Le Renouveau
Capítulo 8:
Esa cálida tarde, Milo se tomó un buen tiempo para arreglarse, lo cual terminó dejándolo bastante inconforme: Había acordado su encuentro con Camus finalmente y, a la espera de que esta vez todo saliera mejor, pasó más tiempo del deseado preparándose para salir. Temía que detrás de su aumentada preocupación por verse bien se escondiera la ilusión de estar a punto de salir a una cita, ilusión que por supuesto tendría que quebrarse al darse cuenta de que era solo una salida que dos posibles futuros amigos se debían desde hace tiempo. Aunque, por más autodestructivo que fuese, Milo deseaba seguir manteniendo esas esperanzas que en parte eran transmitidas por el hecho de que fue el mismo Camus quien tomó la iniciativa y propuso la reunión.
Salió temprano para asegurarse de llegar a tiempo y al entrar a la cafetería descubrió que Camus ya ocupaba una mesa.
—Se ve que no hay forma de que yo te tenga que esperar a ti. —Le sonrió tomando asiento frente a él.
—Perdona, ¿Es muy temprano?
Milo rió.
—Tranquilo, me imagino que es tu estilo. ¿Ya habías comido en este lugar?
—Así es. —Camus asintió ofreciéndole la carta que tenía junto a él. —No sé qué clase de lugares frecuentas, Milo, pensé que tal vez sería más apropiado invitarte un trago, pero elegí este sitio porque me doy cuenta de que disfrutas mucho la comida.
El griego dejó ver sus celestes ojos por encima de la carta. Se le dificultaría disimular su felicidad, Camus había considerado más de una opción y se había tomado el tiempo de tener en cuenta lo que conocía de él para escoger el sitio: Eso podía ser simplemente parte de la personalidad detallista del francés, pero a Milo le gustaba pensar que se trataba de un avance.
—Ah, sí. —Afirmó poniendo toda la atención a su acompañante. —Pero no me malentiendas, cuando hablo con entusiasmo de la comida me refiero a tu comida, no a cualquiera.
Camus estuvo a punto de responder, hasta que cayó en cuenta de lo que acababa de escuchar de los labios del otro hombre. Milo ofreció una sonrisa involuntaria al ver la cara de sorpresa del chef al que había dejado sin palabras.
El francés carraspeó y bajó la vista hacia el mantel por un segundo para luego devolverla a su acompañante.
—¿Entonces me equivoqué al elegir lugar?
—No. —Milo alzó una ceja: Por un momento tuvo la esperanza de que Camus siguiera la conversación, pero si el otro no estaba dispuesto a aceptar debidamente los cumplidos, al menos se divertiría viendo esa reacción tan adorable que tenía cada vez que recibía un halago. —El lugar está bien, solo quería aclarar eso. No soy ningún experto en la gastronomía, pero he visitado muchos restaurantes porque vivo solo y cocinar no es mi fuerte, aunque no disfrutaba enormemente ninguno, hasta que di con el tuyo.
—¿Por qué?
—¿Por qué me gusta tanto? —Se permitió pensarlo un instante. —Tiene muy buen sabor, tal vez también me gusta mucho la comida francesa, aunque no la he probado hecha por otra persona. Y también me trae recuerdos de cuando era niño.
Milo se detuvo pero enseguida decidió continuar debido a que el otro se veía bastante interesado en su relato, especialmente en la última parte.
—Cuando era niño y me sentía triste, cansado, o enfermo, tenía la maravillosa comida que me preparaba una señora que trabajaba en mi casa. Cuidaba mucho de mí y tengo muy buenos recuerdos con ella, sobre todo de su tarta de manzana. La que preparan en tu restaurante me gusta mucho, pero ninguna supera a la de ella, lo siento.
Camus sonrió levemente.
—Me alegra ayudarte a despertar buenos recuerdos, la tarta de manzana es especial para mí también. En Francia es una receta muy reconocida.
El joven de cabellos azules asintió pero al mismo tiempo deseaba que su compañero dejara de mostrarse tan formal, sospechaba que Camus era un completo apasionado, y eran pruebas de ello lo que más quería ver.
Los dos recibieron sus pedidos rápidamente, y Milo decidió que tomaría las riendas del asunto: Quería saber más acerca de su compañero, pero al parecer el otro no diría nada por sí solo. Su primer impulso fue preguntar por el estado del restaurante, más enseguida lo descartó pensando que si quería conocer más a Camus, tendría que aventurarse a hablar sobre otros temas que no tuviesen que ver con lo que ya sabía de él.
—¿Qué otras cosas te gustó comer?
El brillo en los ojos de Camus lo paralizó por un instante: No había pensado en la posibilidad de que el francés se le adelantara, pero sintió una nueva curiosidad despertarse ante la idea de dejar al otro preguntar.
