Le Renouveau

Capítulo 2:

Había pasado casi una semana desde que el poderoso crítico gastronómico les anunció una no lejana visita, y justamente ese viernes en la noche contarían con su presencia en el restaurante.
Camus había estado por demás nervioso toda la semana y las cosas solo habían empeorado desde el miércoles con la renuncia de su sous chef y la imposibilidad de conseguir un reemplazo digno en tan corto tiempo. El desgraciado se había ido detrás de otro restaurante donde le ofrecían un mejor puesto y un sueldo más elevado, y no lo culpaba, pero los había abandonado cuando más ayuda necesitaba y sus últimos servicios no habían acabado siendo un caos porque el restaurante no había estado tan concurrido como esa noche.
Cuando Mu con una voz temblorosa y cierto temor le indicó que el crítico ya había llegado, su cuerpo se tensó por completo y lo más difícil era luchar contra ese nerviosismo mientras intentaba mantener el orden en la cocina, dirigir a sus compañeros, sacar los platos correctamente y por supuesto conservar la cordura intacta.
Con un segundo libre y guiado por una enorme ansiedad, Camus salió de la cocina un momento y cuidando no ser visto buscó con la mirada entre los comensales al crítico, al que localizó en una mesa cerca de la ventana. Mu parecía estar esperando por la orden, pero lo que más llamó la atención del francés era la cara conocida que acompañaba a Shaka. Sintió como si le arrojaran un balde de agua fría al ver que era nada menos que ese muchacho atlético de cabellos azules que le había felicitado unos cuantos días antes. Si con sus felicitaciones pretendía evaluar la actitud del cocinero de forma sorpresiva entonces Camus había fracasado en la prueba notablemente, dada la gigantesca indiferencia con la que había tratado a su pobre cliente. No quería sacar esas conclusiones apresuradas, ni pensar que Shaka elaboraría estrategias tan extrañas. Sin embargo la presencia de ese hombre lo descolocó totalmente.
Se apuró en volver a su puesto tratando de dejar los nervios en el pasillo, y daría lo mejor de sí a pesar de que tenía un muy mal presentimiento.

—¿Lo vio, chef?

Oyó preguntar con marcada inseguridad a su ayudante.

—Sí, y se ve como cualquier otro comensal, esta noche no vamos a complacer el paladar de Shaka, vamos a complacer el de todos, ¿Entendido?

Su colega respondió con entusiasmo, más Camus sabía de sobra que la misma inseguridad que lo comía por dentro también atormentaba a sus empleados.
El joven Mu seguía a la espera de la decisión del crítico que observaba minuciosamente la carta y se tomaba el trabajo de voltear a verlo cada tanto. Se estaba impacientando pero temía arruinar la reputación del restaurante, era la primera vez que se enfrentaba a una situación como esa y no quería sentirse el culpable de una mala opinión.

—¿Cuál es tu recomendación? –Preguntó y para el criterio del mesero, su voz sonaba demasiado altanera. Había pasado tanto tiempo viendo la carta para apenas hacer esa pregunta, ese hombre empezaba a ser un fastidio.

—Le puedo recomendar el gratinado delfinés, o los mejillones fritos, si lo desea.

—Pero todos los platos son buenos, Shaka. –Protestó Milo. –Ya elige uno, tengo hambre.

El camarero no pudo evitar asomar una sonrisa, señal de que estaba conteniendo la carcajada, y por desgracia esos detalles aunque mínimos no pasaban desapercibidos ante la entrenada mirada del rubio.

—Déjame hacer en paz mi trabajo. –Fue la cortante respuesta y el otro solo suspiró.

-¿Qué es el gratinado Delfinés? –Preguntó el de cabellos azules haciendo uso de su incapacidad para quedarse callado.

—Consiste en patatas cortadas en rodajas, con nata y gratinadas.

—Shaka me ha pedido que comiéramos lo mismo, hoy manda él, espero que también pague la comida.

Mu asintió sonriente, mientras la mirada incisiva de Shaka le demostraba a Milo lo muy avergonzado que estaba de sentarse en la misma mesa que él. Al griego poco le importaba la opinión de su amigo especialista en la gastronomía, ya había demasiados problemas en la vida como para que tu mejor amigo viniera a decirte que no fueras feliz, y esperar a que le hagas caso.

—Empezaremos con un foie gras. –Cerró la carta con fuerza y la dejó a un lado.

El mesero asintió ligeramente desconcertado: El hombre había pedido su recomendación y ni caso le había hecho. Suponía que todo lo que Shaka hiciera tendría que servir para a su evaluación. Y un poco sus decisiones también estarían relacionadas a su aparentemente irritante personalidad.

