COVEN
iv; roleplay.
—Tetsurou, intenta comportarte con más naturalidad, la gente nos está mirando raro.
Hay cierta noche en la que Kuroo y Oikawa caminan por el mercado nocturno de Patpong. Han pasado siglos, quizá milenios o centurias desde la última vez que ambos fueron lejos de los castillos. Esta vez estaban aquí a hurtadillas; no tardaría demasiado tiempo antes de que la corte se diera cuenta de que el rey estaba ausente y no se encontraba tampoco escondido en los pasillos o las habitaciones ajenas. Ya nos encargaremos de eso después, había repetido Oikawa con toda la seguridad del mundo; bueno, Kuroo tenía qué mentirse a sí mismo sino estuviera ansiando esa salida como si fuera un mundano cualquiera. Los faroles de la calle hacían que la luz serpenteara en sus ojos curiosos que seguían cada movimiento y cada color que lograban percibir.
Su rey se movía inquieto de un puesto a otro, incluso dejaba que la capucha se descuidara por momentos y se revelara parte de su cabeza donde nacían los cuernos y Kuroo corría detrás de él para volver a cubrirlo. Oikawa lo miraba de manera retadora ¿No era divertido meterse en la piel de quienes no era? Venía su propia astucia y soberbia a obrar de locas para poner a Kuroo en apuros: el castaño tomaba la mano del pelinegro y lo jalaba a su lado, haciendo que Kuroo pasara sus manos alrededor de su cintura. La gente los miraba y comentaban acerca de ellos ¿pues cuántas veces tenías la oportunidad de ver encapuchados en el mercado nocturno? Las manos de Oikawa se pasearon de manera lenta y sinuosa sobre las de Kuroo, y cuando el demonio de la corte de la ira se concentró a sus ojos y memoria vinieron sensaciones que creía perdidas con el paso del tiempo. Unas que le helaron los huesos pero que quemaron su carne.
Los besos de su rey, innegables, llegaron a sus labios incluso entre el tumulto de gente. Oikawa utilizaba su lengua como espina venenosa y sus besos eran mitad invierno y mitad infierno, sólo por una vez, Kuroo quería otra vez, quería sostenerlo entre sus brazos toda la noche e irse luego muy lejos, allá a donde Oikawa no le encontrara, allá a donde su rey no le volara la consciencia. Tenía qué decirle adiós.
¿A quién?
¿A Oikawa a su raciocino?
Si iba a matar, si iba a morir por él ¿quién le iba a rezar a su cuerpo?
Por que esos labios que se deslizaban, que palpitaban bajo su tacto de carne enamorada de la inmundicia y el pecado de la humanidad, sólo lo volvían loco y le separaban a él no sólo los labios sino la moral y la cordura. Y sus uñas como garras iban rasgándolo todo poco a poco porque vivía enjaulado dentro de la disposición de su rey, y sólo podía emerger cuando él se lo permitía, cuando era Oikawa quien demandaba el contacto y no era Kuroo quien gemebundo, pedía un poco de atención por parte del ángel más terrible de todos.
—Los humanos no viven tanto tiempo. —le había dicho mientras caminaban así, con Kuroo sosteniéndole por la cadera, y Oikawa lo hacía girar para que le prestara atención: había cierto placer infausto en la piel de Kuroo, y este era palpable; cada vez que Oikawa le giraba el rostro de manera demandante para que lo mirara sólo a él y las luces que se reflejaban en sus ojos escarlata, Kuroo sentía que podía morirse en ese momento preciso. Cuando su propio pulso convalecía y la sangre se le volvía una caldera hirviendo y chapoteando en sus adentros—: Es por eso por lo que tienen una institución como el matrimonio, este los ata a su persona amada durante el tiempo que duren aquí en la tierra.
Y luego le soltó, dejándolo tras él para dirigirse a un puesto de artesanías propias de la región.
El invierno era cruento y arrasaba con todo sin piedad; más no era extraño que el mercado siguiera en pie por las estructuras que poseía. La rabia comenzaba a manar dentro de Kuroo y sentía que esta vez no podría controlarla; esta venía a él como un manto viscoso que lo iba engullendo, engullendo, hasta que se deshacía en la confusión. Kuroo se había quedado sentado en una banca por pedido de Oikawa y el rey sólo iba de allá para acá cargando cada vez más cosas que al final tendrían que llevar ambos de vuelta al castillo.
Pero allí estaba; y continuaba obedeciendo más allá de las costumbres arcaicas que poseían, incluso más allá de lo que debería lo seguía como si no existiera nada más allá de su campo visual luego de que el castaño interfiriera en este. Se antepondría a ejércitos completos y a baños completos en agua bendita antes de dejarlo bajo ningún motivo. —El agua bendita no va a salvarte ahora. —su voz le hipnotizó, tanto como si quisiera adorarlo, o tanto como si quisiera herirlo.
Oikawa no era afecto a las penas; era factible el hecho de que estas se le resbalaban como agua de las manos—: Todos tus ejércitos perecerán en el campo de batalla antes de que amanezca ese día—. Kuroo lo sabía, incluso cuando Oikawa se sentó en sus piernas y le tomó de las manos para que lo tocara por debajo de la túnica, donde la red y las tiras de cuero no cubrían su piel y carnes, incluso aunque Oikawa le susurraba las crueldades del mundo y todo dentro de su consciencia se diluía en un espiral de placer… incluso allí Tetsurou encontró su propio placer palpando esa piel que tan atentamente se le ofrecía y los labios que lo asesinaban y le pudrían los interiores para luego volver a armarlo.
Hubo un día en que Kuroo salió y su piel se quemó, pero hubo una noche en que Oikawa jamás volvió a su lado.
—¿Me seguirás incluso cuando queme todo nuestro reino…?
