Capítulo 25. La nieve, la arena y otros pormenores.
Thomas Rocheford lleva el atuendo con que recibiera a Justin Dredd todavía, pues no le dio tiempo a cambiarse hasta que tuvo que personarse en la plaza, para ver la transmisión en directo del banquete. Esa edición en particular le está quitando demasiado tiempo, que invertía trabajando, en sus libros –especialmente sobre crímenes–, o bien realizando sus menesteres más libres. Pero se la ha pasado corriendo todo el día, primero vigilando a los plebeyos para que no arruinasen nada, colaborando en el orden de la casa, hablando con la ameba asquerosa y estúpida de Justin Dredd y luego mirando la televisión, acerca de lo que decían parientes y amigos de los contrincantes de Sunny. ha sido pesado. Obviamente no tanto como el enorme esfuerzo de su amiga, pero aún así, le ha dedicado al Capitolio mucho más tiempo del que merece.
Al llegar a la plaza, la gente le dirige miradas mucho menos hoscas y desagradables que de costumbre, es más, un par de chicas lo saludan con la mano con ligeras sonrisas. Thomas les dedica una mirada de extrañeza, chasqueándoles la lengua y sin devolver el gesto ¿Qué les ha dado de pronto a los plebeyos con él? Y entonces lo recuerda, la entrevista, su relación pública con una chica pobre y el cómo había alzado bandera por ella, cuando ni el idiota y cursi de Lev Abercowney lo había hecho. ¿hace cuánto que el distrito 10 no llegaba a los ocho últimos? ¿quizá desde Lev? Posiblemente, no es que Thomas se llevase mucho con alguno de los cosechados, obvio, todas amebas piojosas llenas de teselas. Entonces recuerda que una de esas llenas de teselas es Sunny, allí en el estadio ahora, y vuelve a sentir idéntico figurativo puñetazo en la cara que una semana y media atrás.
Todo cambia cuando cosechan a alguien que quieres. Ya no es un sentir lejano acerca de la injusticia, es más visceral y amargo. Lástima que tuviera que vivirlo para entenderlo, pero así fue, y no va a cerrarse en eso.
Se ubica en su lugar de siempre, con la misma expresión neutra de cada evento público. Su padre no da discurso alguno, él denota toda la desmejora que le hubiesen agenciado a Thomas por su situación. Ayno Rocheford, sensible como es, solo deja que los más jóvenes enciendan la pantalla y se acomoda en el puesto de honor, junto a Fabian Galton. Una persona se va abriendo paso hacia el joven, mientras el enorme televisor sintoniza cualquier canal pues todos están transmitiendo lo mismo.
Thomas, claro, no se apercibe del movimiento que esa persona lleva a cabo hacia él porque no se fija en el vulgo, él siempre mira al frente, pero sí mira cuando Edward habla.
–Hola… ¿eh… Sarah Tyson?
Thomas conoce aquel nombre, no solo por oírlo en las entrevistas. Sarah Tyson es una ameba estúpida capaz de dejarse embarazar y parir a un mocoso soltera y en las condiciones de vida en las que se encuentra, o sea, sin un céntimo. Es hermana de Sunny, sí, pero no invalida todo lo demás. Ignorante como ella sola y durante un tiempo fue propulsora de muchas de las inseguridades de su mejor amiga. Antes de que se embarazara y arruinara su cuerpo, su vida y su dignidad, claro.
–Hola –la mujer murmura con suavidad–: oiga, yo…
Le habla a Thomas, mirándolo con sus ojos más pequeños y verdes. Tienen una expresión más derrotada que los de Sunny, pero objetivamente cualquiera diría que la mayor es más bonita, pese a su evidente mirada de tristeza.
–Tse –él la mira por un solo segundo, pero después aparta la vista, poco interesado.
–Ejem… sé que no le caigo bien –Sarah Tyson habla con la voz temblorosa, e intenta valerosamente emplear un tono menos provinciano. Sin éxito, claro–: pero quería darle las gracias por lo que dijo de Sunny. es que yo no sabía que usted la quería tanto.
Thomas aparta los ojos azules de sus uñas limpias y recortadas para mirar a la llana mujer que tiene en frente. No le gusta, claro, demasiado voluctuosa, deprimida, derrotada, humillada, rostro de persona conformista capaz de soportar con sumisión lo que le echen. Pero hay lágrimas honestas colgándole de las pestañas. Thomas desprecia las lágrimas, más si son en público, pero hay algo en esas en particular que le hacen pensar… Sunny creía firmemente que su hermana mayor la despreciaba y se burlaba de ella, respondiéndole con la misma moneda. Que fuese así o no, él no lo puede asegurar porque nunca ha compartido con ella, pero de que está lo suficientemente implicada en la cuestión como para venir hasta él, lo está.
–No dije que la quería tanto –él bufa por la nariz, ni quiere imaginarse diciendo "amo a Sunny Tyson" a todo Panem. Humillante, humillanteee–: pero de nada.
–No hace falta que lo diga –Sarah Tyson sonríe un poquito–: esas cosas se notan.
Thomas asiente, al parecer la plebeya no es tan ameba, bueno, de alguna parte le tenía que venir lo lista a Sunny. probablemente de su padre, de quien ella nunca ha hablado.
–Además quería agradecerle por la comida que le manda a Sammy –murmura, mirando al suelo. sus mejillas se han puesto coloradas, como las de Sunny en su situación–: no nos gusta andar mendigando, sabe, pero…
–Tse… deja eso –el tono de Thomas es cortante, también le está entrando calor de repente y mira al suelo.
Ella se calla, aún con las mejillas encarnadas. Hay un silencio entre ambos, mientras, por la televisión, Rogelio Grez dice que faltan diez minutos para las 6.00, la hora del gran y esperado banquete. Sarah Tyson y él no saben qué decir, se sienten incómodos; ella por mendigar y agradecer y él por haberse vuelto tan blandengue y altruista. Solo es por Sunny, no le gusta ir regalando cosas por ahí, prueba de ello es que jamás acudió en auxilio de familiares de tributos ni piensa hacerlo, que se las busquen ellos.
–Si Sunny gana, mataremos un cabrito para festejar, ¿vale? –dice Edward con una sonrisa natural a la chica pobre que tienen en frente–: ahí concordamos para que tú y tu familia vengan a casa.
Sarah Tyson se ha sonrojado aún más violentamente, mirando a sus zapatos. Es muy linda, piensa Thomas, de ahí el interés de Edward Rocheford. Ay pobre de esa ingenua mujer, sería otra de las conquistas de su inescrupuloso hermano. Él... ¡no tiene criterio! Mantiene comercio sexual con cualquier cosa que… ¡qué asco!
–Yo… bueno… ¿es verdad? –Mira a Thomas, dudosa.
–¿eh? ¡ah! Cla… claro –de solo imaginarse a aquellas personitas sucias y malolientes apestando su casa, sus sillones, tomando con sus manos pegajosas la cara vajilla… ¿pero qué le va a hacer? La otra opción es quedar como un maleducado–: acordaré la invitación con Sunny, cuando regrese. Será un… placer.
La última frase le cuesta tanto pronunciarla, que casi se le termina ahogando en la garganta. Luce tan incómodo, que Sarah Tyson le mira con preocupación, pero se queda a su lado, preguntando si no le molesta, si todo está bien, si puede quedarse, ya que está tan cerca, y a su John que lo tiene su madre, y que todos están tensos, y que quiere escapar, y que él es el único que cree en Sunny… tanto y tanto y tanto, que Thomas solo puede asentir, sin escuchar, conteniendo los chasquidos de lengua solo por su mejor amiga, a la que seguro no le haría gracia ver cómo manda a paseo a su hermana mayor, por muy maldita que hubiesen sido la una con la otra. Por suerte, Edward le echa una mano, hablando más con la pobre y triste mujer, aunque Thomas sospecha que querrá sacar un beneficio personal de toda la historia. A él tanto le da, sirve al menos para desembarazarse de la plebeya. Alejándose un poco, se seca el sudor de la frente y suelta un suspiro de alivio, pero a la vez horror, imaginándose a la familia de Sunny en su finca.
¿Y qué? Así habría tenido que ser cuando la desposara, ¿no? Se pregunta, aunque en sus fantasías ella dejaba a esa familia infecta e inmunda y se iba con él sin más. Sin embargo, Sammy Dean de alguna manera iba incluida en el paquete, y al parecer la mayor ahora, y quizá la horrible madre… tendría que ser, piensa, desanimado. Si unos juegos a muerte no le arrebatarían a la chica, más que seguro que unos desagradables parientes tampoco.
"Te compensaré cada tarde con ellos, Thomas, te lo prometo… te verás deliciosamente compensado", le dice Sunny en su cabeza. Lleva el vestido negro de las entrevistas, ese con los hombros descubiertos, y las medias…
–Tse… –bufa para sí mismo, descontento con la reacción de su cuerpo. Y más le valía compensarle, piensa. Arduamente.
