Hola. Seguramente exigen una buena explicación para el retraso de casi un año. La tengo, pero prefiero dejarla para el final del capítulo. De momento, empiezo con mis más sinceras disculpas y el capitulo prometido.


Disclaimer: Los personajes de FMA no me pertenecen ya que son propiedad de Hiromu Arakawa


Cap3: Die Nonne und der Reisende (La Monja y el Viajero)

Volkspark Jungfernheide, Berlín -19 de Mayo de 1932-

Gian Alvise caminaba alrededor de las grandes extensiones de aquel bosque al que los alemanes denominaban parque, contemplando la inmensidad de las frondosas copas de los arboles. Aquel lugar no era el parque más antiguo de Alemania (los planes para su creación se podían remontar hasta las últimas décadas del siglo pasado), pero el joven italiano parecía anonadado con la belleza que emitía la frondosidad de aquellos arboles. A su lado, caminaba la joven japonesa de la misión de aquel Imperio del lejano Oriente. Se atrevió a hablarle luego de que Heydrich les mostrara el "primer ario" del que sería, según él esperaba, una larga y fructífera población que, guiada por Alemania, se propagaría a través del globo: su nombre era Aoki Tsugumi, emparentada con un ex ministro de relaciones exteriores japonés nacido en los dominios de Choshu pertenecientes al Clan Mori, Aoki Shouzou, y la razón por la que no se encontraba en su tierra, aprendiendo todo lo que necesitaría para ser una excelente esposa, era la repentina enfermedad que atacó a su tía. Se encontraban en este parque pues sus delegaciones se habían encontrado visitando el recientemente terminado complejo de viviendas para los trabajadores de la compañía alemana Siemens que se hallaba justo al frente del parque: el lugar pasaría a la historia como Siemensstadt o "Ciudad de Siemens".

-Impresionante ¿No cree... ojou-sama?- pregunta con una cara de duda, como si no lo estuviera diciendo como debería, cosa que le causa gracia a la chica.

-No es necesario esforzarse, Cavararu-dono.-le dice ella, sin ocultar su dificultad para mencionar el apellido del joven, cosa que también le da risa a él.- Esta clase de bosques no los puedo ver sino en los valles de las montañas y, especialmente, en las tristemente celebres faldas del monte Fuji.

-¿Sí? ¿Por qué son tristemente celebres?

-¿De veras quiere que se lo cuente?- el toma su mano para ayudarla a pasar por una zona escabrosa y, mirándola a los ojos, le dice.

-Insisto.

-Jejeje... creo que se arrepentirá de su petición.- ella le contó de los innumerables suicidios que acontecían en aquel hermoso bosque, lo que hizo que al joven siciliano se le erizaran los vellos de todo el cuerpo.- ¿Y qué opina?

-Que hay personas con muchos problemas en su país, ojou-sama. No puedo pensar si quiera porque alguien quisiera renunciar a un regalo tan hermoso como es la vida.- la chica no pareció conmoverse mucho con esta frase del joven.

-Muchas veces y para muchas personas, no es un regalo para nada hermoso. Creo que eso depende mucho de quien viva y lo que le toque vivir.

-Cierto... pero no por todo te darías muerte. Digo, por vivir en un infierno a causa de las deudas y los abusos podría entenderlo, pero ¿Por amor?

-¿Cree que morir por amor es absurdo, Cavararu-dono? ¿Alguna vez ha amado en esta vida?

-Por lo menos no lo suficiente. Pero sé lo que es sufrir por amor y, aún así, aquí me tienes: vivo y a tu lado, recorriendo una tierra lejos de mi hogar y dando lo mejor de mí.- ella sonríe.

-¿Extraña su hogar, Cavara…?

-No sea tan formal, signorina: simplemente dígame Gian.

-¿Jian?

-Jajaja, bueno, es algo. Pues, sobre su pregunta: Sí, a veces extraño mi hogar.- el joven se apoya sobre uno de los pinos y mira el cielo.- El caluroso clima mediterráneo, la cercanía al mar, el canto de las mujeres del pueblo al lavar la ropa y el de las gaviotas cuando los pescadores vuelven a puerto.

-¿Gaviotas? Umineko…

-¿Perdón?

-No… la palabra para gaviota en japonés es Umineko. En tu lengua puede ser Gatto del mare.

-Jajajajaja ¿en serio? Jaja que curioso idioma el suyo, ojou-sama.- la chica lo mira fríamente y murmura.

-Baka

-¿Eh? ¿Y eso que significa?- ella lo vuelve a mirar, esta vez con una sonrisa picaresca y le dice.

-¿Qué crees, Gian?- él se siente algo intrigado por la palabra, a la vez que sorprendido por el brillo que se reflejaba en sus exóticos ojos. Pero ni aún así se permitiría darle la ventaja.

-¿Guapo, quizá?- le respondió él. Ella ríe y él también, cosa que parece gustarle a Vicenzo, que observa desde lejos la escena.

-El muchacho lo hace bien: es todo un galán.- le dice a Girolamo, que acaba de regresar a su lado.

-¿Y no crees que deberíamos estar tratando de mejores asuntos ahora que nos hemos encontrado con los miembros de la delegación nipona que viendo los avances del bambino?

-Bah, son herméticos estos japoneses. Había decidido que si hay que tender puentes habría que hacerlo por el lado más estrecho del barranco, así que vine a buscar a la chica. Pero parece que el chico se nos ha adelantado.

-¡Ja! Hablas como si aún hubiera mujer que pudiera caer en los encantos de una vieja momia como tú.

-Créeme, las hay. Solo espero que no pierda la cabeza: si lo hace, los japoneses le sacarán todo cuanto sabe.

-Oh, por favor ¿Qué de peligroso puede tener una…?- entonces él hombre se caya de súbito.

-¿Ya te acordaste de Mata Hari?

-Sí… oh, Dios mío, tenemos que evitar que se enamore de ella.

-Tu tranquilo, yo me encargo de él.- dice mientras emprende el camino hacía los dos jóvenes, pero antes, se detiene y mira a Girolamo.- Por cierto, he recibido una notificación desde Roma.

-¿Qué dice?

-Nada en especial, solo información sobre algunas cartas interceptadas del gobierno Austriaco ¿No sabrás algo del tema?

-Mi madre es de Klagenfurt, pero no sé nada. De todas formas, si puedo averiguar algo, te lo hago saber.

-Gracias, Girolamo. Es bueno saber que contamos contigo.- Vicenzo se dirige a paso lento hacia ambos jóvenes.- Gian, veo que ya eres un experto estableciendo relaciones diplomáticas.

-Jaja supongo que no tanto como tú.- el muchacho mira a la chica y luego a su jefe.- Supongo que las presentaciones sobran, pero nunca está de más: Aoki Tsugumi, este hombre es Vicenzo Settignano, líder de nuestra misión.- el hombre toma la mano de la chica y besa sus falanges.

-Madonna, e un piacere. Espero que mi joven amigo no le esté causando problemas.

-No se preocupe, no es una mala compañía.

-Ya veo, entonces creo que no le importará que la escoltemos de vuelta a la mansión de nuestro anfitrión ¿cierto?

-Oh, no se moleste. Creo que eso debería hacerlo con mi delegación.

-Me temo que se adelantaron.- dice ahora Girolamo.- Al parecer este joven los contactó antes a ellos y les informó lo que va a decirnos a continuación.- agrega el veneciano presentando al oficial que le había avisado de los hechos, quien terminó agregando…

-El señor Heydrich dice que vengan a la mansión. Acaba de llegar algo que desea mostrarles. No se preocupe por sus compañeros, fraulein Aoki: ellos ya se encuentran camino hacia allá.- la chica pega un suspiro.

-Entonces será mejor irme con ustedes, si no es mucho problema.- Vicenzo se adelanta a Gian al responderle a la chica.

-Al contrario. Será un placer.

Acompañaron al soldado hasta un vehículo donde entraron Vicenzo y Girolamo, mientras que Gian llevaba a Tsugumi en el de ellos.

Una vez llegados a la gran casa, se dieron con la sorpresa de que varias de las delegaciones estaban a punto de partir.

-¿Qué se supone que está pasando aquí?- la japonesa, también sorprendida, respondió.

-No lo sé, iré a preguntarle a mis… aunque mire, allí está Herr Heydrich.- efectivamente, allí se encontraba el hombre, hablando con un representante de la representación española. Desafortunadamente para Gian, no sabía español, idioma en que se estaba refiriendo el oficial a su anfitrión.

-Creo que no seré capaz de entender esto. Mi español no es muy bueno, pese a que el italiano se parezca a ese idioma.- la joven sonríe por lo bajo y le dice en un susurro.

-Yo sí lo entiendo.

-¿Eh?

-Estudié algunos años en un Colegio de Monjas Españolas en Nagasaki. Aprendí el idioma y otras cosas más.

-Bueno, entonces dependeré de ti ¿Podrías traducirme lo que dicen, por favor?

-Con gusto.- a algunos pasos de los jóvenes, el oficial le hablaba a Heydrich.

-… Debo decirle que, pese a que lo que tiene allí abajo es una abominación en todos los sentidos posibles, por el éxito de nuestra próxima revolución, podría considerar tener un batallón de estos en alguna de las bases, cercanas a la capital ¿Cuándo tendrá un grupo formado?

