Capítulo 27. En extremos opuestos.


Las rocas no se detienen en aquel segundo, haciendo eco al momento tenso entre que la piedra viaja hasta que impacta, la lava brillante no deja de caer y burbujear, el gemido de la montaña no cesa. Quizá en edición le vajasen el volumen a todo eso, haciendo énfasis solo en el silvido de la piedra de fondo, luego el chillido atroz de Mikah Odair, aquel que oye quien está parada en frente, casi recién soltada la cuerda de la honda, un grito de sorpresa y dolor inimaginables, uno que llega hasta lo más profundo de su interior y remueve sus cimientos, haciéndola marearse y sentir unas locas ganas de que pare, que por favor pare de resonarle en la cabeza, pero no para.

La mira, aterrada. La piedra ha caído, roja y ya inservible, y el ojo izquierdo de la joven profesional es un amasijo sanguinolento y asqueroso, reventado, que brilla saliéndose ya de la órbita y desbordando. La profesional lleva una sola de sus manos a ese lugar, gritando, con el otro ojo cerrado por acto reflejo y su cuerpo sacudiéndose de dolor. ¿cómo se sujeta? Piensa Sunny, presa de un maravillado horror, mordiéndose los carrillos con todas sus fuerzas para no gritar también. El ojo otrora verde y hermoso de Mikah Odair, se le desliza gelatinoso mejilla abajo, haciendo contraste con la piel sonrojada por el calor y el esfuerzo, y una de sus manos, la que no se ha dirigido directa a la zona afectada, tiene los nudillos blancos de tanto apretar, ya sea para mantenerse en altura o por el espasmo que le recorre el cuerpo.

–¡Desgraciadamalditahijadeputamiojo! –Es una cacofonía lo que escapa de los labios de la chica, posteriormente se pone a sollozar, palpando su mejilla, allí donde los restos de su globo ocular se deslizan. A ciegas prácticamente, apunta a Sunny con el dedo índice, pringado de aquella sustancia–: ¡te voy a matar!

Se esfuerza por subir, sonidos inarticulados de sufrimiento se le escapan de entre los labios entreabiertos mientras gimotea intermitentemente, las lágrimas le ruedan por el ojo derecho mientras que el lado izquierdo de la cara lo tiene empapado con un fluido rojizo y asqueroso, tiene abierto su único ojo verde, mocos escapan de su nariz. Sunny siente que vomitará, no cabe duda, vomitará el pastel de frutas allí mismo, mientras la ve, medio cegada, enfurecida, loca de dolor, trepando aquella piedra para llegar a su alcance. Es una imagen repugnante, con el pelo apelmazado, la expresión homicida y dolorida, los labios fruncidos y el oírla murmurar cosas terribles, blasfemias tan fieras que ella se estremece, presa del pánico, ¿es posible odiar tanto a alguien? Sí, lo es, Mikah odia a Sunny, quien la está haciendo sufrir, y Sunny se hace cargo de ese odio de la única forma que conoció en su momento, abrazándose a sí misma, mirándola fijamente mientras intenta subir. ¿Cómo no se le han acabado las fuerzas? Se pregunta, confusa, ¿No debería haber caído ya?

No había querido darle en el ojo, puede asegurarlo, jamás se le había ocurrido algo tan lento y espantoso, pero sería tonto disculparse por algo así. De solo imaginarse diciéndole "lo siento, pues, Mikah Odair, pero mi objetivo real era tu frente", un ataque de risa la sacude. Mientras Mikah intenta sujetarse con todas sus fuerzas, Sunny Tyson se echa a reír, ríe tan fuerte como llora la otra, se ríe de imaginarse una situación tan surrealista. ¿qué le diría Mikah entonces? "oh, no pasa nada, me duele, pero aquí tienes mi frente, dame con esa piedra y moriré tranquila"… si en los juegos del hambre la gente fuese tan cortés, se dice, abrazándose a sí misma, doblándose por las carcajadas. Mira a la profesional, aún intentando trepar, enseñando los dientes un poco amarillentos por no habérselos lavado en días.

