Capítulo 23. ¡Es una trampa! (II)


Collie Rush y Marcus Armitage tienen una relación de aliados bastante sana dentro de lo que pueden. Se han guardado las espaldas mutuamente, han salvado la vida del otro una vez cada uno, la primera vez ella a él en el baño de sangre, y el día anterior, él con el oso que estuvo a punto de abrirla en canal. Quedaban once tributos para ese entonces, de manera que uno podía darse el lujo de salvarle a alguien la vida, así lo habían entendido ambos al menos. Collie intentó no encariñarse con él, y cree que así ha sido, han conversado lo justo y necesario, se han dividido las tareas y ella mantuvo su corazón inaccesible. Ningún Marcus Armitage iba a valer la mitad siquiera de lo que valía cualquiera de sus amigos o camaradas rebeldes en el distrito, más que nada porque sí o sí el albino tiene que morir. Así que no se calentó jamás la cabeza con eso. para Collie, los juegos son un lamentable hecho y hay que actuar en consecuencia sin irse con chiquitas.

Quiere ver a su mamá y a Finn, su novio. Ahora que tendrán más dinero, si gana, pero a la vez más ojos puestos en ella, tendrá que ser más discreta de lo que ha sido en sus actividades revolucionarias, va pensando. Quizá dejarlas por un tiempo, aunque le pese, al menos los primeros dos años. Hasta que nuevos vencedores consigan que se olviden de ella. intentará no ser tan farandulera como Lev Abercowney y Christian Stark, por ejemplo, cuyos menesteres más ínfimos salen en los periódicos. Trataría de tener un perfil discreto, como Sonya Daskalova, su mentora. Collie admira a esa mujer, por haber mantenido vivos sus principios casi hasta el final, pero no la envidia ni la emulará. Ella ha sufrido mucho y Collie cree ser más dura que eso. El Capitolio no conseguirá romperla, se dice. Ha matado a un profesional, de una forma bastante horrible, y aunque soñara con ello, intenta mantenerlo lejos de su cabeza durante el día. No es ella la asesina, es el Capitolio. No la pueden culpar por querer vivir, sería tremenda injusticia. Al primero que pretenda hacerlo le volará los dientes, importándole poco si es amigo o enemigo.

Caminando por el bosque, hasta se le ocurren las frases ideales que podría decirle. Comenzaría con un certero "acaso crees que quería estar allí, pedazo de basura" y quizá seguiría con otras palabras un poco malsonantes, pero que le servirían para…

Marcus se ha detenido de golpe, y cuando ella lo mira, es evidente por qué. Hay una chica trepada a un árbol, a la que no habían visto por estar camuflada en las ramas. Ella, sin embargo, sí los ve, de hecho lleva un buen rato mirándolos, al parecer. Collie la reconoce, con un arrebato de ansiedad que la impele a salir corriendo ahora que puede. No sabe su nombre, pero es la profesional del distrito 2, la espadachina, aquella de la que se dice que está involucrada con un vencedor.

Si hay un profesional, piensa con rabia hacia sí misma, debe haber más y seguramente se dejaron rodear como unos idiotas. Imposible huir. O lucha o muere, piensa. O lucha o muere. De eso se trató siempre, ¿no?

Al menos son dos contra una, se dice, aunque sea solo por el momento. Marcus tiene sus ojos inyectados en sangre fijos en la profesional, que está sentada en la rama afilando una espada corta. Está sucia, tiene el pelo pegoteado de sangre pero luce bastante entera.

–¿Dónde están tus amigos? –Pregunta la chica del 7, con valor.

La profesional da un ágil salto hacia abajo, sus enormes pechos rebotan, Collie piensa con un acceso de solidaridad femenina que eso debe ser bastante incómodo de ir llevando a todas partes, pero se le pasa pronto por ser una joven entrenada y casi una voluntaria, después de todo se habían presentado en su lugar y se negó a dejar la oportunidad de su vida. De su muerte, dirá, piensa ella con rabia. Marcus, que había lucido impávido hasta ese momento, decide poner fin a la alianza o bien correr por su cuenta, porque en cuanto ve a la chica descender, vuelve sobre sus pasos a toda velocidad, yendo a través de las secuoyas y otros árboles, sin mirar atrás ni una sola vez. La profesional lo sigue por un momento con sus ojos verdes, como la cazadora que es, pero cuando Collie le da un empujón para pasar por su lado la sorprende poniéndole la zancadilla. Solo su asombrosa agilidad le salva de caer toda cuan larga es al suelo.

Quiere gritar a marcus porque contaba con esa ventaja y la ha dejado sola, pero se conforma con echarle una maldición mental, a fin de cuentas no se trató nunca de un contrato irrenunciable. En todo caso maldito infeliz, se supone que para eso son las alianzas, se dice, apretando los dientes y pensando a toda velocidad en las pocas opciones que le quedan.

Puede arriesgarse, correr y morir ensartada como una cobarde, con ella abajo está segura de que podrá perseguirla e incluso alcanzarla, Collie está en forma pero no sabe si podrá compararse a una profesional de tomo y lomo, o bien sacar la katana que apenas sabe usar y jugársela a lastimarle la piel. Con un arañazo, con uno solo es suficiente, la hoja está envenenada desde la noche anterior, algo que ni siquiera Marcus sabe. Y menos mal, asqueroso, pues la próxima vez que se encuentren ya no será como aliados, piensa con rabia. No cree que ella le hubiese dejado solo con un peligro tan grande en frente. Es cierto, no había sentimientos entre ambos, pero experimenta la traición de cualquier manera y duele. Ninguno de sus camaradas la habría abandonado así, piensa.

–¿Dónde está el tuyo? –Pregunta la profesional con una sonrisa, alzando la espada enposición defensiva, esperando.

Collie saca su katana envenenada, apretando los dientes. odia la actitud altanera de los profesionales, detesta que tengan más dinero, que sean los mimados, detesta que haya mimados y distritos pobres, eso no debería existir, es contranatura. En el mundo en el que le gustaría vivir, todos serían iguales y compartirían los mismos privilegios. Quizá, si el destino le hubiese topado con Alabaster Faraday, se habrían pasado discutiendo sobre aquello que tienen en común y las cosas en las que discrepan. Pero quizá ella le terminaría rompiendo los dientes antes de llegar a consenso, para acabar con un florete clavado en el corazón, sin percatarse de que, aunque aparentemente extremos, podrían haber congeniado.

Se miden ambas con la mirada, Collie es más alta y un poco más robusta, pero la profesional es musculosa. Solo tiene que lastimarla un poquito, se dice, da lo mismo que sea en el dedo, a no ser que tenga la suficiente sangre fría como para cortarlo, antes de que alcance a extenderse por su torrente sanguíneo. Le ha puesto a la hoja dos tipos distintos de veneno que no se invalidan, no debería fallar. No puede fallar.

Ataca antes de que la otra lo haga, no se va a arriesgar a que le den un golpe que por su inexperiencia no sepa parar. Apunta al brazo, moviendo la espada de forma periférica al cuerpo, no será tan ambiciosa para intentar tocar un órgano importante. Tiembla de adrenalina, tiene un poco de miedo, pero también decisión. Sería su segunda víctima.

La espada de la profesional es una centella, choca contra la hoja de Collie y la lanza hacia arriba, al parecer había atacado con demasiada fuerza, pues con un solo movimiento ascendente, esta se le ha devuelto. La katana salta de su mano con ímpetu y no solo eso, también pierde el equilibrio y cae hacia atrás, trasero al suelo, golpeándose bastante fuerte. Suelta un grito ahogado que tiembla por el impacto del choque y le duelen las nalgas, pero ha perdido la espada así que poco le importa. Rodando con agilidad, ha salido del punto de mira de la profesional y se fija en la Katana, tirada a pocos metros. Se apresta a ir hacia ella, no puede fallar. No puede… solo con un arañazo, un rasguño…

–¿Cómo te atreves a atacarme a mí con una espada si no sabes usarla, estúpida provinciana? –Le dice la profesional, furiosa, dándole una patada en el trasero. Collie, humillada y con rabia, le sujeta el pie y tira de ella, pero la hoja de la otra baja hasta su cara y por poco le cercena la nariz, así que debe soltarla y echarse para atrás.

–No tenía otra cosa, maldita –le dice, no se piensa quedar callada. Con su mano izquierda, aunque no sea la dominante, consigue por fin llegar hasta la katana aunque haya tenido que estirarse, y la afianza con fuerza, casi a punto de levantarla.

