Capítulo 26. Los pro y los contra de arriesgarse.


Ni cinco minutos después de haber oído el cañón que anunciara el triste deceso de Alabaster Faraday, Sunny Tyson encuentra las pertenencias de su ex aliado muerto. estuvo buscándolas, claro está, cuando vio a Alabaster tendido en el suelo se hallaba sin equipaje. Entre tales pertenencias había un poco de pastel de frutas, un resto de crema cicatrizante para heridas y otras cosas que ya ni recuerda, mas le serían útiles tan cerca de la final. Seguramente, había pensado con lógica, las dejó entre unos árboles para poder acceder a ellas cuando terminara con su rival. Solo que fue al revés, el rival acabó con él. Todo aquello sería útil al chico, claro, pero no ahora que no puede utilizarlo. Pese a la pena que se le ha aposentado, firme, en el corazón, Sunny piensa que les puede dar mejor uso que dejarlas en la nieve para que se congelen.

Alcanza a ver una de las mochilas sobresaliendo desde la capa de nieve que la cubre casi por completo, destaca negro sobre blanco y se apercibe de que, efectivamente, allí está todo tal y como supuso. Tiene la chaqueta ya puesta, desde que se guareciera en el árbol, pero los guantes se le habían roto y el frío le entumece de tal manera los dedos que le duelen, cuando desentierra las dos mochilas que su aliado cargaba todavía. De milagro no se lastima con la katana que se había desenterrado con lo demás, por suerte la ve a tiempo. También tiene frío en el cuello, la bufanda la empleó hace… tanto ya… con el gigante de hielo. Cuando aún vivía Zachary Bayer, se dice. Y Alabaster, piensa luego.

El mentón le tiembla con un sollozo que aún desea contener, al menos por un segundo más. Alabaster era fuerte e implacable, pero más aún se había mostrado compasivo con ella al verla llorar, propinándole una palmadita en la cabeza y con sus ojos brillantes de pena y vergüenza porque no parecía acostumbrado. Ella entendió su sentir, le aceptó en aquel momento de íntima tristeza y le valoró… Tan solo había sido el día anterior… el rostro se le frunce por sus ansias de contener las lágrimas, la muerte del joven profesional es tan definitiva, tan ardiente y tan certera que la marea por un momento, mientras abre la mochila. Allí ve, perfectamente doblado, el atavío invernal de su ex aliado, desde la chaqueta, el chaleco, camisa, el pantalón y hasta la bufanda. Recuerda cuando se encontraron, ella aún le despreciaba por lo que había hecho con el avox, por ser quien era, un profesional voluntario, y sobre todo por el orgullo de creerlo parecido a Thomas, era una estupidez, realmente lo había sido… y él, Alabaster, en pantalón corto, moviendo los brazos, incómodo, queriéndole decir que deseaba cambiarse de ropa antes de ir al hielo… ella, con impaciencia y burla, vigilando con la honda mientras él se cambiaba…

–Dah… –un estruendoso sollozo escapa de su boca que hasta entonces lo había contenido con bastante éxito, pero es irrefrenable ya.

Alabaster Faraday siempre tuvo que morir en sus planes, proyectos y en una historia donde ella volvía a casa, convirtiéndose en la reina de la colina, sin embargo ahora está muerto y duele tanto… duele más de lo que pensó que una muerte dolería. ¿Por qué tuvo que morir? ¿Por qué, Capitolio? ¿Treinta años no son demasiados años ya? ¿Cuántos niños…?

Se queda unos segundos allí, llorando desconsoladamente, hasta que recuerda aquel rostro atractivo y sonriente, cubierto de nieve, con los ojos perdidos en el cielo, y su beso húmedo sobre la mejilla. No era la muerte que su compañero quería, pero fue la que aceptó.

"Ahora hónrala, Sunny, y acéptala de vuelta", le dice Thomas en su habitual tono sin pizca de condescendencia hacia ella.

Thomas es más que su rival y siempre lo había sido. De alguna manera fue, de niña, un ejemplo a seguir, un modelo, solitario y feliz, que vivía su vida como se le antojaba. Luego se convirtió en alguien a superar, y se esforzó durante años para ello, siempre intentando demostrarle que era digna y más. Ahora, mientras le sugiere que honre la muerte de alabaster, no tiene ganas de debatirle acerca de nada, reconoce que lleva toda la razón. Alabaster Faraday no querría verla llorando como una niña, le chasquearía la lengua y le diría que no fuese una llorica dramática. Solo que, cada vez que él la vio llorar, nunca la trató de llorica dramática. Ese era Thomas.

"No llores, eso me incomoda", algo así diría, ¿no? Casi lo está oyendo, y su chasquido de lengua que le era tan típico… Ese chasquido que la había irritado tanto cierto día, cuando caminando lo había hecho hasta que acabó gritándole… una risa lacrimosa la sacude entera, y ríe por unos momentos más, rebuscando entre las cosas de su compañero.

"Tse… Eso es, Sunny. Faraday, cursi como es, valoraría esa risa. Yo lo hago por otros motivos… si estás bien anímicamente, estarás lista para lo que viene. Ser la reina de la colina. Mi reina." Ahí está Thomas, de nuevo, animándola de esa particular manera. Le gustaría tener a Alabaster sonriendo y asintiendo dentro de su cabeza, pero sabe que a él no lo ha introyectado de esa forma tan colosal. Vínculo primario, se dice. Thomas es mi vínculo primario.

Encuentra lo que buscaba entre la ropa, la bufanda negra. La extiende, con las manitas temblorosas, y se rodea el cuello con ella. huele mal, a sudor y perfume desgastado, también un poco a humedad, es el aroma que ella misma posee en todo el cuerpo, pero con la esencia de Alabaster debajo, una especie de perfume artificial y capitolino. Seguramente se lo puso porque sí, piensa, y se da cuenta de que no puede recordar el olor original de su ex aliado, nunca estuvo tan cerca de él, excepto en la fiesta o biblioteca, y en aquel momento solo veía una suerte de Thomas con muchas menos comidas encima y más peligroso. De cualquier manera, lleva la bufanda sobre su inseparable corbata negra, y así se quedará. No quiere pensar en lo rara que parece, quizá alguien tan romántica como ella pensaría que lleva en su cuerpo los símbolos de los dos amores de su vida, mas tan lejos no llega; se trata de su amor y alguien que pudo ser su amigo, si los Juegos del Hambre no existieran.

En la otra mochila encuentra unas vendas que nunca usaron, alcohol gel que está casi vacío, recordando las veces en que Alabaster lo empleaba para lavarse las manos sonríe y lo vuelve a dejar en su sitio, los restos de pastel de frutas, aún bueno pero por poco, la botella de vidrio vacía, más vendas, un paquete de galletas saladas y el enorme pote de crema cicatrizante instantáneo, que aún tiene algo así como la mitad. Alabaster se había herido tanto para salvarla… y ella le salvó de vuelta con el cuchillo de Mikah Odair…

Se reconcilia con la parte que asesinó a un avox y a Miles Near, con la parte que la había mirado a los ojos, buscando su asentimiento al asesinato de Dahlia. Ya no vale la pena pensar en eso, ni despreciarlo por eso; de cualquier manera está muerto, y él mismo admitió su error. Si no es capaz de perdonar, entonces, ¿Cómo podrá esperar que los parientes de sus víctimas la perdonen?

Guarda lo poco que se llevará en una de sus mochilas, se termina el pastel de frutas, sentada sobre la otra mochila, con la nieve cayéndole en la cabeza y un par de recuerdos sobre todo lo que le ha pasado transcurriéndole en la mente, ni cinco minutos tarda cuando otra vez está en pie, dispuesta a seguir camino. La amenaza, se dice, implacable. Los cuerpos de sus compañeros tributos, tiene que moverse. Quizá con la bufanda despiste su aroma, no lo sabe, pero aún así necesita seguir. De manera que se despide del remanente de Alabaster Faraday en la arena y en la tierra, y toma rumbo al camino real, donde nada la sorprenderá si no se deja sorprender.

