BLEMISH
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traje.


La corte estaba en silencio por los hechos acontecidos. Los siervos habían cerrado por completo las persianas metálicas de las ventanas de tal manera que la luz no se filtrara y esperaron a que fueran exactamente las doce el medio día para poder abrir la torre del cielo. Oikawa estaba siendo preparado para dar inicio al juicio: colocar la túnica ceremonial y la corona que lo acreditaba como suma autoridad era una tarea indeseada pero necesaria. Cuando caminó por el gran salón oval sólo encontró a sus otros hermanos: cada uno de los representantes y senadores de los otros pecados capitales estaban sentados en sus respectivas sillas altas. Incluso su hermana, senadora de la corte de la gula los había acompañado en esa ocasión.

Una vez que el rey regente entró en la sala con su túnica ceremonial y sus largas botas altas, el resto de los demonios se levantaron lentamente, haciendo una venía en su dirección, en señal de respeto. La corte más cercana a Oikawa era la corte de la lujuria, siendo ahora el senador Shirabu Kenjiro quien estaba al frente de todo el parlamento. Seguidamente encontramos la corte de la ira, al lado izquierdo del rey para proteger la mano del pecado en caso de cualquier ataque.

Cuando Oikawa se sentó, el resto de la corte lo hizo a su paso y él procedió a dictar la sentencia. Con un movimiento de cabeza, los siervos trajeron a un par de desertores de los pueblos cercanos. Eran un hombre y una mujer de cabello castaño y ojos azules que se habían negado a las peticiones de la corte de los demonios. Los pueblos del país de Dnnu habían estado bajo su control desde incluso antes de que Oikawa naciera, inviernos y veranos habían perecido bajo el yugo de la raza superior y los humanos lo resentían, como si ellos hubieran invadido sus tierras áridas y no como si hubiesen traído la cura a sus enfermedades.

—Rosemary y John LeBlanc, están acusados de quemar y desollar vivo a uno de los miembros de la corte de la pereza el día de ayer a las tres de la tarde en la plaza central del pueblo ¿tienen algo qué decir a su favor? —la voz de Oikawa era desinteresada y aburrida para el resto de la corte. No es que él no lo supiera, no era bien visto como el rey regente porque no tenía esa semilla del terror germinando dentro de su cuerpo.

—Volvería a hacerlo, con cada uno de ustedes.

El rey no necesitó escuchar nada antes de llamar a sus senadores, uno por uno, estuvieron de acuerdo en dictar sentencia para castigar a los involucrados, pero Oikawa fue a los extremos: se levantó de su trono acercándose a ellos. Acarició el rostro de la mujer, tenía un perfil bonito y una piel cuidada, ella lloraba cuando Oikawa le acarició las pestañas con ambos pulgares y posteriormente le comenzó a pelar la piel desde allí. Los gritos sofocaron el ambiente cuando ya iba por las mejillas pelándola viva y la sangre le manchaba las manos. Sus ojos se abrieron de manera mortífera, porque ahora lo único que podía alimentarlo era la necesidad de desgarrar carnes que no serían suyas, pero de sus enemigos. —Serán desollados vivos y crucificados en la plaza principal por tres días y noches antes de que proceda a quemarlos yo mismo.

Antes de que sus garras pudieran arrancar los ojos de los desertores; Kuroo lo detuvo y Oikawa giró a mirarlo con sus ojos refulgentes en las mismas llamas del infierno—: Es suficiente. —El pelinegro lo sabía; Oikawa era de entre todos, el más peligroso de los demonios. El castaño se soltó de un manotazo antes de pedir que retiraran al par de humanos desvalidos ahora de la sala.

—Su majestad, creo que es tiempo ahora de que comience a pensar en la preservación de la casta. Debería escoger a una reina para estar a su lado.

Y ambos se detuvieron casi al instante, lanzándose una mirada fugaz. Oikawa se sentó en el trono con la pierna cruzada elegantemente, mientras Kuroo estaba a su lado, a la izquierda sosteniendo su espada para cubrir la mano del pecado—: Pueden traerme a una de las hijas de la Virgen, daré descendencia e intentaré no asesinarla a ella luego del coito.

Bien sabido era, tener relaciones con un demonio de la corte de la lujuria podía llevarte a la muerte por el intenso placer. Kuroo lo observó de reojo, no sin ocultar su incomodidad ¿Por qué a Oikawa le gustaba desafiar a los demás para llevarlos hasta el límite? —Kuroo Tetsurou, ven hacia mí.

El llamado lo tomó por sorpresa, pero el pelinegro se hincó enfrente de su rey como se lo ordenó. Oikawa se deshizo de la toga ceremonial y poco le importó que el resto de las cortes observaran el traje de red y cintas de cuero que apenas y le cubrían. En indecencia, él se paseó así; Kuroo escuchaba el cuero crudo chillar cada vez que los músculos del rey se flexionaban y no sabían los demás cómo agradecía que las tiras formaran una V entre las piernas del castaño.

—Yo soy Oikawa Tooru, rey de Dnnu tras la conquista del señor, treceavo rey elegido por el parlamento de la desesperación, protector de los primigenios y senador de la corte de la lujuria. —le hizo recordar a todo su título nobiliario, antes de pararse frente a Kuroo y alzarle el mentón con sus uñas negras: Kuroo lo observó allí con la belleza de sus orbes y su rostro de fina porcelana; Oikawa le sostuvo como si fuera alguien precioso, amado y entonces junto sus labios como si fuera a llegar el bien a quitarles todo lo que les quedaba. El pelinegro se exaltó cuando se dio cuenta del siseo general en la sala: Oikawa había lanzado la primera piedra para quien estuviera libre de pecado.

—Y hoy reclamo a Kuroo como mi amante.