NIHIL
iii;
sobrenombres.


El pelinegro corrió por el asfalto de la plaza principal; el trayecto de los castillos al pueblo más cercano le tomaba alrededor de una hora. No entendía cómo es que los siervos habían sido tan descuidados ¿cómo había tenido que terminar de encargarse él de todo? Una vena en su frente se inflamó completamente exaltado de tener que trabajar incluso en su día libre. Cuando recién llegó se tomó su tiempo para oler el aire, sus ojos rojizos se abrieron entre las penumbras y la neblina de esa noche para encontrar a su rey. El olor dulce rápidamente llegó a sus conductos indicando el camino que debía de seguir; sus pisadas se volvieron más sigilosas a medida que avanzaba ¿qué habría impulsado a su rey para salir a esas horas de la noche a la mitad del pueblo?

Las corrientes de aire gélido sólo le trajeron el olor característico con más intensidad, acompañado de otra fragancia que le entorpecía los sentidos. Kuroo frunció el ceño porque no reconocía el olor del todo y estaba curioso por saber ¿los demonios de la lujuria necesitaban saciar necesidades básicas? Kuroo tenía que entrenar por fuerza todos los días para canalizar la ira ¿Tooru tendría que tener sexo todos los días para canalizar su lujuria? ¿Sería mejor el sexo con humanos?

—¡Tooru! —Kuroo entró a uno de los locales que estaban cerrados a esa hora de la noche; no conocía el huso horario de los humanos, pero no faltaba mucho para que amaneciera. Luego de gritar escuchó un ruido salir de la parte trasera del establecimiento que era pequeño y estaba lleno de toda clase de cosas extrañas. Cuando Kuroo corrió las cortinas de la parte de atrás que tilinteaban con todas sus lentejuelas, encontró a su rey hecho un desastre: Tooru volteó cuando escuchó las pisadas. Tenía las piernas abiertas en el piso con una cesta entre estas, los labios rojos e hinchados y era todo un lío de mejillas rojas, hinchadas y zumo escurriendo por su mentón. Kuroo lo observó como si le hubiera crecido una segunda nariz y se le quedó mirando allí sin saber exactamente qué decirle ¿qué se suponía que estaba comiendo? —¿Qué es eso? —Oikawa lo miró con los ojos bien abiertos y ciertamente una expresión graciosa porque estaba atorado intentando tragar todo lo que se había metido en la boca. Cuando finalmente tragó todo, se giró de medio lado a Kuroo y lo invitó a sentarse a su lado; la capa del castaño se abrió dejándole al pelinegro observar el conjunto de red y tiras de cuero que le cubrían únicamente las zonas pudendas del cuerpo, formando un pentagrama en la espalda.

—Se llama kiwi, Tetsurou, y sabe muy bueno. —hábilmente Oikawa desprendió la piel café de la fruta suavecita y dejó al descubierto su color verde brillante; partió un trozo con sus dedos y se lo ofreció a Kuroo en la boca hasta que este la abrió por la insistencia. El pelinegro conocía el infantilismo de su rey, quien había introducido los dedos en su boca hasta que tuvo las falanges completamente dentro y comenzó a moverlas de adentro hacia afuera, haciendo que la fruta se trozara y el chico tuviera que engullir más de la cuenta. Kuroo lo observó: el color escarlata de sus ojos se volvió más sanguinario, más primitivo, se lamía los labios inyectados en sangre y lo disfrutaba por sus expresiones faciales. El pelinegro fue atento con su rey y haciendo gala de sus habilidades lo tiró en el piso antes de posicionarse entre sus piernas.

Oikawa era extremadamente sensible al tacto y Kuroo era demasiado brusco al moverse; incluso si intentaba evitarlo lo único que Kuroo quería era que esas piernas cubiertas por las botas blancas le rodearan la cadera y que Oikawa le diluyera los sentidos. Justo en el momento en que sus bocas se rozaron, y Tooru encontró su placer infausto en rozar el cuerpo con el de su contrario, apenas cubierto, Kuroo lo tensó contra el piso, poniendo la palma caliente de su mano sobre el cuello hasta apretarlo ligeramente.

Era sin embargo, esa clase de violencia, la que Oikawa más disfrutaba, cuando sus piernas se restregaban al igual que sus caderas, una sobre la otra y Kuroo abría la boca sobre sus labios, soltando una exhalación caliente por que podía sentirlo. Todo lo que Oikawa sentía lo conectaba a él de una manera que no era posible describir. Cuando Kuroo apretaba su cuello, Tooru giraba los ojos en su cuenta hasta que se volvían blancos y arqueaba la espalda; no importaba cuánto le gustara esa fruta o cuánto disfrutara de ver al pelinegro detrás de él, cuando sus cuerpos se tocaban, todo pasaba a un segundo plano donde las imágenes más obscenas y los sonidos más gemebundos les abandonaban a su suerte.

—Quién diría que su majestad, Oikiwi… ¿tendría que venir en mitad de la noche a hurtar una fruta mundana?

Y con esto dio una embestida que juntó ambas pelvis, Oikawa soltó el primer jadeo de la noche cuando los labios de Kuroo encontraron los suyos de una manera violenta, donde extrajo tal como su saliva, el sabor dulce de la fruta mundana, y se encontró sosteniendo esas caderas con sus manos, atrayéndolas hacia él para dar golpes seguidos con su pelvis. Es Oikawa el origen de su perversión y verlo retorcerse debajo de sus manos sólo hacía que perdiera los estribos. Que sus dedos se marcaran de una manera violenta en la piel hasta que las marcas rojas colmaran esa carne generosa que tantas ganas tenía de apretar. Cuando lo despojó de la capa, lo primero que hizo fue respirar como un animal desesperado, incapaz de controlarse un poco más.

El rey sonreiría, observándolo mientras jalaba su cabello negro con fuerza para escucharlo jadear sobre su ombligo, asegurándose de que su guardián no olvidara el nombre de la fruta, y que ellos eran amo y subyugado.

Y Kuroo no era de ninguna manera el subyugado.