Capítulo 24. El arma definitiva.


–Lo lamento, Alabaster Faraday, pero se me ha acabado el repertorio de canciones que no sean sobre animales y ya me está afectando a la garganta el cantar todo el día –dice, en tono de disculpa.

Sunny Tyson, agotada más por el viaje que por la cantata, saca una botella de agua de la mochila y bebe un gran trago. Son alrededor de las 3.30 de la tarde, si los cálculos respecto al sol no le fallan, y aún tienen un gran trecho por andar, aunque hayan forzado el paso. Además, mirando intermitentemente hacia atrás le parece que no han avanzado demasiado. El frío parece perseguirlos, el resplandor de hielo se ve bastante más cercano, como si no avanzaran, quedándose en el mismo lugar. Aquello le parece sumamente inquietante, ha tenido ganas de comentárselo a su compañero, pero antes debe descartar un par de teorías, además de sus profundos temores, así que de momento es la única que lo sabe.

Alabaster asiente, con el semblante ausente que ella le ha visto desde el anuncio del arma definitiva. Sunny sabe perfectamente que el motivo de su distracción es dicha arma, y también sabe que debe cuidarse de él. Se halla ido, pensativo, caviloso, y tal como le había entendido antes, lo hace ahora y teme.

No quiere pensar en que le quedan muy pocas horas para ser amiga y aliada de Alabaster, pero el anuncio del arma los fue distanciando de una manera bastante brutal, más por él que por ella. el arma no cubre a una alianza sino a una persona, y es lógico que Alabaster quiere ser su portador, sea lo que fuese. A ella también le gustaría tenerla, sin embargo es consciente de que sus posibilidades son ostensiblemente menores que las del resto. Consultando su papel, ha visualizado a los ocho que quedan. Cuatro profesionales y los tres restantes son más altos y fuertes que ella. no, en una lucha por el arma más le vale huir.

La reina de la colina exiliada, piensa, asustada pero con cierta risa burlona hacia sí misma. No sabe qué estaría pensando Thomas al respecto, mas es consciente de que no queda mucho para el cúlmine de aquel coliseo mortal. Puede afirmar que la mayoría irían en busca de aquella arma, y lo mejor que puede desear es que se maten entre ellos y los que no se asesinen, queden malheridos. Es horrible, piensa con un estremecimiento, ¿pero qué otra cosa puede pensar o desear? Si ellos no mueren, será ella, y no ppuede permitirse morir, no a esas alturas, cuando falta tan poco…

Y por otro lado, ¿Qué será esa arma definitiva que ha llenado de niebla la cabeza de Alabaster Faraday? Su debilidad es el poder, ya lo notó la tarde anterior, en el momento en que, diciendo lo del Dios emperador del Mundo, se habían mirado a los ojos y vio en ellos… ¿qué vio? ¿Qué pasa por la mente de aquel chico extraño?

Siguen caminando, en silencio, ambos sumidos en sus respectivos pensamientos. Suny Tyson tiene la habitual inquietud en el centro del corazón, aquella intuición suya que suele no fallarle le está diciendo que todo terminará mal, que deberían huir, dejar que el resto se mate por el arma definitiva o con ella, da lo mismo. Quiere decírselo a alabaster, o bien dar media vuelta por su cuenta, dejándole en la estacada, mas, reflexionando, llega a la conclusión de que sería una medida precipitada, ¿Y si consigue hacerse con el arma definitiva y la persigue? No, se dice, asustada, mejor es mantenerse unida a él todo cuanto se pueda.

–Ojalá tuviera un arco –masculla Alabaster, de pronto, con dos manchas rojas en sus mejillas. La exaltación, piensa Sunny. pura y suprema exaltación.

El día anterior… qué dice, aquella misma mañana, habría bromeado con él, diciéndole que ella siempre tuvo su arco, y que lo había roto para fabricar la honda que lleva consigo y que le ha salvado la vida. Ahora mismo, mirándole de reojo, sabe que no es el momento. Ha aprendido bastante bien a interpretar claves de amenaza, lógico considerando su accidentada infancia, y Alabaster Faraday explotará ante el más mínimo contacto, así que muerde bien las palabras que pretendía decir, para que por favor no abandonen la prisión de su boca.

–Tsk… –él le chasquea la lengua, fijando los ojos en su pequeña figura.

–¿Sí? –Intenta hacerse la inocente, mas sabe que él la ha leído. Quizá no las palabras exactas porque ignora muchos códigos, pero algo sabe–: no tenemos arco, mas al menos está la honda, ¿no? ¡Pues seguimos siendo aliados, verdad?

Alabaster, durante un segundo, baja de aquel frenesí en que lo había sumido la mención del arma definitiva. Poderitis, le bautiza Sunny Tyson en su cabeza, aunque no lo dice, y la mira con una sonrisa suave. Se acomoda el flequillo.

–tenemos la honda –parece menos exaltado.

Alabaster Faraday no le había dado tanto miedo desde aquel momento, en el centro de entrenamiento, el décimo piso, en que vio su 12 y se hizo la luz, descubriendo lo que le granjeó esa calificación. No obstante, luce más tranquilo ahora, mientras avanza hacia el banquete. Su nuca se halla empapada en sudor, tiene la mirada determinada y aún da la sensación de estar dispuesto a todo, sin embargo…

Necesita una dirección, piensa, mientras camina. Palpa la corbata del cuello, preguntándose si Thomas hubiese arriesgado su vida de tal forma. Se dice que por comida Thomas vendería hasta a su padre, con una risita, pero aquello es cruel, además de falso. Sunny, aterrada e intentando pensar en frío, ha tomado una resolución. En cuanto las cosas se pongan feas, escapará, intentando huir lo más pronto posible del arma definitiva y quien la blanda, pero no se resignará, por si hubiera una mínima posibilidad de obtenerla.

