Hola a todos ¿Qué hay de nuevo? Pues quienes viven en este bello país no me dejarán mentir cuando digo que nos estamos cocinando a fuego lento. Sep, 24° C de mínimo con algo de suerte, aumentándole la humedad de Lima, son algo de 27° C de sensación térmica, sin contar los mosquitos, claro... y solo es el mínimo. Por lo que sé, más al norte la están pasando peor, así que mejor dejo de quejarme y escudarme en el clima para mi tardanza con la presentación de este nuevo capítulo. Espero que les guste.
Disclaimer:Los personajes de FMA no me pertenecen ya que son propiedad de Hiromu Arakawa
Cap 7: Wiener Blut (Sangre Vienesa)
München, 30 minutos después de donde acabó el capitulo anterior.
Hans Armstark avanzaba tranquilamente por el barrio residencial de München a poco menos de dos casas de donde se ubicaba el hogar de Edward Elric. Había decidido adelantarse a los demás y encontrarse con Edward en su casa para preparar la inminente reunión de los agentes. Al final, el mismo día anterior le comunicó a Edward su decisión: haría lo posible para proteger a su familia mientras se encontraran dentro de las fronteras de Alemania, aunque tuviera que enfrentarse a los servicios de inteligencia de las tres de las naciones más grandes del mundo.
-Parece que he llegado en buen momento. No hay carros cerca y con seguridad tendremos tiempo para...- antes que pudiera terminar de formular la idea, una explosión hizo volar la puerta principal de la casa de los Elric... siendo más precisos, una persona que salió volando por la explosión fue la causa de ello. Casi inmediatamente después de lo ocurrido, Winry Rockbell, llevando a ambos hijos en brazos y una maleta en la espalda, sale corriendo y se pierde por un callejón al lado de la casa.- ¡Frau Rockbell!- la chica parece no haberlo escuchado... o quizás sí, pues aumentó la velocidad de sus pasos, aún con los niños y la maleta a cuestas. Hans desvía la mirada hacia lo que sea que hubiera salido de la puerta destrozada y puede ver que se trata de un hombre con la cara medio hundida por un tubo de de hierro relleno de cemento que había impactado violentamente en su cara. Acto seguido, Edward salió junto a una joven de cabellos rojizos y trenzas.
-Aprovecha y huye.- le dice sin mirarla a la cara, cosa que la aterrada chica hace sin esperar más instrucciones.
-Dankeschön!- es todo lo que le dice, mientras corre. Edward entonces mira al ser tirado sobre el suelo empedrado, mientras un grupo de curiosos comienza a acumularse en la calle. El alquimista parece percatarse de eso y la presencia de Hans.- ¡Armstark!¡Llame refuerzos y saque a la gente de aquí, ahora!- el gigantesco hombre no entiende por qué, pero decide hacer caso a las palabras del joven.- ¡Damas y caballeros, no hay nada que ver aquí! ¡Despejen el área!- la mayoría de los curiosos, haciendo caso a la policía, mantuvo su distancia, pero algunos de ellos se quedaron cerca. Es más, uno preguntó si había un médico cerca de allí y uno de los presentes se adelantó hacia el "hombre" herido. Edward trató de impedirlo, pero el médico ya se había acercado. Armstark trató de alejarlo.- Caballero, me temo que pierde su tiempo. Él ya está...
-Está vivo: aún respira.- Armstark mira la cara de horror de Edward y presiente lo peor cuando lo ve metiéndose la mano al bolsillo del saco. Antes que la cosa se pusiera peor, el hombre sacó al médico del lugar, antes que una cuchilla surgida de nadie sabe donde le rebanara el pescuezo.
-Eso estuvo cerca...
-Es imposible... ese hombre estaba vivo, pero tras ese golpe es imposible que se mueva de esa forma.- el athanatos miró a la multitud, la cual empezó a retroceder y, luego, a huir. No tardó el lugar en quedar más o menos desierto.
-Bien, supongo que ya no hay nadie que interfiera...- le dijo a Armstark, para luego mirar al Elric.- En serio ¿Qué clase de persona, en su sano juicio, coloca una trampa como esa en su propio armario?
-Flashback-
Edward y Winry caminaron nerviosamente hasta la sala, donde los siguieron Jenell y Sigismund.
-Entonces, Sigismund ¿Que te trae por aquí? ¿Vienes a acabar lo que tu maestro empezó?
-SifridusKroenen no tiene poder sobre mi voluntad: me dio cierto libre albedrío cuando estabamos en tu mundo y ahora que está muerto no tengo nada que restrinja mis acciones.
-¿Como sabes que murió?
-Mi conexión mental con él dejó de existir algunas horas después que arribé aquí, por lo que puedo asegurar que su muerte es una certeza.
-Había escuchado que te habías convertido en un estúpido berserker ¿Qué pasó con eso?
-No lo sé. Con el mero pasar de los días mi memoria y habilidades fueron aumentando, por lo que no tengo una respuesta concreta para esa pregunta. Respecto a lo que me trae por aquí, es la localización de cierta persona...
-¿Margaret, la hermana de tu alter ego? Ya no está aquí.
-Evidentemente... ¿Donde fue?
-Se fue a Cachtice, Checoslovaquia.
-El Castillo de Frau Bathory ¿Eh? Parece que le dijeron como encargarse de mi ¿no es verdad?
-Para que ocultarlo.
-Pero aún así me ocultas cosas, Edward.- le dice Sigismund mientras agita su dedo indice, señalándolo: Edward puede ver como centellea algo alrededor del dedo... una pequeña e imperceptible fibra.-Espero que de buen grado me las digas.
-¿Y si no quiero?
-Los mataré a todos aquí y ahora ¿Es lo que querías escuchar? No tienes opción, no la tienes desde el momento en que dejaste que tu hermano llegara a esta ciudad con mi hermana.
-La hermana de Johannes, querrás decir.- el athanatos pone una cara de sorpresa al percatarse de lo que ha dicho.
-Sí... tienes razón, es la hermana de Johannes. Como sea ¿A dónde van a ir antes?
-¿Es necesario que te lo diga? Igual van a terminar yendo a Cachtice ¿No crees que perderías el tiempo buscándolos en otro lado?- tras pensarlo un momento, la criatura sonrió.
-Sí, pensándolo bien... tienes razón, no debería preocuparme por eso. Después de todo, yo soy el perseguido aquí y no ellos.
-Espera ¿Que es lo que has dicho? ¿Acaso sabes lo que...?
-Lo sé todo. El consumir la sangre de mis victimas o de las personas con las que me cruzo me da una idea cierta de lo que pasa a mis espaldas. En este caso, al absorber la de mi perseguidor, notable miembro del partido Nazi, pude comprender que hay una partida muy curiosa de agentes extranjeros tras de mí.
-¿Qué?
-Americanos, británicos, franceses e incluso rusos... todos ellos quieren saber el secreto de la inmortalidad, todos desean conocer la fuente de mi fuerza, escudándose en la ridícula idea de acabar conmigo... por lo menos eso es lo que ha concluido aquel hombre, Wolfgang Tiergart.- dice mientras toma el té de hierbas y come la tarta de manzanas que Winry había dejado en la mesa.- ¿Winry ha hecho esto?- Edward asiente.- Tienes una magnifica esposa, Ed.
-Gracias, supongo.
-La vida familiar también debe ser algo hermosa, desearía poder compartir tu misma suerte.- agrega a la vez que acaba el té.- En cierta forma, parte de mi te envidia a la vez que se alegra de ver la felicidad de tu mujer.
-Debe ser parte del alma del pobre hombre que en vida fue el hermano mayor de Stephen Lloyd.- al escuchar ese nombre, Sigismund casi se atraganta con la bebida, cosa que sorprendió a sobremanera a Jenell.- Esa reacción fue inesperada.
-Lo sé, yo tampoco puedo creérmela.- dice recobrando la compostura y parándose, a lo cual Jenell lo sigue.- Gracias por el té.
-Te acompaño hasta la salida.
-Muy amable de tu parte.
-Será la última vez que te vea, no veo por qué no acompañarte.- ambos caminan en dirección de la puerta principal y al estar cerca de tocar el pomo de esta, Sigismund se vuelve hacia Edward.
-Sabes, hay algo que me llamó la atención sobre tu reacción sobre los agentes.- Edward no lo había acompañado hasta la puerta, sino que se había detenido cerca del dintel que separaba el pasillo con la sala de estar.
-¿Y qué cosa es, si puede saberse?
-Que tus pulsaciones nerviosas no se mostraron alteradas. Es decir... no hubo sorpresa en ti ¿Que me puedes decir a eso?-Ed se mantuvo callado, mirando fijamente al joven que, a su vez, lo miraba expectante. El acto no duró más de un minuto: Sigismund creó una cuchilla, pero antes de lanzarla contra su rival, este abrió la puerta del armario que tenía tras él y, tras un sonido atronador, un proyectil del tamaño de un puño se encajó en el athanatos, que voló hacia la salida, destrozando la puerta del domicilio. Jenell, que se encontraba a su lado, no resultó herida.
-Fin de Flashback-
-No esperaba que fuera a funcionar, pero por lo menos le dio algo de tiempo de escapar a mi esposa y a la pobre diabla que tenías por rehén.
-Sí supongo. No dispongo de mucho tiempo antes que venga la policía a los que me vienen siguiendo, así que trataré de acabar contigo en tres ataques.- ambos se miran en silencio, como si esperasen que la tierra se abriera y se tragara al otro de repente. Tras unos pocos segundos, Sigismund cierra su puño y Edward atina a alzar su brazo y pierna de automail para evitar que los filamentos se cierren sobre él y lo despedacen. Acto seguido, pasa la palma de su mano de carne y hueso sobre un filamento y tras hacer una palmada, transmuta parte de los filamentos en una espada de su propio automail, y los que tenía atados en la pierna los transforma en agujas, las cuales manda a volar contra su enemigo, quien las bloquea con las cuchillas que acababa de transmutar. Hans saca su arma de reglamento, pero no se atreve a disparar por estar esa cosa moviéndose tan rápido hacia Edward, quien lo espera con la guardia en alto y listo para bloquear el ataque. El primer golpe va a ser detenido por la mano humana de Edward, quien logra tomar la muñeca del athantos cuando intentaba propinarle un golpe directo a la cabeza, mientras que la otra cuchilla es sujetada por el filo con su automail.- Jaja... eres bueno.
-Y tu muy predecible. Usas las mismas técnicas que Johannes... técnicas que yo le enseñé a usar.
-Es cierto, lamentablemente. Me gustaría continuar con esto, pero...- en ese instante resuenan varios disparos que impactan en la espalda de Sigismund, aunque parecen no haberle hecho daño alguno.- parece que tendrás compañía dentro de poco, así que mejor me voy yendo.- Edward no se dio cuenta que la cuchilla que sujetaba con el automail se empezaba a tornar de carmesí, hasta que sintió el olor del fosforo salir de ella.- Por cierto... sé que me parecere a Johannes, pero...- en ese momento jala de la cuchilla roja y esta estalla en un resplandor enceguecedor acompañado de humo.- yo no soy él.- Cuando Edward logra reaccionar, el monstruo ya había huido de la escena pegando un salto inhumanamente alto, logrando alcanzar el tejado de una casa vecina.- Esta vez te dejaré ir. Ojalá no tengamos el infortunio de volver a vernos, Edward. Porque, de hacerlo, solo uno podrá regresar a casa. Auf Wiedersehen.- el athanatos desapareció tras decir esto. Edward no tuvo tiempo de consternarse, sino que, ni bien se dio cuenta que Armstrong estaba embobado por la habilidad del enemigo, salió corriendo hacia el callejón donde se había dirigido su esposa.
-¡HerrElric, espere!- pidió el hombre apenas pudo reaccionar, pero Edward era mucho más veloz que él. En poco tiempo pudo sortear el callejón, hasta que pudo encontrar a su mujer... hablando con una pareja, una chica ridículamente parecida a la hermana de Armstrong y un sujeto pelirrojo que, claramente, no era alemán. Ambos preguntaban a la joven.
-Señorita, estamos buscando a una dama con las mismas descripciones que usted, pero necesitamos que nos dé su nombre y datos completos. Por favor, es por su propia seguridad.
-¡Que ya les he dicho que si no se identifican con las debidas credenciales no voy a decirles nada! A mi esposo lo siguen los mismos nazis que forzaron a mi abuelo a exiliarse, por lo que no voy a decir nada hasta que se identifiquen.- la historia que Winry contaba era una mentira muy bien elaborada por Edward y ella para que, en casos de emergencias, pudieran evitar cualquier falsa intervención policial.
-Y ya le dijimos que estamos con la Abwerh, el serv...- Fearghus la detiene antes que pueda complicar las cosas, pues si decía que venían con el servicio de inteligencia alemán, entonces perderían la confianza de la mujer.
-Venimos junto con Herr Armstark. Él nos dijo que, en caso huyeran por el motivo de ser perseguidos por cierto agente Nazi, vinieran con nosotros para que los llevemos a un lugar seguro.
-No los he visto nunca, se nota que no son de aquí. Prefiero que el mismo Armstark venga a corroborarme esto pues nunca nos lo mencionó.- Ambos jóvenes están consternados por la terquedad de la mujer. En ese momento, aparece Edward.
-¿¡Qué demonios le están haciendo a mi esposa!?
-¿Eh? Ah, usted debe ser Herr Elric.
-No tengo idea de quien estará hablando.- Fearghus abre los ojos como platos ante la tajante negación del Elric, pero no pierde ni la paciencia ni la templanza.
-Por favor señor, no es momento de estar a la defensiva. Puede creernos cuando le decimos que...
-Por favor joven, no tenemos tiempo para esto, tenemos un tren que tomar en veinte minutos.- Fearghus va a insistir, pero ojea brevemente la descripción que Armstark le dio por parte de Haushofer para reconocer al mentado Edward Elric. Finalmente, concluye.
-Disculpe caballero, he revisado nuestra ficha descriptiva y creo que ha habido una terrible equivocación. Pueden irse, lamentamos importunarlos.- Etaín reacciona.
-¿Por qué no podrían ser? Son una pareja y dos niños, todos rubios ¿No? Coinciden con la descripción.
-Como más de cien mil personas en Alemania. Acuérdate que dijeron que el padre no pasa del metro sesenta.- algo en Edward lo hizo plantarse en seco mientras se alejaban, pero su esposa lo jaló de la manga de su abrigo para que avanzara. Sin embargo, ello no detuvo a Etaín para que replicara a su compañero.
-Cierto. Él no podría serlo, supera ampliamente esa altura.
-Sí, la verdad es que sería una pareja muy peculiar y fácil de localizar... lo cual es paradójico por el tamaño del hom...- la pierna de Edward detuvo la frase de Fearghus, quien salió empujado hacia su compañera, cayendo ambos al suelo y este sumamente dolorido con la suela del zapato del Elric marcado en toda la cara.
-¿¡A quien le dice que es tan enano que pude medirse con una regla de 30 centímetros!?