—Enseguida, señores.

En la cocina, las primeras comandas fueron exitosas, pero se sabía que los motores apenas se estaban calentando y la noche recién comenzaba. Camus no solo estaba lidiando con sus propios miedos, sino que se hacía cargo de los ajenos. Parte de su trabajo era liderar, y un buen líder debía inspirar confianza. No podía notársele desanimado o perdido, con un chef inseguro y un sous chef ausente, esa concina se hundiría en cuestión de segundos. El francés sabía que sus compañeros nunca habían estado bajo la presión que provoca atender a un crítico y además a un restaurante completamente lleno, y eso se veía reflejado en las demoras y pequeñas falencias que comenzaban a tener en su trabajo. Él mismo compartía el nerviosismo ya que tampoco había enfrentado alguna vez tal situación, pero verdaderamente deseaba que sus ayudantes le pusieran más empeño. Al cabo de un tiempo algunos platos comenzaban a ser devueltos por culpa de la carne poco cocida en unos, y demasiado cocida en otros.

—Mesa cuatro, me dijeron que está frío. –Comunicó el camarero depositando sobre el mostrador un plato de pescado. El suspiro de Camus fue tan audible que Mu hasta lució arrepentido. –Pero el crítico está degustando el foie gras.

El francés dio la impresión de ni siquiera haberlo escuchado y únicamente volteó a ver al resto del personal que parecía más nervioso de lo normal. El mesero de ojos verdes procuró salir de la cocina en el momento en que Camus comenzó a elevar el tono de voz. No era la primera vez que lo escuchaba así, pero siempre le sorprendía cómo alguien de apariencia tan pacífica podía de pronto ser sumamente intimidante. Sin embargo lo entendía, Camus nunca dejaba de luchar y esforzarse por perfeccionarse, era la persona más trabajadora que había conocido y aunque estuviera desmoronándose, su pasión no se agotaba nunca y no parecía tener capacidad de cansancio. Probablemente el que los demás no demostraran la misma pasión por su trabajo y fueran inaceptablemente torpes en aquel día tan importante ponía al francés iracundo, y se imaginaba el sermón que estaría impartiendo ahora mismo en la cocina. Por ahora lo único que estaba a su alcance era hacer lo mejor posible.

—Apenas probaste la comida. –Advirtió Milo mientras él se encargaba de disfrutar su porción. Shaka se había dedicado a anotar más que a comer.

—¿Me meto yo en tu trabajo? –Respondió sin levantar la vista y su amigo resopló. –El salón parece bastante caótico. –Agregó por fin desviando su atención del cuaderno.

—Siempre te han divertido las desgracias ajenas.

—Soy responsable, Milo, debo hacer bien mi trabajo, no puedo favorecer a este restaurante solo porque es el favorito de mi amigo, sería una falta de principios.

—Yo no tengo principios, soy abogado. –Dijo sonriendo mientras untaba un pan con mantequilla de hierbas que era ofrecida a todos los comensales como cortesía de la casa.

Shaka negó con la cabeza preguntándose cómo podía Milo hacerlo querer soltar una carcajada incluso en aquellos momentos en los que no podía creer que fueran amigos.

—El salón está bien para mí.

—Todo está bien para ti, Milo, por eso soy yo el crítico y tú el que me trajo. –Resumió dando por finalizado el tema.

Durante la cena, Shaka pidió algunos platos más, sin embargo poco era lo que probaba de cada uno y lo que más hacía era escribir en su libreta, lo cual desesperaba exageradamente al otro hombre en la mesa, quien no había pedido la misma cantidad de platos que el crítico, debido a que él sí se terminaba su comida, jamás podría comer tanto. Ya para el momento del postre, el rubio se veía bastante molesto y pudo dejar de lado su cuaderno para dirigirse a su amigo.

—Me temo que voy a tener que decepcionarte, pero te lo advertí. —Dijo y el otro lo miró confundido. –Tendría que mentir demasiado para poder darle una buena calificación a este lugar Milo, lo único bueno que puedo destacar es la higiene, por lo demás no comprendo por qué recibiría una calificación decente, y es más, esta comida sabe a desesperación. –Comentó mirando los platos despectivamente. –Ni siquiera entiendo por qué está lleno el restaurante.

—Bueno, no todo el mundo piensa como tú, tal vez por eso. –El de cabello azul se cruzó de brazos mirándolo inconforme.

