¡Hola! Algo tarde, supongo. Lamento el retraso, como siempre, los estudios son absorbentes. En fin, dejo los detalles para el final, espero que disfruten de este nuevo capítulo.
Disclaimer: Los personajes de FMA no me pertenecen ya que son propiedad de Hiromu Arakawa
Cap5: Mein Bruder der Zerstörer (Mi hermano el destructor)
Convento de Santa Ofelia de Aarhus-1 de Junio de 1932-
Margaret Engel se encontraba atravesando el patio interno del convento, en dirección hacia la huerta para informar a las hermanas, que trabajaban en él, que el almuerzo estaba a punto de estar listo y que pasaran por el comedor para servirse. Dentro del convento era un día tranquilo… un tanto sospechosamente tranquilo.
-¿A que se deberá tanta quietud?- un par de jóvenes novicias pasan por su lado, corriendo hacia la huerta.- ¡Hey, niñas! Tengan cuidado, no corran por los pasillos.
-Disculpa Grette, pero tienes que ver esto.- le dijeron las novicias, mientras seguían su camino.
-¿Eh? ¿Qué cosa?- se preguntó ella tomando algo de velocidad en su camino a la huerta. Una vez allí, entendió a que se debía tanto ajetreo en esa zona del convento y tanta quietud en su interior: allí, labrando la tierra con ayuda del único buey que les quedaba, se encontraba Anselm Kassel, realizando una labor de labranza que la hermana Ida le había enseñado hace dos días con la destreza de todo un profesional. Las hermanas y novicias encargadas de la siembra y cosecha estaban atónitas.
-Luego de muchos años, alguien ha podido usar el buey para mover el arado.- dijo una de las mayores.
-Y no lo hace mal. Digo, hasta ayer parecía algo torpe, pero ahora parece todo un labrador.
-Sí ¿Qué fue lo que le hiciste, Ida?- le pregunta jocosamente Katarina.
-¿Y porque debo ser yo la responsable?
-¡Qué más da quien haya sido!- dice otra novicia, una de las que recientemente se unieron al convento con apenas quince años.- Lo importante es que Anselm lo está haciendo de maravilla.
-Tienes razón, Hilde.- dice otra, con un poco más de edad, pero que no pasará los veintes.- Esto es un regalo del Señor.- algunas monjas asienten. En ese instante, Alphonse, agobiado por el calor del esfuerzo físico de la faena, se desabrocha la camisa hasta la mitad y se arremanga los brazos de la misma para mayor comodidad de él… e incomodidad de sus espectadoras, especialmente las jóvenes y adolescentes, algunas de las cuales empiezan a sudar frío, se sonrojan, intentan desviar o bajar la mirada, mirarse unas a otras o cubrirse los ojos para no mirar el perlado pectoral del único varón del lugar. La misma joven novicia, entonces, parece retractarse.- O quizás sea una prueba más que una bendición.- la monja con más edad entonces rompe a reír.
-Jejeje… aún son jóvenes, así que creo que el Señor perdonará sus pensamientos, niñas.- la mujer entonces repara en la presencia de Margaret.- Oh, Grette ¿Ya acabaste en el taller?
-Aún no, Madre Gertrud, creo necesitaré algo de ayuda. Pero será después: el almuerzo está casi listo.- anuncia la chica.- Así que, por favor, vayan yendo al comedor.- las novicias y monjas hacen caso.
-Antes de almorzar, las que tengan que hacerlo, pasen por la capilla para orar por sus pecaminosos pensamientos.- Por lo menos quince de las veinticinco chicas que componían el grupo de novicias y monjas parecieron reaccionar ante esta orden frenando en seco, para luego seguir su camino.- Jajajaja hay que ver la debilidad de esta generación por los placeres terrenales ¿No lo cree, hermana?
-Aún soy una novicia, madre.
-Pero no te falta mucho, mujer ¿Cómo te sientes al respecto?- Margaret demora en responder, casi como si nunca hubiera pensado en ello. En cierta forma, siempre había pensado que era su destino y que no había nacido o venido al mundo para otra cosa.- Sí, lo sé, nunca es fácil al principio.
-No es eso. Es que… nunca he conocido más que este convento, sus alrededores y la ciudad de Aarhus. No sé que es la vida más allá del tocado monacal.
-¿Eres de Alemania, cierto? ¿No recuerdas nada de allí?
-Era muy pequeña cuando me trajeron al convento.- en ese instante, Alphonse se acerca a las dos religiosas.- Oh, Anselm, me alegra verte tan bien. Ya puedes hacer labores pesadas, por lo visto.
-Desde luego, es todo gracias a sus cuidados, Srta. Margaret.
-No, no, yo solo calmé su fiebre, herr Kassel. Su estado y preparación física ayudaron a que se recuperara en un tiempo más corto.
-De todas formas, sin su medicina hubiera tardado más. Por ello le estoy profundamente agradecido. Cambiando de tema, Madre Gertrud: los surcos ya están listos, luego del almuerzo las hermanas pueden empezar a sembrar las semillas de la próxima cosecha.
-Gracias Anselm. Realmente es un regalo del cielo que te hayan encontrado nuestras chicas tirado en el camino.
-Jajaja, así parece.
-Bueno, ve a bañarte y cambiarte antes de comer ¿Te parece?- el chico asiente y se dirige a los baños.- Y tu, Grette, mejor que te pases también por la capilla para purgar tus pensamientos.- ella sonríe.
-Lo haré por costumbre, no lo malinterprete, madre.- ella se va, mientras que la monja moviendo la cabeza en gesto de negación, dice para sí misma.
-En serio, además de débiles, mentirosas. A este paso, tendremos que cerrar el convento.
Había pasado ya casi una semana desde la llegada de Alphonse al convento y se había recuperado por completo de la fiebre. En compensación por los cuidados, Alphonse empezó a trabajar para las monjas, haciendo recados, ayudando en los quehaceres y labores pesadas. Así pues, a Ida la ayudaba en la huerta y los jardines, a Solveig y Katarina en las compras al pueblo y a Grette en el taller de vidriería, lo que hizo que se ganara el respeto, admiración y, porque no decirlo, el cariño de las novicias y monjas del lugar. En una semana se había mantenido sumamente ocupado que por poco había olvidado cual era su misión en aquel lugar, tan al norte de Europa. Precisamente en eso pensaba mientras yacía en la bañera, meditando, mirando al techo ¿Sería lo mejor para Margaret irse del lugar?
-Tal vez sí… tal vez no…- murmuró para sí.- Parece ser feliz, pero merece saber qué es lo que ha sucedido allí afuera.- en ese instante tiene un fugaz flashback de los acontecimientos en su mundo natal.- Bueno, no tan al detalle, solo lo que ocurrió aquí. De una u otra forma, Johannes termina… muerto.- Se mantiene en silencio por un momento, mientras usa una esponja enjabonada sobre sus extremidades.- Como sea, no ganaré nada meditándolo en la bañera.- se dice a sí mismo Alphonse, que, tras enjuagarse el jabón que le quedaba sobre la piel, sale de la tina. Es cuando terminaba de envolverse con una toalla que hace su aparición en el baño la hermana Ida Brockenhus, que aún llevaba las manos llenas de tierra por el trabajo en los jardines y la huerta. Alphonse ahoga un grito de sorpresa, pero ella no puede evitar soltar un corto pero potente grito que logra serenar para, inmediatamente, disculparse.
-¡Señor Kassel, lo siento! No fue mi intención, las chicas… bueno, fue Katarina la que me dijo que el baño estaba vacío. Pero yo… - finalmente, la monja se calma.- Disculpe, no tengo excusa.- Alphonse la para antes de que siga hablando.
-Descuide hermana. Es un accidente, suele pasarle a cualquiera.- el toma la vieja sotana que usaba para andar en el convento ahora que sus ropas estaban sudadas.- el lavamanos está por allá. Úselo mientras yo me cambio rápido antes de que alguien más venga y malentienda todo.- la monja asiente y él continúa cambiándose. Para evitar el incomodo ambiente, Alphonse la habla a la chica.- Y… ¿Ya terminó de plantar las lavandas?
-Esta vez quise poner rosas ¿Le gustan las rosas, Anselm?
-Sí. Me recuerdan a…- en ese momento se le cruza por la mente la cara de Rosamund e, inevitablemente, la de su madre, quien en este mundo resultaba ser la Madre Rozenkrantz.-… mi tierra natal.
-¿Hay muchas rosas en Alemania?
-Nunca me fijé. Aunque sí, en el sur hay más que en el norte. Debe ser por el clima.- él termina de abotonarse la túnica negra y espera a la hermana en la puerta del baño. Ella, ahora con las manos limpias, continúa con la conversación.
-Ahora que recuerdo, nunca nos dijo a quien buscaba ni a donde iba.
-¿No se los conté?
-A la Madre Superiora únicamente, pero por alguna razón la para evitando ¿Hay algo que le incomode de ella?
-Es una monja con una actitud un tanto… especial. Además de que se parece mucho a mi fallecida madre.
-Lo siento, no debí…
-Oh, no se preocupe.- Ambos siguieron caminando en silencio por un momento.- Oiga, hermana. Ciertamente, me llama la atención esa actitud de la Madre Superiora… usted sabe, el sarcasmo y…
-¿El aura de respeto y miedo que inspira?- Alphonse asiente.- Sí, la he notado también ¿Qué tiene?
-Debe tener una historia muy interesante ¿Se sabe que hizo antes de entrar al convento?
-Pues… no lo sé. Por mi parte, desde que la conozco, siempre ha estado aquí. Pero sí, yo también he pensado lo mismo alguna vez. La verdad, parece alguien que conoce mucho sobre el mundo allá afuera.
-¿Y ustedes? ¿Saben cómo es el mundo allí afuera?
-Claro. Todas, con excepción de Margaret, que prácticamente creció aquí, hemos tenido nuestra propia historia fuera de las paredes del convento. Por lo que va de nosotras cuatro, Katarina es la hija de un acomodado hombre de negocios, quien está aquí desde hace unos cuatro años para aprender algunas cosas antes de que se case.
-¿No hubiera sido mejor ponerla en un internado?
-También había pensado en eso, pero parece que por problemas de actitud no le permitieron continuar en los que estaba. Tras ser expulsada de tres internados, vino a parar acá. Respecto a Solveig… bueno, creo que ya sabes su historia ¿no?
-Muy trágica, ciertamente.
-De Margaret no debes preocuparte mucho: si bien solo conoce Aarhus y alrededores, su actitud es bien parecida a la de la Madre Rozenkrantz.
-¿Quieres decir…?
-Cautelosa, astuta y perspicaz. Afortunadamente, no lleva consigo el sarcasmo natural de la Madre Superiora.
-¿Y qué hay de ti? ¿De dónde vienes?
-Yo nací en Streymoy, una de las Islas Feroe, un "poco" al norte de aquí. Mi madre era natural de allí y mi padre era un marino de Aarhus. En aquel lugar no vivíamos mal, pero a mi madre le daba vergüenza que yo, ya con ocho años, no tuviera un padre que me reconozca, por lo que, tras ahorrar mucho, viajo al continente para que, ante las autoridades competentes, mi padre me reconociera como su legitima hija. Por extraño que fuese, no tuvo problemas en hacerlo.
-¿No?
-No. Es más, lo hizo a la brevedad posible. Luego nos enteraríamos que lo había hecho porque tenía una familia aquí y no quería que la mujer se enterara, al parecer porque tenía parientes en la capitanía y podrían arruinarle su trabajo.
-¿Y cómo reaccionó ella?
-Le dio igual. Solo quería el reconocimiento. Planeábamos volver a Streymoy cuando nos robaron nuestro equipaje y, con él, nuestros boletos. Mi madre volvió a casa del amigo de la familia con el que nos habíamos estado quedando y envió una carta a mi abuelo, pidiendo ayuda. Mientras tanto, ambas empezamos a trabajar de lo que podíamos para ver si podíamos pagarnos el boleto de regreso antes que llegara la ayuda del abuelo. Sin embargo, la esposa del hombre que nos acogía en su hogar, creyó que no era buena idea tener a una niña trabajando en la calle, por lo que habló con una de las hermanas del convento y me metieron aquí, en un principio, para estudiar. Aunque era más restrictiva que las calles, en este lugar encontré algo a lo que podía dedicarme a largo plazo. Cuando mi madre, finalmente, tuvo el dinero para poder irnos, yo ya me había acostumbrado a estar aquí, así que decidí quedarme. De vez en cuando le escribo cartas que yo o alguna de las hermanas llevan a Aarhus para que las envíen a Streymoy.