En sus bolsillos lleva algunas piedras, menos de las que le gustaría, un par de cerillas y un pesado y grueso reloj de oro. Lo más importante legado por Alabaster Faraday no son ni vendas, ni pasteles ni cicatrizantes, sino aquel grueso artilugio de oro que, cuando lo consulta, ve que son cerca de las 8.30 de la noche. Suspirando, y acariciándolo brevemente, lo guarda en el bolsillo. No piensa ponérselo, pero si gana, si lo llega a lograr… piensa conservarlo por todo lo que le quede de vida, en honor al joven que le salvó.

Mientras anda, va excavando en las superficies menos gruesas de nieve en búsqueda de más piedritas, con peligro de congelarse los dedos, pero no le importa mucho si su mano derecha sigue operativa. Dirige sus pasos hacia el sur, alejándose de la amenaza que no está viva ni muerta, y por eso recolecta más y más proyectiles a fin de defenderse. Ya vio que, en caso de no fallar, un solo impacto en la frente los derrota. Está dispuesta a tirar a matar, al menos al arma definitiva.

Y si las lágrimas vuelven a rodar por su rostro, recordando aquel camino en compañía, y si todavía piensa en Alabaster Faraday con lástima, no se culpa. Solo lo deja fluir, mientras se mueva y tenga un objetivo está en pleno derecho de sentir lo que quiera. Y siente tantas cosas…


En la plaza de Capitol Hill, miles de personas están pegadas a las grandes pantallas, observando atentos y divertidos lo que acontece en el estadio. Julio supone que en los distritos es igual, congregados en la plaza viendo el destino de sus tributos. Pocas veces se ha dado que un banquete coincide con la final pero en la sangrienta edición 30, con rencillas y al quinto día, los tributos que quedan se dan toda la prisa que pueden por terminar cuanto antes para volver o morir, dependiendo del caso.

–Ya, tranquilo, pasará –Heracle le pone una mano en el hombro con tacto–: tuvo una linda muerte, al final Sunny alcanzó a llegar y… ya… ¡pero no llores de nuevo!

Julio, sin contener las lágrimas, se abraza a su mejor amigo y compañero. Alabaster Faraday, tan frío y desapegado en apariencia, resultó ser más emocional que su aliada, dándole incluso el reloj de su mano izquierda. Tuvo una muerte horrible, con la espalda destrozada y congelándose en la nieve, y las jaulas de noche que mordió al final, cuando Sunny no podía verlo ya. Había sido tan… Julio aún tiembla, llorando. El de efectos especiales se había lucido con una pieza dramática pero épica, espera que a la chica del 10 le guste cuando lo vea si consigue ganar. Para Julio, con Connor herido y Mikah medio congelada, tendría todas las papeletas para vencer de no ser por el dueño del arma definitiva.

–Es que… snif… tú no entiendes… eran mi alianza favorita… –se aferra a su compañero vigilante, quien pone los ojos en blanco.

–Vas a tener que acostumbrarte, ya llevas dos años, cualquiera diría que no te afectarían estas cosas –le dice, acariciando brevemente su cabello.

–Y ahora Sunny está tan sooola… –llora, sin oírle. Es cierto, debería estar acostumbrado, pero entonces llega un tributo promesa y se encariña tanto y tanto, ¡y tiene que verlos ganar!

–No parece que le importe mucho, ¿eh? –le dice Heracle, enfocándola brevemente–: ups, corrección, sí le importa.

La chica se halla caminando por la nieve en dirección sur, ya con la chaqueta puesta y la bufanda de Alabaster, así como la crema cicatrizante y otras pertenencias que consiguió sacar de la mochila que había encontrado tirada en el camino junto con las espadas de recambio. Las lágrimas corren por su rostro a raudales, pero mientras camina, recoge piedritas para la honda, redondas, contundentes y pequeñas. Descarta algunas, se congela un poco sus deditos rebuscando y toma otras, mas sigue llorando, sin emitir sonido alguno, solo con lágrimas deslizándose mejillas abajo, algunas quedan atrapadas en sus labios, fruncidos en una mueca de pena bastante fea, y otras mojan aquella bufanda negra.

–Se ha roto –dice Julio con tristeza, deseando abrazarla… su pobre chica lista y triste.

–Si estuviera rota, ahora mismo estaría de rodillas en el suelo con el dedo en la boca y lloriqueando –Heracle niega con la cabeza–: es normal que llore así por su aliado, pero está recogiendo piedras, ni siquiera camina sin rumbo. Ni idea adónde va, pero yo no la veo rota por lo menos.

–Va en dirección a Mikah –Julio examina los rastreadores de ambas, ni a medio kilómetro de distancia. Parece preocupado y lo está, pero por lo sagrado que tiene ganas de ver un enfrentamiento entre esas dos, ya se había augurado cuando la profesional del 4, con ayuda de los vigilantes, había montado esa trampa caza bobos con el cadáver de Zachary.

Otro de los vigilantes sonríe radiantemente al ver aquello.

–Ya hay que despertarla o se va a morir congelada y la jefa nos va a colgar de ya sabes dónde –dice.

Casiopea Anglevin, dignamente, le ignora, pero se ve molesta. Sus ojos heterocromos, disgustados, observan a la chica dormida, cada vez más cubierta por la nieve, con los labios azules y copos en el cabello castaño. Se ve hermosa e indefensa, las manchas de sangre de su ropa y pelo han desaparecido y ahí solo está tirada, frágil y pequeña, temblando cada vez menos.

–¿Cómo es posible que un tributo tan prometedor acabe así? –Pregunta, molesta, golpeando el escritorio con la larga uña de su dedo índice izquierdo. Mikah tiene una sonrisa, las mejillas arreboladas y nada más, soñando y pensando en el calor.

Julio está de acuerdo con la jefa, no es posible que alguien que dio tanto por el país y por los juegos muera de una forma tan poco digna, ni siquiera Alabaster Faraday, que al final resultó que iba a darle un giro raro y loco al espectáculo. Tal cosa no fue transmitida a los distritos, por supuesto, ya bastante se tuvo con que el Capitolio lo supiera.

–Podrían transmitirla por dos minutos enteros, a ver si algún patrocinador desembolsa algo –opina Julio con su voz profesional un poco enturbiada porque tiene frescas las lágrimas de un par de minutos atrás.

En cualquier momento, a un novato como él le habrían ignorado aquellos, mayores y más expertos, pero no en ese. Las relaciones con el exterior son su terreno, a fin de cuentas, él es quien examina los patrocinios, hace tablas estadísticas, interactúa tanto con mentores y patrocinadores… Casiopea Anglevin asiente con la cabeza y eso hacen, mostrando intermitentemente a Mikah Odair muriendo de frío en la nieve y a Sunny Tyson, su enemiga, con quien ya había tenido un encuentro que terminó en nada, que va hacia ella sin saberlo, recogiendo piedras y llorando intermitentemente. Sin embargo está atenta, cualquier ráfaga más intensa que las demás la sobresalta, intenta no hacer ruido al andar y sus enormes ojos, aunque empañados, se trasladan hacia todas partes. Va casi corriendo, quizá en unos tres o cuatro minutos esté ya a la altura de Mikah, su enemiga, a la que no le tendrá que hacer nada para dejarla morir.

Los dos minutos pasan, y Casiopea hace un gesto para cambiar la escena, que si no en Capitol Hill se van a aburrir y nadie quiere permitir eso, al menos no los vigilantes.

–Ahora, un poco de felicidad –Heracle cambia la vista panorámica de aquel blanco deprimente.

entonces Julio lo ve, allí en la pantalla, atiborrándose, solo, de las delicias del banquete. Los ojos oscuros del vigilante se llenan de odio, detesta a ese chico de los mil infiernos. ¡No ha hecho prácticamente nada! Solo pegarse en las bolas con una roca y caminar por el desierto sin descanso, ah, y montar al gran gusano, pero prefiere olvidar eso por lo ridículo que fue. Milaryon Lestrange, dueño y señor del Arma Definitiva, bebe un poco de jugo de piña y come canapés, con sus monstruos al lado. Los había llamado, empleando el aparato electrónico que tiene en su poder, y ahora se hallan todos reunidos a su vera, heridos, monstruosos, con sus colmillos voraces que parece que ni le afecta ver.