-Seguro que a ti no te lo han dicho, cariño ¡VAMONOS!- la pareja corre a más no poder hasta llegar a una calle donde un taxista, esperaba a alguien que le pidiera una carrera. Sin pensarlo dos veces, Edward mete a su mujer e hijos a la parte trasera del carro y el va de copiloto. Mientras tanto, Fearghus se levanta, sintiendo que por poco y perdía el tabique con esa patada ridículamente poderosa. Edaoaín le ayudaba a incorporarse.
-Parece que sí eran ellos después de todo.- le dice ella a él. Un hilillo de sangre corre por la nariz del escocés.- Tenemos que ir a tratarte eso.
-Una vez los hallamos atrapado, claro está. Pero debo admitir que hemos tenido mucha suerte.- Ella se pregunta el porqué ha dicho eso su pareja hasta que se da cuenta que el taxi que iban a tomar fue el mismo que tomó la pareja.
-Ya veo. Hay que avisarles a los demás, tenemos que llegar al punto de encuentro antes que pueda ocurrir algo malo.
El carro circulaba por las calles de München, buscando una salida hacia la estación de trenes de la ciudad, la cual no debía estar muy lejos. Sin embargo, el conductor pareció desviarse de su destino.
-Oiga, era en la otra dirección.
-Me disculpará, pero pasé hace poco por allí: se encuentra cerrado, parece que algo pasó y han desviado el transito. Conozco un atajo por esta ruta.
-De acuerdo.- Edward calló y espero a ver por donde se dirigía el taxista. Tras unos minutos en que se dio cuenta que el atajo no conducía a ningún lugar conocido, decidió reclamar.- Oiga, queremos bajarnos, creo que su atajo nos está desviando mucho de nuestro destino.
-No se preocupe, dentro de poco llegamos.
-¡La estación no se encuentra por estos...!- una vista rápida al mango de pistola que el hombre le mostró desde su abrigo le hizo caer en la cuenta de que el taxista era parte de los agentes.- No... no puede ser.
-Le pido que, por favor, guarde la compostura y se quede en su sitio. No queremos hacerle daño, pero tampoco queremos que las cosas se salgan de control.
-¿Que quieren de nosotros?
-Solo respuestas y alguna pista.
-¿Pista de qué o para qué?
-Para detener a esa cosa.
-¿Detener? ¿Intentas pararla para acabar con ella? ¿O intentas detenerla para adueñarte de ella?- Honoré Jourdain, decididamente, le responde.
-Obviamente para eliminarla. Es un peligro para todos nosotros.- Las palabras del francés no parecen convencer al hombre.- Hemos luchado arduamente durante cuatro años y finalmente tenemos un momento de paz, monsieur. No podemos permitir, como los países ganadores del conflicto y principales garantes de la paz mundial, que se vuelva a desencadenar un desastre como el anterior. Es por eso que buscamos detener este loco proyecto alemán.
-Sabe que no es la República de Weimar, sino el partido nazi el que se está encargando de desarrollar esto ¿No?- El hombre parece no querer reconocer la generalización que ha soltado, por lo que insiste.
-Por favor... solo queremos su cooperación, MonsieurElric. Por favor, no tienen porqué temer usted y su familia si deja de resistirse y nos ayuda.- Edward va a responder, aunque con una clara negativa, cosa que presiente el hombre que toma precauciones y saca un StarModel 1914 la cual pone a la altura del abdomen del Elric, sin mostrarla a la mujer para que no grite.- No nos haga llegar más lejos.- Edward baja la mirada y aprieta los puños. Luego la alza para mirar a su esposa y ella, trata de menear la cabeza, en señal de negación, como si supiera que es lo que su esposo va a hacer. El parece insistirle con un gesto de resignación y pena para luego mirar a los niños, que siguen abrazados a su madre. Ella hace lo mismo: los mira y luego mira a su marido... y responde con un lento parpadeo y un gesto de abatimiento, como si algo horroroso fuera a pasar. Luego de esa muda conversación de miradas que tuvieron los cónyuges, Edward respondió en alemán.
-Leider, Ich nicht habe ein messer.- El podía comprender alemán, pero el murmullo del joven se le hizo casi imperceptible.
-¿Qué?
-Que lamentablemente no tengo un cuchillo: sería menos doloroso para ti.- dice en un francés con acento alemán, mientras que, con la mano de automail, sujeta la punta de la pistola y empuja su cuerpo contra el del corpulento francés. El hombre aprieta el gatillo pero la mano de acero detiene la bala mientras la de carne y hueso se cierra sobre su pescuezo. La fuerza del Elric era brutal, pero Jourdain luchaba por vivir.- No hagas esto más difícil... lo es para mí ¿Sabes?- gruñe Edward, tratando de no elevar la voz, mientras su esposa abraza a sus hijos contra su pecho y comienza a cantar para ellos, intentando hacer que no entiendan la horrible escena que ocurría delante del carro.
-Ein Männlein steht im walde ganz still und stum...
-No quería llegar a esto... pero es mi familia... son mis hijos...- el esfuerzo de su voz se confunde con la pena y la rabia.
-Es hat von lauter Purpur und Mäntlein um...
-Aghhh... S'ilvous... plait...
-NON!- responde alzando ligeramente la voz entre sus dientes, pero sin gritar. Continua mascullando.- ¿Como puedo confiar en ti?
-Sagt, wer mag das Männlein sein...
-Quiero... vivir...
-Moi aussi!- le responde ahora fulminándolo con la mirada y ejerciendo más fuerza en el brazo que atenaza la garganta del francés.-Quería vivir en paz con mi familia y ahora... ahora...
-Das da steht im Wald allein...
-Usted haría lo mismo si los tuviera. Lo siento...
-Mit dem Purpurroten Männte...-pero Winry no puede concluir con la canción al ver por la ventana. Un gemido de sorpresa y miedo se escapan de ella, lo cual llama su atención. Al voltear puede ver la razón de su sorpresa: Roy Mustang, o por lo menos alguien bien parecido a él, esta apuntándole con un revolver a la nuca.
-¿¡Tú!? ¿¡De entre todas las personas tienes que ser tu!?- dice en alemán, lo cual el americano apenas puede entender.
-Por las palabras que usó, supongo que me conoce de algún lado. Ojalá no tenga que ver con mi pasado como estafador. Como sea, Mr. Elric, suelte al gordo y acompáñenos por un momento.
-Lo siento... pero no puedo hacer eso. Mi familia...- en ese momento aparece Elizabeth por la otra ventana, justo detrás de Jourdain, sorprendiendo al Elric.
-La seguridad de su familia está garantizada si coopera. Así que deje al gordo, suelte el arma y baje del auto... ahora.- dice la mujer, con seriedad en su voz pero una inusual sonrisa en su rostro... además de sostener su Revolver Webley apuntándole a la cabeza, en primer plano, y a la de su esposa en segundo. Edward sabe que no puede hacer nada más, incluso antes que su esposa le pusiera la mano en el hombro, en señal de que obedeciera y más aún cuando ve a la pareja de gaélicos llegando junto con Hans, Siegfried, Joffrey y Elizabeth. Apretando los dientes, deja de poner fuerza en la mano derecha y libera a Jourdain de una muerte casi segura.
-Me... rindo.
-dos horas después-
En la misma ciudad y el mismo día, Girolamo arribaba a la estación de trenes de München. Ahora que sabía que la persecución no se cernía sobre él, sino sobre Vicenzo, podría andar con tranquilidad todo el camino hasta Praga, donde ni Nazis ni italianos sabrían que estaría ni podrían detenerle sin enfrentarse abiertamente a la policía checa. Tras arribar en Praga podría ponerse en contacto con la embajada Austriaca y desde allí transmitir sus avances. Una vez hecho esto, ya no sería necesario su regreso a Austria, sino esperar la comunicación de sus superiores y esperar la declaración de Austria en la Sociedad de Naciones. Alemania sería desarmada nuevamente y al implicar a Italia podrían vengarse por la pérdida de sus territorios en el Véneto. Su misión estaría hecha, los nacionalistas obtendrían su tan ansiada venganza. Sabiendo todo esto, decidió que era buen momento para pasear por la estación de la cosmopolita München y comprar algunas cosas.
Empezó a caminar por las mismas tiendas que hacía pocas horas habían sido pasadas por el grupo de espías que ahora se llevaba a una pareja de esposos a un departamento a las afueras de la supuesto, él ni tenía idea de esto.
-Será mejor que compre algo para comer antes de que el tren llegue. Estoy harto de comer en el tren.
Y así se dirigió a afuera de la estación, pensando en las pocas horas que le faltaban para cumplir con su objetivo.
Algunas horas antes, una pareja de viajeros había llegado desde Regensburg y esperaba el tren a Rosenheim, que debería salir en, aproximadamente, una hora. Se encontraban matando el tiempo cerca de la estación hasta que el tren que los llevaría a su destino llegara.
-Ah... demonios, no hay nada más aburrido que las esperas.- se quejaba Gian, mientras miraba al cielo desde la ventana del café donde ambos estaban, dejando de lado el periódico que estaba leyendo. Tsugumi, que seguía tomando su té, le pregunta tranquilamente.
-Estamos en München, capital del Estado de Bayern y una de las ciudades más modernas de este país ¿No podríamos acaso pasear un rato por aquí?
-¿Y arriesgarnos a que nos atrapen? Bayern es quizá uno de los más grandes bastiones nazis, tenemos altas probabilidades de ser atrapados si paseamos por allí como si nada.
-O bien podría ser que no. Después de todo, nosotros, para ellos estamos muertos ¿no es verdad?
-Sí, es cierto... pero... no, no quiero tomar tantos riesgos.- ella termina de tomar su té y se para, dejando algunos marks sobre la mesa.- ¿Eh? ¿A dónde vas?
-Sabes, nunca creí que llegar el momento en que yo tuviera que tomar la iniciativa para esta clase de cosas.
-¿Que quieres decir?- la japonesa, sonriéndole tranquilamente pero con un tono neutro en su voz, le dice.
-Que si quieres, me sigues. Si no, nos veremos en la estación en una hora ¿Te parece?- él la ve caminar, estupefacto, hasta la salida. Apenas cruza la puerta reacciona dejando el dinero de su consumo sobre la mesa y dirigiéndose a alcanzar a la mujer.- Ah, creí que iba a tener que aminorar el paso.
-No creas que soy tan lento o irresponsable como para dejarte ir sola por allí ¿O sí? Y bueno... ¿A dónde vamos?
A algunas calles de allí, Girolamo miraba un plano turístico de la ciudad. Parecía evaluar que lugar visitar en su corta estancia en la ciudad.
-Mmmm... la ciudad vieja parece un lugar interesante, lleno de historia y tradición. Sí, supongo que es lo mejor para ver en este lugar para el poco tiempo que me queda.
-Entonces, creo que visitaremos la ciudad vieja ¿No crees? Es lo mejor que podemos hacer en una hora.
-¿Y si nos metemos a un bar a tomar algo?
-Creo que eso lo podríamos hacer también en Praga. Vamos, será divertido.
Y así pasaron los tres su tiempo, visitando la Marienplatz, el Neues y el Altes Rathaus, así como la llamada Karlplatz… yendo a un determinado momento la pareja y en otro determinado momento el traidor austro-italiano. La casualidad quiso que ambos acabaran su recorrido cerca de la Mariensäule o Columna de Maria. Por el camino, Tsugumi y Gian habían ido comprando algunas cosas.
-¿Ves? Te dije que no sería aburrido. Hasta te animaste a comprar algo.
-Sí, bueno, es cierto, fue divertido. Aún así, creo que va siendo hora de volver a la estación, van faltando solamente diez minutos.- el joven parece percatarse de algo.- Oh, demonios.
-¿Sucede algo?
-Sí, creo que dejé los pasteles que compramos sobre el aparador del café.- le dice Gian, algo consternado.
-Rayos… déjalos nomás, perderemos el tren si vuelves hasta allí.
-A lo mejor han enviado por nosotros. Dame un momento, vuelvo enseguida.
-Te esperaré en la estación. Pero primero, descansaré un rato aquí, estoy cansada de caminar.
Al otro lado de la columna, mientras acababa de comer un Bretzel, Girolamo empezaba a pensar en lo mismo que su antiguo colega.
-Oh, mira la hora que es. Va siendo momento de volver a la estación.- la Columna de María se encuentra rodeada por una berma cuadrada, por lo que para dirigirse a la estación debían voltearse ambos y dirigirse en la misma dirección. De esa forma, sin quererlo, Tsugumi terminaría por toparse con Girolamo. El italiano no puede ver el rostro de la chica, pues únicamente le llama la atención los bultos que se le han caído.
-Oh, disculpe, debí haber puesto más atención.- le dice mientras recoge las cosas que ella había comprado. La chica, de otro lado, no puede verle a la cara porque está agachado, mirando al suelo y a las cosas que tiró.
-No se preocupe, ya le ayudo a recogerlo todo.- dice ella, mientras ayuda a Girolamo. Una vez hubieron acabado, Gian vuelve con la bolsa de pasteles que olvidó.
-Tsugumi, he tenido suerte, uno de los meseros del café…- en ese momento se percata de las cosas en el suelo.- ¿Ocurrió algo...?- la japonesa puede notar que el hombre frente a él se ha detenido de súbito y a dejado caer las viandas nuevamente al escuchar la voz de Gian. Ella alza el rostro para verlo y mientras que el suyo propio toma una expresión de sorpresa, el de él, aquel que la metió en este trance, se transforma en uno de horror. La sorpresa de Tsugumi le dura poco y da lugar a una ira poco usual en ella.
-¡TÚ!- ella pone la mano dentro de su saco para sacar el cuchillo que llevaba con ella, mas su víctima se da cuenta de sus intenciones y pone pies en polvorosa.
-Merda!- dice mientras corre a toda velocidad hacia la estación. Casi inmediatamente escucha una voz que le suena muy familiar... la de Gian Alvise.
-MALEDETTO TRADITORE! - le grita el joven italiano mientras corre tras él y le deja la bolsa a su pareja.-TORNA QUI IMMEDIATAMENTE, FIGLIO DELLA PUTTANA!- obviamente no le hizo caso. La estación quedaba a diez cuadras de donde se encontraban: si podía perderlo entre la multitud, entonces no tendría que preocuparse en que lo persiguieran hasta la estación. Por lo menos eso era lo que esperaba, pero su enfurecido "amigo" parecía no perderle el rastro aunque la gente los mirase como si fueran un par de dementes. De hecho, la persecución se hizo tan prolongada que llamó la atención de un par de policías.
-¡Alto! ¡Deténganse allí!- la estrategia de Girolamo parecía infructuosa, pues solo había logrado que las cosas empeoraran.
-"Debo hacer algo ¿Pero qué?"- de momento, el joven siguió corriendo como si detrás de él estuviera yendo el mismísimo demonio. A la velocidad que iba no le faltó mucho para llegar a la estación, donde ambos, dada la gran confluencia de viajeros, deberían ahogar sus respectivas ganas de matar y huir... o por lo menos eso creyó Girolamo, quien, al momento en que intentaba mimetizarse con la gente del lugar, podía ver a Gian siguiéndolo con la misma presteza de un cazador.- "¿Tanto así me quiere muerto?".- se preguntaba mientras aceleraba el paso, bajaba una escalera y trataba de perderse en un cruce de la estación, lo cual le dio el tiempo suficiente para que le sellen su pasaje y saliera corriendo hacia los andenes... total, que uno puede siempre poner la excusa de que pierde el tren ¿No? No sería la primera ni única persona.