-Ya veo ¿Irás a dejarle cartas este mes?
-Claro. Aunque solemos turnarnos para ir a dejar un saco con todas las cartas de las chicas. Esta vez es el turno de Grette, que irá mañana al medio día ¿Quieres ir con ella? Aarhus está a no más de dos horas de aquí.
-Por supuesto, iré.- respondió el muchacho.
El almuerzo pasó con normalidad en el convento y pronto todos volvieron a hacer sus tareas habituales. Y Alphonse ahora se encontraba con Margaret en el taller del convento, trabajando en las vidrieras que a ella tanto le gustaba hacer, aunque fuera una tarea que elaboraran los hombres en su mayoría.
-Hace años, un sacerdote mandó a hacer vitrales a un taller en Aarhus. Pero como los artesanos lo paraban estafando con la fecha de entrega, entonces decidió crear su propio taller en el convento. Él sabía cómo hacer el trabajo, así que decidió empezarlo para no tener que gastar dinero tontamente. En un principio trajo a otro joven clérigo para que se encargara de este taller a su muerte, pero este último decidió que sería buena idea que las monjas también aprendieran este oficio, así que invitó a algunas a las clases del sacerdote.
-Y supongo que es algo que ha pasado de generación en generación ¿no?
-Así es. Casi como si fuéramos una familia, pero nadie es descendiente de nadie... bueno, casi, aunque eso es un rumor.
-¿Qué cosa?
-Nada, tu sabes, no siempre los sacerdotes pueden mantener el voto de celibato, por eso se especula que tal vez una o tres de las monjas son hijas de alguno de esos dos sacerdotes.- le dijo mientras le alcanzaba unos largos pedazos de madera.- Ok, dejémonos de chismes y empecemos a trabajar ¿te parece?
-De acuerdo ¿Estas son las que tallé el otro día? ¿No?
-Sí. Lo hiciste muy bien, para ser tu primera vez.
-Ya había trabajado en artesanías, aunque eran de cerámica. De todas formas, me sirvió mucho para tener una noción básica.
-Interesante. Bueno, ahora tendrás que barnizarlas: allí tienes el barniz claro y el oscuro ¿Con cuál quieres trabajar?
-Creo que me encargaré del claro.
-Ok, entonces pintaré algunos colores vivos en los vidrios.
Ambos se encargaron, desde ese momento, de hacer su trabajo con eficiente silencio. No se escuchaba nada más que el sonido de los pájaros afuera junto con la voz de alguna que otra monja y el rozar de las brochas, embadurnadas con barniz o pintura, sobre la superficie de las materias que debían ser pintadas. Y mientras el ambiente se mantenía así, Alphonse pensaba en todo lo que le había dicho Ida, además de preguntarse cuál podría ser la respuesta que le daría la chica.
Sabe que conoce el mundo exterior, sabe que puede defenderse, pero no sabe que es lo que ella quisiera en verdad. A lo mejor si...
-A lo mejor si supiera la verdad...- murmura para sí en voz alta, pero es escuchado por la chica.
-¿Perdón?- él no sabe que responder, pero ella se da cuenta de otra cosa.- Oh, ya terminaste.- la chica se pone un par de guantes y toma con delicadeza las piezas de madera.- Haz hecho un buen trabajo. Dentro de poco terminaré de pintar esto y podremos...
-Bueno, de hecho, quería preguntarte ¿Cómo es que tu consideras que son las cosas fuera de este convento? ¿Has pensado acaso en la vida fuera de él?
-Vaya pregunta. Pues sí, una que otra vez me pregunté qué sería de mi vida si no estuviera en el convento. Muchas veces he visto familias enteras pasear, muchachos con sus chicas, amigos saliendo a disfrutar de los días soleados del verano. Hay veces que pienso en eso y tengo... envidia.- Alphonse la mira un tanto intrigado.- Oh, pero no es para tanto: también hacemos eso con las chicas del convento de vez en cuando, por lo que no hay mucho que envidiar.
-¿Y su familia?- Margaret se mantiene en silencio.- Lo siento, creo que no...
-Está bien. Yo... fui dejada aquí hace muchos años, cuando apenas tenía meses de nacida. Nunca supe sobre mis padres, prometieron hacerlo cuando llegue a los dieciocho... pero ya tengo veinte y aún nada.
-Quizá no te lo han dicho porque quieren protegerte.
-A mi me han dicho que no han recibido la señal de mi familia para ello. Dijeron que nos enviarían una carta.- Alphonse, finalmente, no puede soportarlo más.
-Grette... digo, Margaret. Sobre eso, precisamente... hay algo de lo que quiero hablar contigo.
-¿A sí?- le responde dejando las piezas al sol, frente a la ventana.- ¿De qué se trata?
-Pues... para empezar, debo confesar que te he estado ocultando información. La verdad es que... ¿Recuerdas que te dije que estaba buscando a alguien?
-Sí, me acuerdo.
-Pues bien, esa persona está en este convento.
-¿Lograste localizarla?- pregunta ella mientras sigue pintando los vidrios. Alphonse se mantiene callado durante un tiempo, hasta que suelta la respuesta en dos palabras cortas.
-Eres tú.- Margaret se cortó por la sorpresa, pero no soltó ningún grito que delatara su dolor, por lo que Alphonse no se dio cuenta.
-¿Qué? ¿Cómo que yo?- pregunta ella, algo avergonzada.- Debe haber un error.
-No hay error, la misma Madre Rozenkrantz me confirmó tu identidad: Tu eres Margaret Frederika Engel von Jungingen, hija de Ludolf Engel y Agnes von Jungingen, y hermana de Maximilien y Johannes Engel.
-¿Margaret... Engel... von Jungingen?- repite ella, desconcertada. Alphonse se da cuenta entonces que, en toda su estancia, nunca nadie la había llamado por sus apellidos.
-¿Hasta ahora no sabías tu nombre completo?
-No sabía mis apellidos. Nunca nadie me los dijo.- Alphonse abrió los ojos sorprendido y ya iba a preguntarle algo más, cuando la Madre Superiora se apareció en el umbral de la puerta.
-Nunca nos vimos, afortunadamente, en la necesidad de hacerlo. Pero es cierto lo que dice Alphonse, Margaret: él dice toda la verdad.
-¿Alphonse?-él chico mira a la mujer que posee la cara de su madre, pero la personalidad de un despiadado estratega. En sus manos está la carta que dejó Johannes.- ¿Qué clase de broma es esta, Madre Rozenkrantz?
-No es ninguna broma, Margaret.- dice el Elric.- Y ella tiene razón: mi verdadero nombre es Alphonse Elric, hombre de confianza de tu hermano Johannes, quien me envió esta carta.- ella entonces, algo recuperada del shock momentáneo, se para de la silla donde había caído.
-Asumiendo que todo lo que dicen, sea verdad ¿Por qué mi hermano? ¿Por qué no mi padre y mi madre?- Alphonse estira la mano hacia la monja, quien le entrega la carta.
-La historia que estoy por contarte no es nada agradable. Esta, la que te contaré, es la historia de tu familia y la situación que me trajo aquí.- ella, con los ojos acristalados por las palabras de advertencia del joven, se quitó la toca negra que llevaba en la cabeza, descubriendo sus rubios cabellos. Su voz, algo temblorosa, preguntó entonces...
-¿Donde están...? ¿Donde están ellos?- Alphonse guardo silencio por un momento, miró al suelo y luego volvió a mirarla a sus ojos pardos. Las palabras salieron como balas para clavarse en el alma de la chica.
-Muertos, Margaret... todos están muertos.
Mismo día, algunas horas antes, tren de Flensburg (Alemania) hacia Vejle, (Dinamarca)
Hacia algunos kilómetros de distancia que Roy y Elizabeth se encontraban en Dinamarca: luego de haber visitado e investigado la ciudad fronteriza de Flensburg. Hallaron poca cosa, nada fuera de lo común... salvo la destrucción de una hectárea de bosques ocasionada, al parecer, por un derrumbe de rocas. Además, cerca del lugar, también hallaron lo que parecía ser los restos de una camioneta nazi.
-Y, según los leñadores, los derrumbes son comunes cuando ha nevado previamente o en época de lluvias.- le decía Elizabeth mientras señalaba el mapa en el que se había derrumbado un acantilado de roca solida sobre una hectárea de bosque.
-Pero la nieve se derritió hace semanas y no ha llovido todavía. Podría tratarse de una explosión provocada por algún loco que cree que puede encontrar oro o carbón.
-O podría tratarse de nuestro "hombre" ¿No crees?
-Odio admitirlo, pero quizás tengas razón. Nuestro objetivo parece un avatar de las calamidades: a cada lugar que va, termina destruyendo algo.
-En parte eso es bueno: podríamos rastrearlo y atraparlo más fácilmente gracias a esto.
-Ciertamente.- dijo finalmente Roy, mientras encendía otro cigarrillo. Un silencio sepulcral invadió el vagón del tren en el que estaban. Finalmente, tras exhalar una enorme nube de humo, él habló.- Adelantarnos es una buena estrategia, pero creo que nos arriesgamos a perder el rastro.
-Esa cosa es rápida, sin contar que nos lleva algo de tres días de ventaja. La información que hemos obtenido ha sido de hace cinco días y para llegar a pie a Vejle se requeriría poco menos de esa misma cantidad de tiempo.
-Por lo que quieres decir que esa cosa, probablemente, ya está en Vejle ¿Cierto?
-Me temo que sí.- ella mira por un momento a la ventana.- Y parece que nosotros también estaremos allí. Ve sacando tu maleta.
La pareja de angloparlantes salió de la estación de Vejle con rapidez, buscaron un hotel barato donde instalarse y empezaron a recorrer la ciudad en busca de cualquier pista que los guiara a su presa. La búsqueda fue incansable, en toda la ciudad, pero no parecía rendir frutos. Finalmente, decidieron tomar un pequeño descanso en un café, donde podrían comer y pensar en algo.
-Dentro de poco serán las 5 de la tarde y no hemos encontrado ni una sola pista.- exclama Roy mientras toma su café.
-Y ¿No crees que estamos buscando en el sitio equivocado?
-Creí que ambos habíamos acordado que estaba yéndose al norte.
-En eso estamos bien. Lo que creo que hacemos mal es preguntar en plena ciudad: sabemos que le gusta viajar por el campo, deberíamos ir de frente a buscarlo allí ¿No crees?- infiere nuevamente la galesa.
-Es más sencillo enterarnos de los acontecimientos del campo en la ciudad.- en ese momento, Roy mira un puesto de periódicos.- Por ejemplo, leyendo estos periódicos locales.- la chica mira las portadas de los mismos y hace una expresión de escepticismo.
-¿Amarillismo? No sabía que te gustaba este tipo de cosas. Por cierto ¿Sabes leer en danés?- pregunta Riza.
-No, pero puedo averiguar una que otra cosa por su parecido con el alemán y viendo las imágenes. Por lo visto, eres versada en ese idioma ¿no?
-Pues sí. En la Isla de Mann, donde nos educaron para ser miembros del MI6 se nos enseñó una cierta cantidad de lenguas y yo elegí especializarme en lenguas bálticas. Y bueno ¿Qué esperas encontrar allí?
-Que poca falta de visión la tuya, mujer. La verdad es de que puedes encontrar muchas más cosas de las que te imaginas. Esta, por ejemplo, la del pequeño incendio forestal que tuvo lugar ayer.- la chica parece no tomarle importancia.
-Cosa común, supongo: un par de jóvenes salen a pasear, se fuman unos cigarrillo, los botan en pleno bosque y una hoja seca desata el infierno.