No son los verdaderos cadáveres de los tributos, por supuesto, ellos habrían sido demasiado difíciles de programar. Son solo monstruos modelados con forma humana, bastante exacta y perforados con idénticas heridas que sus versiones originales, y diseñados para captar el aroma de la sangre de los competidores, todos excepto el convocador, o sea Milaryon. Julio no tiene idea de eso porque no trabaja en el departamento de mutaciones, pero sabe que son como perros con rabia, y no dejan hueso entero. Al menos, eso ya lo vieron con Marcus Armitage, ese pobre infeliz. ¡Esta edición ha estado plagada de muertes feas! Abriendo con Emily, ningún corazón ha podido mantenerse sin temblar ante al menos una. Desde que es vigilante, no ha visto muertes tan salvajes o un ensañamiento similar a los de la trigésima edición. Poco a poco, se está viendo más como un espectáculo que como el castigo que comenzó siendo.

–¿Seguirá comiendo? –Pregunta Heracle, un tanto aburrido.

Nadie lo sabe, ese chico ha resultado ser impredecible y les ha dado dolores de cabeza desde que empezó a caminar al sur y más al sur, obligándoles a crear distracciones sobre la marcha para no desperdiciar una vida en algo que no fuese en pro del espectáculo, aunque de buena gana muchos se lo habrían dado de cena al Gran Gusano. esperan que no, pues con tal arma a su disposición más le vale salir a cazar, tiene bastantes tributos como para entretenerse. Julio está a punto de abrir la boca para despotricar sobre lo odioso que le parece, cuando unos golpes en la puerta suenan en la sala de control, sobresaltándoles tan cerca del final, a unas seis horas como mucho. Casi dando un salto, el menor de los vigilantes corre hasta ella y la abre, es su trabajo después de todo.

Fuera se halla un hombre de unos treinta años, bronceado y bastante atractivo, con un diente de oro y un bigotito negro y recortado. Ulises Brown, vencedor del distrito 4 y mentor de Mikah Odair. Arrogante, determinado y sobre todo con mucha prisa, prácticamente le pasa por encima a Julio.

–Apártate, novato –dice, mirándolo por sobre el hombro–: señora Casiopea, un patrocinador manda esto a Mikah. Hágaselo llegar, por favor… es súper urgente…

–Ten cuidado con cómo me hablas, provinciano –el joven, molesto, se cruza de brazos–: mira que si quisiera no le haría llegar nada a tu tributo.

–No jodas, novato, tienes que hacerlo –Ulises prácticamente se le carcajea en la cara.

–Julio tiene razón, Brown. No fastidies y respeta a tus superiores o tu tributo muere ahí tirada –Casiopea le pone los puntos sobre las íes de forma brutal. Si por eso es la jefecita, piensa con afecto Jansen–: a ver ese regalo.

Ulises Brown podría haber creído ningunear a un novato, pero no se la jugaría con la vigilante jefa, piensa Julio, así que le muestra lo que trae envuelto en una pequeña telita. Es un inyectable preparado con una solución rojísima, que él conoce bastante bien por haberla usado alguna vez, en los cursos de preparación para vigilante, cuando tenía ganas de volar. Un par de milímetros a la vena y Mikah Odair podría levantar dos edificios con sus manos, casi, y desde ya que su cuerpo de la nieve lo pararía seguro si tuviera tamaña fuerza.

–Euphoria –Heracle Morris la mira, con los ojos como platos–: por lo sagrado, anda a enviársela ahora. Es urgente, Julio.

Heracle está mostrando la ubicación y las acciones de Mikah. Ella, con los ojos como platos, mira hacia el camino, donde una pequeña figura cargada con una mochila se va alejando más y más. La chica tiene los ojos verdes muy fijos, el cuerpo convulso y unas ganas locas de ir a su siga se traslucen en su morena cara llena de nieve. Solo le faltan las fuerzas, mas parece no importarle, intenta incorporarse y como no puede, se arrastra, como un gusano sobre su vientre, ayudada de manos y piernas, con los miembros ya casi insensibles siendo forzados por aquellas insanas ganas de vengarse. Había repetido el número de Sunny tantas veces mientras andaba, la pobre… frenética por matarla, tanto a ella como a Alabaster, a quien sí mencionaba por su nombre ya que lo conocía. Tenía la pierna magullada, primero por la piedra de Sunny en la rodilla y después por un par de caídas, siendo lo que le jugó en contra para ir al banquete, y lo que la perjudicaría si no tuviera aquel suculento regalo a punto de llegarle.

Julio sale prácticamente corriendo hacia la pequeña salita de los regalos y la computadora, y llevando a cabo el procedimiento secreto lo engancha al paracaídas, insertando las coordenadas donde se halla la joven profesional del distrito 4. En cuanto lo envía se va, con pasos apresurados, a la sala de al lado, donde se está transmitiendo el momento en que Mikah Odair ve el paracaídas descendiendo del cielo, directo hacia ella, el viento lo mueve bastante pero Julio tuvo previsto eso, de manera que consigue llegar casi junto a ella, adhiriéndose a la nieve poco más al sur. la jovencita, desesperada y con ojos brillantes, se extiende todo cuanto puede, y como no lo alcanza todavía, se arrastra hasta tomarlo con su mano congelada y temlorosa. En un tris, lo más rápido que puede, todavía con los ojos en el camino, abre el regalo y ve la jeringa, hasta los bordes de un líquido rojo y con una aguja. Julio no tiene idea de si en los distritos conocen Euphoria, estaría bueno para que trabajen más rápido, si es que a veces son unos zánganos y todo. Sin embargo, conociéndola o no, Mikah asume de inmediato lo que es, pues da una pequeña risita ahogada.

La mira por un segundo, apartando por fin los ojos del camino donde quiere correr, y aprieta ligeramente los dientes pensando en el frío que sentirá en el brazo pues tiene que sacarse el chaleco, asume julio. Sin embargo no es eso lo que hace.

–¿pero qué…? –A Casiopea Anglevin, que pocas cosas la sorprenden, aquella la ha dejado patidifusa.

Mikah Odair se ha levantado el chaleco, sí, pero a la altura de sus medianos pechos de sirena. La nieve le besa el moreno y bello vientre, enrojeciéndolo algo. Temblando de frío, palpa desde sus costillas, por debajo del esternón, y encuentra el sitio, el punto exacto. Tomando aliento, con una expresión de total resolución en su cara, Mikah clava la aguja con fuerza por debajo del esternón, en dirección al corazón, y aprieta la parte trasera de la jeringa para que la solución se le vaya directo al torrente sanguíneo. Grita de dolor, un par de lágrimas caen desde su rostro, se ve que tiene un umbral muy bajo, pero no le importa, la clava más mientras aprieta, aprieta… hasta que la vacía por completo e instantáneamente, sus ojos cobran otra expresión, sus miembros se sacuden, la jeringa rueda lejos, ya sin importancia.

–Puta loca –Julio no puede evitar decir. Él se había puesto muchas veces Euphoria al brazo. Más lento en comparación, sí, pero mierda… ¡mucho menos peligroso!

Todos esperan que le dé un paro al corazón a esa provinciana irresponsable, lo están viendo ya, su rastreador pita y se vuelve loco, Julio casi la ve contorsionarse en el piso, llena de una adrenalina imposible de controlar, pero después de unos segundos, queda claro que no sucede. Mikah, con renovadas energías, se pone en pie, ya sin temblor, con una expresión homicida en sus ojos. no parece sentir el dolor del pecho o el de la pierna, se tropieza un poco con la nieve pero no le importa, y sale corriendo rumbo al camino, con su pelo mojado casi flotando en la ventisca.

–Parece que ya tenemos ganador, chicos –Heracle Morris se seca el sudor de la frente–: puta cría con ovarios, que me…

Nadie puede contradecir esa afirmación. Mikah Odair se la ha jugado en serio, arriesgando su vida por la persecución. Y ahora allí va, más rápido que Sunny Tyson, intentando recortar distancias, guardando con celo su único cuchillo hasta cuando pueda emplearlo.