–¡Y ya solo queda un minuto y por lo que nos dicen la cornucopia está a punto de abrirse! –Hefestus Fein tiene la voz entrecortada por la emoción–: ¿qué será el arma definitiva? ¿quién se hará con ella?
Sarah Tyson se abraza a sí misma, de una manera que a Thomas le trae demasiados recuerdos, aunque la mujer sea mayor, con atributos más pronunciados y más alta. Edward intenta confortarla, ergo la mujer, con los ojos fijos en la pantalla, no le hace caso. Los ojos de ambos –Sarah y Thomas–, brillan cuando enfocan a Sunny, casi trotando en pos de Alabaster, demasiado lejos del lugar citado como para conseguir algo más que la nada. Thomas no dice groserías, pero siente unas ganas inmensas de expresar su rabia. Dahlia Fey y su muerte los retrasaron, ahora ambos se hallan en una posición demasiado desventajosa, cerca para la amenaza, lejos para hacer algo.
Alan Blake está más cerca, y se aproxima más, está a punto de ser detectado. Quizá de saber que solo le quedan veinte segundos habría echado a correr, pero no lo sabe. Marcus, Milaryon y Connor son los más cercanos, tensos como un vozal.
–¡Bienvenidos, tributos, al banquete de los 30º juegos del hambre! –Exclama Rogelio Grez, ante el estadio en pleno. La puerta de la cornucopia rechina un poco y se abre.
A Thomas le da por pensar que se abre con desgana, como si no quisiese hacerlo, pero al final, lo hace. Los tres dan un respingo, como cinco días atrás, cuando sonó el gong y se prepararon para matar, morir o huir. Milaryon, el díscolo chico del distrito 9, es quien más cerca está de la puerta, así que es lógico que llegue primero, aunque Marcus Armitage le va muy a la zaga. Connor, herido y más pesado, llega al final, pero da un soberbio empujón al albino que lo tira al suelo, haciéndole soltar un entrecortado grito de dolor, pero no le interesa más, entra con el otro a la cornucopia, con la expresión determinada.
Hay un par de mesas de caballetes, donde se hallan dispuestos canapés de cangrejo, fuentes con delicioso pescado, papitas fritas y distintos jugos. Thomas ve, entre ellos, una botella roja que parece ser de granadas, y sonríe un poco al ser ese el favorito de Sunny, pero no puede distraerse. El interior de la cornucopia brilla por las luces encendidas, y, más al fondo, después de las mesas con comida y los cojines para sentarse, hay un a pequeña tarima que parece no tener nada. Una de las cámaras hace un acercamiento, para que se pueda apreciar, en todo su esplendor, el arma definitiva que tan locos había vuelto a algunos, y todos pegan un grito en el distrito de Thomas. Incluso él, poco dado a demostrar sus emociones como un patético, se ve ligeramente sorprendido.
Es solo un pequeño rectángulo, con un simple botón rojo que dice, en letras enormes, pulsar. Thomas, que había tenido en la cabeza espadas controladoras de voluntades y otras excentricidades, suelta un tse bastante audible en la plaza silenciosa. Es tan audible, siendo en un momento tan tenso, que el distrito entero –o en todo caso los que le oyeron–, se echan a reír. Él les dedica su pose más digna y elegante, aunque se sienta ligeramente avergonzado de aquel exabrupto no del todo cortés.
Milaryon aún lleva la delantera, corriendo con los ojos fijos en el altar. Connor no se detiene ni para lanzarle algo a la cabeza, que por otro lado no sería lógico, lo único que intenta es alcanzarle. está reñido, ambos corren con la fuerza de sus cuerpos, tensos, pálido de miedo uno y más calmado pero seguro, el otro, con las luces brillando y una mmúsica épica que hace que muchos de los plebeyos más débiles de mente tiemblen por la expectación, incluso en su distrito, menuda sarta de palurdos. Thomas no es una persona violenta, pero aquel es un juego de el rey de la colina más, y todo lo que puede desear es que ambos se rompan el cuello y se mueran.
–¿Será Connor el dueño del arma o tal vez Milaryon? –Pregunta Rogelio a la multitud.
Si fuese un profesional como Alabaster, el distrito 10 le hubiese apoyado por estar involucrada su aliada, pero Connor Edgeworth es el arquetipo de profesionales más peligrosos. Milaryon, en cambio, ha sido hasta divertido y cae bien al populacho, por ser rebelde y juntarse con los más impresionables de la edición. De manera que es a Milaryon al que apoya la mayoría, si bien ninguno le sirva. Thomas solo bufa, fastidiado, de Milaryon desconfía pues ve su interior, podrido y demencial, por otro lado Connor le parece más honorable pero que le aspen si una bestia sin cerebro del distrito 2 le quita el trono a Sunny, con lo bien que está jugando ella.
En los últimos dos o tres metros, la cosa va casi igualada. Es Milaryon quien la desnivela, echándose hacia delante, cuerpo a tierra, con la mirada fulgurante por el deseo más extremo que alguien pueda sentir, y pulsando el botón con su propio cuerpo, específicamente con el codo, soltando un gañido de triunfo, poco digno pero glorioso. Marcus Armitage, quien apenas va entrando, se queda paralizado al sentir la cornucopia entera temblar, tiembla también el joven del 9 tirado en el piso, y Connor se ha tambaleado levemente por los espasmos de la tierra. El temblor sigue más fuerte, intenso, brutal. Thomas no siente aprecio por los temblores, así que agradece no estar experimentándolo en aquel instante. quiere que muestren lo que está haciendo Sunny, pero duda que lo hagan ya que el arma está en pleno funcionamiento y, seguramente, se mostrarán los efectos en breve.
Desde lo más profundo del bosque, aparecen ellos, todos. Es James Ender, el tributo masculino del distrito 11, quien los lidera, tiene una herida en el vientre y la mano derecha en un ángulo extraño, sus dedos están quebrados. Emily Felton, con el rostro hecho un amasijo de carne y el pelo rubio apelmazado por la sangre seca, va segunda. Karen Tuk, con una tierna sonrisa en su cara y un tajo en la garganta, además de otras puñaladas, casi da saltitos. Y así todos, Robert Halloway entre ellos, él y sus heridas en la espalda y el pecho. Thomas oye un grito de mujer, más bien… de jovencita, y recuerda que no es real, el cuerpo de ese palurdo había llegado ya. Seguramente son réplicas genéticas o algo por el estilo, pero muy vívidas y realistas. Están sucios, con los ojos perdidos, las manos hacia delante, soltando gruñidos voraces. Terriblemente humanos, pero…
Sarah Tyson ha empezado a temblar y Edward se encarga de ella, mejor, Thomas no puede, está demasiado ocupado en analizar la situación para juzgar los peligros que deberá sortear Sunny, que otros demuestren sus sentimientos mediante cursiladas por él. Thomas se encarga de lo útil. Busca entre los caídos, que se acercan a la cornucopia y allí la ve, medianamente alta, con sus puñaladas en el pecho y espalda y sin los lentes que Sunny le robase para beneficiar a Alabaster. Dahlia Fey, tan reciente que ni siquiera llevaba dos o tres horas muerta. Eso tuvo que ser rápido, se dice. Hay diecisiete enormes amenazas que todavía no sabe qué hacen, pero su mejor amiga tendrá que volver a enfrentar a los caídos para erigirse en la cima de la colina.
Alabaster se encoge sobre sí mismo cuando comienza el temblor. Sunny ha chocado contra su espalda, golpeándose fuertemente en el delgado cuerpo del joven, y sale despedida hacia atrás, cayendo al suelo de tierra con un resoplido. cada vez hace más frío, lo siente en los huesos, no ha tenido tiempo ni de ponerse la chaqueta y Alabaster aún lleva pantalones cortos, y todo se mueve y se sigue moviendo, como si fuese víctima de un mareo. Prefiere quedarse allí, hasta que todo cese, palpando las piedras de su bolsillo y con la honda bien sujeta en la mano izquierda por cualquier cosa, aunque no se vea ninguna amenaza cerca.
Poco a poco, el temblor pasa, así que se siente lo suficientemente segura para ponerse en pie sobre sus pequeñas piernas inseguras, mirando a su alrededor por si ha perdido algo. Toma un par de piedras para la honda, que no se le habían caído pero están ahí, y se las mete al bolsillo. Están llenos de cosas, a estas alturas. Alabaster se halla lívido de enojo, sus ojos azules destellan fieros. No está insultando, no blasfema por haber perdido el arma –el aviso de Rogelio Grez se había oído unos tres minutos atrás, es lógico pensar que ninguno la posee ya–, pero Sunny ha confraternizado lo suficiente con él como para saber que su rabia no tiene parangón. Chasquea la lengua un par de veces, con expresión enfurruñada, pero no se pueden quedar allí, pensando en lo que pudieron haber tenido y ya no poseen. Tan cerca como para que una hipotética arma les afecte, deben actuar, al menos eso cree.
–¿Qué hacemos pues, alab…? –comienza diciendo, tiritando un poco por el aire gélido que les llega de sur a norte, pero se calla.