–Te… ríes, desgraciada sádica y m…maldita –Mikah llora, está ya en la cima de la roca, a punto de pasar las piernas al otro lado. En caso de conseguirlo, solo tendría que descenderla e ir hacia ella, a tientas.

Sunny, presa del pánico, deja de reír de golpe, ya no tiene ganas, aquella sensación de hilaridad –por otro lado, injustificada– se ha ido por el miedo que de pronto la acomete. Mikah se está frotando la sustancia asquerosa de la cara como una niña pequeña con sueño, dejando el hueco de su ojo verde algo más limpio y despejado. Entonces, trepada a la roca, con el pelo enmarañado y el pecho subiéndole y bajando por los lamentos, la ve de verdad, no a la asesina de Zachary, empapada de sangre y con la risa en su boca sino a la chica tímida que antes había sido, una niña lejos de casa y más encima cosechada. La ve, y se descubre sintiendo el mismo asco, ni rastro de compasión, ni de identificación. ¿Por qué la había deshumanizado antes y la desprecia ahora? Se pregunta, en un segundo de lucidez, antes de hacer que todo termine para la profesional. ¿Quiere protegerse a sí misma de la sensación de estar matando a una persona? ¿Justificarse? ¿Limpiar su nombre con una artimaña tan patética tal que "soy buena, la otra lo merecía? Espera que no, aquello sería como tirar a la basura lo que aprendiera con la muerte y las últimas palabras de Alabaster Faraday, se responde, tensando otra piedra en la honda sin que el pulso le tiemble apenas, la mano izquierda extendida y la derecha hacia sí.

La oye sollozar y buscar a tientas un asidero para la pierna, prácticamente está doblada en un ángulo raro, con las manos temblorosas y el cuerpo convulso, aferrándose con el miedo de la adolescente de dieciséis años que es ante el abismo amenazador de la muerte. sabe que es una niña, que tiene un hermanito, pero no le importa, así de sencillo. No por Mikah en sí misma, la desprecia al poder jugar de otra manera sabiendo matar, y no hacerlo. Es por ella, por una cuestión de orgullo, porque la desafió, la amedrentó hasta hacerla llorar de miedo y correr hasta desfallecer, porque la pierna izquierda le duele y pulsa con el cuchillo incrustado en su carne, y porque ahora, al verse perdida, recién entiende lo que es ser presa y se lamenta. Pues bien, se dice, respirando agitadamente, ahora es tarde, llega el momento de Sunny, de la vida de Sunny, y para vivir tiene que pisar todas las cabezas que queden con objeto de ser la reina de la colina, ¿había sido eso lo que dijo Loic que Gaspar le había ordenado?

"Y si soy cruel, pues, acepto serlo y ya lidiaré con las consecuencias, ¡pero me da igual que muera!" Piensa rotundamente, mientras suelta la piedra, dirigida esta vez al ojo derecho de la chica. Espera fallar, no quiere dejarla cegada y temblorosa en medio de aquella montaña ardiente donde los ojos son tan vitales. Su proyectil viaja rápido y tiene un segundo para rogarse que haya fallado, que haya fallado… contiene la respiración, temblando un poco. Mikah, aterrada, hace una contorsión con su cuerpo para esquivar la piedra que la dejaría ciega para siempre, soltándose de las manos y de una pierna. La piedra nunca da en el blanco, pero no es necesario para haberla matado.

–¡maldi... nooo! –Chilla pavorosamente, mientras sus extremidades pierden asidero y se resbala roca y montaña abajo.