Milaryon Lestrange se siente satisfecho. Ha comido bastante, bebido mucho y encima es poseedor del arma definitiva. Tiene catorce Espectros, sabe que no lo son pero le gusta llamarlos así porque suena peligroso y oscuro, como fuese. En su vida plagada de mala suerte, donde siempre fue el apestado picoteado por abejas, al que siempre enronchaban las pulgas, el que recogía menos grano, le alegra que algo le saliera bien, por una vez al menos. No puede dar por sentado que ganará los juegos del hambre porque eso no se sabe hasta que las trompetas toquen, pero de que lo tiene más fácil, es innegable.

Quiere olvidar cómo despedazaron al tipo del 6, Marcus Armitage, su ex aliado por tan poco tiempo. Pretende olvidar cómo se le lanzaron encima, los dientes perforando carne, el brazo derecho prácticamente arrancado del cuerpo, sus gritos agónicos y sufrientes, porque teme vomitar la deliciosa comida capitolina que se acaba de servir. Supone que, de haber tenido algo en el estómago entonces, lo habría echado sin más porque fue una escena horrible. Marcus, qué dice… cualquiera, no debía morir así, sabe que es lo que tiene que hacer pero igual le da asco y horror, sus bestias son demasiado salvajes pero sería un tonto si no las usa. Y Milaryon podrá ser feo, apestado y todo lo que la gente diga y hasta el espejo o las dunas le susurren, pero un tonto no es.

Así que las piensa usar, y que se joda el resto. Siempre puede cerrar los ojos y gritar fuerte "lalalala" para no oír los gritos de dolor de sus futuras víctimas, que serán muchas. Serán todos, se dice, poniéndose en marcha. Y sí, abajo el Capitolio, abajo los juegos del hambre, rebeldía por siempre y todo lo que se quiera, pero no ahora, con permiso, que primero tiene que vivir.

Su jauría le rodea, algunos por delante (como Robert Halloway), otros cubriéndole la retaguardia (ahí están Lisa y Collie). Le da por pensar que los terminó manipulando y usando incluso de muertos, algo que hace que sus labios se tuerzan en una sonrisa taimada. Mis intenciones fueron sinceras, le gustaría decirles y no mentiría, pero ya qué más da, él vive y ellos no. como sea, también tiene espectros a sus costados. Al lado derecho tiene a la profesional del 2, guapísima y casi para rechuparse los bigotes incluso muerta. Que le perdonen parientes, novio vencedor y lo que tenga, pero Dahlia Fey está preciosa y más. Se avergüenza de esos pensamientos tan raros y un poco asquerosos, pero bueno, si no salen de su mente está bien. Son ellos quienes le guían, él solamente los acompaña porque solo sería demasiado vulnerable. Hace cada vez más calor, un rato atrás se había dado cuenta de que el bosque se estaba secando con rapidez, expandiéndose el desierto como si lo persiguiese .

–Señores vigilantes, han sido muy corteses por traerlo hasta aquí, pero contrario a lo que puedan creer, el calor no me gusta –dice, mirando al cielo con otra sonrisa. Bien está que se haya pasado todos los días hundido en las entrañas del desierto, pero cuando salió fue el más feliz del mundo.

Los vigilantes no le hacen caso, el bosque sigue secándose de norte a sur, el calor marchita árboles y césped en la dirección en que va andando. Sus bestias no son sigilosas, de hecho hacen bastante ruido, pero por primera vez desde que entró a la arena, Milaryon no tiene miedo, está seguro.

Caminan un buen rato, internándose en el bosque, hasta que por fin encuentran a alguien. Al chico le parecen horas, aunque en realidad ha sido una media a lo sumo, cuando alguien sale corriendo de su escondrijo, al ver que se estaban acercando demasiado. Ni a sus bestias ni a él se le pasó desapercibido el movimiento, además seguramente pueden olerlo o están programado para seguirlo, el asunto es que pueden dar bastante fácilmente con su paradero. La persecución no es tal, son un par de minutos de correría sin sentido, hasta que Clarissa Carmichael y Robert Halloway consiguen atrapar a Alan Blake, el chico del distrito 5, que se debate e intenta pelear con su pequeño cuchillo.

Pues bien, se dice Milaryon, secándose el sudor de la frente. Llega la hora de cerrar los ojos y gritar lalalala para no verse perturbado de nuevo. A fin de cuentas, ya sabe cómo matan.


Sunny Tyson va trotando por el camino, hace rato se halla rodeada por abetos, sauces y los otros árboles grandes de tronco nudoso cuyo nombre ignora. El ruido de la ventisca es demencial, le duelen los oídos por el intenso frío, nunca había estado el viento tan gélido y eso que está acostumbrada a las bajas temperaturas, así que se ve obligada a calarse el gorro hasta reducir, aunque fuese un poco, el malestar. Sin embargo, oye el sonido del cañonazo y se tensa automáticamente, aminorando la marcha de forma instintiva. Tiene curiosidad y desazón por el asesinado y su asesino, pero no dejará que eso la detenga por más tiempo, el frío no es la única razón por la que tiembla.

Está siendo perseguida y lo sabe.

Quizá unos veinte minutos atrás se dio cuenta, cuando oyó un par de pasos y resbaladas sobre la nieve que a algún habitante en entorno urbano le hubiesen pasado desapercibidos, pero no a alguien como ella, acostumbrada al entorno natural de la montaña donde pastoreaba ovinos. Se había detenido entonces, escuchando, atenta, con la honda en la mano, solo para que sus sospechas se viesen confirmadas. No es ni el viento ni la nieve, volando a su alrededor por aquel paraje blanco de perpetuo, sino que son unos pasos rápidos y amenazadores, pasos que saben que Sunny está ahí delante y que harán lo posible por reducir distancias. Pensando en posibles asesinos (las cosas que se asemejan a los tributos, Connor Edgeworth, Mikah, Mikah, Mikah, con un retortijón en el estómago) había acelerado más la caminata, no tan insensata como para correr pues las caídas son más abundantes a mayor velocidad, pero sí trotando lo más rápido que puede, intentando preservar su vida de alguna manera que no sea la lucha directa, que nunca se le ha dado bien y lo sabe. Quedando tan pocos (¿cuatro personas? ¿Tres más ella, no? ¿No? No?...) no puede darse el lujo de caer ante los más fuertes, y sabe que son ellos los que quedan. El dueño del arma definitiva, el otro profesional restante si el dueño es uno, y una persona más. ¿Alan Blake? Lo duda seriamente, a no ser que se trate del dueño del arma. ¿el chico del 6? Es fuerte físicamente, no obstante nunca le dio la impresión...

"Piensa, ¿quién podría haber llegado tan lejos armado con una sonrisa y con sus ladinas truhanerías?" Se pregunta, pero no es necesario que responda en voz alta porque lo sabe. ¿No se había dicho, de continuo, tener cuidado con él? ¿No lo había apuntado en las notas que dejara en el centro de entrenamiento? El sujeto del distrito 9, o bien es el dueño del arma o el otro que queda con vida. Pero, ¿es él quien la persigue? No quiere imaginárselo, si bien sería la mejor opción. Su espalda le duele de solo pensar en el inmenso Connor Edgeworth, muy posiblemente asesino de Alabaster, lo sabe porque Mikah lo hubiese apuñalado o arrojado un cuchillo por la espalda, aquel fue su modo anterior. Además, ¿Connor Edgeworth no es un experto en peleas de contacto? Recuerda cada vez que le vio en el centro de entrenamiento, con las espadas o las simulaciones cuerpo a cuerpo, peleando con maestría amenazadora, y se convence, si le quedaban dudas se han disipado. Él es el asesino de su ex aliado, no pudo ser ningún otro por principio.

(Contra Connor Edgeworth no, por favor contra Edgeworth no)

Quisiera poder vengar a Alabaster, por supuesto, sería un buen detalle en la historia si estuviese en una, asimismo, se sentiría satisfecha consigo misma y arreglaría, en parte, su opresión en el pecho. Mas sabe que necesitaría un golpe de suerte realmente bueno para enfrentarse al enorme profesional y ganar. Lamenta la muerte de su compañero, pero lamentaría mucho más perder su vida en una venganza inútil. Quizá sea cobardía, piensa con un aguijonazo de culpabilidad, pero no desea tirar su vida a la basura por algo que ella habría tenido que hacer, tampoco puede negárselo. No había forma humana de salvar a Alabaster Faraday de todos modos.