—No hace mucho comí el pollo con salsa de hongos.
El otro hombre dejó su taza a medio camino antes de llevarla a su boca y la devolvió enseguida a la mesa, incapaz de perder el tiempo cuando se trataba de un tema tan importante.
—Esa receta también es muy especial, me la enseñaron cuando era pequeño.
Milo volvió a ser impactado por la interrupción, si bien al principio pretendía abordar otro tipo de temas, esos vibrantes ojos violetas le indicaban que una buena forma de despertar la pasión en Camus era encender una pequeña mecha y dejar que él hiciera lo demás.
—Lamentablemente… —Continuó. —Ya no la ofrecemos en el menú.
—¡Pero era muy bueno!
Camus le mostró una pequeña sonrisa que fue casi imperceptible, Milo decidió tomarse eso como un agradecimiento silencioso por parte del otro.
—Pero no era de los más pedidos, hemos hecho algunos cambios. —Informó para el pesar del griego, quien sospechaba que esos cambios se trataban más bien de recortes debido a la poca clientela, pero se había prometido el dejar de culparse por lo sucedido. —Diseñamos un nuevo menú, dejando los platos que más se piden y pasando de los que eran poco habituales. También hemos incluido algunas promociones y aunque no pensé que funcionaría del todo, lo de las promociones fue una buena idea.
—¿Promociones? —Preguntó luego de meterse un trozo de pastel en la boca. —Creo que me han dado ganas de ir.
Camus reprimió una carcajada mientras daba un sorbo a su té, casi escupiendo el líquido de nuevo a su taza. El joven cocinero dejó el recipiente sobre la mesa sumamente avergonzado, para su sorpresa, fue Milo quien liberó la risa que él había intentado disimular.
—¡Perdona, Camus! —El abogado trató de contenerse para no llamar demasiado la atención, pero la mano cubriendo su boca no funcionaba a la hora de frenar su risa. Vio al francés pestañear varias veces desconcertado, pero el leve temblor en los labios de Camus indicaba que estaba conteniendo su sonrisa todavía. —No pretendía provocar esto. —Lo que era cierto, como también lo era que lo mejor de su día había sido esa escena. —Sucede que, hago chistes en cualquier ocasión…
—Me doy cuenta, pero siempre me tomas por sorpresa. —Comentó mientras fijaba su vista en la taza, recordando el bochorno de hace un instante.
—En fin, —Continuó con intención de pasar la página. —Siempre hablamos de trabajo, tal vez deberíamos hablar de otros temas.
El chef dio un respingo como recordando algo.
—Sí, perdona, ¿Cómo está tu madre, Milo?
El griego torció el labio: No lo había dicho para pasar a esa otra clase de tema.
—¿Mi madre? Ya salió del hospital. —Se encogió de hombros. —No podría pasar quieta un día entero, eso la mataría.
El joven lanzó un suspiro sin darse cuenta.
—No es la primera vez que sufre esta clase de episodios por culpa del estrés, pero tal parece que no puede vivir de otra manera, aún si se pone en juego su salud.
—Bueno, pero tu fumas. —Interrumpió el otro. —Y eso pone en riesgo tu salud, sin embargo no dejas de hacerlo.
Milo arqueó una ceja con la mirada seria, y tal cosa le indicó a Camus que al parecer se estaba adentrando en un terreno en el que no le correspondía meterse. Aun así el francés no se mostró intimidado por la mirada del otro.
—Puede ser. —Entrecruzó sus dedos sobre la mesa. —Pero es diferente. Cuando yo era niño dependía totalmente de mis padres, sin embargo ellos a sabiendas de eso, se preocupaban más por sus trabajos que por cualquier otra cosa, incluido yo, o ellos mismos. Tal vez esté descuidando mi salud cuando fumo, pero yo no tengo que ser ejemplo para nadie, y tampoco tengo a otro que cuidar, nadie depende de mí, ¿Entiendes?
El cocinero mantuvo la mirada en alto, lo más razonable sería asentir con la cabeza y dar por finalizada la conversación, sin embargo, Camus prefirió no dar el brazo a torcer.
—No. —Sentenció. —Es diferente, en eso tienes razón, pero no necesitas que otros dependan de ti para cuidar de ti mismo.
Milo se quedó en completo silencio con una expresión que estaba lejos de ser amigable y que silenció a Camus por completo. El chef tomó un largo sorbo de té que quemó levemente su lengua pero ayudó a bajar su nerviosismo.
