Capítulo 3:
Durante semanas, Milo había estado tapado de trabajo, tanto como para llevarse algunas cosas a su casa y trabajar hasta la noche. No le sobraba tiempo para cocinar, mucho menos para pasarse por el restaurante de Camus, y a pesar de lo mucho que deseaba ir para comprobar su estado después de la despiadada reseña de Shaka, el griego únicamente se conformaba con comprar comida hecha de camino a su casa, o pedir a domicilio.
Su pequeña odisea comenzó un lluvioso miércoles, en el que se había quedado hasta tarde en la oficina y de camino a su hogar, había parado para comprar algo de comer. Justo al salir de la tienda, el joven de ojos celestes se topó con un pequeño animal. Podía jurar de hecho que era el perro más pequeño que había visto, los primeros segundos había dudado que fuese un perro. El canino estaba solo, completamente empapado y temeroso. Sus grandes ojos enseguida se posaron sobre los del abogado y con un leve movimiento de su cola inició su ruego. Milo nunca había tenido una mascota, no sentía particular interés por tener una, pero los suplicantes ojos de ese perrito lograrían conmover hasta al más frío de los hombres. Se agachó para poder verlo mejor y entonces el animal solo reaccionó para alejarse con pavor y el joven se quedó inmóvil. Al cabo de unos segundos, y sin que el hombre se moviera, el perro se acercó con todavía un poco de desconfianza, y no fue hasta que Milo acaricio su cabeza que su cola demostró la verdadera felicidad. Supuso que se había perdido, y no pretendía quedarse mucho tiempo más debajo de la llovizna, por lo que se le ocurrió recoger al húmedo animal y volver a la tienda. Preguntó si sabían algo sobre un perro extraviado y ante la respuesta negativa ofreció su número telefónico en caso de que el dueño apareciera.
Ya tenía muchas preocupaciones en su cabeza, pero no veía posibilidades de que una criatura tan pequeña e indefensa sobreviviera a las calles. Sintió aún más pena cuando el friolento canino se hizo una bolita en el asiento de su auto hasta llegar a su casa, afortunadamente en el edificio no estaban prohibidas las mascotas pequeñas y todo estaría bien en tanto no resultara ser un perro escandaloso. Lo dejó en el suelo y observó al animal curiosear temeroso por todo el departamento, hasta que cayó en la cuenta de que la combinación de perro y día lluvioso no creaban ninguna buena sensación para la nariz ni la limpieza. No sabía cómo bañar a un perro y menos uno tan chiquito, pero pensó que usar su propia tina sería una excelente idea y de paso el agua caliente haría que dejara de temblar. Solo le tomó unos minutos debido a lo pequeño y dócil que era, lo cual reforzaba más su teoría de que ya tenía un dueño y se encontraba perdido. Tener al cachorro mojado escurriendo en su departamento le disgustaba demasiado, por lo que usó su propia secadora de cabello para alistar al can, y al cabo de unos minutos ya tenía a un emocionado perrito tan esponjoso y blanco como las nubes. No podía evitar reírse de la redondez del animal, se veía como un algodón de azúcar. Dio por finalizada su tarea cuando dejó una toalla seca sobre el piso de la cocina para que funcionara de cama, y por fin se sentó a cenar. Se vio interrumpido en el segundo bocado debido a los ruegos de su nuevo compañero y al bajar la vista otra vez volvió a notar esos brillantes ojos pedigüeños.
-Debe hacer un buen rato que no comes. –Le habló a pesar de que siempre le habían parecido extrañas las personas que le hablaban a sus animales. Supuso que uno nunca sabe cómo se comportará con una mascota hasta que termina conviviendo con una, aunque sea solo cinco minutos. –Pero no tengo comida para perros, podrías esperarte hasta mañana.