Sunny Tyson la sigue con la mirada, por un instante se pierde de vista tras la roca pero, cuando la asesina la rodea para seguir mejor aquella trayectoria, queriendo no dejar ningún cabo suelto, ve que sigue descendiendo más y más, golpeándose con baches, deslizándose en contra de su voluntad. La chica hace esfuerzos supremos por dejar de caer, las manos y pies dibujando surcos en la tierra, y Sunny ve el destino final de esa caída mejor que ella, por estar arriba, un destino bastante ardiente.

–¡Oh…! –Un grito ahogado escapa de su boca mientras la ve rodar y rodar, aferrándose a la tierra, ya con las manos en carne viva, todavía gritando, gritándole a ella, ensuciándose con los escombros.

Mikah no se da cuenta de que se dirige a un cráter lleno de lava sino hasta que tiene el calor casi encima, pero ya es demasiado tarde como para frenar la caída, con todo lo que lo ha intentado… Sunny debería dejar de mirar, sabe lo que pasará, mas no puede, sus enormes ojos están fijos en la imagen, y supone que así estarán hasta que todo termine. La profesional, poco antes de llegar hasta el final de su viaje, un cráter con lava burbujeante, sus gritos de insultos e imprecaciones ya no son tales, es más ni siquiera son coherentes, solo una salva de por favor y de nooo y luego ya nada tiene sentido para la víctima. El sufrimiento, aunque enorme, es instantáneo, cuando cae, su aullido estremece y la piel y el cuerpo comienzan a derretirse de una manera brutal, rápida y pavorosa. El cañón restalla en el centro de la montaña y todo el estadio, el aroma de fuego, rocas, árboles quemados y azufre se mezcla con algo indecible, a Sunny le recuerda a la fragancia del cerdo asado, ni más oscura, ni desagradable, solo similar. No obstante, ya después ni siquiera queda eso, el lugar del sacrificio está vacío, su cuerpo se vaporiza por completo, quizá solo cenizas queden en el cráter.

Ni aromas, ni gritos, ni imprecaciones, la única prueba tangible de que Mikah Odair estuvo y vivió es el cuchillo que Sunny Tyson tiene en la pierna, y las manchas de sangre y gelatina adherida a la roca. Sunny mira esa roca, y contiene con éxito las arcadas que pugnan por hacer salir el vómito.

"Solo dos personas para volver a casa…" piensa, agotada, sentándose con dificultad sobre una piedra y temblando por el dolor, el cansancio y la honda impresión que los desaforados aullidos de su enemiga le dejaran. Ni siquiera termina de formular la frase cuando otro cañonazo la sobresalta. "Corrección, solo una", se dice, buscando la lástima, la conmiseración y la tristeza. Las encuentra, pero bajo capas y capas de agotamiento, ni tan siquiera alivio, solo cansancio y horror. La muerte de la profesional del distrito 4, ardiendo entre las brasas del volcán, suplicando por no caer, con el ojo reventado… había sido horrible el cuadro entero, y ella fue la autora tanto como el Capitolio lo es de su historia.

"yo". Se mira las manos pequeñas, encandilada. Están sucias de tierra, manchadas de ollín y temblorosas, pero no tienen una gota de sangre. Aquello es una frase simbólica, las manos manchadas no suponen diferencia, nada significan. Mikah odair ni siquiera fue su primera víctima, si tuviera que contar habría partido por Miles Near. Por él sí lloró, a él lo sintió intensamente. Ahora…

Ahora solo le duele la pierna, le duele a rabiar. Necesita hacer algo con eso, quitarse el cuchillo, bajar de la montaña que sigue rugiendo, lanzando cosas, en un tornado huracanado. Sunny, aterrada ante un desprendimiento, como puede se arrastra con sus mochilas y la honda en la mano y se esconde tras una piedra grande, distinta a la que fuese la perdición de Mikah, y aguarda a que amaine la tormenta que los vigilantes enviasen como escenario semifinal para una de las batallas.