El griego no tenía por costumbre que otros se preocuparan de sus asuntos, desde niño solía tomar sus propias decisiones de acuerdo a lo que creía correcto para sí mismo, y aunque esto lo llevara a sentirse un poco irritado con su acompañante por el atrevimiento, en el fondo se sentía invadido por una ligera calidez: A Camus no le cambiaba el mundo si él dejaba de fumar, así que no tenía otro motivo para decir esas cosas más que el hecho de desearle lo mejor, a pesar de haberlo conocido hace tan poco tiempo. En su cabeza resonaron las palabras que le había dicho Mu aquel día en que vio al chef por primera vez, y terminó entregándole razón: Camus podía parecer frío y desinteresado a primera vista, pero todo cambiaba cuando le dabas una oportunidad. Se sintió suertudo y orgulloso, pues pensó que seguramente el francés solo daba el privilegio de ver esa faceta suya a algunas personas.
—Me parece el mejor momento para cambiar de tema. —Propuso y el otro asintió con la cabeza. Sin notarlo se había producido un silencio bastante incómodo en la mesa, que únicamente era cubierto por el ruido constante que ofrecían los otros comensales.
—¿Qué otras cosas haces, además de trabajar? —Milo sorprendió al otro no dándole oportunidad de volver a tomar control de la situación: Ya que Camus se había metido a fondo en sus asuntos, el griego se sintió con el derecho de hacer lo mismo.
—Mi trabajo me quita mucho tiempo… —El francés meditó un momento lo siguiente que iba a decir. —A veces me gustaría tener más tiempo para pasar con Suzette, me da pena dejarla sola. Aunque cuando tengo tiempo libre suelo pasarlo con ella, salimos a pasear seguido, y también me acompaña cuando veo películas en el sofá o cuando leo, paso mucho tiempo leyendo.
—Me di cuenta de que ella es una consentida cuando no dejó de insistirme para subir a mi cama en la noche. —Comentó sonriente y el otro abrió la boca para disculparse o al menos es lo que Milo dedujo antes de interrumpirlo. —No hay problema, Camus, está bien.
El sonriente abogado estaba dispuesto a seguir la conversación, pero sus ojos se desviaron involuntariamente hacia una nueva figura que enseguida se acercó a la mesa.
—¿Milo? ¡Qué casualidad encontrarte aquí!
El hombre acompañaba sus palabras con una perlada sonrisa. Su cabello azulado caía desprolijo por su ancha espalda y sus ojos verdes delataban su incredulidad. Al apenas terminar de hablar, el sujeto se apresuró a darle un fuerte abrazo a Milo, quien se quedó estático y como si sus ojos fueran a saltar de pronto. Camus pestañeó varias veces y se dedicó a observar la escena con cara de sorpresa, hasta que su mirada chocó con la del griego y se apresuró a desviar la vista hacia cualquier rincón.
—Tampoco esperaba verte, Kanon. —Ofreció una sonrisa aunque temblorosa.
—Ha pasado mucho tiempo sin saber nada de ti, es bueno verte bien. —El joven se interrumpió a sí mismo al notar la presencia del francés. —Lo lamento. —Se apresuró a decir. —No es bueno interrumpir, pero no todos los días me puedo cruzar contigo. —Le dijo dándole una palmada en la espalda.
Milo sintió un frío subir desde la parte baja de su espalda al ver que Kanon rodeaba con el brazo a Camus, como si lo conociera de toda la vida. El chef, totalmente desconcertado estuvo a punto de moverse, pero rápidamente fue paralizado con el comentario del otro.
—Mi única recomendación es que no te hagas ilusiones con Milo, seguro que ya te lo ha dicho, pero en caso de que se le haya olvidado, él salta de un lado a otro, nunca va en serio.
—¿Disculpa?
Camus frunció el ceño en una expresión bastante indignada y afortunadamente Kanon supo que era el momento exacto para dejar de invadir su espacio personal, eso sin embargo no sirvió para borrar su sonrisa.
—Kanon, no, con él no… —Balbuceó el griego intentando encontrar la mejor forma de dar una explicación al momento, por fortuna, el de ojos verdes no necesitó mucho más que eso para comprender y lanzar una carcajada. Era lo que el abogado temía desde que el otro hombre se paró frente a ellos: Kanon era la persona más indiscreta que conocía, y nunca pasaba la oportunidad de avergonzarlo en público, solo para divertirse.
—Lo siento. —Expresó mirando a Camus en primer lugar. —No imaginé que eran amigos, en cualquier caso, fue una broma.
El francés continuó con mala cara y no dijo una palabra, mientras el otro sujeto aprovechó para darle un nuevo abrazo a Milo, aún más fuerte que el anterior.
—Idiota —El griego apretó los dientes. —¿Qué pasaría si fuera un cliente?
—La verdad no se me ocurrió. —Comentó aflojando por fin el agarre y dándole una nueva palmada en la espalda al otro. —Pero tampoco puedo decir que no me pareció divertido.
