Le Renuveau

Capítulo 6:

La mañana comenzaba a darle paso al mediodía cuando Milo se despertó de un salto en la cama. El sudor recorría su cuerpo, pero lo más terrible era el punzante dolor que avanzaba por su espalda y hombros. Llevó sus manos a la cabeza emitiendo un quejido, el día anterior no había tenido tiempo para detenerse y al parecer hoy su cuerpo recordaba todo el estrés que había vivido. Estiró el brazo para ver la hora en su celular por simple costumbre, y entonces los recuerdos golpearon de pronto su mente: Había perdido su celular entre todo el lío. Todavía recordaba el estar respondiendo un mensaje de texto con desesperación cuando, al tropezar distraído, su teléfono terminó hundido en el agua de la bañera. Lo más frustrante de todo es que el joven planeaba vaciarla unos minutos antes, pero la noticia que había recibido mediante el celular se transformó enseguida en su prioridad, por lo que ni siquiera pudo preocuparse demasiado por la pérdida del aparato hasta que mientras iba conduciendo de camino al hospital, el ver la hora en el reloj de su automóvil le recordó que ya no podría presentarse a su reunión con Camus, y desgraciadamente tampoco podría disculparse. Incluso esto dejó de ser preocupación para Milo cuando descendió del vehículo y se dirigió como una flecha a la recepción del hospital para obtener la información correspondiente. El teléfono público había alcanzado para avisar en el trabajo de su situación y que gracias a la compasión de sus colegas lograra sacar un par de días para estabilizarse, pero ese teléfono de hospital no sería suficiente para avisar a Camus, pocos números Milo conocía de memoria y el del francés no era uno de ellos.
Llegó a su departamento casi en la madrugada con la sola intención de desplomarse sobre su cama y no volver a abrir los ojos hasta la mañana siguiente.
Se levantó con pesadez, el espejo reveló sus marcadas ojeras de agotamiento. Desayunó simplemente unas tostadas, su mal humor no le permitió pensar en hacer algo más elaborado y después de dar unos cuantos suspiros en el balcón salió de camino al restaurante. Pensó en caminar para despejar un poco su mente, pero sabía que tal plan no podía tener ningún efecto y finalmente optó por usar su coche para moverse más rápido.
Las posibilidades de encontrar a Camus fuera del restaurante eran prácticamente nulas, pero tampoco podría salir en medio de la noche como lo había hecho la primera vez. Con suerte podría pedirle a Mu el favor de ver al chef una vez más, valía la pena al menos intentarlo pues aunque tuviera un nuevo teléfono había perdido el número del otro hombre y no encontraba otra forma de comunicarse con él.
Llegó al restaurante sintiéndose demasiado estúpido como para continuar, y en lugar de dirigirse a la entrada se detuvo sumido en sus pensamientos, aunque no mucho tiempo dado que resultó repentinamente asaltado por una insistente mirada de color esmeralda. Milo levantó la vista para encontrar a un joven de piel bronceada que le observaba curiosamente, y que no pareció avergonzarse de sus acciones hasta ser descubierto.
Milo carraspeó sintiéndose incómodo y entonces el otro joven dejó oír su voz por primera vez.

—Perdona, ¿Necesitas ayuda?

El griego de ojos azules reparó ahora con más detalle en la figura del otro. Llevaba un uniforme casi igual al que había visto en Camus, y eso era sobre todo lo demás aquello que había llamado su atención. Aunque el hecho de que le ofrecieran ayuda como si fuese cualquier anciano perdido le hacía pensar que se veía todavía peor de lo que pensaba.

—¿Trabajas aquí? —Preguntó como si el blanco delantal que cubría al sujeto no fuese suficiente evidencia.

—Sí, así es. —Contestó con pocas ganas de dar más información al respecto. —Puedes entrar y el camarero te dará una mesa.

El otro negó.

—Disculpa, ¿Camus está aquí?

