculos agarrotados, todo le da vueltas pero consigue estabilizarse, y le tiende la mano a su aliado.

Él no dice nada, tampoco acepta su ayuda, de hecho. Se pone en pie, tomando sus regalos. Es solo después cuando le estrecha brevemente la mano, por alguna razón que no entiende. Su mano está caliente, lastimada y es curiosamente reconfortante.

–Cuando estabas inconsciente –dice–: ha sonado un cañonazo.

Las piezas encajan solas, Sunny entiende el apretón de manos y la mirada en sus ojos, es una despedida, después de todo solo quedan ocho tributos. Fue lindo mientras duró pero se acabó, piensa. dos palabras salen de sus labios antes de poder contenerlas, las escupe con la vehemencia del volcán.

–Me niego.

Alabaster Faraday luce sorprendido, la mirada que le dirige es de pura curiosidad.

–Explícate, rápido.

Ella, algo aturullada, baja los ojos y se muerde el labio inferior, fijándose en las marcas de sus cuerpos en la nieve, antes de respirar profundo y mirarlo de vuelta. Está sonrojada, mordiéndose el labio inferior.

–No quiero… que nos separemos ahora –dice. Es la pura verdad, supone que es porque lo necesita, o porque confía en él. O por ambas cosas, quizá.

Alabaster suelta su chasquido de lengua característico, el tsk que resuena como un látigo, bastante parecido al del propio Thomas.

–Solo te informaba que quedábamos ocho –aclara, la voz rasposa será común ahora en él, da la sensación.

Ella suspira, no sabe cómo tomarse eso. había pensado… le pareció leer en sus ojos que le decía aquello, y le apretaba la mano, para marcar el final de la alianza. Pero ya que lo piensa, es estúpido, considerando que se tomó tantas molestias para salvarle la vida. Supone que se trata otra vez de su propensión a sentirse rechazada u ofendida por el actuar de los otros, tiene que dejar aquello aparcado allí y ahora.

–Me parece sumamente maravilloso –no miente, siente la efusión colmándola–: dame al menos la posibilidad de salvar tu vida a cambio.

Alabaster Faraday sonríe de medio lado.

–Cuando solo quedemos tú y yo, deja que te mate y estamos a mano –bromea.

Y Sunny sabe que, por mucha vida que le deba, no podrá cumplir aquello. Menos mal que no hace falta, pues él está sonriendo. Siente ganas de lanzarle una bola de nieve a su cara de idiota, pero se las contiene con todas sus fuerzas, después de todo le había salvado la vida y todo el paripé. Sin embargo, de aquello dicho por él sí hay algo cierto, ella lo sabe, lo siente en los huesos, se lo grita cada fibra de su ser.

Van a quedar los dos. No habrá intento de asesinato, no habrá traición del uno al otro, porque se guardarán las espaldas hasta el final. Alabaster Faraday será su aliado y en última instancia, lo que le separe de su casa.

Y eso sí está dispuesta a aceptarlo.


Encomios:

Puesto 10º Zachary Bayer, m3 – Mikah Odair.

Zachary: mientras escribía tu muerte, lloraba. Solo me pasó con una muerte más, la sufrí tanto… moriste luchando, pero aún así. Te amo mucho, espero que en otros fics tengas las oportunidades que te negué.

Puesto 9º?


Nota:

Gracias por los que han leído hasta aquí, hemos llegado a los octavos de final. La escena de la lava no iba a ir hasta que se me ocurrió aquí en el campo, xD. En la idea original, este capítulo y el siguiente eran uno solo, sin montaña, sin calafates y sin momento Sunnybaster frienemy forever.

Saludos, reyes y reinas.