-Sería normal si no hubieran hallado un par de cadáveres en el lugar.- esto parece, por supuesto, captar su atención.
-¿Qué?- ella le quita el periódico y busca rápidamente la noticia. Efectivamente, era lo que decía el americano.- Esto es de hoy ¿No?
-El incendio fue hace menos de un par de días, así que aún deben tener los cuerpos en la morgue.
-Vamos allá.
Ambos agentes van a la Morgue del pueblo, no sin pasarse antes por una tienda de ropa en remate. Allí, ensayan una rápida farsa para poder entrar sin levantar sospechas y, una vez se sintieron listos, saldrían hacia allá. En la puerta de la morgue, el viejo Dr. Thorstein Peterssen tomaba el aire del medio día para ventilar sus pulmones del olor a formol. Entonces, ve como una pareja, que por su vestimenta no parecían ser del pueblo, llegar hasta su posición.
-Buenas tarde.- saludó Elizabeth.- Me llamo Gudrunn Halvdandotr y este es mi esposo, Ernest Crysler.- Roy saluda levantando el sombrero, cosa que el doctor hace también.- Veníamos a visitar a mi familia cuando nos enteramos que hubo un incendio cerca de aquí y, bueno, un primo mío justo pasaba por esos lares y hasta ahora no sabemos nada de él.
-Ya veo. Lo lamento mucho, señorita. Seguramente quiere comprobar si los restos del infortunado son de su pariente ¿no?
-Si no fuera mucha molestia, doctor.
-Para nada.- el viejo termina de beber el café que lleva en la mano y mira Roy.- Su esposo es americano ¿cierto?
-Sí, es su primera vez aquí, en Dinamarca. Tendrá que disculparlo, no habla mucho el idioma.
-Descuide.- el hombre abre la puerta y entra- Por aquí, por favor.- ambos caminan por el edificio esterilizado y lúgubre hasta llegar a una sala un tanto más oscura, únicamente iluminada por la luz de las lámparas blancas.- He aquí los finadas, dama y caballero.- ambos se acercan a la mesa donde se había detenido el doctor, quien había sacado la manta que cubría los restos. Ambos miran las partes calcinadas de lo que parece ser 2 jóvenes de aproximadamente 18 o 20 años. Ambos tuvieron que taparse la boca para no mostrar las expresiones de asco. Tras unos segundos, ella pide con la mano que tape los restos.
-Denos un minuto, por favor- los espías se alejan de la mesa hasta estar fuera del viejo oído del Doctor.- ¿Qué opinas?
-Que están bien cocidos...- ella lo mira con seriedad.-Y que tienen cortes tan precisos como los de los otros. Es una clara señal que se trata de él.
-Sí, lo mismo se me ocurrió. Estamos por buen camino, creo que ya sé que tenemos que hacer ahora.-luego de eso, se dirige al médico.- Doctor, gracias por su colaboración. Me temo que no se trata de nuestro pariente, así que espero nos disculpe por hacerle perder su tiempo.
-No, no hay problema.- el Doctor se queda viendo como la pareja se va, pero los llama súbitamente.- ¡Disculpen!
-¿Sucede algo?
-Es simplemente mera curiosidad ¿Como identificaron que no es la persona que buscaban tan rápido?- ella entonces cambió su semblante por uno sumamente lastimero y dijo, en voz baja y entrecortada.
-Nosotros... estábamos buscando... a un niño de once años.- Roy baja la mirada, como para acompañar más el sentimiento desgarrador que la mujer le puso al mensaje. El médico se sintió tan acongojado, que solo atino a decir...
-Lo siento tanto... si pudiera hacer algo por...
-No, no se preocupe. Esperaremos a ver qué sucede. Gracias por todo.- ella se voltea en dirección a la salida y se va, seguida por Roy. Una vez han salido de allí, este le habla.
-Eso fue tan... emocionante ¿Estudiaste teatro alguna vez?
-Sí, en la academia.- le dice ella, sonriente.- No era para nada mala, si vieras mi personificación de Ofelia en Hamlet creerías que me faltan uno o dos tornillos.
-No necesito verlo para creerlo.- le responde el americano en tono sarcástico, a lo cual ella solo encoge los hombros.
-Que hermético. Aunque tu tampoco debes ser malo en eso ¿Cierto? Digo, entendiste cuando actuar como un tío afligido por la muerte de un sobrino ¿No? Dime ¿Fue más fácil que hacerte pasar por banquero u hombre de negocios para tus estafas?- agrega con una sonrisa burlona, por la cual Roy se dio cuenta que la pregunta era en retribución por su comentario anterior. El tenso ambiente se rompe al escuchar el sonido de la gente yendo y viniendo por todos lados y de un viejo músico tocando una Balalayka. Roy, algo más tranquilo, pudo responder.
-Lo fue, créeme. En fin, entonces, podemos deducir de todo esto que nuestro hombre ya estuvo de paso por aquí y se dirige al norte ¿Coincidimos?
-Sí. Por ende, el siguiente punto de búsqueda debe ser...
-Aarhus.- dice Roy.- El siguiente tren sale en... Oh, espera, ya salió.
-¡Rayos! ¿A qué hora sale el siguiente?
-Es el tren nocturno. No tienes problemas en viajar de noche ¿Verdad?
-No, en cierta forma, es divertido. Además, eso nos da tiempo para descansar un rato antes de continuar con todo esto.
-Uhum...-resopla el hombre mientras se acerca al músico desgreñado y de abundante barba gris, que seguía tocando el instrumento ruso. Sin mediar palabra, tomó unas monedas y las dejó en su sombrero. Elizabeth pareció sorprenderse, y le pregunta, a la vez que caminan hacia su hospedaje.
-¿Y eso?
-Tocaba muy bien.- el hombre mira las monedas durante un momento, para luego ajustarse la barba postiza y apretar los surcos de la piel falsa que tenía sobre la cara. Los ojos de Konstantin se clavaron entonces, nuevamente, en la pareja de angloparlantes, mientras los veía alejarse del lugar.
-Ya veo... entonces, va hacia Aarhus. Eso nos da tiempo para prepararlo todo.- murmuró para sí, mientras volvía a tocar la Balalayka.
Convento de Santa Ofelia de Aarhus, 2 de Junio de 1932
La puerta de grueso roble de la habitación de Margaret Engel apenas dejaba pasar los ruegos de las compañeras novicias y monjas que le pedían que saliera a desayunar. Ya eran las nueve y diez de la mañana y la jovencita no daba señales de vida, por lo que temían que le estuviera pasando algo.
-¿Que fue lo que le pasó?- preguntó la joven Solveig, a lo que Katarina responde.
-No lo sé, desde ayer está así.
-¿Por lo menos habrá cenado, no?- pregunta ahora Ida, a lo que Katarina vuelve a responder.
-No. Se fue a la cama sin cenar y el desayuno dejó de servirse hace dos horas.- Ida parece no rendirse y golpea fuertemente la puerta.
-¡Margaret! ¿Sucede algo? Abre la puerta y cuéntanos, podemos ayudarte.- en ese instante, Alphonse aparece, llevando una bandeja con pan y algo de comida.- Ah, justo a tiempo, Anselm.
-¿Sigue encerrada?
-Sí, es imposible hacerla salir.- le comunica Ida, a lo que Katarina sugiere...
-Me preguntaba si podrías tirar la puerta abajo y...- Ida interrumpe la loca idea de la novicia.
-¡Katarina!
-Bueno, tenía que intentarlo ¿no?
-Tranquilas, chicas. Creo que sé cómo puedo hacerla salir de allí, pero necesitaré que me dejen a solas con ella.- las tres se miran y deciden silenciosamente que así sea.
-Espero que lo logres, de lo contrario tendremos que enviar a alguien más a que deje las cartas a la ciudad.- las novicias dejan el lugar y Alphonse se sienta frente a la puerta.
-¿Te sientes bien?- tras un largo silencio, ella habla.
-¿Cómo quieres que me sienta luego de lo que me contaste?
-Suponía que esto pasaría y, sinceramente, me lo temía.
-Entonces... resulta que estoy sola en este mundo ¿Eh? Papá y mamá están muertos, al igual que mis hermanos.
-Eh... sabes... eso no es del todo cierto.
-No trates de consolarme o darme falsas esperanzas. Fuiste bien claro: mis padres fueron asesinados en Suiza, uno de mis hermanos en München y otro se largó a dios sabe dónde, dejándome olvidada.- Alphonse, quien ahora se apoya en la puerta, le dice.
-Esa es la versión oficial del asunto, pero no es precisamente la verdadera. Lo tuve que decir porque nadie me creería si contara lo que en verdad pasó.- Tras unos cuatro segundos de silencio, el cerrojo se descorrió y la puerta se abrió, dejando a Alphonse caer a los pies de la novicia. Ella lo miraba, parada, aún con el camisón de pijama: había llorado durante mucho tiempo, dado sus ojos rojizos y la profundidad de sus parpados. Sin mediar palabra, jaló al chico y a la bandeja que había dejado en el suelo adentro de la habitación y volvió a correr el cerrojo. Mientras el joven se ponía de pie, ella tomó el pan y le pegó tres rápidos mordiscos. Una vez hubo terminado el bocado, le preguntó...
-¿Que versión se supone que es esa?
-La verdad detrás de todas las demás verdades. Todo lo que te dije que le pasó a tu familia es cierto, excepto el destino final de Johannes Engel, tu hermano.
-¿Y piensas contármelo?
-Cuando vayamos a Aarhus te lo diré. Aquí hay muchos oídos y no quiero que nadie sepa esto.- Ella termina de devorar el pan y toma rápidamente el café que tiene a un lado. Sin esperar a que el chico salga de la habitación, se quitó el camisón y se vistió, ante la atónita mirada del joven.- Ah... eh... ah...- al tiempo que él buscaba algo que decir, ella ya se había vestido.
-Después te daré un par de buenos golpes por verme desnuda.- le dijo mientras tomaba su mano, lo arrastraba hasta la puerta y descorría el cerrojo. Su mirada reflejaba decisión.- Ahora no tenemos tiempo que perder, tenemos que tomar la diligencia hacia Aarhus.
Una vez estuvieron en la carreta que debía llevarlos a Aarhus, él empezó a contarle la historia de Johannes, una vez hubieron cruzado el portal dimensional. Alphonse no se guardaría ningún detalle de todo lo acontecido, explicando cada cosa que pudiera, desde el uso de la alquimia, las diferencias con el mundo en el que estaban y las hazañas de su hermano, así como sus pesares y sus éxitos. Finalmente, Alphonse llegó a la parte en que ellos tuvieron que regresar a su mundo.
-...Y de esa forma fue que tu hermano usó sus últimas fuerzas para abrir el portal que nos llevaría de vuelta a este lugar.- la chica se mantuvo en silencio durante un rato, para acabar rompiendo en risas.- Sabía que pasaría esto.
-Jajajaja Ay, Alphonse. Déjame decirte que es la historia más hermosa que alguien ha creado jamás para animarme.
-¿Inventar? Es 100% real, en serio.
-Sí, claro jajaja... tranquilo, puedo asimilar muy bien el hecho de que me hayan abandonado, no te preocupes por ello. Es decir ¿Crear algo nuevo solamente colocando tus manos sobre un objeto "x"? Jajaja eso va contra toda evidencia científica descubierta hasta hoy.
-¿Una religiosa hablando de ciencia?- la cara de la chica cambia a una de seriedad absoluta.
-¿Algún problema con ello, Sr. Elric?- antes de meterse en un problema que no pueda solucionar, decide cortar por lo sano.
-No, para nada.
-Jaja... muy linda historia, ciertamente. Aunque no puedo creerla.
-¿Por qué no? ¿Debo demostrar acaso que es real para creer en ella? Viene a ser un poco como creer en Dios ¿No crees?
-Hey, no lo metas a "él" en esto. Además, yo puedo demostrarte que no es cierto lo que dices.
-¿Cómo?- ella, manteniendo la cara de póquer, junta sus manos lentamente y las coloca con fuerza sobre la mesa, obteniendo por único resultado el sonido de sus palmas sobre la madera.