En aquel instante, la espada de la profesional del distrito 2 entra por su costado derecho, desprotegido, a la altura del estómago, y la atraviesa con un solo movimiento. Collie siente un dolor más grande que cualquiera que haya sentido, aferrando la katana con su mano en un acto convulsivo, un gemido escapa de su boca y siente que su cuerpo se levanta cuando la otra chica extrae la espada. Le raspa la carne, los músculos, los desgarra, los hace trizas. Su grito se parece a una risa pero es pura agonía, apenas puede pensar en su madre, o en Finn… o en la vida que había intentado proteger en los juegos del hambre, levantando murallas defensivas para mantener sus principios y su existencia sin que ninguno se viese excesivamente perjudicado.

Con el costado palpitándole de forma horrenda, y la sangre corriendo a raudales, Collie alza levemente la espada, moviéndola casi a ras de suelo hacia las piernas de la profesional, si se irá no piensa hacerlo sola, con un solo arañazo, al menos… no quiere morir sin haber hecho nada, una muerte inútil… esa profesional hará más daño… ella, entendiendo sus intenciones, da un salto y, espada en alto, se agacha a toda velocidad, clavando la espada hasta la empuñadura en la nuca de su enemiga. Tiene el cuerpo inclinado hacia el suelo, algo doblado, el cabello negro y suelto le cubre, en parte, la cara, y sus pechos se proyectan con el movimiento. Muchos capitolinos piensan que la chica en cuestión jamás ha estado tan hermosa.

Collie no termina su pensamiento inconexo sobre el daño que seguiría haciendo Dahlia Fey, muere antes de terminar de formularlo, pero al menos es rápido, la terrible herida del costado deja de punzar, todo termina por no importar nada, los principios que intentó salvaguardar de sí misma, su vida que intentó cuidar de sus principios, sus parientes, todo se oscurece hasta que la nada la recibe.

–Te dije que a mí no me ataques con una espada –Dahlia Fey oye el cañonazo que Alabaster Faraday escuchara en la nieve, después de enjuagarse la boca con sabor a vómito y fuego.

Honestamente, se siente ofendida. Por un segundo, uno solo, había pensado en un duelo a espadas de verdad, uno en donde pudiera demostrar ante Panem entero lo buena que es en ese arte, ha segado la vida de cuatro personas y no han estado a la altura de ser rivales, es como si no se hubiese encargado de ninguno. Solo se trató de una palurda de distrito que tomaba la katana como si fuese un palo, piensa, de mal humor, extrayendo la espada con el efecto pala, del cadáver. Es lo que se hace con las superficies duras, como el cráneo. Aquella cabecita que Finn había adorado, que guardaba tantos sueños de libertad en su interior, es un amasijo perforado en el piso, y materia cerebral junto con fragmentos de hueso sirven para decorar la espada de la profesional de los ojos verdes.

Suspirando, se dispone a revisar la mochila que llevaba su víctima y que ahora le pertenece, y a limpiar las dos espadas.

Cuando termina su tarea, en la katana no queda ni rastro de veneno.


Sunny termina de extender la crema cicatrizante por la pierna derecha de Alabaster Faraday con la punta de su dedo índice. Tiene el vello castaño, la piel cálida e irritada, pero se va curando casi instantáneamente. Es un pensamiento estúpido, derivado de su propia inhabilidad social, supone, pero se pregunta si cuenta como estar tocando a un hombre en zonas indebidas. Solo lo hizo una vez, con Thomas Rocheford, en las despedidas, había desabotonado su camisa y palpó sus enormes pliegues de piel. Se había sentido fresco, distinto, hormigueante… excitante, tanto que cuando besó su torso frío y suave con olor a jabón sintió que podía morirse de un doloroso espasmo de amor que le había llegado hasta el centro mismo de los huesos.

Con Alabaster solo siente algo de pena por lo magullada de su piel, y sobre todo mucha vergüenza, especialmente cuando se había levantado la camisa y ella extendió la crema por su vientre raspado y hasta con algunas espinas que solo lo sagrado sabe cómo llegaron ahí. No se parece ni por asomo a la sensación de aquella sala del centro de justicia en donde, reclinada en las piernas de Thomas, había degustado la delicia de sus labios, así que, aunque a nadie le interese, ella no lo contará como acariciar a nadie de ninguna manera, sino como curar a un aliado y no más. Se siente sonrojada, de todos modos, y otra vez piensa en que si tuviese más amigos, no estaría preguntándose esas cosas tan absurdas y poco dignas de ella.

Cuando termina, el chico se tiende boca arriba, manos cruzadas tras la nuca y ojos al cielo. Están bien escondidos bajo las ramas de los enormes sauces y abetos, de modo que la nieve no les llega y el viento tampoco molesta demasiado. Sunny, sabiendo que llega su turno, se unta la única herida de importancia que se hizo en la travesía, la que se halla en el lóbulo occipital, cerca de la nuca. Tiene el tamaño de un puño estándar y duele mucho, sin embargo, cuando aquel potingue mentolado roza la carne viva siente la frescura y el alivio instantáneo de una llaga que se está curando. Suspira, cerrando los ojos, presa de un súbito placer. Está viva, gracias a Alabaster Faraday y a su agilidad para bajar una montaña, deslizándose de lado, de esa forma en que había aprendido tantos años atrás.

La herida ha cerrado ya, se palpa la cabeza para sentirla mejor y se da cuenta de que no tiene cabello en ese sector. Obviamente, se calcinó por la lava volcánica que traía aquella piedra. Ahora sí que se ve guapa, piensa con un resoplido burlón hacia ella misma, desdeñosa, una sonrisa jocosa le adorna los labios. Se acomoda el pelo, de manera que al menos le cubra el sector del embate de la nieve.

Alabaster se ha incorporado para desenvolver el resto de sus regalos del paracaídas. Toma el termo de chocolate caliente y, consultándola con una mirada, sirve casi hasta el borde la enorme taza. Empleando las pajitas, ambos beben, uno al lado del otro, su calor corporal mutuo los reconforta tanto como la bebida. Sunny recuerda cuando la probó la primera vez, Fabian Galton había ganado y hubo chocolate caliente para todo el distrito. Hubo fiesta, celebración y risas aquella vez. Sammy y John, su sobrino, aún no habían nacido. La vida no era más fácil, de hecho Sunny siente que de adulta es más feliz, pero al menos en aquel momento era inocente.

El chocolate tiene canela y azúcar, está caliente y les desentumece el cuerpo. Alabaster sonríe mientras bebe, sus rostros se acercan un poco, están muy juntos como dos hermanos con bastantes años menos de los que tienen. Ella también sonríe, no hay burla ni frialdad, ni siquiera luce impávida. Están en los juegos del hambre, pero es un remanso tranquilo. Lástima que lo tenga que romper.

–Alabaster Faraday –murmura, tragando un poco de chocolate caliente–:poseo jaulas de noche en mi bolsillo. Tuve el atrevimiento de tomarlas allá en la montaña, mientras escalábamos.

El chico se echa hacia atrás, dándole una larga mirada evaluadora.

–… –no dice nada, solo se inclina hacia delante y toma la pajita entre los labios pálidos para seguir bebiendo.

Sunny, que esperaba un reproche o un chasquido de lengua, se queda estupefacta por un segundo. Clava las uñas en las palmas de sus manos, intentando decir lo que quiere, buscando las palabras, con la respiración entrecortada.

–¿No me temes? –Pregunta. También querría saber si está decepcionado, después de todo ella tomó jaulas de noche y él le salvó la vida a cambio, pero eso se lo calla.

–Tsk… –él se encoge de hombros–: no.

Sunny intuye que es sincero, no sabe si es porque se lo ha revelado sin más o porque él la conoce lo suficiente para saber que no sería capaz de matarlo de una forma tan sucia después de que le salvara la vida, pero sospecha que se trata de lo segundo. Odia ser tan predecible para alguien como él, detesta no ser más ruin, o simplemente más… reina de la colina. No sabe si Thomas actuaría igual en su lugar, sospecha que no, de cualquier manera le importa poco. Ella es ella, y ha tomado su elección. Alabaster Faraday ha visto sus cartas en compensación por salvarle la vida cuando hubiese podido huir. Al demonio los que crean que es una tonta, que debió guardárselo, o quienes piensan que debería espabilar. Favor con favor se paga, jamás se perdonaría a sí misma el pensar en matar así a alabaster después de estar viva por su gracia. Si eso parece estúpido a Gaspar, o a los capitolinos, o incluso a Thomas Rocheford, pues que así sea.