Desde esta parte Gian no debería ser una preocupación, puesto que sin boleto no podría pasar. Pero he aquí que, cuando ya estaba por subir al tren que lo llevaba a Praga, unos gritos le llamaron la atención. Cuando volteó a ver, pudo ver, con horror, que Gian Alvise se dirigía a toda velocidad hacia su andén, sin que nadie lo evitara.
-"Dio mio! Che diavolo ho pesesso queste ragazzo!?"-fue cuanto dijo al ver el rostro enfurecido del joven. Desafortunadamente para este último, el tren había empezado a andar.
-"Volta qui, tradittor! Miserabile!"- gritaba fuera de sí, mientras veía como el tren se le escapaba de las manos. El alma volvió al cuerpo de Girolamo cuando los guardias, que creyeron que el perseguidor trataba de colarse en el tren, se empezaron a movilizar. Girolamo no podía dejar de mirar por esa ventana, por alguna razón le parecía divertido aquello... pero dejó de darle gracia cuando una pistola apareció desde abajo del saco del joven, el cual haló el gatillo cuando tuvo la oportunidad de hacer un único disparo que agonizaría en el marco de la ventana. La cara de curiosidad del austriaco desapareció para dar paso a una de horror y alivio, ambas sensaciones producidas por la cercanía a la último que vería antes de meterse en su cabina y mirar silenciosa y parcamente el paisaje de Bohemia sería el rostro enrojecido de Gian, mientras tiraba la pistola a las vías del tren y huía de los guardias.
El furibundo italiano corría rápidamente para que sus perseguidores le perdieran de vista, pero ello parecía imposible. Llamaba mucho la atención, por lo menos hasta que logró meterse en una multitud, la cual también logró hacer que él mismo se desorientara. Tuvo suerte de que una mano amiga lo jalara fuera del gentío antes de que dos guardias se toparan con él. Los gráciles dedos que habían tomado la manga de su abrigo con fuerza lo llevaron hasta algún lugar, donde finalmente, y ya sin tanta gente a su alrededor, Gian pudo reconocer a Tsugumi.
-¿¡En que estás pensando, baka!? ¿Quieres que nos atrapen?- la chica mira a su alrededor y ve como dos guardias vienen en dirección contraria. No los han visto, pero de estar más cerca no tardaran en hacerlo.- Ven, por aquí.
Tsugumi logró meter a Gian a una tienda y se abrazó fuertemente a él. En un principio, creyó que la chica tenía miedo, pero casi inmediatamente se percató que era un truco para sacarse a los policías de encima, por lo que le correspondió el abrazo. Tras unos segundos, se separaron.
-Lamento haberte dejado con todas las cosas.
-No, está bien. Pero deberías pensar más antes de hacer una estupidez como disparar un arma en plena estación de trenes.
-No pude controlarme, lo lamento.
-Pues casi nos cuesta caro. Vamos, hay que salir de aquí hasta que las cosas se calmen un poco.- sugiere la nipona, tomando del brazo a Gian.
En ese momento, un tren que llegaba de Rosenheim acababa de arribar en la estación y las cabezas de sus numerosos pasajeros contemplaban a las numerosas almas que se desplazaban entre andenes y tiendas de la estación de München. Uno de ellos pareció tener cierto interés entre dos jóvenes que se dirigían hacia la entrada del edificio, hacia la Bahnhofplatz. El hombre, cuya edad debería oscilar entre los cincuenta y cuarenta y cinco años, salió del tren lo más rápido posible, para no perder de vista a la pareja.
-¿Ok, ya estás más tranquilo?
-Sí, por supuesto. Venga, será mejor que compres también un ticket para Praga, para el siguiente tren.
-¿Iremos allá?
-Por supuesto, hacia allá se dirige ese malparido.
-Por malparido, no puedo sino imaginar que te refieres a nuestro buen Girolamo ¿No es así?- la voz que escuchó Gian hizo que el muchacho se girara inmediatamente y viera nuevamente los ojos de su mentor, Vicenzo Settignano.
-Maestro...Usted... no volvió a Roma.
-Y veo que tú no te fugaste con una belleza oriental.- la chica se sonroja al escucharlo, pero guarda la compostura.- Supongo que querrás explicármelo, mientras compro mi pasaje hacia Praga ¿No es verdad?- Gian abre los ojos como si fueran platos, para luego mostrar una mirada seria.
-¿Cuales son las ordenes del Regno?
-Aún tengo que ver eso en la oficina del consulado en Bayern. Pero supongo que será lo que ambos pensamos: castigar al traidor...- le dice mientras saca una bolsa y se la entrega. Al recibirla, Gian puede sentir la dureza del pomo de su Glisenti, la cual había dejado en su habitación el día de su desaparición. Una leve sonrisa adorna su cara de decisión.
-De la única forma en que los traidores merecen ser castigados...
-Algunas horas después-
En algún otro lugar de esa ciudad, se prendía, nuevamente, una luz en la habitación oscura donde lo tenían encerrado desde la mañana y la venda de los ojos de Edward era retirada. La oscuridad en la que lo recluía el trapo desapareció de súbito y sus ojos tuvieron que adaptarse nuevamente a la luz de un bombillo en la oscuridad. Al frente de él, una mesa; al otro lado de la misma, alguien muy parecido a Roy Mustang.
-¿Otra vez estamos en esta situación?
-Ya le digo por enésima vez que todo acabará cuando nos diga lo que queremos saber.
-Y también le digo, por enésima vez, que me diga ¿Qué es este lugar y quien es usted? Son dos preguntas que usualmente haría alguien en mi situación ¿No cree?- Roy, que hasta ese momento y después de un interrogatorio en que lo había sometido a una dura prueba psicológica, consideró que por lo menos eso debería saber.
-De acuerdo. Se lo ha ganado, mi buen amigo. Espero nos perdone por haberlo dormido con cloroformo, pero dada su "valiente" y estúpida actuación al huir de su casa, tuvimos que hacerlo... además de sacarle su brazo de metal, claro.- Edward ya se había dado cuenta que algo le faltaba, además de preguntarse porque era raro que solo tuviera una de sus manos atadas.- Me llamo Roy Mustang...- dijo el hombre con naturalidad por haber repetido el nombre falso tantas veces.- y soy miembro, algo a mi pesar, de la inteligencia norteameric...- antes que pudiera terminar el Elric se propinó así mismo unsoberano cabezazo sobre la mesa.- ¿Sucede algo?
-No, es solo que... nah, olvídelo. Continúe.
-Como sea. Soy miembro de las Fuerzas Armadas Norteamericanas. Nos encontramos en una misión de la que, el señor Armstark nos contó, usted tiene una pista más segura.- la cara de Edward tomó una expresión de desagrado.
-Ah, entonces decidió hablarles ¿eh? Hubiera jurado que no le creerían.
-Tenemos nuestras razones para hacerlo: un par de testimonios de primera línea y dos prófugos que también lo vieron... además de usted, claro.
-Ya veo.- está un momento en silencio, tras lo cual pregunta.- ¿Dónde está mi esposa? ¿Y mis hijos?
-Me parece que ya le había dicho que estaban bien.- le responde tras recordar donde se hallaban.- están en el comedor hablando con uno de los nuestros.
-¿Es esto algo como el juego psicológico del agente bueno y el malo?
-Sí... pero tranquilo, tengo entendido que el agente malo es uno de los dos que está con su esposa en este momento.- Edward frunce el entrecejo.- Descuida, no creo que le vaya a hacer nada.
-Supongo que no me queda más que confiar en su palabra.- tras un momento de silencio, Edward decide hablar. -Lo que aún no me queda claro es que hacen norteamericanos, franceses, británicos y alemanes colaborando.
-¿No es obvio? Buscamos la destrucción de esa cosa ¿Se imagina acaso lo que podría ocasionar algo así de ser puesto en un campo de batalla?
-Una carnicería. Un ejército de unos cincuenta o cien de esos podría liquidar un batallón entero en cuestión de minutos, un ejército en horas y una ciudad en, por lo menos, casi un día. Sería desastroso.
-Y es por eso que debemos eliminarlo. Sé que es un prototipo, pero es el inicio, el primero de muchos que pueden venir si no lo encontramos y matamos.- Edward le sonríe al hombre, divertido por la propuesta.
-¿No me diga que es usted el único que se ha creído esa mierda?¿En serio es lo único que ve?- Roy parece algo confundido por lo que le dice.- Espere ¿No me dirá que usted no es realmente del Ejercito Americano? ¿Es acaso miembro de una sociedad secreta o algo así?
-¿Tan transparente soy? Bueno, no pertenezco a ninguna sociedad secreta, pero es verdad que no soy parte del ejercito ¿Por qué lo dice?- Edward parece sorprendido por la declaración. Roy cree que no le falta mucho para decir algo, pues cree que lentamente se está ganando la confianza de Edward.
-Lo digo por lo que me parece más que evidente. Pero te lo preguntaré porque pareces no saber nada ¿Estás seguro que eso es lo que quieren? Porque yo no termino de convencerme.
-No es que quieras convencerte o no. La situación es que TIENES QUE ayudarnos: si no son los alemanes del partido Nazi, los rusos van a querer conseguir el secreto de esta superarma.
-¿Me estás diciendo que son los bolcheviques y no los capitalistas los que quieren el arma más poderosa del mundo?
-Lo hemos comprobado, en Dinamarca. Un agente británico también murió para conseguir esa información.
-Con lo mucho que me importan los agentes británicos.- justo en ese momento hace su entrada un nuevo rostro... no, de hecho, uno ya muy conocido por el joven, pero encarnado en una persona que no tiene la más mínima relación con la esposa de su ex-jefe.
-Buenas tardes, caballero. Mi nombre es Riza Winches...- el sonoro golpe que Edward se da contra la mesa llama la atención de la mujer.- ¿Sucede algo?
-No, nada... continúe, por favor.
-Como decía, soy Riza Winchester y represento los intereses del Reino Unido de Gran Bretaña, como seguramente ya le explicó nuestro compañero.
-Sí, algo así.
-Perfecto. Entonces, espero que entienda la situación en la que se hallan tanto usted como su familia y colabore a la brevedad con nuestra causa... pues, la verdad es que, tantas horas de tenerlo aquí con nosotros, ya me estoy hartando de esperar.
-Mire, como le decía a su compañero...- en ese momento Edward se da cuenta de algo que ella misma ha dicho y su voz toma un aire de seriedad.- ¿Que ha dicho sobre mi familia?
-Ah, eso. Pues, como iba diciendo, usted y su familia están en una situación, por decirlo más, en la que no pueden negociar.
-¿Mi mujer le ha contado algo? ¿Qué le ha...?
-Oh, no, por favor. Ella no me ha contado nada más que la historia de los dos: cómo fue que se conocieron en Hamburg cuando ella tuvo que acompañar a su abuelo, afín a las ideas bolcheviques, desde su hogar en Norwick hasta dicha ciudad. Por supuesto, cuando los nazis comenzaron a acosar al viejo este se vio forzado a huir hacia Rusia, pero no quería dejar a su nieta sola, así que usted, amigo del hombre por parte de un tío, accedió a alojarla en su casa en München. Pero cuando las cosas se pusieron peores tuvieron que mudarse por unos meses a Hungría, donde finalmente contraerían matrimonio, en un pueblo alejado de su ciudad de residencia. Dígame ¿Que se siente que lo casen sin siquiera entender las palabras del sacerdote?
-El hombre podía hablar alemán perfectamente.
-Oh... ya veo. En fin, a lo que voy con esto, es que, para sorpresa y buena suerte de todos, logramos localizar al señor.- la mujer pone una foto sobre la mesa, de un viejo hombre inglés, rubio de barba y cabellos.- Matthew Rockbell, se encuentra ahora residiendo en Novgorod.- Edward miró con rareza la foto, casi como pensando que la mujer estaba loca. Sabía que la historia que le estaba contando era la historia que él y Winry habían elaborado en caso se le preguntaran a ella por su pasado y que el supuesto abuelo de ella ni siquiera existía, por lo que era imposible que hubiera una foto suya.- Pues verá, costará un poco, pero podemos contactarlo y, dado que no se encuentra muy seguro aquí, enviar junto a él a su nieta y bisnietos ¿No lo cree?- Roy sintió una punzada de envidia cuando vio como la cara de Edward se contrajo brevemente en un gesto de rabia y cólera. Pudo notar la contracción rápida de sus pupilas y el correr de la sangre en sus venas acelerarse.
-¿Que ha...?
-Sí, exacto. Verá, me ha resultado conmovedor el sacrificio que estuvo a punto de hacer allí, en el carro de Monsieur Jourdain. Por ello, he decidido ayudarle y enviar a su familia a un lugar seguro ¿Qué le parece? Vea como lo vea, es lo mejor... salvo el hecho de que Rusia enfrenta una purga interna, algunos cuántos cientos de miles de muertos por parte del gobierno de Stalin.- dice esto haciendo un gesto de comillas.- Sabe, ahora que lo pienso, sería mejor acelerar las cosas... digo, si el "Amo y Señor" de Rusia decide poner al buen señor Matthew en una lista para el gulag más alejado de Siberia... a lo mejor tendríamos que enviar allí a su esposa e hijos ¿No lo cree?- los dientes de Edward rechinan tras sus labios, sus dedos se tensan y flexionan rápidamente, pero todo signo de rabia que deja escapar es únicamente un dobles en su entrecejo. Riza, que lo miraba a los ojos, esperando que gritara o suplicara, se siente consternada por la templanza del joven hombre, más tampoco le dejará notar su sorpresa.- En fin, esas son todas mis ofertas llenas de buenas intensiones. Espero que pueda ser sabio y tomarlas. En cualquier caso, si desea hablar y evitarme los problemas de llevarlos hasta Rusia...- la mujer le entrega una campanita.- hágala sonar y todos estaremos aquí para escuchar la única cosa que queremos saber ¿Donde irá "ese hombre"? ¿De acuerdo?- Edward solo asiente la cabeza y ella, dedicándole una sonrisa a ambos hombres, sale de la habitación.
Tras unos segundos de silencio, habla...
-¿Qué demonios fue eso?- dijo Edward ahora con el ceño fruncido y mostrando los dientes como si de un perro acorralado se tratase. Roy, sorprendido por la expresión, le responde.
-Lo más parecido a mi ex... o un demonio en su defecto.- Edward lo mira ahora con consternación, pero Roy ni se da cuenta. Tras la broma, continúa.-Sonó como una oferta de ayuda para salir del país... la cual disfraza la amenaza de mandar a su familia a una muerte segura en Siberia. Más apropiadamente, diría que es una oferta que no puede rechazar.- dijo el hombre. Edward lo mira con los ojos completamente abiertos, por la sorpresa y la ira. Roy se apresura a tranquilizarlo.- Descuide, en el fondo es una buena persona.- El Elric se cansa de la explicación.