Desde la espesura vienen saliendo bastantes personas, las suficientes como para alarmarla indeciblemente, tanto que la saliva se le vuelve hiel en la boca y sus labios pugnan por soltar un grito de sorpresa. No son ni cinco ni seis, son mínimo quince, si no es que más, al menos eso percibe con una ojeada rápida, quince cabezas. Hacen un ruido atroz en la hojarasca cada vez más fría, es un ruido tan grande que le rechina en los oídos, como si arrastraran los pies, tal que si no tuviesen ningún respeto por el sigilo. Logra verlos recién cuando emergen de la espesura, sucios, sangrientos, con sus rostros deformados en muecas feas y estúpidas, pero reconocibles, todavía reconocibles, espantosamente reconocibles. Allí está Karen Tuk, la niña del 12, quien estuvo desnuda en el desfile; allí Lanna Peters, pequeñita y perdida, con un tajo en la garganta y las manos hinchadas de forma grotesca. Allí Clarissa Carmichael, con una única herida en el pecho; allí Robert Halloway, apuñalado en el esternón y la espalda,…
–Oh, caramba… –no es un grito lo que sale de su boca, es más bien un suspiro de horror. Son todos, desde Jimmy Ender hasta Dahlia Fey, caminando en dirección norte, hacia la cornucopia–: Alabaster, tenemos que huir antes de que…
–Tsk –le chasquea la lengua con impaciencia, sus ojos lucen preocupados y ella sabe por qué cuando sigue la mirada del joven.
Tenemos que huir antes de que nos detecten, le iba a decir, pero ya es tarde. Un par de aquellas criaturas… de los tributos, los tributos que no parecen vivos, que no están vivos porque la lógica le grita que han fallecido, se dirigen hacia ellos, lento pero seguro. No sabe cómo, no están a la vista, se hallan ocultos por los árboles, pero de alguna manera (los vigilantes son los vigilantes son los vig) saben que están allí y quieren ¿atacarlos? ¿Qué? ¿Algo? Quieren hacerles daño. Aquella es el arma definitiva, piensa rápidamente, la fuerza de diecisiete tributos muertos es una buena arma. A las órdenes de quien los haya subyugado, se dice, es una buena trama y seguro que la cosa va más o menos así, de lo contrario no habrían aparecido, a no ser que sea cosa de los vigilantes solamente, ¿Pero entonces, el arma? No, la explicación más sencilla es la más probable. Eh ahí el arma, los demás. Siempre empleando a los tributos, a los distritos, nunca ensuciándose las manos. Ese pensamiento está lleno de rabia, pero está demasiado mezclada con pánico para que le suponga demasiada diferencia.
Sunny mira a alabaster, él le devuelve la mirada, y descubren, al observarse así, que la alianza ha terminado, sus objetivos se han vuelto por fin disímiles y cada uno debe velar por su vida a esas alturas. No necesitan un apretón de manos, ni palabras resonantes entre los dos, lo saben con observarse a los ojos. ella siente algo rompiéndosele en el interior, siempre pensó que estaría sola cuando entrase a la arena, y cuando surgió la posibilidad de estar con Alabaster pensó que no le tomaría cariño, que tan siquiera lo apreciaría, pero entonces se habían salvado las vidas mutuamente y todo se complicó. Ahora quedan siete y solo puede velar por su seguridad, mal que le pese. Tal vez si se hubiesen quedado en el hielo, resguardados, esperando a que todo pasase… quizá, no lo sabe, pero lo que sí sabe es que debe escaparse y Alabaster Faraday es más lento y torpe que ella, le entorpecerá más que ayudarle. Ya le había pagado el saldo de salvarle la vida, se dice duramente. Y se aleja.
Ágil y sigilosa, con la respiración entrecortada por el nerviosismo, da tres tremendos saltos, lejos de él, fuera del alcance de su florete, con los ojos abiertos como platos, y se toma de uno de los árboles más altos que encuentra. Aún mirándole, con la honda entre los dientes y una expresión de miedo, se pone a trepar. Todavía una parte de su mente espera que Alabaster Faraday le siga, la intente ensartar, la mate, ahora que no son nada, pero tal cosa no sucede. Después de echarle una última mirada de despedida, y viéndola segura en el árbol, el profesional sale corriendo, espada en mano, en dirección a los tributos muertos.
–¡No vendas tu vida por una épica victoria, Alabaster Faraday! –le grita Sunny, mientras siente la corteza del árbol hiriéndole las manos, pues el ejercicio de trepar, aunque rápido, es difícil.
Alabaster se gira por un momento, le hace un último saludo con la espada, que ella devuelve sacudiendo aún la honda entre los dientes, y sigue su camino apresuradamente. Sunny nunca sabría cuánto le costó al profesional tomar aquella decisión, pero hasta el final se quedaría con esa imagen en la cabeza, la de él, atractivo, determinado, fiero, combativo, yendo a plantarle cara a su destino mientras ella se esconde…
El pecho le chilla un poco mientras asciende a toda velocidad, empleando toda la destreza de sus miembros, está cansada, pero debe poner la mayor distancia entre el suelo y sus perseguidores. Ya entre las ramas, duras pero algo flexibles, escondida entre el follaje, sintiendo el olor a hoja fresca, mira hacia el sur, maravillada, temblando un poco ante lo que ven sus ojos. la nieve, lejos de quedarse circunscrita al sector que le corresponde, ha ido avanzando, tragándose al menos dos kilómetros y medio de bosque templado y tiñéndolo de blanco. La ventisca fría casi puede sentirse, poco le agrada considerando que tiene la chaqueta en la mochila, pero está segura de que en un par de horas habrá frío por doquier, incluyendo el sitio donde está ahora.
Vuelve a centrar su mirada en el suelo, esperando que el peligro se le acerque lo suficiente como para darle con la honda. Son mutos, si se centra en aquello no verá las caras de sus contrincantes. Busca cualquier signo de dolor o culpabilidad pero no lo encuentra, aún pensando en disparar no está pensando en lo que fueron sino en aquello que son y lo que significan, otro espectáculo en el juego. Ya no ve a Alabaster, pues ha pasado junto a la amenaza como un bólido, en dirección a quién sabe qué, Sunny lo ignora. No obstante, la masa se ha separado, habiendo únicamente un cadáver en el suelo, quizá alguien a quien el profesional mató en su frenética carrera hacia el sinsentido.
El arma ya no es suya, nunca lo sería, ¿Pero qué busca Alabaster? Sunny se siente inquieta, y allí entre las ramas, temblando en el árbol, siente que lo extraña de alguna manera. Se abraza a sí misma, esperando que suceda algo, mirando a su alrededor con inseguridad pese a lo a salvo que se encuentra. Tiene una opresión en el pecho que no sabría explicarse, todavía siente que faltan más cosas por suceder.
Robert… Lanna… Miles Near… ¿no se cansarán de hacer sufrir a sus familias? Ya bastante tuvieron que soportar al verlos morir en directo, piensa, molesta con la situación y asustada porque sabe que disparará al centro de sus frentes sin piedad, cuando lleguen. Solo son mutaciones, no vale de nada. Solo debe pensar en ella, la única que importa es ella, en la cima de la colina, ella…
Un par de minutos después, en que Sunny, temblorosa, aguarda en el árbol, es que llegan. Solo son dos, de los diecisiete que se supone debía haber. Supone que el resto persigue a los vestigios que quedan, excepto el dueño del arma. Solo espera que no sea Mikah Odair, sabe que en última instancia ninguno es más enemigo que otro pero la feroz antipatía que la otrora dulce profesional le provoca es…
La chica del distrito 6, bajo el árbol, suelta un voraz gruñido. Sunny la recuerda, pelirroja y triste, en la biblioteca junto a sí, preparándose. Solo tiene una puñalada que la atraviesa toda, de pecho a espalda, y le enseña unos dientes largos y filosos. Sus ojos verdes, rodeados por bolsas negras, la miran con un ansia estúpida. Junto a ella está la chica del distrito 11, una niña flaca y mal alimentada. Tienen heridas bastante suaves en comparación con otras pero aún así, lucen hambrientas o lo que fuese, en todo caso quieren lastimarla con sus dientes. Ella, moviéndose entre las ramas, aviva el apetito de las bestias… no, ya no son ni la chica del 6 ni la del 11, únicamente son bestias, son bestias, son b…
Tensa la honda con dificultad, manteniendo el equilibrio como puede sobre las ramas, y apunta hacia abajo. La niña del 11 es quien pone primero sus manos en el árbol, sacudiéndolo como si Sunny fuese una fruta madura esperando el momento indicado para caer y ser engullida. Ese pensamiento la pone nerviosa, siente el bamboleo que parece como si fuese a derrivarla, pero por suerte consigue afianzarse con las piernas y tensar hasta el punto máximo, apuntando hacia la frente de la chica de piel oscura y rizos negros… o la cosa horrible que había tomado su aspecto sin serlo.