Mientras anda, con el cielo oscuro y los árboles haciéndole compañía y susurrando, piensa en sus ventajas. Conoce bien el terreno por haberse pasado todos los juegos allí, está acostumbrada a las bajas temperaturas, es más pequeña y puede escalar… escalar, porque sabe bien que se dirige a la enorme montaña, aquella en que casi pereciera una vez. Ya la tiene más cerca, quince minutos de arduo trote si es que puede mantener el paso y no la asesinan antes, claro. Aquella montaña fue donde acorralaron a Miles Near, también, tiene el simbolismo inscrito en ella y prefiere que, si su vida va a acabarse, que sea en un lugar relevante de la arena.

Esa parte de la historia la está escribiendo ella misma, con sus propias decisiones. Fue Sunny quien decidió volver, sin ninguna intervención de vigilantes, únicamente por sentirse segura. Si hubiese sido por ella sola, quizá no habría salido del sector helado, pero Alabaster había querido cazar tributos primero y hacerse con el arma definitiva después, de tal manera que al ser aliados, le siguió. Pero ahora está sola, como desde un principio creyó que estaría, y tal es su decisión. Si se trata de morir, lo hará en el lugar de los calafates y las jaulas de noche, el sitio en que limpió el rostro y el cabello de Alabaster de sangre, simplemente porque le da la gana y porque no se lo pueden negar. Una decisión caprichosa y orgullosa, probablemente, no obstante ¿Importa?

"Estás negando lo más importante, Suny –dice Thomas en un susurro ominoso–: también subirás a la montaña para que te sea más fácil dispararle a alguien desde arriba".

"En absoluto, es por el drama de llegar a un punto relevante. Se le llama desenlace, por si no lo sabes", le responde, mientras sigue trotando con el gorro calado hasta las orejas. no es que haya pensado en disparar a alguien, por supuesto, dispararle a alguien en la frente de verdad, a no ser que…

"Tse… en última instancia a eso vas a verte reducida, porque en el fondo sabes bien quién te persigue –Thomas le chasquea la lengua–: y estás yendo a un terreno conocido para contar con la ventaja. Sube, pues, a la montaña/colina y sé la reina".

Se imagina disparando a Mikah Odair o a cualquiera (pero especialmente a ella, por Zachary y casi por Alabaster), desde una altura y siente vértigo, el vértigo que no le dan los espacios elevados. ¿Había pensado en eso y no lo quiso reconocer? Agachándose para esquivar unas ramas de abeto, ya por costumbre, piensa que sí, lo cual la sobrecoge más aún. La verdadera razón por la que subirá esa montaña es, además del tremendo simbolismo, que cansará más al otro que a ella misma, que a las bestias les costará si vienen, y que podrá contar con la altura en caso de necesitarla para disparar a matar. Aquella última palabra, matar, hace que cualquier reflexión se le corte de golpe, impresionada. No hay florete de Alabaster que haga el trabajo sucio por ella, no existe excusa para librarla ahora. Tendrá que mancharse las manos si quiere vivir, o dejarle espacio a quienes saben jugar de aquella macabra manera.

Pasan minutos en que no piensa en nada, solo corre y corre, queriendo llegar a la montaña, sintiéndose insegura, oyendo los pasos cada vez más cerca de ella, recortando distancias, lo que la hace ponerse más nerviosa de lo que ya estuvo. En una infrecuente mirada hacia atrás, impulsada por su propio miedo, Sunny ve una figura lejana cayendo al suelo. alcanza a divisar, desde la distancia, que no es enorme como el profesional del distrito 2, y que el motivo de su caída fue por ir corriendo, algo muy poco recomendable en un entorno tal. También ve, con un espasmo de pánico, que se levanta a extrema velocidad, inmune al frío o al dolor de aterrizar sobre nieve gélida. No alcanza a atisbar a esa distancia los ojos verdes de Mikah Odair, pero intuye sus formas de mujer, la proyección de sus pechos, bastante más grandes que los de la propia Sunny, y la forma de sus caderas. Está muy oscuro para verle la cara, pero se la puede imaginar sonriendo cuando oye su voz gritando, en el silencio rasgado solo por el viento:

–¡Te voy a atrapar!

Aquella voz juvenil, exaltada, segura de sí misma, hace que todo el cuerpo de Sunny se estremezca. La chica del 4 está convencida de que aquella amenaza es advertencia y se verá cumplida, ¿Y Sunny? ¿De qué está segura? Solo de que irá a la montaña para ser bonito y para morir simbólicamente, en el sitio donde Alabaster le salvara ¿Verdad? ¡Pues no! Aquella exclamación, en su cabeza, es como una bofetada fría, mientras se impulsa a seguir corriendo. ¡Jamás permitiría que Mikah la derrote en combate, aunque ella no sepa combatir dará pelea! Sería absolutamente deshonroso para Zachary y hasta para el propio Alabaster quedarse paralizada de miedo con una amenaza tan vaga.

–¡Ah, no, no voy a permitírtelo! –Se detiene para gritarle de vuelta, con las manos en las caderas. Su voz, más ronca y seria que la de Mikah Odair, también se propaga por aquel desierto frío de copos de nieve volantes.

Sunny oye la tétrica carcajada de la profesional mientras se mueve lo más rápido que puede sin poner en riesgo su integridad, hacia la montaña cada vez más cercana. Ni a cinco minutos está, sin descanso, de prisa, más… ni a dos minutos, ya se alza imponente, a esas alturas puede ver lo destruida que está, llena de cráteres, con árboles destrozados… su respiración está acelerada, el sudor le perla la frente, tiene las palmas sudorosas, los pies le hormiguean y aún sostiene la honda en la mano izquierda, aunque las piedras están accesibles en un bolsillo. Se da más prisa, ya casi puede oír perfectamente los resbalones en el piso de Mikah, sus maldiciones cuando cae, bastante seguidas, y sus esfuerzos por levantarse. Se pregunta, locamente, por qué no le arroja un cuchillo, si es una tiradora a distancia con algo mucho más peligroso que una simple piedra, tal cual ella. tiene que haber una razón de peso, y mientras avanza solo se le ocurren dos, que no le queden tantos cuchillos o que tema fallar con una oscuridad semejante. Quizá tuviera más ideas en caso de contar con más tiempo o más calma, pero no tiene nada de eso, solo una imperiosa urgencia por llegar.

Solo puede pensar en Zachary, destrozado en el suelo, abierto del pecho, con puñaladas por doquier. No quiere terminar así…

Cuando está en la base de la montaña, y comienza a escalar, con la expresión más resuelta que nadie que la conozca le hubiese visto antes, el temblor de la tierra y aquel sonido rugiente vuelve a atronar, como hace dos días atrás. Ya no se pregunta si es un cañonazo, ahora simplemente se sobresalta, aterrada, sabiendo perfectamente lo que es por haberlo sentido antes. Si fuese de insultar, si tuviese una costumbre tan desdeñable, lo estaría haciendo mentalmente a los vigilantes por jugársela de esa manera. Al final, piensa con rabia, desesperación y una loca ansia de terminar con todo, sí la condicionaron. Finalmente, por querer salirse con la suya, le hicieron chocarse con la implacable realidad de ser una simple pieza, una ficha de ajedrez como el tan jugado en su distrito, una entretención. Ni una historia importante, nada más que un personaje secundario en aquel drama barato llamado los juegos del hambre, trigésima edición. Mira hacia la cima del volcán, el destello rojizo acumulándose y desbordándose, el cielo más oscuro en un anillo negro que le habla de muerte, la lava burbujeante que hace todo precipitarse hacia un costado, brillando rojiza, clara, medio amarillenta, destructiva.

Vuelve a estar en erupción.

Sunny Tyson piensa a toda velocidad, barajando rápidamente las dos opciones que tiene. En primer lugar puede quedarse allí, apuntar con la honda y lanzarla hacia Mikah Odair, siendo más pequeña y probablemente peor tiradora, y arriesgarse a fallar, pero también a acertar y dejar las cosas como están. Tirar… tirarle una piedrita contra sus cuchillos. La otra opción es arriesgarse, ascender a aquella montaña vomitando lava, con rocas volando por todas partes, cráteres que también pueden expulsar fuego y árboles calcinados. ¿qué ganaría subiendo? Nada, se dice, disponiéndose a quedarse. Nada.

