Le Renuveau

Capítulo 5:

Milo estaba pasando un muy buen rato en el parque con Camus, y era más que consciente de estar demostrando que Suzette no estaba siendo su prioridad. Con suerte Camus no notaría que la perrita era nada más una simple excusa, y con todavía más suerte, el francés se sentiría tan a gusto como él en ese momento.

—¿Cómo va todo, Camus? —Preguntó sin estar demasiado seguro de instalar el tema. —La última vez que nos vimos no era tu mejor momento.

El otro joven lo observó por el rabillo del ojo un instante, casi sin ganas de contestar.

—Lamento que hayas visto eso, en mi defensa, no pensé que encontraría a alguien más ahí.

Milo no pudo evitar verse sorprendido por un comentario así. Al parecer, para Camus, mostrar sus emociones era una especie de pecado. No iba a negar que el muchacho era bastante serio todo el tiempo, y que él mismo también resultaba ser un poco cerrado en ocasiones, pero nunca se arrepentiría de haberse cruzado con el cocinero esa noche, ni ahora.

—No creo necesario que te disculpes. —Tomó asiento en el banco más próximo y cortésmente el otro hizo lo mismo. —Yo…

—No fue culpa tuya lo que sucedió con el crítico.

Milo fue interrumpido de inmediato, pero lo que más le preocupaba era lo seria e incómoda que se estaba tornando la conversación. No se le ocurrió mejor solución que darle a Camus la razón, iniciar discusiones era lo último que necesitaba. Distraerse viendo a Suzette fue la única cosa que lo salvó de hacer un chiste estúpido por estar nervioso, o de tomar un cigarrillo, ese animal tendría ya un lugar muy bien asegurado en el cielo por ser tan misericordioso.

—¿De verdad vas tanto a mi restaurante, Milo? —Cuestionó por fin viéndolo a la cara.

—¡Claro! —Respondió como si no fuera necesaria esa pregunta. —Últimamente no he podido ir, el trabajo me mantiene muy ocupado así que me conformo con comer cualquier cosa, pero extraño la buena comida.

Camus se quedó pensativo: Había recibido comentarios de todo tipo acerca de su trabajo, pero hasta el momento la única persona que se mostraba como si sus recetas fueran una única fuente de agua en el desierto, era Aioria. Milo parecía ser un gran entusiasta de la comida, pero sobre todo de la suya. Probablemente acababa de encontrar otro fanático.

—No eres el único que ha dejado de venir. —Comentó volviendo su vista al frente.

Milo suspiró, no importaba lo que Camus dijera, se seguía sintiendo culpable de los hechos, pero no se volvería a disculpar ya que al otro hombre parecía fastidiarle tal actitud. Únicamente siguió escuchando en silencio.

—Respeto el trabajo de los críticos. —Continuó el francés. —Pero no logro entender a las personas que necesitan que alguien más piense por ellos. —Negó con la cabeza y lo que Milo distinguió en sus ojos fue un tinte de indignación. —Cuando haces algo que te gusta o vas a un lugar que consideras bueno, es muy poco inteligente dejar de ir solo porque alguien con más estatus que tú ha lanzado un artículo diciendo que a él no le gustó. Además es muy descortés. —Frunció el ceño casi fulminándolo con la mirada, como si en verdad le estuviera hablando a su crítico. El joven abogado nada más hizo lo posible por mantener sereno su rostro y buscar el paquete de cigarrillos que tenía guardado en el bolsillo de su pantalón. —Me refiero a que insulta a los trabajadores de forma elegante, cuando somos nosotros quienes nos esforzamos todos los días para sobrevivir, él solo tiene que llegar y destruir todo con sus palabras sabiendo que es lo que a la gente le gusta consumir.

El muchacho de ojos azules se quedó perplejo ante las emociones tan intensas: Había pensado en Camus como alguien muy cerrado y enigmático, prácticamente no lograba creer que lo tuviera en frente confesándole ese tipo de cosas.
El otro pareció darse cuenta tarde de su comportamiento e inmediatamente aflojó su cuerpo y desvió la mirada.

—Lo lamento, dije cosas que no debía.