-Tráigame a Armstark, por favor.- el hombre obedece la petición del Elric y, a los pocos segundos, el enorme alemán se presenta ante él.- Veo que decidió confiar en estos... agentes.
-Le aseguro que si no hubiera hecho tanto alboroto las cosas serían diferentes, HerrElric. Estas personas son de confianza, los objetivos de sus naciones van en pos de la paz, no del rearme militarista que los nacionalsocialistas propugnan.
-Y usted se creyó todas esas estupideces ¿No es cierto?
-¿Entonces en quien más podría haber confiado?
-Allí tiene un punto a favor, Armstark.- dijo guardando silencio nuevamente durante cinco largos minutos, en los que el agente de la Abwehr le hablo sobre la importancia de las cooperaciones internacionales.- Cooperación o no, considero que no debieron ventilar estos problemas fuera de Alemania.
-No es que hubiéramos querido hacerlo, la Abwehr podría haberse hecho cargo de ello, pero el gobierno francés logró enterarse de esto por medio de sus fiscalizadores de carbón.
-Entonces no se trata tanto de ayuda, sino de intervencionismo.- especula Roy.
-Yo no diría eso... Quizá, hay algo más de por medio.- dice Hans, ante lo cual Ed pregunta.
-¿Como qué?- Armstark, tras pensarlo brevemente, responde...
-La seguridad mundial, quizás.- la expresión de indescriptible sorpresa y sarcasmo del Elric deja mudos por un momento a ambos hombres.
-Claro, pongamos el arma más poderosa del mundo en las manos de otro grupo de naciones poderosas ¿Cuál de todos es el ganador, eh? Escuchen, caballeros. Ustedes son los únicos crédulos que no tienen ni la más puta idea sobre qué va, verdaderamente, todo este montaje de la "cooperación internacional".
-Ok, ok, ya sé a qué va el comentario. Por lo menos sabemos que estamos de acuerdo en algo ¿Cierto?- le dive Roy.
-Sí, que esa cosa debe ser eliminada.- concluye el alemán, ante lo cual Edward sabe que puede confiar en esos dos, por lo que decide jugar su última carta.
-Excelente. Entonces, les sugiero que, si quieren mantener su objetivo original, sigan con cuidado mis instrucciones.
Tras algunos minutos, la campanilla que le entregó Elizabeth a Edward suena. Ella se encontraba con Winry.
-¿Qué es eso?
-Lo que tanto usted como yo hemos estado esperando ¿Quiere venir conmigo?- la mujer asiente, tras lo cual los agentes y ella van a la "sala de interrogatorio". Allí, sentado esta Edward y, flanqueándolo, Roy y Hans.- Ha tomado la decisión correcta, Sr. Elric. No tiene por qué preocuparse, esa cosa será erradicada del mundo donde usted hará su vida.
-Confió en que ustedes lo logren. Aunque aún tengo mis dudas, pues si los nazis no pudieron con él...- ella sonríe... sabe que lo mejor que puede usar a hora es la mentira.
-Por favor, no nos compare con novatos. En fin ¿va a decirnos hacia donde...?
-A Checoslovaquia, a un pueblo llamado Cachtice. Está siguiendo la pista de la hermana de un amigo, que debería estar allí, a más tardar, pasado mañana.
-Oh, sorprendentemente colaborativo- dice mientras pone una mano sobre el hombro de su esposa.- ¿Que trama?- Edward siente un cosquilleo recorriéndole su columna, pero se calma antes que ella pueda percibirlo.
-Solo quiero asegurar el bienestar de ella y de su acompañante.- la mirada de Elizabeth parece de sorpresa y deja de lado a Winry para interrogar a Edward.
-¿Quién?
-Mi hermano. Él la está acompañando en este viaje. Por favor, si pueden detenerlo antes que esa cosa lo mate, entonces les ayudaré gustosamente.- la mirada de frustración de Edward parece convencerla. El interrogatorio, a su parecer, había dado resultado.
-Vohenstrauß, República de Weimar, a algunos kilómetros de allí-
Esa misma tarde, en Vohenstrauß, Wolfgang Tiergart recibió una noticia muy alentadora luego de haber ido a que le cambien las vendas de los dedos cortados.
-¿Puedes darme más detalles de lo ocurrido?
-Al parecer esta tarde, hubo una reyerta en un barrio residencial de München. No hubo víctimas, pero muchos lo catalogan de muy extraño.
-¿Que de extraño podría tener una reyerta?
-En que, según testigos, sí hubo un muerto.
-¿De veras? ¿Y qué pasó con él? ¿Resucitó?
-Pues... parece que así fue
-No me vengas con bromas, que no estoy de humor para ellas.
-Pero es verdad señor: hay cerca de siete testigos que aseguran que un hombre salió disparado desde la puerta de la casa de un tal Edmond Kassel. Algunos de los policías que son simpatizantes de nuestro partido, cuando revisaron la casa, se encontraron con un mini-cañón improvisado en el armario de su casa.
-¿Es posible hacer algo así?
-Con un sistema de resortes y engranes, así como un percutor que accione todo el sistema con solo abrir la puerta... claro. Solo hay que saber apuntar.
-Interesante ¿Es posible contactarlo?
-Me temo que no: él y su familia han huido con rumbo desconocido.
-Entonces, otra vez estamos sin pistas ¿Cierto?
-No es del todo verdad. Hemos recibido un mensaje de Jenell.
-¿Qué?- el joven oficial salta de su sitio y toma el papel que su subordinado estaba sujetando. En él, la clave de una comunicación telegráfica.- Ya veo...
-¿Le ocurrió algo?
-No, se encuentra bien. Pero nuestra caza se complicará a partir de ahora.
-¿Por qué? Si pudiera saber...
-Sería mejor que no, de momento, Walther.- le dice Wolfgang, mientras vuelve a sentarse para mirar la comunicación.- Reune a los muchachos y diles que alisten lo necesario. Alisten los carros y avisen a nuestros seguidores de los Sudetes Checos.
-¿Que les digo?
-Diles, de momento que vayan a Cachtice, en la Checoslovaquia. Que preparen todo para la caza y esperen mis órdenes.
-¿Y cuáles son esos preparativos?- el hombre mira la tapa de uno de los libros que tiene sobre su escritorio, uno de ellos firmado por Dietlinde Eckart.
-Algunas cuantas piedras talladas, cuerdas y muchos... muchos rifles.- Walther comenzó a sudar frío al escuchar esto último. Tiergart, por el contrario, parecía imperturbable como una roca. Miró su mano mutilada mientras se ajustaba el vendaje y colocaba un guante negro sobre su mano.- Sí, Walther: me temo que ya no buscamos a una bestia... buscamos a un hombre... uno monstruosa y ridículamente poderoso.
Viena- Wien Südhauptbahnhof (Estación de Trenes del Sur)- 3:45 de la tarde.
El tren acababa de arribar a Viena, Capital de la Republica de Austria, y Alphonse y Margaret ya habían recogido sus cosas del vagón de equipaje y se dirigían a hacer los trámites correspondientes respecto a su documentación.
-¡Guau! ¡Es una Estación impresionante! Me imagino que la ciudad debe serlo aún más.
-Y no te equivocas.- le dice Alphonse sacando su pasaporte del saco y abriéndolo en la pagina que el personal de la estación debe sellarlo.- Viena es conocida por ser la cuna de algunos de los más grandes músicos del mundo, como Wolfgang Amadeus Mozart y Franz Schubert, además de haber sido la ciudad donde se desarrollaron otros tantos, como Johann Sebastian Bach y Johannes Brahms. Las Óperas, los cafés y los Salones de Baile son otras de las atracciones culturales más celebres de esta ciudad.
-Guau...
-Sí, es una ciudad impresionante.
-Y debe ser extremadamente cara.
-Jajajaja ¿No cree que está siendo un poco tacaña, Schwester Engel?
-No... pero tampoco hay que caer en el derroche ¿No cree, BruderElric?- le dice devolviéndole la ironía con una sonrisa aún más grande.
-Veo que la ironía no hace efecto en ti. Eso es bueno.
-En el convento no nos enseñan solamente a rezar ¿Sabes?
-No sé si así serán todos. Pero podría apostar que no.
-Si no tienen a alguien como la Madre Rozenkrantz, entonces seguramente no.- el joven no tiene más respuesta que una fuerte risotada.
-Jajajaja... ese sentido del humor debe ser innato.- dice mientras se siguen encaminando hacia la puerta. Cerca de allí, un funcionario de migraciones debería sellarles el pasaporte en una caseta. Alphonse se puso delante de ella, mientras los otros dos viajeros que llegaron antes que ellos pasaban por trámite.- No te preocupes, podremos mantenernos por el poco tiempo que estaremos aquí.
-¿Cuánto tiempo es eso, por cierto?
-Un día, si podemos localizar a tu familia, dos si tenemos mala suerte.
-La verdad preferiría que fuera lo menos posible: cada hora que pasa nos pone a esa cosa más cerca de nosotros.
-Yo también lo he pensado así. Lo peor que podría pasar sería que nos atrapara antes de llegar a Checoslovaquia, pues es allí donde tendremos más probabilidades de librarnos de él.- Sin quererlo, Alphonse había perdido la noción de que la cola había avanzado. El funcionario le llamo la atención.
-Caballero, es su turno en la cola. Su pasaporte, por favor.- Alphonse, algo avergonzado, se apresura a sacar su documento.
-Sí, seguro, ahora mismo se lo ¡Ahh!- al otro lado de la ventanilla se encontraba Malakías Mandorf... o por lo menos alguien muy parecido a él.
-Señor ¿Sucede algo?
-¿Ah? No, nada. Aquí están nuestros pasaportes e identificaciones.- el joven vienés las recibe, algo extrañado aún por el grito de sorpresa del viajero. Revisa brevemente los pasaportes, anota un par de cosas y se los devuelve.
-No hay problema alguno. Bienvenidos a Viena.- les dice con una sonrisa amable, mientras Alphonse y Margaret agradecen y se dirigen fuera de la Estación. Una vez se han ido, el muchacho le dice a su superior...- Jefe, creo que ya me iré retirando.
-Ok, Ottakar, gracias por el trabajo de hoy.
El Inherstadt de Viena era descomunal. Un lugar congelado en el tiempo, donde aún se podía seguir escuchando a las orquestas interpretar las magnificas melodías compuestas por los maestros de hace dos o tres siglos atrás. La Ópera, los conciertos sinfónicos, los salones de Waltzer, todo ello forma parte de la identidad de Viena, además de los renombrados músicos que allí vivieron y de la casi religiosa costumbre de preferir el café a la cerveza o al vino. En medio de ella, la Stephanplatz, llamada así por la Catedral de San Esteban o Stephansdom, cuya existencia precedía a la de todo ser viviente que caminase por aquellos lares. Unos de esos eran Alphonse y Margaret, que miraban con incredulidad la catedral.
-Increíble…
-Creo que es la palabra que más has repetido desde que llegamos a la ciudad ¿No te parece?
-¿Y a ti no? Es todo tan hermoso aquí. Pero creo que por recorrer la ciudad nos hemos estado distrayendo de nuestro principal objetivo.
-Cierto, el hospedaje. Hemos estado viendo diferentes locales ¿No te parece bueno ninguno?- le dice mientras salen de la plaza y caminan en dirección hacia la Ópera de Viena.
-No es que me parezcan malos, pero ¿No te parece que todos son DEMASIADO caros? Digo, sé que estar en el centro de la ciudad nos es favorable para encontrarla, pero creo que no hay que desatender la capacidad de gasto que tenemos.
-Creo que estas siendo tacaña.
-No, no lo soy.
-Solo serán dos días. Además, el que paga soy yo ¿Cuál es el problema?
-Que el dinero no te sobra y me hace sentir como una aprovechada, ese es el problema.
-Disculpa, no sabía que te sintieras así. De hecho, parece raro, la mayoría de mujeres no dirían eso.
-Bueno, ya ves que no soy como la mayoría.
-Supongo que eso es bueno.-No tardaron más de veinte minutos en llegar hasta la calle frente a la Ópera.- Había escuchado que había un hotel por aquí cerca…
-A juzgar por la zona, supongo que será caro.
-¿No te dije que no te preocuparas?- Alphonse mira al lado suyo y parece encontrar lo que busca.- Ah, aquí es.- Margaret mira al lado y contempla el edificio que, en lo que altura se refiere, es tan igual a la ópera.
-Madre mía…
-Este es el Hotel Sacher. Uno de los mejores de la ciudad.
-Y parece uno de los más caros también. Mejor vayamos a alejarnos un poco más del centro, así tenemos mejor suerte.- al momento en que volteaba para intentar cruzar la pista, Margaret se tropieza con un joven trabajador del hotel que llevaba una torta de chocolate mediana. Los rápidos reflejos de ambos lograron evitar una tragedia.
-Uff... eso estuvo cerca.
-Disculpe, señor, casi riego toda la torta por el suelo.
-Descuide, no pasó...- iba a terminar de hablar, cuando ve a Alphonse.- ¿nada? Oiga, creo que a usted lo he visto en algún lado.
-¿Eh? ¿Yo? Espere... ahora que lo pienso...
-Ah, ya me acordé. Alphonse Elric ¿Cierto?- el joven asiente silenciosamente.-Soy yo, Ulrich… ¿Me recuerda?
-¿Ulrich? Espera… ¿Ulrich Seidel?- el chico asiente silenciosamente emocionado.- Jajaja mírate, has crecido muchacho.
-Tú no te vez tan mal ¿Cómo te ha tratado la vida?
-Me ha agarrado a palos, pero parece que no se nota.
-En efecto. Oye y ¿Qué pasó con Cons…? Ah… lo… lo siento Alphonse… lamento, mucho tu perdida.
-No, descuida. No te habías enterado, es normal que preguntases por ella.- Alphonse mira el lugar de donde ha salido el joven, la entrada del hotel Sacher.- Oye ¿Estás trabajando aquí?
-Sí. Cuando me mudé a Viena con los Cracium decidí buscar un empleo y recordé nuestros días en Rumania, cuando veía cocinar a los miembros del grupo. Decidí intentarlo profesionalmente y, bueno, aquí me tienes.
-Felicidades, Ulrich. Precisamente estaba pensando en alquilar un par de habitaciones o una con dos camas para nosotros.- Margaret estaba a punto de expresar su descontento con la idea, cuando el mismo austriaco decide advertirle a su viejo amigo.
-Eh, sabes Alphonse, no es por desanimarte pero este hotel es… como decirlo…- el chico se acerca a su oreja y le susurra algunas cosas, lo cual deja a Alphonse desencajado.
-¿Tan caro era?- el joven asiente.- Cielos, eso es más de lo que hemos gastado en el viaje.- Margaret pone una cara de satisfacción.
-Te lo dije.
-Sin embargo…-esto Ulrich lo dice susurrando.- hay un hotel cerca de aquí que está mucho más cómodo: el Astoria, está una cuadra más atrás, deberían ir allí.- Alphonse mira hacia atrás y luego a Margaret.