Y si tiene que correr sin Alabaster, él y su rostro extraño, él y aquel último silencio inquietante, cuando en el hielo parecía tan amistoso… lo hará, sin dudas.

Ya quedan ocho, no puede dudar


El arma definitiva debe pertenecer, sin dudas, al vencedor definitivo, piensa Alabaster. No sabe qué podría ser, sin embargo, su fantasiosa mente se ha embarcado en delirios impresionantes del señorío que tendría dicha arma, su alcance, poder de daño. Oh, ¡Cómo atraparía a Mikah Odair! ¿Le suplicaría piedad aquella rata cobarde? Seguramente, piensa, con toda certeza suplicaría. Pero él, justo y ecuánime, recordaría a la chica del 12 y al del 3, y sonriendo, negaría toda piedad. Tampoco habría misericordia para Connor Edgeworth, o Dahlia Fey, incluso ese idiota que pretendía manipularlo en el centro de entrenamiento sufriría el peso atronador de su mano justiciera. En cuanto a los otros tres, el albino, el chico del 5 y Sunny…

¿Qué demonios haría con ella? Se dice que el arma, para los criminales y los insectos, no sería digna de acabar con su pequeña vida. Pensando intensamente sobre aquello, escuchando las canciones, sintiendo el toque de sus manos limpiándole las botas y el cabello, encuentra la respuesta. El florete, se dice. El florete que aniquiló tanto a Clarissa Carmichael como a Miles Near, claro, una estocada firme en el corazón. Tendrá que ser, no puede dejarla vivir, aunque le gustaría, claro. Solo que todavía la necesita. Como tan sagazmente le recordó, armada con su sonrisa burlona y sus palabras rimbombantes, es ella quien ataca a distancia, es quien tiene la honda y también percibe más rápido los peligros. Hace un par de días, de hecho, fue capaz de emboscarlo, pero a la granjera no se la jugarían de esa manera. Hasta tener el arma, Sunny Tyson todavía le es útil y debe quedársela.

Sigue caminando, en silencio, aunque ya no va pendiente de él, ya no piensa en qué grato es dicho silencio y cuán contentos siempre están callados. Ahora, solo el Arma Definitiva le ocupa la mente, la respuesta dada a sus necesidades. Sus pasos son largos, apresurados, pero sin llegar a correr. Fue ella quien le aconsejó que correr sería contraindicado, considerando la distancia que los separa del lugar señalado. "estaremos demasiado extenuados para luchar si gastamos nuestras energías", había musitado, seria, y él le dio la razón, claro, con un chasquido de lengua por mera costumbre.

Así que caminan, sudando un poco por el calor, con paso rítmico, acelerado, un paso que habla de final y de cosas que acontecerán. Nada detiene su marcha, hasta que la detienen, claro.

.

Velozmente, Sunny Tyson dispara una piedra hacia los árboles con la tensión en todo el cuerpo. Aquella sensación inefable de amenaza, el sentir y saber que todo está yendo mal, se acrecienta cuando suelta el proyectil y toca el tronco de un árbol, un aliso quizá. Sin embargo, percibe movimientos entre la foresta, y vuelve a tomar una piedra para dirigirla hacia el lugar. Alabaster, plenamente consciente de sus movimientos, se halla con el florete en la mano, listo para saltar al ataque.

–Alabaster –dice una voz de mujer entre los árboles. Sunny dispara su piedra, sin pensar, y oye un breve gemido.

Sale de entre los árboles sin ninguna ceremonia. Alta para los estándares de la morena, aunque eso no es mucho decir, con una espada tipo katana en la mano y el pelo tomado en coleta, Dahlia Fey, la profesional del distrito 2, emerge frotándose el hombro izquierdo. Sunny piensa que esa chica es implacable y ve en sus ojos verdes, que nada la detendrá a no ser que muera o gane, una sensación muy parecida a la que exhala el propio Alabaster. Claro, piensa, ambos son profesionales, ambos prácticamente voluntarios. ¿Qué había dicho Alabaster en cierta ocasión? "si no estuviera seguro de ganar, no me habría presentado", recuerda.

–¿También en busca del arma definitiva? –Dahlia Fey, seria, se pone en guardia.

–Tsk… –él se fija en su hombro, sin responder.

–La pedrada de esa chica –hay una mueca de desprecio en el rostro de la profesional, aunque al menos la mira a los ojos, dignándose a darle un papel–: ¿De verdad nos traicionaste por irte con ella?

–… –Alabaster alza un poco más el florete, otra vez en silencio.

Sunny siente un atroz miedo, burbujeándole en el fondo de los huesos y transmitiéndosele a todo su ser. Había visto a Dahlia Fey en el centro de entrenamiento, batiéndose con la espada como si hubiese nacido con una en la mano. Había sacado un 9 en sus sesiones privadas, un punto más que ella. Dahlia es alta, está bien alimentada y sobre todo tiene algo de lo que ella había carecido hasta hace poco. Seguridad.

–De acuerdo, Alabaster. Lo haremos a tu manera –ella le muestra su mano desnuda–: si tuviese un guante, te lo arrojaría a la cara. Te reto a un duelo a muerte con espadas.

Alabaster enarca las cejas, sonriendo de medio lado, aunque sus ojos azules no sonríen. No es la experta sonrisa burlona de Sunny, pero intenta, pálidamente, seguirle los pasos.