-Había pensado convertir esto en una pila de juguetes de madera con tu método de "alquimia" ¿Ves que no funciona?
-Buen punto. Pero me temo que no funcionará así. Para empezar, tú no puedes hacer alquimia.
-¿Oh? ¿Y supongo que tu sí? ¿De dónde sacaste esa regla?
-No es una regla, sino una suposición: mi hermano usó alquimia usando sangre. Por algún motivo, pienso que se puede activar siempre que haya una gran cantidad de energía y el usuario posea sangre de "ese mundo".
-¿Eh? No entiendo.
-Para ponerlo más sencillo, vamos a un lugar alejado ¿Te parece?
Ambos jóvenes salen del café y van caminando por la ciudad. Él va buscando un lugar en especifico y ella lo sigue, sin saber exactamente qué es lo que busca. Finalmente, tras vagar por cerca de media hora, él encuentra una vieja granja abandonada. Se detiene al lado de un tocón que parece haber servido una y otra vez como punto base para matar a los cerdos.
-¿Y que se supone que hacemos aquí?
-Encontramos un lugar de gran confluencia espiritual, por supuesto. Ahora, dame unos minutos.-Alphonse toma un poco de tinta liquida que había comprado y traza un circulo de transmutación en el tocón. Finalmente, se hace un corte en la mano y junta sus palmas.-Espero que esto funcione.- Al separa las palmas y golpea el tocón. En un principio parecía que no ocurriría nada, pero una luz y rayos azulinos comienzan a irradiar el lugar y, ante la mirada asombrada de Margaret, la mitad del tocón se convirtió en una corona de flores blancas, que ahora sostenía Alphonse. Ella no podía creerlo.
-No... no puede ser.- ella junta las palmas y golpea lo que queda de la base del árbol caído pero no ocurre nada.- ¿Como es siquiera eso posible?- pregunta tomando las flores y palpándolas casi frenéticamente. Alphonse, dándole una sonrisa tranquilizadora, a la vez que toma sus manos para evitar que destruya las flores, le dice.
-Porque es verdad, Margaret. Por eso es posible.
Mismo día, cerca del Convento- 4:45 PM
Un par de religiosas volvían de hacer un recado, cuando un grito horroroso las sacó de su apacible conversación.
-¿Que ha sido eso?
-Parece que alguien tiene problemas ¿Deberíamos intervenir?
-No creo, tal vez solo se haya caído alguien.- Al grito le siguió el inconfundible sonido de una corteza destrozándose y, tras ella, el retrueno de un tronco cayendo al suelo pesadamente y, con él, el crujir de las hojas y las ramas bajo el peso del mismo.- Aunque, creo que deberíamos ir de todos modos.- ambas mujeres van a ver qué fue lo que sucedió y hallaron el motivo a unos metros más lejos del camino: estaba tirado en el suelo, con la camisa embarrada de tierra y el cabello revuelto. Al parecer, había tenido un ataque, pues se encontraba respirando agitadamente y no dejaba de cogerse la cabeza.-Parece grave... creo que deberíamos llamar a un doctor.
-¿Y por qué no ayudarlo nosotras mismas? Digo, ya pudimos con uno ¿No podríamos encargarnos de otro?
-Por el color de sus cabellos y su estado, creo que se trata de fiebre cerebral. Esto requiere de un cuidado más especializado.
-De todas maneras, creo que deberíamos, si no es encargarnos de él, estabilizarlo ¿No lo cree, hermana?
-Ok, de acuerdo. Déjame verlo.- la monja se acerca al joven, dejando a la novicia, expectante, atrás.- Joven... usted no se encuentra bien, venga con...- se encontraba a apenas dos pasos de él, cuando Sigismund se paró intempestivamente y mira a la mujer. Ella se siente paralizada por los ojos verde intenso del chico, quien tiembla nuevamente al ver la indumentaria de la monja y abre la boca, dejando escapar jadeos de dolor.- ¿¡Oiga, que sucede!?- como respuesta, Sigismund apartó a la mujer con una fuerza tan poderosa que la mandó a volar algunos metros hacia el camino: la monja rodó violentamente sobre el camino empedrado hasta que finalmente se detuvo. La novicia, aterrada y arrepentida de querer ayudar al extraño, quiso correr, pero ahora ese hombre estaba frente a ella, parado, más sereno, pero con un claro rostro adolorido.
-¿Donde... está?
-¿Qué cosa? ¿O a quien buscas?- él la toma de los brazos y murmura lentamente, hasta lanzar un grito aterrador.
-Mar... ga... ret ¿¡DONDE... ESTÁ...MI... HERMANA!?
-De vuelta en el Convento, 5:15 pm-
Alphonse y Margaret vuelven al convento en un silencio imperturbable... principalmente porque el primero estaba cansado por haber repetido el truco dos veces tras tanto tiempo de no haberlo practicado.
-Flashback-
-¡Increíble! Simplemente no puedo creer que esto sea verdad.
-Pero lo es. Y si ya es suficiente para convencerte, entonces creo que ya podremos irnos.- la chica lo detiene.
-No, espera, aún quisiera preguntarte algunas cosas. Y también... ¿Podrías hacer una prueba más para mí?- Alphonse empieza a pensar en qué es lo que le pedirá la chica.
-¿De qué se trata?
-Espera un momento.- ella desaparece por unos quince minutos y vuelve con un saco de arena y algunos esmaltes en polvo.- Déjame ver si puedes hacer algo: da la casualidad que estamos necesitando un poco de vidrio rojo para el nuevo vitral.- Alphonse la mira con pesadez.-¿Qué?
-¿En serio? ¿Me usaras para no fabricar los vidrios?
-No, no es por pereza. Es simplemente que quiero ver si con alquimia salen tan bien como a mano. Tu sabes, simple comparación ¿Que dices? ¿Lo puedes hacer por mi?- Alphonse sostiene la seriedad en su mirada por un momento, pero luego cede.
-De acuerdo, déjame eso. Pero tendré que recuperar fuerzas después.- respondió el alquimista mientras trazaba otro circulo de transmutación y se preparaba para realizar el truco por segunda vez.
-Fin del Flashback-
-En verdad lo siento, creo que fui demasiado molesta al pedirte que hicieras esta placa de vidrio.
-No... no hay problema. Solo tendré que comer un poco y dormir bien para recuperarme. Aparte, no es como si fuera a caerme del cansancio, solo tengo un poco de sueño.
-Ya veo. Pero es realmente impresionante ¿Sabes lo mucho que le serviría a la humanidad tener una habilidad como esa a la mano? No se requeriría poner la vida de decenas de hombres en peligro para construir edificaciones monumentales, las cosechas irían siempre bien, las fabricas duplicarían sus producciones ¡Todo podría ser mejor, Alphonse!
-¿Y de que vivirán los obreros y los carpinteros? ¿Qué harán los jóvenes que sueñan con planear aquellos monumentales edificios? ¿Y los que trabajan en fabricas, que harán? Ciertamente, podría ser mejor en varios aspectos, pero en otros la cosa podría no ir tan bien.
-Se puede hallar una solución.
-Me temo que no la hay: solo quienes venimos de mi lugar de origen podemos usar alquimia ¿Cómo crees que podría yo salvar al mundo dándole a conocer que existe la alquimia y que ellos no pueden usarla?- ella no supo que responder.- Lamento romper tu entusiasmo.
-No, está bien. La verdad es que soy yo quien lamenta haberse emocionado tanto con cosas que, sabia, son casi imposibles de lograr. Además, va contra el orden divino de las cosas.
-"Ganarás el pan con el sudor de tu frente" ¿No?
-Exacto. Pero debo decirte que la calidad no resultó tan buena como las que suelo hacer yo.
-Eso depende de la maestría de quien lo haga. En mi caso, yo apenas he hecho un poco de trabajo en vitrales gracias a ti, pero nada más. Era obvio que el resultado fuera una baja en la calidad.
-Aún así, gracias fue de mucha ayuda.- ambos vuelven a estar en silencio.- Me parece increíble que mi hermano haya hecho cosas como estas.
-Era muy bueno en ello.- el silencio vuelve a invadir el ambiente hasta que ambos llegan a divisar el convento.- Oh, ya llegamos.- aunque su alivió se perdió al ver a la Madre Rozenkrantz en la entrada del edificio.- Rayos.
-¿La Madre Rozenkrantz? ¿Qué pasa con ella?
-Nada en especial.- dijo Alphonse tranquilizándola y tomando las cosas.- Déjame llevar esto al taller y tu habla con ella, pues creo que te está buscando a ti.
-¿Por qué crees eso?
-Por la carta que lleva en su mano.- efectivamente, la mujer llevaba una carta en su mano, la cual el Elric había reconocido como la carta que estaba llevando con él.
-Veo que se han demorado lo suyo ¿Qué es eso, por cierto? Parece caro.
-No se preocupe, Madre, lo he pagado yo: considérelo un agradecimiento por los cuidados que me han brindado.- dice el joven llevándose la placa de vidrio hacia el taller. La monja finalmente se queda con la novicia.
-Bien, espero que te hayas divertido.
-Me la pasé bien, Madre Rosenkrantz, gracias.
-Espero que, disfrutando de un poco de compañía masculina y laica, hayas aprendido algo sobre como es el mundo fuera de estos muros.
-Jajajaja dudo que con un día me baste para conocer todo lo que otras mujeres ya conocen. Además, no creo que necesite necesariamente de compañía masculina para descubrir el mundo fuera del convento.
-Pero definitivamente te ayuda a ver las cosas con diferentes ojos ¿O me equivoco?
-Pues sí, después de todo, hombres y mujeres somos sumamente diferentes.- la mujer lanza una pequeña risa, la cual apenas llega a escuchar la novicia, que no puede evitar sonreír.- ¿Que desea de mi, Madre?- ambas llegan hasta la puerta del convento, la cual llevaba al templo principal. Allí, ella le dice.
-Quiero que tomes la última prueba antes de tomar tus votos, Agnes.- en ese momento, le alcanza la carta.- Esta es la carta que Alphonse Elric llevaba con él cuando llegó al convento. Fue escrita por tu hermano, Johannes Engel.- Margaret se estremece al escuchar esto, cosa que nota la monja.- Parece que la escribió antes de que se fuera hacia Suez. Quisiera que la leas y tomes la decisión que sea más acorde al deseo de tu familia.
-¿El deseo de... mi familia?
-Sí. Margaret, en esta carta está la última voluntad de los Engel von Jungingen, representados por tu hermano. Estas por tomar la decisión más importante de tu vida, hasta el día de hoy... y para eso, necesito que leas esta carta. Lo que sea que me tengas que decir, tienes hasta la oración del crepúsculo para comunicárnoslo... piénsalo bien.- la monja le da el sobre y se retira, dejando a Margaret sola. Ella comprende que no es el mejor lugar para leer esa carta, por lo que lo mejor es irse a su habitación.
De otro lado, Alphonse había dejado la lamina de vidrio rojo en el taller y se dirigía hacia el baño. Una vez llegado allí, abre la puerta y se encuentra con Ida... aunque esta vez se encontraba lavándose el rostro.
-Oh, disculpa, debí haber tocado.
-No se preocupe, Anselm, no ha visto nada de qué avergonzarme esta vez. Dame un momento, que ya salgo y puedes ocupar todo lo ancho y amplio del baño.
-Descuida, solo venía a lavarme las manos antes de hacer una incursión en la cocina.- le explica a la vez que entra al baño y se planta a su lado para lavarse las manos.
-Te sugeriría que te aguantaras a la cena, pero creo que sería pedirte demasiado.
-¿Es en una hora?
-Luego de la oración de las 6 de la tarde. Si desea, puedo hacerle un bocadillo en la cocina.- Alphonse se sorprende por la servicialidad de la monja, y se le cruza brevemente por la cabeza la idea de que el mundo ha perdido a una gran esposa.
-¿No será molestia?
-Para nada, solo no se lo cuentes a la Madre Superiora.