-Supongo que debo agradecerte por las molestias, Ulrich.
-Nunca será suficiente para agradecerte, Alphonse. Vengan a comer o tomar una merienda aquí mañana o esta tarde. Les puedo hacer una reservación.
-¿Podrías?- pregunta el Elric.
-Claro, digo, pareces algo interesado en estar por el centro de la ciudad, por lo que no me sería problema ayudarles.
-En ese caso, quizás puedas hacerlo ahora.- le dice mientras una seriedad poco común se apodera de su rostro.-¿Has escuchado hablar alguna vez de una mujer llamada Gerda von Jungingen?- Ulrich parece sorprendido por la pregunta.
-Pues… sí, como muchos aristócratas, tanto nuevos como decadentes, es asidua a venir al Sacher antes o después de una presentación de la Ópera. Si desean, podemos discutirlo a las cinco ¿Les parece?
-Será un gusto.
-Perfecto. Los veo después ¿les parece?
A unos pocos metros de allí, Ottokar Hagenauer von Jungingen había dejado su puesto laboral en la estación de trenes y se dirigió a tomar el tranvía a la estación más cercana. No tuvo que esperar mucho tiempo para que este pasase y no más que eso para llegar a su destino en el centro de la ciudad. No muy cerca ni demasiado lejos del Stephansdom es donde se hallaba el hogar de la mujer que lo había cuidado desde que era un muchacho, dado la muerte prematura de su madre por una enfermedad y de su padre durante la guerra.
-Peter, abre la puerta. Es Ottokar.- dice el joven a modo de anuncio, tras lo cual un hombre mayor, de unos 58 años, sale a abrirle.- ¿Se encuentra mi tía?
-En la sala, joven Hagenauer ¿Desea que les lleve algo de beber?
-Café y bizcochos. Los de siempre, bitte.- le dice mientras camina hacia la sala. Allí, una mujer que apenas llegaría a los cincuenta y cinco años estaba sentada, leyendo un libro, rodeada de libreros y animales disecados. El estudio le había pertenecido a su marido, muerto también durante la guerra, y ahora ella solía pasar aquellos días de solitaria viudez sentada en el lugar que ella solía ocupar, mientras el sillón donde él se sentaba seguía esperando inútilmente al heredero de su ocupante, el pequeño niño que adornaba los retratos de la casa y que no volvería jamás del viaje eterno que hizo al encuentro de su padre, apenas hacía unos ocho años, siguiendo el curso del Donau. Ottokar miro a su tía y al tocadiscos que tenía al lado: del vinilo salía una hermosa melodía, compuesta por Johan Sebastian Bach. La mujer, corpulenta, sin llegar a la gordura y que años atrás habría demostrado una hermosa figura, ahora envejecida por el dolor y la perdida, no se molestó en cerrar el libro para preguntar al recién llegado.
-Has salido temprano, Ottokar ¿Ocurrió algo en el trabajo?
-No, tía Gerda... bueno, sí, de hecho, sí pasó algo.
-¿Te echarán de este trabajo también?
-No, no, me desempeño muy bien, no se preocupe. Esa clase de problemas no se los traeré nunca más. Lo que pasó es que un par de viajeros llegaron a Viena.
-Siempre llegan viajeros a Viena ¿Cual es la novedad?
-Una chica. Se llama Margaret Frederika Engel von Jungingen.- la mujer reaccionó de forma casi inmediata, poniéndose en pie de un salto y cerrando el libro a la velocidad del rayo.- Por su reacción, supongo que ella es...
-¿Cuando fue eso? ¿Donde se supone que están?
-Consideré que sería mejor no seguirlos personalmente. Sin embargo, encargué a un amigo mío que los siguiera hasta su hotel y me llamara apenas...- en ese momento, entra Peter. Tiene el teléfono en la mano.
-Herr Ottokar, llamada para usted.- el joven toma el teléfono.
-Danke, Peter. Hagenauer hier. Ah, Oskar, wie geht's?... Uhmm... Ja... ich verstande. Ist näher als ich war denke. Na ja, es istgut. Dankefür das importantinformation. Tschüss!- el joven colgó y se dirigió a su tía.- Se encuentran en el hotel Astoria, no muy lejos de aquí.
-Ya veo. Pásame ese teléfono, voy a hacer un par de llamadas a algunos amigos.
-¿Que va a hacer?
-De momento, observarlos. Quiero saber qué es lo que vienen a hacer por aquí, si me concierne o no. Solo por si acaso, quiero que también les eches un vistazo.
-Como ordene, Frau Gerda.
-Bien. Y, Ottokar...
-¿Sí, Frau Gerda?
-Llámame "madre" de vez en cuando, o por lo menos "tía" ¿No crees?- el muchacho se sorprende con el pedido, pero reacciona casi inmediatamente, sonriendo.
-Lo intentaré... tía Gerda.
Mientras tanto, ya en el lujoso café del Hotel Sacher, Ulrich servía personalmente a Alphonse y Margaret un Einspänner y un trozo de Sachertorte. Los ojos de la pareja se hizo brillosa ante la visión de los platos, especialmente los de Margaret que no pudo sino hacer un breve e inaudible agradecimiento por la comida antes de hincar la torta de chocolate con el tenedor.
-Ella suele venir aquí regularmente en verano, pero ahora que recién estamos en primavera no suele aparecer tan seguido. Pero cada vez que lo hace es para charlar con algunos viejos conocidos, tomar un café y comer un pedazo de Sachertorte.
-Y no la culpo…- dice Margaret, tapándose la boca al comer.- Esto es como comer un pedazo del cielo.
-Le daré sus amables palabras al Chef.- le responde Ulrich.- Por lo que me cuentan, es viuda desde la guerra y perdió a su único hijo hace ocho años: el pobre niño jugaba con sus amigos cuando cerca del Donau cuando resbaló y cayó a las frías aguas, de las que lo sacaron cadáver.
-Cuanto lo lamento.
-Todos lo lamentaron. Él era el último heredero conocido de la familia Von Jungingen y, aunque no fueran originarios de Viena, se habían ganado la simpatía de los burgueses y aristócratas de aquí… y eso no es poco.
-Me imagino ¿Sabes dónde podemos encontrarla?
-No vive muy lejos de aquí, es muy cierto. No sé su dirección, pero un amigo mío, del turno de noche, la conoce ¿Para qué, por cierto?
-Pues verás… como ya sabes, esta chica de aquí es la hermana de quien tú conociste como Jensen Tanhäuser ¿Lo recuerdas?
-Claro... oye, espera ¿Ella no debería apellidarse igual?
-Pues sí, se apellida igual. Y es porque Jensen no era su verdadero nombre ni Tanhäuser su apellido: su nombre verdadero era Johannes Engel von Jungingen, por lo que ella viene a ser Margaret Engel…
-Von Jungingen… claro.- el chico pareció sorprendido, pero rápidamente se repuso.- Pero, si su historia es la misma que la de su hermano, entonces eso significa que tu quieres que ella…
-Si pudiera encargarse de su sobrina, creo que sería esplendido.
-Pues… no creo que pueda.
-¿Por qué no?
-Recientemente a adoptado a otro sobrino, un hijo de una de sus hermanas. Su nombre, si mal no recuerdo, es Ottakar.-Ninguno de ellos se daba cuenta, pero el aludido estaba en la terraza del hotel, viéndolos a través del vidrio de esta. Había pedido una taza de café y mientras bebía de este, pensaba en que podían estar hablando con el joven aprendiz de chef. Tendría que contarle a su tía, más tarde, que sus objetivos se conocían con personal del Sacher.
-En mi humilde opinión, les sugiero que, mientras esperan a que caiga la noche y pueda hablar con mi amigo, vayan dándose una vuelta por la ciudad: es un lugar hermoso si puedes llegar a contemplarlo, sobre todo las diversas formas de arte que ofrece.
-¿Qué nos recomiendas?
-El Belvedere tiene una galería de arte muy bien surtida. También les recomiendo la Ópera y el Palacio de Hofburg. Verán que no pierden nada viéndolos, ni siquiera el tiempo.
-Gracias por el consejo… y por la reserva. Este hotel es impresionante.
-Dankeschön, mein freund. Ich hoffe sehe dich im andere zeit.
-Ich auch. Nos vemos.
Ambos salieron del café y empezaron a caminar por las calles de la capital austriaca, buscando los lugares que el joven había sugerido. El centro de la ciudad era un monumento en si, por lo que pasaron un par de horas paseando por todo lo que tenía que ofrecer: los palacios de Hofburg y Schönbrun, Der Schatzkrammer o la Cámara del Tesoro Austrohúngaro, la Ópera Nacional, la casa de Mozart y luego se dirigieron a la rivera del Danubio para ver el atardecer. No tardaron mucho en encontrar varias reproducciones de un cuadro que se encontraba en exhibición: la imagen retrataba, de forma modernista, el beso de una pareja sobre, aunque en blanco y negro no se notaba mucho, un fondo aparentemente dorado. Margaret pareció impresionada.
-Esa pintura es...
-Ah, esa... Der Küss de Gustav Klimt. Es toda una obra maestra.- dice el joven mirando la imagen.- Ni siquiera mi hermano lo sabe, pero la última vez que estuvimos en Viena vine aquí a ver esa misma obra. La exhiben no muy lejos de aquí, en la Galería del Palacio del Belvedere.
-Es hermosa.- le dice.- Quisiera poder verla personalmente.
-Oh... es raro que una ferviente defensora de la austeridad y enemiga del derroche pida con tal deseo poder ver una de las figuras más representativas de la "Etapa Dorada" de uno de los artistas más extravagantes de su tiempo.-a Margaret eso le sonó como si fuera un reproche.
-Uh... es arte, las iglesias ortodoxas y bizantinas, según escuché, también tienen acabados en pintura dorada.
-Es una buena forma de evadir ese argumento. Pero aún no me refutas lo de nuestro hospedaje, que es más barato que el Sacher pero sigue siendo algo caro ¿Será acaso que te estoy mal acostumbrando?
-Cállate y llévame al Belvedere.
-Jajajaja bromeo. No te preocupes, iremos... apenas nos hayamos deshecho de esos tres que nos siguen.
-¿¡Qué!?
-Shhh... No despiertes suspicacias. Lo mejor es que piensen que no los hemos notado.
-¿Cómo te diste cuenta?
-Porque al caminar por el Danubio ya no tienen por donde esconderse: cuando íbamos por la Ópera y Schönbrun me pareció que estaba viendo la misma cara una y otra vez, y lo he confirmado a nuestro paso por el río.
-¿Que deberíamos hacer?
-Plantarles cara y ver qué es lo que quieren. Dudo que quieran robarnos.
-Buena idea. Volvamos al Centro, una vez allí será más fácil emboscarlos.- le decía mientras caminaban.
Tras de ellos, efectivamente, andaban Ottokar Hagenauer y otro seis sujetos más. Estaban distribuidos alrededor de la pareja, pero podían verse unos con otros, cosa que funcionó hasta que comenzaron a circular, nuevamente por el centro de la ciudad. En medio de la operación, uno de los hombres se acercó al joven.
-Ottokar, hay demasiada gente por estos lares. No creo que podamos seguirles la pista adecuadamente.
-Podremos, no te preocupes.
-¿No te preocupa que nos noten?
-Imposible. Bueno, volvamos a lo nuestro.- los hombres se separan y van siguiendo de cerca a la pareja, ocultandose en locales, tras postes, kioskos o incluso detrás de personas. Pero no lo suficiente cerca para evitar ser detectados. En determinado momento entran a una tienda donde el joven, aparentemente, se compró un sombrero y ella algunas cosas, seguramente prendas, que él lleva. Al momento que salen siguen con el seguimiento, ahora más sencillo pues es más fácil ubicarlos por la gran cantidad de bolsas que lleva encima. Ottokar les sigue la pista por un buen rato, aproximadamente media hora más, hasta que llegan cerca del Karlskirche. Llegados a este punto, vio cómo el hombre de sombrero y saco le entregaba las bolsas a Margaret y se retiraba: al poder verle el rostro, vio a un anciano de barba rala.
-¿Eh? Wo ist er?- se preguntó él, ante lo cual y casi a modo de respuesta, sintió una presencia poco amigable detrás de él... sobre todo por el estilete que sostenía en la mano derecha.- Mierda...
-Creo que, ahora que estamos lejos de la plaza y que me he encargado apropiadamente de sus amigos, podremos conocernos mejor ¿No cree, Herr Oficial de Aduanas?
Media hora después, en la mansión de Gerda von Jungingen, esta se encontraba tranquila en la sala de su casa, cuando una de las doncellas se apresura a avisarle.
-Mi señora, es Ottokar: necesita verla con urgencia.
-¿Que son estas formalidades? Es su casa, puede venir a hablarme cuando quiera ese niño. Que pase.- la mujer se retira y, tras unos segundos, escucha pasos.-¿Qué sucedió ahora, Ottokar?- la mujer mira al joven, quien mantiene una actitud ridículamente parsimoniosa mientras Alphonse Elric tiene su brazo rodeando su cuello y una daga bajo su yugular.- Oh, este no es precisamente el escenario más apropiado ¿Como ha ocurrido esto, Jung?
-Un descuido, Frau Von Jungingen. Le juro que no volverá a pasar otra vez.
-Ah, entonces era usted la que estaba detrás de tantos sujetos raros siguiéndonos por toda esta hermosa ciudad. Creo que nos debe una disculpa.
-No creo estar en la posición para otorgártela.
-Si se refiere a su mayordomo, ese que sabe usar una escopeta, Jan creo que se llamaba, hice que su relación con su arma sea mucho más cercana... algo de cinco centímetros más cercana a sus últimas tres costillas izquierdas, o lo que queda de ellas.
-Ok, entonces creo que sí lo estoy. Disculpe por haberlos incomodado, tanto a usted como a die Fräulein ¿Le importaría soltar a mi sobrino, bitte?- Alphonse saca su brazo de su cuello y le propina una patada en el trasero para alejarlo de él. El joven trastabilla y cae sobre el primer escalón, pero se reincorpora rápidamente y vuelve a los pies de la mujer.- Bien, supongo que ha venido a hablar, pese a lo "accidentado" de su presentación ¿No es así, Herr Anselm Kassel?
-Adivinó mis intenciones y también mi nombre, Frau Gerda Alexandra Von Jungingen Weikersheim, cabeza de la casa Von Jungingen.
-Se ha informado bien. Supongo que nuestros asuntos también convergen ¿Viene a reclamar parte de la herencia que le corresponde a la muchacha?
-Eso creo que puede estar relacionado. De momento, quiero saber el porqué ha tenido a cerca de media docena de austriacos vigilandonos por toda la ciudad.
-Mmm... es justa su petición. Venga conmigo, en la biblioteca podemos hablar más tranquilamente.- Ella da media vuelta, pero Alphonse ni se mueve de donde está.- No se preocupe, no hay más trampas a donde vamos: jamás intentaría que la santidad de mi hogar se viera manchada de esa forma.
-¿Y Peter?