—Dijiste lo que querías. —Contestó todavía asombrado y dando por fin con ese bendito paquete de cigarros que buscaba. —Me parece bien, Shaka escribe como si fuera un resentido. —Enseguida metió un cigarrillo a su boca y sintió bajar su nerviosismo. —Pero es mi mejor amigo, yo lo conozco desde hace mucho tiempo y sé qué clase de persona es. No es una mala persona, supongo que escribir así es parte de su trabajo.

—¿Entonces justificas que sea tan cruel únicamente porque es lo que le piden que haga?

Milo encendió el cigarrillo disimulando a la perfección su estado interno. Según lo veía, no había forma de que la conversación terminara bien.

—No siempre puedes hacer lo que tú quieres. Eres el jefe de tu negocio, y no creo que dejes a tus empleados correr libres por el restaurante. Estoy seguro de que si un empleado no trabajara de la forma que a ti te es funcional tendrías que despedirlo.

Camus se quedó en completo silencio y aunque el griego ganó por abandono, no había disfrutado para nada la contienda, sobre todo por la atmosfera de incomodidad que se había instalado después.

—Fumas… —Casi susurró el cocinero.

Milo sonrió de lado sintiéndose todavía peor.

—Y tú eres de los que odian el humo de los cigarrillos. —Dedujo apagando el pitillo que tenía en su mano.

—No, yo… —El otro se apresuró para intentar detenerlo pero ya era tarde. —Disculpa, no tenías que hacerlo.

—Por mi está bien, no suelo fumar donde a otros les moleste. —Se encogió de hombros, a pesar de saber de sobra que en ese momento necesitaba un ejército de cigarrillos o una enorme taza de café. No planeaba confesarle al otro hombre que fumaba para tranquilizar sus nervios. —Hablemos de otra cosa, mejor. —Sugirió con la esperanza de cambiar el ambiente. —¿Cómo fue que terminaste en Grecia? ¿O siempre viviste en este lugar? Porque hablas griego perfectamente.

—En realidad nací en París, y ahí crecí e hice mi carrera, vivo en Grecia hace algunos años, pero se hablar el idioma porque mi madre era griega. —Informó el joven y se interrumpió solamente para acariciar a su cachorro que no dejaba de verlo con anhelo. —Vine muchas veces a Grecia cuando era niño así que conozco varios lugares, aunque ella se mudó a Francia seguía amando este país.

—Ya veo, ¿Y por qué se mudó a Francia?

—Porque amaba más a mi padre.

Milo detectó el tinte melancólico en la expresión de su acompañante y trató de cambiar el rumbo de la conversación, más no encontró las palabras correctas para hacerlo.

—Debe sentirse bien, —Murmuró aunque perfectamente audible. —Encontrar a alguien que esté dispuesto a hacer algo tan significativo solo para estar contigo.

Camus pestañeó varias veces confundido: Él nunca se había detenido a pensar algo como eso, había pasado la mayor parte de su tiempo dedicándose a su carrera y nunca había sido capaz de vivir un romance de deslumbrante intensidad como el que habían tenido sus padres, pero aquello tampoco le quitaba el sueño.

—Bueno, tal vez es un poco exagerado, el dejar todo lo que tienes por una persona. No sé si yo aceptaría que hicieran algo así por mí, o si lo haría por otra persona. —Se encogió de hombros restándole importancia. —Pero yo no hubiera nacido si ellos no hubieran tomado esas decisiones.

El francés se dio cuenta que su débil intento por quitar seriedad a la conversación no había hecho más que el efecto contrario, pues el hombre sentado junto a él estaba lejos de mostrar una sonrisa o algo parecido.

—Supongo que está bien si a pesar de lo que sacrificaste sientes que al final obtuviste cosas mejores. Pero es posible que no sea así en la mayoría de los casos.

Milo se cruzó de brazos pensativo. Querer estar con alguien seriamente significaba arriesgarse a que nada fuese como lo esperado, enfrentarse a la posibilidad de que todo acabara mal y tu tiempo y esfuerzo fuera desperdiciado. Normalmente las personas no se ponían a pensar en lo valiente que debías ser para querer a otro. Ahora mismo deseaba como nunca él también ser capaz de ignorar aquello.
Camus lo miró extrañado, su compañero parecía estar ausente, era más que obvio que su comentario anterior había despertado memorias indeseadas al hombre. Estuvo a punto de cambiar de tema, pero sorpresivamente el otro levantó el rostro para mostrarle una amplia sonrisa.

