Hola a todos, empezando el siguiente arco con este capítulo lleno de sentimentalismo que, como siempre, espero que les guste mucho. También si quieren dejar un review, estaré muy feliz de ello.

Sin más, ¡disfrútenlo y nos vemos en el siguiente!


Este maravilloso mundo

Capítulo 7: Perdedor.

Kurumi era la chica más bonita del grupo en el que estaba Shidou, no tenía unas notas de excelencia como las de Origami, ni eran pésimas como las de Kanade, ella estaba entre una media-alta y de ese rango nunca bajaba. Siempre era elegante y educada, todos estaban seguros de que, si la saludabas, ella respondería amablemente y regalaría una pequeña sonrisa, aun así, no había mucho qué decir después de eso.

Todos se preguntaban si una vez le dirigieran más que un simple saludo, ¿podría ser ella una amiga? ¿Podrían hablar con ella? ¿De qué le hablarían? ¿Qué le gustaría? ¿Sus aficiones?

Debido a su popularidad, todos los chicos estaban de acuerdo con que no llegarían a nada serio ya que ella estaba en otro nivel de chica; Kurumi era como una idol entre todas. Por otro lado, las chicas envidiaban a Kurumi por ser tan bonita y de buenos modales, parecía la chica más linda que todos admiraban, eso les molestaba, pero nadie podría dudar de ese hecho.

Y por todo esto, nadie podía entender como la chica más pretendida, inalcanzable y que ningún chico se atrevía a hablar, estaba siendo rodeada y atrapada por los brazos de un chico de otro salón y lo peor de todo no era eso, sino que él estaba sonriente y tenía un tono alegre en su voz.

—¿Quién es ese? —preguntó uno de los chicos que venía por fotos, Shidou no podía escapar del shock, también quería saber quién era ese chico.

—¿Lo conoces, Tonomachi?

—No, claro que no, de hecho, no sabía que Tokisaki tenía novio o…

—¿¡Novio?! —Todos los chicos se escandalizaron y hasta los que estaban en el salón respondieron a la palabra "novio" como si fuera un llamado a la guerra.

—Kurumi-san… —dijo él con una sonrisa, ella estaba sin moverse y con muchas dudas en la cabeza, no estaba molesta por el abrazo, más bien, no podía pensar en ello—. ¿No te acuerdas de mí?

«¿Quién es este chico?» Y por primera vez, tanto los chicos como Kurumi pensaron lo mismo. Pero todo se escandalizó cuando él la soltó para levantarle su flequillo que dejó al descubierto su ojo amarillo.

—¡Tocó sus preciosos cabellos!

—¡Ah, es el ojo que casi nunca podemos ver! —dijo otro chico ante la revelación, la joven de cabello negro se dio cuenta de cuanta gente le estaba viendo y una gota de sudor resbaló de su mejilla.

—Sí eres tú, Kurumi-san. No tenía idea de que estudiabas aquí, ¿en serio no te acuerdas de mí?

«Esto no pasa todos los días, ¡desearía tener mi cámara!» Tonomachi estaba pensando en más de una posibilidad: iba desde amigo de la infancia hasta matrimonio arreglado, quien sabe, todo podía pasar y más en la mente de él.

Kurumi se dio cuenta que la mayoría de sus compañeros le estaba mirando, por lo que les hizo una sonrisa un poco nerviosa, aunque siempre era el centro de atención por su belleza, no era este el caso y este tipo de atención no le agradaba mucho.

—Oh, lo siento, compañeros, ¿les puedo pedir que me dejen a solas con mi amigo, por favor? —pidió con un tono algo lindo y hasta Tonomachi tuvo que admitir su derrota, justo como todos los demás que sonrieron como idiotas; era la primera vez que ella les hablaba de esa manera—. ¿Por favor?

—Claro que sí, Tokisaki-san… —dijeron todos con una sonrisa y tuvieron que retirarse al salón, una vez hecho esto, ella prestó atención al chico frente suyo y puso su dedo índice cerca de su boca con un poco de duda.

—¿Y tú eres?

Pero antes de que el chico pudiera pronunciar algo, sonó la campana, marcando el inicio del siguiente periodo, el chico suspiró un poco, como quien busca calmarse.

—Espero no haberte molestado, parece que tienes muchos amigos. —Ella hizo una leve mueca de sarcasmo, ella no tenía amigos—. Pero debo irme, Kurumi-san, tengo clases y tú también, pero supongo que puedo verte después… ¿Puedo?

«Esa forma de pedir las cosas». Ella hizo una pequeña sonrisa.