Se acaban la bebida y se comen un trozo de pastel de frutas, que está tan rico como el chocolate. Ambos son de apetito pequeño, ella se ríe al pensar que con Thomas ese pastel ya se habría acabado, pero a ellos les ha sobrado más de la mitad. En un silencio ameno, guardan el resto en una de las mochilas de Alabaster y se tienden, juntos, bajo el mismo árbol. Sus cuerpos se rozan con total normalidad, les parece lógico compartir calor y Sunny comienza a cantar, con voz somnolienta.

–Una mujer se ha perdido conocer el delirio y el polvo, se ha perdido esta bella locura, su breve cintura debajo de mí. Se ha perdido mi forma de amar, se ha perdido mi huella en su mar.

Alabaster alza brevemente la cabeza, sus ojos azules están semi cerrados pero brillan.

–¿Y los caballos o las vacas o los corderos o las ovejas? –Pregunta, curioso. Le falta la sonrisa burlona tan típica de ella, pero ya es demasiado con soltar esa frase, al menos para él.

–No hay –murmura ella en un arrullo–: es una canción de amor y de pérdida.

–Pues adelante.

Se siente un poco nerviosa, no es lo mismo cantar cuando alabaster Faraday duerme que hacerlo con él despierto. Además, según lo que ha dicho ha escuchado como mínimo tres o cuatro canciones suyas, lo cual la hace sentir pequeñita y avergonzada. Vamos, no es que ignore que centenares de desconocidos la oyen, si es que llegan a transmitirla, pero a aquellos puede tocarles el corazón, quiere decir, una voz bonita puede conquistar bolsillos de patrocinadores y ella sabe que entre todo lo malo que posee, aquello es una perla. Mordiéndose el labio, un poco colorada, decide que es mejor seguir cantando, la canción es melancólica y al menos él parece disfrutarlo.

–veo una luz que vacila, y promete dejarnos a oscuras, veo un perro ladrando a la luna, con otra figura que recuerda a mí. Veo más, veo que no me halló. Veo más, veo que se perdió…

Sunny termina la estrofa con un nudo en la garganta, es lo siguiente lo más triste, lo que de alguna manera le recuerda a Thomas y ella y su amor que terminaría en su sangre derramada. Alabaster solo la mira, tiene la expresión serena, deleitada. Se impele a seguir, por su atención, por él y porque lo necesita.

–la cobardía es asunto de los hombres, no de los amantes, los amores cobardes no llegan a amores ni a historias, se quedan allí. ni el recuerdo los puede salvar, ni el mejor orador conjugar…

Nunca se atrevió… antes de su cosecha, nunca dio un paso hacia él, ni siquiera se habían tocado en la vida hasta que se la llevaban rumbo al matadero. Ella le esperó siempre, paciente, ardiendo de amor y de ganas, teniendo solo su amistad y queriendo más, queriéndolo todo, y puede ser tan tarde, tan tarde ahora, el maldito orgullo le decía siempre que jamás sería la primera en dar el paso, que nunca se humillaría a mendigar el amor de Thomas Rocheford, y se le fueron pasando los años, ya incluso es posible que jamás lo tenga de nuevo…


–Una mujer innombrable, huye como una gaviota, y yo rápido seco mis botas, blasfemo una nota y apago el reloj. Que me tenga cuidado el amor, que le puedo cantar su canción…

Alabaster piensa que, efectivamente, si oyese esa amenaza siendo el amor estaría temblando porque hasta el amor se enamoraría de su voz y de su tristeza. Él, que no es tan empático, solo nota que sufre por un imposible. Qué envidia le da, pudiendo vivir la vida de un adolescente con preocupaciones adolescentes, él es demasiado complejo para amar, para perder la cabeza y todo el paripé. Está ligado a un destino más grande. Ella sigue.

–una mujer con sombrero, como un cuadro del viejo chagal, corrompiéndose al centro del miedo, y yo, que no soy bueno, me puse a llorar. Pero entonces lloraba por mí, y ahora lloro por verla morir. Pero entonces lloraba por mí, y ahora lloro por verla morir.

La voz se le quiebra al final a la chica pequeña y morena, y dos lágrimas, una por ojo, caen hasta su barbilla. A Alabaster también le pican los ojos, como en la canción del unicornio azul que se perdió, porque entonces entiende la tragedia hecha ambos, dos personas que se llevan bien, que se comprenden y que hasta podrían llegar a ser amigos (o en todo caso jefe y subordinada o líder y lugarteniente, claro). Y tendrá que matarla en el mejor de los casos, y morir a sus manos en el peor y más improbable. ¿Por qué tuvo que salir cosechada? Se pregunta, por una vez que se lleva bien con alguien, maldición… ese es el drama de los juegos del hambre, confraternizar y ser arrancado, él se creyó demasiado fuerte para eso, pero ahora entiende que la chica le cae bien y que matarla va a ser una putada.

Lo piensa de esa manera, no se arrepiente, así a secas va a ser terrible. Después de oírla sufrir por ese tal Thomas el palafrenero al que al parecer nunca se atrevió a amar o algo así por lo que entiende en la canción, después de haberla salvado, la tendrá que matar o verla morir y seguro que llora, piensa, seguro que le rompe el corazón como la muerte de sus padres. Ah, pero el Capitolio va a sentir todo el peso de su mano, ya verán. la chica morena será su símbolo, el estandarte que alzará para que los juegos no se celebren más. No es justo que les hagan esto a veinticuatro jóvenes al año ¡No es justo! ¡Pagarán por cada vida! Piensa, temblando de cólera, rememorando a sus padres y tantos otros inocentes.

Ella se está abrazando a sí misma, con el rostro imperturbable, pero él aún oye la canción, su melodía baja y dulce, resonándole en los tímpanos. Tiene curiosidad, es ahora o no es nunca, así que ordena la frase en su cabeza, minimizando las palabras.

–¿Por qué?

–Siempre fui demasiado orgullosa –responde, átona–: la historia es larga y complicada, pero en resumen ya que sé que valoras las cosas sucintas, yo soy una persona muy pobre y él es el hijo del alcalde, y creí que… no es que no me creyera digna, pero creí que le estaría mendigando su amor si… es una estupidez.

–Tsk… solo es el hijo del alcalde –Alabaster se encoge de hombros–: ni que fuera el gobernador supremo de Panem.

Es su forma de decirle que no llore por ese idiota, que ya vendrán mejores, o que no vale la pena porque igual se muere aquí y ahora. Es la primera vez que consuela a una chica con mal de amores, espera honestamente que sea la última porque no le gusta la sensación de esos ojos enormes, húmedos y oscuros mirándolo. Estúpido Thomas hijo del alcalde, piensa, sintiendo una visceral antipatía. Entonces descubre, horrorizado, que no le gusta ver a chicas llorando. Será un decreto, piensa, un dedo de la mano por cada vez que un desgraciado haga a una chica llorar.

–Lo peor es que él… él me amaba y yo también lo sabía –Ella se abraza a sí misma–: hoy, apreciadísimo y caro alabaster, si no fuese por ti habría muerto. y el pensar que Thomas y yo nunca…

–…

Le da una torpe palmadita en la cabeza, sin saber bien qué hacer. Debió ser difícil, piensa, una chica con sus capacidades intelectuales subyugada a un sentimiento como el amor, incomprensible y sin forma. Además salir cosechada, si él que se ha entrenado por años para cumplir su objetivo considera que es una tarea titánica, debe serlo más para ella, pequeña, delgada y mal alimentada. Podría pensar que es una estupidez, que hay fines mayores tales como el bienestar del mundo, que ella es un insecto por vivir aquella patética existencia orgullosa y enamorada, y desde luego lo hace, faltaba más, pero ese conocimiento le sirve. Tiene que comprender a sus gobernados y sus aspiraciones. Además, Ella…


Sunny siente la torpe palmadita de Alabaster Faraday en la cabeza y lo decide, con la potencia de los vientos huracanados y la furia del mar. Antes había tenido renuencia a matar, a mancharse las manos, miedo de hacerlo, compasión por todos y cada uno, terror a que el Capitolio creyese que es por ellos, para jugar, para divertirlos, o por odio a los distritos. Sin embargo, ahora, impulsada por su amor hacia Thomas y con el mero objeto de enmendar todo lo que hizo estúpida y oscuramente mal, piensa que lo hará y no importa cuánto cueste. Luchará con sus dos brazos para que no le arrebaten la oportunidad de estar con él.