Perdónenme, parientes de Serenity Ross, perdónenme distrito 11, piensa, soltando la cuerda y dejando ir la piedra con un leve suspiro. No falla, tan cerca como está habría sido impensable, pero igualmente suspira de alivio porque alguna vez había fallado. Una sonrisa le curva los labios, a la cosa se le ha abierto un agujero en el centro de la frente y cae al suelo, sin vida, inservible. Se astilla el hueso y no parece haber nada más debajo, ella ve con horror un interior vacío. Cabeza hueca, piensa, con unas desesperadas ganas de reír, pero tiembla. ¿qué está pasándole?
La otra cosa, con la apariencia de la chica del 6, ha rodeado el árbol para sorprenderla por la espalda. Sunny está distraída pero aún así advierte la amenaza, no por nada tuvo que esquivar bofetadas de su madre y caminar pisando huevos para no ser dañada por propios y ajenos. La cosa está trepando, con sus horribles manos muertas afianzándose en el tronco. Con un espasmo de pánico acometiéndola, mete la mano en su bolsillo y toma una piedra redondeada. Sin pensar, sin siquiera dedicar el momento de expectación que siempre dedica, dispara el proyectil y falla por poco, no le da en la frente sino en la parte alta de la cabeza. La cosa gruñe estruendosamente mientras Sunny suelta un gemido de preocupación, irritada, se le ha descascarado un poco el hueso y mechones de pelo rojo caen al césped. Intenta esconderse más en el follaje, aterida, las ramas le pinchan la piel y se le enredan hojas en el pelo corto y negro, pero no le importa. La cosa lleva la mitad del tronco trepado y tiene que darse prisa, con rapidez extrae otra piedra del bolsillo, y esta vez rogando poder calmarse lo suficiente como para dar un buen tiro, dispara.
Y acierta. Lo que se parece a Nayerly Reyne del distrito 6, cae hacia atrás, perdiendo asidero y soltando un gruñido moribundo. Su cuerpo hace un ruido pesado al caer al suelo, junto a la imitación de la chica del 11, y allí se quedan, muertas, patéticas como juguetes. Sunny suspira, aliviada, abrazándose a sí misma. Había tenido miedo, había pensado que… de solo recordar esos dientes… no quiere ni pensar en ellos clavándose en su piel, desgarrándola, volviéndola irreconocible… mira hacia todas partes, inclusive hacia los árboles circundantes, no vaya a ser cosa que la sorprendan por ese lado. La nieve ha avanzado, ella está a salvo quizá no por mucho y piensa quedarse allí, claro, en el árbol hasta que… hasta que se pueda. Nada la bajará de ahí.
¿Cómo estaría Alabaster? Se pregunta, con una naciente inquietud por él. Aliados circunstanciales o no, reina de la colina o no, compartieron tanto… y descubre que siente sincera preocupación hacia él, lo que en una situación de peligro ahogó en pro de su propia supervivencia. Mas ahora, sola, trepada a un árbol y con frío, piensa en él y su espada, solo contra tantos… ¿qué sería de él?
El sujeto del distrito 6 había intentado huir primero, al parecer siendo lo que mejor se le da, pero unos seis no vivos o casimuertos o como se le llamen que no le importa, se le abalanzaron encima, dispuestos a desgarrarle con esos enormes dientes que la mutación genética les habían propinado, para deleite de los vigilantes. Después, trató de luchar a mano desnuda, dispuesto a vender cara su vida, pero no lo fue. En un par de segundos todo había terminado, el cañón suena y las cosas se acaban, aunque el profesional duda poder olvidarlo. no muerta Clarissa Carmichael le había agarrado el brazo y tiró con uñas y dientes, literalmente, hasta que lo dislocó. No muerto Alexander le dio un lento empujón, haciéndolo caer y lanzándose sobre su cara, intentando abrirle el cráneo, y no muerta Dahlia tiraba de sus pies, comiéndoselos con zapatos y todo. Bastante asqueroso, él que había estado expuesto a vídeos de todo tipo con el fin de endurecer su carácter de soldado tuvo que reconocer que, sin dudas, aquello había sido lo más horrible, y amparado por el Capitolio. ¿Cuán loco se había vuelto el mundo?
Connor saca su espada de la frente del pequeño tributo del 12, que intentaba atacarle pero se ganó una certera puñalada. Ya no podrá atacar más, se dice, escapando del lugar a todo lo que le dan las piernas y el costado herido. Se lo había lastimado por una estupidez, el gigante del bosque le sorprendió durmiendo, con los reflejos lentos y le había dado un tremendo garrotazo con uno con pinchos, encima. Duele, sobre todo ahora que corre a toda velocidad, duele como el infierno, es un dolor punzante que le llena la camisa y las vendas de sangre porque la condenada herida se vuelve a abrir ante sus denodados esfuerzos por escapar. Aprieta los dientes, sudoroso, pensando que faltaba más ya, ahora tendrá que pelear malherido y encima con sus ex aliados muertos, pero había que hacerlo, ¿no? Él, estúpidamente, se ha metido ahí solito.
No es que dude que se pueda enfrentar a tantos casi vivos o no muertos o lo que demonios fuesen, ni siquiera herido suponen una real amenaza, pero siente un poco de fiebre y está cansado, además de que serían todos contra él. Es evidente, le quedó claro con una sola mirada, que al tipo del 9 no iban a hacerle nada, de hecho, él, sonriendo, los había dirigido contra el tipo del 6 y contra él mismo. Era una sonrisa loca y demencial, que por pura rabia Connor habría borrado de un puñetazo, maldito fuese el primero en llegar y quien se hizo con el arma definitiva.
Mientras corre, cae en cuenta con un breve mareo de que Dahlia Fey está muerta. Según el recuento de la noche anterior, donde solo aparecieron dos nombres, le da por pensar que fue el cañonazo de la tarde, ¿pero quién había acabado con ella? Dura, seria, imperturbable y capaz, le habría supuesto un reto incluso a él. Además, habría querido arreglar cuentas con ella, después de todo le había abandonado. Quizá Mikah le atrapó, eso bien podía ser. Mikah… otra a la que había que ponerle los puntos sobre las íes. Hay tanto que hacer, y él herido y sin arma definitiva.
Sigue corriendo por el camino real hacia el sur, lejos de los no vivos o supermuertos o cualquiera de esos términos que le importan poco, solo quiere reponer fuerzas. Hace bastante frío y él con pantalones cortos, las vendas empapadas en sangre y mareos intermitentes. Por suerte, la respiración no se le entrecorta, está acostumbrado al intenso ejercicio físico y no tiene problemas con las largas correrías, imagina que otro en su situación ya estaría derrumbado en el suelo. pero entrenó tanto para los juegos… tres años intensivos de mañana, tarde y noche, para convertirse en lo que es. solo necesita un poco de tiempo, a fin de reponerse. No tiene miedo, el miedo es inseguridad y Connor Edgeworth puede estar inseguro de muchas cosas, como de no ser atractivo o no encontrar el amor por medios que no sean el dinero o su impresionante fuerza, pero de que es competente nunca ha dudado.
Su paso se vuelve más rítmico conforme la amenaza ha pasado,ya no corre incesantemente sino que camina y toma aliento. Pasa por donde Sunny Tyson yace, ya a salvo, acurrucada en las ramas de un árbol, pasa por el lado de Alan Blake, algo más al sur que Sunny, que corre por el bosque intentando ocultarse de la oleada de muertos vivientes. A Mikah no la ve, está congelándose demasiado al sur, las temperaturas han descendido demasiado y ella se ha sentado a descansar, cayendo en la trampa que la nieve le tiende a los incautos. Connor pasa por el lado casi de los dos anteriores sin siquiera verlos, atento como está a su herida y los verdaderos rivales. Todavía no puede contra el dueño de el arma definitiva, tiene que ocurrírsele un plan y lo cierto es que no se le ha venido ninguno a la mente, ya pensará en algo.
Lo había visto a lo lejos, mientras los no vivos o remuertos o lo que fuese engullían al sujeto del 6. Un tipo alto, rubio, pálido y con cara de haber chupado un limón, con la espada en alto, observando por unos segundos antes de volver sobre sus pasos, seguramente tan en blanco como él. Pelear contra esas cosas sería un suicidio, Connor apuesta su vida que pensó él, cobarde como rata tal cual es.
Le va siguiendo los pasos, aunque todavía no lo vea. Sabe dónde está, y quiere liquidarlo. Las huellas en la tierra le ayudan, pudo reconocer sus zapatillas de deporte por el tamaño del pie, especificado en el informe que recibiera en el tren. Las huellas que vuelven se mezclan a veces con las que van, pero aquellas son dos, unas pequeñas huellitas de pie chiquito y las más grandes de Alabaster. Pero ahora está volviendo solo. Sea quien fuese la persona más pequeña no está ya con él. Tanto mejor, ya se encargará de lo otro cuando llegue la oportunidad.