—Eso no responde mi pregunta.

—Satou Matsuo, Tokisaki Kurumi. Ahora me voy o se me hará tarde. —Satou se fue caminando lo más rápido posible, pero a ella no se le hizo raro después de oír su nombre.

Kurumi quedó con la mirada perdida en sus recuerdos, solo despertó de ellos porque vio que el maestro entró a su salón y ella seguía afuera, por lo que entró y fue observada por todos. ¿Importaba? No. Estaba demasiado metida en sus pensamientos que se sentó y se dedicó a observar la pizarra con la mirada perdida.

«Satou Matsuo. Sí que este mundo es pequeño». Recargó su cabeza en la palma de su mano con ligera molestia. No estaba muy contenta de volver a ver a ese chico. Ese chico que le arrebató uno de sus sueños.


Hace unos años, cuando Kurumi era una niña, estaba muy feliz porque era su cumpleaños y esperaba impaciente su regalo, tenía 10 años y muchas ilusiones en los ojos de que, Takahiro Tokisaki, su padre, le sorprendiera como la última vez.

Ella era una niña muy buena y un poco triste por su apariencia extraña de tener dos colores de ojo, por lo que siempre se lo cubría en la escuela, pero en casa estaba con el cabello suelto porque a su padre le gustaban muchos sus ojos y decía envidiarla por ello.

Pero si lo recordaba bien, su felicidad fue reduciendo y su paciencia rebasó límites cuando justo en la hora de comida, al soplar las velas, su padre fue llamado del trabajo.

¿Papá? —Dejó escapar con duda y algo de preocupación mientras veía a su padre arrugar el rostro mientras seguía escuchando la llamada de su cliente—. Papá, ¿está todo bien?

Sí… Sí, entiendo… ¿Ahora mismo? ¿Cinco minutos tan siquiera? Sí… Entiendo. Ahí estaré. —El hombre de cabello negro como el de la pequeña con ojitos tristes, viendo el pastel con un número 10, colgó y se dirigió a su hija—. No vas a creerme esto, Kurumi, pero tengo que trabajar ahora.

¿Qué? ¿Te vas a ir? —Los ojos cafés del hombre le vieron directamente a los de ella, quien estaba a punto de agachar la mirada—. Pero… Es mi cumpleaños…

Voy a volver, Kurumi, no te preocupes. —La levantó con sus manos y sonrió—. Además, ya tienes tu primera decena, te vuelves mayor y una bella damita, y como bella damita debes esperarme en este tipo de situación…

¡No quiero! Siempre llegas tarde y con mal olor, ¡no quiero! —Estaba a punto de llorar, pero fue abrazada y se le dieron unas leves nalgadas sin fuerza.

Cuando vuelva, no, mejor mañana. Te lo prometo, haré cualquier cosa que quieras, pero solo una y sí, será lo que quieras, Kurumi. —La separó un poco para ver que seguía llorando, pero estaba un poco más feliz. Le dio un beso en su frente y la bajó al suelo—. Ya, Kurumi, que vas a inundar la casa con tus lágrimas.

Jaja… —Ella empezó a secarse las lágrimas—. ¿Lo que yo quiera?

Si dejas de llorar, sí.

Malo… —Pero hizo caso y se calmó ella misma, después de eso, lo abrazó, aunque apenas le llegaba a la cintura—. No te irás sin decirme algo de mamá.

Kurumi, esto es de vida o muerte…

¡No! ¡Todo menos eso! —Ahora estaba molesta y aunque él intentó moverse, ella no cedió—. No te soltaré hasta que me lo digas.

¿Ah, sí? —Pero usando un poco de fuerza, la separó y logró levantarla otra vez, Takahiro era bastante fuerte y ella era una pequeña, su única hija y su única familia, no había más, eran solo ellos dos—. Bueno, esto será rápido, pero mañana también te diré más. Yo fui su primera pareja duradera y te juro que, además de ti y tu abuela, no he amado tanto a nadie más, ¡suficiente!

¡Dime más! —Pero la dejó en el suelo de nuevo, iba a abrazarlo de nuevo, pero con una mano en su pecho le alejó mientras ella siguió intentándolo. Takahiro tomó un poco de pastel con la mano y se lo pegó en la cara—. ¡Oye!

Tengo que irme. —Kurumi lo persiguió hasta el cuarto especial que solo se podía entrar con llave y ella se quedó en la puerta, para ver cómo se guardaba una pistola 9 milímetros en el pantalón, los ojos de Kurumi se entristecieron y sumado al pastel en su cara y cabello le daban un aspecto sumamente desalentador.