Es capaz de decirse, al menos a sí misma, que es lo que más quiere en la vida, que poco le importa que sea rico y desdeñoso con la gente pobre y ella pobre y que no quiere mendigar a los ricos. Ellos son Thomas y Sunny nada más, los que pelean, discuten y debaten, los que han aprendido a amarse durante años en silencio, y cuya cárcel de orgullo les ha cegado.

Se pone en pie, decidida, dura e impávida, y le tiende la mano a alabaster, su… su amigo, se dice, ya dejando el orgullo. su salvador, al menos. Dos días y medio desde que están juntos sirvió para entrelazar sus vidas, y aunque tenga que morir, ahora está vivo.

–Vamos a cazar –dice.

–Eso es egoísta –opina él, Sunny sabe que la ha entendido a la perfección, siguiendo cada uno de sus pensamientos o al menos intuyéndolos, pero le estrecha la mano y se levanta.

–Soy consciente –asiente, con las comisuras de la boca hacia abajo–: no obstante, es mi motor. Lo que necesitaba y a lo que me aferraré.

Por un segundo, toma la corbata de su cuello y la acaricia. No tiene idea de lo que pensaría Thomas en su casa, seguramente la entiende, quizá la esté juzgando, no lo sabe.

–Seré la reina de la colina –y por primera vez, al decirlo, lo cree.

.

Han camminado durante unos cuarenta minutos en su silencio acostumbrado, intentando buscar huellas frescas, algo que les guíe hacia algún tributo para matarlo. Sunny piensa en que no le gustaría encontrarse ni con Alan Blake o Zachary Bayer, especialmente con este último, había hablado con ambos y compartió los almuerzos solitarios con ellos pero con Zachary tiene deudas más profundas, además de aquel vínculo forjado en la pelea contra el gigante de hielo. Con la decisión que ahora lleva encima, será difícil que eso le haga retroceder, de manera que espera que cualquier cosa le mantenga alejada de él, por lo sagrado, cualquier cosa…

No sucede, por supuesto. Alabaster y ella le encuentran, claro está, así son los juegos.


Ella ha mirado un par de veces por doquier, con una expresión entre curiosa, asustada y un tanto intranquila. De hecho, se ha parado en medio del camino, oteando a su alrededor, la nieve le cae sobre los hombros y la cabeza pero su expresión no varía ni se la sacude. Poco le falta para abrazarse a sí misma, piensa el joven profesional.

–Siento algo sumamente extraño –dice, en voz baja, tensa como la cuerda de su honda.

Alabaster ha entendido rápido que los "siento algo sumamente extraño" de su aliada tienen fundamento, así que desenvaina el florete. No hay nada que le haga sospechar que algo sea distinto. Idénticos sauces, lengas, abetos bordeando el camino, solo que esta vez están silenciosos, únicamente las ramas de los sauces se mueven. El viento gime y sopla, el suelo tiene ramitas secas, mucha nieve, raíces y el cielo sigue nublado, triste y oscuro, como desde que llegaron allí. pero la chica ha avanzado un par de pasos y ha apartado unas ramas y hojas amontonadas en el camino, con un estudiado descuido. Una mano humana, congelada y apuñalada, asoma por entre las hojas. La chica se echa hacia atrás, ahogando un grito, y mirando aquella gran mano fría con sus ojazos abiertos como platos.

Él se lanza hacia delante con urgencia, apartando el resto de ramas con su florete, ayudado por ella, algo más repuesta. Es un cadáver, piensa, ¿Pero por qué no se lo han llevado? Lo han hecho con todos, se dice, intranquilo, quizá es demasiado reciente. Cuando lo tiene a la vista, después de apartar aquello que lo cubría, sabe que de reciente no tiene un carajo y la náusea le sube hasta la garganta, a punto está de volver a vomitar.

–¡no! –Ella se lleva las manos a la cara, temblando, mirando el cadáver. Sus mejillas han empalidecido a ojos vista.

Es el chico del 3, abierto del pecho, con varios cortes en la garganta y semidesnudo. Tiene los ojos aún con horror, aunque están blancos, y su rostro dibuja un rictus de sufrimiento imposible. Alabaster se inclina, examinando el cadáver con ojo profesional. Eso no lo ha hecho un experto, se dice, la muerte es demasiado sucia, muchas puñaladas, mucho dolor, exceso de ensañamiento. El estómago lo tiene prácticamente destrozado, le asoman los órganos congelados, los brazos están llenos de cortes y puñaladas. Dahlia Fey habría opinado que la mayoría de esos cortes fueron hechos a cuchillo y post mortem, y además habría dicho, asqueada, que es como si al agresor le hubiese entrado una ansia loca por perforar, apalizar y apuñalar de golpe, porque es demasiado brutal. Pero alabaster no tiene el conocimiento necesario así que piensa que todo aquello fue en vida.

–Lleva muerto unas cinco horas –le dice a su aliada. Ella, pálida, contiene las ganas de vomitar con bastante éxito. Menos mal que no huele, piensa Alabaster, las entrañas están asomando y debería apestar a rayos, el hielo ha ayudado en eso–: no lo ha hecho un profesional, demasiado sucio.

Ella se inclina, respetuosa, cerrándole los ojos a Zachary, pero se yergue rápido, atenta a su alrededor. Toma la honda con el pulso firme, con una piedra en la mano derecha, y la tensa. Está aterrada pero también prevenida.

–Hay alguien ahí –afirma, no pregunta.

A Alabaster se le está pegando fuerte la paranoia. Siente un retortijón en las tripas, y entiende que es miedo, instintivo y puro miedo. ¿Por qué han dejado el cadáver ahí en medio del camino? ¿por qué cubierto con hojas? Mira a su alrededor, florete en mano. Si hay alguien cerca, ¿por qué no ata…?

La joven se le abalanza a toda velocidad, empujándolo ferozmente al suelo, en dirección opuesta al cadáver. Él cae hacia atrás, sentado por lo menos, con ella sobre las piernas, y menos mal, porque un cuchillo pasa volando justo por donde había estado su pecho y se clava en un abeto cercano, que agita las ramas en señal de protesta. Traga saliva, el corazón le late a toda pastilla, la sangre se le agolpa en los oídos. Él, sintiendo el cuerpo caliente y blando de la chica contra el regazo, la percibe moverse, y con puntería lanza una piedra hacia el sector de donde vino el cuchillo, a la altura de la cara, o sea mientras está agachada. Se oye un grito de dolor femenino, sobresaltado. Sunny se pone en pie, con la misma celeridad, ya tiene cargada otra piedra y ha salido corriendo, justo cuando algo sale de los matorrales en dirección opuesta a la de ellos, escapándose.

Es una imagen espantosa, Alabaster puede verla bien aún sin los lentes. Es Mikah Odair, cubierta de sangre seca de la cabeza a los pies, inclusive la cara. Tiene el pelo oscuro apelmazado, la ropa es roja, unas marcas en sus mejillas y se mueve con rapidez, intentando huir. Sunny le dispara de nuevo, esta vez a la altura de la cara, la cuerda chasquea de una forma audible y deliciosa bastante parecida a un arco, pero esta vez Mikah la esquiva, poniéndose a salvo tras un árbol. Alabaster, a quien le duelen las posaderas por el impacto contra la nieve, la persigue con su arma en la mano, esquivando un cuchillo que le iba directo a la garganta. Sunny es también muy rápida, de hecho lo sobrepasa, esquivando ramas de abetos y raíces como si conociera ese camino de memoria. Su expresión es implacable, y Mikah solo tiene una opción, correr de ella, de ambos.

–¡Por eso nos traicionó! –Grita, enfadada, mirando a Sunny–: ¡Te va a hacer lo mismo como no te cuides de él!

Su aliada no responde, (Ella no gasta saliva en palabras, es una idiotez oh sí) lanza otra piedra a su cabeza, pero Mikah pone el brazo, grita de dolor, así y todo no detiene su andar. Sunny le va a la zaga, es rápida, si bien la profesional lo es más, o el miedo le da fuerzas para seguir. Podría contra uno, seguramente se dice, pero no contra dos cabreados. Su táctica era el factor sorpresa y hasta eso lo ha perdido.

–¡Te voy a matar, perra! –Le grita Mikah, a lo lejos, mientras corre y se escapa de ambos.

Estúpida, piensa Alabaster chasqueando la lengua, su oportunidad era darle con el cuchillo cuando aún examinaba el cadáver del tributo del 3, estaba bastante desprevenido entonces. Ella no, eso sí, piensa el profesional con un cariz de admiración, la chica siempre lo supo, tenía el presentimiento o tal vez era solo su costumbre en el campo pero descubrió que había trampa. Bien, ambos están vivos. En cuanto a Mikah Odair…

–Vuelve –le dice, con la voz rasposa a la que ya debe acostumbrarse.