-Nunca en la vida.- una vez en la cocina, la monja le rebanó unas cuantas hogazas de pan y un poco de jamón, queso y una taza de café. Alphonse comió todo vorazmente.
-Oh, parece que sí tenías hambre.- el joven solo asiente mientras mastica el pan.- Te serviré un poco más s aún no estás lleno.
-No te preocupes, está bien así.- ambos se mantienen en silencio, ella viéndole beber el café y él mirando cada rincón de la cocina para terminar por ver los ojos azules de la joven monja.- No sé si alguna vez se lo han dicho, Ida, pero usted podría salir tranquilamente de este templo y lograr que cualquier hombre se rinda ante sus encantos.
-Jajaja... qué cosas dice, Anselm.
-Lo digo en serio. Es decir, es servicial, amable y agradable, sin contar con el hecho de que es sumamente linda.- la monja se sonroja hasta más no poder. Alphonse nota su incomodidad y decide parar los halagos.- Digo, por lo menos me cae en más estima que la Madre Superiora.- Ida pierde un poco la vergüenza y responde a este último comentario.
-Me halaga ciertamente, Herr Kassel, pero le pido que no juzgue tan rudamente a la Madre Rozenkrantz. Ella ha... bueno, no ha pasado una juventud muy fácil.- Alphonse recordó entonces que la Madre Superiora debería andar por los cuarenta años, lo cual ubicaría su juventud cerca de...
-No me diga ¿ella estuvo en...?- la chica desvía la mirada, pero vuelve a ponerla sobre los ojos grises de su acompañante cuando este le toma la mano y le pide.- Si no es mucha molestia, quisiera que me cuente sobre ello.
-No sé si debería...
-Por favor...- ella recuerda entonces lo que él le contó, sobre el parecido de la monja con su madre. Finalmente, la joven decidió empezar con su relato...
Mientras tanto, Margaret se encontraba ya en su habitación. Se había quitado el tocado de novicia, dejando hondear sus largos cabellos rubios sobre su espalda. Ahora miraba la carta con cierta inseguridad.
-De algún modo, me aterra saber el contenido de esta misiva. -pensó ella. Estuvo en silencio, sentada sobre su cama, pensando un buen tiempo. Finalmente, tras aspirar y exhalar profundamente, decidió abrir la misiva y ver el contenido: tenía una caligrafía ordenada, pero la superficie irregular sobre la que se había escrito la carta parecía haber afectado un poco el orden de las letras. Aún así, era perfectamente legible.
Querida hermana:
Las palabras que escribo no describen ni la mitad de todo lo que tengo en mi ser. Pensar que solo te conocí por unas pocas semanas para que luego te enviaran lejos. Hubiera deseado conocerte mejor y verte crecer, ser parte de nuestra familia. Lamento que se hayan dado las circunstancias que desencadenaron los acontecimientos que han definido el rumbo de nuestras vidas. Seguramente ya te han contado cual ha sido el destino de cada uno de nosotros y, si yo no estoy, significa que el mío no me permite estar allí para reclamarte. Siendo esa la situación, mi deseo y el de toda nuestra familia, es que vivas como quieras y desees vivir. El remitente puede sacarte del convento y llevarte con alguno de los miembros de nuestra familia paterna o materna, siempre que tu lo quieras. Pero si es tu decisión seguir el camino de la fe, no te detendrá. Solo quiero que sepas que, tomes la decisión que tomes, tienes una familia que está orgullosa de ti, mirándote en algún lugar de la eternidad.
Hasta pronto,
Con amor, tu hermano, Johannes.
Al acabar la carta, la chica tuvo que cerrarla rápidamente para evitar que el torrente de lagrimas que ya terminaba de recorrer sus mejillas arruinaran el deteriorado papel. Se dejó caer de espaldas sobre el colchón, llorando silenciosamente en un principio... hasta que ya no pudo aguantar los gemidos y lamentos que salían de su boca. Estuvo buen tiempo así, hasta que se calmó. Recordaba que solo tenía una hora para decidir y que debía hacerlo rápido. Guardó la carta en su túnica y se echó sobre la cama con los pies sobre la almohada y la cabeza en donde deberían ir sus pies, mirando al techo, mientras el camino por donde sus lagrimas pasaron se iba secando. Pensaba en que aquel era el regalo más grande que su familia le hubiera dado, además de ser el único en su vida.- Mi hermano me ha regalado el derecho a elegir mi futuro.
Todas las hermanas y novicias se encontraban ya sentadas en las primeras bancas del templo, las más cercanas al altar. Alphonse, al ser ajeno, miraba desde el final de ellas, parado al lado de la puerta, ahora vestido con las ropas con las que había venido, remendadas por las monjas. Mientras las novicias y monjas se ponían en orden, la Madre Rozenkrantz se le acercó.
-Supongo que vienes a ver qué decisión ha tomado Margaret ¿cierto?
-Sí ¿No las incomodo, cierto?
-Para nada, es más, cuantos más testigos mejor.- ella lo mira y se da cuenta que no separa los ojos del altar ni del Cristo crucificado sobre él.- Sabe, la verdad es una decisión que no tiene porque tomarse en horas, ella podría pedir un aplazamiento.
-Por supuesto, no le ha dicho nada de eso ¿verdad?
-Claro, pero si lo hiciera se lo diría.- pasa un momento de silencio medio incomodo, pero la mujer vuelve a quebrarlo.- Siendo sincera, quisiera decirle que en verdad lamentaría mucho verla partir: es una muchacha inteligente, sin contar que hace maravillosos vitrales.
-Entonces, supongo que en verdad está aquí para... ¿negociar?
-Me alegra que lo captara.
-¿Como está tan segura que elegirá irse?
-Ha pasado todo el día con usted fuera del convento. Con toda seguridad puedo ver que usted le ha enseñado una o dos cosas sobre la vida fuera de este ¿no es verdad?- Alphonse la miró sorprendido, pero decidió no mentir.
-Se podría decir que sí, es algo como eso.- la mujer abre los ojos, sorprendida por la respuesta tan directa del chico, para luego responder con voz grave.
-Ya veo... espero que no le haya puesto ni un dedo encima, señor Elric.
-¿Qué? No, no, no me refería a enseñarle esa clase de cosas, madre.
-Oh, bueno. Independientemente de lo que le haya mostrado, esa chica podría elegir irse. Pero debe entender que la vida no es tan sencilla.
-Tiene familia en Frankfurt, München y creo que en Austria también. Si le he podido decir algo es que ella no está sola en este mundo.
-¿Pero la conocen? Sí, bueno, sé que serán primos o tíos. Pero no se han visto en toda la vida ¿De veras cree que los vínculos familiares sirven en este momento?- Tras un momento, Margaret entra al templo y van a recibirla sus compañeras más cercanas. La Madre Rozenkranz se para y, antes de dirigirse hacia ella, le dice al joven.- Sea cual sea la decisión que ella tome, espero que sepa aceptarla.
-¿Tanto como usted?- ella sonríe.
-Hey, dije que negociaría, pero nunca que me negaría a obedecer su voluntad.- Alphonse esboza una sonrisa y mira a la mujer alejarse
-Supongo que eso sería como negar sus propias decisiones pasadas ¿Verdad, Brunhild Rozenkrantz?- murmura el joven para sí mismo. En ese instante, la monja llega ante la novicia.
- Muy bien Margaret, creo que nos debes una respuesta.
-Sí.- la Madre Superiora la guía hasta el altar, donde se para frente a las demás religiosas. Una vez que ellas han dejado de realizar los rezos, ella se dispone a hablar.
Alphonse piensa en ese momento que su trabajo, de por sí, ha terminado. Ya sabrá la decisión de Margaret cuando esta se lo diga personalmente, por lo que decide salir a tomar el aire fuera del templo. El crepúsculo estaba por acabar y dar paso a la noche, la cual se computaba tranquila.
-Bueno, fue divertido. Ahora ¿Que tendré que hacer? Creo que bajaré a Berlín primero, nunca he tenido tiempo de conocer la capital. Además...- en ese momento, Alphonse guarda silencio. Cree que acaba de escuchar algo.- Quien quiera que sea ¡Muéstrese inmediatamente!- de entre los árboles, al lado del camino, sale una joven novicia.- Ah, es usted señorita Eriksdotir... -va a seguir hablándole, cuando ve que algo no anda bien con ella, pues comienza a gesticular algunas palabras en silencio.-"Detrás... de... mi" Espere... algo no va bien aquí.- mira lentamente hacia los arboles que están detrás de ella y puede ver, en medio de la oscuridad, una sombra estática, inmóvil... y humana. La sombra se da cuenta de que ha sido notada. En ese instante, Margaret había empezado a expresar su decisión.
-Lo he estado pensando todo el día, seriamente. Agradezco esta oportunidad que se me está dando, sin embargo, creo que yo quisiera...- antes de poder completar la frase, un grito desde afuera del templo cortó todo de cuajo.
-¡CORRA!
Las monjas se quedan en silencio mientras la Madre Superiora se va por un momento a la parte interior del convento. Las religiosas escuchan atentamente lo que ocurre afuera: unos gritos de terror, el sonido de dos metales chocando y la hierba siendo pisoteada. Entonces, la puerta se abre y entra una aterrada novicia, la cual reconocen.
-¡Karla! ¿Qué es lo que ha pasado?
-El chico, desmayado... la madre Ingeborg... ella está... él la... Oh, dios mío, no... oh, dios mi...- Katarina le da una bofetada en medio de su crisis nerviosa.
-Chica, tienes que calmarte, así nadie te entiende ni un carajo.-la chica toma aire y vuelve a hablar.
-La madre Ingeborg y yo volvíamos... de comprar unas cosas, cuando... lo encontramos tirado en la vía... parecía mal, pues había estado gritando fuertemente mientras se agarraba la cabeza... luego, cuando fuimos a ayudarlo... ella... ella fue...- Katarina y las demás parecieron entender a que se refería.
-Ok, sáltate esa parte ¿Te hizo algo?- la chica niega con la cabeza. Entonces Katarina la abraza.
-Me alegro. Eso es todo lo que importa ahora.- en ese momento entra Alphonse, llevando el mango de una pala, pues la cabeza de esta parecía haber sido arrancada.-¡Anslem! ¿Que fue todo eso?- el Elric no responde, solo atina a trancar la puerta al colocar lo que queda de la pala en medio del asa de la puerta. Cuando las monjas lo ven con más detenimiento, se dan cuenta que tiene un par de cortes en un brazo y una pierna.
-No hay tiempo para explicaciones ¡TIENEN QUE IRSE DE AQUÍ, DEPRI-!- Alphonse no puede acabar la frase pues justo al lado de su cara emerge una de las cuchillas lanzadas por Sigismund. Las chicas entonces pegan un grito y corren lo más rápido que pueden a cubrirse tras la primera fila de asientos. Solo Margaret se queda al lado de Alphosne, quien se aleja de la puerta al sentir los golpes de la criatura. Finalmente, puede ver como una cuchilla se aparece en medio de la puerta y corta el mango de la pala. Luego, la puerta se abre, dejando ver a un sujeto de cabellos blancos, ojos de un anormal color verde intenso y una horripilante herida en la cabeza: parecía como si le hubieran hendido el cráneo con una pala... y digo una pala porque tenía el trozo que le faltaba a la pala de Alphonse justo en su mano derecha.- Scheisse!
-¡Alpho... digo, Anselm! ¿Qué es todo esto?
-Margaret...- pero entonces se da cuenta de lo que ha dicho y se tapa la boca. Cuando voltea a ver al athanatoi, ve que este ha cambiado de cara al escuchar el nombre de la chica. Deja caer la pala y empieza a avanzar, pronunciando lentamente el nombre.
-Mar... ga... ret... Marga... ret...- antes de que llegara a ella, Alphonse se pone en medio.
-Aa... Anselm... ¿Qué pasa aquí? ¿Quién es este hombre?- Alphonse no responde, pero puede ver que la cosa se pondrá fea al ver ahora sus ojos clavados en él y la mirada nada amistosa que tenía.