—Sé honesto. –Pidió después de silenciarse un momento. —¿De verdad te gustó tanto lo que comiste hoy?

Milo se quedó callado y era en ese entonces que Shaka sabía que lo había acorralado: Sabía que su amigo no le mentiría, ni siquiera para tener la razón. Entre las cosas que más le agradaban de Milo entraban su lealtad y honestidad, el hombre podía ser muy obstinado pero tenía que estar dispuesto a dar el brazo a torcer en esta ocasión.

—Bueno… No tanto. –Confesó. –No estuvo tan bien como otras veces, la carne estaba fría y no tenía el mismo sabor de siempre.

—Sabe a desesperación. –Sentenció sonriente y el otro frunció el ceño. –Pero es increíble que no te hayas quejado si el servicio fue tan malo, ¿Te comerías la suela de un zapato si te la sirven en este lugar?

En ese momento ambos fueron interrumpidos por el camarero, quien se acercó de la forma más tranquila que podía: En sus adentros, Mu reventaba de enojo pues había escuchado la conversación desde el principio y se había indignado con cada palabra. Aceptaba que se habían cometido errores esa noche, pero de ninguna forma aprobaría que se cuestione por qué el restaurante era tan concurrido, había pasado tiempo admirando el esfuerzo y trabajo de su jefe y el resto de sus compañeros, de solo oír a alguien despreciarlo le daban ganas de vaciar una botella de vino completa sobre esa persona. Se contuvo lo suficiente como para poder sonar amable ante sus clientes.

-¿Desean ordenar algo más?

-No. –Contestó el rubio mientras terminaba sus notas y cerraba la libreta. –Ya tuve suficiente.

Mu lo vio con un ligero desprecio que falló en ocultar, pero agradeció que el hombre estaba demasiado distraído con su prepotencia como para mirarlo a los ojos, al que no se le escapó el detalle fue a su acompañante, y por alguna extraña razón Milo lucía como si se sintiera terriblemente culpable, algo incomprensible para el camarero, pero antes de que alguien más hiciera un comentario despectivo y terminara por despertar completamente su ira, el joven solo se retiró.

Después del apocalíptico servicio, Camus decidió poner en marcha el cierre y la limpieza, que por cierto si algo la necesitaba, era su uniforme. A pesar de que siempre se caracterizaba por estar pulcro, las manchas dispersas en su blanca ropa indicaban claramente que ese no era su día. No podía concentrarse en algo que no fueran sus fracasos, y debió esquivar más de una vez la mirada de Mu como para que este se diera cuenta de que no aceptaría ninguna palabra de consuelo. Las circunstancias se habían prestado definitivamente para verlo caer, y por mucho que luchó para mantenerse de pie su caída fue inminente desde que Shaka anunció su visita. Por supuesto estaba seguro de que la opinión del crítico no sería favorable, solo guardaba esperanza de que al menos no fuera sumamente destructiva. El silencio reinó esa noche, sus empleados nunca habían estado tan callados.

—Mañana será otro día, chef Camus.

Le dijo antes de retirarse uno de los camareros. Mu en cambio seguía viéndolo con ojos preocupados, tanta era su inquietud como para quedarse aún después de que se retirara todo el resto del personal.

—Vuelve a casa, Mu, ya no podemos hacer nada por hoy, no te preocupes tanto por esto, ¿No dijiste que tendrías pronto un examen? Tienes algo mejor por lo cual preocuparte. –Le recordó. A diferencia del otro camarero, el joven de ojos esmeralda trabajaba menos horas y Camus lo había permitido desde un principio después de escuchar la historia del muchacho y su sueño de poder convertirse en docente de escuelas primarias. Al comienzo lo había puesto a prueba dada su inexperiencia pero la capacidad de Mu para aprender y tratar de dar lo mejor en sus actividades le habían hecho apreciarlo mucho más de lo que se imaginaba cuando lo contrató.

—No puedo evitarlo, ojalá las cosas hubiesen salido de otro modo. –Expresó cabizbajo.

—Ya no se puede cambiar, siempre habrá altibajos en mi profesión, y también en la tuya. –Le dio una leve palmada en el hombro. El francés no era muy demostrativo pero en ese país que no era el suyo reconocía que quienes más se preocupaban por él eran sus empleados.