-Tenemos seis creados, teniendo a los otros cinco en otros laboratorios alrededor del país. Cuando podamos encontrar la forma de crear más, entonces les avisaremos.

-Excelente. Cuento con usted.- ambos se estrechan la mano y el español se retira. Tsugumi le cuenta entonces todo lo que ha escuchado.

-¿A que habrán querido referirse?

-No lo sé. Parece que el señor Heydrich les ha mostrado algo que a nosotros no.- la chica es interrumpida por el susodicho, quien aclara una cosa.

-Ciertamente, señorita Aoki. Mientras su grupo se encontraba revisando las inmediaciones de la Siemmenstadt, le mostró a las delegaciones de España y los Sudetes nuestra pequeña inversión en investigación biológica, pero a un nivel más avanzado. Espero que ustedes puedan verlo cuando esté listo.

-¿Acaso no podemos verlo hoy?

-Me temo que no será posible. El sujeto debe estar sometido a "cierto ambiente", y ya lo hemos puesta a descansar. Mañana por la mañana nos encargaremos de condicionarlo adecuadamente para cumplir con sus expectativas.

-¿Y cuándo estará listo?

-Eso es algo que quería discutir sus delegaciones ¿Podrán quedarse una semana más? Probablemente demore ese tiempo para que todo esté listo para otra prueba. Me harían un gran favor si se lo comunicaran a sus compañeros.-dicho esto, el hombre se va a hablar con los representantes de la comunidad alemana en Checoslovaquia, mientras que los compañeros de Gian se acercan a él. Gian los mira y tras pensarlo un rato, les dice a ambos.

-Tenemos que hablar sobre esto. Ahora.- el joven se los lleva a parte y les cuenta todo cuanto la chica les ha dicho.

-Parece algo grande ¿No creen?- dice Vicenzo, a lo que Girolamo responde...

-Definitivamente ¿Estará relacionado con lo que sea que hayamos visto hace días?

-Es lo más probable.- Vicenzo mira a Gian y le pregunta.- ¿Puedes averiguar algo más?

-¿No sé si podría infiltrarme a ese lugar? Me podría granjear la desconfianza de Herr Heydrich.

-O podrías usar su simpatía y exceso de confianza por ti para que te permita entrar allí.

-¿Y cómo?- el viejo y astuto romano desvía sus ojos hacia la bella nipona, quien se encontraba un poco más lejos hablando con algunos de los miembros de su misión, a quienes luego se les unieron los alemanes de los sudetes.-Oh, no. No, no podría usarla a ella.

-¿Y por qué no? Gian, a lo largo de los siglos, las mujeres han sido expertas en el engatusamiento de los hombres para conseguir información suficiente ¿Qué te hace pensar que no le has dicho, entre sus conversaciones que tuvieron en el volkspark, información útil?- Gian, ahora que lo pensaba bien, había estado hablando de muchas cosas con ella: productos de exportación, la antigua gloria colonial de Italia, los vestigios de la antigua Roma, la existencia de algunas toneladas de oro que, en caso ocurriera un desastre o una guerra que se pusiera fea para Italia, serían enviados lejos de la patria, aún no se sabía donde, junto con algún oficial italiano, un tal Castiglioni.

-"Pensándolo bien, creo que no debí haber mencionado eso último."- ante el silencio del joven, Vicenzo adivina.

-Le hablaste sobre las 10 toneladas de oro de Castiglioni ¿verdad?

-Merda…

-Despreocúpate, habíamos considerado Japón como uno de los destinos a enviarlo. De todas formas, que no se te vuelva a ir la boca de nuevo.

-Aún así, tómatelo como una devolución de favores.- agregó Vicenzo.

-¿Y qué puedo decir?-ambos superiores se miran y se vuelven para responderle al unísono.

-Usa tu imaginación.- tras esta respuesta, el joven se retiró un rato a uno de los balcones de la casa y meditó sus movimientos. Justo en aquel momento, pudo ver como un hermoso Mercedes-Benz se detenía y de él bajaba una joven mujer que fue recibida por el mismísimo Reinhard Heydrich con un tierno beso: era su esposa, Lina von Osten.

-Vaya, así que el monstruo también tiene quien le ame.- susurró para sus adentros. Entonces, al ver a la pareja, se le ocurrió una idea, pero necesitaría que Lina Heydrich estuviera presente. Sin perder tiempo, se dirigió hacia donde se encontraba Tsugumi. Una vez la encontró, le pidió hablar en privado.

-Signorina, tengo que pedirle un favor.

-¿De qué se trata?

-Quiero que finja ser mi amante.- casi inmediatamente, un potente sonrojo se le fue a las mejillas.

-¿¡Qué!? ¿No cree que sea algo intempestivo?

-Como ya le he dicho, solo fingir. Se me ha ocurrido una idea para poder ver aquello que Heydrich nos oculta.

-¿No sería mejor esperar hasta que esté todo listo?

-Seamos realistas ¿En serio podemos quedarnos más tiempo del que ya hemos estado?

-Bueno, nosotros no tendremos muchos problemas: aún nos quedan viáticos.

-No puedo decir lo mismo. Pero, muy aparte de eso, ¿A usted le conviene quedarse más tiempo? ¿No tiene amigos o amigas que quiera volver a ver? ¿No hay algún evento que se vaya a perder por quedarse más tiempo aquí?- la chica se detuvo a pensarlo un poco y Gian pudo distinguir en su mirada un arma que sabía usar muy bien: la nostalgia. Tomó las manos de la chica entre las suyas.- No sé qué asuntos dominarán su cabeza en estos momentos, pero sé que puedo ayudarla de esta manera. Confíe en mí, por favor, Aoki ojou-sama.- La chica, en silencio, hizo un gesto de asentimiento, a lo que Gian mostró una sonrisa de sincera alegría y pasó a explicarle rápidamente el plan.

Minutos después, Reinhard Heydrich y su esposa, Lina, se hallaban caminando en el jardín cuando la peculiar pareja hace su aparición. No había nadie más que los cuatro allí.

-Últimamente los veo muy juntos, herr Cavallaro ¿Pasó algo entre ustedes?- ambos se miran y sonríen.- Oh, así que entonces…

-Siéndole sincero, la primera vez que la vi, me pareció la mujer más hermosa que hubiera visto en mi vida. Su cabello no será como el oro, pero es precioso como la obsidiana, y su mirada me hace sentir algo que nunca había experimentado jamás.- dice en un alemán tan limpio y en un tono tan sincero que Heydrich queda impresionado, Tsugumi sonrojada y Lina completamente conmovida.- Tras hablar con ella estos sentimientos comenzaron aflorar y… bueno, ahora nos ve así.

-Es curioso como el hilo rojo del destino nos jala a lugares tan lejanos para encontrar a quien estamos atados desde el principio de nuestra existencia ¿No cree, eh…?- agrega Tsugumi, mientras la mujer se presenta.

-Oh, perdonen, olvide presentarlos. Esta es mi amada esposa, Lina Matilde von Osten.

-Lina Heydrich.- corrige ella.

-Disculpa querida. Es ella quien me salvo de quedar en la miseria absoluta luego que me expulsaran de la Marina.- explica el alemán.

-Lamento escuchar eso.

-No se preocupe, siempre hay gente malintencionada y envidiosa que hace lo que sea para desprestigiar a uno. Afortunadamente, Lina era mi novia en ese entonces y un amigo suyo me presentó con mi actual jefe, razón por la que estoy suficientemente agradecido con ella cada día de mi vida.

-Oh, Reinhard. De todas maneras, aún son muy jóvenes ustedes dos, aunque Reinhard me dijo que tenían talento como agentes diplomáticos ¿verdad?- ambos asienten.- Pero ¿Decidirán formalizar?- ambos jóvenes se miran, ahora algo preocupados.- ¿Sucede algo?

-Pues, por mi no hay problema, pero…- entonces la japonesa habla.

-Pertenezco a una de las ramas del Clan Mori, los Aoki. Además, me encuentro emparentada con un fallecido Ministro de Relaciones Exteriores, Aoki Shouzou. No creo que mi familia se vaya a sentir halagada de que me comprometa y case con un joven nacido en cuna humilde, aunque este sea una luminaria. Lo más probable es que cuando vuelva me comprometan con otra persona.

-¿Y tú estás de acuerdo con eso?- le pregunta Lina, mirándola a los ojos, buscando la sinceridad en las palabras que dirá. Ella, tras breves segundos de silencio, le devuelve la mirada y responde.

-No. Adoro a mi familia, pero si tengo que decidir entre un futuro hecho por mí, al lado del hombre que yo elijo o el que ellos quieren con el hombre que se les plazca, prefiero mil veces la primera opción.- Reinhard es ahora quien insiste.

-Tu familia lo hace por tu bien ¿Por qué no aceptar la otra opción?- Tsugumi no cree que va a decir lo que está por soltar.

-Porque soy yo quien lo ama a él y nadie más entenderá lo que eso significa, sin importar si son mi padre o madre.- el silencio se hace, dejando a ambos alemanes sorprendidos y a Gian Alvise con un rubor y una extraña mueca que se asemejaba a una sonrisa en su rostro. Heydrich, al ver la cara de Gian Alvise, se ríe, acción que imita su esposa, dejando a ambos jóvenes sonrojados.