-Actuó por su cuenta, imaginando que un ladrón se metió a la casa. Su visita, mein Herr, no era nada que esperábamos.- Alphonse mira a los dos austriacos por un momento y luego empieza a subir las escaleras. No demora mucho antes de llegar al Estudio, donde la mujer le hace una señal para que se siente.
-Póngase cómodo, por favor.-le dice cortésmente su anfitriona.-Bien ¿Qué es lo que quiere saber, Herr Kassel?
-Nada más que pedirle una ayuda con la huérfana de su hermana.
-Hermanastra.
-¿Eh?
-Sí, así es: Agnes Von Jungingen Himmelied fue hija extramatrimonial de mi padre. Sin embargo, al ser una de las dos únicas descendientes vivas al finalizar la guerra, fue junto conmigo la que heredaría gran parte de su fortuna.
-Eso explica su actitud para con nosotros. Supongo que no le hace gracia que venga a pedirle que cuide de su hija.
-Ni me hace gracia ni me disgusta. Simplemente que andar criando niños de mis fallecidos parientes parece que será lo mío hasta el fin de mis días, mientras yo tuve que pasar por la pérdida de un niño.
-Lamento escuchar eso.
-Es como suelen decir, nuestra sangre está maldita. Pero ello no evito que mi padre aumentara la fortuna de nuestra familia.- la mujer miró hacia la chimenea y luego volvió a hablar.- Ese hombre, habrá sido un mujeriego y un granuja, pero enseñó bien a sus hijos. Incluso "su bastarda", como solía llamarla mi madre, aprendió rápido de sus consejos.
-¿Se refiere a Agnes Von Jungingen?
-La misma. Maldita sea la hora en que nuestro padre contrató a esa gitana... Luminitsa Himmelied creo que se llamaba. Mi madre, Matilda Weikersheim, había soportado que le engañara con otras mujeres, pero la gitana fue la gota que rebalsó el vaso, sobre todo por presentarse a pedir el reconocimiento de mi hermanastra, cosa que ninguno de mis hermanastros se molestó en pedir. Quizás es porque eran hijos de distinguidas damas de familias acomodadas y salir a pedir ello era más una deshonra que un favor.
-Entonces ¿Supone que la amante de su padre pidió el reconocimiento para obtener dinero?
-Creo que fue desinteresadamente: lo único que pidió, según nos contó nuestra nana, fue que cuidara de Agnes. Recuerdo que Luminitsa era bella, pero tenía una contextura delicada y era muy enfermiza. Tras ser despedida por descubrirse su embarazo, su gente no la aceptó hasta que parió, pero fue por causa de Agnes que la discriminaron.
-¿Por qué?
-Tenía los cabellos castaño oscuros, pero la piel clara y los ojos de un raro color verde-plomizo. Esos ojos siempre me parecieron hermosos, pero para a los gitanos les parecían una horrorosa señal de mal augurio. Luego de soportarla por cinco años, la pobre gitana fue presionada a dejar a su gente, por lo que no le quedó otra que rogar a nuestro padre... en medio de una reunión familiar jajajaja ¿Podría creerlo? ¡Lo humilló! Este, naturalmente, se enfadó pero, en buena parte, fue de mucha ayuda ese escarmiento público: dejaron de aparecer nuevos hermanastros, nuestro padre se volvió menos distante con la familia y las cosas tomaron un curso... digamos, normal. Él tenía 28 años en ese entonces, de los cuales 8 había estado casado con mi madre, con la cual tuvo cinco hijos, cuatro varones y yo, la menor y única mujer. Tuvo otros nueve con diferentes mujeres, de las cuales la última, y la única que recibimos en casa, fue Agnes.
-¿Qué pasó con Luminitsa?
-Solo sé que, acogida nuevamente por su gente, murió en su aldea poco antes que mi padre, en 1902. No le dejó nada a Agnes.
-¿Parece que te llevabas bien con tu hermana?
-Hasta antes de su matrimonio con Ludolf Engel, en 1907, y durante la partida y posterior muerte de nuestros hermanos en la Gran Guerra, ella y yo acompañamos a nuestra madre a Austria, de donde procedía. Nos la pasábamos bien juntas, pero entendía, y mi madre me lo recalcaba siempre, que nunca seríamos iguales: Yo era una hija legítima y ella una bastarda... y era algo que no se podría solucionar jamás.
-Por supuesto, usted le creyó.
-Todo lo contrario, siempre creí que eran delirios de una viuda traicionada y sumisa. Aunque, en parte, tenía razón. Por eso ella le recriminaba sus infidelidades y ese vergonzoso hecho cada vez que podía y, aunque mi padre se enojaba, simplemente respondía con aparente indiferencia... o por lo menos eso creí hasta que descubrimos la clausula oculta del testamento de mi padre.
-¿Cláusula oculta?
-Suena dramático, e incluso varios de mis abogados se han preguntado cómo lo logró, pero es verdad ¿Que resulta? Que nuestro amado padre, en represalia a las ideas que mi madre nos metió en la cabeza sobre sus hijos ilegítimos y por todo lo que en vida le reclamaba, decidió poner como beneficiarios de buena parte de su fortuna, plasmada en deudas por cobrar, a los nietos que le diera mi hermanastra, Agnes.- Alphonse no conocía mucho de leyes, pero sabía lo suficiente para entender que los primeros beneficiarios siempre debían ser los hijos y esposa del fenecido. A menos que...- No sé cuanto sabrá de leyes usted, pero parece que mi padre jugó con el tercio de libre disponibilidad: puso varias condicionales en las cuales solo favorecía a sus hijos ilegítimos con dichas deudas por cobrar, siempre y cuando tuvieran descendientes. Por supuesto, el estallido de la guerra cambió el curso de las cosas: la mayoría de ellos murió sin descendientes y, de haber tenido alguno, no sobrevivió hasta que el mayor hijo de Agnes cobró las deudas.
-¿Que Maximilien hizo qué?
-Sí, así como lo escuchas. Creo que ese fue el momento en que comencé a creerme los cuentos de mi madre. Por alguna razón, mi sobrino sacó todo el dinero de la herencia y la puso en una cuenta, a nombre de su familia. Me convencí cuando me informaron que quienes tenían acceso a esos fondos eran Agnes y su hijo. Luego me enteré que se mudaron a Suiza y nunca más supe de ellos.
-Pues, creo que es momento de decirle que...
-Están muertos ¿No es así?
-¿Cómo lo sabe?
-No creo que le fueran a dejar el cuidado de su única hija a un completo extraño cuando pudieran encargarse ellos o sus dos hijos mayores ¿No?
-Pues bien, lleva razón: Ludolf y Agnes Engel fueron asesinados hace ya siete años, en algún lugar cerca de Berna, Suiza.
-¿Quien fue? ¿Quién mató a mi hermanastra?
-Sifridus Kroenen.- la mirada de sorpresa pareció algo inesperada en ella.
-¿El padrino de Johannes? Era el mejor amigo de Ludolf ¿Por qué lo haría?
-Alejarse de las actividades del partido y casarse con una joven de ascendencia gitana, además de llevarse información valiosa con él. No solo fueron Ludolf y Max quienes pagaron por ello, sino toda su familia. Solo Johannes pudo escapar.
-¿Qué pasó con él?
-Tomó un barco británico, el HMS Caronte, y se dirigió hacia Suez, desde donde dijo que planeaba embarcarse a la India o al Sureste Asiático. Todo eso después de matar a Sifridus, en Rumania, claro.
-¿Y no pudo recoger a su hermana?
-Su viaje de venganza, en el cual yo y mi hermano le ayudamos era muy peligroso. Llevar a su hermana no era una opción siquiera.
-Entiendo. Bien, entonces ¿Que es lo que hace ella aquí ahora, además de buscar a miembros de su familia? ¿No hay Engels en Alemania?
-Quedarnos en Alemania ahora no es buena idea: viejos "amigos" de su padre la buscan por diversos motivos. Por lo que hemos recurrido a usted, la única familiar fuera de territorio "hostil" que puede ayudarnos... si es que aún tiene algo de cariño por su hermanastra, claro.
-Depende de cuanto pueda obtener de todo esto.- le dice ella poniéndose en pie y parándose frente a la chimenea. Alphonse se mantiene sentado.
-Antes de pasar a las negociaciones, solo quisiera decirle que no hemos venido aquí a pedirle ni un centavo. Solo queremos que cuide de ella, le enseñe el comportamiento del mundo y de la sociedad y…
-Eso, de todas formas, cuesta, Herr Kassel. Pero no tendré problemas si ella me permite usar los fondos que están a su nombre en cierto banco suizo.- Alphonse se para en ese momento.
-Insinúa que…
-Insinúo que no haré esto gratis, Herr Kassel. Mi patrimonio ha sufrido una seria reducción considerable los últimos años y necesito dejarle algo estable a ese sobrino mío, Ottokar, también. Por supuesto, al convertirme en la tutora legal de la chica, ella también podría tener derecho a recibir algo de mi fortuna o la que pueda amasar con parte del dinero que le corresponde a ella. Si se pregunta ¿Qué puedo hacer yo para ayudarles con eso? Es muy simple: puedo dar fe que se trata, en verdad, de la hija de mi hermana.
-Podríamos presentar el pasaporte que recibió de Dinamarca.
-¿Y quién lo puede constatar? Siempre van a pedir a familiares que se encarguen de ello, así que ¿Adivine quién es mejor para eso en estos momentos?- Alphonse se siente acorralado. Decide preguntar entonces…
-¿De cuánto hablamos?
-El 55%
-Es demasiado. Preferiría arriesgarme e ir al banco con ella.
-Ok, que sea 45% por las molestias ¿Qué le parece?- Alphonse va a decir, algo, pero la mujer suelta otro argumento, uno contundente.- ¿Creí que no le importaba el dinero?
-Efectivamente, no me importa. Lo que me preocupa es dejar a su sobrina en malas manos.
-¿No le parezco suficientemente confiable pese a que he acogido aquí a mi sobrino y lo he cuidado como si fuera mi hijo?
-¿También mandó usted a seguir a su sobrino cuando llegó en lugar de recibirlo? Seguramente también le pidió parte de su fortuna ¿no?- la mujer no respondió.- ¿Por qué ese odio contra su hermanastra? Ella no tiene la culpa de que su padre haya sido un idiota.
-Tengo una respuesta para ello… pero no es usted quien debería escucharla.
-Una pena...- dice ofreciéndole la mano.- Por más terrible que me parezca, es la única oferta que puedo aceptar, Frau Von Jungingen.- La mujer mira la mano de Alphonse y, tras unos segundos de pensarlo, la estrecha. Luego de eso, el joven se va sin agregar palabra, aunque llevándose un recado de la mujer.
-Dígale a mi sobrina que deseo hablar con ella. Mañana, en el Desayuno que sirven en el Sacher, a las 7:30 AM.
El camino de regreso fue corto, pero duro para Alphonse, quien tuvo que pensar en una forma de resumir todo lo que Gerda le había dicho y esperar, vanamente, que Margaret no se enoje. Finalmente, llegó al Astoria y le contó todo lo que había hablado con su tía. Tras eso, la chica se quedó pensativa por un largo rato, con una cara en un principio neutral, momento que Alphonse decidió interrumpir.
-Podrías quedarte aquí, en esta ciudad, a vivir para siempre, no necesariamente en la casa de tu tía.- el rostro de Margaret, tras unos segundos de escucharle, tomó un cariz de decisión y fastidio.
-¿Y tener que soportar que me vigilen y que me tengan a su merced si no hago nada que les agrade? ¿¡Tener que depender de personas así!? ¡Mejor vuelvo al convento! ¿No?
-Margaret, por favor, tampoco es que vaya a ser así siempre, es solo que...- ella entonces, más tranquila, lo calla con un gesto de la mano.
-No, Alphonse, me quedó claro desde que descubriste que nos seguían: sé que es una ciudad hermosa, pero se nota que no soy bienvenida aquí.
-Escucha, sé que estás enojada, pero créeme que las mejores decisiones no las tomamos estando así.
-No hay nada que discutir, ni calmada ni enojada, Alphonse. Ya es tarde, y salimos antes del medio día ¿Cierto?- Alphonse no respondió.- Me voy a la cama, buenas noches.- Él la vio subir las escaleras, sin tener la oportunidad de decirle sobre el desayuno, así que dejó unas instrucciones a los encargados.
Tren München-Praga- alguna parte del camino pasando la ciudad de Plzen- últimas horas de la noche del 13 de Junio.
En un tren camino hacia Praga, capital de Checoslovaquia. Roy Hungerford se encontraba tranquilo, contemplando el nocturno escenario alrededor de él. Habían salido en un tren regional por lo que la hora de llegada sería a poco más tardar de la madrugada. Estaba sumido en las palabras que le había dicho Edward cuando una voz femenina interrumpió su meditación.
-Hola ¿Puedo entrar, Roy?- pregunta Elizabeth.
-Claro.
-Gracias.- la mujer entra y se sienta frente a él, contemplando el paisaje nocturno de Bohemia. No hacía poco que acababan de pasar Plzen.-Has estado muy pensativo desde el interrogatorio.
-No pasa nada. Solo amenazamos a un pobre diablo con mandar a su esposa e hijos a lo más profundo de un país convulsionado.
-Pero ves que sirvió de algo ¿Cierto?
-Pues sí... sabes usar muy bien el miedo y las ansias de las personas.- le dijo sin dejar de mirar el paisaje en penumbras. Ella sonríe con cierta ironía.
-¿Eso fue un halago o un insulto?
-Yo lo tomaría como un halago: si no hubieras entrado en ese momento, hubiera demorado varias horas para sacarle algo de información y seguramente mucho menos de lo que tu lograste.- Roy mira la luz que ilumina la cabina con cierta molestia.- ¿Podrías apagar la luz, por favor?- la sonrisa de ella parece tomar otros aires cuando arquea las cejas, dándole a su rostro cierta inocencia.
-¿Quieres estar a oscuras conmigo?
-Quiero ver si las estrellas y la luna pueden mostrarme más del paisaje que esta luz que se refleja en el vidrio.- Ella hace caso y ambos se quedan a oscuras. Ante ellos, los arroyuelos cercanos y las copas de los arboles de Bohemia se iluminan con la luz de los astros.
-Sorprendente.
-Lo sé.- ella mira el paisaje y luego mira a Roy.
-No es del todo cierto lo que dijiste.
-¿Qué cosa? ¿Sobre el miedo y las ansias?
-Sí. Sabes, aunque he podido analizar a las personas desde el momento en que las conozco y hablo con ellas, desde hace mucho tiempo me he preguntado si acaso realmente hay algo que te perturba.- él parece no inmutarse.
-Supiste quien era y tuviste la corazonada de que yo no soy quien todos dicen que soy ¿No es cierto? ¿No te parece suficiente para creer en tus habilidades?
-No. Eso lo supe investigando e informándome un poco. Lo que apenas pude averiguar de ti es que eres una persona demasiado buena para ser un criminal: no has torturado a nadie y aparentemente no has matado en toda tu vida, aunque no tienes problemas con molerle la cara a golpes a alguien- dicho esto, acerca su rostro, ahora serio e inquisitivo al de él.- ¿Quién eres en realidad, Roy? ¿Qué clase de ladrón eres?- Tras algunos segundos de silencio, él responde.