–¡No me mires así! Sé que puedo vencerte –Dahlia, enfadada, da un golpe en el aire con la katana–: has sido un traidor y mereces morir, pero quiero darte una oportunidad de defenderte.

Sunny la mira atentamente, sabiendo que no es del todo cierto. Lo sabe porque en ese sentido, según lo que puede ver, Dahlia Fey se parece a sí misma, en cuanto a debates, claro, porque nada sabe Sunny del arte de la espada a no ser que se puede clavar.

–También lo haces a fin de probarte a ti misma y demostrar que eres buena en lo que haces –dice, sin callarse lo que está pensando como de costumbre.

Dahlia no aparta la mirada de Alabaster, pero su rostro muda de golpe, como si una ráfaga de aire frío le hubiese pasado entre la espalda y la ropa.

–¿Y si así fuera? –Pregunta, apretando sus finos labios–: No quita la esencia, el duelo al que le estoy retando. En el que tú, chica del… ¿qué? ¿10? ¿11? No tienes arte ni parte.

Sunny sonríe burlonamente, mas nada dice. Aún tiene la piedra en la mano, todavía su honda podría tensarse y disparar, sin embargo tampoco actúa, ni piensa hacerlo hasta que la otra chica haga algún movimiento. No obstante, parece haberla olvidado, solo centrada en esa petición.

–¿Qué dices? –Dahlia vuelve a mirar a Alabaster–: No es necesario que hables, si no quieres. Con una reverencia doy por comenzado el duelo.

Alabaster la ignora, simplemente fija su mirada en el hombro izquierdo de Dahlia. Sunny no lo sabe, pero aquel era el lugar donde el joven siempre miraba para poder interactuar con ella. los tres se quedan en silencio, la escena está siendo transmitida, obviamente, un ángel pasa entre los tres, armados, decididos. Están perdiendo tiempo, se dice, en cualquier momento, quiera Alabaster o no, Dahlia Fey atacará, o al menos eso haría Sunny, y a ella le quedarían dos opciones, o huir o… tiene otra opción, se dice. Después de todo, no olvida que, queriéndolo o no, el objetivo principal es el arma definitiva, no aquella profesional desafiante y extraña.

–¿Y qué tal si aceptas, Alabaster? –Sunny habla con voz curiosamente dulce, sonriendo con esa expresión burlona suya–: Por fortuna, sé quién ganará. Yo.

Agranda su sonrisa, esperando que Dahlia Fey pique. Al menos ella, Sunny, habría picado con eso de una forma bastante vergonzosa. Dahlia también.

–¿Qué dices?

–Te explico –tensa un poco más la honda, la cuerda hace aquel ruido especial de la tensión mmáxima–: vences a Alabaster, tu katana se introduce en lo más profundo de su corazón, y mientras haces eso, mi piedra irá directo a tu ojo. No estás ni a sesenta pasos, he acertado hasta a ciento veinte. Y, claro, si Alabaster Faraday te vence, él y yo seguimos camino y tú habrás perdido.

Sunny no está segura de poder darle en el ojo a Dahlia Fey, no por falta de puntería sino por carencia de sangre fría. No obstante, solo tiene que imaginarse a Alabaster muerto en el suelo para que la resolución se apodere de sí misma, ya que, después de él, Dalia la ensartaría a ella. por los dos, tendría que ser capaz o morir. O joderse, diría Robert.

–Me estás subestimando, chica de distrito pobre –Dahlia hace una mueca–: ¿Crees que no me podría encargar primero de ti?

Tiene su espada alzada, de hecho, dispuesta a saltar y atacar. Sunny todavía sostiene la honda tensa y el brazo izquierdo extendido, y sabe que debe actuar.

–¡Alabaster Faraday! Cuando su katana esté incrustada en lo más profundo de mi cuerpo, mátala –dice, casi gritando, camuflando bastante bien el miedo que siente y haciéndolo ver como una orden.

–Sí –responde él, con una sonrisa cómplice–: rechazo tu duelo, quiero el Arma Definitiva.

Alabaster lo pronuncia así, El Arma Definitiva, con mayúsculas y reverencia. A Sunny no le gusta ese tono, ni tal reverencia, pero debe centrarse en lo que puede arreglar, como ha hecho siempre. Dahlia, enfurecida, baja algo la katana, en todo caso deja de apuntar a la pequeña cara de Sunny, y su expresión muta a una rabiosa.

–Bien, pues –dice, mirando la katana, a la chica y por último a Alabaster–: reconozco que tengo más que perder que ustedes. Pero, cuando estés solo… recuerda mi duelo. Recuerda que debes enfrentarte a mí.

Dicho lo cual, da un salto hacia atrás con suma rapidez, como si bailara, su lustroso pelo negro le azota el cuello, gira noventa grados y se interna en los árboles.

O así habría sido.


El desierto se está expandiendo.

Alan Blake ha hecho una larga travesía a lomos de Sophie y Peppa, sus amigas, desde que el enorme tornado de arena se tragó el lugar donde antes estaba, pero es evidente que el desierto se expande a ojos vista, convirtiendo la flora en dunas, haciendo secarse el suelo, el sol brillando incandescente. No es tan rápido como el tornado, que avanza y destruye, pero lo suficiente como para que él note la transformación. El sector templado, al menos desde sur a norte, ya no lo está siendo tanto.

–Seguro es por mí, ¿No creen, chicas? –Les pregunta a sus amigas.