El hombre se giró a verla y posiblemente este era uno de los momentos más difíciles para ambos. Viendo a su hija con esa preocupación y tristeza que debería de sufrir cuando tuviera 15 años y entendiera un poco más, ¿por qué le hizo sufrir eso a su propia hija?

Luego estaba Kurumi, quien tenía que ver a su padre irse y ella pidió por todos los medios que eso no sucediera, pero el hombre se acercó a ella y se arrodilló para abrazarla.

Volveré por ti y mañana nos divertiremos mucho, te lo prometo.

Papá, no vayas… —susurró con una voz que le rompería la defensa a cualquiera.

Pero él no era cualquiera y después de acariciarle el cabello un poco, salió por la puerta sin mirarla, si lo hubiera hecho y la hubiera visto una vez más, no hubiera salido de ahí.


De regreso a clases, Kurumi se tocó el pecho por un momento e hizo una mueca de dolor, hay heridas que nunca sanan, sobre todo si viene de nuestros padres. Y esta aún le dolía, la hoja estaba demasiado adentro de su corazón y aunque amaba a su padre, lo odió muchas veces, por cosas que ni entiende.

«Tal vez todo fue culpa tuya, papá». Se dedicó a tomar notas mientras su mente siguió reviviendo esos recuerdos.


Kurumi comió sola su pastel de chocolate, estaba delicioso, pero le supo a poco, la casa estaba demasiado callada, de estar su padre con ella le hubiera empujado un poco la cabeza para mancharla con el pastel, se hubiera reído y se hubiera acercado para que ella le hiciera lo mismo, aunque ella no sospechaba que él lo hacía a propósito. Ambos reirían fuertemente y seguirían comiendo hasta que se hartaran.

No era el caso ahora, aun así, Kurumi se dedicó a pensar en qué pedirle a su padre mañana y comió en silencio con una pequeña sonrisa y sin quitarse el pastel del cabello negro. Cuando terminó su pedazo, no pudo comer más como en otros cumpleaños y se fue directo a su cuarto para bañarse.

«No regresaste». Kurumi siguió tomando notas con cierto dolor en el pecho que ya empezaba a molestarle y pidió permiso para ir al baño y echarse agua en la cara. «Esto también es tu culpa».

¡Kurumi, pequeña escurridiza!

¡Suéltame! —dijo ella, cubriéndose más con las sabanas mientras su padre buscaba como sacarla de ahí.

¿Qué te pasa?

¡No llegaste anoche! ¡Dijiste que volverías!

Y aquí estoy —dijo un poco divertido y la levantó envuelta en sabanas para llevársela al comedor—. Hay un desayuno improvisado de mi parte esperándonos y todo un mundo de posibilidades afuera, Kurumi, ¿en serio te vas a quedar aquí?

Eso de alguna manera suena mal. —Miró el bulto con cierta molestia.

Eso dolió, sabes que hago lo mejor siempre. Cuando regresé ya estabas durmiendo, no iba a despertarte.

Una vez estuvieron sentados en la mesa, Kurumi estaba bien cubierta entre las sabanas frente a su padre quien tenía una curita en la nariz y otras en su ceja y mejillas, pero él estaba como si nada.

¿Qué? ¿Tengo algo en la cara?

¿Estás bien? —preguntó preocupada.

Claro que sí, hoy es la segunda parte de tu cumpleaños, ¿cómo no voy a estar bien? Además, Kurumi, ¿ya pensaste en tu regalo? —Ella dejó la preocupación y asintió con la cabeza—. Perfecto, ¿qué quieres? Haré lo que sea.

¡Quiero un gatito!

Takahiro vio a su hija pedirlo con una sonrisa y unos ojitos brillantes, se limpió la nariz con una servilleta con una sonrisa forzada y asintió varias veces. Kurumi no supo que la servilleta quedó con sangre.

Un gatito será entonces.

¡Sí! —Ella dejó las sabanas y su asiento para abrazar a su padre con fuerza—. Te quiero, papá, ¡te quiero mucho y te perdono!

Espero que así me abraces el día del padre, niña.

Solo si te lo mereces —dijo con una leve risita, pero fue acariciada en la cabeza.

Malvada.

Jijiji.

Aunque tuvo un mal cumpleaños, el día después de ese parecía ser uno lleno de bendiciones. Kurumi sonreía de felicidad, por fin tendría su gatito; su padre le había dicho que era muy pequeña para cuidar uno, por lo que desde los 9 años se pasaba viendo los gatitos de las tiendas de mascotas sin poder llevarse ninguno.