El sujeto del distrito 9, dueño del arma definitiva, ha perecido bajo el peso de su propio poder, devorado por los títeres a quienes controlaba para que matasen al resto de sus enemigos. Connor Edgeworth, en un golpe de ingenio, le había manchado la piel con su sangre, líquido al que las bestias reaccionaban, y logró que se volvieran contra él. Se le ocurrió como de repente, no puede decir que lo haya tenido meditado desde un inicio, pero le salvó la vida… o al menos le dio unos minutos extra para arreglar aquella situación que se le tornó insostenible por unos momentos.

Había escuchado los gritos del joven, cierto, gritos de súplica, no solo de dolor como los de Alabaster Faraday, su contrincante anterior. Lo desprecia por ello, alguien que muere suplicando, llorando y gimoteando por piedad no es un digno oponente, solo un insecto a quien le ha quedado demasiado grande el luchar por su vida. En un inicio, creyó que el cañonazo anterior había sido de él, mientras seguía peleando con algunos remuertos que lo acosaban, pero no pudo morir si seguía gritando, si alguien le devoraba uno a uno los dedos, si tenía a una cosa abriéndole el vientre con sus filosas garras como cuchillos. De manera que no, otra persona murió primero, mas no faltó mucho para que le siguiera, por fin.

Connor Edgeworth tiene la cara destrozada por zarpazos, la chica del 12 le arrancó una oreja que sangra a chorros, los brazos musculosos los tiene llenos de heridas profundísimas y el sector del vientre da la sensación de que fuese un grifo abierto botando rojo. Apoyado contra un árbol, espalda segura, da mandobles de arriba hacia abajo, izquierda y derecha, a todo quien se le acerca aunque ya esté bastante lastimado, hay una lluvia de cabezas a su alrededor. Siente la fiebre y la debilidad de nuevo tomando control de su cuerpo, suda por el calor estremecedor del desierto nocturno, la luna brilla en su calva sudorosa, sin embargo no se detiene. No es consciente de que cada habitante de Panem está viendo cuán habilidoso es con la espada, menos acerca de lo admirado que está siendo, herido de muerte, sin parar de luchar. Solo sabe que quiere vivir, que debe cumplir la apuesta, que aún le quedan energías para resistir, y mientras le queden no piensa bajar el brazo ni por un momento.

Los va contando conforme van cayendo. Al séptimo, un mareo le hace detenerse brevemente y uno salta sobre él, clavándole las garras en la herida para degustar algo de su sangre, y termina cortándole la cabeza sin miramientos. Al quinto, otro espasmo le sacude, mas no se detiene esta vez aunque se tambalee. Cuando sus labios murmuran "tercero", comienza a oír los ruidos lejanos y la enorme espada le pesa cada vez más en las manos, irónico que antes le hubiese resultado un juego de niños emplearla, no digamos ya blandirla. El tercero y el segundo caen, dejándole cara a cara con Clarissa Carmichael, como si fuese una novela, un poema romántico. A Connor le gustan los poemas románticos y Clarissa era hermosa, lo fue cuando vivía, y ahora debe morir de nuevo.

No quiere que le vuelvan a perforar el corazón, menos él, así que lo dirige simplemente a la cabeza, sin más, haciéndola caer, muerta de nuevo, con el cráneo deformado de manera espantosa. Tiene la respiración entrecortada, temblorosa, casi un estertor. No siente lástima, no por aquella cosa no muerta, así como no la sintió por la representación de Dahlia ni por sí mismo.

La vista es horrible, el paisaje seco, deprimente, aterrador, la luna enorme, el cielo polvoriento y las dunas susurrantes a lo lejos, y el suelo sembrado de casi todos los cadáveres de la edición, muy pocos asesinados por él cuando aún vivían como personas, mas todos destruidos por él como armas. Connor baja la espada, filo a tierra, apoyándose en ella para descansar, y cierra los ojos por un segundo, esperando que el mareo y la debilidad pasen, aunque no se engaña.

Cuando cae al suelo, no cuerpo a tierra sino solo deslizándose suavemente a lo largo del árbol que le ayudó en aquella larga contienda, reconoce que se está muriendo.