Alabaster sabe que alguien le va siguiendo cuando los pájaros comienzan a graznar y revolotear sobre su cabeza, en señal de aviso de los señores vigilantes. Sunny Tyson lo habría sabido antes, claro, y en un inicio él piensa que es ella quien le sigue, pero después le queda claro que no. la chica se habría manifestado, todavía amistosa, o al menos aliada de vuelta. Después de todo solo había muerto un sujeto más, el albino del distrito 6, el resto siguen siendo amenaza. No, Ella (la única Ella que le importa) está quizá escondida en su árbol, cual un pajarillo. Le alegra, hasta que se vuelvan a ver las caras no se permitirá odiarla ni sentir resentimiento hacia su persona. Después de todo, ella ni siquiera había querido ir a buscar el arma, lo veía constantemente en sus enormes ojos marrones mientras andaban. Le había seguido, como toda lugarteniente leal sigue a su líder, como cualquier lacaya haría con su señor. Sin embargo, cuando pudo miró por su propia vida, y al menos se despidieron moviendo las armas, so promesa de volver a verse, esta vez en la final, cuando Alabaster decidiera si seguir el plan a o el b. En cualquier caso, ella estaría muerta.
De manera que no se trata de Sunny, ¿pero entonces quién? Solo tiene dos opciones que le resulten coherentes, mikah Odair y Connor Edgeworth, los dos restantes son provincianos de distritos pobres no versados en armas y que poco o nada tienen que ver con él. Es más, al sujeto del distrito 5 ni siquiera le ha hablado en su vida. Bien, resuelto eso, ¿qué hacer? Tiene la opción de salir a campo abierto, que descarta por obvias razones, en caso de ser Mikah y sus cuchillos arrojadizos estaría perdido. Connor es lento y más fácil de esquivar, pero hay un 50% de probabilidades de que no sea él y no se piensa jugar la cabeza, es demasiado valiosa.
Otra opción es quedarse allí parado, entre los árboles, un lugar donde los cuchillos son más fáciles de esquivar, solo poniéndose tras algunos troncos, pero Connor Edgeworth le tendría a tiro de piedra… maldición, se dice, chasqueando la lengua, si tuviese a Sunny sería todo más fácil. Se acostumbró a depender de ella, se dice molesto consigo mismo. Supone que es porque habría muerto la mitad de las veces de no ser porque estaba allí, idéntica situación en la que ella estuvo.
Al final decide un término medio, con el florete en la mano derecha y la determinación en los ojos, se asoma al borde del camino, sin salir de los árboles, apoyando su tronco en uno, bastante rugoso y con apariencia de ser viejo. Recuerda su segundo día, por allí caminaba hacia el hielo, huyendo de los cuatro profesionales que eran entonces, con tres mochilas repletas y la esperanza de encontrar al del 3 o la del 10. Buenos días aquellos, los planes no se habían torcido tanto. de entrada, no había matado de esa forma tan horrible a Miles Near, Mikah no se le había escapado y
(Alabaster Faraday)
Y todo lo demás, las canciones, la pasta de atún, las tablas y las peleas. Fuera de toda broma, había sido divertido. Odiar a Sunny no tenía tanto que ver con matarla como con sacarle los colores y hacerla bufar. Además no era ninguna tonta y conversar con ella fue interesante. Sí, en ese sentido había sido un verdadero juego.
Pero había que ponerse serio, ¿No? Alguien lo sigue, tiene que pelear, sea quien fuese. Impaciente como es, desde el momento en que se apoya en el árbol hasta que Connor Edgeworth se le planta prácticamente en frente se le hace una eternidad. Podrían haber pasado tanto quince minutos como ciento quince, o quizá quince horas. Date prisa, piensa a cada tanto, chasqueando la lengua. O que los vigilantes se dieran prisa en guiarlo, le da igual, la cosa es que el asunto tenga lugar ya.
No será el dueño del Arma Definitiva, maldito fuese el estúpido e insecto sujeto del 9, pero tiene un arma y todos sus conocimientos a cuestas. Lógicamente, le ganaría a lo que le echasen.
Connor Edgeworth hace tanto ruido como un elefante, piensa, molesto. Él no tiene mucho de qué quejarse, no está al nivel de sigilo de una ratita pobre de distrito periférico, pero aún así, no le toma ni por sorpresa. Chasqueando la lengua con supremo desprecio, al verlo emerger, deja las mochilas en el suelo, junto con la espada y la katana, sabe que para vencer a Connor no necesita más que el florete; da un par de pasos hacia delante, al camino real. No tiene ninguna intención de dejarse acorralar en un sector lleno de árboles con alguien que puede usarlo todo a su favor con entrenamiento de soldado y peleas cuerpo a cuerpo, gracias.
–¿Vas a huir, cobarde? –Le pregunta el enorme y rapado joven de voz nasal, apresurando el paso. Tiene un espadón en la mano, pero no lo está blandiendo.
Alabaster no se digna ni a responder, simplemente se detiene en el centro mismo del camino real, mirando hacia el norte. Hace tanto frío que tiene la piel de gallina en torno a los brazos, pero no puede ya cambiarse de ropa. La lucha y la derrota de Connor le haría entrar en calor, él lo sabe. Se pone en tensión, aguardándole. El Capitolio quiere que pelee, los detesta pero peleará.
Su enemigo por fin le da alcance, blandiendo el espadón en posición defensiva. Al alzar los brazos, Alabaster ve que está herido en su costado derecho, tiene la camiseta empapada en sangre. Eso le hace sonreír, si se lo quiere dar más fácil pues ahí está.
–Tsk… herido como un perro –le dice, imitando, otra vez, la sonrisa burlona de su ex aliada.
Connor aprieta con fuerza el agarre del espadón. No está nervioso, mas enojado sí.
–Prefiero estar herido como un perro a ser cobarde como una rata, Faraday –y, sin contemplación alguna, escupe a sus pies.
Alabaster aprovecha el movimiento para lanzarle una estocada directo a su cara de imbécil con el cerebro lavado. Los dos del mismo distrito en un día, piensa, eufórico de una manera que no es precisamente positiva. No obstante, el enorme espadón de Connor se alza como una centella y detiene su delgada arma con un entrechocar de metal contra metal. Solo su amplia experiencia impide que la delgada espada le salte de la mano por la fuerza del impacto, pero se ve obligado a retroceder dos o tres pasos.
Bufa, chasqueando la lengua, mirando al enorme sujeto que tiene en frente con rabia helada. Da un paso al costado, en diagonal, y tiene tiempo de parar un lento pero contundente embate del espadón a dos manos que le iba directo a la cabeza. Con mayor rapidez de la que cualquiera podría, considerando un arma de tales características, Connor baja la hoja de la espada y Alabaster tiene que maniobrar con todas sus fuerzas para parar una estocada en el vientre, pero sale bien. Los aceros chocan, la vibración en las manos es deliciosa pero muy peligrosa y otra vez tiene que retroceder. Se da cuenta de que Connor quiere llevarlo hacia los árboles, y no se lo puede permitir, así que con una ágil pirueta se le pone detrás, alzando el florete con la mano derecha, y concentrándose en un punto de la espalda baja se dispone a arremeter.
(Alabaster Faraday)
(ojalá tuviera un arco ya estaría muerto)
La maniobra sale mal, por supuesto. Connor da un medio giro, volviendo a interponer la hoja más gruesa del espadón para no salir lastimado. Chocan otra vez con un ruido metálico, pero el más alto se tiene que doblar un segundo por el dolor, la sangre está salpicando ya el suelo y le chorrea por los pantalones. Alabaster sonríe de triunfo, aunque se le ha resbalado un poco el florete de la mano algo sudorosa y el señor momento de debilidad de Connor, lo tiene que malgastar en afianzar su arma para no perderla.
Maldición, piensa. Maldito señor momento desaprovechado. Tendrá que buscarse otro.
Connor vuelve a incorporarse, está pálido y macilento, tiene tanto frío como el propio alabaster, sino más por la pérdida de sangre. El chico del 1 da un paso al costado intentando atacar de nuevo, pero es rechazado de vuelta con otra estocada hacia arriba que él vuelve a resistir. Alza el florete, directo a la barbilla de Connor, y él retrocediendo lo esquiva. El espadón desciende, intentando segar sus piernas en una maniobra bastante baja que Dahlia Fey no habría aprobado, mas Alabaster da dos saltos que lo ponen fuera de su alcance, con la velocidad y agilidad de su liviandad. Connor tiene que recuperar equilibrio, aquel movimiento fue arriesgado, cosa que su rival aprovecha para dirigir una estocada al costado herido. Ni siquiera lo alcanza, el otro ha preferido lanzarse al suelo, rodando sobre sí mismo y el florete sólo enviste aire. Ahora, quien ha perdido levemente el equilibrio es el rubio, que chasquea la lengua mientras intenta estabilizarse. Sin embargo, el soldado está en el piso, solo tiene que…
Pues no. con sorprendente agilidad dada su envergadura, se pone de rodillas e intercepta con técnica y maestría la punta del florete que le iba directo a la cabeza. Alabaster ya se está impacientando, la razón por la que prefiere el arco a la espada es que el primero es mucho más rápido. Tantas largas que Connor le está dando al asunto, si está medio muerto, ¿Por qué no se termina de morir y ya?