Mu asintió conforme, probablemente porque sabía que nada de lo que dijera serviría para algo productivo, y solo entonces accedió a dejar a su jefe solo.
Camus se tomó un tiempo para observar la solitaria cocina y meditar sobre lo ocurrido: Tampoco le caía muy en gracia la idea de que no hubiera nada que hacer. Soltó un largo suspiro y salió por la puerta de empleados que cerró con llave. A unos pasos más el hombre se recargó en la pared, aún no terminaba de digerir tanta mala suerte y sospechaba que lo peor no había llegado todavía. Entendía que era parte de su profesión, el que ciertos días terminaras tu turno oliendo a comida y preguntándote por qué elegiste trabajar de eso, pero ese día desbordaba tanto de emociones que falló en ocultarlas. Arrojó el pañuelo a sus pies y se soltó el cabello para liberarse un poco, y luego se deslizó por la pared hasta cubrir su rostro entre sus rodillas. Se dejó estar así un buen rato hasta ser interrumpido sorpresivamente.

-Disculpa…

Oyó una voz pero permaneció inmóvil: De todo lo que le había pasado, solo le faltaba encontrarse con un ladrón en ese callejón. Aunque daba por hecho que un robo no comenzaría con una frase como "Disculpa", y rápidamente cambió a la idea de que se trataría de alguien pidiendo limosna, sin embargo la voz se le hacía ligeramente familiar. Levantó la vista lentamente hasta encontrarse una vez más con esos ojos celestes sobre él.

—Ya cerramos. –Comunicó viendo hacia otra parte y haciendo un esfuerzo por ocultar algunas lágrimas que se habían sentido con la libertad de salir. –Es muy tarde, ¿No te habías ido con el crítico?

Milo mostró una expresión de sorpresa.

—¿Cómo supiste que vine con él?

—Los vi. –Respondió secamente.

En ese instante sintió el peso del otro sentándose junto a él y apretó los dientes sabiendo que sus emociones tendrían que esperar un rato más. No podía entender por qué aquel hombre actuaba de forma tan extraña, ni siquiera sabía su nombre.

—Si se te olvidó algo no fue en el restaurante, no encontramos nada después de la limpieza.

—No se me olvidó nada. –Se encogió de hombros. –En realidad vivo cerca de aquí y ya estando en mi casa decidí… Bueno… —Dudó. –Volver. –Pero al ver que el cocinero seguía en silencio y mirando a la nada decidió continuar. –Vine a la hora del cierre porque sabía que tendría una mínima posibilidad de encontrarte a solas para hablar contigo, y que no estés todo el tiempo pendiente de lo que pasa en tu cocina.

Camus carraspeó nervioso: ¿Qué podría querer un completo desconocido de su persona?

—En realidad quería disculparme contigo. –Soltó sorprendiendo bastante al francés, porque también, ¿Qué podría hacer un completo desconocido para ofenderlo? –Shaka vino porque yo se lo pedí.

Milo sintió por fin los ojos de Camus clavarse sobre él como dos flechas y tragó saliva aunque se lo esperaba totalmente.

—¿Qué? –Preguntó atónito.

—Shaka es un amigo mío. –Confesó y pensó que si seguía hablando, el otro hombre lo ahorcaría en cualquier momento. –Yo disfruto mucho la comida de tu restaurante, y le pedí que hiciera una crítica al respecto. –Suspiró. –Sé lo duras que son sus críticas pero me gusta tanto lo que preparas que estaba seguro de que a cualquier otra persona le pasaría igual. –Decidió guardar silencio un momento, pero el joven de ojos violáceos no hacía más que mirarle. —Supongo que no debo meterme en asuntos de los cuales no entiendo, solo quería ayudarte pero te perjudiqué, y no podía dormir sin hacerme cargo de la situación, al menos dejar que supieras quién fue el culpable.

Camus permaneció en silencio viéndole por un momento más, sus labios entreabiertos y sus ojos inquietos hacían que en la cabeza del griego ocurriera un torbellino de ideas, no podía definir exactamente la expresión de su acompañante y la incertidumbre lo estaba matando.

—No es tu culpa. –Sentenció antes de que Milo perdiera la paciencia, y otra vez le quitó la mirada de encima. –Trajiste al crítico a mi restaurante, pero él no me dará una baja calificación por ser malvado, la responsabilidad es mía, no tuya ni de Shaka, no te voy a responsabilizar por mi fracaso, tu como cliente confiaste en mis capacidades, pero no pude cumplir tus expectativas.

Milo se quedó perplejo: Camus había volteado toda la situación para terminar culpándose a sí mismo, seguramente sería todo más fácil si el cocinero le odiara o lo sacara a patadas. El hecho de que su intento por ayudar terminara haciendo sentir al chef tan miserable le quitaría el sueño por unos cuantos días.