Y tan cerca de la final… casi lo logra… ¿quién le habrá sobrevivido? ¿Será Mikah Odair? ¿Quién más queda? ¿Quién…?

–Qué… importa –Su voz nasal es un susurro apenas. Sin fuerzas, deja caer la cabeza hacia atrás, reclinándola contra el árbol.


Están lloviendo rocas, no tan fuertemente como dos minutos atrás, pero aún así, la montaña ruge con brío y las punzadas de electricidad en su brazo derecho –el del rastreador– le hacen encogerse más sobre sí misma. Está entendiendo el mensaje, quedando solo dos, los vigilantes quieren que abandone su privilegiada posición, mas no puede ponérselo fácil. No tanto por su propensión a evitar que la lleven por donde quieren, aunque en parte sí. La razón principal es que se siente tan agotada y dolorida que prácticamente no puede moverse, ya lo intentó, y dar un solo paso con el cuchillo en la pierna le supuso una agonía. No ha suplicado a los vigilantes para que la dejen en paz por puro orgullo, aunque quizá lo hubiese hecho cualquiera con menos, pues el dolor comienza a alcanzar el punto de lo intolerable.

Las punzadas que llaman su atención no cesan y las rocas han dejado de volar tan intensamente, si bien aún huele a azufre y el fuego del volcán sigue siendo abrasador. Sunny, comprendiendo también aquello, y reconociendo las concesiones –no te pegaría si fueses menos contestona, dice Wendy Dean en su cabeza, sabe entendérselas con aquel razonamiento–, llega a la conclusión de que la única forma de avanzar es arrancándose el cuchillo de la herida. Recuerda, en una de sus mochilas, el enorme pote de crema cicatrizante instantáneo. Las quemaduras de Alabaster Faraday fueron gravísimas y pudo con ellas, así como con la que aún tiene en la parte trasera de su cabeza, ¿Por qué no con una de cuchillo? Solo así podrá caminar, piensa. Que la vean moviéndose, que aún no se ha rendido. Agotada, magullada, herida, tiene motivos para pelear una última vez y todo el empuje para hacerlo.

Se dio cuenta de que puede matar sola, con el que quede no se echará atrás. Ni siquiera si fuese Alan Blake lo haría. Qué va, ni si fuese Alabaster. Quedando solo dos…

Sin embargo ahí está el cuchillo, que por ahora le impide toda maniobra. El pantalón es grueso y quizá por aquello no se enterró hasta la empuñadura, lo cual es una suerte, aunque duela demasiado. Seguramente perjudicó algún músculo, se dice, mas no sabe de eso así que evita pensarlo para no complicarse. Ya tiene demasiadas cosas a las que prestar atención, como el molesto punzar de su brazo y el dolor, además de intentar pensar quién es la persona que queda y cómo enfrentarla.

Mientras cavila sobre aquello, con las manos temblándole y la honda en la boca, para morderla y ahogar sus gritos de dolor, toma el mango del cuchillo, caliente y resbaladizo, y con los rugidos de la montaña de fondo da un fuerte tirón. Su intención era arrancarlo de raíz pero ha sobreestimado su capacidad de soportar el malestar, pues tiene que detenerse, mareada, estremeciéndose, no se imaginó que fuese tanto… comienza a sudar y derramar lágrimas, la sangre corre más fluidamente desde la herida, el dolor la marea, el aire la sofoca, las punzadas del brazo, Mikah Odair gritando, Alabaster muerto en el suelo, y la pierna, su pierna…

Sin saber cómo ni por qué, cae desmayada, mirando el cuchillo casi completamente fuera, sus pantalones cubiertos de rojo, el dolor nublándole los sentidos. Le parece escuchar, a lo lejos, el sonido de un cañón.

"mi cañón", piensa, con una punzada de tristeza. Intenta despertar, esforzarse por no morir, pero los párpados pesan mucho.