No la va a alcanzar ya, Alabaster sabe cuándo una persecución tiene que darse por perdida y aquel es el momento. Ella, bastante lejos pero no más que la profesional, vuelve corriendo sobre sus pasos. No está impávida, ni imperturbable; enseña los dientes, se le caen un par de mocos que se limpia con la mano con descuido y luce demasiado enfadada como para poder hacerle frente. Viéndola así, no es extraño que Mikah hubiese decidido batirse en retirada.

–Por qué poco, Alabaster Faraday –dice con la voz temblorosa, acercándose a él y mirándole–: por qué poco nos hemos salvado…

Me has salvado tú, se dice aunque nunca en voz alta, bajando la vista. Fue un tonto, debió tener en cuenta lo de la segunda muerte fácil, de hecho esa es una estrategia estudiada en la academia. Dejar un cadáver a la vista te regala una muerte extra si otros van a examinarlo, si te quedas escondido cerca, aguardando. Al parecer, mikah había esperado por horas, medio congelada, después de haber matado al tipo y haberlo dejado ahí confiando en la fortuna. Entre que tenía curiosidad por ver qué pasaba y que la chica se inquietó porque era su amiguito del 3… bueno, que casi le regala esa muerte a Mikah Odair, y de no haber estado Ella ahí quién sabe.

Ella vuelve donde su amiguito del 3, lo mira por última vez y le acaricia la mejilla. Alabaster se pregunta si hará lo mismo con él si llega a morir, y por qué no le acarició el día anterior, cuando se estaban despidiendo, si tanto quería hacerlo. Ese orgullo, quizá, pero es un poco extraño eso de andar toqueteando a los muertos, especialmente si están despedazados de tal manera. Un ruido los sobresalta, pero es solo el aerodeslizador, que por fin viene a por el cadáver. Ambos se apartan, dejándole hacer su trabajo. Ella tiene puños y labios apretados, los ojos secos pero sumamente tristes y aún el semblante entre enfadado y apenado.

La nieve ha quedado limpia de cadáveres, Alabaster mira a su alrededor, la montaña ya ha dejado su actividad volcánica, o eso ve a lo lejos, y ella está rebuscando algo en el suelo con atenta curiosidad. por fin lo encuentra, es la abertura de una cueva que él también puede ver. Malditas arenas en entornos naturales, se halla en mucha desventaja.

–Cúbreme, te lo ruego –le dice.

Alabaster no necesita ruegos ni nada, es suficiente con que se lo pidan, así que alza su florete y se queda allí, esperando a que la chica inspeccione el lugar, con la honda en la mano y esa misma expresión desafiante. No hay nada a su alrededor, por lo que puede atisbar, o quizá es que no se fija en esas cosas como ella pero no siente nada extraño, Mikah no ha vuelto ni hay amenazas. Los árboles siguen silenciosos, incluso. Se sobresalta un poco cuando oye un ruido cercano, varios minutos después, pero solo es su aliada, emergiendo de la cueva con un par de cosas en las manos. Él las reconoce, es la boleadora hecha con una cuerda bastante desigual y un cuchillo de piedra. Esta vez sí, la joven está llorando. No a lágrima viva, pero sí levemente. No se limpia la cara ni lo oculta, tampoco gime de desesperación, simplemente tiembla y deja escapar pequeños ruiditos por su boca. Es aquel chico del distrito 3, despedazado en el suelo de nieve, la forma en que le dispusieron para ser una trampa, lo que padeció. Todo aquello se le viene encima.

–Oh, lo lamento tanto por Zachary –dice, hipando levemente, con mucho sentimiento en aquel tono casi siempre acartonado.

–Sufrió mucho –Alabaster se ve en la obligación de decirle.

Los ojos marrones de la chica le echan una mirada asesina pero acuosa, y se resta un dedo mentalmente porque ha conseguido que nuevas lágrimas broten de sus ojos. ¿Le hará falta un abrazo o algo de ese estilo? Tsk… él no es el indicado ni lo será nunca, están en los juegos del hambre por Dios, donde la gente, de ordinario, muere, pero ella no parece entenderlo porque ha llorado mínimo una vez por día, o quizá es que tiene una inagotable capacidad para horrorizarse. A él… le da la lástima habitual que le produce la humanidad en general, pero ese estúpido del 3 lo rechazó el día anterior, no es capaz de olvidar un detalle tan grande. Seguramente estaría vivo ahora, comiendo calafates o tomando chocolate, junto a ellos. O bien, achicharrado por la señora montaña, a la señora montaña le gusta vomitar fuego cuando la visitan.

Ella inspecciona el cuchillo artesanal, no es tan bueno, pero sirve para cortar. Ni siquiera tiene mango, es una piedra pulida hasta darle filo y poco más, él recuerda al hombre con tatuajes de arañas en los brazos y que el chico del 3 se la había pasado en aquel puesto. Duda que su creador le hubiese dado uso, pero quizá Ella sí lo hará. Lo sopesa en su pequeña manita, acomodándolo, dando una estocada de prueba que resulta más graciosa que amenazadora, y se lo guarda en el bolsillo del pantalón. Luego le presta atención a la boleadora, tocando las grandes piedras anudadas al trozo desigual pero firme de cuerda, y eso sí, lo introduce en una de sus mochilas. Toma buena nota de esas dos nuevas armas, con las jaulas de noche y la honda, su aliada se ha vuelto peligrosa cuanto menos.

–Vámonos –cansada, le mira con una expresión lánguida–: honestamente, he tenido demasiado por hoy. No creo que necesitemos más emociones fuertes.

–Tsk… vamos.

Está de acuerdo, la verdad ha sido un día bastante intenso, lleno de emociones y muy ardiente, y no se refiere a que dos caídas han llevado a Sunny a pegársele de maneras poco aptas para todo público. Ardiente por la montaña, claro. Casi se mueren. No, piensa él, bostezando. Ya matarán mañana, no pueden decir que han sido aburridos. Sonríe un poquito, a ver si le da ánimos a su aliada, pero no lo consigue. Ella todavía piensa en Zachary Bayer, apuñalado unas cincuenta veces, abierto para aprovechar el calor de su cuerpo, y en los instrumentos que le ha legado sin quererlo. Ninguna sonrisa fingidamente amable podría cambiar eso, el chico murió de una forma brutal y horrenda.

Así no se juegan los juegos del hambre, piensa alabaster Faraday mientras camina por el deprimente paisaje junto con la chica pequeñita del 10. Se supone que es un juego a vida o muerte, sí, pero no hay que pasarse tampoco. Qué barbarie, y para un profesional encima. Mikah debe perecer, y él ha de ser su ejecutor. Y quiere matarla colgándola, como en su sueño. Ella sujetará la cuerda, se dice. Será su bautismo de matanza, se lo puede dedicar a su amor si quiere. A él no le parece demasiado romántico, pero los del 10 están acostumbrados a matar cosas, a saber qué concepto tienen sobre tales menesteres.


Al llegar al lago de hielo, después de una caminata medianamente corta pero silenciosa, Alabaster ha mirado un buen rato su reflejo, al parecer asombrado porque aparte de sucio, no ha cambiado su imagen, al menos eso entiende de su expresión consternada mientras se examina y se toca, inquieto. Sunny, en cambio, está ojerosa, pálida y su peinado es ridículo, considerando que debe acomodarse el pelo hacia atrás para cubrir el sector calvo cercano a la nuca. Extraña su larga trenza negra, en aquel momento más que nunca.

–No se ve tan mal –opina Alabaster Faraday con una enorme y falsa sonrisa, dándole una mirada de reojo.

Sunny no puede evitar la carcajada leve que escapa de sus labios. Ha muerto Zachary Bayer, han visto su cadáver destrozado, ella acarició su mejilla gélida y yerta, pero Alabaster Faraday intenta retomar la amabilidad desechada, es irrisorio y nadie le puede reprochar que ría.

–Cuando sonríes así, eres sumamente inquietante –opina, apuntando con su honda a un pingüino.