-Jajajaja hermoso, ser joven y estar enamorado es hermoso.- dice Lina.- Entonces ¿Qué es lo que sigue? ¿Se escaparán?

-De hecho… eso es lo que estaba pensando.- ambos alemanes vuelven a callarse al escuchar la declaración del italiano.- Será algo complicado, además lo más probable es que me vayan a vacar de mi cargo, pero… creo que por ella podría volver a empezar una nueva vida, inclusive en un lugar tan frío como este.

-Pues no hay ningún problema: Quédense aquí, les cambiaremos sus identidades y podrán trabajar para el partido. Nos hace falta gente con sus habilidades.

-Agradezco la oferta, pero no creo que nos debamos cambiar de identidades, puesto que no cometemos crimen alguno. Sin embargo, me gustaría cumplir con el deber que tengo con mi patria. Así que, no sé si pudiera mostrarnos lo que sea que les haya enseñado a las otras dos legaciones. Me gustaría darle un reporte detallado a mis compañeros antes de irnos.- Heydrich pareció dudarlo un poco. Finalmente, ante la duda, Lina le dice a su esposo.

-No sé qué tendrás que mostrarle al joven, pero creo que si de todas formas se lo enseñarás entonces no pierdes nada.- Reinhard miró a su esposa e inmediatamente después se pasó la mano bajo la barbilla. Pareció meditarlo un poco y, tras algunos segundos, dijo.

-De acuerdo, creo que tienen razón en ese punto ¿Quién soy para oponerme a los designios del amor?- dijo mirando a su esposa, quien sonreía al ver la satisfacción en el rostro de ambos jóvenes.- Espéranos aquí Lina, por favor.

-¿No puedo ir a ver?

-Son cosas del trabajo, mein schatz. Dame veinte minutos y seré todo tuyo.- le da un beso a su esposa y se encamina a dentro de la enorme casa.

La pareja avanzaba, aún con los brazos juntos. Finalmente llegaron a una puerta doble en la planta baja. Heydrich, antes de abrir, les dijo.

-Espero que lo que vean no sea tan chocante como para que se distraigan y no escuchen brevemente mi explicación. Por último, si no se sienten bien, hay unos cubos vacíos cerca de una mesa ¿de acuerdo?- ambos jóvenes se miraron, extrañados, por las raras advertencias, pero asintieron y Heydrich procedió a abrir las puertas. Lo que vieron en ese lugar fue algo parecido a lo de la vez pasada, solo que la celda de estasis se encontraba cubierta por una tela oscura.- Bueno, empezaré. La razón por la que había reunido a todos los presentes en este lugar fue para mostrarles a nuestro pequeño problema que teníamos metido en una estación en Pomerania, cerca de Ostpreussen. Por supuesto, nos tomó el sacrificio de algunos cuantos, pero logramos volver a hacernos con él.

-¿De quién se supone que habla?

-Ah, supongo que recordará al pequeño niño que vio la semana pasada ¿Verdad?

-Claro, lo recuerdo.

-Pues bien, él es una creación de un molde original, uno que verán a continuación. Como ya les había explicado, se trata de un proyecto para crear el soldado perfecto, pues bien, he aquí nuestro prototipo.- el hombre jala la tela y se devela ante los jóvenes una imagen ahora adulta, flotando en la celda de estasis: se trataba de un hombre joven, que no pasaría los 25 años, de cabellos rubios. Su peculiaridad: sus extremidades les habían sido mutiladas y presentaba varias heridas profundas y graves en el cuerpo. Gian y Tsugumi miraron, aterrados, el espécimen original del que sería el súper humano.- Resulto "algo" dañado cuando lo capturamos en Kiel, cerca de la frontera con Dinamarca.

-¿Qué le pasó… a sus brazos y piernas?- Heydrich miró a la mesa que estaba próxima a Tsugumi y ella, lentamente, puso sus ojos en ella: había algo cubierto por una manta gris. Heydrich hizo un gesto para que retirara, a lo que ella, lentamente accedió. Cuando pudo distinguir la carne destrozada cerca de lo que parecía ser un codo, se volvió hacia Gian y escondió su rostro sobre su pecho. Gian, entre asqueado y perturbado por lo que veía, miró hacía otra mesa, esta vez la que estaba al lado suyo, que también tenía algo cubierto por una manta. La alzo brevemente y vio no solo las piernas, sino también el estomago y parte del intestino del joven. Lo que más le llamó la atención fue que también estaba sobre la mesa algo que parecía ser un pene mutilado… cosa que le llamó la atención.

-¿Por qué lo mutilaron de forma tan salvaje?

-Experimentación. Simplemente eso. Nos dimos cuenta que una vez se le secciona una parte del cuerpo, esta pierde la propiedad de regeneración y se cae. Pero, tal y como puede ver allí, entre sus piernas...- tanto Gian como Tsugumi, que tuvo que hacer un titánico esfuerzo por observar los restos, se voltearon nuevamente a mirar al joven suspendido en ese liquido verdoso: efectivamente, tenía todo el equipo completo. Tsugumi pareció no poder soportar el olor a formol y carne descompuesta, por lo que tomó uno de los baldes y devolvió el desayuno. Gian, mientras tanto, se acercó a la criatura y observó fijamente las heridas.

-¿Cómo se supone que crearon a esta… monstruosidad?

-Eso es lo más curioso, herr Ritter: No tenemos la más mínima idea. Lo encontramos cerca de la frontera con Polonia, con una nota de uno de nuestros más grandes colaboradores, Sifridus Kröenen. Decía: "Der wahr volsung, Sigismund" (El verdadero Volsungo, Sigismund).- Gian había leído la leyenda de Sigfried como para entender la referencia, así como había escuchado la Ópera de Wagner, pero más parecía sorprendido al ver las heridas profundas de aquel hombre. Lentamente, con pequeños y débiles movimientos… se regeneraba.

Gian se levantaba de la cama de manera estrepitosa. Sudaba copiosamente y jadeaba como si hubiera corrido una maratoniana carrera. La imagen de esa cosa atrapada en la celda de estasis lo perseguía hasta en los sueños: previamente lo invadió durante la cena y no le dejó probar bocado alguno.

-Una pesadilla- susurró. Se puso en pie, abrió la puerta del balcón y salió a mirar el despejado cielo nocturno.- Esa cosa no debería existir sobre esta tierra… y sin embargo, está aquí.- El frío viento de la madrugada hizo que se le erizara la piel y que sus parpados se entrecerraran, pero parecía no importarle pese a que únicamente estuviera vistiendo la pijama de dos piezas. Una voz, de uno de los balcones vecinos, llamó su atención.

-¿Gian-san?- el aludido voltea y encuentra a Tsugumi, mirándolo desde el otro balcón, vestida con una yukata blanca que se distinguía bajo una bata de terciopelo pardo.

-Signorina Aoki ¿Sucede algo?

-No puedo dormir. Es simplemente eso.- Ambos se miran bajo la luz de la luna, en silencio, durante unos segundos. Entonces, Gian vuelve a hablar.

-Hace frío aquí afuera ¿Le parece si entramos y hablamos de nuestras pesadillas con un poco de café?

-Preferiría una taza de té verde.

-¿Té verde?

-Es tradicional en mi nación ¿Quiere probarlo?

-Por supuesto.- Luego de algunos minutos, se encontraban cambiados ambos con un atuendo poco formal, sentados en una de las salas de la casa. En la mesa de café que estaba entre ellos, ahora había una tetera que manaba vapor de agua. Dentro había te verde japonés que la mujer había traído en una bolsita dentro de su equipaje.

-¿Y qué le parece?

-Sinceramente… es terrible.- la chica lo mira algo sorprendida.- Discúlpame, quizás se debe a que no suelo tomar esta clase de bebidas calientes sin azúcar. Déjame echarle un poco.- luego de que le pone azúcar a su té, el italiano prueba la bebida y, tras pasarla con un doloroso gesto, sentencia.- Ok, con azúcar sabe mucho peor.

-¡Que cruel! Debería saber que las cosas dulces no son las únicas que pueden apreciarse de forma tan completa en este mundo.

-Pero son las más fáciles de apreciar y degustar ¿O acaso usted puede distinguir entre la acidez de una naranja y una mandarina?

-Usualmente la primera suele tener una acidez más notoria por tener menos dulzor, mientras que con la segunda ocurre lo contrario.- le dice ella casi instantáneamente.

-Bien, eso me tomo por sorpresa.- ambos volvieron al silencio, hasta que ella es ahora quien interrumpe.

-¿Por qué no puede dormir?

-Esa cosa. Pensaba como puedo dar testimonio de lo que he visto. He dejado algo escrito a mis compañeros en caso no tenga palabras para decírselos ¿Usted ha podido decirle algo a sus compañeros?

-Estoy igual que usted, no puedo asimilar nada de lo que he visto.- ella lo mira y, tras un corto silencio, le vuelve a hablar.- Por cierto… disculpe por lo de esta tarde.

-¿Qué cosa?- entonces el italiano recuerda las palabras de la chica.- Ah, eso… no es que me haya sentido incomodo, así que no se preocupe.