Esta vez sería diferente, estaba convencida de ello. Iba por las calles del centro, tomando la mano de su padre quien le sonreía un poco, ella iba con su cabello negro en dos coletas, tapando su ojo amarillo y con una sonrisa en el rostro que podría contagiar a cualquiera quien la viera.

Todo fue perfecto, hasta que el celular de su padre volvió sonar y Kurumi temió lo peor cuando él contestó.

¿Sí? ¿Otra vez? —preguntó algo molesto y suspiró al final, Kurumi agachó la cabeza y soltó la mano de su padre, él no pudo evitar mirarla con tristeza—. No se preocupe mucho, solo no salga de donde está… Sí, sé que estoy bajo contrato… Sí, pero… Sí, entiendo, pero…

¿Papá? —Kurumi estaba muy triste y lo jaló de la camisa para que le viera, su padre se arrodilló y le acarició la cabeza con una sonrisa cálida.

Estoy con mi hija ahora… Así es, yo también tengo familia, señor. ¿No lo adivina? Es mi forma respetuosa de decirle que no iré, señor, me quedaré con mi hija. —El rostro de Kurumi recuperó vitalidad y ella sonrió mientras se limpiaba unas lágrimas, él sonrió—. Lo siento, señor, no puedo, bueno, olvide eso, no quiero ir y no lo haré… No, no se trata del dinero…

Papá… —Ella lo abrazó en ese momento con toda la fuerza que tenía.

¿Ahora me culpa de sus problemas? Bueno… No, no, está bien, está bien. No se trata del dinero, yo también tengo una vida y le pertenece a una damita de ojos exóticos, así que… ¡Suficiente! —Lanzó el teléfono a la calle y un auto que pasó lo hizo pedazos. Luego, levantó a Kurumi para que estuviera en sus hombros—. Vámonos, Kurumi.

¿No era el trabajo importante?

Sí, muy importante, pero no es más importante que tú. —Ella sonrió y puso sus manos encima de las de él, quien le agarraba con firmeza sus piernas para que no se cayera.

Entonces, llegaron ambos a la tienda de mascotas y Kurumi fue dejada en el suelo para que pudiera ver a todos los gatitos, no era la única ahí, también estaba un chico de cabello negro que observaba a todos los gatos con mucha ilusión y sorpresa, su madre también le acompañaba y era realmente bonita. Ella era casi igual que su hijo; cabello negro brillante, largo y lacio, ojos azules como el cielo, labios rosas y un rostro amable y sereno, veía a su hijo con una pequeña sonrisa.

Takahiro se le quedó mirando un rato, con los brazos cruzados, pensó en la madre de su hija y que tal vez estaba haciendo mal en no volverse a casar para que Kurumi tuviera una madre, estaba consciente de que había hecho muchas cosas malas como padre y agachó la cabeza por un momento.

«Manami, sé que hago las cosas mal, pero sería más fácil si estuvieras aquí».

«Ah, ¡aún está aquí!» Kurumi sonrió al ver que el gato himalayo de cabeza maciza, nariz corta y chata, cara y patas negras, con pelaje suave y sedoso, ojos azules y el resto de blanco trigo aún estaba ahí, después de un año, seguía ahí.

Pero no era la única, a su lado y sin que ella lo notara, estaba el otro niño que venía con su madre.

¡Mamá, quiero este!

¡Papá, quiero este!

Esas frases fueron como una cubeta de agua fría para padre y madre, sus hijos se quedaron viendo con sorpresa y la mujer volteó a ver a Takahiro con un rostro algo apenado.

Disculpe, ¿puedo hablar con usted?

¡Papá! —Kurumi tenía las manos hechas puño, ya se veía venir algo malo, pero él le levantó la mano en señal de alto. Kurumi no pudo evitar mirar al niño quien estaba triste por alguna razón—. Mi papá va a comprarme a este gato por mi cumpleaños.

Feliz cumpleaños… Ah… —dijo con cierta timidez y sin mirarla, ella se sorprendió un poco y no escuchó lo que los adultos decían.

Ah, gracias… —respondió con una voz algo tímida también—. Tokisaki Kurumi.

Feliz cumpleaños, Tokisaki Kurumi. Esta es la primera vez que vengo a un lugar como este, gané un concurso sin que pasara nada malo, y siempre he querido tener una mascota, por favor, ¿puedo quedarme con este gato, Kurumi-san? —Pidió con una voz algo triste y con ilusión en sus ojos, pero ella frunció el ceño.

No, no quiero, este es mi regalo de cumpleaños. —El niño retrocedió un paso ante esa mirada y agachó la cabeza.