En la sala de control hay un revuelo monumental. Control de clima está preparando el tornado frío para el desierto mientras maximiza los estallidos de la montaña a ver si Sunny o Connor se mueven, sin éxito. La primera, está acurrucada contra una piedra, temiendo a las rocas ardientes que vuelan a su alrededor, intentando evaluar el daño de su pierna lastimada y con lágrimas de dolor en sus ojos, y el segundo, ya en las últimas, tiene el pecho casi inmóvil a no ser por una pequeñísima elevación. Mutaciones está preparando los depósitos para los mutilados engendros, Julio recibe llamada tras llamada, todos están ocupados en una u otra cosa, pero unánimemente sienten la desesperación de que la gran final se les está yendo de las manos.

–Maldición, mándenle una descarga eléctrica al rastreador de Connor, no se nos puede morir en la final –Casiopea Anglevin vuelve a dar un golpe extra furioso con la uña en el escritorio.

–Lo hago, pero no reacciona –Heracle muestra al chico, en la pantalla–: apenas hay reacción de los globos oculares moviéndose un poco. Connor no va a durar ni dos minutos. Y Sunny solo se estremece ante las descargas eléctricas, parece demasiado asustada como para moverse de ahí con esas rocas ardientes volando…

–Mierda, bájales la intensidad a las pinches rocas pendejas –Casiopea, enojada, mira al de control de clima, que se encoge y asiente–: la chica del 10 no querrá moverse de ahí y no la culpo… pero mierda…

Julio no había escuchado a la jefa diciendo tanto comentario malsonante junto, pero la entiende, la situación es desesperada. Si no hacen algo rápido, la final no será final, solo habrá una semifinal doble, ¡con lo mucho que habían alardeado con esa semifinal doble y esas dos batallas de ingenio y lo que especulaba la gente sobre quiénes serían los finalistas! Y ahí los tienen, la pequeñita y el gigante, la historia sobre venganza, el asesino del aliado de ella, los rivales perfectos, ¡Y están en extremos opuestos de la arena!

–Más encima ni que estuvieran cerca… están a extremos opuestos de la arena –masculla Heracle, leyéndole el pensamiento–: si al menos pudiésemos…

–Al demonio con todo –Julio interrumpe, inesperadamente–: voy a enviarle otro reconstituyente ahora mismo a Connor. ¿Puedo, jefa?

Evidentemente que un Connor muerto beneficiaría a Sunny, su hermosa y brillante Sunny, la sacadora de ojos, implacable, asesina perfecta, tímida y todo lo sensual de este mundo, pero una pelea final con el profesional del 2… ¡cómo brillará entonces! Tal es la única intención de Julio, darle un brillante final a la mejor tributo, según él, de la trigésima edición. Casiopea le mira por un segundo, pensando en lo irregular que es aquello, desde que los regalos se instauraron, no se había abusado de ellos jamás a criterio de los vigilantes. Se muerde el labio, asintiendo después, y el joven novato prácticamente corre a la sala de control, tomando uno de los reconstituyentes, yendo a toda velocidad a insertarlo en el paracaídas y realizando el asunto ultra secreto. Le tiemblan las manos, necesita llegar a tiempo, Connor tiene que vivir para morir en un rato, haciendo brillar a su chica…

Consigue hacerlo, inserta las coordenadas y el regalo se va al estadio, para hacer algo grande por la edición más sangrienta en veinte años. Dando un suspiro aliviado, Julio corre de vuelta a la sala de control, y se encuentra con un montón de rostros tensos, expectantes, desde Heracle Morris hasta Casiopea Anglevin. El paracaídas va bajando, se muestra una vista panorámica del sector norte de la arena, Connor ahí tirado con el montón de cadáveres rodeándole es algo tan épico que sin dudas se usará incluso en recopilatorio de ediciones futuras, ahí, enorme, ensangrentado y ganador. El paracaídas baja, posándose junto a él. Por estar mirando la arena y al paracaídas, se han olvidado de fijarse en los signos vitales del profesional.