-No robaba por placer. Nací en un barrio pobre de New York, hace ya muchos años, hijo de un emigrante inglés y de una americana. Mi padre murió cuando tenía ocho años y tuve que turnar mis días en el colegio con las de ladronzuelo a medio tiempo para poder ayudar a mi madre y hermanos menores. Ahora que lo pienso bien, aunque siempre me inventaba que iba a ayudar a un bar o alguna tienda cercana y ella decía que me creía, en verdad, nunca lo hizo: muchas veces me despertaba el sonido de su llanto cuando, por la noche, contaba el dinero sucio que había adquirido.
-Por eso no dejaste la escuela. La culpa te atosigaba.- dedujo ella.
-Era hábil, de haberlo hecho probablemente hubiera podido ganar más. Pero no lo hice y pude adquirir el suficiente conocimiento para cambiar de tácticas. Eso me quedó claro la primera vez que me atraparon.
-A los catorce años ¿Cierto?- Roy asiente.- ¿Como escapaste?
-No escapé. Resulta que en aquellos días, otro hombre había ido a parar a la carceleta. Parecía el único sujeto decente con el que hablar pues los demás, siendo unos vagos o inmigrantes, no me inspiraban confianza. Nos pusimos a hablar y, tras unas horas, un hombre vino a buscarlo, diciendo que había pagado su fianza. Me quedé solo por unos minutos, tras los cuales, mi compañero de celda volvió para decirme que conseguiría no solo que pagaran mi fianza, sino también que mi historial quedara limpio y fuera del conocimiento de mi madre, siempre que lo acompañara a cenar a almorzar a él y a su jefe. Acepté y terminamos en un lugar elegante donde Arnold Rothstein nos esperaba para comer. Fue así como me codee con la Mafia Judeoestadounidense.
-Así que ese fue tu salto a las ligas mayores ¿Eh? ¿Y qué crimen puede cometer un niño de catorce años para que pase medio día tras las rejas?
-Revender vino: los días que sí iba a trabajar a una tienda, me aseguraba que fuera a una donde mi madre no frecuentara y donde nadie me conociera. Mientras cargaba las cajas al almacén buscaba algún vino que pudiera extraer de allí. Lo conseguido lo vendía o lo adulteraba y después lo vendía. Era 1917 y la Ley Volstead recién se había promulgado, por lo que hasta que los señores de la mafia no descubrieran que había oro en el contrabando, lo cual no les tomó mucho tiempo, podía hacer dinero con ello.
-Lamentablemente, Rothstein parece que sí sabía eso ¿No?
-Sí. Tras contarle mi historia, pudo, por supuesto, meterme un balazo en la cabeza o pedir que mi comida Kosher viniera con una dosis extra de cianuro. Total, desaparecer a un mocoso que se mete a jugar con los grandes siempre es cosa común, y mucho más sencillo si pertenece a una familia pobre.
-¿Por qué no lo hizo? ¿Acaso rogaste para que te perdonara la vida?
-Esa misma pregunta me la hizo él "Sabes que te has metido al terreno equivocado para ganarte la vida ¿Porqué no suplicas para conservarla?".
-¿Y qué le respondiste?
-Que sería un desperdicio: mi vida estaba en sus manos, por lo que matarme o dejarme libre únicamente dependía de él, rogara o no lo hiciera. Luego agregué: si voy a hacer algo, por lo menos debo tener la seguridad que servirá de algo.
-¿Y qué pasó después?
-Me mandó de vuelta a casa con un paquete de comida Kosher, sobras que para mi familia fueron como un banquete de navidad. Además, tuve un nuevo empleo: para mi madre, Arnold Rothstein sería el señor Aaron Redstone y el negocio sería de "ayudante de contador"... entre otras cosas.- él espero a que ella preguntara algo, pero no lo hizo.- Rothstein me enseñó sobre apuestas, posibilidades, finanzas y dinero, como ganarlo, multiplicarlo, invertirlo en asuntos riesgosos y salir ganando... esto último aunque debas quebrar patas a caballos, comprar equipos de baseball, etc.
-¿Lo hiciste alguna vez?
-No, los hombres de acción eran Meyer Lansky, "Lucky" Lucciano y "Bugsy" Siegel. Yo solo me encargaba de las probabilidades.
-Entonces ¿Les mandaste a ellos a...?
-¿Mandar? No, la jerarquía me posicionaba en algo más bajo que un golpeador. Simplemente era un pobre diablo que trabajaba para ellos. Nada más. Pasado un tiempo, y tras darme cuenta que había aprendido lo suficiente, decidí alejarme de ellos y emprender mi propio camino.
-¿Qué pasó con tu familia? ¿Que ellos no eran los únicos que necesitaban este empleo?
-Mi madre se caso nuevamente, mis hermanos obtuvieron alguien que pagara por su educación y yo ya no tuve que preocuparme por nadie más que yo ¿Para qué me necesitarían? Aparte, sabía que una vez que ella se enterara de a que me dedicaba nunca me lo perdonaría. Es así que fui paseándome por los territorios de los señores del crimen de New York, la costa oeste y el centro del país: Colorado, Florida, Washington, Virginia, Connecticut, etc... cualquier lugar que nos pudiera dar dinero a mí y a mis pocos seguidores valía la pena.
-Y... ¿Quién era tu grupo, si se puede saber?- le preguntó ella, acercándose más a su pecho, ante cuya acción el simplemente sonrió y le respondió secamente...
-¿Crees que soy lo suficientemente estúpido como para decírtelo, muchacha? Tienes encanto, pero más veces he sido yo el seductor que el seducido, por lo que no va a funcionar ¿de acuerdo?- la chica deja la expresión tierna y comprensiva y la cambia por la mirada afilada con la que siempre anda.- Astuta como un zorro...- pensó Roy.
-Y yo que creí que podríamos llegar a conocernos mejor.- dice fingiendo pena.
-Aún falta mucho para eso.
-Solo una última pregunta.- insiste ella. Roy, algo cansado, le concede su petición.
-Por fin un tono de sinceridad en tu voz. Ok, dime ¿Que deseas saber?- el súbito filo en la mirada de la mujer le hizo pensar que acababa de cometer un error.
-¿Por qué te dejaste traicionar tan fácilmente?- él la mira, como si se arrepintiera de haberle concedido esa pregunta. Una respuesta sincera sale de su boca.
-Quizás porque confío casi inmediatamente en las personas.
-¿Eso no es bueno acaso? La confianza mutua es indispensable para el trabajo en equipo.
-Y por eso mismo, yo también quisiera saber una cosa de ti.- le dice con tranquilidad.
-¿Que milagro? Ok, pregúntame lo que quieras.
-¿Es verdad que no buscan matar a esa cosa, sino capturarla?- la expresión de socarronería en la cara de la mujer se transforma en una de sorpresa y seriedad al escuchar la pregunta.
-¿A qué debo semejante acusación? ¿Es que acaso nuestro prisionero ha logrado llenar de mentiras tu cabeza?
-No, claro que no le creo. Sin embargo, dudo que una persona tan desesperada por salvar a su familia vaya a crearse una historia tan ridícula como esa.
-Podría haberlo hecho.
-Pero no tenía ningún incentivo para hacerlo. Si nos mintiese lo hubiéramos matado a él y a su familia.- ella entonces baja la mirada y apoya su mentón sobre sus dedos.
-O sabía que no lo íbamos a hacer.- tras pensarlo un poco, mira a Roy.- Tú y Armstark ¿Le contaron algo?
-No le dijimos más que la vida de su familia estaba garantizada. Seguramente habrá creído que es la única cosa en la que no mentíamos.
-¿No mentir? Yo hubiera matado a su mujer o la hubiera mandado a Siberia si era necesario.- Roy siente un escalofrío al ver la expresión seria con la que ella se expresa.- Los niños hubieran sido un problema, pero siendo tan pequeños meterlos en algún albergue hubiera solucionado todo.
-¿¡Cómo demonios puedes decir eso!?
-Por qué, si es necesario para nuestra misión, entonces no hay de otra: ponderamos el peso de la seguridad de cientos de familias por sobre el de una sola. El resultado de la ecuación es obvio.- le dice mientras se para y abre la puerta del vagón.- Espero que con eso te haya quedado claro cuál es mi misión aquí, Roy Hungerford. Buenas Noches.- Roy volvió a quedarse solo, pero apenas por unos pocos minutos. De repente la puerta se abrió nuevamente y entró Malcolm.
-¿Qué haces a oscuras, Roy?- el irlandés percibe un perfume en el aire.- ¿Estuviste con alguien aquí?
-Sí... pero creo que mejor hubiera sido estar solo.
En el mismo de tren pero cuatro vagones más atrás, Tsugumi Aoki se encontraba leyendo un texto en alemán, mientras Gian y Vicenzo se encontraban hablando en el pasadizo.
-Estas preocupado por tu futuro en la institución ¿cierto?
-Por supuesto. Seguramente todo el mundo ya debe saber que me fugué con mi "amante" japonesa y dejé mi misión de lado.
-¿Y que acaso no es tu amante japonesa?
-Bueno, sí, pero no dejé mi misión de lado: un traidor me forzó a dejarla y ahora le doy caza por el bien de mi país.
-Sí, eso es suficiente para demostrar tu lealtad. Descuida, intercederé por ti para que no caiga sobre ti algún castigo. Además, la información sobre el arma nazi que has traído es muy completa.
-Gracias, Vicenzo. De otro lado, me gustaría que también pudieran interceder por Tsugumi, para ayudarla con los papeles necesarios para instalarse conmigo en Italia.- Vicenzo desvía la mirada, lo cual no presagia nada bueno para el joven.- ¿Qué cosa, Vicenzo?
-Me temo que eso no nos concierne del todo, Gian. La joven Aoki no tiene nada que ver con el gobierno italiano y, para empeorar las cosas, su país podría tener un gran interés en pedir que vuelva una vez haya sido localizada.
-¿Quieres decir que ella...?
-Oh, no, no. Si la desposas podría obtener la nacionalidad y viviría contigo como cualquier otra persona. Pero créeme que si el gobierno japonés se entera que ella está en nuestra patria y pide su repatriación, entonces no tendré otra que apoyar la decisión que el gobierno tome. Estate preparado para ello.- Gian voltea a mirar al paisaje nocturno, respira profundo y exhala en un gesto de resignación.
-Lo estaré, no te preocupes. Gracias de todas formas.
-Haré lo posible por no afectar sus vidas, si es que te sirve de consuelo ¿De acuerdo?
-Grazie.- Gian entra a la cabina donde se encuentra la muchacha y se sienta al frente suyo. Ella lo mira y él no puede más que mirar por la ventana.
-Parece que no hay buenas noticias para ti.
-¿Tanto así parece?- ella asiente.- Pues no, no son tan malas como parecen.
-Entonces, debo decir que la cara larga que tienes... ¿Es por mi?
-Pues... podría decirse que sí.- dice él, mientras toma su mano.- Vicenzo me dice que no puede hacer nada si el Imperio del Japón pide tu repatriación, más que ponerse del lado de lo que decida el Regno.- la expresión neutral de ella parece no cambiar. Quizás es porque no quería mostrar su emoción al tener siquiera una pequeñísima oportunidad de volver a casa, como también de dejar a su adorado compañero.
-Mochiron-desu.- responde simplemente.- ¿Y qué tan improbable crees que eso sea?
-Muy probable, diría. Las relaciones entre dos países siempre serán más importantes que la felicidad de dos insignificantes mortales. Y por cierto ¿Que tan probable es que pidan tu repatriación?
-No muy probable. Al escuchar que me escapé con mi amante, seguramente mi padre debe creer que soy una deshonra para la familia, así que no debe tener ganas de verme siquiera y si lo hace, estoy muy seguro que me molerán a golpes para luego obligarme a casar.- la expresión de Gian no solo era de sorpresa, sino de miedo.
-Entonces hay que evitar a cualquier precio que te reclamen.
-Aceptaré cualquier propuesta que tengas para ello ¿Alguna idea, Gian?- pregunta ella, sonriendo. Las palabras de su mentor se le vienen a la mente y titubea.
-Eh... sí... pero, creo que es un paso un tanto difícil o que deberías meditarlo bien.
-Dímelo nomás. No creo que sea nada tan grave.
-Mmm... mejor esperamos a llegar a Praga ¿Te parece?
-De acuerdo.- el joven pega un enorme suspiro al vislumbrar el oscuro paraje que se cierne al otro lado de la ventana.- Pareces estresado.
-Lo estoy. Nos acercamos cada vez más a Girolamo y no sabemos si esa cosa andará cerca.
-¿Qué pasará si nos la encontramos?
-No creo que nos busque, además que nosotros ni la queremos encontrar. Sería tener muy mala suerte hacerlo. Apenas hallemos al traidor y lo acabemos, nos largaremos de aquí... por lo menos ese es el plan.- dice el joven sosteniendo su cabeza entre sus manos. Ella lo tranquiliza.
-Anímate. Estamos mucho mejor de lo que habíamos estado al inicio ¿No crees?- el italiano se frota las sienes y mira a la chica. Ahora sonríe, como si nada de lo que hubieran hablado le importase.
-Tienes razón Tsugumi: las cosas no han ido sino mejorando. Ahora tengo la confianza que estamos jugando con más ventaja de la que empezamos. Tenemos la ventaja, asegurémonos de usarla bien.
-Me alegra que te hayas dado cuenta. Ahora, creo que la mejor forma de hacerlo es mantenernos bien descansados.- dice ella mientras se para. Ya casi era media noche, el tren empezó a aminorar la velocidad, señal que todos los pasajeros del tren entendieron por una única señal, especialmente desde que empezaron a ver las luces que sobresalían desde atrás de las colinas.- Parece que por fin hemos llegado...
-Sí.- pronto, las estructuras de piedra y cemento de la nueva ciudad empezaron a reemplazar a los oscurecidos bosques. Rodeándoles ahora estaba la joya más bella de Bohemia, la capital de Checoslovaquia.- Por fin hemos llegado a Praga.
Viena, República de Austria - 14 de Junio de 1932-
Margaret fue despertada por un rayo de sol que penetró en su habitación de súbito. La joven mucama había abierto las cortinas.
-Fräulein Engel, despierte.
-Uh… ¿Qué hora es?
-Las siete con quince de la mañana.
-¿Eh? Es muy temprano, mi tren sale a las diez.
-Pero es por petición del joven Kassel. Dice que se aliste, que desayunarán en el Sacher. Su reserva es para las 7:30 AM.
-¿Qué? ¿Y por qué no me habrá avisado?
-Hay veces en que a los chicos les gusta darnos una sorpresa. Por ejemplo, mi novio la otra vez me invitó a salir, como todos los sábados,y resultó que había comprado entradas para la Ópera ¡Fue hermoso!
-Eh… no sé cómo decir esto, pero… él no es mi novio.
-¿No lo es? Pues, personalmente, creo que debería hacer algo al respecto, parece muy buen partido.