El joven cocinero arqueó una ceja y le miró con curiosidad.

—El chef Camus está trabajando ahora mismo, ¿Quién lo busca?

—Mi nombre es Milo. —Se presentó con apuro pero el otro le interrumpió.

—¿Tu eres el sujeto que encontró al perro de Camus?

Milo se vio sorprendido de que aquel muchacho conociera la historia, sin embargo cada vez le gustaba menos el modo en que lo asaltaba con la mirada. Pero si el chico era la única forma de llegar rápidamente a Camus, entonces tendría que aguantar.

—Sí, yo fui quien encontró a Suzette. —Confirmó aunque bastante molesto de tener que darle explicaciones a quien ni siquiera conocía. —Necesito hablar con Camus.

—Ahora mismo está ocupado. —El joven castaño le comentó con total desinterés.

Milo se cruzó de brazos: Sería aún más difícil de lo que pensaba.

—Entonces, estaré esperando hasta que tenga tiempo. —Mintió. Contaba con el tiempo justo antes de tener que volver al hospital y lo sabía, pero no perdería oportunidad de intentar traspasar la barrera humana que se erguía descaradamente frente a él. —Lastimosamente, parece que mis asuntos te incumben demasiado. —Decidió ir directo al grano. —Entonces, ¿Con quién tengo el gusto de hablar?

El otro ofreció una sonrisa sarcástica, más que seguro de que no era precisamente "gusto" la palabra que Milo quería usar.

—Soy el sous chef.

En el reducido conocimiento de Milo acerca de las carreras culinarias, el sous chef no era otra cosa que un ayudante más, solo que dicho en francés.

—Pensé que eras su guardaespaldas. —Aprovechó la oportunidad perfecta para atacar.

—No tiene uno todavía. —Frunció el ceño descontento. —Pero si sigue invitando a comer a completos desconocidos es posible que tenga que contratar a alguien más pronto de lo que pensamos.

El griego estuvo a punto de llevar la discusión a un nivel más elevado, y lo único que lo detuvo fue el sonido de la voz de Camus y su figura aproximándose.

—Aioria, lamento interrumpir, pero… —El cocinero se paró en seco viendo detenidamente a la compañía de su ayudante. —¿Milo?

—El señor te está buscando a ti. —El hombre ofreció una sonrisa forzada antes de emprender retirada. —Regreso a mi puesto, con permiso.

—Camus, no te quitaré mucho tiempo. —Advirtió al ver que el cocinero miró hacia atrás como si realmente le costara despegarse de su lugar de trabajo al menos diez minutos. —Solo vine a disculparme.

El chef asintió, después de darle varias vueltas al asunto había concluido en que invitar a un desconocido a comer no había sido su idea más brillante, y que probablemente Milo al pensar lo mismo prefirió no asistir. Sin embargo una teoría como esa no encajaba con la presencia del otro hombre en ese mismo instante.

—Tuve que faltar ayer, y no pude avisarte. —Se quedó pensativo un par de segundos intentando encontrar las palabras exactas para no tener que dar demasiados detalles. —Tuve una emergencia, y gracias a eso perdí mi celular de una forma muy estúpida. Lamento que tuvieras que esperarme.

El otro se vio bastante sorprendido ante tal noticia.

—¿Está todo bien ahora? Te ves muy cansado Milo, ¿Quieres sentarte a comer algo? Yo puedo…

—No. —Interrumpió intentando no sonar demasiado brusco. Y es que ya se veía venir cuál sería la oferta de su compañero. A estas alturas pensaba que Camus ya sabría demasiado bien que él no aceptaría cosas gratis, pero el otro no parecía comprender después de todo. —Te lo agradezco, pero no puedo, tengo que volver al hospital, solo vine con la esperanza de poder hablar contigo un momento porque necesitaba darte una explicación.

—¿Hospital? —El francés pareció ignorar completamente todo el resto de lo que Milo había dicho.