-Huye, te conseguiré algo de tiempo.- el joven Elric se pone en guardia, mientras la cosa se dispone a atacarle... hasta que recibe un impacto de bala en la cabeza.- ¿Eh? ¿Quien ha...?- antes que termine de hablar otras dos balas impactan en el rostro del athanatoi. El joven voltea para ver quien ha sido y queda completamente anonadado: para sorpresa de todas, el disparo provino de un Fusil Mondragón que era manejado por la misma Madre Superiora. Los tiros impactaron en los ojos del hombre y alguno que otro en su pecho o rostro. Tras descargar todas las balas sobre él, la monja deja de disparar y ve como cae pesadamente al suelo.
-No fue tan difícil ¿Como están?- todos no pueden dar crédito a lo que han visto.- ¿Qué? ¿Nunca han visto a una mujer usar un rifle?- Alphonse entonces reacciona y le ordena a la monja.
-No hay tiempo para esto. Tienen que salir cuanto antes.
-¿Por qué? ¿No está muerto?- pregunta la mujer.
-Mucho me temo que no. Eso no lo detendrá: hace poco le incrusté una pala en el cráneo y ya ves lo que pasó.
-Entiendo. Chicas, diríjanse todas a la bodega y escapen por el túnel hacia el bosque. Solveig, quiero que vayas a tocar la campana en el tono de evacuación.
-Entendido.- las novicias y monjas salen corriendo del lugar. Antes de retirarse con ellas, la Madre Superiora le entrega a Alphonse un saco con...
-¿Una pistola, un cuchillo y una sartén? ¿Crees que podré vencerlo con esto?
-No quiero que lo venza, solo que nos dé un poco de tiempo.
-Gracias por no pedir imposibles.
-Cuando pueda, huya. Le dejaré las llaves en la puerta.- ella da media vuelta, pero voltea nuevamente para despedirse del alquimista.- Buena suerte, Señor Elric.
-Gracias... madre.- la monja desaparece y deja a Alphonse con el athanatoi regenerándose a paso cada vez más rápido.- Por un momento creí que se trataba de Johannes, pero creo que ya sé quién eres. Déjame decirte que me desconciertas: te habíamos estado buscando un tiempo, pero al ver que no había señal de ti decidimos abandonarte a tu suerte.- le dijo Alphonse a la criatura, aún fuera de combate.- Sigismund, la obra maestra de Sifridus Kroenen. Eso significa que estas hecho, en parte, de materia viva...- mientras dice esto, había empezado a hacer un circulo de transmutación, con el cuchillo, sobre su propia mano.- El cual es un material altamente transmutable.- termina de decir esto y la cosa nuevamente está parada, aunque aún no reaccionaba.- Es hora del adiós, Sigismund, mándale saludos a tu maestro.- Alphonse corre, junta sus manos y coloca el circulo de su diestra sobre donde debería estar el corazón de la criatura. Por un momento el alquimista sintió el correr y reacción de la energía en la zona que había golpeado. Pero tras un momento, se dio cuenta que no había ocurrido absolutamente nada.-¿eh?- el monstruo por poco le vuela la cabeza de un solo golpe con su brazo, de no ser por la rápida reacción del alquimista, quien evade el golpe y toma distancia de la criatura para pasar a usar la pistola y dispararle un par de tiros apuntándole a los ojos: uno cae en el derecho y otro en la frente, regenerándose el primero con más rapidez que antes.- veo que se vuelve más fuerte a cada herida.
-¿Por que... te pones... en mi camino...?- pregunta la criatura lentamente. Antes que Alphonse pueda ensayar una respuesta, la criatura coge una de las enormes bancas de madera y la lanza hacia Alphonse de forma horizontal, como si de una lanza se tratara.- ¿¡POR QUÉ!?
-¡Rayos!- murmura el chico juntando sus manos y transmutando la banca en un único bastón de dos metros de largo, con estructura molecular alterada para que sea tan duro como la fibra de carbono. Detrás de la banca arrojada, ya venía, cargando contra él, Sigismund. Con un rapido movimiento de pies, Alphonse evade la tacleada y golpea con todas sus fuerzas al monstruo, quien recibe el golpe de lleno en la espalda, siendo el golpe tan fuerte que el bastón acabó doblado en 90 grados y el athanatoi terminó con la espalda fracturada... aunque no duró mucho porque, ante la atónita mirada de Alphonse, el monstruo enderezó sus vertebras sin mostrar signo alguno de sufrimiento.- Carajo...- la cosa saca dos cuchillas largas como espadas cortas y se acerca a Alphonse para el cuerpo a cuerpo, el alquimista saca el cuchillo y la sartén, usa alquimia para cambiar su estructura molecular y hacerlas más fuertes y así se enfrenta al athanatoi.
El sonido de las campanas repicando para que las monjas y novicias huyeran del lugar se confundía con el resonar del acero transmutado que a duras penas resistía las cuchillas de materia viva. Finalmente, una de ellas logra incrustarse en la sartén, pero Alphonse aprovecha eso para arrebatarle la espada y hacer que baje una de sus manos, la cual queda justo sobre una banca de madera: el alquimista ve su oportunidad y usa el cuchillo de cocina para clavar al inmortal a la banca y, aprovecha su inmovilidad para darle dos balazos en los ojos. Una vez cegado, se aleja de él y espera a ver su reacción, la cual ya parecía evidente: forma cuatro cuchillas.
-Si bien recuerdo, mi hermano pudo encargarse de eso una vez. Pero será un poco peligroso.- en ese momento, Sigismund lanza las hojas hacia su rival.- ¡Ahora!- Alphonse realiza su jugada: se agacha para evadir el filo de los proyectiles y coge dos cuchillas, una de acero y una negra, en pleno vuelo, tomándolas desde el mango.- ¡Cómete esto!- le grita el joven mientras le lanza primero la cuchilla de acero y luego la negra. Sigismund bloquea la primera pero recibe de lleno el impacto de la segunda, que explota con violencia y lo envuelve en una enorme bola de fuego. Las campanas dejan de sonar en ese momento y Alphonse se da cuenta que no está solo: detrás de él, estaban Solveig y su perro, Alexandr.
-¡Señorita Solveig! ¿Qué hace aquí?
-Tocaba la campana, como me ordenaron.
-Oh, cierto. Como sea, debemos largarnos de aquí, cuanto antes.- la mirada de horror que aparece de súbito en el rostro de la chica le obligan a volver la mirada hacia atrás y ver como el fuego del cuerpo de Sigismund empezaba a focalizarse en un punto... que resultó ser su propia mano. Alphonse empezó entonces, primero lentamente, a retroceder hasta la novicia para tomarla de la mano. Cuando vio que las llamas empezaban a dejar su cuerpo para posar sobre su palma y notó la mirada de furia y la expresión de rabia en la cara del athanatoi, Alphonse decidió correr, llevándose a la chica, seguidos por el perro.
-Señor Anselm, espéreme por fa...- antes que pudiera acabar la frase la toma entre sus brazos y le pregunta.
-¿Donde está la entrada al pasadizo secreto?
-E-e-e-e-en la bo-bo-dega...
-Gracias.- dicho esto, toma un impulso y atraviesa a una endemoniada velocidad el patio interior del convento para llegar a la bodega. Derriba la puerta de una sola patada y baja a la novicia. El perro llega poco después de ellos.- Entre señorita antes que...- en ese momento se escucha un grito atronador y luego una explosión.- ¡ENTREN!- la chica y el perro entran rápidamente y el joven les sigue mientras mueve la gruesa puerta de hierro para cerrar la entrada del pasadizo. Antes de poder acabar de cerrarla puede ver que la luz de una marea de fuego , avanza rápidamente hacia la bodega. Sacando fuerzas de donde no las hay, Alphonse logra cerrar la puerta antes que las llamas entraran al pasadizo, sintiendo únicamente el aumento de temperatura de la puerta como única señal del alcance de la explosión.
-¿¡Que fue todo eso!?
-Ojala tuviera una respuesta.- dice Alphonse tomando una de las antorchas que se encontraban colgadas a lo largo del pasadizo.- ¿Es todo de frente?
-Sí.
-¿A dónde lleva esto?
-Nunca lo había usado, es más, hasta hoy creía que era un rumor. Por lo que me contaron, fue creado a inicios de la Gran Guerra para usarlo como escape. Dicen que lleva al bosque más cercano.
-Pues mejor darnos prisa, seguro la Madre Superiora estará preocupada tras escuchar la explosión.- En ese momento, ambos creen escuchar algo tras ello. Alphonse voltea y mira hacia la creciente oscuridad de la zona que habían dejado atrás.- Espera un momento.- la novicia, muerta de miedo, recibe la antorcha del alquimista.
-¿Es él?
-No lo creo. Pero...- Alphonse mira por un momento a la chica y luego a la oscuridad del lugar, para luego tomar una decisión.- Solveig, quiero que me guardes lo que vas a ver en secreto ¿De acuerdo?
-¿Qué cosa?
-Solo espera y verás.- Alphonse, aún con la mano herida, junta sus palmas y golpea con fuerza uno de los muros del lugar: casi inmediatamente las paredes que habían dejado atrás se juntan y la puerta queda sellada por tierra.- Eso servirá.- la novicia está helada, por lo que no puede responder hasta que siente como el joven le saca la antorcha de las manos.
-¿Que fue lo que hizo?
-Mmmm... llamémoslo simplemente "magia". Pero no es algo que todos deban saber ¿Puedo confiarte este secreto, Solveig?- ella mira su rostro, el cual le muestra una sonrisa de confianza y seguridad. Ella sabe que no miente y que su petición es casi más una súplica de su parte.
-Está bien.- él entonces le tiende su mano y ella la toma.
-Entonces vamos, las demás deben estar preocupadas.- el camino que sigue es un tanto largo, pero tras recorrerlo, llegan, efectivamente hasta un bosque cercano, donde las demás monjas y novicias ya los esperaban. Son precisamente Margaret y la Madre Superiora quienes reciben a ambos.
-Temía que no lo hubieran logrado, esa explosión fue terrible.- les dice la Madre Superiora mientras abraza a la novicia adolescente.
-Para que la sintieran hasta aquí, supongo que no exageran.- dijo el alquimista después de ver la distancia que habían recorrido desde donde estaba el convento hasta allí.- En fin, sé que quizás no sea la decisión que esperabas, Margaret, pero tendrás que venir conmigo.
-¿Qué? Espera ¿Por qué? Apenas entiendo lo que está pasando aquí ¿Quién es ese hombre? ¿Cómo sabía mi nombre?- Alphonse mira con cierto desconcierto a Margaret y a las novicias que se encuentran más confundidas que los otros dos. Finalmente, decide hablar, pero en clave.
-¿Recuerdas que, cuando te conté mi historia, cierta persona había tomado la identidad de tu hermano para oscuros propósitos?
-Sí... espera, quiere decir que ese hombre es...
-En cierta forma, sí. Es tu hermano. Y por algún motivo ha venido a buscarte.- la chica no sabía que decir, solo atinaba a sentarse, angustiada por la situación. La Madre Superiora habló entonces.
-¿Qué clase de broma es esta, Elric? ¿Es o no su hermano?
-Madre, aunque no lo sea, esa cosa viene por ella: ya han visto de lo que es capaz ¿No cree que si fuera o no su hermano, es algo completamente irrelevante? Sus intenciones han quedado claras- la mujer ve que el joven tiene razón. Margaret mira el rostro de la monja y en su rostro puede ver la impotencia y la consternación, cosa que nunca había visto en esos ojos hasta ese día. La monja, finalmente, le dice.
-Hija mía, has estado a mi cuidado desde que fui ordenada monja. Se me dio la tutela sobre tu persona y siempre he velado porque no carezcas de nada y de privarte de todo mal. Pero ahora, me temo que no tengo más opción que dejarte ir: no puedo arriesgar a tus compañeras. Lo lamento tanto.- la chica se para y mira a la Madre Rosenkrantz a los ojos: la monja puede ver el temor en su mirada.-No temas a lo que tengas allí delante en tu futuro, niña.
-No lo haré, madre. Pero, más bien, yo...- las novicias y demás religiosas, que habían estado alrededor, se acercan a ella. Ida habla por todas.