Ninguna responde, Sophie es quien lo lleva ahora y Peppa va a su lado, con la pequeña mochila. Le miran con sus ojos como rendijas, ojos especiales para que la arena del desierto no les moleste, y siguen camino. Hay mucho que avanzar si no quiere ser tragado por la tormenta de arena.

Ha decidido, finalmente, ir al banquete. No por algún cambio reflexivo de opinión, más bien porque parece no quedarle otra. Se la ha pasado huyendo los cuatro días anteriores, ha estado tan cerca de los profesionales que les ha oído casi respirarle en el pescuezo, ha visto morir a Nayerly Reyne, la linda chica del distrito 6, con miedo pero luchona hasta el final y ha sentido el terror de un desierto brillante bajo la luz de esa luna enorme, ha visto las execrables sombras de las dunas y respirado el aroma putrefacto de la sequedad desértica. Las ha pasado, sí señor, aunque ninguno lo crea. Y ahora, tendrá que salir y encontrarse con los demás en busca de quién sabe qué arma definitiva.

–Máh que seguro que yo no voy a ser quien la tenga –murmura, molesto, hacia los vigilantes.

Sabe que no debería hablar, está malgastando agua, pero necesita que lo escuchen. Se ha alimentado mal, apenas ha bebido a no ser de las rocas y el escaso rocío matutino, no sabe de armas, menos de una definitiva. Alan no es ningún lumbrera, pero tampoco es estúpido. Le están tirando el tornado encima porque quieren que vaya al sur. Y si no va al sur le va a llegar una paliza de los vigilantes.

Él avanza y el desierto también, lenta pero inexorablemente, tragándose todo a su paso, engullendo árboles y secándolos, marchitando césped. Por un lado le viene bien, Sophie y Peppa seguirán con él hasta el final, supone, duda que quieran abandonar el desierto. Pero ver ese cambio en la naturaleza, tan drástico, es triste… casi puede oír a los árboles gritando, gritando de verdad ante la muerte. quizá esté exagerando, puede que el desierto le haya afectado a la cabeza. Pero juraría que los está oyendo gritar a lo lejos.

–Madre mía pero qué pasa –murmura, llevándose la morena mano al pecho. Es descorazonador.

Sophie sigue camino, con él encima. Poco a poco le acercan a su destino y sabe que tiene que prepararse, o para huir o atacar. Se imagina a sí mismo acorralando a uno de los chicos que quedan, puede que al del 9 quizá, y apuñalándolo en el pecho. No le gusta la idea, se dice, estremeciéndose. ¿No hay otra opción? Darle con un palo en la cabeza por ejemplo, se dice, intranquilo. Pero incluso eso le parece mal, se imagina el cráneo rompiéndose y le da…

Bum.

Un cañonazo le saca de sus pensamientos bruscamente, haciéndole dar un respingo. La escamosa piel de Sophie le hace daño cuando se desliza, pues pierde asidero, y se cae trasero al suelo, gritando de dolor. ¡Alguien ha muerto! No puede ser la hora del banquete y el arma definitiva, ¿verdad?

–Ay mamá –dice, frotándose las nalgas y con el corazón latiéndole a toda prisa. ¿qué les pasa?

Mientras vuelve a montar a lomos de su amiga y esta sigue camino, está cada vez más seguro de que no debería ir al banquete, seguro como de que su nombre es Alan Blake. ¿pero qué va a hacer con ese tinglado? No quiere morir por un tornado de arena, ni que los vigilantes le maten. Tendrá que…

El desierto se acaba, por suerte, mucho más al sur de lo que Alan recuerda. Sophie se lo sacude de encima, sin miramientos, y sin una mirada atrás se escabulle entre la arena, perdiéndose de vista al instante. Alan está ahí, mirando con los ojos como platos a su amiga perderse de vista sin despedirse, y por eso se pierde que peppa hace exactamente lo mismo. Cuando mira a su lado, ya es tarde, se halla total y completamente solo.

Solo, en el linde de un bosque que cada vez será más seco, en busca de un arma definitiva que está seguro de no poder conseguir, sus únicas amigas ni siquiera eran tales, solo habían sido utilizadas por los vigilantes para llevarlo hasta allí. aquello le hace sentir una tremenda desesperación, él que había confiado en sus dos amigas… él que las había querido, incluso les dio nombre… le pican los ojos, solo su deshidratación le impide derramar lágrimas, pero suelta un sollozo seco, como todo en el desierto. Está temblando, aterrorizado.

No le queda otra más que seguir el juego al que le metieron desde que salió inscrito su nombre, y avanzar en sus dos pies hacia lo que la suerte le depare.


Alabaster mira a su aliada por una fracción de tiempo demasiado corta, mientras Dahlia pronuncia las últimas palabras que diría en este mundo, y ella le entiende a cabalidad, pues, aunque con las comisuras de la boca hacia abajo, da un paso adelante y dispara su piedra, que le llega a Dalia Fey en la parte trasera de la rodilla derecha, en el instante en que se internaría en el bosque, lo que la desconcentra por la milésima de segundo que Alabaster necesita. Rápido como una pantera, da dos ágiles saltos casi al mismo tiempo que Dahlia, y con determinación la apuñala directo y certero en la parte baja de la espalda, cerca de los riñones. El delgado florete entra con más facilidad, pues ese sector es casi todo piel y músculo liso, y él tiene tiempo de esquivar la katana, que iba en un arco ascendente directo a su cara. Consigue hacerle un arañazo en la mejilla, pero nada más. Aprieta los dientes, estremeciéndose un poco por el ruido de metal contra carne y la propia presión vibrante en los brazos. lo está haciendo de nuevo.