-Pero seguro tiene a alguien que…

-No, no hay nadie. Es más, escuchar esas palabras salir de sus labios ha sido lo mejor que he experimentado en todo el viaje.- dijo mientras ahora era él quien volteaba a mirarla a los ojos.- ¿Y usted? ¿No tiene a nadie allí en su tierra?

-Uh… pues no… pero, es cierto lo que dije.

-¿Me ama?

-¿Eh? NO, eso no es… es decir, yo… usted… ¡Ah! No es sobre eso, es acerca de mi condición: tarde o temprano me arreglaran un compromiso y de hecho que para mi familia no puede ser con alguien de cuna o posición humilde.

-¿Y para usted?

-Yo… no he tenido una mala vida ni he pasado penurias nunca. No hemos sido del todo acomodados, pero al final logramos estar más arriba de lo que otros están. Casarme con alguien con el que mi futuro no pueda ser tranquilo o estable… no creo que sea el mejor de los escenarios, ni para mí ni para mi familia.- Gian parece entender lo que quiere decir ella, pues abre los ojos con una cierta expresión de tristeza, para luego tomar un cariz de seriedad.

-Y sin embargo, sabes cómo hacerme hablar demás… como lo de las 10 toneladas de oro ¿Cierto?- ella no pareció saber que responder, pero antes que dijera algo, Gian volvió a hablar.- Esta bien, si no fuera porque el gobierno italiano está pensando también en Japón como uno de los lugares para transportarlo, estaría muy enojado con usted y conmigo mismo. Entonces supongo que yo no estoy en sus planes ¿cierto?- el silencio, que únicamente era interrumpido por un molesto ruido proveniente del agua que corría por alguna tubería, se hizo incomodo a más no poder, hasta que ella dijo simplemente.

-Discúlpame…

-Dame cinco años…

-¿Eh?

-Dame cinco malditos años y me verás de nuevo: escalaré posiciones, seré diplomático de primer nivel o, mejor aún, ministro de relaciones exteriores del Reino de Italia. Como sea, verás que estaré a la altura de tus expectativas… y las de tu familia. Porque, debo decirlo con todo respeto, nada de lo que dije en el jardín por la mañana era mentira.- la decisión con la que dijo estas palabras dejó impresionada a la chica, que luego se recompuso y por única respuesta alzo la mano con el dedo meñique extendido. El parece no entender que significa eso, hasta que ella toma su mano y la pone en la misma posición.

-¿Me lo prometes?

-Lo prometo.- dice él y, en el momento en que van a juntar los dedos, el ruido de la tubería se vuelve un silbido insoportable, seguido de un pequeño estallido que termina por sacudir el suelo del lugar donde estaban por tan solo unos segundos.

-¿Qué fue eso?- Gian se tiró al suelo y pegó la oreja: el ruido de las tuberías parecía haber disminuido, pero un violento burbujeo aún podía escucharse bajo el suelo de madera.

-Parece que vino de abajo. No es el desagüe.

-¿Cómo lo sabes?

-Siendo más joven tuve varios trabajos, uno de ellos fontanero. Pude haberme dedicado a eso, pero no me permitieron entrar al gremio.

-¿Por qué?

-Varias razones, una de ellas, la más ridícula de todas, es que aún no tenía bigote. Como sea, iré abajo para ver qué es lo que sucede.

-Te acompaño.

El ruido llevó a Gian Alvise hasta la puerta que ambos habían atravesado esa misma tarde. Al ver que la puerta estaba cerrada, le pidió a la chica que le prestara el broche de pelo que estaba usando.

-¿No me digas que…?

-Sí, también fui cerrajero ¿O que creías? ¿Qué fui un ladrón?- tras escuchar el cerrojo saltar, ambos entraron.- Que sepas antes que nada que no he robado más que el corazón de una o tres mujeres.

-¿Eh?- preguntó ella tanto por lo que dijo como por la escasa audición, puesto que el ruido se había hecho más fuerte.

-Miento, en verdad creo que fueron seis.- dijo con una sonrisa algo sarcástica. Gian ignoró cualquier cosa que hubiera en el lugar, únicamente se limito a buscar la luz de la celda de estasis y luego retirar la tela que lo cubría, pudieron ver algo completamente diferente a lo de la mañana: la criatura que estaba en la celda ahora tenía piernas y brazos carentes de piel, las heridas habían desaparecido de su cuerpo y el ruido parecía proceder de unos extraños torbellinos en los que el agua parecía desaparecer. A Gian le parecía extraño, casi como si el agua que era absorbida se transformara en la piel y carne que le faltaba al joven.- ¿Pero qué diantres es esto?- el joven, aún con los ojos cerrados, pareció escuchar al italiano y puso sus manos sobre en dirección al cristal, creando otra vez los torbellinos, absorbiendo agua y haciéndola explosionar. El vidrio de dos centímetros de espesor se rajó hasta casi partirse en pedazos.

-¿¡Quiere huir!? Deberíamos avisar a…- antes que pudiera terminar la frase, cuatro miembros de la SS aparecieron en el lugar.

-Halt! ¿Cómo entraron?

-Justo a tiempo, tenemos que avisar a herr Heydrich, algo horrible está…- antes que Gian pudiera terminar de explicar la situación, uno de los nazis le apunta con una Mauser en la cabeza.- Hey, tranquilo. No tenemos que ver en esto, solo quería explicar…- el hombre no lo deja acabar: le da un golpe en el rostro, para luego ponerle la rodilla sobre la espalda y apuntarle el arma a la nuca.

-Oiga, esa no es la forma de tratar a un dignatario.- reclama Tsugumi, ante lo cual dos de ellos la sujetan de los brazos y la hacen arrodillarse, mientras otro le apunta con la pistola en la cabeza.

-¿Qué debemos hacer con ellos? Herr Heydrich dijo que no debíamos dejar que nadie saliera de aquí si es que esto llegaba a pasar.

-Se trata de emisarios extranjeros, podríamos tener problemas ¿Lo decidimos cuando lleguen los refuerzos?

-Dijo que habían dos que se iban a ir antes de tiempo ¿No serán estos? Si es así, entonces…- el alemán pareció callarse al darse cuenta del ruido del vidrio crujiendo. Al voltear, puede ver como la criatura había generado otra vez remolinos, pero esta vez, estaba visiblemente más enojado: sus ojos verdes estaban abiertos y su rostro reflejaba furia. Al verlo, una aterrada Tsugumi se echa al suelo- ¿Cuándo llegan los refuerzos?

-¡No importa, hay que hacer tie…!- en ese instante el vidrio revienta y los pedazos llueven sobre todos los presentes. Al estar parados, los más afectados son los nazis, especialmente dos de ellos que son alcanzados por algunas esquirlas. Gian aprovecha la confusión y el hecho de que todo el mundo fue empujado por el agua de la celda para coger a la japonesa y cubrirla con su cuerpo.

-No veas nada y no hagas nada de ruido.- fue lo mejor que pudo haberle dicho, pues apenas los alemanes se pusieron de pie empezaron a disparar contra la criatura. Fueron ruidos extraños para Gian Alvise, pues tras escuchar los disparos le pareció oír como si miles de chispas y pequeños truenos, en conjunto con un desagradable sonido similar al de la sangre corriendo a través de una herida, surgieran de ese ser, para luego escuchar el sonido de metal cortando el aire y aterrizar sobre la carne y huesos de las personas. Cuatro veces escuchó aquello y cuando pudo voltear para ver se dio cuenta que todos estaban muertos y esa cosa seguía allí, parada, mirando hacia ningún lado en especifico.- "Dio, Dio, Dio, Dio… perche a me, Dio? Ok, suficiente con los lloriqueos. Debo hacer algo cuanto antes o ambos vamos a morir."

-¿Qué sucedió?

-No te mentiré, todos han muerto. Escucha, trataré de llamar su atención y hacer que venga hacia mí, cuando puedas sales corriendo por la puerta.

-¿Y qué hay de ti?

-Me las arreglaré, tú preocúpate por huir.- ella levanta la mirada para ver su rostro.

-Ten cuidado.

-No me mires con esos ojos. Después de todo, si no soy parte de tu futuro, lo único que te pediré será que no me llores en caso todo salga mal.- el joven empieza moviéndose despacio y encorvado hacia la puerta, demasiado concentrado para voltear y disfrutar de la cara de consternación que ponía la chica. Cuando estuvo cerca de la puerta, contó tres en su mente y salió corriendo lo más rápido que pudo. La sensación de adrenalina era tal que empezó a recordar aquellos días en Sicilia, en que iba corriendo junto a sus primos y amigos cerca de la costa para luego lanzarse por el acantilado a la costa… aunque, tras ver como un gran trozo de acero salía de su omoplato derecho y la potente fuerza con la que fue lanzado casi lo tira al suelo, comenzó a pensar que su vida estaba pasando frente a sus ojos por una razón aún más siniestra.- "¿De dónde fue qué...? No, no moriré. No aquí… debo seguir corriendo"- Gian siguió corriendo por la escalera que llevaba a la primera planta y volteó por el pasadizo justo antes de que dos cuchillas fueran a clavarse en la pared. Aliviado, volvió su rostro hacia adelante, para encontrarse con un grupo de doce miembros de la SA y, detrás de ellos, a Girolamo Faliero.

-¡Girolamo!

-¡Gian! ¿¡Que fue lo que pasó!?- los hombres apuntan al joven.- ¡No disparen, viene conmigo!