Es una pena, parece ser un macho, que lleva al huevo entre sus patitas. Sin contemplación, le dispara, conteniendo el aliento por un segundo. La cabeza del pingüino explota, manchando la nieve de rojo, tiñéndose esta de rosa. Ella no lo ha visto, pero Alabaster Faraday no aparta la mirada del espectáculo de la sangre extendiéndose por la superficie blanca. . Pisando el lago de hielo con precaución, se dirige a buscarlo mientras dispara a otro. ¿A qué sabrá el huevo de pingüino? Se pregunta con una lejana curiosidad, mientras se desliza por las traicioneras aguas. Aún teme que el monstruo u otro similar emerja de allí, pero al menos ahora está junto a su aliado, no es lo mismo que hacerle frente en completa soledad. Y ha pasado el día anterior apenas… a veces le parecen años, han acontecido tantas cosas antes y después… Jimmy Ender y el pisotón a sus dedos, fabricar la honda, Robert Halloway en el cielo, el disparo a la panza de Alabaster, Miles Near…

–Intento lucir amable –Se queja él, esperándola a una distancia segura, a la orilla.

Le gusta el plácido río de la Plata, templado y diáfano, pero no le tiene ni pizca de confianza a aquel río de hielo, si no se le rompe se resbala, piensa, bien seguro allí. ya se encargará de desplumar él a los pollos, como el día anterior. Mira al cielo, sigue igual de cargado de nubes de nieve y tormenta, pero se nota mucho más oscuro, además de que la temperatura ha descendido varios grados. Está anocheciendo.

–¿Por qué tienes la intención de lucir falsamente amable conmigo? No lo necesitas –Pregunta Sunny, con curiosidad, deslizándose hacia él con un ave en cada brazo. Con suerte, no tendrán que cazar en unos días, ni nunca si los juegos terminan antes. Solo quedan ocho, a fin de cuentas.

–Tsk… no quería ser falso –contradice, recibiéndola en un segundo. Toma un ave del pescuezo y se mancha los dedos. Una mueca de asco deforma su semblante.

–Esa sonrisa es… excesivamente falsa –Sunny Tyson echa a caminar, sin mirarlo apenas. Tiene su semblante impávido tan característico.

Alabaster baja la cabeza, enfurruñado. Solo quería hacerla sentir bien, piensa, ¡era tanto crimen? Si no quiere que sonría no sonríe y ya, se dice, enfadado.

–Tsk…

Ella se detiene, esperando a que le dé alcance. Luego, alza su cabeza y su mirada y murmura.

–Excúsame, por favor. Es que me faltan palabras para poder entenderte, y creí que te burlabas de mí. Ahora sé que querías ser amable solamente.

Él siente sorpresa, esta vez. ¿Cómo demonios…? La chica le da miedo, lo ha clavado de una manera en que ni Allumina Faraday, y solo llevan tres días de conocerse. Ella sí sería una buena compañera de armas, se dice, no necesita demasiado para hacerse entender. Se encoge de hombros, y para indicarle que lo han arreglado no chasquea la lengua. Mejor así, sonríen los dos y se dirigen a recoger leña. Ahora que son solo ocho los que quedan y que han de cuidar sus pasos de Mikah Odair, a quien la joven teme y Alabaster desprecia y aborrece, han decidido no separarse ni para hacer sus necesidades fisiológicas. Todavía no ha llegado el momento en que uno de los dos tenga ese apuro en concreto, pero ya se las arreglarán cuando llegue.

Con la cena en las manos, el frío calándoles hasta los huesos pero ya con la costumbre de llevar tres días allí, y notablemente más cansados de lo que estuvieron en la mañana, cuando el día comenzó, regresan a la cueva de los días anteriores, con bastantes subterfugios en el camino por si alguien, Mikah por ejemplo, les sigue. Sunny no detecta nada, y eso que va atenta al camino con el doble de atención que de costumbre, incluso le ha dejado de lanzar miradas de apuro a la montaña, calma pero aún amenazadora. No hay amenaza, únicamente sus crujientes pasos en la nieve, los ocasionales resbalos de Alabaster, cada vez menos frecuentes porque hasta él, con pies torpes, se ha estado acostumbrando, y con nieve en los hombros y la cabeza. Hay que ser precavidos, se dice, dando otro desvío e ignorando los tsk múltiples de alabaster tras ella.

–¿Deseas, acaso, morir con un cuchillo en el corazón, Alabaster Faraday? –pregunta en cierto momento, cuando ese chasquido parece que la va a seguir hasta el infierno. Luce enojada.

Él tiene intención de chasquear la lengua, Sunny prácticamente lo está oyendo.

–¡Oh, no! ¡Como me vuelvas a chasquear la lengua te…! –Exasperada, la chica da una patada al suelo. ni Thomas es tan insistente cuando algo le molesta, bien es cierto que expresa su furia o frustración de otras maneras, como debatiendo. Alabaster es demasiado perezoso para disfrutar el noble arte del debate.

El rubio suspira por la nariz, expulsando un poco de moco que se limpia con rapidez, avergonzado.

–Tú ganas –murmura, agotado.

Thomas jamás, jamás, habría dado su brazo a torcer, piensa ella, caminando y desviándose aún más, el paisaje es tan triste, los árboles están quietos, la nieve, el cielo, el pasto crujiente, todo le habla de frío, frío y más frío. Y Alabaster es lo más frío de todo.

–Me resulta horrible la idea de morir con un cuchillo en el corazón –termina murmurando ella, a modo de disculpa. Alabaster la entiende y asiente.

En realidad detesta la idea de morir simplemente, más ahora que tiene la llama de la pasión inflamada hasta lo más alto del cielo, pero que sea la asesina de Zachary Bayer quien la mate menos que nada, se dice con un odio voraz, uno que la hace temblar de algo que no es el frío, y que la impele a volver sobre sus pasos, una vez siente que ha despistado lo suficiente.

El Capitolio lo ha conseguido, piensa, resignada y furiosa consigo misma, ha conseguido que odie a una de sus compatriotas, que la deteste con la intensidad de mil soles, que desee su muerte ferviente y locamente.

"Tse… no creo que sea eso –Thomas, su fiel compañero, le responde–: es cierto, el Capitolio nos obliga a matarnos, pero piénsalo, no obligan a matar así. Eso corre por cuenta de ella."

"Tiene todo el sentido del mundo –le responde, aliviada–: odio cómo lo hizo, no que lo haya hecho. Has conseguido que me sienta mejor".

Thomas no responde, por un lado está bien, por ser la primera vez que le reconoce el mérito. Con su política de cambiar con él, demostrarle su amor ahora que puede, está bien que haya comenzado haciéndolo en su cabeza. Suspira, pensando en la canción, en aquel bosquecillo en donde la cantó para Alabaster y en su amigo y amor, deseándolo, extrañándolo, aunque simplemente sea para quedarse a su lado en silencio. Duele tanto…

Cuando por fin llegan a la cueva, Alabaster suspira, agotado, y se reclina en un árbol para descansar. Por poco recibe un ramazo en la cabeza, ya que se trata de un abeto. Le chasquea la lengua al árbol, enojado y ella se ríe un poquito, la escena es ligeramente divertida.

–No es gracioso –él no está de acuerdo, evidentemente. Sunny se muerde el labio, intentando ahogar la sonrisa que le baila en la boca.

–Mis excusas… Alabaster Faraday –dice, sin éxito en la empresa anterior. La sonrisa brilla amplia en su rostro moreno y redondo.

Él le bufa, y se limita a tomar la espada para cortar algo de leña, que alimentaría la fogata subterránea. Mientras tanto, Sunny despluma y limpia los pingüinos de una manera metódica y que da fe de su costumbre a llevar a cabo tareas similares, ensartándolos en palos que facilitarían la cocción. Cuando ha terminado, entierra los desperdicios bien profundo en la nieve, con los guantes manchados de sangre. Piensa por un segundo en los órganos de Zachary, medio expuestos, congelándose mientras esperaban servir a los propósitos de su asesina. Lo visualiza tal y como lo encontró, mal cubierto por hojas y ramitas, con la cara lívida y muerta del joven del distrito 3. Tiene que volver a contener las náuseas, le da igual matar pingüinos porque sabe que muchos de sus corderos y ovejas van al matadero, el sino de los animales es terminar devorados, pero él era una persona, él…

Las ganas de vomitar hacen que se doble levemente hacia delante, y se muerde el labio, avergonzada, pensando una letanía de porfavornós imposible de detener sino hasta que, o vomite o se le pase aquella molesta sensación. Intenta respirar el aire gélido del paisaje, despejándose, pero ahí está Zachary, muerto en el suelo, indefenso, abierto, apuñalado y…

–Hey –la voz del profesional, urgida–: Hey…

Ha llegado a su lado y le ha restregado nieve en la cara y en la frente. Recién se da cuenta de que está de rodillas, con la cabeza hacia delante, los ojos cerrados y las manos apoyadas en la nieve. Alabaster le refresca las mejillas, le sopla su aliento en la cara. Huele al chocolate y la canela algo pasados. Lo aspira locamente, hasta el aroma del frío le recuerda a Zachary Bayer y sus vísceras asomándose para saludarla… hola, Sunny, así es el interior del cuerpo, ayer estaba vivo pero ahora mírame, ¿quieres terminar así? Si sigues confiando en la gente es eso lo que te va a pasar, porque a mí me la jugaron, así que eso, prepárate para que te t…t…traicionen, dice él, pero la boca que se mueve es el tajo de su garganta y no la de la cara. Ella ya está sintiendo las burbujas del vómito en la parte trasera de la boca.