—Me parece que te estoy distrayendo mucho, Camus, no me he dado cuenta del tiempo que pasamos hablando.

El joven de cabellos aguamarina nunca había visto una sonrisa más falsa que la que se dibujaba ahora en el rostro de Milo. El griego tendría sus motivos para evitar hablar del tema, y él no estaba ahí para revolver los sentimientos enterrados de alguien que era casi un desconocido. Miró su reloj y se dio cuenta de que efectivamente, Milo tenía razón.

—Bueno, es verdad, todavía debo llevar a Suzette a casa. —Asintió. —No pensé que lleváramos tanto tiempo aquí.

—Te agradezco que te quedaras.

—No. —Interrumpió enseguida el otro. —Yo nunca terminaré de agradecerte lo que hiciste por Suzette, ¿De verdad no hay nada más que pueda hacer por ti?

El otro negó con la cabeza y volvió a fruncir el ceño.

—No, ¿Me ves tanta cara de necesitado?

El francés sonrió haciéndosele graciosa la obstinación de su compañero, Milo era demasiado orgulloso como para recibir un favor, pero no podía quejarse de dicha actitud, en eso coincidían bastante. Eso había despertado aún más las ganas de compartir una charla más amena con el hombre. No podía decir que, con tantos temas incómodos, esa conversación había sido del todo agradable.

—Entonces me gustaría invitarte un café. —Propuso y pensó que para Milo sería difícil de rechazar una invitación a comer, el joven parecía ser un entusiasta de la comida. Sin embargo vio que el otro estaba a punto de protestar. —Así podremos continuar con nuestra conversación sin la presión de tener que regresar al trabajo. —Le sonrió para suavizarlo. —No siempre estoy trabajando, tengo algunos ratos libres.

—No te creo.

Bromeó el otro y Camus cambió su expresión, pero no pudo sentirse ofendido. Estaba al tanto de dar la impresión de ser alguien demasiado sumido en su trabajo. Y verdaderamente era muy detallista y dedicado, no podía negarlo. El griego se puso de pie y luego se agachó para despedirse del pequeño animal que fue a sus brazos con acentuada alegría.

—La pasamos bien, Suzette, no vuelvas a huir de casa.

El Pomerania lamió repetidas veces las manos del muchacho en señal de afecto, y Milo no podía decir que eso le pareciera de lo más agradable, pero comenzaba a acostumbrarse.

—Bien. —Sonrió todavía sin levantarse del suelo. —Dime cuándo y dónde nos vemos.

Aquella disposición tomó por sorpresa a Camus.

—Bueno, dime cuándo estás libre y me haré un espacio.

—Oh, el gran chef Camus hará espacio en su agenda para verme, me siento importante. —Sonrió poniéndose de pie.

—Siéntete honrado. —El francés se levantó del asiento igualmente. —No cualquiera puede cambiar la apretada agenda de…

—Anda, dilo. —Pidió el otro después de presenciar el breve silencio de su acompañante. —Di que eres el gran chef Camus.

—No... —Dijo con una risa nerviosa. —Entonces, dime si estás libre el próximo jueves.

—Estás evadiendo el tema. —Canturreó el griego poniendo las manos en sus bolsillos. —Pero está bien, quedamos para el próximo jueves, cuando decidas el lugar y el horario puedes enviarme un mensaje, ya tienes mi teléfono.