Dahlia, resoplando de dolor, cae de rodillas, sin gritar, sin llorar y sin lamentarse por haber sido traicionada. Vuelve a alzar la katana con esfuerzo, aún puede pelear, pero Alabaster extrae el florete de su herida que comienza a sangrar a borbotones, tiñendo el césped de rojo. Esta vez, no hay rosa que le desconcentre, se dice, pensando ssolo en el Arma Definitiva para no visualizar lo que está haciendo con Dahlia. Él, intentando mantenerse lejos, la golpea en la mejilla con la parte del filo, ella suspira y sangra, un agujero delgado se le abre en la cara, rojo y palpitante, pero no ceja en sus esfuerzos por seguir peleando,, aún intenta hacer un movimiento con su espada. Si hasta quiere ponerse en pie…

Alabaster le entierra el florete en el homoplato, con bastante fuerza y un breve suspiro saliéndole de la boca por el esfuerzo y la presión de hacer que el hueso y la carne ceda. Esta vez, un grito escapa de los orgullosos labios de Dahlia Fey, y se ve obligada a soltar su arma por el dolor, las manos temblorosas, la mirada llena de lágrimas y unas incontenibles ganas de seguir luchando. Él se le acerca ligeramente, solo para volver a sacar la espada, ahora sangra por dos heridas distintas, pero apenas las mira, está centrado en otra cosa y es en que ella deje por fin de vivir y fastidiarle para ir en pos del Arma Definitiva prometida. Los temblores aún no comienzan, tiene que darse prisa porque en cuanto empiecen, fallaría.

–No… –murmura, apretando los párpados para contener las lágrimas, aún intentando tomar el arma que la había hecho tan famosa, pero esta vez la que tiene en la cadera, una espada corta y menos elegante, no obstante las fuerzas y el sufrimiento le juegan en contra.

Dahlia ha caído cuerpo a tierra, de una manera poco honrosa que seguramente la atormenta, piensa Alabaster, sin meditar sobre su siguiente movimiento porque ya es suya, y lo tiene calculado. se intenta al menos sentar,, tosiendo con esfuerzo y dolor, temblando, aún conteniendo las lágrimas y mortalmente pálida. Alabaster la espera, hasta que ha podido medio incorporarse, para darle la tercera puñalada en el pecho izquierdo, a la altura del corazón, con más esfuerzo que las otras dos porque debe penetrar la fortaleza de las costillas. Tiene los ojos entrecerrados, el rostro contraído en un rictus de esfuerzo y su pecho se comba, se rompe hasta que queda destrozado. Aquella es profunda, certera y más limpia que el resto. Mortal, se dice, mientras el crujido asqueroso de huesos está teniendo lugar. No es la primera vez que lo oye. Dahlia sabe que ha muerto cuando no ha podido protegerse, más preocupada por recuperar su arma y luchar que por resguardar sus puntos vulnerables. Insensata y estúpida, solo por eso merecías morir, aunque no lo diga en voz alta está en la mirada que le dirige.

–Todo… –ella deja de contener las lágrimas, que caen en torrentes por sus mejillas–: todo ha terminado…

En efecto, en breves segundos todo termina. Dahlia, escupiendo sangre y con lágrimas mojando su bello rostro, deja de existir en el señor momento en que suena un cañonazo. Alabaster piensa, sobrecogido, que la chica durante un par de segundos le había caído bien en el centro de entrenamiento, pero ya fue, se acabó, qué bonito, se dice. Qué estúpida y honorable, nadie le habría dado la espalda así a un rival declarado. Aquello deja ver la inconmensurable estupidez de que la pobre joven era víctima, gracias al lavado de cerebro del Capitolio.

–Dahlia Fey está muerta –constata, extrayendo el florete de su pecho. Quizá para su aliada, pero más probablemente para sí mismo. De nuevo, las manos han comenzado a temblarle.

Ella se aproxima, mirándola fijamente. No hay lágrimas en sus ojos, no se ve apenada, quizá algo sobrecogida, eso y no más, ya no apunta con la honda ni está amenazante, por el contrario está seria y un poco pálida, pero ni punto de asombro con el espanto que le acometiera al ver al chico del 12 en la nieve. Así que los juegos la endurecieron a ella también, por fin, ella que parecía con una capacidad tan amplia para horrorizarse.

–Sí –no hay efectivamente está muerta, alabaster Faraday, que era lo que había esperado, un simple monosílabo es todo el epitafio que Sunny Tyson le dedica.

Alabaster limpia el florete de sangre con las hojas del suelo, toma también la katana de la chica, pensando en que podría hacerle falta, y la prueba, haciendo un par de golpes al aire. Todavía está temblando aunque intente que las cámaras no lo capten, sin embargo al llevar a cabo esos ejercicios es más evidente que nunca. Deja la espada en el suelo y se sienta un rato, en cuclillas, aguardando que pasen los escalofríos. Malditos escalofríos, se dice. Ya tendrían que parar, ¿no? Ni que fuese su primera víctima, o incluso la última.

–Tienes la mejilla herida –le dice ella, intentando no mirar a Dahlia–: ¿quieres que la cure?

Alabaster piensa por un momento y se palpa ambas mejillas, la izquierda está lastimada con un largo pero superficial corte. Ni lo siente, probablemente por la adrenalina. El cicatrizante instantáneo está en la mochila, podría aplicárselo y luego… pero mira la hora, y deja de pensar o preguntarse cualquier cosa, poniéndose en pie con celeridad. Ella da un paso hacia atrás, un poco Asustada, blandiendo la honda, aunque él no pretenda hacerle ningún daño es normal que tema.