-No te preocupes, Margaret. Estaremos bien. Hemos sobrevivido a peores desastres, esto no será nada complicado.- la chica siente que se le escaparan las lagrimas, las cuales saltan de sus ojos cuando Ida, Solveig y Katarina la abrazan, seguidas por todas las muchachas del convento. Alphonse, que mira alejado, dirige su mirada hacia donde se encontraba el convento y luego mira su mano, la cual aún tiene el circulo de transmutación. Ida se acerca a él mientras Margaret se despide de las chicas y las monjas.
-¿Te heriste?
-No, no es nada grave. - la monja lo mira y dirige su mirada hacia el convento.
-Algo le preocupa ¿Es esa criatura?
-Me temo que eso no la haya detenido.- dice el joven con pesadez.
-Honestamente, no sé quién eres ni que has traído hasta nosotras...- él entonces toma de los hombros a la monja y la mira con pesar.
-No tenía idea que esa cosa iría tras...
-Déjeme terminar...- lo cortó la monja.-la verdad es que no importa: si desea que guardemos esto en secreto, entonces así será... Sr. Elric.- Alphonse se sorprende al escuchar su apellido.
-¿Cómo...?
-Escuché cuando la Madre Superiora lo llamó así ¿Es su apellido?
-El verdadero, el que llevaba mi madre.
-Es lindo.- le dice ella dándole un rosario.- Ignoro si sigue creyó o sigue creyendo, pero trate de confiar en esto.- Alphonse mira la medalla que la mujer le ha dado, la cual tiene una cruz y muchas letras, formando la palabra "PAX" en la parte superior de esta.
-La Medalla de San Benito.- dice Alphonse reconociendo el amuleto.- No creo que me vaya a ayudar mucho... pero valdrá la pena intentarlo. Gracias hermana Brockenhus. Cuídese mucho y cuide de sus hermanas.
-Siempre lo hago, herr Elric, siempre lo hago.- segundos después, aparecieron Margaret y la Madre Superiora.
-Todo está listo. Será mejor que se vayan.- Alphonse pasa por el costado de la monja, pero esta lo detiene.- Por favor, por lo que más quiera: protéjala.
-Descuide, Madre, no la perderé de vista.
Una vez que las religiosas se despidieron de la joven novicia, esta siguió a Alphonse hasta la salida del bosque, donde encontrarían a algunos de los hombres del pueblo más cercano que venían a ayudar, alertados por el incendio. Alphonse explica la situación... en el poco danés que habla, mezclándolo con alemán.
-Necesitamos llegar a Aarhus para reportar lo sucedido.
-Descuiden, ya hemos enviado a alguien junto con la monja a la que encontramos medio muerta en el camino.- Margaret reacciona ante esta noticia.
-¿Se refieren a la hermana Ingeborg?
-Sí, la hallamos con la mandíbula rota en el camino: al parecer algo la arrolló.- informó uno de los hombres.
-Una carreta fuera de control, eso nos dijo su acompañante.- se inventó Margaret, quien respiró más aliviada.
-¿Saben donde están las demás?
-En el bosque, a poca distancia de aquí, solo sigan recto y las encontraran.- indicó Alphonse.
-¿No podrían guiarnos?- ambos negaron con la cabeza.
-No, tenemos que ir a Aarhus de todas formas ¿Pueden permitirnos su carreta?
-No, pero si tienen tanta prisa, uno de nosotros puede llevarlos.
-Pues, de acuerdo. Vamos.- acto seguido, los dos suben a la carreta y van en dirección a Aarhus. El plan que a Alphonse se le había ocurrido era huir por el báltico: con algo de suerte, para antes de dos días, tendrían que llegar a la Ciudad Hanseática de Wismar.
Casa de Gertraud Schneider- Mañana del 3 de Junio de 1932-
Fearghus Stewart acababa de terminar de hacer el desayuno y esperaba a que su compañera hiciera acto de presencia para poder llevar la bandeja al prisionero que tenían en el segundo piso. Precisamente, la misma entraba ahora a la cocina, tras estar un buen tiempo sumida en la lectura de un periódico que apenas podía entender.
-Oh, eso huele delicioso ¿Desde cuándo eres tan bueno en la cocina?
-Desde que descubrí que el desayuno escocés no era la única opción en el menú.- ella intenta picar un poco de lo que había servido, pero él la detiene.- Se supone que primero debe ser el prisionero. Ya sabes el programa...
-"Le damos de comer y luego nosotros comemos." Lo sé.
-Entonces hazme el favor de seguirlo tal y como hemos quedado ¿Te parece?
-Hombre, estás peor que un ama de casa.
-Lamento no ser tan relajado, Eadoain. Ahora mueve ese trasero tuyo y lleva la comida a los prisioneros.- le ordena Fearghus, a lo que ella responde tomando la bandeja y subiendo las escaleras. El escocés se para entonces a servirse un poco de zumo de naranja y, mientras está tomándolo, mira al techo, pensando en su situación actual. En ese trance se encontraba cuando empieza a escuchar muchos pasos en la planta superior.- Es Eadoain y la japonesa: una usa tacos cortos de cuero y la otra anda con medias... aunque, ahora que lo escucho bien... ese otro ruido ¿Qué es?
Étain acababa de subir las escaleras y ya tocaba la puerta de la habitación. Entonces, por respuesta, recibe las alteradas pisadas de Megumi Akagi, quien abre la puerta presurosamente.
-Señorita McAlexandair, ha ocurrido algo terrible.
-¿Qué pasó?- ella asoma la mirada por la puerta y puede ver la ventana abierta y una sabana colgando de ella.- ¡Oh, mier...!- rápidamente se apresura a dejar la bandeja sobre una cómoda y se asoma hacia la ventana.- ¿Como fue que ocurrió esto?- pregunta, pero no recibe respuesta.- ¿Aka...?- antes de poder terminar de preguntar, el denominado Giovanni Romano sale de debajo de la cama y la sujeta desde el vientre y le cubre la boca. Megumi se apresura a cerrar la puerta.
-Señorita, será mejor que colabore y no haga ningún ruido: no queremos cobrar vidas innecesariamente. Megumi, busca su pistola.- la japonesa registra a la irlandesa y le quita su arma.- Bien, ahora deslízate por las sabanas y nos vemos abajo.- termina de darle estas instrucciones, cuando escucha pasos dirigirse a las escaleras.- ¡Deprisa, no hay mucho tiempo!- un par de golpes en la puerta trancada hacen que Gian voltee hacia la misma. Tsugumi baja lo más rápido que puede por las sábanas. Para consternación del italiano, Fearghus empieza a hablarle a la chica en irlandés.
-Étain ¿Está todo bien? Me pareció escuchar más pasos de lo habitual, por lo que pensé que el italiano ya habría reaccionado.- al no recibir respuesta, él vuelve a hablar en el idioma que el italiano desconocía.- Si algo ha pasado, quiero que des dos pisadas con el taco ¿Ok?- ella lo hace, pero fingiendo un forcejeo.- ¿Está armado? da un golpe para confirmar.- ella lo hace y entonces Fearghus lo toma como una señal para entrar, por lo que saca el arma y la engatilla. Al escuchar el sonido del arma gatillándose, Gian Alvise se da cuenta de lo que va a hacer.
-Figlio della putana!- grita mientras le da un golpe en la nuca a la irlandesa, quien cae aturdida sobre la cama. En ese momento, el escocés descarga cuatro tiros sobre el cerrojo y logra hacer que salte al quinto, pero al empujar la puerta, esta se movió poco: apenas se hubo deshecho de su rehén, el italiano tomó la cómoda y la puso frente a la puerta. Ahora, estaba a punto de huir por la ventana. Para ganar algo de tiempo, dispara un par de veces a la puerta, forzando al escocés a cubrirse tras el marco. Cuando logra entrar, el italiano ya está terminando de bajar y empieza a correr hacia una arboleda cercana. Fearghus, enfadado por el golpe que recibió su compañera, se aproxima a la ventana, apunta y dispara tres tiros que apenas rozan al hombre.
-Diabhal é!- grita una vez lo hubo perdido. Dejando eso de lado, se dirige hacia su compañera, que seguía recostada en la cama, algo aturdida por el golpe con la culata de la pistola.- Étain ¿Estás bien?
-Sí... me tomaron por sorpresa, lo siento.
-No, también es mi culpa: debí haber sospechado de esos dos y no bajar la guardia tan fácilmente.
-Sí, debiste.- le dice ella tratando de sonreír, aunque pensando en los problemas que tendrían.-Ah... creo que Burlow nos matará por esto.
-Quizás, pero miremos las cosas por el lado bueno: no llegaran muy lejos sin hacer ruido o dejar un camino de migajas.
-¿Como lo sabes?
-Él está descalzo y no tiene ropa más que la que lleva puesta, del mismo modo ella. Además, no tienen dinero para transportarse: tendrán que robarlo o robar un carro y un ladrón extranjero es algo muy fácil de identificar.
-Pero ni siquiera tenemos sus nombres.- el escocés da una ojeada rápida a la habitación: allí, en la cómoda, encuentra el reloj de bolsillo de Gian Alvise.
-Esto podría servirnos. Tenemos todas las de poder encontrarlos.
-En verdad, llevas la razón... Y ahora ¿Qué hacemos?- el escocés mira el desayuno o lo poco de él que aún se conservaba en la bandeja.
-Pues, habrá que empezar tomando el desayuno. No querrás desperdiciar todo lo que he preparado ¿Verdad?
Gian y Tsugumi corrieron durante media hora a través de las calles del pueblo y, luego, de las arboledas de uno de los bosques cercanos. Una vez se creyeron a salvo, pudieron tomar un respiro de su larga carrera.
-Creo que con eso basta para perderlos de momento. Una pena que hayamos tenido que dejar algunas cosas atrás.
-Ah, respecto a eso... tu reloj...
-No importa, Tsugumi. Por ahora, busquemos algún lugar donde ocultarnos: huiremos de esta ciudad caída la noche.
-Ok. Gian, por cierto...- el italiano voltea a mirarla y esta le alcanza un par de zapatos, unos calcetines y un par de pantalones que tenía dentro de una mochila que había ubicado estratégicamente en los arbustos del jardín antes de planear el escape.- cámbiate o no llegaremos muy lejos.
-Muy bien pensado ¿Cómo se te ocurrió?
-Simples detalles que no podía pasar por alto, nada del otro mundo.- le dice ella.- Y entonces ¿Por dónde empezaremos a buscar a tu "amigo"?
-No se quedará quieto: se moverá a la frontera con Austria.- tras pensarlo un momento, atina a decir.- Puede que tengamos que ir a Checoslovaquia.
Restos del Convento de Santa Ofelia de Aarhus - tarde del 3 de Junio de 1932-
Los viajeros llegaron finalmente, tras un largo andar, a donde se supone debería estar el Convento de Santa Ofelia de Aarhus... o por lo menos lo que quedaba de aquel.
-Creo que llegamos tarde.
-No me digas.- le responde Roy mirándola con una sonrisa ridículamente sarcástica.- Aunque debemos agradecer que esta vez no hubieron victimas que lamentar, pero toda una estructura resultó comprometida.
-Servirá para saber sobre la magnitud del problema que ahora tenemos entre manos.- le respondió Elizabeth. De repente, sintieron una presencia detrás de ellos: tres jóvenes novicias acababan de llegar.- Buenos días, muchachas.- las saluda la galesa en un perfecto danés.- Veníamos buscando el Convento de Santa Ofelia.
-Pues aquí lo tiene, señora, o por lo menos lo que queda de este.- responde Catarina, quien es interrumpida por Ida.
-Lo que mi compañera quiso decir es que hubo un problema con unas lámparas y... bueno, lamentablemente todo se salió de control y ahora nos quedamos momentáneamente sin hogar. Mañana empezarán los trabajos de reconstrucción y nosotras solo hemos venido para ver si hay algo que podamos rescatar.
-¿Un incendio? Oh, ya veo. Eso si es mala suerte.
-Y ¿Que los traía por aquí?
-Nada en especial. Somos un par de investigadores paranormales.