El abogado se reprendió a sí mismo por haber liberado sin darse cuenta un dato tan importante. Finalmente se encontró sin salida y prefirió dejar de ocultar el resto de la historia.

—Ayer me llamaron avisándome que mi madre estaba en el hospital, allí pasé todo el día.

Camus no contuvo su cara de preocupación, al punto de sorprender bastante al griego.

—Pero estará bien. —Advirtió antes de que el otro preguntara cualquier cosa. —Parece que fue problema del estrés, en realidad yo debería estar acostumbrado a que eso pase, no es la primera vez.

El cocinero observó la mirada baja de su acompañante y decidió no profundizar en el tema, al menos no ahora que ninguno de los dos tendría el tiempo o las ganas suficientes como para hablar de sus vidas.

—Entonces me voy. —El griego volvió a ofrecer otra de sus sonrisas poco sinceras. —Ya no quiero seguir robándote más tiempo.

—Espera —Lo detuvo el otro. —Milo, dijiste que perdiste tu teléfono, ¿Verdad?

—Sí, fue muy frustrante. —Confesó. —Pero ahora que tengo uno nuevo pienso que ya era tiempo de cambiar el anterior. —Se encogió de hombros. —Ahora que estoy más tranquilo trato de tomarme las cosas de mejor forma.

—¿Puedes registrar mi número otra vez?

Milo se quedó estático ante la petición. La pérdida de su teléfono con todos sus contactos estaba matandolo por dentro, mucho más de lo que quería admitir. Tendría que volver a pedir el número a todos sus clientes y además, había perdido el de Camus, el cual pensaba que no recuperaría.

—Tú me ayudaste más de una vez. —Continuó. —Bueno, en realidad solo una vez, y la otra lo intentaste y no salió para nada bien. —Milo carraspeó ante el mal recuerdo. —Quisiera poder devolverte algo, si necesitas ayuda solo dímelo.

El abogado solo asintió las suficientes veces hasta recibir el número y tenerlo registrado en su nuevo celular.

—No pienso molestarte con mis problemas, Camus. —Sonrió levantando la vista de la pantalla. —Pero seguimos teniendo pendiente nuestra reunión, no creas que lo voy a olvidar.

—No es necesario. —Camus comprobó que el otro hombre tenía bastante prisa dado que ya estaba empezando a ponerse en marcha, por lo que no dijo nada más.

—Y yo pagaré, porque tuviste que esperar por mi ayer. —Advirtió mostrando una última sonrisa, esta vez sincera, y agitando la mano a modo de saludo.

El chef le observó irse e inmediatamente regresó a su puesto de trabajo. Contradecir a Milo parecía ser inútil, al menos cuando no estabas dispuesto a perder tiempo en una discusión larga.
Milo condujo hasta el hospital con desgano, el tener que pretender que todo era mucho más leve frente a otras personas hacía que la carga fuese más pesada estando solo. Se moría de sueño y la máquina de café lo atraía como si tuviese un imán, pero no se permitió tardar demasiado antes de entrar a la habitación. Desgraciadamente no podía sorprenderse demasiado por la cara de mal humor que cargaba su padre, y pudo adivinar a la perfección: El hombre tenía una reunión en su trabajo y estaba esperando a su hijo para poder retirarse a atender lo que realmente le importaba más que nada. Pero no era algo que el griego no hubiese visto ya en el transcurso de su vida, a estas alturas, lo único que a Milo le sorprendía era que su padre no se hubiese ido de todas formas antes de su llegada.

—Te haces esperar. —Comentó con poca simpatía el hombre. —Tengo que volver al trabajo.

—Lo sé. —Interrumpió el abogado para evitar recibir el mismo sermón de siempre. Lastimosamente, el mayor iba a continuar de todos modos, pero entonces se escuchó un resoplido de la mujer que yacía sentada en la cama junto a él.