–Vámonos –le dice, señalando su reloj con una mirada.

Ella también ve la hora, y sus ojos marrones se abren con sorpresa. No tienen demasiado tiempo, comprenden ambos al mirarse. Él recoge las espadas mientras Sunny, con algo de tacto, cierra los ojos de Dahlia Fey y registra sus ropas. No tiene absolutamente nada, él lo sabe ante la expresión de su aliada, ligeramente decepcionada, pero aún así toma sus lentes y se los tiende a Alabaster.

–Tal vez te sirvan –le dice.

Él, que no va a desdeñar unos lentes considerando los que perdiera en la montaña, los acepta con un movimiento de cabeza y se los pone. No tienen tanto aumento como los suyos, mas son ciertamente un alivio para no ver las cosas lejanas borrosas, además, ya se había comenzado a marear sin ellos. A él ni se le habría ocurrido tomarlos, pero en fin, es mejor así. Dos cabezas piensan mejor que una.

Ignorando por completo el cadáver de Dahlia, ambos siguen su camino, cargando con las cosas antiguas y las pocas nuevas que pudieron conseguir después del último asalto. Alabaster está rogando poder llegar primero para hacerse con el Arma Definitiva, aunque tiene la sensación de que ya es demasiado tarde. Seguro alguien llegó primero, se dice, molesto. estúpida Dahlia Fey, ojalá hubiese sufrido más.


Bueno, se dice Sunny burlonamente, al final miró a alguien a los ojos y pensó primero en cómo matarla que en una interacción amistosa, ¿no? Has ganado, Capitolio y todo eso. detesta perder, y ocupa la rabia que siente contra sí misma recogiendo piedritas redondas para la honda. Había perdido tres con Dahlia Fey, una que la hizo salir de su escondrijo, otra para su hombro y la última en su trampa final. Sabe que aquella pedrada fue fundamental, gracias a esa distracción Alabaster salió casi invicto a no ser por el arañazo en la mejilla. Por muy desprevenida que estuviese, había sido tan buena con la espada que seguramente hubiese podido esquivar al otro profesional en condiciones normales.

Pero no fue, se dice, mientras mira una piedrita casi perfecta y se la guarda en el bolsillo. No fue, porque ella, como con Miles Near, se encargó de que así no fuese. Cumpliendo el papel secundario de la asistenta, entregándole víctimas a Alabaster. Quedan siete y todavía no ha tenido que matar, aunque bien que ha visto cadáveres. Cadáveres de sobra para el resto de su vida, tantos cadáveres como para tener pesadillas. Recuerda una novela, Isamere la brillante, ella había visto morir a su padre y por años, las pesadillas no la dejaron en paz. ¿Le sucedería eso con Dahlia Fey o Miles Near? ¿O era solo por el parentesco? Por ahora le ha costado conciliar el sueño, pero pesadillas…

Siguen caminando hacia el banquete, Alabaster tiene un mechón de pelo ensangrentado y la herida de la mejilla roja y brillante. Sunny se pregunta, curiosa, qué tiene la sangre con el cabello platinado de su compañero, que parece seguirlo y empaparlo. Podría haberlo limpiado, como aquella otra vez, mas… no había tiempo, bien le dejó claro él. Deja de pensar en eso, el silencio es más tenso aún y ella se huele la tragedia. La tragedia de su muerte, o al menos eso siente. Quizá no lo vaya a contar.

"¿Qué estás haciendo entonces, Sunny? ¿Por qué no escapas?" Pregunta su voz átona, martilleándole en la cabeza.

"Porque es demasiado tarde ya para retroceder –le contesta Thomas Rocheford, con su característico tono impaciente–: ya no puedes ir hacia abajo. Ahora solo te queda ascender. Ascender. Ascender."

Y ella, que pensó que seguiría igual de empática y cariñosa, que creía llorar por cualquiera de sus víctimas, ella, con los ojos secos y el semblante lejano, asiente. Al final Dahlia Fey ha sido una cornisa. Ha vuelto a perder.


Milaryon Lestrange lleva cerca de media hora en el lugar citado, sentado en el césped con la espalda desnuda apoyada en la superficie fría de la cornucopia, jugando con sus largos y pálidos dedos y con una sonrisita curvándole los finos labios. Podría haber llegado antes, es verdad, pues no estaba ni a cinco minutos del lugar, sin embargo las quemaduras de la piel comenzaban a molestarle en cuanto salía del lago helado, así que pospuso todo lo posible el momento de su emersión hasta sentirse seguro. Y allí se encuentra, solo, vigilando a sus alrededores, con el oído y los ojos atentos. No son las 6.00 todavía, sino el arma habría llegado, pero no debe faltar mucho, según su cálculo del tiempo. El desierto le enlenteció varias funciones durante su larguísima estancia, mas aún aquella está intacta.

El arma definitiva… el nombre le parece pretencioso, absurdo, una maniobra capitolina de esas que repiten por años y que suenan armadas y pre hechas. Supone que de haber estado en otra situación no habría perdido el tiempo en algo tan peligroso como ir a enfrentarse al resto de rivales, casi todos más fuertes y mejor alimentados, para hacerse con vaya a saberse qué arma que por lo que a él respecta puede ser cualquier cosa, pero no está en otra situación. En primer lugar, se debe por entero a los vigilantes, que le enviaron al Gran Gusano para poder vivir y escapar de la tormenta. Importa poco que esa tormenta se la hubiesen enviado ellos mismos, a fin de cuentas es un espectáculo y están en su derecho, pero podrían haberlo salvado o dejado morir y decidieron lo primero. Pues bien, algo tiene que hacer para contribuir a los apestosos juegos del hambre por mucha repugnancia que le dé, porque pueden volver a intentar matarlo. Y no quiere morir.