-¿Perdón?
-¿Han visto algo relacionado a espíritus, extraterrestres o investigaciones secretas gubernamentales? No sé... algo como, un hombre con poderes sobrenaturales y esas cosas.- a las tres novicias les recorre un escalofrío por todo el cuerpo, pero se mantienen firmes.
-No que yo sepa.- dice primero Solveig, cosa que sorprende a las otras.- Cosas como esas no suelen pasar seguido, pero si ocurrieran ni muertas volveríamos aquí.
-Eso mismo.- dice Catarina, mientras Ida termina diciendo.
-Fue un simple accidente: uno de nuestros animales tumbó una lámpara de querosene y todo empezó a arder. Cuando nos dimos cuenta ya no podíamos escapar por la entrada principal, así que usamos la salida posterior.
-Oh, ya veo... en ese caso, disculpen las molestias. No les quitamos más tiempo, señoritas.- las novicias hacen una reverencia y se van.- No les creo del todo, algo nos ocultan.
-Opino lo mismo.- dice Roy mientras avanza a lo que fuera la mitad de la zona del templo. Allí, pudo ver como los escombros caían formando un círculo perfecto.- Esto no es normal. Pareciera como si...- él la mira y ella le dedica una sonrisa de complicidad.
-Veo que te diste cuenta también: quien sea que hizo esto, salió de este lugar cuando ya estaba hecho escombros. La pregunta es ¿Que es lo que estamos buscando?
-No lo sé, pero creo que cada vez estamos más cerca de descubrirlo.
-¿Cómo puedes estar tan seguro?
-Principalmente, porque esa cosa está herida... y segundo, por nuestro buen amigo eslavo que nos viene siguiendo desde hace días.- dice mirando de reojo hacia el bosque que tienen cerca. Ella también hace ese gesto y sonríe con tranquilidad.
-Sí, también lo había notado ¿Quieres que lo mate?- le propone mientras pone una mano dentro de su abrigo, gesto que Hungerford detiene.
-No, déjalo. Tengo una mejor idea.
Ok, hasta aquí el quinto capítulo. Bien, ya estamos a la mitad de la obra, la verdad que este ha sido mucho más llevadero que el capitulo anterior, aunque mi único problema es tener que darme un tiempo de entre mis cursos de la carrera para escribir (y cuando me siento a escribir, de repente estoy avanzando esto y, de la nada, me pongo a escribir otra cosa... -_- es terrible avanzar tantas cosas paralelamente). Bueno, los que siguen mi primer fic recordarán un poco alguna escena de la pelea entre Edward vs Johannes y seguro habrán visto la "escena reciclada" que puse aquí jeje... bueno, más que eso, diría que fue una táctica reusada, también han habido referencias a Sigismund y la cuestión de la materia viva: trataré de mantener estos conceptos en uso para referirme a los athanatoi. En fin, sigo sin fecha para el siguiente capítulo pues aquí es donde la historia se me complica: me he imaginado ya el final, pero el camino entre lo que va de la historia y esto lo sigo viendo algo borroso, por lo que tendré que poner a trabajar mis sesos para tenerlo listo. En fin, a modo de compensación, les dejaré un par de Omakes (sobre la Madre Rozenkranz y Johannes), disfrútenlos n_n , nuevamente disculpas por la demora y ya nos leemos después. Cambio y fuera.
Omake 3: Bella, Horrida Bella (Del Latín: Guerra, Horrible Guerra)
El oscuro túnel era iluminado por las antorchas de las monjas y la Madre Superiora, quienes guiaban a las novicias y demás religiosas hacia la salida, algunos metros más adelante.
-¡Eso fue increíble, Madre Rozenkrantz! ¿Cómo fue que aprendió a manejar el rifle de esa forma?
-Es una larga historia.
-¿Se puede saber?
-No.
-Vamos... ya estamos metidas en un gran lío, seguro que no es nada malo ¿verdad?- la monja para en seco y mira de reojo a Katarina, que siente un escalofrío al ver su mirada. Tras un momento, suspira y habla.
-Nací en una familia de cazadores que vivían en el norte de Noruega. Irremediablemente, mi padre me enseñó cómo manejar un arma. Eso es todo.
-Oh, ya veo. Pero ¿Cómo fue que consiguió ese rifle? Digo, no parece un rifle que un cazador use ¿verdad?
-Hoy haces más preguntas de las que sueles ¿No, Katarina?- en ese instante, la vieja hermana Petra hace su aparición, forzando todo lo que dan sus viejas piernas.
-¿Qué pasa? ¿De qué me perdí?- la joven novicia no hace esperar.
-Gran Hermana Petra ¿Sabe usted de donde tiene la Madre Rozenkrantz ese rifle?- ella acerca la cara al arma, ante lo cual parece recordar algunas cosas.
-Ah, ese... ¿No es el rifle que te regaló Olav?- el nombre resuena por toda la cueva y la fila casi ordenada de monjas se contrae como un acordeón hacia la vanguardia al escuchar que su Madre Superiora alguna vez pudo haber tenido algo que ver con un hombre.
-¿¡OLAV!?- gritó Katarina.
-Vieja chismosa.- murmura por lo bajo la Madre Superiora. La mujer parece no escuchar el calificativo, por lo que procede a contar la historia.
-Ocurrió unos tres años después de recibir a Margaret en el convento, en 1915. Un día, llegó a nuestro templo un chico de una aldea cercana: había llegado de Kiel hace poco, pero había pasado su infancia en Aarhus. Brunhild había estado por aquellos días como voluntaria en el hospital de Aarhus desde que había iniciado la guerra, atendiendo a algunos soldados alemanes que habían ido a parar a Dinamarca, bien sea por comodidad o por otros motivos. Al parecer se hicieron muy buenos amigos, pero el muchacho insistía en ir al campo de batalla para defender la patria de sus padres. A inicios 1915, el chico de unos 20 años vino a despedirse de Brunhild, además de hacer sus oraciones. Ella trató de detenerlo, pero Olav era muy terco. Finalmente, grande fue mi sorpresa al ver que ella había escapado del convento.
-¿¡ESCAPÓ DEL CONVENTO!?- gritó medio mundo a coro, especialmente Katarina, a lo cual la Madre Superiora respondió, ahora con un toque de vergüenza.
-¿Tienes que sorprenderte tanto? Te recomendaría que no sigas preguntando, no es una historia tan bonita como...- pero la novicia la interrumpe.
-¿Qué? ¡Imposible! Pensar que alguien como usted haría esta clase de locuras por amor. Bueno, continúe ¿Qué pasó?
-Diría que lo más sorprendente fue cuando volvió en 1918, trayéndonos las noticias del fin de la guerra, dos años más a cuestas, su uniforme blanco de enfermera... y el rifle que ahora empuña.- eso fue todo lo que dijo la vieja mujer, tras lo cual siguió un silencio sepulcral, escuchándose solamente los pasos de las monjas y novicias, que seguían expectantes el relato. Katarina, al ver que el silencio se hacía muy largo, decidió preguntar...
-Y... ¿Qué pasó con él?- la mujer bajó la mirada y Brunhild Rozenkrantz se detuvo en seco, para luego voltear a ver a la novicia. El rostro de la Madre Superiora no mostraba ningún tipo de emoción y sus ojos parecían estar muertos, perdidos en algún lugar lejano en el tiempo, hacía diecinueve años. Entonces, de forma monótona y mecánica, su voz salió y llenó ese oscuro pasadizo.
-Tenía diecinueve años el día que me escapé. Había ido con él porque no quería que nada le pasase o quería ayudarle en caso que ello ocurriese. Una bala en el brazo, otra en la pierna... cosas así eran fáciles. Era complicado y desagradable tener que ver a los que habían perdido piernas y brazos por las metralletas, los tanques americanos y peor aún tratar a los quemados. Pero sentía alivio al ver que no era él quien volvía en ese estado. El 15 de Julio de 1918, año en que terminaría la guerra, los ingleses y sus aliados empezaron una ofensiva en el Marne, la cual duraría hasta el 6 de Agosto. En la segunda semana de batalla, llegaría él a mi tienda de campaña: lo trajeron en camilla, con la piel y la boca quemada, los ojos sangrantes a causa del gas mostaza, y una pierna hecha pedazos. Lo traté dos días con sus noches seguidos, pero no había solución. La última noche me despertó del sueño en el que había caído: a duras penas se había sentado sobre la camilla para sacarse una nota que tenía guardada en su bota y entregármela. Poco después, se desplomó en mis brazos y nunca más despertó.- el silencio se apoderó del lugar nuevamente hasta que aquella mujer, cuya fe en la humanidad había sido quebrada por los horrores de la guerra, volvió su vista al camino y echó a andar. Katarina, aunque consternada por lo escuchado, quería preguntar algo más, pero la monja nuevamente le respondió, adelantándose a sus intenciones.- en la nota me dijo que me quedara con su rifle: al haber muerto su padre en el frente y su madre cuando él era niño ¿Quien más podría heredarle algo?- Resuelta esa duda, la novicia y sus compañeras siguieron por el camino hasta salir al bosque.
Una vez fuera, Katarina vio nuevamente a la Madre Superiora, que organizaba a las monjas y veía que ninguna faltase: su personalidad sarcástica había vuelto a ella. La mujer se dio cuenta de la mirada de la chica y la interrogó con los ojos. Finalmente, Katarina dijo...
-Madre Rozenkrantz.
-¿Qué cosa?- la novicia le da un abrazo que no dura ni tres segundos, para luego decirle...
-Por favor, nunca cambie.- la Madre Superiora se queda mirando a la chica, con algo de consternación que luego cambia por una tenue alegría interior.
Omake 4-extra-: Síntomas
La casa de Johannes Engel y Jane Fallwind en Rizenbull alguna vez le perteneció a Edward y Winry Elric. Tiene una acogedora sala donde el primero suele tomar siestas entre la de la tarde, pero esta mañana lo están usando para un motivo muy especial.
-Hay días en que no puedo dormir ¿Sabe? De repente despierto, o Jane me despierta, porque estoy gritando el nombre de mi hermana una y otra vez. Es como si no pudiera conciliar el sueño hasta saber que ha sido de su vida ¿Cree que debería tomar alguna medicación, Doctor?- Johannes voltea y ve que Haus se ha quedado dormido.- ¡Doctor!
-¿¡Eh!? ¿Cómo? Ah, lo siento ¿Que me decía de su hermana?
-Que no puedo dormir ¿Me va dar la receta para esas pastillas o no?
-Sí, sí, disculpa. Es que, sabes, yo no soy precisamente es tipo de "doctor".
-¿No que daba igual mientras tenga el diploma?
-Oh, aprendes rápido, muchacho. Solo espero que no te hagas fármaco dependiente: no pueden haber muchos en este pueblo.
-Sí, sí, como sea.- Haus escribe rápidamente una receta y se la da.- Es solo para ver si con eso logro dejar de preocupar a Jane y conciliar el sueño... no en ese orden, claro.
-Te entiendo...- el hombre lo piensa un momento y se corrige.- bueno, la verdad, no. Nunca he sido muy bueno con las peleas conyugales.
-Oh, no, aún no estamos casados.- contesta Johannes, algo sonrojado.
-Que bien, porque no tengo cura para eso.- le dice Haus mientras guarda su recetario y se prepara para irse. En eso está cuando, de repente, mira la cara del chico.- Oye ¿Te sientes bien?
-Luego de lo que le he contado ¿Usted como cree?
-No me refiero a eso, idiota. Me refiero la sangre en tu cabeza.
-De que sangre es...tas... ha...blando- decía Johannes hasta que sintió como un liquido espeso y caliente salía de su cuero cabelludo y recorría su mejilla.- Pero... ¿Qué demonios?- Cuando mira nuevamente al Doctor, este está boquiabierto, mirando fijamente a sus ojos.
-Tus... tus...- el hombre le hace una señal para que se toque debajo de sus ojos: desde allí también salía el mismo líquido.
-¿Qué demonios me está pasando?
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N/A: nunca dije que todos los omakes fueran a ser comedias n_n ¡Hasta la siguiente entrega!