–Mierda, demasiado tarde –Archer Payne tiene los ojos clavados en ellos. Julio lo hace y su boca se abre.

–Cañón –Ordena, secamente, la jefa. Parece ligeramente descontenta, pero no del todo–: en fin, igual tuvimos dos buenísimas batallas dobles. Enhorabuena, Julio.

Julio debería sentirse decepcionado, triste, enojado por su carencia de batalla final, pero lo único que hace es gritar, saltar, abrazarlos a todos… ¡Por primera vez uno de sus chicos favoritos ha ganado! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sunny!


La fanfarria de las trompetas que anuncian a la ganadora de la trigésima edición resuena en la gran pantalla, propagándose por toda la plaza. Son las 3.00 de la madrugada, la gente trabaja al día siguiente, llevan más de nueve horas allí, aguardando, cansados, muchos ya sentados en el suelo, con niños durmiendo en los brazos, pero todos, sin excepción, despiertan entonces, gritos de júbilo se dejan oír, cinco años que aquello no pasaba en el distrito 10 y el sueño, las obligaciones, todo se va, dejando en su lugar un frenético placer.

–¡Y la ganadora es Sunny Tyson del distrito 10! ¡Mi corazón, Rogelio, mi corazón! –Hefestus Fein grita, emocionado, llorando a lágrima viva–: siempre dije que era mi favorita…

"ameba despreciable y mentirosa", piensa Thomas Rocheford, hijo menor del alcalde, pero el desprecio que siente se ve inmensamente atenuado por todo lo demás. Nunca lo dudó, ni siquiera durante un instante, cabía la posibilidad de que algo se torciera pero confió siempre, tuvo esperanzas, y ahí está, tirada en el suelo, desmayada, en una montaña en llamas sí, pero viva, tan viva…

Siente unos enormes brazos rodeándole y alguien que le grita en el oído alguna frase sin sentido llena de alegría que tampoco le importa demasiado descifrar. Es Ayno Rocheford, su padre, que llora de emoción y de incredulidad, como muchos. Thomas le da un abrazo de compromiso, abochornado porque las demostraciones públicas le ponen bastante incómodo, y se separa, pero está sonriendo, la sonrisa que tiene es de revista, Edward se maldice por no haberle tomado una foto, y a él, a Thomas, qué más le da eso, si su mejor amiga está viva y va a volver, los sobrevivió a todos…

–¡Está vivaaaa! –Una niña pequeña corre por todas partes, llorando, riéndose, abrazando a la multitud, fuera toda timidez y tristeza.

Es Sammy Dean, la niña por quien debía velar hasta el regreso de Sunny. la chica se le acerca, le abraza brevemente y se separa, mirándolo fijamente. Thomas le sonríe, ¿es que no va a dejar de hacer una cosa tan cursi y rara? Pues no, se dice, solo sonriendo y sonriendo más. Cuando pueda tenerla, hablar con ella, contarle lo que han sido esos días, referirle con pormenores las horas que estuvo con su hermana, tomarla entre sus brazos… cuando puedan contárselo todo…

Al final había jugado, no pisó cabezas pero reventó ojos, por ser la reina de la colina. Jugó, nada más que lo que había que hacer, y por las razones que él supone correctas, sin suplicar, sin mendigar, únicamente empleando su propio ingenio. ¿cómo no amarla?

Mira a la pantalla, el aerodeslizador de rescate se ha detenido en el aire y dos paramédicos descienden, en busca de Sunny, todavía desmayada y sin ninguna idea de lo que pasó. Oh, cuando se entere de que ha ganado, piensa Thomas, estremeciéndose en una ligera risa. Cuando se vea ya a salvo… estará impresionada, nada que no se pueda solucionar, se dice. La va a ayudar, claro, con su nula condescendencia característica, con su impaciencia también, pero con aquella adhesión que le profesa, enorme y sincera.