En segundo lugar, estaba terriblemente cerca de la cornucopia, sabe que más que cualquiera incluyendo a los profesionales, sino ya le habrían matado hace mucho tiempo. La cuestión era si seguiría cerca una vez todo comenzase, cuando el reloj de Casiopea Anglevin y su panda diese las 6.00 y el arma definitiva bajase hasta ellos. Escogió que sí, después de examinar sus alrededores con la atención de un animal presa, temeroso del cazador. No se encontró ni con otras presas ni con algo más temible, de tal suerte que se quedó. Y allí está ahora.

En tercer lugar… todo el mundo quiere tener un arma definitiva. A él no le chiflan las armas, de hecho, es más un chico de palabra, puede usar a Lisa Thunder y Robert Halloway, sacarle información al profesional del 1, molestar a la chica del 10, pero pelear con armas… no, gracias. Aún así apenas sabe usar la espada, quedan cuatro profesionales vivos, y si hay un arma definitiva a él le beneficiaría más que a ninguno, por su incapacidad para pelear. Sea lo que fuese, espera que no sea algo que requiera técnica, como Excalibur o algo así.

–Sino me muero –se dice, con una sonrisita burlona. A Sunny le hubiese gustado mucho esa sonrisa, aunque en su rostro flaco, quemado y macilento se ve perturbadora.

Un ruido se deja oír en la espesura. Milaryon, ocultándose pero alzando la espada que no sabe usar, contiene la respiración e intenta no emitir sonido alguno. Aguzando la mirada, ve un destello blanco entre los árboles. O la vista lo engaña, o se trata de su ex aliado, Marcus Armitage del distrito 6, el más callado e inaccesible. Lisa, Robert y Colle fueron pan comido, los tres irreflexivos, rebeldes y con ganas de cambiar las cosas. él también las tiene, pero usó la cabeza y no solo la lengua. Marcus, en cambio, si bien solicitó unirse a la alianza, no decía gran cosa sobre sí mismo, y tampoco tenía aquella vena idealista alimentando la sangre de su corazón, más bien no quería estar solo contra tantos fuertes. Pues bien, ahora se han ido todos excepto ambos.

Milaryon, observándolo, piensa rápidamente. Marcus es bastante más fuerte que él –cualquiera lo es de los que quedan, sin contar al chico del 5 y la del 10–, así que salir a hablarle podría ser un suicidio si está en un plan exterminador. Por el contrario, aliarse a él temporalmente podría protegerles las espaldas, al menos hasta que uno de los dos se haga con el arma definitiva. ¿Y entonces qué? Se pregunta. Y entonces a la mierda la alianza, por supuesto, se contesta con una enorme sonrisa. Es lo más lógico. Es una pena que mueran pero más triste sería que muriese él.

Marcus ha llegado cerca de la cornucopia, mirando hacia todos lados con sus inquietantes ojos rojos de expresión analítica. Tiene los labios agrietados, la cara sudorosa y quemada y la expresión derrotada de quien acaba de salir del desierto, Milaryon la conoce bien puesto que estuvo cuatro días, oyendo los susurros de las dunas por la noche, caminando sin rumbo, con el aire adusto hediendo a polvo, calor seco y criaturas inefables que no se pudren debajo de la arena, se secan. Conoce la expresión de los locos del desierto, con una luna siempre enorme y siempre llena, siguiéndole los pasos. Él mismo cree no tenerlas todas consigo, así que bien que puede hacerse una idea de cómo se está sintiendo ese chico.

Su cuerpo se tensa de golpe, cada vez falta menos para que el arma definitiva sea de alguien, por fin. Marcus se acerca a la cornucopia por el otro lado, esperándola igual que él. Se quedan unos minutos en silencio, el albino sin siquiera sospechar que tiene a un enemigo a pocos metros, cuando unos pasos se dejan oír bastante cerca. El chico del 6 alza la mirada, acurrucándose, y Milaryon hace otro tanto por el otro lado.

Enorme, con una espada a dos manos y su cabeza rapada destellando, el profesional del 2 se acerca, observando a su alrededor. Tiene la expresión serena, ni muy psicópata y rara ni muy blandengue. Sin embargo, ambos notan –Milaryon primero, hay que ser justos– que Connor Edgeworth se mueve con cautela, parece que algo le duele a la altura de su centro de gravedad. Camina rápido, pero curiosamente rígido, como si no pudiese maniobrar bien. Rápidamente, el joven analiza la situación con una mirada, pero se queda allí, al borde del camino, esperando tal vez una trampa. No hay trampa, le dice Milaryon mentalmente, solo dos tipos débiles a los que podrías comerte en mejores condiciones aunque no sé yo si con esa herida, y por supuesto el arma, el arma definitiva.

No vuela ni una mosca en aquel claro junto al lago, por varios minutos. Milaryon siente el corazón en las sienes, recordando la manera en que ese grandote del 2 había asesinado a Lisa Thunder, de una simple asfixia, y ella, alta y fuerte, no tuvo ninguna oportunidad. El miedo es tan grande que casi siente náuseas, pensando que, en caso de que lo agarre, aún sin tener el arma definitiva en sus manos, estaría total y completamente perdido. Marcus le importa menos, es más fuerte sí, pero no más alto. Espera que Connor Edgeworth decida que el otro es una amenaza más grande cuando el arma aparezca… sin embargo, no le ve cara de estúpido, lo más sensato para hacer en cuanto aparezca es ir a por ella, no andar atacando gente como un pendejo.