Él había dicho… Zachary había dicho que debía echar la cabeza hacia delante, para poner no recuerda qué eje en su lugar y así se pasaba el mareo. Quizá el jovencito del 3 no tenía en mente un cuerpo maltratado de esa forma, pero igualmente Sunny lo intenta, pensando en él, en los almuerzos juntos sin hablar, en su entrevista. Le gustaba el tocino, se dice, aferrando el brazo de Alabaster y sintiendo su aliento de chocolate en la cara.

–Tsk…

–…

Ambos se quedan callados, su actividad favorita y lo mejor que saben hacer, mientras el mareo remite. Sunny, congelándose las rodillas, tiene tiempo de despedirse de Zachary y la espantosa muerte que tuvo en su memoria, antes de que el agarre en Alabaster vaya suavizándose. Él, junto a ella, la ayuda a incorporarse. Su toque es más gentil de lo que se habría imaginado.

–En la academia nos advirtieron de esto –le aclara, espontáneamente–: te vino el shock retardado por asociación. era algo así, en verdad la psicología me parece una bazofia para charlatanes y nunca le tomé atención, pero eso. has asociado un estímulo que imprimió una huella mnémica y vaya a saberse qué más. En resumen, estuviste jodida por un momento pero se te pasó. Yo…

Él se ha dado cuenta, por fin, de que estuvo hablando por los codos un segundo atrás. Se calla, como si le hubiesen dado un golpe. Ha sido lo más largo que Sunny Tyson le oiría hasta el momento en que la muerte los separó.

–Es interesante lo que cuentas –ella, algo mareada todavía, le sonríe para animarlo. Alabaster agacha la cabeza, está rojo como un tomate.

–No me gusta hablar –refunfuña.

–Eso ya lo sé –suspira–: ¿pero cómo dirás tus discursos de Dios Emperador del Mundo?

De pronto, Alabaster Faraday ha palidecido de tal manera que ella se asusta, pensando en que hay una amenaza que no ha visto. Aterrada, mira hacia todas partes, inclusive detrás, pero no hay nada. Después, cayendo en cuenta de lo que ha desencadenado esa reacción, se sorprende, piensa ¿qué demonios le pasa por la cabeza realmente a ese sujeto? Llegando a la conclusión de que está loco, pura y sencillamente. Teme un poco, pero después, fiel a su política de ignorar aquello que no puede arreglar, termina por quitarle hierro al asunto.

–Lo he dicho porque tu nombre… bueno, tu nombre es como dar un golpe en la mesa –aclara, especialmente para las cámaras, pero también para tranquilizarlo–: es como decir: aquí estoy yo.

Él da un par de aspiraciones, calmando su agitado corazón, y acaba sonriendo.

–Tú me llamas por el nombre y el apellido muchas veces.

–Es que me agrada en demasía –Sunny es sincera–: tengo debilidad por las palabras bonitas. Alabaster Faraday es un nombre imponente, de dios Emperador del Mundo. De hecho, me gustaría hacer una novela…

Ella, mientras ingresan a la cueva que les ha servido como refugio, le cuenta ideas que ha tenido mientras hablaba, un chico en un mundo que se está viniendo abajo y de cómo se convierte en el Dios Emperador. Es una historia fantástica, con un interés amoroso del protagonista y todo lo demás, mucho drama, y acción, y tragedia, especialmente tragedia. El chico Dios Emperador se parece a Thomas, la heroína acaba siendo ella, y Alabaster hace rato se ha perdido de la enrevesada conversación, encendiendo el fuego y oyéndola nada más como ruido de fondo. No importa, ella necesitaba vomitar, y como no lo hizo con el contenido del estómago, lo hace con las ideas que la desbordan.

–Y la muerte de su amada lo volvería frío e implacable, pero él eligió aquello por el bien del mundo del cual es emperador y deidad –termina, entusiasmada.

Alabaster, ocupado de la fogata, no sabe bien qué decir. Termina poniendo los ojos en blanco, y chasqueando la lengua. Es un final horrible, se dice. Debería existir una historia en donde se pueda quedar con su mundo y con la chica, sino ¿para qué apareció en primer lugar? Es estúpido. Cómo le gusta a esta gente el drama sin sentido. De todos modos, si tuviera que elegir entre su misión y una hipotética chica, obviamente que escoge su misión mil veces, en eso está de acuerdo con el Dios Emperador del Mundo de Suny Tyson. Lo único que le haría el peso a su misión es él mismo, su propio orgullo. si tuviera que elegir entre el mundo y Alabaster Faraday…


M3 ZB f7 CR, anota Sunny Tyson con la llegada del himno, por la noche, cuando las imágenes del uno y de la otra han aparecido en el cielo. Cuando le tocó el turno a Zachary, miró el rostro del chico con quien compartió medianamente, prefiere recordarlo tal y como era, con los enormes lentes y el pelo largo y desordenado, que le daba la apariencia de científico loco, con esa piel cenicienta y su sonrisa nerviosa. Ese es un recuerdo menos doloroso que el otro, se dice, apretando el lápiz. Han caído dos terceras partes de todos ellos y quedan ocho, siete contrincantes, aspirantes a reyes de la colina y ella misma, aún ascendiendo, por muchas piedras volcánicas que le caigan en la cabeza.

Collie Rush le ha afectado tan poco como su compañero, Alexander Rheon. Es una víctima de los juegos del hambre, no merecía morir, el Capitolio tiene la culpa, pero aparte de ser una de las aliadas de Robert no compartió nada con ella. recuerda una conversación oída entre ella y la chica del 5, en el cuarto de baño, sobre aceptar o no al chico del 6 en la alianza, eso y no más. Su voz era enérgica, decidida y valiente. Ya no lo será más, piensa Sunny con una punzada, cayendo en la cuenta de que, conociéndola o no, la joven está muerta de todos modos. No quiere deprimirse, no ahora que ha logrado remontar, que comió un par de trozos de pingüino y que charló algo más con Alabaster, que está decidida a matar. No quiere deprimirse y no se deprime.

–Ocho tributos –dice, en voz alta, doblando el papel–: si seguimos así… los juegos del hambre acabarán en cuatro días.

Es pura lógica, si se sigue el patrón de las dos muertes diarias que se han llevado a cabo desde el segundo día bien puede ser que tenga razón. Cuatro días le parecen demasiados, bastantes, ¿Cuántos peligros podrían venirle en todo ese tiempo? Se pone nerviosa de solo pensarlo, así que lleva la mano hasta la corbata negra de Thomas, sintiendo esa suavidad reconfortante, a ver si eso la calma. Un objeto transicional, se dice, fue algo que leyó en la biblioteca del alcalde, el señor Ayno Rocheford.

–Siempre y cuando no nos demos prisa –Alabaster tiene las mejillas coloradas y está relajado, sentado cerca de la entrada–: piénsalo, al quedar tan poco todos nos vamos a exigir un último esfuerzo.

–Tiene mucho sentido eso que dices, sí –Sunny se estira hacia atrás.

El patrón puede romperse ante las ganas de salir de la arena de todos los tributos. Hasta ella se siente más determinada a acabar pronto, desde aquella canción que le evocó fuertemente a Thomas en su mente. Si mueren tres al día siguiente… si se pudiera apresurar… o cuatro… o todos… es horrible, son siete personas, pero eso significaría que por la noche saldría de la arena, que podría ver a Lev, a Sabrina, incluso a Gaspar Andryushin, y abrazar a Samy… sí, por favor, que termine, que termine ya, cuán extenuada me siento, se dice, angustiada, y evidentemente que se siente mal luego, sin embargo está harta de correr, de esconderse y sobre todo de llorar ante el país al completo, algo que no puede contener.