Milo pensó que no podría haber un peor momento para que Kanon apareciera con su habitual alegría e hiciera ese tipo de bromas, y para colmo, no sabía si Camus era totalmente incapaz de disimular la incomodidad, o si directamente no deseaba hacerlo. Enseguida el de ojos verdes miró su reloj.
—Es grandioso verte, pero estoy ocupado, y tú también. —Le guiñó un ojo con picardía y a conciencia de que Camus estaba presenciando todo, a lo cual Milo no pudo responder con otra cosa que no fuera una mirada amargada. —Llámame luego para ponernos al día.
El joven de ojos azules no supo cuándo fue que Kanon se esfumó entre las demás personas de la cafetería, pero estaba demasiado abochornado como para que ese detalle tuviera importancia alguna en su cabeza. Levantó la vista para encontrarse con la mirada de Camus que se encontraba con la mejilla descansando sobre la palma de su mano. El hombre parecía no tener nada que decir sobre lo que había pasado, pero de alguna forma Milo necesitaba darle una explicación.
—Lo lamento, Kanon no conoce los límites. —Estiró los labios en una sonrisa algo forzada con intención de alivianar el asunto.
—En verdad a tu amigo no le importa mucho perjudicarte. —El chef bebió el último sorbo de té que quedaba en su taza.
El griego se le quedó viendo apenas unos segundos intentando resistir sus ansias de encender un cigarrillo, primero porque Camus obviamente había elegido sentarse en el sector de no fumadores, y en segundo lugar porque no estaba deseando iniciar de nuevo la discusión de hace un momento.
—Tenemos bastante confianza. —Declaró. —Kanon es algo así como mi ex…
Camus arqueó una ceja.
—¿Algo así como tu ex? —Repitió intentando comprender del todo el término.
El otro carraspeó.
—Sí, no fue nada importante. —Agitó sus manos anticipándose a algo que solo podría pasar en su imaginación. —Dime, ¿Representa una molestia para ti?
El chef nunca salió de su confusión.
—¿El que no tuvieras una relación seria con tu ex?
—Hablo de mi sexualidad, Camus. —Milo se tomó el asunto con suma seriedad: Prefería no pensar que Camus era un homofóbico o un idiota, pero existía una posibilidad de que así fuera, por lo que necesitaba despejar las dudas antes de continuar. Por su parte, el de cabellos aguamarina fue tomado por sorpresa, como si nunca se hubiera percatado del asunto en realidad.
—No, para nada. Yo también he salido con otros hombres. —El joven desvió la mirada como buscando otra cosa en qué apoyarse. —Así que no me ocasiona ningún conflicto, además estás en tu derecho de hacer lo que quieras.
El griego estuvo a punto de explotar de felicidad en sus adentros, saber que Camus tenía sus mismas preferencias aumentaba todavía más sus posibilidades, sin embargo algo en su interior limitaba su alegría: Reconoció que el avanzar más le provocaba cierta sensación de temor, pero procuró que nada de eso se notara y mostro parte de su felicidad con una sonrisa.
—Si estoy en mi derecho de hacer lo que quiera entonces deja de reclamarme mi adicción al cigarrillo.
El cocinero frunció el ceño y suspiró con resignación.
El resto del tiempo que pasó con Camus fue mucho menos caótico, pero ahora que se encontraba reflexionando sobre todo lo que había ocurrido en su día, podía asegurar que había disfrutado cada segundo. Sintió el aire fresco en su cara desde el balcón y se le escapó una sonrisa. Antes de despedirse, la emoción le había impulsado a comentarle al chef que volver a reunirse una próxima vez sería una gran idea, y el francés, si bien no se había mostrado tan entusiasmado como él, el hecho de que sonriera y asintiera levemente con la cabeza fue suficiente para que Milo comprendiera que había avanzado a pasos agigantados. El tiempo, la paciencia, y por supuesto su innata habilidad de seducción, harían el resto.
Nota de la autora:
Parece que esta vez no fui irresponsable con la publicación, eso es nuevo (?)
Bueno, ya que el capítulo anterior tuvimos puro Shaka y Mu, decidí que este capítulo se enfocaría más en el bichicamus y su preciosa cita que no es una cita pero sí es una cita (?) Yo espero que les haya gustado, y que sueñen con Camus escupiendo su té dentro de la taza (?) Normalmente durante mis vacaciones tengo tiempo de adelantar capítulos de esta historia porque mi beta la genial Rika (A quien en parte le deben el hecho de que yo publique esto sin dejarlo durante mil años y sin entrar en tantas crisis escritoriales) saca su látigo de fuego y me obliga a escribir (? Así que espero poder adelantar bastante para poder publicar en los meses donde no tengo mucho tiempo uvu Y ya, gracias por sus reviews, me pone feliz que les guste mi historia y espero no volverme a desaparecer (?)