B-Bueno…

Kurumi, no seas así. —La niña miró a su padre con molestia, sin creérsela. Luego él se giró a ver al niño—. Satou, ¿no es así?

¿S-Sí?

¿Quieres llevarte a ese gatito? —Él asintió con la cabeza y Kurumi quedó con los ojos bien abiertos—. Es tuyo.

La niña se quedó con la mirada perdida al ver como el otro sonreía de felicidad, se quedó ahí parada sin poder hacer nada, la madre agradeció con una reverencia a Takahiro quien sonrió modestamente.

El gato fue encerrado en una caja y metido al auto, pero Satou quedó viendo a Kurumi y por pura curiosidad, le levantó el cabello que le cubría su ojo amarillo, pero él no dejó de sonreír por ese descubrimiento.

Gracias, Kurumi-san, por darme tu regalo de cumpleaños, te pagaré esto, lo prometo, sé mi amiga… ¿Por favor? —Ella solo agachó la cabeza y estaba a punto de negar con la cabeza, pero Satou le abrazó, dejándola perpleja—. No estés triste, es malo para el corazón, eso lo sé muy bien.

Bueno… —dijo sin ganas y fue soltada.

¡Jamás me olvidaré de lo que hiciste por mí! Volveré a verte por aquí y te agradeceré apropiadamente.

Yo tampoco lo olvidaré… —El niño se lo tomó bien y se fue, Kurumi vio a su padre con una mezcla de odio y tristeza.

Kurumi, déjame explicarte…

De seguro que mi mamá hubiera comprado al gatito, no como tu… ¡Perdedor! Solo haces que… ¡Te odio! —dijo con voz rota y con lágrimas en los ojos para salir corriendo de la tienda—. ¡Quiero a mamá, no a ti!

Después de correr por unas calles y que chocara con una mujer y se cayera al suelo y se hiriera, su padre había sido herido de la peor manera, pero sabía que había hecho lo correcto, aunque no lo apropiado. Levantó a su hija del suelo quien tenía la barbilla raspada y sangrando.

Algún día vas a entender por qué hice esto, pero no hoy, eres muy pequeña para eso. Puedes odiarme todo lo que quieras, tienes derecho, solo no olvides que te seguiré amando sin importar nada —dijo con voz apagada, Kurumi siguió llorando por la herida y por todo en general—. No llores más, Kurumi.

Q-Quería ese gatito y lo sabes…

Lo sé, yo sé que sí. Pero hay personas en este mundo que son más débiles ante la pérdida, Kurumi, y necesitan más de lo normal. Sé que prefieres a tu madre que, a mí, porque yo soy muy torpe, ¿verdad? —preguntó con sarcasmo y una sonrisa, ella dejó el llanto al darse cuenta de lo que había hecho.

No… Papá, eso que dije…

Lo siento, Kurumi, dios hizo lo posible conmigo, pero parece que salí malo —dijo con cara tristeza fingida, la niña se arrepintió de lo que había dicho—. Bueno, ¿qué se le va a hacer?

Papá… —dijo con voz bajita, mientras la seguía cargando como una princesa—. Lo siento… ¿Te lastimé?

No, nada de eso. Yo lo siento, no debí de haber nacido —dijo con tristeza fingida de nuevo, Kurumi frunció el ceño.

¡Papá, no digas eso! —Takahiro la subió a sus hombros de nuevo y sonrió—. No digas eso…

Solo tienes diez años y ya sabes como hacer a un hombre como yo muy feliz, también a un niño, hiciste bien, estoy orgulloso de ti, aunque estés molesta. ¿Quieres a otro gatito? —preguntó mientras seguían caminando sin rumbo fijo, él alzó la mirada para ver que ella ya no lloraba, pero estaba triste.

Quiero que me perdones…

¡Perdonada! —dijo con una sonrisa, pero ella negó con la cabeza y le jaló el cabello un poco—. ¡Hey!

Hablo en serio…

Es en serio, no me enojaría contigo, eres mi hija. Además, aunque no quieras ni yo lo quiera, solo somos tú y yo, no te preocupes…

«Yo soy el que está aquí y siempre estaré y regresaré por ti, Kurumi. Solo por ti, porque te quiero». Kurumi sonrió con cierto alivio mientras ordenaba sus cosas para salir al receso, las horas habían volado mientras recordaba viejas tristezas y momentos felices. De los peores cumpleaños que había tenido en su vida, pero del que aprendió que las palabras duelen mucho y también, pueden hacer feliz a los demás.