-Pero, se nos dio la orden de matar a todo aquel que entrara sin permiso.

-¿Incluyendo dignatarios?- el joven oficial parecía que iba a dar una respuesta afirmativa.

-¡La señorita Aoki sigue dentro!

-¡Vayan y ayúdenla!- el hombre se acerca al muchacho y mira su herida.-Veamos qué podemos hacer con esto.- Girolamo toma la cuchilla desde el mango y la extrae. Gian aguanta el dolor y sujeta la herida para detener el sangrado.- ¿Qué se supone que es eso?

-No lo sé, cuando esa cosa se liberó no tenía ningún arma parecida, pero de repente me lanzó esa cosa y…- en aquel momento, los soldados estaban acechando la esquina del corredor que llevaba a la puerta del sótano para poder atacar a lo que sea que estuviera allí y salvar a la japonesa, cuando uno de los que se había asomado a mirar salió volando en dirección a la pared, con la cabeza atravesada por una cuchilla.- ¡Ah! ¡Mierda!- los alemanes comenzaron a disparar hacia la puerta y los gritos aterrorizados de una mujer se escucharon.- ¡Imbéciles, tengan cuidado con la…!- Gian no pudo contemplar la frase pues pudo ver que la cuchilla que había matado al soldado se tornaba de un color rojo oscuro… y no precisamente por su sangre.

-No me gusta cómo va esto.- dice Gian, quien decide ponerse tras un mueble. Girolamo no lo entiende, pero sigue su ejemplo. Unos segundos después, esa cosa voló en pedazos y los alemanes que se encontraban allí yacían en el suelo, heridos o en pedazos, gritando y delirando por el dolor.

-¿Qué demonios ha sido eso?- tras ver como el humo se despejaba y una figura empezaba a surgir de allí, el italiano dio media vuelta y decidió alejarse del lugar.

-¿A dónde vas?- le preguntó Gian.

-A informar de esto.- el italiano quedó un poco aliviado y se hecho, agotado por la pérdida de sangre. De repente, ve como otra de esas cosas vuela en dirección a la pared que tenía tras de él. Al ver como empieza a cambiar de color, vuelve a ponerse detrás de otro mueble para cubrirse de la explosión que hizo volar casi toda la pared. Gian está tan aterrado para poder ver a la cosa que empieza a caminar por sobre la casa, que ahora parecía un campo de batalla, y huir por ese forado. A los pocos minutos, llegó Tsugumi.

-¡Sr. Cavallaro!- ella se acercó a él y miró su herida.- Dios ¿Qué te han hecho?- ella pone sus manos sobre la herida y se arranca un trozo de su yukata para vendarlo.

-Ah, principesa. Veo que está bien. Me alegro… ¿Cómo salió de allí?

-Se fue. Esa cosa se fue por el hueco que ha hecho en la pared apenas estuvieron muertos los alemanes ¿Cómo se encuentra?

-Magnifico, me siento como un hombre nuevo.- dijo con una sonrisa sarcástica en el rostro. No pasaron ni cinco minutos, cuando apareció Vicenzo.

-¡Gian! ¿Pero que te ha pasado?

-¿Por dónde empiezo? Primero me rompieron el corazón, luego me atravesaron el hombro y después me mataron del susto. Pero tranquilo, estoy bien.

-Por lo visto tienes los cojones intactos como para usar el sarcasmo en momentos como este.

-¿Te mandó Girolamo?

-¿Girolamo? No, para nada. Me desperté por el ruido.

-Pero… el dijo que iba a informar de esto ¿No se refería a ti?

-¿Qué?- tras pensarlo un poco, una expresión de rabia surcó el rostro del viejo italiano.- Ese hijo de perra austriaca.

-¿Qué pasó?

-Él es el que filtra la información. Tranquilo, me encargaré de esto.- el hombre sale de escena y deja a Gian y Tsugumi a solas.

-No parece muy contento ¿Qué sucede?

-Eso quisiera saber. No me ha contado nada.- Ambos se quedan sentados sobre el suelo, mirando las ruinas humeantes que son la casa. A ambos les sorprende que no venga nadie más a ver qué fue lo que pasó. Sus dudas se despejaron apenas Reinhard Heydrich entró a la sala.

-¿Qué pasó aquí? Y ustedes ¿No se supone que deberían haberse fugado esta noche?- Gian intervino entonces,

-Íbamos. Pero escuchamos un ruido extraño en el sótano. Luego de un momento, esa cosa se liberó.- Reinhard parecía no escucharle, pues únicamente miraba la herida que Gian tenía en el hombro.

-Señor Cavallaro ¿Qué le pasó en el hombro?

-Esa cosa… sacó de algún lado una especie de cuchilla y…- Heydrich detuvo la explicación para arrancar la venda que la japonesa había hecho para el joven. El alemán miró la herida y sonrió.

-Es limpia pese a que atravesó el hueso ¿Dónde está el arma que le hizo esto?- Gian miró hacia donde estaba la cuchilla y Heydrich no perdió tiempo en cogerla y revisarla, desde el mango hasta la punta. Luego, caminando hacia una lámpara de hierro, la blandió como si de un sable se tratara: el objeto no crujió ni emitió algún ruido o resistencia, simplemente se quebró a causa de un corte aparentemente perfecto.

-¡Hermosa hoja! Es perfecta.- luego, mirando a ambos jóvenes, les preguntó.- ¿Qué pasó con él? ¿Huyó?- ambos asintieron en silencio.- Ya veo. Bien, creo que los ayudaré por esta vez.

-¿Cómo?- Gian no pudo terminar de preguntar nada, pues un grupo de hombres de la SS llegó y los esposó.- ¿Qué es esto?

-Su escape, por supuesto. Descuiden, sus compañeros sabrán únicamente que ustedes, par de tortolos, huyeron durante la noche antes que la tubería de gas explotara por una falla mecánica. Habrán cartas y recuerdos que llegarán a sus padres hablándoles de su feliz vida juntos, así que nadie tendrá que preocuparse.- Gian, miró a Tsugumi, quien estaba aterrada. La chica iba a gritar, pero el alemán, presintiendo aquello, le dijo.- Sus compañeros saben que usted está aquí, señorita. Por eso fui a verlos antes de presentarme ante ustedes y les explique la importancia de que no hubieran testigos del hecho. Dieron su consentimiento para que haga lo que me plazca con ustedes.- la chica palideció. El rostro de Gian ahora cambiaba del miedo a la ira, pero nada podía hacer. Solo podía ver como los metían a ambos en una camioneta y los llevaban a algún lugar que, él sabía, sería la tumba de ambos.

Sankt Ophelie af Aarhus Kloster, en lo más profundo de los bosques cercanos a la ciudad de Aarhus, Dinamarca - 20 de Mayo de 1932-

El clima invernal iba desapareciendo ya del norte de Europa, aunque en aquellos lugares aún persistía un frío casi natural. Sin embargo, las nevadas ya no eran casi ningún problema para los caminantes que solían frecuentar esos bosques o los cazadores o para el grupo de dos jóvenes novicias, la monja y el perro que solían pasar por ese lugar. Ellas mantenían una conversación muy alegre mientras volvían de un pueblo cercano con los víveres que la madre superiora les había enviado a recoger al pueblo.

-Ah, esa anciana... mandar a tres jóvenes doncellas a caminar para comprar al pueblo ¡Y ni si quiera nos proporcionó una miserable carreta para movilizarnos!- se quejaba una de las jóvenes, la segunda mayor en apariencia, de largos cabellos negros y ojos azul claro.

-Eh... no está tan vieja para llamarle anciana, Ida.- le dice la monja que las guiaba, mayor que las novicias y cuyos cabellos rubios se asomaban por debajo de la toca monacal.- Además, es precisamente por esa carreta malograda que nos envió a nosotras para recoger por lo menos unas cuantas bolsas de víveres y no todos los barriles que debíamos traer.

-¿Y cómo así se malogró la carreta?

-El fango creado por el deshielo de los caminos de tierra: al parecer una de las ruedas se quedó atrapada y al forzar el avance de los caballos terminaron por romper el eje.

-Ah, maldito deshielo.

-Hey, no maldigas ¿Qué clase de monja serás si sigues lanzando maldiciones a todo lo malo que te sucede?

-¿Y quien dijo que quiero quedarme en el templo hasta el final de mis días? Cuando se cumplan mis años de educación mi padre me llamará a la casa y tendré que casarme con algún sujeto que él me presente y listo. Y respecto a maldecir ¿Como no hacerlo si es también por esa razón que la carreta de Amund Christianssen se rompiera también?

-¿Y qué tiene que ver él en esto?

-¿No es lógico? Si no se hubiera malogrado, él hubiera traído las cosas, incluyendo los barriles de vinagre y vino que tuvimos que dejar, como siempre lo ha hecho. Pero, bueno, gracias a Dios trajimos a Solveig y Alexandr con nosotras para que nos ayudaran.- dice la chica, cambiando su tono de queja por uno de satisfacción y dirigiendo la mirada a la otra novicia, una chica callada, de largos pelos castaños atados en una coleta y de mirada caída que iba al lado del gran perro que los acompañaba. Ambos iban cargando unos paquetes en sus manos y lomos respectivamente.