Le dijo y se dispuso a seguir comiendo, más la impaciencia y las relamidas que se daba quien lo miraba con ilusión le hacían un poco de gracia. Milo observó su bandeja y pensó que después de todo siempre le sobraba comida cuando compraba porciones grandes. Primero se propuso a terminar su plato a pesar de los pequeños ruegos y llanto insistente del cachorro que al cabo de un momento comenzaba a ser algo fastidioso. Tomó un plato plástico de su alacena y cortó en el unos cuantos trozos de pollo para luego ofrecérselos al perro que no tuvo ni tiempo de ver lo que le habían regalado, pues lo engulló en cuestión de segundos desesperadamente. El griego comprendió entonces que tanta insistencia se debía a que el animal probablemente no había comido en días. Su acompañante lució mucho más animado después de la comida pero no dejaba de contemplar la puerta con anhelo, Milo supo que el agua caliente y un plato de comida serían bien recibidos por cualquier perro, pero nada se compararía a su verdadero hogar, y ahora a todas sus preocupaciones se le sumaría el tener que encontrar al dueño antes de que la criatura colapsara de angustia. Tomó un par de fotos que compartió en redes sociales, era lo que veía comúnmente hacer a las personas cuando encontraban animales abandonados, y luego decidió bajar toda la tensión del día fumando un cigarrillo en el balcón de su departamento. Se sentía agotado de tanto trabajo y caía en la cuenta de que prácticamente no había tenido tiempo de pensar en Camus, ni en su restaurante, ni en todo lo que había sucedido, a diferencia de otros días en los que el francés monopolizaba sus pensamientos. Exhaló el humo pesadamente, tal vez Camus representaba demasiada incertidumbre, no se sentía preparado para afrontarlo, le era imposible notar siquiera un mínimo interés en él por parte del cocinero y eso le hacía pensar que lo mejor era no arriesgarse. ¿Quién sabe? Tal vez el chef hasta tenía esposa, o era simplemente una cara bonita con un carácter infernal: Lo cierto era que no sabía prácticamente nada sobre él, y entre todas las cosas, lo que más detestaba era sentir inseguridad, justamente él, quien desde hace mucho tiempo no experimentaba aquella sensación. Terminó su cigarrillo y nuevamente dentro de la casa pasó un buen rato distrayéndose con su nuevo amigo, y no porque fuese su intención, sino porque simplemente le divertían sus interminables caminatas por el ruido de sus diminutas patitas en el suelo de madera, y como se movía su colita con cada paso. También los juegos aun un poco tímidos, que Milo intentaba corresponder de la mejor manera, y sobre todo el hecho de que pareciera un pompón viviente. El cansancio lo venció finalmente y tras un largo bostezo decidió alistarse para una larga noche de sueño. Ya en la cama, más que relajado, sintió que alguien le robaba las sábanas desde un extremo de la cama. El abogado, que ya estaba demasiado agotado como para razonar, únicamente tiró de sus mantas para volver a taparse y murmuró algo que nadie jamás entendería. La respuesta sin embargo fue la misma, y otra vez las sábanas fueron arrancadas, en esa ocasión con más fuerza. Milo se sobresaltó y por fin despertó: No entendía qué estaba pasando, estaba completamente solo en la cama, no había quien luchara por las sábanas: Miró a su alrededor totalmente desconcertado y entonces recordó a su visitante peludo, que yacía justo debajo y movía la cola inocentemente al detectar el contacto visual.
-Si me dejas dormir encontraré más rápido a tu dueño. –Expresó somnoliento. –Ni entiendes lo que te digo… -Masculló algo molesto de que fuera interrumpido su sueño.
Se volteó bruscamente pero entonces entendió que sería muy complicado ganarle la contienda al perro, más que disgustado, tomó al animal entre sus brazos y lo subió a la cama.
-¿¡Qué quieres!? –Interrogó desesperado. En respuesta, y lejos de sentirse amedrentado, el animalito solo se acurrucó lo más cerca que pudo del cuerpo del griego. Milo bufó. –Me imagino la clase de dueño que tienes, debe ser una de esas personas que malcrían a sus perros porque se sienten muy solos. –Expresó convencido y lo miró un momento más, antes de regresar a dormir profundamente: No tendría que trabajar al día siguiente, podía relajarse al menos por unas horas.