—No entiendo por qué me tratan como si estuviera enferma. —Se quejó atrayendo la atención de los dos hombres.

—Porque lo estás, mamá. —Milo se sentó junto a la cama. —Tuviste un ataque de estrés, tus compañeros pensaron que era un infarto, ya te lo expliqué.

—Exageran. —Negó con rabia. —Estoy cansada de esta cama, y de la comida asquerosa, y de que me cuiden como si estuviera enferma.

—Apenas fue un día. —Comentó el griego mientras trataba de no perder la paciencia y su padre suspiraba viendo el reloj. —¿Preferías que te dejaran tirada?

—¡Debo volver a trabajar, Milo!

—La empresa no va a cerrar solo porque tu faltaste un día, nadie es tan indispensable. —Contrarió haciendo un esfuerzo sobrehumano para no levantar la voz. —Volverás cuando los médicos digan que debes hacerlo.

Como respuesta recibió únicamente un gruñido molesto, y un saludo de despedida de su padre que salió corriendo como si la vida se le fuera en ello. Milo suspiró y clavó su vista en el techo, era como ser niño de nuevo.

—Me van a dar de alta pronto, así que puedes volver al bufete.

El joven de cabellos azules decidió omitir algunos datos, como por ejemplo que se estaba tomando días en el trabajo: Eso le provocaría a su madre otra crisis nerviosa. La obsesión por el trabajo que sus padres tenían no era cosa nueva para él, se recordaba perfectamente siendo un niño que debía rogar unas cien veces que revisaran sus cuadernos de la escuela, que fueran a sus presentaciones, que lo llevaran al cine, o cualquier otra cosa que un pequeño normal exigiría. Sus padres pasaban la mayor parte del tiempo trabajando o al teléfono, con un millón de otras ocupaciones que parecían para ellos tener más importancia que su propio hijo, y eso hacía que al final del día Milo sintiera que no conocía a su propia familia. Se avergonzaba un poco de recordar que las escenas más divertidas de su niñez estaban ligadas a salidas con padres de otros niños, pero sobre todo, los recuerdos más entrañables los tenía con la mucama que trabajaba en su casa. Una mujer latinoamericana con un acento divertido y que se defendía bastante bien hablando griego. La señora Piedad, o 'Pía', como permitía que el niño la llamara, tenía siempre una sonrisa en los labios y una historia divertida que contarle, o una deliciosa receta nueva que probar, sobre todo la dulce tarta de manzana con la que lo deleitaba todos los fines de semana. Milo había aprendido infinidad de cosas con la mujer, incluso varias palabras y frases en español. El esposo de Pía trabajaba en un barco en Grecia, y ella no tenía hijos, lo que a veces la hacía sentir bastante sola, pero fue precisamente la sensación de soledad de ambos lo que los había unido para crear ese vínculo tan sólido. Se consideraba suertudo de todavía tenerla, ya mayor, la señora Piedad se había mudado a una casa propia bastante lejos, pero el griego todavía podía darse el lujo de visitarla de vez en cuando para compartir más historias y alimentar su sueño de conocer América algún día. Milo era consciente de que aquella mujer había sido una madre mucho más presente para él que la suya propia, pero nunca había logrado el desapego suficiente de sus padres como para no seguir preocupándose por ellos.

—Milo, no me estás escuchando. —Reclamó su madre, que había pasado hablando varios minutos junto al chico que se encontraba sumido en su propio mar de recuerdos.

El griego dio un respingo al notar su distracción.

—Lo lamento. —Dijo a sabiendas de que no se había perdido de mucho. —Voy a buscar al médico para saber cómo sigues.

—Y dile que me saque de aquí, o me iré sola. —Advirtió.

Milo decidió salir de la habitación sin responder. Se tomaría su tiempo para encontrar al doctor, aunque no había duda alguna de que su madre había vuelto a ser la misma de siempre.