-Es cierto, sin ellos tendríamos más que cargar hasta el templo. En verdad es un alivio tenerlos con nosotras.- le dice la monja a Solveig, quien, sin dejar la mirada triste en su mirada, dice casi con pesadez.

-No hay problema, hermana Katarina.- la chica y el perro van avanzando un poco más que la monja e Ida, quien mira a la chica y al perro con extrañez.

-Sigue afectada por eso ¿cierto?- la monja asiente ante el comentario de la novicia.

-Ver el suicidio de tu padre luego de que este matara a tu madre no es algo que te vaya a dejar de la noche a la mañana, y menos aún sin dejarte cicatrices tan profundas como un socavón.- dice la monja mientras miran a la chica, que tiene su mirada perdida en el cielo del norte europeo.

Efectivamente, la chica estaba atravesando un trauma causado por presenciar el momento en que su padre se volaba la cabeza con un tiro de carabina en la boca. Previamente él y su esposa habían tenido una pelea, en la que el hombre, a causa de un ataque de furia provocado por el alcohol ingerido aquella tarde, la mató con la misma arma. La chica, que en aquellos momentos volvía de sus clases de piano junto a su perro, Alexandr, abrió la puerta momentos antes de que su padre se volara los sesos. Asustadísima, salió gritando a la calle, donde sus vecinos descubrieron la brutal escena. Días después llegaron sus tíos, quienes la enviaron primero a un psiquiátrico y estos, una vez estabilizada y con el permiso de sus tíos, la derivaron al convento. Fue allí donde ella, Solveig Huitfeldt, conoció a la hermana Katarina Mortendotir, quien estaría al cuidado de ella y trataría de darle las fuerzas para superar su trauma... cosa que parecía funcionar pero de una manera muy lenta: si bien ahora mantenía la cabeza y mirada bajas, antes ni siquiera hablaba y era difícil hacer que coma algo. La que se encargó de solucionar ese último problema era su compañera novicia, Ida Brockenhus. Ahora la chica iba caminando por el camino, distraída viendo el cielo a través de las ramas de los arboles, cuando Alexandr se detuvo de súbito.

-¿Qué pasa, Alex?- el perro se separó del camino y se dirigió a un árbol que se encontraba un poco alejado de este.- Espera, Alex...- la chica siguió al perro y esta, a su vez, fue seguida por sus compañeras. Cuando ella por fin logró alcanzar al perro, este estaba olfateando a un joven que se encontraba recostado bajo un pino rodeado de arbustos. Ella vio al hombre, tendido en el suelo sobre una manta y cubierto por su saco, en posición fetal... la misma posición en que halló el cadáver de su madre. Paralizada por revivir el trauma, trató de gritar, pero algo se lo impedía. De repente, Alexandr empezó a ladrar y ella se estremeció al ver que el hombre se erguía y volteaba para ver a la persona que interrumpía su sueño: alto, delgado, de cabellos castaño claro y de tez blanca pero con el rostro sonrojado... un sonrojo que ella solo podía recordar en la cara de un hombre... la del ebrio de su padre.-¿Qué...? No... no puede ser... tú estás muerto...- el hombre alza la mano en dirección a ella, quien, presa del miedo, se deja caer y se pone a temblar.- ¡NO! ¡ALEJATE DE MI!- el perro salta a ayudarla y muerde al sujeto en el brazo, pero lo suelta rápidamente al recibir una mirada del hombre. Entonces, sin previo aviso, es derribado por un golpe que le cae desde la nuca.-¿Eh? ¿Ida?- pronuncia débilmente la muchacha al ver a su compañera, quien había golpeado al extraño con un saco de lleno de embutidos.

-Eso se encargara de este borracho.- dice mientras toma la mano de Solveig y hace que se pare.- Rápido, vámonos de aquí.- entonces Katarina aparece, mira al joven y se arrodilla para revisarlo.- ¡Hey, Kata! Deja de perder el tiempo con ese ebrio, tenemos que irnos antes que...- la monja le abre la boca al hombre y huele su aliento.- ¿Eh? ¿Qué haces?

-No está ebrio.- dice la monja, mientras toma al joven por debajo del brazo y lo alza con todas sus fuerzas.- Está cansado y tiene mucha fiebre. Necesitamos llevarlo con nosotras al convento, ahora.

-¿El convento? ¿No hay algún hospital cerca o alguien en el pueblo que se pueda encargar de él?

-Están muy lejos y el convento está más cerca. Rápido, con algo de suerte...- en ese preciso momento, una carreta pasa por el camino.- Gracias al cielo ¡Ida! Haz que se detenga.- la novicia obedece y detiene al conductor, le explica la situación y este accede a llevarlas hasta el convento. Una vez allí, las monjas lo transportaron hasta una estancia acogedora y cálida, preparada especialmente para cuidar enfermos, la cual ya casi nunca se usaba gracias al florecimiento de los hospitales. Allí fue llevado mientras Katarina le informaba del hecho a la Madre Superiora, quien se encontraba en el jardín del convento.

-Sí, escuché los rumores hace un momento, cuando una de las novicias vino a mi informándome que trajeron un hombre enfermo.- decía la mujer, de piel clara y edad madura, más no se le notaban muchos signos de vejes en su rostro, ni canas en sus cejas marrones.

-¿Podría ayudar a este viajero?

-Mmmm... Creo que tengo a la persona indicada para ello.- la mujer sigue caminando y va hacía la sala de artesanías del lugar. Allí, creando un pequeño vitral policromado que escenificaba la escena de Jesucristo y el Leproso, se encontraba una joven novicia de 21 años, de cabellos rubios y ojos marrones. La Madre Superiora llamó a la muchacha, quien se encontraba a escasos días de tomar los votos para convertirse en monja.- Aquí estás, debí suponerlo desde antes ¿Estas lo suficientemente ocupada como para poder ayudarnos con esto, Margaret?-la joven voltea y mira a la monja, mientras pregunta con una sonrisa en los labios.

-¿Y de que se trata, Madre Rozenkrantz?

Alsace-Loraine, frontera francesa con Alemania- ese mismo día-:

El tren que había salido de la ciudad de Metz desde hacía ya unas horas y se acercaba lentamente hacía la ciudad alemana Saarbrücken, donde harían una escala antes de continuar el viaje hasta Frankfurt am Main. En asientos para dos personas dentro de un vagón cerrado, uno frente a otro, se encontraban los agentes norteamericanos, acompañados del agente de Francia, un detective algo corpulento y de mirada aburrida, y una atlética joven rubia de mirada seria que representaba los intereses del Imperio Británico. Roy Hungenford la miraba de pies a cabeza, tratando de no compararla con su ex novia y desviaba sutilmente la mirada cuando esta enfrentaba la suya.

-"fría como el hielo. Por lo menos eso parece... en verdad, en ese aspecto no se parece a Jacky...oh, espera, no, esa era Helen…¿O era Patty? Estoy casi seguro que se llamaba..." - luego de tratar, mentalmente, de recordar el nombre de su amante entre todos los nombres de su historial, se dio cuenta que estaban sumergidos en un silencio insoportable, cosa que quiso romper... aunque con una pésima pregunta.- Y... bueno ¿Cuanto falta para llegar?

-Creo haberle dicho, monsieur, que unas cuatro horas.

-Disculpen a mi compañero, es algo impaciente y, como ya dije, es nuevo en esta clase de trabajos.- se excusó Jhon ante ambos agentes

-Cambiando de tema ¿Qué es lo que nos impulsa a adentrarnos en territorio alemán? –pregunta Roy nuevamente, siendo la mujer quien le responde.

-Quedándonos en la frontera con Francia no encontraremos nada. He recibido una comunicación de mis camaradas cerca de Pomerania Oriental: al parecer las cosas más interesantes se perfilan en el Noroeste de Alemania.

-¿En Berlín?- pregunta Roy.

-Ellos transmitieron su mensaje desde Königsberg. Dijo que consiguieron la colaboración de un agente de la Abwerh.

-¿El servicio de inteligencia de Weimar?- dijo el agente francés, con un tono sorprendido.- Parece que no solo somos nosotros los que sospechan de estos nacionalsocialistas.

-Por cierto, Monsieur Etenie ¿Conoce a estos agentes?

-Ciertamente, no, pero madame Ariantraed puede ayudarnos en ello.

-¿Es eso cierto?- pregunta Malcolm.

-Descuide, son un par muy peculiar.- Roy la mira con cierta pesadez, para luego mostrar una sonrisa sarcástica en el extremo de su boca.

-Quizás por eso los capturó la Abwerh.

-¿Por qué cree eso? Yo nuca lo mencioné.

-Su rostro parecía reflejar cierta molestia. Se me ocurren 2 teorías: la primera es que, al tratarse de un par de jóvenes ajenos a la zona, supongo que el acento pudo haber sido un factor determinante para que un oficial bien entrenado pueda reconocer que una pareja de jóvenes turistas podrían ser potenciales espías, especialmente si vagan o caminan por un determinado lugar; y la segunda es algo ridícula, así que mejor ni la digo…

-Oh, no, continúe- insiste la chica, ahora un poco más interesada.- ¿Cuál es la otra posibilidad?