Alabaster da una serie de rápidas estocadas cortas en dirección a Connor. a su cara primero, a los hombros, incluso una a ras de suelo, todas las cuales son esquivadas con mucha más dificultad, pero lo cierto es que no consigue tocarlo. Frustrado e impaciente, pretende dar golpes más rápidos cuando primero en sus rodillas y después en pie, Connor Edgeworth se incorpora en toda su imponente altura y sacude el espadón. Alabaster para la estocada con facilidad, sin embargo el otro chico viola un poco su perfecta guardia, porque el lomo del enorme arma le da en la muñeca, por el lado del dorso de la mano, justo en los pequeños nervios que permiten la movilidad. El rubio grita de dolor, sintiendo cómo la mano derecha pierde fuerza y el florete se le desliza de los dedos en perfecta posición al suelo.
Un ramalazo de frío le golpea, sabiendo que, o la toma o está perdido. Dando un par de piruetas hacia atrás, alejándose hasta que la mano le deje de pulsar dolorosamente, mantiene las distancias con el espadón de Connor, que a paso lento pero seguro lo persigue. Alabaster es bastante más rápido, pero aquella monstruosidad de acero es gigante, y se le entierra en la parte baja del trasero con bastante suavidad, casi picándolo, lo que no quita que le haya dolido horriblemente. Vuelve a gritar, sintiendo la sangre curiosamente cálida en aquel entorno cada vez más frío.
–Eso es, rata, ven, rata, ven, rata, ven, ra…ta –Connor Edgeworth le persigue con el espadón, dándole golpecitos con el lomo mientras Alabaster hace esfuerzos denodados por acercarse de nuevo al florete. Lo consigue, si bien seguramente tendría morada a la altura de las costillas, pues un golpe de Connor Edgeworth por un momento le deja sin respiración.
Ni siquiera usa el filo, se dice Alabaster, enfurecido, viéndolo todo rosa, todo tan rosa que es rosa y hasta su sangre es rosa. Oye al profesional en una burla nasal y lejana, llamándole rata y ven, rata y ven, y él solo quiere tomar el florete para metérselo por donde pueda, en el corazón, espera, mas no le importa si es en cualquier otro lugar. Se intenta mantener lejos de aquella espada enorme y de él, más enorme todavía, pero el soldado se ha puesto junto al florete, de tal manera que tendría que pasarlo para conseguirlo. Intenta rodearlo, pero Connor amaga un golpe desganado a la altura de su hombro, que él esquiva por muy poco. Tendrá que enfrentarse, piensa, ¿pero cómo? ¿En qué momento fue a dejar sus dos espadas restantes entre los matorrales? Intenta retroceder sobre sus pasos, para correr en busca de ellas, pero Connor le intercepta, poniéndole la espada cruzada en el camino.
–¿La ratita huye? –Alabaster no sabe que aquellas son las tácticas de soldado para desestabilizar al enemigo, no sabe que Connor las aprendió en la academia de agentes de la paz de mano de Arzeus Cooper y otras máquinas de matar, él solo siente furia y más furia, exactamente lo que Edgeworth espera.
–Tsk… –desesperado, Alabaster Faraday comete el error que le cuesta la vida.
Se lanza sobre Connor, en búsqueda del florete, nada más importa, ¿cómo se atreve a insinuar que huiría de él, insecto asqueroso entre todos los insectos asquerosos? Quiere darle de golpes a mano desnuda pero sabe que no será posible, no ha perdido el juicio a tales extremos más sí lo suficiente.
Connor Edgeworth, que no solo espera aquello sino también lo desea, suelta su espadón que va a parar varios metros alejado, y toma a Alabaster del brazo derecho con todas sus fuerzas, empujándolo hacia atrás, lo que hace que el chico pierda el equilibrio. El agarre de Connor es puro hierro, sus dedos se hincan con fuerza en la carne desnuda y pálida de Alabaster, quien cae al piso de rodillas, víctima de la fuerza que ejercía él hacia delante y la provocada por el otro hacia atrás, tiene la boca entreabierta por el suspiro de rabia que escapaba de sus labios y eso hace que se muerda la lengua fuertemente. Todo lo rápido que la envergadura del profesional le permite, se posiciona tras el otro, rodeándole el cuello con el brazo izquierdo, sintiendo el latido del corazón a través de la piel de la garganta y la respiración desesperada, enloquecida, furiosa, haciéndole cosquillas en los vellos del brazo.
Alabaster se debate como el ser viscoso y resbaladizo que es, los ojos fijos en el florete, pero aquello se ha acabado, Connor no le permitirá blandir un arma nunca más, ya bastó con el daño que había hecho. Todavía rodeándole el cuello con el musculoso brazo izquierdo, se acomoda detrás, examinando la delgada espalda del joven, específicamente aquel punto sobre las vértebras lumbares. Respirando agitadamente, recordando lo que los instructores de la academia le enseñaran tanto tiempo atrás, pone su codo derecho en punta, lo echa hacia atrás mientras el chico se mueve desesperado intentando tomar aire, y con todas sus fuerzas le descarga un codazo en aquel pequeño punto de la espalda, cerca de la zona lumbar. Oye un horrible crujido y el chillido (como una perra chilla como una perra) de Alabaster Faraday. No tiene derecho a gritar, ni a chillar, no tiene derecho a pedir piedad aunque no la pida. Lo alza con asombrosa facilidad sobre su cabeza, tomándolo desde la base del cuello y la juntura de las rodillas, como a una princesa, mientras él gime, grita y se debate, y con todo el desprecio que siente y más, lo deja caer desde su metro con noventa y siete al duro suelo de tierra.
–¡Mi… mi espalda…! –Grita.
Sunny oye el grito de (mi espalda oh mi espalda) cuando aún le queda un trecho para llegar a su lado, pero está bastante más cerca. Sabe que es él, lo sabe porque los pájaros no habrían estado tan enloquecidos, reclamándole por atención, porque baje, anunciándole que algo espantoso, detestable y dantesco ha sucedido, además, ¿No había oído antes aquella voz pronunciando su nombre? Sí, lo sabe y un negro horror le acomete el centro mismo de las entrañas. Así también, con la piedra en la mano y la honda a punto de ser tensada, corre cuanto le dan sus pequeñas piernas. ¿Podría haber hecho caso omiso a los pájaros? Desde luego, y no niega que se le cruzó por la cabeza hacerlo. No obstante, ya le estaban comenzando a picotear los brazos, le había sido imperativo bajar, por orden de los vigilantes, y hubo de hacerlo, armada todo cuanto podía y corriendo desesperada de esas cosas que ocupaban la forma de sus compañeros. Solo más tarde, mientras corría siguiendo a los pájaros, se le ocurrió que tal vez le anunciaban otra cosa. Algo sobre Alabaster, se había dicho, con un negro terror nublándole la visión. Y el entrechocar de espadas, que se oía desde bastante lejos, se lo confirmó.
Tiene la respiración entrecortada por la loca correría, las manos temblorosas y la sequedad en la boca que le anuncia la tragedia. Había estado en el árbol, cierto, y no pensaba bajar de allí, eso hasta que los pájaros hicieron acto de presencia. No tiene idea de qué son, pero los siguió y aún los sigue pero no le hace falta ya. Unos espantosos chillidos, parecidos a los de los cerdos al ser sacrificados, mas son humanos, terriblemente humanos, se dejan oír.
Quiere gritar su nombre para anunciarle que está cerca, que a fin de cuentas no se han separado, que pueden seguir siendo los aliados que eran hasta el final, pero tiene miedo, ¿Y si es Mikah Odair? ¿Y si viene a por ella? El instinto de supervivencia frena su lengua, pero nada más, sigue dando aquellos locos pasos sigilosos en pos de Alabaster Faraday y sus gritos desaforados.
Únicamente por hacerle gritar así, quien haya sido merece morir, piensa, recordando la política de muertes relativamente rápidas de Alabaster. Esperando ver a Mikah, con nerviosismo, ansiedad pero una determinación parecida a la de su aliado, corre con todas sus fuerzas para poder verlo.
Alabaster cae deslizándose como una bolsa de carne sobre la tierra, una sensación fría le recorre el cuerpo todo, pierde el aire de sus pulmones y la fuerza en todas sus extremidades. Rápidamente se voltea con sus brazos a pesar de estar casi completamente debilitado, cree haber usado casi todas sus fuerzas en aquel movimiento… el crujido había sido real, su columna, rota en varias partes comienza a dolerle no como agujas, sino como si se quemara por dentro, siente haberse acostado sobre un brasero y aún con ello la temperatura de su piel sigue bajando más y más, tan solo lleva pantalones cortos y sudadera…
Ha perdido, miserablemente ha sido derrotado por alguien a quien ni siquiera tuvo en cuenta como un rival, y él le ha destrozado…
—Tendrás un final de traidor —Dice Connor, notoriamente agotado por tal maniobra estando herido. Aún sangra, pálido, nota Alabaster en su profundo sufrimiendo.