"Salirte con la tuya, altura, la seguridad que buscabas y sobre todo subir, subir la colina", dice una voz extraña, es Thomas Rocheford pero al mismo tiempo no. le da tanta confianza esa nueva voz de su interior, y le motiva de tal manera la posibilidad de no perder, de no ser llevada por donde quieren, aún con la traba que quisieron ponerle, que sin pensarlo comienza a trepar, a la segura inseguridad que le suponen aquellas ardientes alturas.

Cuenta con la ventaja de saber, o al menos suponer, que los vigilantes no querrán que muera de una manera tan tonta teniendo un prospecto de pelea en sus manos tan cerca de la final, al menos eso piensa respecto a sí misma. Y, con la lava iluminando los obstáculos, tanto como la montaña empinada, Sunny Tyson sonríe radiantemente. El fuego colorea sus mejillas sonrojadas por el frío, aquella sonrisa es inquietante. Lev Abercowney está muriéndose de preocupación y de ansiedad con esa sonrisa porque ay su chica, de nuevo haciendo una locura cada vez más arriesgada, Gaspar Anddryushin la mira con los ojos como platos, extático, y Thomas Rocheford se aprieta firmemente los antebrazos, mirando a su amiga ponerse en peligro, jugándosela por ser la reina de una colina en llamas.

Sunny, sin embargo, no tiene en mente a ninguno de ellos. Solo piensa en Mikah Odair, más atrás, y eso la impulsa a ascender.


Connor Edgeworth sabe que vienen a por él ahora.

Había oído los intensos gritos de dolor del sujeto del distrito 5 a la lejanía, así como el cañón que marcó su final. Eso fue antes de que un paracaídas descendiese, trayéndole un reconstituyente que bebió en dos grandes tragos, o medio comió, porque no sabe cómo catalogar aquella pasta, medio líquida, medio sólida. Estuvo bastante tiempo cavilando sobre el tema, pero a tal punto ya carece de importancia. Fue antes del reconstituyente, pero después de que los árboles comenzasen a secarse y el calor se extendiese por todo el lugar.

Es de noche, la luna destella intensa y llena, como cada noche en el desierto, las estrellas destacan brillantísimas en aquel cielo profundo y oscuro, el aire es seco y puede oír los gruñidos y esos pasos arrastrados que le dejan notar que hay muchos más de uno siguiéndole el rastro. Lindo panorama, se dice, alzando la espada en actitud de amenaza feroz. La gente en el Capitolio y en los distritos está pensando que pálido, herido, ensangrentado y todo lo que se quiera, pero nunca se ha visto más combativo y peligroso que ahora.

Se siente bien, vigorizado después de haber bebido el reconstituyente. Aún le duele horrores la herida, pero no siente como si estuviese desangrándose, además por suerte pudo envolverse el torso con una venda nueva. La vieja está en el suelo, teñida de rojo, le daría escalofríos y un mareo si no estuviese acostumbrado al daño físico. Durante el durísimo entrenamiento al que se sometiera por tres años, le habían dado tales palizas que cualquiera con una determinación menos fuerte que la suya habría sucumbido al menos diez veces, pero Connor nunca cejó en sus intentos por ser más alto, más fuerte y con más herramientas para jugar, por ganar aquella apuesta.

Se acercan cada vez más, así que se prepara. Sabe que les verá aparecer tarde o temprano, esos no vivos o remuertos o abominaciones o lo que fuesen son muy escandalosos como para tomarle de sorpresa. Debido al calor primero y al sobrecogimiento de ver todo secarse rápidamente después, incluso el hermoso lago y sus peces, no se le había ocurrido ninguna forma de vencer al dueño del arma definitiva, así que tendrá que improvisar sobre la marcha. En tal cosa no es bueno, de hecho, supone que en la edición no hay nadie peor en trabajar con elementos sobre la marcha, pero si quiere sobrevivir a esos entes de destrucción va a tener que apañárselas con lo que tenga.

"El que no se adapta, Connor, perece inexorablemente", le había dicho en cierta ocasión su mentora, Claire Sanders, antes de su voluntariado. Él respeta mucho a la tiradora, y se le había quedado bastante grabada esa lección, y hoy, al quinto día de juegos, miércoles, después de una semana y media de estar lejos de su distrito, sabe que es verdad.

Está rodeado de un círculo de árboles muertos, antes de aquella automática sequía le habría supuesto un genial escondite y aún actualmente, frente a cualquier adversario común, no dejaría de tener algo aprovechable, mas ahora no hay mucho, menos con remuertos o no vivos capaces de seguirlo por el aroma o lo que rayos fuese. Y allí están, aparecen de golpe, apartando los árboles a zarpazos, Connor alza la espada en posición de ataque y prepara la feroz arremetida contra sus rivales.

Sin embargo, el cadáver reanimado del chico del distrito 10 no va a por él. En cambio, con hambre voraz, desesperación en aquellos ojos azules de pesadilla, se lanza al suelo, buscando algo… Connor ve que se trata de la venda ensangrentada que yace en el piso, tirada cerca de él. La chica del distrito 9 se le une, enojada, y ambos comienzan a pelearse por el apósito, ignorando del todo al profesional. Llegan más muertos vivientes, rodeándole, todos prestan atención a su antigua venda pero tiene demasiada demanda, su sangre debe ser muy rica, o algo así, se dice Connor, así que algunos van inexorablemente hacia él.

Hay un muerto viviente que no lo hace, piensa de golpe, mas después ve que no es tal cosa sino el dueño del arma definitiva. Narigón, de pelo castaño, pálido y enfermizo y con un larguísimo cuello, el tipo del 9 iba en medio de sus horribles secuaces, hasta que se le lanzan encima a Connor. ahora está solo. Si tuviera un rostro acongojado o solo serio, supone que no habría sentido esa antipatía visceral hacia él, pero el hijo de una mala mujer está sonriendo de oreja a oreja.

–¡Mira por dónde! El 11 de la edición a mi merced –dice, cruzando sus dedos.

Hay que decir que casi ni se le oye por los gruñidos de sus alimañas, pero Connor Edgeworth igual puede hacerlo. Lo ignora, sin embargo, caer en provocaciones es digno de novatos y de impacientes, él no es ninguna de esas cosas. apoyado en un árbol, con la espalda bien segura, es que se enfrenta al primer no vivo que se le acerca, que resulta ser Ryan Connolly, con sus piernas hechas trizas. Muere rápido, de un limpio espadazo en la cabeza la luz en sus ojos se apaga y deja de existir. Mientras aún tiene la espada en su cráneo y forcejea por sacarla, le da un tremendo puñetazo a Dahlia Fey, con bastante pesar, porque había sido su compañera. Se pregunta quién acabó con ella y cómo, debió ser el cañonazo anterior al descubrimiento del arma ya que no la vio reclamándola, y sabe que alguien como ella no habría dejado pasar la oportunidad. Como fuese, ya no importa, la mirada verde de Dahlia deja de brillar con ese fulgor asesino, su cráneo se comba y la cabeza de Dahlia queda un poco deforme, ya sin vida. Aquel buen puñetazo es la especialidad de los luchadores, no es necesario tener una manaza como la suya, sino solo saber darlo, y él, por fortuna, sabe. Dos, y quedan… ¿cuántos? ¿quince? ¿Más? ¿Menos?

Debe seguir peleando, se dice, al menos para despistar al maldito cabrón aquel. El profesional no deja de pensar, obsesivamente, en la iluminación que ha tenido, reducida en palabras sencillas a una venda ensangrentada y una miríada de no vivos acercándose a ella a fin de devorarla. Al parecer, no es su aroma corporal lo que activa esos instintos asesinos sino su sangre. Cómo funcionará, no tiene idea, pero los hechos son los hechos y conectar a con b tiene que hacer llegar al punto c forzosamente, si las cosas funcionan regidas por la razón. Solo que en aquel mundo tan loco, donde los lagos se secan rápidamente y los árboles mueren en cuestión de minutos, un mundo donde había peleado con su ex aliado en pleno frío, ni siquiera dos kilómetros más al sur, puede sentir duda y es legítimo.