-Uno de los dos cometió un acto extremadamente riesgoso, como suplantar oficiales o robarles el uniforme. Obviamente, antes que fanáticos de ultra derecha son ciudadanos alemanes, por lo que podrán hacer una denuncia, cosa de lo que se enteró el oficial, investigó a fondo y algo habrá sospechado.- entonces Roy saca un periódico y muestra una pequeña nota de internacionales, que no será mayor a las 10 líneas.- Lo más probable es que los atrapara en un momento de confusión, como la explosión de este "campo gasífero" en la Prusia oriental ¿No cree, my lady?- dice esto añadiendo con una expresión triunfalista, especialmente al ver la cara de sorpresa, no de la señorita (que seguía pareciendo un bloque de hielo, pues su sonrisa de interés seguía impregnada en su rostro), sino del petulante parisino de la Deuxieme Bureau. Tras unos segundos, es la chica la que ahora pasa a reírse.

-Jajajaja ¿Son todos los estafadores norteamericanos así de listos? Mr. Malcolm, parece que han tenido suerte en conseguir a un recluta como este.- ninguno de los dos norteamericanos sabe si ella está irritada o simplemente divertida por la respuesta de Roy, pero este se apresura a responder.

-Hay mejores, no tiene porque sorprenderse.

-Bueno, efectivamente, algo parecido les ocurrió a mis compañeros. Pero le aseguro, Mr. Hungenford, que en este viaje usted no tendrá que salvar a nadie.

-Eso espero, la verdad es que tampoco me haría mucha gracia hacerlo.

-¿Por qué lo dice?- Roy le pide un cigarro a John, ante lo cual él le alcanza uno. Tras exhalar el humo del cigarro, dice secamente mientras mira por la ventana.

-Usted me recuerda a mi ex.- luego de aspirar nuevamente el cigarro, agrega mirando de reojo a aquella mujer…- Odio a mi ex.- sentencia secamente mientras expulsa el humo de su boca.

Dinamarca-Sankt Ophelie af Aarhus Kloster -23 de Mayo-

Alphonse empezaba a recobrar la conciencia tras tres días de haber caído enfermo muy cerca de su destino. Evidentemente se había perdido a poco menos de dos kilómetros del lugar que había estado buscando por varias semanas. Lo primero que vio fue una ventana por la que entraban los rayos de sol de las 10 de la mañana, siendo bloqueados por una silueta, a la que a duras penas podía ver la cara. Era la Madre Superiora, Brunhild Rozenkrantz.

-Buenos días, joven Anselm Kassel ¿Cómo se siente?

-Supongo que mejor... gracias a ustedes.

-No se equivoca, joven. Mis chicas lo encontraron cerca del camino, lo confundieron con un ebrio perdido y una de ellas le golpeó con un embutido. Lamento esa agresión, por supuesto.

-No, al parecer estaba justificado.- Alphonse se mira a sí mismo y descubre que se encuentra vistiendo únicamente un gran camisón.- Disculpe madre, pero ¿Donde están mis...?

-Sus ropas están siendo remendadas por las hermanas... las que están rotas, por supuesto, y lavadas las que no.-Alphonse miró a la mujer con estupefacción.- ¿Está buscando algo en especial?

-Sí. Bueno, algo que estaba llevando en mi bolsillo.

-¿De casualidad no se refiere a esto?- dijo ella mientras le mostraba el sobre dentro del cual estaba la carta de Johannes.- No la he leído si eso es lo que le preocupa.- Alphonse pareció tranquilizarse.

-Menos mal, creí que la perdería.

-¿Que es tan importante de este documento?

-No puedo presentarme al lugar de mi destino sin él.

-Tal vez pueda ayudarle ¿A dónde se dirige con exactitud?- Alphonse mira a la madre superiora y le pregunta.

-Es una corazonada, pero ¿De casualidad este no es el convento de Santa Ofelia de Aarhus?

-Pues, ciertamente, lo es. Yo soy la Madre Superiora del mismo, Brunhild Rozenkrantz, pero las monjas aquí me llaman Madre Rozenkrantz.- Alphonse volvió a mirar con detenimiento a la monja, cuyos ojos parecía haber visto en algún otro lugar hacía ya mucho tiempo. Luego, volvió a hablar.

-Ya veo. Disculpe si cause problemas a mi llegada, Madre Rozenkrantz. Había estado viajando desde hace más de dos semanas y en el último trayecto de mi viaje terminé por perderme. Creo que las presentaciones sobran pues, como usted ya sabe, mi nombre es Anselm Kassel ¿No le importará que le hable más tarde de mi objetivo al venir aquí?

-Para nada. Pero creo que debería descansar un poco más. Siendo así, pues, duerma y repose hasta que se haya recuperado por completo: ya hablaremos mañana por la mañana.- la Madre Rosenkrantz había terminado de decir esto cuando tres jóvenes novicias entraron.- Dos de estas jovencitas fueron las que te encontraron en el bosque, las señoritas Solveig y Katarina,- las chicas miran al joven, la primera con desconfianza y la segunda sin ningún ánimo aparente.- y la tercera se ha encargado de cuidarle desde el primer día que le encontramos, la señorita Margaret, o Grette como solemos llamarle.- Alphonse escucha el nombre y siente un ligero zumbido en la cabeza, pero guarda la compostura.- Las dos primeras se encargaran de limpiar su habitación y traerle sus comidas, mientras que estará bajo el cuidado de la hermana Grette. Descanse.- dicho esto, la mujer se retira, no sin dedicarle una mirada a Solveig y Katarina, quienes se adelantan a Margaret y se plantan ante el joven.

-Ehmm... bueno, verá, señor Kassel... queríamos decirle que... sobre el incidente de hace unos días... nosotras... lo sentimos mucho, discúlpenos.

-Sí, no era nuestra intención dejarlo aturdido con una pierna de jamón, es decir, sí que lo era, pero nosotras creíamos que...

-Kat...- le dice Margaret mientras la mira de reojo, a lo que la habladora morena termina por resumir.

-Bueno, lo siento mucho, espero que ya se encuentre mejor.- dicho esto empieza a barrer mientras que Solveig limpia los muebles y estanterías.

-No se preocupen, señoritas, entiendo lo que debieron haber sentido de ver a alguien como yo y en mi estado acercándoseles de esa manera.

-Como sea, recuéstese y no se mueva.- le dice Margaret a la vez que le limpia el sudor de la frente con una toalla húmeda, para luego servirle una espesa y, aparentemente, nada agradable medicina.- Esto le ayudara a bajar su fiebre: el sabor no es bueno, pero lo deberá tomar antes de cada comida, así que lo olvidará rápido.

-Eh, sabes, creo que ya me siento mucho mejor, así que...- la mujer lo mira desafiante y con una sonrisa agradable en el rostro.

-Por favor, no haga esto más difícil, solo abra la boca y diga "ah..."- Alphonse parece empalidecer ante la insensibilidad de los ojos de la chica, pero no le queda otra más que hacer lo que dice. No tarda ni dos segundos en sentir el sabor amargo de la medicina en su lengua y luego la sensación espesa de esta al pasar a través de su garganta.- Muy bien, señor Kassel. Esto lo ayudara a recuperarse.- en ese momento, una tercera monja entra con una bandeja con el desayuno.- Oh, hermana Ida, buenos días.

-Buenos días, Margaret. Traigo la comida que Katarina se olvidó de llevar.- las dos novicias y el paciente miran a la morocha y esta solo atina a sonreír.

-¿Ups? Disculpen, no volverá a ocurrir.- dice sin la aparente intensión de disculparse, a la vez que continua barriendo el suelo.

-Conozco ese tono de voz.- dijo la monja, mientras dejaba la comida sobre la mesa de apoyo. Luego pasó a mirar al joven que se encontraba recostado sobre la cama y llevaba una expresión de asco por la amarga medicina que acababa de tomar. Alphonse también la miró, aunque tuvo que retirar la mirada al ver que ella no retiraba la suya. Ella sonrió y le sirvió un poco de jugo de naranja.- Tenga, señor Kassel, beba esto. Le quitará el sabor amargo de la boca.- Él bebió y una mueca de alivio apareció en su rostro.

-Gracias, hermana.

-Es mi deber. Coma y la hermana Katarina se encargará de recoger todo y llevarlo a la cocina.- la monja pasa a retirarse y deja a los tres que se encontraban originalmente allí.

-Parece que le agradó a la hermana Ida.

-¿Tú crees?

-Seguramente, no hay muchos hombres que vengan aquí a solicitar el cuidado de las hermanas y los pocos con los que trata no tienen su porte ni su forma de hablar.

-Jajaja me halaga, hermana Margaret.

-Señorita, por favor. Aún no he tomado los votos, por lo que no soy una monja.

-De acuerdo... señorita.- dice antes de que pueda confundir otra vez el término.

-Entonces, señor Kassel ¿Que lo trae desde Alemania hasta aquí?

-Creo que nunca mencioné haber venido de Alemania, señorita.

-¿De veras? Me pareció que usted era de allí.

-¿Estuvo allí alguna vez?

-No... Por lo que yo recuerdo siempre he estado aquí.

-¿En Dinamarca?- preguntó Alphonse con fingida inocencia. La chica mostró sus dientes en una sonrisa cargada de una tristeza apenas perceptible. Alphonse pudo distinguirla, por lo que decidió cambiar de tema.- Bueno, no tiene porque responder. Vine hasta aquí buscando a alguien.