Grita de dolor. No espera nada en absoluto, el aire sale de sus pulmones en involuntarios chillidos que marcan el desgarrador sentir de sus heridas, no pide por ayuda ni por piedad, su mente confundida sigue atascada en la pelea y en cómo no pudo hacer nada al respecto, tan miserable y rastreramente ha perdido, connor no ganó de él ni siquiera un rasguño, derrotado, humillado y…
(oh mis piernas, mis piernas no se mueven ay mis)
no sabe que hacer al sentir sus piernas inútiles, dormidas, frías, insensibles. Pasando por el dolor intenta levantarse pero sin saber si es porque las ha perdido o por el agotamiento, apenas puede alzar un poco su cabeza del suelo de tierra. Y allí se queda, mirando sus extremidades inútiles, que no responden ni reaccionan, que ni tan siquiera parecen existir en su mismo plano. Muertas.
Connor lo mira unos segundos mientras se recupera, y al observar su ademán de levantarse planta su pie derecho sobre el pecho de Alabaster. Flojamente, el profesional vencedor empuja su pie sacándole desgarradores gritos a quien alguna vez fuese su compañero de alianza. El rubio, gritando desesperado, siente cómo el brasero de su espalda se expande, abriendo su boca en aquel gemido involuntario que se habría avergonzado de emitir si el dolor fuese menor, si tuviera aunque sea una mínima capacidad de avergonzarse todavía, después de haber perdido la pelea, la dignidad y seguramente la vida.
—Mereces quedarte ahí, traidor —Las palabras de Connor cortan más que la hoja de su espada, sobre todo para Alabaster que comprende cada una de esas palabras como una verdad irrefutable. No se arrepiente, quizá si doliera menos podría conversar sobre aquello, o probablemente conversar no porque le parece una pérdida de tiempo, pero ahora solo puede suplicar en su interior que todo pare.
Recogida la espada del suelo, y con el pie aún presionando sus heridas, Alabaster ve a la muerte reflejada en el filo del arma. Morirá decapitado, lo sabe, tanto como él deseó alguna vez ejecutar a Mikah Odair colgándola, Edgeworth le dará la muerte de los traidores, la muerte que quizá tuvieron Gold y Allumina Faraday. La está esperando, con los ojos abiertos como platos observando el plateado filo de la muerte en el metal. Mas la muerte no baja con la mano de Connor, se queda estática, suspendida frente a su nariz… una estocada y su cabeza estaría separada de sus hombros, sin embargo, esos segundos eternos en que Connor, verdugo, juzga con su mirada la vida de Alabaster acaban con un último pisotón despectivo.
—Faltaría el respeto a Clarissa si dejo que disfrutes de una muerte tan rápida, traidor. —Nuevamente, la voz de Edgeworth, tan nasal y que le pareciera tan ridícula, le restriega su victoria. Él fue un traidor mientras que Connor no, él perdió mientras que Connor ganó, él es… dejará de ser.
Antes de abandonar a su suerte como a un perro a un Alabaster agonizante y que ya carece de fuerzas hasta para gritar, Connor recorre todo el lugar con la mirada. Cada árbol, roca o arbusto… alguien estaría ahí dentro de poco, quizá la muerte, sin embargo, Connor no estaría ahí para verlo porque una alimaña traidora y oportunista como él no se lo merece. Al abandonar a su víctima Connor no deja de mirar hacia atrás, pocas veces los juegos verían a un participante tan capaz. Había sido un buen guerrero, eso no se lo discutirá a nadie. Asqueroso como persona; pero le hizo disfrutar cada segundo de la pelea y valió la pena vengar a Clarissa Carmichael. Desde luego, él no sabe haber vengado también a Dahlia.
Alabaster se queda ahí, agonizante, respirando entre estertores, con la herida de la nalga sangrando así como otras pequeñas y superficiales de la espada de Connor Edgeworth. Tantos proyectos, gobernar a Panem con justicia, ayudar a los demás, parar los Juegos del Hambre… ¿Quién era él para hacer algo así? Nadie, ni siquiera pudo vencer en esa contienda, mucho menos gobernaría el mundo. Es una estupidez y siempre lo fue, creer que él solo podría levantar masas, cuando ni siquiera puede levantar su destrozado cuerpo del suelo… cuando ni tan siquiera puede moverse…
(Alabaster Faraday)
Lo oye de pronto y sabe que se está muriendo, es imposible que ella esté allí. es su cabeza, repitiéndole su nombre como desde la primera vez que mató. Llorando de dolor y de autocompasión, se da cuenta de que nunca se habría podido acostumbrar a eso, ni aunque fuese un gobernador supremo. Matar le gustaba tan poco como hablar y…
—Alabaster Faraday… —Dice aquella voz muy cerca.
Alabaster abre sus ojos empañados en lágrimas y la ve, pequeña, con el pelo lleno de hojas secas, desabrigada para el frío que hace pero no tanto como él. Le tiembla el labio inferior, como si fuese a echarse a llorar en cualquier momento.
—Sunny —pocas veces la había llamado, pero esta vez lo dice en un sollozo convulsivo. Más allá del dolor, de sus heridas y desaliento, se siente aliviado.
Connor ha perdido.
Sunny, agitada pero con cada sensación corporal pasando a segundo plano, se dedica a ver el rostro de su compañero y ex aliado, a diferencia del resto de su cuerpo éste no presenta otra herida además de la de la mejilla, aún roja y ardiente, y a pesar de ello es la parte más frágil, llena de tantas emociones que ella jamás le vio antes. Alabaster se muestra en un tono enrojecido, con lágrimas que crean surcos sobre su rostro maltrecho y sucio de tierra y sangre. Olvidando la amenaza, el ataque de esas cosas y hasta que podría estar cerca su asesino, aunque no del todo, se arrodilla junto a él, queriendo algo, tocarle, decirle cualquier cosa, consolarle en aquel llanto desalentado, mas no puede, no tiene palabras, el diccionario de nuevo se ha alejado volando y dejándola allí, desarmada frente al peligro.
"¿De qué sirven?", se pregunta, con la pena más oscura embargándole el corazón. "¿De qué sirven tantas palabras si cuando las necesito no puedo usarlas, si cuando quiero desesperadamente curar a mi amigo…?" Intenta no llorar y lo consigue, por poco, mientras siente el calor del moribundo llenándola.
—Quería… matarte. —Dice él cuando puede, después de uno de sus silencios.
Sunny asiente, sin palabras porque no las tiene, se han ido, quiere demostrar con ese gesto que ya lo sabe. Piensa en decirle que ella también tuvo planes para matarlo a él, las jaulas de noche, su batalla final, el constante miedo que le había tenido, sin embargo, siente que es demasiado, algo que Alabaster ya se habría imaginado cientos de veces antes.
—No me entiendes —él, extendiendo una de sus manos heridas, intenta algo que Sunny no entiende—: quería matarlos a todos. incluso a mí. Quería…
Ella, con sus ojos enormes, lo mira unos largos minutos y asiente. El Dios Emperador del mundo, finalmente, tiene planes ambiciosos de gobernar desde la muerte. quiso pues ya no importa, dejar al Capitolio sin vencedor. Hace falta arrojo, uno del que ella carece porque necesita vivir. Se miran fijamente y ella niega con la cabeza, con tristeza, pero firme; Alabaster la entiende y le sonríe, como diciéndole que no pasa nada.
Ambos se quedan sin decir nada unos segundos, hasta que algo separa a Sunny de sus lúgubres pensamientos. Otra vez esa sensación fría y abrasiva, esta vez en su cuello y cuando voltea para ver por donde ha llegado, una gran cantidad de copos de nieve se acercan volando empujados por la gélida ventisca de la montaña, por fin han llegado allí, les han dado alcance después de que hubiesen querido escapar de ella. Alabaster incapaz de levantarse decide aprovechar lo que le queda de vida para hacer algo que no solía hacer por considerarlo infantil, absurdo, romántico y poco digno de alguien tan pretendidamente superior… con la vista en el cielo, las copas de los árboles le muestran sus ramas movidas por el viento, cada tantos segundos los pájaros alzan el vuelo, inocentes de los horrores que hay en la tierra; Alabaster piensa en los mutos, los Juegos del Hambre, los profesionales, y en él mismo, ninguno de ellos deja de ser un horror.
(tú eres más negro que gris)
Recuerda su voz comentándole aquello, cierto día, y sí, mirando su maltrecho cuerpo, sus horribles acciones, como la de alejarse del mundo después de la muerte de sus padres y despreciarlos a todos y cada uno, asesinar a un avox… lo entiende, es negro, es un horror. Pretendía ahogarlo todo en su falsa magnificencia que ni existe, él se la inventó, se inventó todo, , quería gobernar sin oír a nadie, quería ser él quien… ¿pero quién es él? ¿Quién ha dejado de ser?
—Hey… —Dice a su compañera, mientras ve el cielo llenarse de copos de nieve. —Creo que… me tenía en demasiada estima. Al final… era un perdedor… tan malo, que me tuvieron que casi asesinar… para que me diese cuenta.