—¡No fue un fracaso! –Se apresuró a decir. –Solo debió ser un día complicado, ¿O no?

—¿Lo notaste? –Lo volvió a mirar, y tan dócil que al de ojos celestes se le estrujó el corazón.

—La comida… no estaba tan bien como otros días, no voy a mentirte. –Aún si tenía que hacerlo sentir peor, Milo detestaba decir mentiras. —Pero esto no es todo, sé que en un buen día hubieses pasado la prueba de Shaka.

Ambos se quedaron callados un momento más, Camus aún seguía resguardando su pecho detrás de sus rodillas como un niño en penitencia: Aunque aquel cliente confiara ciegamente en él, la verdad era que ya no tendría oportunidad de volver a enfrentar a Shaka en uno de sus días buenos, el resultado dependería de lo que el crítico había visto esa desastrosa noche.

—¿Sabes qué? –Comentó el de cabellos azules. –No creo que tenga sentido buscar un culpable, solo podemos aprender de lo sucedido y seguir adelante.

El otro solo asintió con la cabeza.

—Sé que en el futuro vendrán personas de todas partes a comer en el restaurante del chef Camus Camus.

El joven griego se maldijo en sus adentros y a su nerviosismo por soltar un chiste tan estúpido en el momento menos preciso, y peor aún, el mismo que al parecer había resultado ofensivo en su último encuentro. Sin embargo, las palabras parecieron tomar a Camus con la guardia baja y lo hicieron soltar una pequeña risa que incluso a él mismo lo tomó desprevenido. Milo sonrió, no tenía idea de qué había hecho bien esta vez, pero sin duda hacer reír al cocinero se podía añadir a su lista de logros.

—De La Serre es mi apellido. –Confesó. –Soy Camus De la Serre.

—Suena prestigioso, Monsieur De la Serre, -Bromeó.-Mi nombre es Milo.

—Entonces… Milo. –Empezó poniéndose de pie ante la mirada de su acompañante. –Espero que no traigas a ningún otro crítico por ahora.

Quizá era descortés dejar la conversación, pero Camus sentía la necesidad de desplomarse sobre su cama y dejar fluir sus emociones en la soledad de su habitación. Milo por otro lado sintió un poco de amargura, no tenía ganas de acabar la charla tan pronto, pero no se quedaría allí sentado tratando de retener al chef.

—De todas formas, no conozco a ningún otro además de Shaka. –Sonrió levantándose también y se adelantó unos pasos con respecto al otro, no deseaba que su compañero notara que él quería quedarse allí conversando, su reciente apego hacia el cocinero era atemorizante y demasiado extraño. Prefería pensar que Camus era muy atractivo y nada más, porque lo era, pero eso era todo, atracción mezclada con la enorme culpa que sentía por arruinar su día. —¿Hay algo que pueda hacer para compensarte?

—En absoluto. –Comentó el otro que ya planeaba irse, quebrando del todo las esperanzas del griego. –No tienes que compensarme nada, preocúpate menos por mi restaurante, estará bien. Buenas noches, Milo.

Antes de irse el francés ofreció una vez más esa mirada gélida impenetrable, muy diferente a lo indefenso que se veía tan solo un instante atrás, y Milo sin saberlo contuvo la respiración, tan anonadado que no se dio cuenta de corresponder el saludo, aunque estaba seguro de que ese no era un problema para el hombre que ya se había marchado. Contempló a sus espaldas la pared pensando en lo diferente que había sido todo de un momento a otro. No necesitaba muchas conversaciones más con él para darse cuenta de que era alguien bastante complicado y en definitiva, la conquista más difícil que se podía haber elegido. Estaba seguro de que tendría que esforzarse mucho más que con cualquier otro para lograr llamar la atención de Camus, pero si estaba dispuesto a hacerlo o no, ni siquiera él lo había pensado.


Nota de la autora:

¡No inventen salió todo súper mal! -Igual yo ya sabía-
La verdad no estoy nada conforme con que Mu no le tirara el vino a Shaka encima :( (?) Jaja ok, el bichis lo arruinó todo pero ya veremos si tiene futuras oportunidades para reponerse! Espero que les gustara el capítulo y si pueden déjenme un review para enterarme! estoy super contenta con sus reviews del primer capítulo, les agradezco mucho que comenten esto :D
La gastronomía no es mi carrera, pero procuro investigar sobre distintos platos y sus preparaciones para que todo quede más coherente y también porque me encanta!
Muchas gracias por leer y espero que sigan siguiendo este fic(?)