Lo que no puede hacer, se dice mientras la niña del distrito 7 cae fulminada por su espada, es darse el lujo de que lo detenga, quedarse paralizado y no intentar, no improvisar. La idea está allí, solo debe aprovecharla, ver hasta dónde llega y si no, habrá perdido pues. Para ello, piensa, tendrá que sacrificar su seguridad, pisar el hielo y ver hasta dónde llega. No le gusta la idea, dejarles acceso a la espalda a esos rivales suena como lo peor que se le puede ocurrir, pero el bastardo no se le acercará simplemente. No alcanza a acabar con un no muerto más, no tiene tiempo que perder, las fuerzas se le acabarán en cualquier momento, sabe que el reconstituyente no es eterno. Así que, sin dudarlo, el profesional se sube la sudadera, y con un movimiento de la espada la dirige hacia sí mismo, cortando la venda que cubre su herida, ya repleta de sangre por los movimientos hechos. Cae al suelo y ve que el chico del distrito 11 se lanza a por ella, hambriento. Bien por él, Connor tiene suficiente con lo que ha hecho, el espadón que tanto provocara a Alabaster Faraday está rojo de sangre propia, Connor se encarga de untar bien la hoja con la herida abierta. Está caliente, todo el cuerpo del enorme joven arde pero le da igual, a esas alturas es darse prisa o perecer.

Dando un suspiro de dolorosa angustia por dejar la seguridad que tanto le gusta, Connor se echa hacia delante, separándose del árbol, dejando de sentir su presencia en la retaguardia. Le encantaría tener ojos en la espalda, se dice, atento, mientras dirige su espadón no a los muertos vivientes, sino al amo de todos ellos. Él, asombrado, se hace a un lado torpemente, lejos quedó la gracia fluida y agilidad de Alabaster Faraday, Milaryon Lestrange no es otra cosa que un mal rival. El joven siente un peso sobre el cuerpo, un pequeño no muerto que puede ser la chica del 12 le ha trepado a la espalda, y le araña la cara con dedos filosos como cuchillos. Grita de dolor, temblando, pero no puede rendirse ahora, incluso con ella a la espalda, putrefacta, asquerosa, debe seguir. Tiene las piernas más largas, los movimientos más medidos y es, encima, un profesional, así que poco le cuesta darle alcance y apuñalar al chico en el hombro. Es una puñalada superficial, no puede hacer otra cosa considerando que tiene a otro re vivo agarrándole las piernas, intentando darle un bocado a su muslo, pero es suficiente, la sangre de Connor ha infectado la ropa y torrente sanguíneo del dueño del arma definitiva.

Y, mientras siente que menos alimañas asquerosas le rodean, y oye un grito de dolor y pánico imposible de describir, sabe que ha funcionado. Ha funcionado, de veras.

Se pone a pelear, con todas las fuerzas que le quedan.


Las rocas caen a su alrededor, la lava brilla arriba y abajo, solo en el centro parece que no hay nada. Están rodeadas por un círculo de fuego, no obstante, siguen ascendiendo, Sunny primero y Mikah detrás, con un fulgor en sus ojos verdes ya visibles. La pequeña morena se ha quitado el gorro hace rato, aún hay ventisca pero es más caliente, no le daña las orejas y necesita tener sus sentidos funcionando a toda potencia mientras asciende, con rostro decidido, esquivando los obstáculos que se le presentan, ya sean cráteres, árboles derribados o enormes rocas. Recuerda ese mismo ascenso más fácil y feliz, comiendo calafates y creyendo que allí encontrarían algo, aunque ya no importe. Solo vale el aquí y ahora, donde hay una chica subiendo, aterrorizada y obstinada, y otra que le va detrás, con ganas de matar.

Sunny es rápida en lo que hace, esquiva obstáculos con precisión y se agacha en el momento en que las rocas le pasan por encima. Siente que el cuero cabelludo le arde al imaginar otra de esas rocas impactándole en la cabeza pero ya da igual, debe ascender. La montaña está más empinada, puede asirse de los obstáculos y enredaderas, con la honda en la boca, dispuesta a sacarla en cualquier momento. Le arde el pecho, se siente como si respirase fuego y cree ponerse a toser en cualquier momento.

–¡Ven aquí! –Le grita la chica del 4 desde abajo–: ¡vamos a quemarnos, maldición!

Sunny Tyson tiene tanto miedo de quemarse como ella, quizá más por haber sentido ya algo similar, pero la ignora. Si se detiene, está perdida. Si le hace caso, está perdida. Si duda, está…

Esquiva un cráter con fuego que se ha abierto justo en el momento en que pensaba poner el pie en ese lugar, sintiendo el calor ardiente casi en la cara. Soltando un grito ahogado de miedo, se desvía a la izquierda y contorsiona su cuerpo, aferrándose a una enorme roca y escalándola a toda velocidad, aún con la honda en la boca y las manos sudorosas buscando asidero, la montaña chillándole a su alrededor. Por un momento, está a perfecto ángulo de tiro, pues aunque Mikah esté más abajo aún puede hacer algo. Alguien como Connor Edgeworth no lo aprovecharía, valorando pros y contras pensaría que desperdiciar el único cuchillo que tiene en un punto como la pierna o el trasero sería tonto y esperaría. Mikah no. es más pequeña, no ha tenido un entrenamiento tan riguroso y arde de rabia por la muerte que una palurda de distrito le arrebató días atrás.

Sunny siente un dolor horrible en la parte trasera del muslo, una especie de pinchazo intrusivo que le desgarra la piel y más adentro. Grita, por poco pierde asidero en la roca y habría caído, lo cual hubiese sido perjudicial pues cabía la posibilidad de aterrizar sobre la pierna y el cuchillo, haciendo que éste se incrustase hasta la empuñadura en la herida recién abierta. Por suerte, no cae, y logra pasar esa roca difícil por poco. Cada vez que da un paso, siente la hoja del arma raspándole la piel, y por un segundo tiene que detenerse, apretando los dientes y sudando a chorros. Nunca la habían herido en lo que van de juegos, se dice, sintiendo que el corazón le late con más velocidad, la sangre ardiente sobre la piel. Golpea un par de veces las ramas, sintiendo el intenso dolor mareándola, presa de él está a punto de dirigir la mano hasta el lugar para arrancarse el cuchillo, pero recuerda sus libros de la pequeña biblioteca del centro de entrenamiento, la sección de primeros auxilios, y lo que se dice sobre heridas con armas cortopunzantes.

Pues bien, se dice, sus manos convertidas en puños y el rostro crispado, si no quiere sangrar como un cerdo es mejor dejar las cosas como están. No quita que duela, que raspe, que un jadeo escape de sus labios cada vez que mueve la pierna, no obstante podría ser peor la supuesta cura, eso bien tiene que saberlo. Nunca habría creído agradecer el actuar con lesiones encima, su madre nunca le había dado con un cuchillo, pero al menos sus funciones no se ven tan ralentizadas gracias a la costumbre. Aunque duele, por supuesto. Cada vez que da un paso con la pierna izquierda.

–¡Eso por mi rodilla! –Le grita la chica, triunfante, llegando casi a la altura de la roca. El fuego cercano le da una apariencia hermosa y monstruosa, piensa Sunny al mirarla de reojo, sin perder la atención del camino.

La ignora, la pierna le duele demasiado, odia estar herida, y siente una rabia muy incapacitante para que las palabras quieran salir en un torrente que no sea desorganizado y extraño para ella, así que se las muerde con facilidad. En cambio sigue subiendo, más lento y con mayor dificultad, y no solo por la pierna lastimada y por el cuchillo que se mueve cada vez que camina, empeorándolo todo allí dentro. Se abren cráteres con fuego por arriba y abajo, la montaña se está resquebrajando, gimiendo, expulsando toda su rabia. tiene que mantenerse alerta para esquivar cada obstáculo, las rocas que vuelan ardiendo, los cráteres, árboles derribados… todo conspira contra ambas para impedirles seguir subiendo, pero Sunny no se rinde, nunca lo ha hecho. Asciende, ya tosiendo, rodeada por el fuego por todas partes, siente el calor abrasivo corroyéndola y sabe que, en caso de no sobrevivir, será consumida por los fuegos brillantes de aquel lugar.