El rostro de Alabaster comienza a mostrar los signos de su fin, los labios azules y la piel enrojecida, comienza a toser sangre y el dolor que ello le provoca se nota en sus ojos azules de zafiros…
—No eres un perdedor —Empieza la chica, se cubre la cabeza con un brazo para evitar la nieve que ya enblanquece todo el suelo. —Tuviste la nota más alta en las pr…
—¡Eso no sirve de nada! —Exclama, recordando al avox muerto, cómo el sable entró en su pecho, quitándole la inocencia. —tenía… —Interrumpe él entre toses y en un tono que hace sonar a cada una de sus palabras atropellar a la anterior —… grandes aspiraciones que… nunca se cumplirán… nunca se cumplirán porque el Capitolio no es el malo… y yo… yo no soy el bueno. —Los sollozos hacen competición con las toses, a ver cuál le dificulta más hablar. —Yo soy peor que… eso, soy Capitolio sin Capitolio, soy un… soy otro que al final es igual. Lo que es bueno… quien es bueno… es alguien como tú… nadie que desee el mal será el bueno… ya… ni siquiera sé qué estoy diciendo...
Y aquella es la otra ocasión en que ella le había oído hablar tanto, antes de que la muerte los separase. La muerte de él.
En segundos la ventisca se vuelve salvaje, el viento ya empuja a Sunny y le impide siquiera seguir de cuclillas. Por varios minutos están en silencio, ella no se ve capaz de hablar, pues es difícil hablar y contener las lágrimas al mismo tiempo, además de Sunny intentar proteger a Alabaster de la nieve con sus manos y parte del cuerpo, pero ya es imposible evitarla. Al menos puede evitar llorar, si bien la pena que siente sea enorme. Sabe lo que hizo en sus sesiones privadas, quizá esté de acuerdo con lo duramente que se juzga, pero ¡no quiere que se sienta así! No ahora que se está muriendo, no cuando le salvó la vida en la montaña sin ninguna obligación, no cuando le… le apreció de una manera callada que ella y solo ella entiende… lee el aprecio en esos ojos moribundos y no quiere dejarle morir, pero no puede cargar con su cuerpo, los juegos siguen, tiene que expirar y él.
Sin que se diese cuenta, sumida como está en sus pensamientos, su compañero la toma con el brazo izquierdo para atraerla hacia sí. Sunny no entendió lo de la mano, pero esto, más explícito, sí lo comprende, así que acerca su oído a la boca de Alabaster…
— Orfanato y centro de entrenamiento —Susurra Alabaster, de la forma más fluida y clara que puede —encuentra… todo lo que he escrito…
Ella asiente, buscando el oído derecho de él, frío como sus labios.
—¿Los… leo? —Le pregunta, con la voz entrecortada, las palabras saliendo con esfuerzo, como antes.
—Quémalo, es una… porquería —Alabaster es duro, enfático y moribundo. —Si me imitan terminarán como yo, habiendo desperdiciado su vida, esas ideas deben ser para personas correctas, yo no…
—Te ruego… Te suplico que… por favor… —toma aire frío para contener las lágrimas, y lo consigue. —Que no seas tan duro contigo, falta tan poco… pero si puedo, alabaster Faraday, lo haré…
—Sí… tú tienes algo que darme también —susurra él, sus dientes están rojos—: eso siempre fue mío…
Siempre se han entendido mejor con miradas que con palabras. ella, estremeciéndose de dolor, sabe a qué se refiere, y, con el cuerpo entumecido y el corazón doliéndole, mete las manos en sus bolsillos. Toma un puñado de jaulas de noche y las deposita en la mano de Alabaster…
—Creo que soy único —Dice mientras se quita el reloj de la mano izquierda, —pero no creo que eso sea malo, entre menos como yo mejor… no quiero hacer más corta mi vida, sobre todo ahora que la estoy disfrutando. Pero… tsk…. Gracias, eso siempre fue mío.
Alabaster sólo mira hacía arriba, parece buscar con la mirada algo que lo sorprendiese cada vez más. Era incapaz de verse así antes, con la cabeza llena de delirios de grandeza, gobernar, ser superior, llevar a las pobres mentes a la paz que no iba a ser paz sino más dolor porque él era incapaz… pero sucede… a pesar de todo el dolor y el frío, lamenta que no pudiese vivir más de eso, mirar más los árboles, la nieve, hablar con Sunny o más bien escuchar a Sunny, una persona tan especial…
Sunny, como último gesto guarda el reloj de su compañero en uno de sus bolsillos, jamás lo usaría pero desea conservarlo, y él también quiere que ella sea quien lo conserve, después de todo no tiene a nadie más, por muy poco que se conozcan. Se queda un rato más allí, sigue intentando protegerle de la nieve, pero ya incluso ella está medio sepultada, temblando, con los labios amoratados y el mentón temblándole, hay mocos sobre su labio, pero aún está allí, con él, sin hablar como siempre.
—Ve… te dará… frío —musita, adormilado.
—Me niego —solloza ella. es un sollozo suave, pero firme. Las lágrimas calientes le dan una agradable sensación en las mejillas.
—Por… por favor.
Alabaster ha cerrado los ojos, pero sigue atento del sonido del viento, el crujido de las ramas ante la fría ventisca, el aleteo de las aves que buscan un lugar mejor. Sunny no escucha el cañón en ese momento pero hace el ademán de levantarse, duda que Alabaster haya pedido a alguien un favor, y la primera vez que lo escucha es algo hacia ella, para volver a salvarle.
—Adiós, Alabaster Faraday —dice, y aunque no lo hizo ni con Robert ni con Zachary, a él sí le da un beso en la fría mejilla. —Nos vemos luego.
—Tsk… Espero… que no… —murmura, chasqueando los labios a la altura de su mejilla. Ella la acerca, temblando, y él posa brevemente sus labios amoratados.
Se levanta, mirando por última vez hacia atrás. Alabaster está sonriendo, disfrutando los copos de nieve cayéndole en la cara.
Al alejarse sus pies, ya producen ese particular sonido de la primera capa de nieve en el suelo. pensó que no volvería a girar, pero lo hace, voltea una vez antes de irse y ve al chico mantener la sonrisa. Los que no lo conociesen pensarían que murió en total desesperación, sin embargo, Sunny sabe que los últimos minutos de vida de Alabaster fueron los más sinceros, tanto con ella como consigo mismo. Adentrada en un bosque ahora en proceso de congelación, Sunny oye el disparo del cañón.
Y quedan seis para volver a casa. Por alguna razón, quiere hacerse bolita en un árbol y llorar hasta quedarse seca. Su compañero, a quien su destino se entrelazó desde la primera mirada, está muerto. sin embargo, no puede rendirse, debe luchar.
No solo por Thomas, ahora… también por Alabaster Faraday.
Encomios:
Puesto 7º Marcus Armitage, m6 — nomuertos/revivos.
Marcus: me hubiese gustado mucho darle más protagonismo a tu muerte, te quería mucho y fue brutal y terrible como todas las mías, parece jajaja. Te quiero mucho, pero en último lugar correr no te sirvió.
Puesto 6º Alabaster Faraday, m1 — Connor Edgeworth/ Alabaster Faraday.
Alabaster: no fui capaz. Te quise, te odié y te volví a querer, todo tan pronto, y cuando llegó la hora de escribir tu muerte… simplemente no pude. Me trabé, lloré, me frustré, quise matar al mundo y al final terminé pidiéndole ayuda a tu dueño para que por favor te matase. Te amo, no eres un héroe de los que me gustan ni un villano, fuiste un tipo que aprendió, que cambió, que no abandonó sus ideales sino hasta que se dio cuenta de que no era un ganador. Eres como un Tanaka pero en bonito. no sé qué decir…
Nota del creador: Cuando Soly me llamo para pedirme que escribiera tu muerte, me quede sorprendido. Siempre le dejé total libertad contigo, y no me arrepiento porque he disfrutado mucho la historia. Quería un rebelde malvado, un loco, fuera de los clichés incoherentes de los que estoy algo cansado la verdad, y te confié a Ludmi primero a ver que hacía. Pero después surgió esto de extremos, y Soly te pidió. Dude, no diré que no, pero al final accedí y ha hecho un genial trabajo. No te quedaste en el cabrón malvado pero rebelde y megalómano, evoluciónaste lentamente, los toques de humor que tuviste fueron geniales y tu relación con Sunny, me gustó que la respuesta fuese el amor xD. Me dolió escribir tu muerte, Soly tenía una idea de cómo sería pero no se veía capaz de escribirla. Eres el primer personaje de syot que se me muere u.u
Y algo más. Públicamente diré que Alabaster Faraday muere aquí, a Ludmi le enviaré otro tributo, estoy trabajando en ello. Siento que quedo demasiado genial como para trasladarlo,, y le tendré menos aprecio.
(más detalles sobre la verdadera causa de muerte de Alabaster en capítulos sucesivos).
Nota:
Nooo. Este capítulo ha sido snif snif. Espero que les guste así y todo la historia.
En el siguiente, lo que pasó con los revivos no muertos, con algunos personajes como Mikah.
Ya, oficialmente quedan dos para que se acabe la arena. El que viene y uno más.
Saludos.