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A pesar de que fuese un lugar por lo general plagado de personas, a Shaka le gustaba bastante ir al supermercado. Le agradaba la idea de revisar todas sus cosas para elaborar una completa lista de lo que hacía falta, y tomar los productos uno por uno según el orden de la lista. Pero algo que no se esperaba ese día, era que en la puerta del mercado hubiese expuesta una fotografía de un animal perdido, y no es que normalmente le prestara atención a los anuncios de perros extraviados, sino que ese perro era justamente el que Milo había encontrado la noche anterior. Se había enterado de ello cuando su amigo le envió un mensaje al respecto, por lo que prontamente le mandó una foto del cartel al abogado, esperaba que Milo estuviese pendiente del celular para verlo cuanto antes. Sin perder más tiempo entró y paseó por las góndolas que ya conocía bastante bien, sus movimientos se tornaban mecánicos pues sabía de sobra la ubicación de cada producto necesario, por lo que nada más lo metía dentro de su canasto y seguía su camino. Lo desconcertante sucedió cuando se aproximó a la góndola de las galletas dulces, ahí tomaría lo más importante de toda su lista, sus galletas de avena favoritas, se negaba a pasar demasiado tiempo sin un paquete en la alacena, y además detestaba ir a comprar y no poder conseguir absolutamente todo lo de su lista en un mismo lugar, porque había dos opciones: Ir hasta otra tienda, o volver a casa sin tener todo lo que había escrito, y ninguna de los dos caminos le resultaba demasiado agradable. Al acercarse al stand notó que solo quedaba un paquete de galletas, se sintió suertudo de ser la persona que llegó en el momento exacto para tomar el último. Pensó que era tan dueño del producto que hasta se tomó unos segundos para revisar qué más iba a comprar, y al estirar la mano se encontró con otra sobre la góndola. Se alarmó instantáneamente ante el contacto con la otra persona, y no pudo evitar dirigir su vista hacia ese que no era más que un descarado ladrón de galletas, alguien que interfería con sus planes de la compra perfecta. Lo tensó aún más darse cuenta de que ya conocía a ese muchacho, el que ahora sostenía dudoso el envoltorio, con esos grandes ojos verdes llenos de curiosidad que se posaban sobre su persona. Shaka no supo cuál sería su expresión en ese momento, pero esperaba no haber demostrado la gigantesca sorpresa que sentía.
-Disculpa, ¿Ibas a tomarlo tú? –Preguntó el de cabellos lila ofreciéndole el producto, con los mismos ojos que tendría un niño arrepentido.
Shaka tragó saliva, era nada menos que ese mesero del restaurante, el que lo había atendido aquella desastrosa noche, donde solo podía recordar como bueno el servicio que brindaba ese camarero, o tal vez lo bueno era precisamente él.
Mu se sintió un poco incómodo al no obtener respuesta y entonces el rubio habló.
-Sí, pero está bien, las tomaste primero. –Dijo bastante impresionado de sí mismo, ceder las galletas no estaba en sus planes, y probablemente saldría bastante arrepentido de esa situación. Mu, sin embargo, continuó ofreciéndoselas.
-La verdad, está bien si tú las quieres, no me molesta, llevaré otras.
Shaka volteó la cara en otra dirección como si tratara de ocultarse o mostrar desinterés.
-Solamente son galletas.
Entonces, Mu sonrió instantáneamente.
-Para mí no, en realidad cada vez que tengo que estudiar lo hago en compañía de estas galletas, son tan deliciosas que mi mente trabaja más rápido. –Comentó animadamente. –Así que ya que no te importan, me las quedaré yo.
Shaka lo miró de reojo casi afligido, para él también eran igual de importantes, pero no pretendía montar un escándalo por un paquete de bizcochos. Su compañero volvió a sonreír.
-Te atrapé, de verdad te gustan tanto como a mí, parece que vas a llorar. –Dijo y se las volvió a extender.
El rubio frunció el ceño en señal de molestia, aquel sujeto se tornaba irritante, no muchas personas desconocidas se aventuraban a tratar de ver más allá de lo que él les mostraba, la mayoría de las veces eso acababa en desastre y prefería evitarlos, sobre todo en los lugares públicos.
-No las quiero, camarero, son tuyas.
Respondió tajante y la expresión de Mu se volvió más hostil: Había decidido no odiar a ese hombre después de que destruyera completamente el ánimo de Camus con su crítica y faltara el respeto a su enorme trabajo. Comprendía que el oficio del rubio se trataba de escribir sobre su opinión, pero consideraba muy innecesario agregar detalles como que la comida le supo a desesperación, o que era mejor comer en otro lugar si uno esperaba llevarse una buena impresión de la gastronomía francesa. Todavía recordaba la indignación que le produjo leer la crítica, y si había resultado así para él, no podía ni imaginar la humillación que había sentido Camus. La personalidad de Shaka, por supuesto, le hacía más difícil la tarea de resistirse a detestarlo. El mesero no se forzó a sonreír y depositó las galletas directo en el canasto de su acompañante a pesar de lo que éste le había dicho.
-Que tengas buen día. –Dijo antes de seguir con su camino, sin darle tiempo al otro de reaccionar. Shaka solo lo observó hasta verlo desaparecer entre los pasillos.
El joven estudiante continuó con sus compras hasta que, justo antes de pagar lo que había comprado, notó que el paquete de galletas había aparecido como por arte de magia entre sus cosas. Mu frunció el ceño y observó bien la fila de personas que se extendía detrás de él. No podía darse cuenta de cuándo Shaka había puesto eso entre sus cosas, sin duda había sido muy sigiloso, y ni siquiera podía determinar si el hombre seguía dentro del supermercado. Al salir del establecimiento, buscó aún con la mirada al rubio, solo se quedó allí un momento y al no tener éxito decidió emprender viaje hacia su casa.