Ya deben estar llevándose a cabo las entrevistas a los últimos ocho, se dice. Piensa en su pequeña chabola, en lo malhablada que puede ser su madre y en su familia, de la que seguramente el Capitolio no tiene muy buen concepto. Ella tampoco lo tiene, no se parece demasiado a las mansiones y al modo de expresarse que puede encontrar en las novelas, aún así es algo suyo y siempre lo ha sido. Espera que no sean tan groseros con Sammy, recuerda sobre todo a Marla, Tridentia y Dessy, su equipo de preparación, cómo habían vilipendiado su cuerpo, su postura, sus gestos. No quiere que Sammy oiga alguna palabra que la pueda herir.

Y por otro lado, evidentemente, está Thomas. Ella está segura de que lo buscarán, lo promocionó con nombre y apellido, y por supuesto, él no perderá la oportunidad de hablar ante todo el país. La cuestión es qué dirá de ellos…

–Sunny Tyson es una chica dramática que ama las novelas rosa, y que llora con cada triste final. Ah, por cierto, ni sabía montar a caballo, yo le tuve que enseñar, por si no les quedó claro que es una pobretona con ínfulas, tse… –se imagina.

"Sunny, no seas insensata. Aquella es la exteriorización de tus temores acerca de lo que pienso, no yo" le dice el Thomas de su cabeza. Y, por supuesto, tiene razón. Nunca ha tenido reales motivos para sospechar que él la desprecie, más bien al contrario. ¿Pero qué diría? ¿Y qué diría ella de estar en su lugar? Intenta pensarlo, mientras el sueño trabaja para vencerla. Obviamente, hablaría de lo listo que es, y de su ingenio, y su manera de hablar, y Thomas…

Se duerme, queriendo ser una insignificante mosca en el Capitolio para tener el placer de oírlo una vez más, hablando sobre ella. aunque sea de esa forma medida en que tendrá que hacerlo porque odia las demostraciones públicas de afecto.


La había despertado con la misma suavidad de todos los días, en parte para que no le saltara encima, muerta de miedo y en el plan de defender su vida. Tenía sueño entonces, y como siempre, no le costó nada volver a dormirse. Ni Zachary Bayer, la chica del 7 de quien ignora el nombre y mucho menos Miles Near o Clarissa Carmichael perturbaron sus pensamientos o sus sueños. De hecho, vuelve a soñar con Mikah, suplicando clemencia, pero no la hay para los criminales así que él no se la concedió. se había dormido y despertó de nuevo, no porque ella hiciese algo para conseguirlo –una canción, por ejemplo–, sino porque el frío le alteró el reposo. Del acostumbrado malhumor matutino, Alabaster se acurruca contra sí mismo, haciéndose bolita, pero oye un ruido en el exterior, algo así como el giro de un mangual, o por lo menos algo pesado girando contra el viento. Blasfemando en su interior y chasqueando la lengua en el exterior, toma el florete que tiene al alcance de la mano y se pone a cuatro patas para salir de la cueva.

Está solo.

La alarma crece en su interior y, con celeridad, sale de la cueva alzando su arma, pero no ha pasado nada de interés. En aquel amanecer del quinto día, bastante más negro y deprimente que los otros y mucho más frío, su aliada tiene las manos sobre su cabeza e intenta girar los pesos de la boleadora. Tiene la cuerda toda enredada, por lo que se deslizan bastante lento.

–Oh, caramba –masculla, enfadada, tirándolas al suelo para volver a desenredar la cuerda. Percibe su presencia al lado–: ah, buenos días tengas, Alabaster Faraday. Dormías cual un bebé y no tuve la presencia de ánimo para despertarte.

Durmiendo como un bebé, piensa, divertido pero también avergonzado. Se supone que debería dar la apariencia de dormir como un león rampante, amenazador y majestuoso. Un bebé hace perder todo el respeto.

–Hey –él se frota la cara, con sueño aún–: hace frío.

–¿También lo has notado? –Sunny no tiene dedos tan ágiles como Zachary Bayer, pero aún así lo consigue en un tiempo más corto del que le hubiese llevado, por ejemplo, a él–: estaba pensando… quizá sea tiempo de abandonar este hospitalario lugar.

Parece nostálgica cuando mira a su alrededor, a todos esos abetos, la nieve perpetua y el cielo plomizo. Él no siente ni nostalgia ni un cuerno, está harto de congelarse los pies a cada rato y sobre todo de los resbalos en el suelo. sonríe, está de acuerdo con la idea, aunque fuesen ellos los que en un inicio hubieran decidido pernoctar en aquel gélido sitio, ya es hora de conocer otros.

Alabaster toma buena nota de que la chica practica aún con la boleadora, alzándola por sobre su cabeza, girándola y luego proyectándola hacia delante, pero también de que es pésima, la cuerda se le enreda o bien los pesos son demasiado para sus bracitos delgados y acaba soltando antes de tiempo. No se rinde, eso sí, mordiéndose el labio y pronunciando muchos carambas intenta una, otra y otra vez. Él siente el ruido mecánico, rítmico, mientras el malhumor matutino se le va. No es momento de dormir, es momento de tomar el desayuno y caminar, caminar sin parar, hacia el camino real o bien hacia el bosque.

–Opino que deberíamos ir quizá al bosque –ella, curiosamente, vuelve a leerle el pensamiento mientras gira los pesos–: es que… el camino… real… está… demasiado… ¡kiaaa!... expuesto.

Al lanzar el grito, proyecta la boleadora hacia delante, por suerte esta vez lo ha hecho bien y las piernas de la persona quedarían atrapadas, quizá con algún hueso roto. Sería el momento ideal para que él, Alabaster, saliera con su florete y lo acabase de una estocada. Cada vez son mejores aliados.

–Modera ese grito. Podría alertar a tu posible presa –dice, serio.

Sunny Tyson se inclina un poco, sonrojada ante la reprimenda, un mechón de pelo se le ha ido hacia delante y se lo aparta. Después, eso sí, alza la cabeza y tiene esa expresión burlesca suya.

–Si voy contigo, tus pasos de elefante ya lo habrían alertado de sobra –añade.

Sin embargo, la próxima vez que lanza la boleadora no hay grito que acompaña la acción, lo que Sunny consideraría una media victoria para él, pero a Alabaster le interesan poco esas tonterías de debates y victorias. Está allí para pelear con florete, no con palabras.

Cuando saca implementos para desayunar de su mochila, como lo que les queda del pastel de frutas y restos del chocolate ya medio tivio, ella deja su actividad, se lava las manos en la nieve y se acerca para comer. Su última merienda en el hielo es silenciosa, como todas, y también amena.

–Este triunfo le canto con alegría, porque me quiere tanto, la yegua mía –canturrea Sunny, poniéndose ya en pie, cuando ha terminado–: porque me quiere tanto, y lo demuestra, que viva la yegua nuestra…

Otra canción de animales… tsk.

–Tsk –exterioriza al menos el chasquido de lengua. La chica le mira, con los ojos brillantes.

–¿Qué tienes, Alabaster Faraday?

–Otra canción de animales –se queja.

Ella se ríe brevemente, inclinándose un poco hacia delante.

–con pocas canciones me has dejado si no te gustan las de animales, pues –suspira, recogiendo sus enseres y metiéndolos en la mochila.

–Canta la otra. La de la mujer que se escapaba.

Ella se sonroja un poquito, pero él está serio. Preferiría escuchar esa mil veces que otra canción sobre animales, a Dios gracias.

–Cla…claro –él ve la expresión perdidovomitiva que se le queda cuando piensa en su enamorado hijo del alcalde–: ejem… una mujer se ha perdido, conocer el delirio y el polvo…

Siguen camino rumbo al bosque.


Encomios:

Puesto 9º Collie Rush, f7 – Dahlia Fey.

Collie: Quiero que sepas que estuve a punto de aliarte con Sunny. únicamente no lo hice porque a tu mami no le gustaba tanto el personaje y preferí no mezclarte tanto al final para evitarme conflictos, pero me quedé con enormes ganas y sé que habrían hecho un buen equipo. Mataste a un profesional, te enfrentaste a un monokuma de las nieves, fuiste fiel tanto a tus ganas de vivir como a tus principios… tremenda heroína. Te quiero mucho y espero bastante de ti en la otra historia en la que estás. Gracias, Pau, por prestármela. Que sepas que la quiero muchito.


Nota:

Este capítulo ha sido oscuro pero tierno a su manera. Alabaster se está planteando algunas cosas sobre sí mismo y Sunny, sobre todo, está dando sus primeros pasitos a la oscuridad. Me he quedado contenta con el resultado.

Saludos, Reyes y reinas.