Le entregó al otro toda la responsabilidad, y es que a Milo no le interesaba cuándo ni dónde, lo único que le importaba era con quién. Le sonrió, pero sonrió aún más para sí mismo pues no solo tenían sus teléfonos, sino que también tenían la promesa de volverse a ver pronto. El griego estaba tan emocionado que le resultaba difícil rechazar toda esa felicidad, hacía demasiado tiempo que no se sentía como un adolescente.
El jueves llegó demasiado pronto, sin que Camus se diera cuenta. La cantidad de trabajo había bajado un poco desde la desafortunada crítica de Shaka, pero su restaurante se mantenía en pie igual que él y sus empleados.
Eligió para reunirse una modesta cafetería con vista al parque donde se habían encontrado la semana anterior. A Camus le pareció perfecto pues estaba seguro de que Milo ya conocía la zona, y además los postres que servían en ese lugar tenían muy buen sabor. Realmente esperaba que al griego le gustaran, se sentía intrigado por ver la reacción de Milo al probarlos, el joven le contagiaba su entusiasmo y alegría muy fácilmente, sobre todo cuando se trataba de temas culinarios.
Llegó primero y eligió una mesa junto a la ventana para poder matar el tiempo observando el paisaje, pero al cabo de un rato la espera lo volvió impaciente. Miró su reloj varias veces logrando ponerse aún más tenso y sacó su celular a la espera de un aviso. Tal vez Milo no había podido hacerse un tiempo libre después de todo, sin embargo ambos habían hablado la noche anterior para ponerse de acuerdo, y parecía seguro de asistir. Dudó también que se le hubiera olvidado, aunque era otra posibilidad.
Decidió continuar esperando, pues no quería ser quien enviara el primer mensaje: Si el griego llegaba tarde, tendría sus motivos y enviarle mensajes solo lo haría lucir desesperado. Camus detestaba sentir que estaba perdiendo el tiempo y eso lo ponía aún más nervioso, terminó ordenando algo solamente porque después de veinte minutos de espera el mesero se estaba desquiciando más que él.
No quería pensar que Milo se estaba burlando, pero tampoco quería preocuparse de que le hubiese pasado algo malo al otro, finalmente tuvo que enviar un mensaje pasados los primeros cuarenta minutos de espera. Si se trataba solamente de alguien impuntual, entonces el griego debería responder, aunque viéndolo bien, la última conexión de Milo había sido hace horas atrás.
Camus torció el labio y se sintió más incómodo que nunca, solo se convenció de que el joven nunca llegaría al pasar la primera hora de espera. Suspiró pesadamente y guardó su teléfono, no había señales de Milo ni siquiera por mensaje. Al ver su mesa tuvo que desistir: Se había terminado ya el pedido y no tenía más nada que hacer ahí, además de estar sumido en su propio aburrimiento e impaciencia. La cafetería comenzaba a llenarse y pronto requerirían una mesa libre, su mesa, sin embargo Camus se las arregló para esperar unos diez minutos más antes de pedir la cuenta y retirarse.
De camino a casa, Camus tuvo una extraña mezcla de sentimientos: No era solo la sorpresa de haber terminado pasando el tiempo solo, sino que no podía evitar preguntarse qué le podría haber pasado a Milo para tener que faltar o directamente olvidar su acuerdo. Tal vez para el risueño hombre de ojos azules aquella reunión no era tan importante, el francés sin embargo tenía muchas ganas de volver a verlo. Eso era lo más extraño de todo.

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Nota de la autora:

Bichis no! D: por qué dejaste plantado al gran chef Camus en la primera cita?
Bueno, eso no lo sabremos hasta el mes que viene uvu mientras tanto leo sus teorías al respecto(?)
En este capítulo no sucedieron demasiadas cosas pero al menos conocimos un poco más de ambos personajes, esperen el ShakaMu, no me he olvidado de ellos pero van súper mucho más lento(?)
También muchas gracias a todos por los reviews que me dejan todos los meses, me ayudan un montón a seguir con esta historia y me alegra que les guste como va! Voy a responder por acá los comentarios de la gente a la que no le puedo responder por MP! Aunque en este caso solo es una persona xD

NAT: Jajaja Me alegra que adivinaras que es una Pomerania, eso me hace pensar que hice un buen trabajo describiendo a Suzette xD Y es cierto que la relación de Shaka y Mu es mucho más tensa que la de Milo y Camus, supongo que es porque Shaka no parece ser humano pero no te preocupes, ya aprenderá (?) Y en cuanto a Aioria, viendo que su presencia le ha generado mucha intriga a todos, no diré nada muajajaja (?)

Otra vez súper gracias por sus reviews, y nos vemos el próximo mes!