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Dados los acontecimientos de las últimas semanas, Camus comenzaba a pensar que tendría que enfrentarse a una larga racha de eventos desafortunados, pero entre tanta mala suerte, había logrado encontrar a alguien perfecto para cubrir el puesto de sous chef que había quedado vacante.
-Te prometo que te sentirás orgulloso de mí. –Afirmó el joven de piel morena y ojos verdes.
Era el primer día de trabajo de Aioria en el restaurante, pero desde el momento de su aparición, Camus no podía salir del asombro de volver a ver a su viejo compañero. Ambos habían estudiado en la misma escuela de gastronomía en Paris, Aioria porque a pesar de ser griego, siempre había tenido fascinación por la comida francesa y se quedaba en casa de sus tíos mientras hacía su carrera, sin embargo aun después de finalizarla, el joven decidió quedarse en el mismo país, mientras que su amigo después de mucho pensarlo, se mudó solo a Grecia para levantar su propio negocio. Volver a ver a Aioria lo ponía bastante contento y por un momento era capaz de olvidar los malos ratos. Aunque no era fácil deshacerse de la preocupación que le ocasionaba el que, después de la tan elaborada crítica de Shaka, la clientela comenzaba a bajar. Su tensión alcanzaba niveles inimaginables y confiaba en que su antiguo compañero pondría ayudarlo a traer la paz de nuevo al restaurante. Lo cierto era que no había desventajas, Aioria había estudiado en el mismo lugar que él, por lo que conocía perfectamente la elaboración de los platos, estaba muy al tanto de sus capacidades y seguro de que se integraría perfectamente al equipo. No podía pedir nada más, era definitivamente un golpe de suerte.
-De verdad te agradezco tu ayuda. –Se permitió sonreír relajadamente.
-¿De qué hablas? –El castaño también sonrió. –Suenas como si yo fuera a trabajar gratis. –Bromeó.
-Aun no comprendo qué haces en Grecia.
El francés mantenía contacto con el otro hombre no tan a menudo, pero no tenía idea de que Aioria había vuelto a Grecia desde hacía unos cuantos días, el griego lo había mantenido en secreto para sorprenderlo.
-Sabes que nunca pude decidirme, no sé si amo más Francia o Grecia. –Se encogió de hombros. –Quiero volver a vivir aquí, al menos por un tiempo, probaré suerte.
Camus sonrió, esperaba que ese tiempo del que hablaba el joven fuese bastante largo.
-Y me emociona trabajar contigo. –Agregó con una sonrisa radiante.
El otro desvió la mirada.
-No lo sé, en Francia trabajabas en un restaurante mucho más popular, ¿Verdad?
-Sí, eso creo, pero no tenía la oportunidad de ser sous chef, ni de trabajar contigo. –Le dio una amistosa palmada en el hombro. –Es de hecho lo que más me emociona, estoy seguro de que haremos un gran equipo. Siempre fuiste tan apasionado y perfeccionista a la hora de cocinar, que desde hace mucho quiero acompañarte en tu trabajo, sé que podré aprender muchas cosas aquí.
Camus lo miró algo confundido al principio pero después le sonrió con amabilidad.
-Entonces bienvenido, sous chef.
-No se arrepentirá, Chef Camus.
Le dijo al tiempo que lo tomaba por los hombros sin mucha delicadeza y el francés casi se aparta, ya se había desacostumbrado a esos tratos, sin embargo tendría que relajarse, el castaño era mucho más efusivo que cualquier otro empleado. Prefería pensar que Aioria y su carácter afable traerían de nuevo la tranquilidad a su vida, con suerte las cosas comenzarían a mejorar a partir de ese momento.
Nota de la autora:
Declaro oficialmente que el perro de Milo es el mejor personaje del fic uvu (?)
Como pueden ver, en este capítulo he puesto un poco de todo, para no centrarme solo en Milo, ¡Y por fin hay algo de Shaka y Mu! Además de eso, ha aparecido Aioria porque ya me estaba tardando en ponerlo en el medio de Milo y Camus (?) ¡Me pregunto qué papel tendrá! O mas bien ustedes preguntense, se supone que yo ya lo sé (?)
Bueno, acabo de responder sus reviews, bien tarde porque la verdad yo siempre los leo con todo mi amor pero nunca puedo responderlos al momento y termino dejando todo para lo último uvu Agradezco un montón todo el apoyo que le dan a la historia, me alegra mucho que les guste y por supuesto nos veremos en el próximo capítulo!