Una última vista panorámica del estadio se deja ver, desde la cornucopia hacia el norte puro desierto, con lago seco, dunas, arena, árboles muertos, y hacia el sur nieve, frío y copos volando. Parece haber una línea invisible separando todo aquello, pero los dos climas extremos parecen coexistir en un mismo hábitat. Artificial, cierto, no obstante…

"Esos somos nosotros –dice Sunny en su mente, de repente–: nos topamos y aquí estamos, coexistiendo."

Niega con la cabeza, aún sonriendo, aunque no le rebate nada porque está pletórico, inmensamente feliz. Él no nota tal extremo, si le parece que son iguales, aunque lleve un traje caro y ella una ropa chabacana de tributo. Las diferencias se acaban de esfumar de golpe.

Al menos, ya no es plebeya.


Encomios:

Puesto 4º Mikah Odair, f4 – Sunny Tyson.

Mikah: contrariamente a lo que se pueda pensar, me gustas. Me gusta que seas tímida pero a la vez salvaje y loca, no sé… tu muerte iba a ser más épica, pero quería transmitir que los juegos no son épicos, son asquerosos, repugnantes y feos, como la muerte que tuviste. Gracias, Ludmi, por prestármela. Fue una buena villana y un buen extremo para Sunny.

Puesto 3º Milaryon Lestrange, m9 – Connor Edgeworth/no muertos.

Milaryon: de tanto intentar utilizar a los demás, saliste trasquilado. No me apetecía contar tu muerte, porque aunque estoy cansada de los personajes manipuladores idealizados como tú, no quería recrearme en tu sufrimiento. RIP, te quiero mucho.

Puesto 2º Connor Edgeworth, m2 – heridas.

Connor: ya he dicho antes que si no fuese Sunny la protagonista, me habría costado elegir entre Dahlia y tú como ganador, pero habría terminado eligiéndote. Honorable, tierno, un poco romántico y entrenado, eres el héroe que me encanta y skdjskjd. No quería que nadie te matara, nadie iba a tener ese placer, moriste como un jodido paladín y te amo. No la lloré, tu muerte no es de esas que se lloran sino de las que se sienten. No sé si con Rebe tendrás un destino distinto, pero aquí tuviste algo bastante bueno, te armaste un camino aunque comenzaste como muy secundario. Bravo, Connie. Te amo demasiado.

Puesto 1º Sunny Tyson, f10 – vencedora.

Sunny: me encantas, maldita niña, me encantas. Mucha gente abandonó la historia porque no gustaste pero es como que meh… a mí me pareces sencillamente genial, humana, honorable, medio filósofa, con tu amor a tu hermana y tu vida difícil, y Thomas, al que quisiste más que a ti misma y terminó ayudándote a valorarte más que a él. Me gustó esa evolución que tuviste al final, de comprender que no tenías que vivir por otros sino por y para ti, y eso fue lo que te dio fuerzas y no otra cosa. Me importa un carajo que no seas bocazas, ni supergirl, ni la chica fuerte e independiente de turno, no quería eso, y te fui fiel hasta el final. Siempre creí en ti, como Thomas, y lo lograste. Lo lograste, hija. Te amo.


No sé cuántos capítulos falten para el final, pero ahora que conocen los juegos puede dejarlo quien quiera xD. Necesito cerrar un par de cosas, como reencuentro con la vida real, coronación, vida después de los juegos, entre otras cosas, y pretendo hacerlo no importa cuánto me lleve.

No sé cuándo los tendré, eso sí, pero con paciencia. Por ahora, al menos, Sunny está a salvo, los juegos terminaron.

Gracias a todas las que leyeron hasta el final, especialmente gracias Gato, Rebe, Fabi y Dani, por darme tantísimo apoyo en este proyecto tan entretenido para mí.

Saludos, reyes y reinas de la colina.