-¿De veras?- preguntó Katarina, algo intrigada.- ¿No lo habrá enviado alguien llamado Morten Magnussen, cierto?- preguntó mientras sujetaba la escoba con fuerza.- Porque si es así...

-Ah, no, no, a mi no me envía nadie con es ni otro nombre. Para empezar, dije que estoy aquí en Dinamarca buscando a alguien, no especifique que la busco en este convento.

-¿"La" busco? Entonces es una mujer ¿Eh?- pregunta una interesada Margaret.

-¿Una mujer?- pregunto la ahora interesada Katarina.- ¿Y cómo es ella? ¿Como se llama? ¿Es acaso tu prometida?

-Oh, no, bueno sería que lo fuera, pero no es así. Es la hermana menor de un amigo mío que, tristemente, falleció hace poco.- las tres monjas parecen abandonar su entusiasmo.

-Uh... lo sentimos.

-No, no se preocupen.- el joven pega un bostezo que las religiosas interpretan como señal de cansancio.

-Nos retiraremos. Descanse un rato más y, cualquier cosa que desee, puede llamarnos ¿De acuerdo?

-Claro, muchas gracias por su atención.

Alphonse duerme por poco tiempo. Algunas horas después, se levanta y registra la modesta habitación que las monjas le habían dado. Su abrigo se encontraba colgado en el respaldar de una silla, la cual se posicionaba cerca a una ventana donde podía ver como las hermanas y novicias cosechaban algunas verduras en la huerta. Alphonse toma la chaqueta y busca en el bolsillo. No había nada.

-La carta… Cierto, lo tenía la monja.- el Elric busca en el ropero y ve una sotana sin cuello romano colgada allí. Coge la indumentaria para después salir en de la habitación. El pasadizo no era muy amplio, pero lo suficiente como para que un grupo de cinco personas pasase al mismo tiempo. No llevaba sus zapatos, pensando que podría hacer mucho ruido al caminar en aquel lugar aparentemente vacío. Entonces, a lo lejos, se escuchó el sonido de unas campanadas. Alphonse solo tuvo que mirar el reloj y olfatear el ambiente para darse cuenta de que era la hora del almuerzo de las religiosas.

-A lo mejor este lugar se llenará por unos minutos. Será mejor volver a la habitación y esperar que el tráfico se calme.- efectivamente, no pasaron ni dos minutos y varias monjas empezaron a pasar por el corredor. Alphonse escuchaba sus pasos y voces desde el otro lado de la puerta, esperando que todo se calmara para poder salir. Una vez ocurrió aquello, abrió la puerta y continuó con su camino. Solo quedaba en el corredor una anciana monja que llevaba una carretita con alimentos hacia algún determinado lugar.- A lo mejor si la sigo…- la mujer siguió avanzando por el corredor de manera lenta pero segura. A Alphonse no le incomodaría si estuviera calzando algo, pues el frío suelo de piedra penetraba por sus calcetines y lo incomodaba profundamente. Se preocupaba por no hacer mucho ruido para no llamar la atención de la mujer, pero dedujo que esta padecía de una leve ceguera pues volteó hasta dos veces hacia donde él se encontraba y pareció no advertir su presencia. Es más, en una de esas veces se persigno y mencionó algo sobre el "espíritu del padre Rolf", quizás refiriéndose a algún sacerdote fallecido.

-Era un sujeto muy amable, realmente encantador.- se dijo la anciana en voz alta. La mujer siguió avanzando con cierta parsimonia.

-Va muy lento, pero espero no equivocarme.- se decía Alphonse para sus adentros.- Solo una persona puede ser lo suficientemente importante como para que le lleven sus alimentos a su habitación y esa debe ser…- a pocos minutos que terminara este pensamiento, la mujer se detiene frente a una puerta, toca dos veces y, antes de abrirla, anuncia.

-¡Brunhild! El almuerzo esta aquí.- ante el silencio, ella abre la puerta y pasa con el carrito. Alphonse se queda esperando afuera, mientras la monja entra. No puede evitar escuchar la conversación entre la Madre Superiora y la anciana.- No deberías encerrarte de esa forma, hija mía, por lo menos no sin haber comido antes.

-Lo siento, pero no puedo postergar la solución que este asunto requiere.

-¿Qué es eso?

-El correo, nada importante.- Alphonse dedujo que hablaba de la carta.- Gracias por la comida, hermana Petra. Puede retirarse.- Mientras que la anciana daba media vuelta a la misma velocidad en que los caracoles se mueven, Alphonse aprovechó para ocultarse tras un pilar cercano. Una vez la anciana se retiró, Alphonse volvió a acercarse. Notó que la puerta estaba mal cerrada y entró.- Hermana Lucille, parece que ha vuelto más a aprisa de lo usual.

-¿Eso fue sarcasmo? No parece algo natural de una monja ¿No cree, Madre Superiora?- la monja no volteó a verlo siquiera.

-Señor Kassel. Me alegra ver que ya puede andar.

-Parece usted alguien con pocas cualidades para la carrera religiosa, Madre: su uso del sarcasmo es impecable…- tras mirar la mesa, sobre la que está el sobre abierto que le dio Dieter.- además de su habilidad para el engaño.

-No soy una santa, señor Kassel… o Elric, debería decir ¿no?- él hace una mueca que la mujer parece percibir pese a seguir de espaldas a él.- "Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra", decía nuestro señor. En mi caso, prefiero recurrir a la mentira y ganarme un día más en el purgatorio que tener que arriesgar la vida de esta joven.

-¿Sabe de la situación que atraviesa Margaret Engel?

-Desde que ella llegó aquí, hace ya casi 20 años. Yo aún era una hermana cuando abrí la puerta del convento a Ludolf Engel y Agnes von Jungingen. Venían con una carta de recomendación del arzobispo de Magdeburg, firmado también por el Obispo de Aarhus. Nos dijeron que nunca registraron a la niña, pero que su nombre era Margaret Frederika Engel von Jungingen. Aceptamos tenerla aquí hasta que enviaran a por ella.

-Entonces ¿Por qué no me preguntó directamente?

-Usted no es nadie relacionado a la familia ¿Acaso no tenía derecho a sospechar?

-¿No fue suficiente la carta de presentación?

-Podría haber sido trucada. Sin embargo, debo creerle puesto que no tengo prueba en contrario.- le dice la mujer mientras se para, deja la pluma que estaba usando y voltea hacía el joven: la monja no estaba usando su tocado y Alphonse podía ver como sus cabellos castaños se derramaban sobre sus hombros, como esa mirada que había reconocido antes encajaba con el rostro que ahora veía y mientras ella le estaba formulando una pregunta.- Así que dígame ¿Qué pasó exactamente con…?- Se trago un grito de sorpresa y solo balbuceó con voz ahogada.

-¿Madre?


Omake 2: Eligiendo la tierra dorada (Pequeño homenaje a Umineko no Naku Koro Ni)

Los representantes de la comitiva japonesa acababan de escuchar lo que les dijo Tsugumi Aoki.

-Gracias, Tsugumi-chan. Puedes retirarte.- la chica hace una reverencia a sus superiores y se va.-Bien ¿Qué piensas sobre ese tesoro?

-Es bonita, educada y tiene un buen par de piernas.

-Me refería al oro italiano.

-Ah, sí. Pues hay varios lugares donde podríamos guardarlo: el banco nacional, las arcas imperiales.

-Eso solo haría que los italianos desconfiaran de nosotros. Necesitamos que alguna familia lo suficientemente prestigiosa lo pueda tener en custodia.

-Si bien no recuerdo, había esta familia, la que posee una isla al sur ¿Recuerdas? Esa que tiene por cabeza a un mocoso peli albino.

-Ah, claro. Si, no estaría nada mal.- dijo el otro hombre abriendo un folio con diferentes nombres de familias ilustres japonesas.- Definitivamente, cuando el momento llegue, la familia Ushiromiya podrá hacerse cargo de semejante responsabilidad.


Bien, eso fue todo. Ahora, la razón de tanto retraso se debe a diversos factores. Para empezar, estar fuera del país por un buen tiempo y regresar a inicios de este año es uno de ellos, pero no por completo dado que tuve otros cinco meses para acabar y entregar esto. Pues bien, allí, es donde entra el plano académico: otro ciclo brutal de 7 cursos al que le sigue, desde la siguiente semana, otro igual (sí, esa es mi vida… y eso que aún no tengo practicas, ahí será más hardcore). Por último, el avance de otro proyecto en el que estoy trabajando recoge toda mi atención, por lo que la historia que tenía planeada para este fic se desvanece lentamente de mi mente y, cuando la recuerdo, empiezo a modificarla. No sé si eso será bueno o malo, pero sinceramente me retrasa. Espero que no vuelva a ser tan grosero como el retraso de esta vez, pero no vuelvo a prometer fecha de entrega. Son 10 capitulos, faltan siete y un colofón. Espero poder entregarlos y no tirar la toalla. Un saludo, gracias por leer y mil disculpas por el retraso.

Personajes con diferente nombre:

Solveig Huitfeldt: Nina Tucker

Katarina Mortendotir: Claus

Ida Brockenhus: Clair

Brunhild Rozenkrantz: Trisha Elric

Alexandr: Alexander (ba dum tss!)

Etenie Jourdain: Heimans Breda