DOGMA
ii;
cadenas.


Oikawa tiene una cara de ángel que engaña.

Esos se dicen todos aquéllos que lo miran en ese momento, incluso con las lágrimas de sangre bañando sus mejillas, incluso con los colmillos al descubierto y las cadenas que lo aprisionan de manos y pies; incluso sin emitir un solo ruido por el látigo de cuero crudo lleno de agua bendita que impacta directo contra la piel de su espalda. Las lenguas de dolor le lamen el cuerpo, una tras otra son como quemarse bajo el sol y el escozor es tanto que hay veces en las que las cadenas se agitan. Las venas de sus brazos y piernas se marcan fuerte y duras bajo la piel, intento arrancar las cadenas de sus miembros. Pero tal dicha no le es concedida, pues están bendecidas y reforzadas por magias antiguas a las que Oikawa no sabe cómo acceder.

Poco a poco el nubarrón de elucubraciones viene a su memoria, una tras otra intentan llevarse lo que tiene de lucidez aún: están allí los gritos de los demás demonios, la vírgenes siendo quemadas al sol y los soldados siendo decapitados uno tras otro como cerdos para el matadero hasta que sólo queda él, él y su incapacidad para salvar al pueblo que le confió no sólo su vida pero su inmortalidad para servirle como a él mejor le pareciera.

Y justo cuando cierra los ojos, es cuando se da cuenta que ha perdido la batalla antes de que esta comience.

La única vez que Kuroo tuvo que salvarlo de un incidente fue cuando terminó pereciendo fuera de los castillos. Cuando Kuroo aventó la puerta de la mazmorra maloliente y putrefacta pudo encontrar a su rey allí. Las lámparas de gas nunca habían sido su fuerte, y había terminado por lanzar la suya bien lejos porque realmente le molestaba mucho tenerlas cerca. Bajó los escalones con elegancia observando con consternación y una burla malintencionada a Oikawa esposado de pies y manos a una pared que se caía casi a pedazos luego de la invasión.

La rebelión de las casas nobles en desacuerdo con Oikawa siendo coronado no era un tema que debiera ser pasado por alto por Kuroo, menos cuando se encontró a sí mismo observando el cuerpo inconsciente allí frente a él. Se preguntó qué tan débil tenía qué estar el rey para que no hubiera siquiera reaccionado con el estruendo que causaron afuera al terminar con la guardia de la casa noble; el líder de la casa Karr, sobre todo, era amante de renegar por el título del castaño. Cuando Kuroo se hincó, extrañó que Oikawa se quejara. Siseó palabras inteligibles cuando le abrió las piernas y la túnica resbaló entre estas; Kuroo puso los muslos de Oikawa sobre sus propias piernas para cargarlo mientras lo olisqueaba: no tenía nada más allá de las heridas externas, pero su pulso se debilitaba con aplastante rapidez, y al estirarse para quitar las cadenas, gruñó raudo porque eran de ese material corrosivo que los dañaba. Estaban purificadas con agua bendita y se preguntó cuánto no tuvieron que torturarlo para que fuera más fácil esposarlo.

El pelinegro olisqueó todo el cuerpo, le levantó el mentón de tal manera que pudiera oler el flujo de la sangre bajo su piel, luego abrió un poco la túnica por los costados y con sus manos tanteó la carne de las pantorrillas y los tobillos que estaban sangrando. Evitó por momentos tocar las cadenas que lo ataban a la pared, lamiendo las heridas superficiales para que estas se cerraran, incluso cuando lo alzó un poco más para lamer las pantorrillas sólo escuchó el tintinar de las cadenas y el jadeo que soltó Oikawa al abrir los ojos y encontrar su propio cuerpo injuriado por los tratos en ese lugar maloliente.

Oikawa es como caricias de terciopelo; engañosamente suave al tacto.

El castaño se removió inquieto entre las manos que lo apresaban y se tensó aún más cuando sintió la caricia de la lengua de Kuroo sobre sus piernas. Cuando enfocó en la oscuridad, los ojos de Kuroo refulgían en el magma de sus entrañas de ese puro color escarlata. Sus propios ojos se estrecharon en la oscuridad cuando se encontró con la pierna izquierda sobre el hombro de Kuroo y este lamiéndole para cerrar las heridas. La lengua bífida se movió de un lado a otro, tocando incluso en las zonas donde no había heridas grandes, apenas rasguños sobre la piel. Sus labios se sintieron resecos por segundos cuando se dio cuenta de su posición.

Fue demasiado tarde cuando su cuerpo sensible se erizó completamente por las caricias y las uñas del pelinegro enterrándose en la carne, lanzó la cabeza hacia atrás con un sonido terriblemente obsceno, un gemido gutural venido desde el fondo de su garganta. Los vellos del cuerpo de Kuroo se erizaron y se crispó en su lugar, molesto de la excitación del momento.

—Quieto.

Una única orden fue necesaria para que Oikawa dejara de moverse por segundos antes de jalar las cadenas con un gruñido. La piel se le consumió apenas el metal bendecido le tocó más de lo necesario y cuando estas se abrieron de manera automática se encontró a sí mismo tembloroso; no tenía recuerdos exactos de lo que había pasado, pero recordaba el escozor de la carne siendo golpeada por el látigo de la vergüenza, bañado en agua bendita. Un escalofrío le crepitó por todo el cuerpo cuando se dio cuenta de que podía haberlo hecho él solo ¿cómo se había dejado manipular?

Buscó la respuesta, cuando pudo mover las manos, buscó el rostro de Kuroo y lo tomó entre sus palmas sin hablar, solamente se quedó observándolo como si su rostro serio le trajera las respuestas.

—No querías herirlos.

Tooru se removió, observando a Kuroo a centímetros de él, llegaría el día en que el castaño muriera en el campo de batalla.

A muchos kilómetros de su hogar, sin un alma que le escuche, sin fuerzas para gritar: y Kuroo le olvidará.