-Así parece… en fin, será mejor que vaya a cambiarme, no quiero echar a perder una reserva, por más que sea para comer algo de pan con jamón y queso o una torta de chocolate.- La chica se bañó y vistió rápidamente, solo para bajar a recepción y ver que su compañero de viaje se había adelantado.
-Ah, el joven Kassel. Me dijo que la esperaría en el lugar, la debe estar allí en estos momentos.
La joven salió del hotel Astoria, preguntándose como diantres pagarían por el desayuno. Nada la había preparado para lo que encontraría allí: sentados en una mesa para tres, tomando café y algunos bollos, se encontraban Alphonse y una mujer mayor, a quien ella identificó como su tía, Gerda von Jungingen.
-Oh, Margaret.
-Alphonse.- dijo ella secamente, olvidando por completo que ella no sabía sobre su nombre.- Me sorprendí cuando dijeron que tendríamos un desayuno en el Sacher, pero creí que lo íbamos a tomar los dos solos.
-Pues, respecto a eso, mentí. Piénsalo: si te decía que tu tía estaría aquí ¿Habías venido?- ella estaba a punto de darse la vuelta para salir cuando Alphonse agregó- ¿Ya te dije que ella pagará todo?- ella voltea en ese mismo instante.- Inclusive está dispuesta a invitar una Sachertorte entera si aceptas dialogar.- la frase terminó de convencer a la chica, que vaciló parada, unos segundos, antes de sentarse junto a los dos.
-Me quedó por la oferta y por la torta, más no por el dialogo: nunca hay que desperdiciar una invitación tan generosa.- Al sonríe.
-Me alegra escuchar eso.- la mesa es dominada por el silencio por un momento, cuando de repente, Gerda empieza.
-Quería empezar por... disculparme contigo, Margaret. Me ha informado Alphonse de tu malestar al enterarte de la presencia de mi sobrino y mis contactos. Quiero decirte que mi última intención era ofenderte o hacerte sentir como una intrusa.
-Pues, para su desgracia, lo logró... tía... si es que puedo llamarla así, claro.
-Entiendo tu molestia y con justa razón la tienes. Me recuerdas a tu madre en ese aspecto.
-Parece que eran muy cercanas.
-Lo fuimos. Al momento de morir mi padre, ella fue la única de los hermanos que me acompañó con mi madre hasta aquí, a Viena. Vivimos juntas hasta que se casó con tu padre, que la conoció cuando visitaba esta ciudad y se reencontraron en Magdeburg, cuando ella buscaba algo que hacer por su vida. Lo demás, estimo que ya te lo ha contado Anselm.
-Sí, ya estoy enterada de los enfermizos pensamientos de mi abuelastra contra mi madre. Los cuales, obviamente, a heredado usted.
-No me malinterpretes, Margaret. Lo mío fue miedo.
-¿A que su patrimonio fuera reducido?
-No lo considerarías tan a la ligera si supieras lo mucho que me cuesta encargarme de los negocios de una familia cuya decadencia es cada vez tan obvia por la falta de herederos. Solo la semana pasada he tenido que vender tres tiendas que mi familia mantuvo por treinta años en München, pues los ingresos que me daban eran menos que el coste de su mantenimiento. Han sido tiempos difíciles, entiéndelo.
-Entendí que no me quería aquí.
-Es que yo no entendí tus intenciones. Además de ello, el recuerdo de mi madre y su rencor contaminaron mi juicio. Ayer, como ya sabes, Herr Kassel vino a mi hogar y me hizo ver el error que estaba cometiendo. Y es verdad, tú no tienes que ver en el conflicto que mi madre y tu abuela, Luminitsa, tuvieron años atrás. De hecho, ni siquiera yo y Agnes teníamos que ver, pero ya ves que quedamos dentro de ello.
-Hable por usted: no puedo dar fe que mi madre se sintiera igual.
-Supongo que no. Ayer Herr Kassel me preguntó cual era la razón de mi rencor contra Agnes y creo que fue que también yo llegué a encarnarla con la relación, no de mi padre hacia nosotros sus hijos, sino hacia mi madre: tras la irrupción de Luminitsa en la casa para pedir que mantengan a su hija, ambos pasaron a tener una relación amor-odio. No hubiera creído que tras hablar con este sujeto hasta casi la medianoche recuperaría el sentido común y me daría cuenta que estaba cometiendo el mismo error.- le dice señalándole a Alphonse.-Sea como sea, espero que puedas perdonar mi actitud de alguna forma.- Margaret ve a la mujer, escucha su tono de arrepentimiento y su mirada baja, señal clara de vergüenza en personas orgullosas. Ve que realmente siente lo sucedido, aunque no puede creerse que lo sea con las palabras que lo afirma.
-No se preocupe, yo la perdono. No me debe nada y yo a usted tampoco, así que dejemos las cosas como están y sigamos nuestro camino.
-Me consuela que digas eso, lo agradezco. Ahora, otra cosa que quería tratar es que este joven me ha pedido que vele por ti... y, considerando tu historia y situación actual, es lo que pienso hacer.
-¿Cómo?
-Oh, no es necesario que vivas conmigo y Ottokar. Puedes vivir a parte, en otro barrio de Viena. Después de todo, gracias a la herencia de tu abuelo, tienes suficiente dinero como para comprar un apartamento y pagar los servicios durante unos 10 años, hasta que consigas un buen sustento o un buen marido.- la chica se queda anonadada.
-¿Tan grande era esa fortuna?
-Puedo mostrártelo una vez que tramite los papeles para que tengas la disponibilidad de ellos.- Alphonse entonces la interrumpió.
-Espere, Frau Gerda ¿No iba usted a cobrarse algo de...?
-Decidí que mejor no, Herr Kassel: tras meditarlo, considero que lo mejor es dejar atrás el pasado cuanto antes. Lo que opinaba mi madre se puede ir a su tumba, que yo decidiré cómo manejo mi patrimonio.- luego de aclarar eso, se volvió otra vez a Margaret.- Te ofrezco, sobrina, una buena vida, aunque no fácil: te hablaré sobre el patrimonio de nuestra familia, los negocios que poseemos aquí y en Weimar, además te presentaré ante la sociedad vienesa la próxima primavera para que puedas crear tu propio circulo de contactos en esta ciudad. Si deseas casarte o estudiar algo, no importa el camino que elijas, solo dímelo y te ayudaré a financiarte. Estaré aquí para apoyarte, pero el resto dependerá de tu destreza y habilidad para desenvolverte por el mundo, lo cual como mujer te será difícil pero no imposible.- Margaret pensó que se le venía el mundo encima. La mujer que hace un día actuaba como si ella fuera una ladrona entrando a su propiedad privada, ahora parecía el hada madrina de cualquier cuento de Perrault, ofreciéndole hacer realidad cuanto quisiera.- ¿Que dices, Margaret? ¿Me darías esta oportunidad para poder redimirme por tantos años de ridícula auto martirización mía y de tu abuelastra?- Margaret pareció convencida que no se trataba de un truco, por lo que bajó la mirada y se llevó los dedos a los labios. Miró a Alphonse y encontró una respuesta.
-Creo que tendré que pensarlo... tía. Sabes, nuestro viaje aún no ha concluido: tenemos negocios que atender en Checoslovaquia y no puedo dejar a este hombre acabarlos solo.- Alphonse escuchó esto y se apresuró a querer evitar que hable.
-De hecho...- pero Margaret continuó.
-No, ciertamente, no podría permitírselo. Es uno de los tantos negocios que inició mi hermano. Y si bien por mis venas no corre pura la sangre de un Von Jungingen, sí lo hace la de un Engel y debo, por honor a la memoria de mi familia, concluir este problema.- la mujer pareció sorprendida por su respuesta, pero Alphonse lo estaba aún más.
-Pues sí que te pareces a tu madre... descuida, puedo esperar las dos semanas que me pides. Espero verte al cabo de ese tiempo o cuando hayas acabado tu "negocio" ¿de acuerdo?- Margaret asiente y, tras pararse y hacer una pequeña reverencia, sale del Sacher para alistar sus cosas. Mientras la ve irse, Gerda le dice a Alphonse.- Puede decirlo con rencor, la entiendo por el tratamiento que le he dado apenas llegó a la ciudad... pero miente al decir que no tiene la sangre pura de mi familia corriendo por sus venas.
-¿Eh?
-Esa mirada retadora y esa templanza al hablar... me recuerda mucho a mi viejo. Creo que tomé la decisión correcta al acoger a un sobrino más en mi casa.
-Oh, yo no sería tan positivo, Frau Von Jungingen.-le advierte Alphonse, ante lo cual la mujer da una breve risa y se para. Ottakar se acerca a ella y le alcanza su paraguas.
-Cuide de mi sobrina, Anselm. Espero saber su respuesta a su regreso. Auf Wiedersehen!- Alphonse se despidió de la mujer y salió corriendo al Astoria como alma que lleva el diablo. Se encontró con la chica en su habitación, terminando de alistar las maletas.
-¿Que ha sido todo eso?
-Mi respuesta más sincera, Herr Kassel.- dice esto último a modo de imitación de la forma de hablar de su tía.- Sabes, no sé que le habrás dicho ayer completamente, pero lo que sea que hayas hecho, funcionó para ablandarle en algo su corazón. De todas formas, considero que es una oferta demasiado buena para ser verdad. En fin, ya me preocuparé de eso después, por ahora quiero...- Alphonse la interrumpe.
-¡Lo que tú tienes que hacer es quedarte aquí y dejarme hacer mi trabajo, mujer! ¿No ves que es demasiado peligroso?
-Lo mismo te digo a ti ¿Crees acaso que podrás sobrevivir solo? ¡Estamos juntos en esto, Alphonse!
-Tranquilamente puedo llevarme parte de tu cabellera y hacerle creer a Sigismund que vienes conmigo.
-¿Cómo? ¿Te harás una peluca? No soy tan alta, te descubrirá.- le dice en broma.
-Tu esencia, el creerá que voy contigo sin siquiera verte.
-Ese plan es estúpido.
-Estúpido es el que quieras arriesgar tu vida en...- la templanza de Margaret alcanzó su límite y, cerrando la maleta con fuerza, grita...
-¡Entonces el más estúpido aquí eres tú! ¿No ves que estás haciendo la misma estupidez que tu hermano allá, cuando aún estaban en tu mundo? De haber ido todos juntos, muy probablemente hubieran podido encargarse de Sigismund y no hubieran tenido que hacer el viaje hasta aquí. Probablemente habría permanecido para siempre en el convento y no tendría que estar en este vaivén tan desesperante.- Alphonse no pudo replicar nada... tenía razón. Si Edward no hubiera tenido la estúpida idea de hacerle frente a Sifridus y Sigismund él solo, existía la enorme posibilidad de que nada de esto estuviera pasando.- Es por eso que quiero ayudarte. En tu mundo quizás eras mucho más fuerte, pero recuerda que aquí solo eres un hombre... pero eres aquel en el que más confío y el más inteligente que conozco, así que, por favor, no me hagas cambiar de opinión en esto último y confía en mi.- El semblante del muchacho cambia, lentamente, de una consternación notoria a una de gran satisfacción. Finalmente, no puede evitar reír.
-Jajaja... veo que no puedo hacer otra cosa.- Alphonse se da media vuelta y se dirige a la puerta.- Alistaré mis cosas, tomaremos el tren del mediodía.
-Checoslovaquia, ciudad de Ustí Nad Labem, esa misma tarde-
Mientras tanto, en una ciudad más al norte de Praga, un joven ruso volvía de hacer un telegrama para Praga. Estaba cerca de su hotel cuando una mano amiga se acerca por detrás de él y lo toma del hombro derecho.
-Vuelves al hotel algo temprano, Konstya ¿A quién has estado telegrafiando estos últimos días?-Konstantin pasa saliva mientras voltea a ver a Izyaslava Vladimirova.
-Oh, a nadie en especial, Izya. No te preocupes por nada...- antes que pudiera alejarse, el joven ve que la chica tiene una pistola apuntándole al estómago. No había mucha gente por esos lares, por lo que, técnicamente, tenía un pie en la tumba.- Izya...
-Sabes que no me gustan las mentiras, Konstya.- agrega poniendo una mirada seria.- ¿Que es lo que tienes con esa inglesa? ¿En serio estás jugando con ellos o con nosotros?
-No tengo nada con ella. Míralo como una forma de obtener información que no podríamos obtener solos.
-¿Y a cambio de qué? ¿Nos estás vendiendo, Konstantin?- El chico toma la mano con la pistola y se la pone en la frente.
-Si acaso fuera así, está es tu oportunidad, Izyaslava. Acaba conmigo de una vez, pues traiciono a la Madre Patria con mis actos.- la chica se sorprende al ver esta acción. Sabe que solo tiene que presionar el gatillo y todo se acabará, el traidor estará muerto y las cosas estarán bien. Pero... ¿Por qué no puede hacerlo? ¿Y si es verdad lo que dice?- Estoy esperando, Izya...-ella, forzosamente, retira la pistola de la frente del chico.
-No es justo... no es para nada justo...-él la abraza y ella responde al abrazo. No puede evitar llorar.- ¿Por qué nos haces esto?- Las lágrimas parecen contagiarse a él también.
-Lo lamento. No puedo olvidar nada... el tiempo que pasé con mis hermanos y mi madre en los días de verano en San Petersburgo. La última vez que mi padre estuvo en casa antes de no volver nunca cuando ya nos habíamos trasladado a Novgorod.- dijo con la voz entrecortada.- Escuché que había sobrevivientes en Inglaterra. Podrían ser alguno de ellos.- ella se separa y lo toma desde el rostro.
-¿Y si no lo son? ¿Y si está jugando contigo?- el chico se aparto de ella, pero le sorprendió que él ya no llorara, sino que tuviera una sonrisa un tanto macabra en su rostro.
-¿Crees acaso que no he pensado en eso?- el rostro de ella mostró asombro.- No solo le envié un telegrama a ella, sino también al líder del Partido en Checoslovaquia...- un brillo de esperanza aparece en los ojos de Izyaslava.
-Eso quiere decir que...- Konstya sonríe y asiente con la cabeza.
-Sí... no hay forma que fallemos en nuestra misión.- en respuesta a ello, la jubilosa chica le estampó un beso en la mejilla y lo abrazó fuertemente.
-Amo esa parte de ti.- él hubiera querido responder, pero no lo hizo. El miedo de que, como todo lo que había amado, desapareciera de sus brazos, le evitó una vez más hacer algo. Solamente atinó a abrazarla con la misma fuerza y susurrar...
-спасибо (gracias)...
Y por fin, tras sufrir con cuestiones cronológicas, he acabado este episodio. No falta mucho ya, es más, ya he planeado cual será la estructura de los últimos tres capítulos, por lo que espero no demorarme demasiado... cosa que vengo diciendo muy seguido y no termino haciendo de todos modos -_- ... esto consume tiempo y aún tengo que ver cómo avanzar la tesis y eso... ah, rayos :v... En fin, no me quejo más y me despido. Bye!
Apariciones de otros OC:
Ottokar Hagenauer von Jungingen: Malakías Mandorf
Siguiente Capitulo: Rhapsodie Böhmen