Está allí, aguardando el momento, su momento. Si no es suya el arma ya puede darse por muy, muy jodido.


–Treinta segundos –dice Heracle Morris a su mejor amigo, Julio Jansen.

Julio está de mal humor, como siempre que lleva más de cuatro días sin dormir una gota. Es cierto, las pastillas sinSueñínX le quitan cualquier rastro de somnolencia, pero de vez en cuando, ve los colores demasiado brillantes y oye las voces con eco. Pero prefiere eso, mil veces, antes de perderse cualquier intercambio de tributos. Si es solo una vez al año, vamos.

–Veintiséis –Archer Payne está pendiente al reloj, pues es él quien debe soltar el arma definitiva.

–Dejen de contar que me ponen nerviooooooso –el joven veinteañero se retuerce las manos, con inquietud, mirando el sector de la cornucopia que se enfoca por la televisión, en cadena nacional.

Por lo que se ha visto, solo tres personas han llegado y llegarán, pues Alan Blake, el más cercano, recién ha llegado al lago. En cuanto a Suny y Alabaster, están a unos siete minutos del lugar. Lo suficientemente lejos como para no ser los dueños del arma, pero tan cerca como para que les salpique la catástrofe. Él tiene un mechón de pelo con sangre seca, ya marrón rojizo, y ella, con las comisuras hacia abajo, prácticamente trota detrás, sin hacer ruido. Mikah, la más alejada, ha hecho una gran corrida, pero sigue estando tan lejos que ya ni vale la pena que se apresure, aunque aún así lo haga. Solo tiene dos cuchillos en bandolera, pero su expresión, aunque cansada, con las mejillas rojas y cara asustada porque el hielo cada vez se le acerca más, no puede ser más determinada. Aunque no sea la dueña del arma definitiva, va a dar mucho, pero mucho juego.

Los vigilantes se hallan todos pendientes de sus computadoras. Efectos especiales tiene la música épica a punto, diseñador de arenas está cerrando posibles salidas, controlador de clima expande más y más los polos, pues a los juegos del hambre les quedan veinticuatro horas como mucho. Julio, cuya parte más trascendental acaba de suceder, no le queda más por hacer que ayudar al resto de sus compañeros, además de esperar por si algún regalo de patrocinador llega tarde. Difícil se ve, puesto que los precios están por las nubes y la que más apoyo financiero tenía, Dahlia Fey, ha caído no hace mucho, pero igualmente, nunca se sabe si los Conoristas se ponen las botas en último minuto para curarle el costado, que ya bastante complicado está el pobre.

En todas las televisiones de Panem, que se resume en las doce plazas del distrito porque por lo que Julio sabe, es ley que concurra la gente sin excepción a ver el evento, se está mostrando que quedan solo tres segundos. Si Milaryon Lestrange, Marcus Armitage y Connor Edgeworth lo supieran exactamente, temblarían, pero ninguno lleva reloj. Hay una especie de expectación ansiosa en cada uno, pero no tanto como si tuvieran conocimiento de que…

La alarma de Archer se pone a pitar y él, automáticamente, presiona la tecla enter de su computadora. La puerta de la cornucopia se abre, dejando ver su oscuro interior. Los tres se ponen en tensión, localizando el ruido, y se lanzan en desbandada hacia allí.

El arma definitiva está en la arena. Solo queda por saber quién será el más rápido en entrar.


Encomios:

Puesto 8º Dahlia Fey, f2 – Alabaster Faraday.

Dahlia: honorable hasta el puñetero final, no te esperabas que Alabaster y Sunny te la jugaran tan sucio como para atacarte por la espalda. Te amo, pero tenía muchas ganas de escribir esta muerte, para ser sincera fue la primera que se me ocurrió de los veinticuatro. Sabía que ibas a morir así. Te amo, pero Ray tenía razón, un duelo no se acaba hasta que se acaba. Espero que en al caer la noche no cometas ese error.

Recuento de los caídos:

Puesto 24º Jimmy Ender, m11: Dahlia Fey.

Puesto 23º Emily Felton, f9: Milaryon Lestrange.

Puesto 22º Karen Tuk, f12: Mikah Odair.

Puesto 21º Angus Sutherland, m8: Alexander Rheon.

Puesto 20º Serenity Ross, f11: Clarissa Carmichael.

Puesto 19º Robert Halloway, m10: Clarissa Carmichael.

Puesto 18º Carole Hanlon, f3: Connor Edgeworth.

Puesto 17º Lisa Thunder, f5: Connor Edgeworth.

Puesto 15º Ryan Connolly, m4: Collie Rush/Clarissa Carmichael.

Puesto 14º Clarissa Carmmichael, f1: Alabaster Faraday.

Puesto 13º Nayerly Reyne, f6: Dahlia Fey.

Puesto 12º: Miles Near, m12: Alabaster Faraday.

Puesto 11º Lanna Peters, f8: Alexander Rheon/Mikah Odair.

Puesto 10º Zachary Bayer, m3: Mikah Odair.

Puesto 9º Collie Rush, f7: Dahlia Fey.

Puesto 8º Dahlia Fey, f2: Alabaster Faraday.


Nota:

Al final pude publicar, chachán. El siguiente fijísimo que no va mañana.

Gracias por seguirme, bebés. Para el agrado de Dani jajaja el siguiente será pov Thomas todo el rato, creo.