##

La preocupación del chef por los asuntos de Milo se disolvió rápidamente cuando tuvo que poner su cuerpo y mente a trabajar en los encargos que llegaban, la mano de Aioria era una gran ayuda para él, incluso mucho mejor que su anterior sous chef.

—Disculpa la demora. —Le dijo volviendo al trabajo.

—No hay problema. —Contestó el otro cocinero. —Después de todo, cada vez cocinamos menos.

Camus alzó la vista sorprendido por aquel comentario.

—¿Hay algo que te moleste, Aioria? —Interrogó volviendo su mirada, ahora seria, a la preparación.

—Solo me sorprende que estés entablando una amistad con el hombre que ayudó a hundir tu negocio.

Camus estaba fuertemente arrepentido de haber mencionado a Milo frente a su amigo, cosa que ni siquiera había sido su intención, únicamente se le había escapado decir su nombre frente a su ayudante, y por supuesto la curiosidad de Aioria lo llevó a preguntar tantas veces, que el francés terminó dándole más de un dato acerca del abogado.

—¿No se te ha ocurrido que ese hombre podría trabajar para la competencia?

—¿Y cuál es la competencia? —El francés rodó los ojos cansado. —¿El restaurante chino de la esquina?, ¿O el sujeto italiano que vende pizza?

—Podría ser cualquiera, me sorprende que seas tan inocente, Camus.

—A mí me sorprende que seas tan paranoico. —Contestó haciéndosele demasiado extraña la actitud de Aioria, recordaba a su amigo como alguien mucho más relajado.

—Solo quiero lo mejor para el negocio, para eso es que estoy aquí, cuando el chino, el italiano y Milo me demuestren ser de confianza, entonces voy a confiar. —Expresó seriamente señalando a su acompañante con el cuchillo. Camus se hizo hacia atrás.

—Lo que tú digas, pero baja el cuchillo. —Dijo bromista a lo que el otro sonrió después de todo.

—Sabes que no puedes tapar lo que sucede, Camus. —El griego volteó asegurándose de que el otro asistente estuviera lo suficientemente distraído y bajó aún más la voz.

—¿Y qué quieres que haga? —El francés le imitó. —¿Quieres que empiecen a pensar que vamos a quebrar y entren en crisis? Saldremos adelante.

—¿Hablaste con Mu?

El joven cocinero se detuvo bruscamente ante aquella interrogación, lo cual fue respuesta suficiente para el otro.

—No hay necesidad de hablar. —Negó. —Pensaré en algo para atraer más clientes.

—¿Y si te vistes de payaso y dejas que los clientes te arrojen pasteles?

Camus lo miró de mala forma, Aioria en un momento parecía preocuparse de sobremanera por el destino del restaurante, y al siguiente transformaba todo en un chiste ridículo.

—¿Sabes qué? Milo y tú no son tan diferentes. —Comentó a sabiendas de que herviría la sangre de su ayudante.

—Todavía tengo el cuchillo, Camus.


Primero que nada, Aioria está siendo demasiado inteligente en este fic, lamento haberlo hecho tan fuera de personaje uvu (?)
(Ok no xD) La verdad es que al principio iba a publicar esto hoy, luego no porque estaba muy cansada, pero después decidí si publicarlo porque ya estamos casi a fin de mes y no quiero fallarles(?) Además, yo quería que vieran que el bichis no es ningún maldito que deja plantadas a las personas porque sí (?
Bueno hoy no tengo mucho cerebro para hacer demasiados comentarios pero creo que eso es bueno para las personas que se quedan a leer esto(?) Si gustan pueden creer que el del restaurante chino es Dohko y el italiano que vende pizza es DM (Yo si gusto creer eso) En fin, lo que plantea Aioria puede ser lógico, pero nosotros sabemos que Milo no es malo solo le tiene ganas a Camus porque quién no(?)
Y bueno! gracias a todos por leer y por sus reviews, me alegra que les esté gustando este fic! nos vemos el mes siguiente!