El ascenso es penoso para ambas, cuando en un inicio Sunny parecía llevar la delantera y sentirse más en su ambiente, la herida lo había empeorado todo y minaba su moral más y más. la imagen, aunque hermosa según espectadores, también es tétrica. Sunny, luego de una media hora ardua de escalada, comienza a sentir la fatiga de llevar horas corriendo sin parar, respirando el humo ya tose más frecuentemente, el calor la está agotando y siente que podría echarse a descansar un segundo, que no pasaría nada. Ceder a aquel impulso en el calor es casi tan peligroso como hacerlo en el frío, se dice, angustiada, desesperada, obligándose a seguir, pero siente la pierna rígida y dolorida, gemidos leves escapan de sus labios, tiene raspadas las manos por la accidentada carrera

"¿Qué vas a hacer cuando llegues a la cima? –Le pregunta Thomas–: ¿Invitarás a Mikah a tomar el té con lava?

Bufa, fastidiada, una lágrima de esfuerzo corre por su mejilla, tanto la una como la otra están ardientes por el esfuerzo, el intenso calor y la desesperación. Con el corazón en la boca, niega con la cabeza pero no se le ocurre qué contestar. ¿Por qué sigue y sigue subiendo?

"Te diré por qué, tse… –Thomas Rocheford la corta con impaciencia–: estás esperando que hagan el trabajo sucio por ti, que le caiga una piedra en la cabeza, que los vigilantes la maten. Sunny, no insultes tu propia inteligencia autoengañándote, sabes que eso no sucederá".

Las manos le tiemblan en un asidero, impactada por esas palabras que reconoce como ciertas, y suelta un gañido, intentando mantener el equilibrio, mas no lo consigue y se desliza un poco, montaña abajo, sacudiendo desesperadamente manos y piernas. Una roca frena el descenso, golpeándola fuertemente en la base de la espalda. Oye unas risas y los intentos denodados de Mikah por ascender y darle alcance, cada vez más cerca. Sunny, llorando de ansiedad por lo que tendrá que hacer si quiere vivir, pero sobre todo de agotamiento, puro y supremo agotamiento de llevar su cuerpo hasta el mismísimo límite de sus fuerzas, herida y sangrando, le da la espalda a la cima de la montaña, a su cima de la colina ardiente personal, y se quita la honda de la boca. Los sollozos suenan más fuertes esta vez, dejan de estar ahogados, así como las toses. Mira hacia abajo, Mikah no está ni a cien pasos de distancia, ¿Por qué no le lanza algo ahora que puede? Se pregunta, dudosa y sorprendida. No se imagina a esa chica teniendo reparo alguno por matarla.

"Porque no tiene" responde aquella voz misteriosa, una voz que es Thomas pero a la vez otra persona. Alguna vez los escuchó hablar al mismo tiempo, cuando, debatiendo, se atropellaban para poder tirarle al otro sus argumentos a la cara.

Esa voz es la suya.

–Ahí estás, provinciana asquerosa, vas a sufrir –Mikah Odair suda a mares, sus ojos brillan enormes y el fuego detrás de ella es simplemente estremecedor, piensa Sunny–: pensaba darte una puñaladita de nada, después de todo no vales ni mi tiempo, ni sé tu nombre, pero… me has hecho sudar, y me las vas a pagar.

Sunny la mira, sacando una piedra sin pensar, sin reflexionar sobre moralidad y cuestiones varias, atributos y pensamientos que mantienen ocupados a los humanos con la capacidad de pensar, no a animalitos con el puro instinto de vivir, supone ella. Le duele la herida, odia su tono prepotente, odia que se acerque más y más y sabe que le va a dar alcance tarde o temprano, supone que más temprano considerando lo juntas que están. La mira, y solo puede sentir odio hacia esa chica que la ha hecho correr durante horas, esa chica que se aprovechó de la muerte de Zachary… recuerda la furia en el rostro de Alabaster, incluso él parecía descontento con su manera de jugar.

Tensa la honda, el ruido especial de crujiente tensión apenas se siente, considerando la ventisca, el fuego, las rocas cayendo y el gemido vomitivo de la montaña. Mikah ríe.

–¡Esas horribles piedras! –Dice, intentando sortear una roca enorme, escondiéndose tras ella por un segundo para ver cómo escalarla.

A la propia Sunny le había costado, así que supone que a Mikah le costará más. Ahora, piensa la chica, ahora, cuando su cara asome, sus pies estarán en el aire, tiene que darle solo en la frente y caería muchos metros, alguna roca la desnucaría, tiene que ser pronto, cuando su cara asome, sus manos estarán ocupadas en el asidero y las piernas en el aire, tiene que ser tiene que ser. Pero, sin embargo, flaquea, viniéndose a la mente el rostro de aquella chica en el centro de entrenamiento, tímida, sonrojada, disculpándose ambas por haberse chocado… ¡No!

"¡Tienes que hacerlo! –Dice aquella voz nueva–: ¡Hazlo, dispárale, o te matará!"

Agotada, su brazo izquierdo tiembla un poco, preguntándose si vale la pena, vivir en un mundo donde los juegos del hambre seguirán y seguirían por siempre jamás, con seis años de terror porque Sammy sea cosechada, con la mirada de Thomas, quizá asqueado de ella por haber sucumbido al instinto animal de matar a alguien… su mirada desciende al igual que las comisuras de sus labios, mientras oye a Mikah forcejear para escalar aquella roca rodeada de cráteres que a ella misma tantos dolores de cabeza y agotamiento le causara.

"¡No lo hagas por Thomas! –Dice Thomas, de una manera contradictoria–: ¡Hazlo por ti!"

"¿Quién eres? –Le pregunta la voz átona y acartonada de Sunny–: ¿quién eres, sino… sino Thomas Rocheford?"

"¡Tse! ¡Soy tú, insensata! –Responde Thomas, enojado, impaciente, intolerante–: ¡Tengo que usar esta voz porque sino no me haces caso! ¡Solo atiendes a él! ¡Atiéndete a ti!"

Aquella última frase es una bofetada cálida de fuego, una piedra quemante le pasa por el lado y ella se agacha, temblorosa y asustada. Thomas Rocheford… no, ella, Sunny Tyson, la está regañando. Lágrimas comienzan a correr por sus mejillas.

"Él siempre estuvo equivocado –Dice, esta vez, la voz átona de Sunny–: no pienses en Sammy siendo golpeada por madre, ¡No pienses en él tirado como un perro en su lugar de siempre! ¡Si quieres vivir, piensa en si vale la pena! ¡Piensa en ti!

"¡Piensa en ti!" Añade Thomas.

El rostro de Mikah Odair, sonrojado y esforzado, asoma por entre la gran roca. Sus ojos verdes brillan horriblemente aterradores, su pelo rizado y alocado por el viento. Sunny siente a la vez miedo y decisión, apuntando a la frente de su enemiga, esa… ¡Esa malvada! Y se recuerda, diciéndose que jamás se dejaría caer en sus manos, aunque tuviera que…

Tensando la cuerda al máximo, ante la aterrada mirada de la chica que solo puede escalar o dejarse caer, dispara, pensando en sí misma, en lo que cree que vale la pena tener, sus propias cosas, su valor… ¡El valor de Sunny Tyson! ¡Eso existía! Apunta directo a la frente de la profesional, esperando, rogando contra toda esperanza no fallar, es su última oportunidad, no puede desperdiciarla… el centro de la frente… pero falla.

Por desgracia para Mikah.


Encomios:

Puesto 5º Alan Blake, distrito 5 – no muertos/revivos.

Alan: ñooo… mi bebé. Sentí muchísimo matarte, además moriste feo. Al menos, lindo mío, ya no sufre.


Nota:

Me tardé porque me mega deprimí con la muerte de alabaster y durante un día no escribí ni una línea jajaja.

Pero aquí está, el penúltipo capítulo de Sunny y los demás en la arena. ¿qué creen que pasará?

Saludos, reyes y reinas de la colina.