AGONY
vi;
juguete.


—Aguanta. —hubo un momento en la inmortalidad en la que Kuroo no podía ver nada. Fue cuando más se aferró al castaño y terminó por entender que estaba en ese lugar con un propósito lógico y verdadero; que estaban unidos por una causa más allá de la subyugación de una corte sobre la otra. Kuroo creció conociendo cada rincón de los palacios y de la familia noble de quien Oikawa descendía. Eran de entre todos los demonios, los de la sangre más pura y casta, no eran ángeles y por su puesto tampoco eran santos de pasillo.

Ni mucho menos Jesucristo.

Pero podían voltear tu voluntad a su conveniencia con la belleza que poseían y podían liderar ejércitos enteros con su astucia y agudos sentidos. Incluso cuando Kuroo quiso darse cuenta, ya estaba metido en la cueva del lobo y ahora estaba allí. El sudor le magreaba la piel y él sostenía a Oikawa por las caderas firmes para dejar entrar el objeto. Lo había visto y no había podido controlar su cuerpo. Lo estaba intentando. Las mordidas en su espalda debían ser recordatorio suficiente de que esto no podía volver a pasar.

Pero todos sus sentidos se fueron a la reverenda mierda cuando Oikawa gimió de la manera más obscena que Kuroo había oído en centurias.

El castaño se retorcía debajo de su cuerpo con el rostro sonrojado y caliente. Kuroo le sostenía con sus garras porque las lágrimas gruesas abandonaban sus ojos rojizos y él las lamía como el hambriento frente a la hogaza de pan. Su otra mano se encontraba en la parte baja del castaño, e iba introduciendo el artefacto en su entrada de manera pausada pero firme, no le daba tregua alguna antes de seguir introduciendo con descaro. Sus dientes se asomaron entre los labios, mordiendo el cuello de su rey.

Oikawa era el lienzo perfecto para su perversión. Incluso cuando no había sido planeado, ya lo tenía retorciéndose de la manera más escatológica posible entre sus brazos que lo aprisionaban para no dejarlo escapar. El juguete había entrado casi por completo y el pelinegro mentiría si no se había asombrado por el tamaño de este y lo rígido que era. Y aun así Oikawa lucía como si hubiera encontrado el séptimo cielo y los viejos le hubieran encomendado custodiar los infiernos y los avernos. Su rostro estaba contraído en una mueca de placer que Kuroo le abrumó.

Su muñeca se movió, girando el artefacto dentro de su cuerpo.

Otro jadeo.

Kuroo odiaba a la gente ruidosa, por demás. Pero tenía qué admitir que ver a Tooru retorciéndose sudoroso entre las sábanas con las piernas abiertas para él y la expresión más endemoniada que le había visto, era un espectáculo que no dejaría pasar. Kuroo utilizó todo el control que poseía para sólo observarlo y evitar violentarlo allí mismo.

—Te gusta ¿verdad?

Su voz fue como seda negra, y pudo sentir el estremecimiento de la piel blanca entre sus dedos enguantados. Las piernas temblaban, con la consciencia abatida, Oikawa lo miró con los entrecerrados en éxtasis lánguido, apenas asintiendo tácito por que el artefacto completo dentro de él estaba taladrando ese punto de placer que hacía que las piernas le fallaran. —Dime qué es lo que quieres… pídemelo.

Oikawa abrió la boca y Kuroo giró de nuevo su muñeca, esta vez apretó el botón de la base y Tooru dejó caer una buena cantidad de saliva que recorrió el gag de pelota que utilizaba esa noche. Las cadenas en los barrotes de la cama se escucharon tintinar y a Kuroo no pudo importarle menos cuando vio a su obra de arte allí en la cama, completamente desesperado. Tooru no podía hablar, pero osciló sus caderas de enfrente hacia atrás para mostrarle al pelinegro lo que quería y lo que había ansiado toda la tarde.

Kuroo volvió a mover la muñeca y esta vez empujó hasta el fondo, dos o tres veces antes de que la descarga viniera inusitada. El jadeo que Oikawa soltó fue capaz de escucharse hasta la península y Kuroo le jaló los cabellos de manera que los ojos húmedos y los labios llenos de saliva le enfocaron—: Hay límite para cuánto dolor puede soportar alguien…

Kuroo fue apretando el botón hasta que la última descarga vino acompañada de la espalda arqueada del castaño—: Y cuando esa barrera se supera, el dolor es reemplazado por el placer. No lo reprimas, deja que te consuma… —la voz de Kuroo se volvió hipnótica a sus oídos y sólo pudo asentir complacido, con el cuerpo tiritando entre el placer y el frío de extrañarle por segundos. —Recibe todo el dolor que puedo brindarte, mi rey…

Kuroo sacó su lengua viperina y lamió el agua salada de las mejillas que corría una y otra vez. Sacó el dildo de su entrada con un plop viscoso y todo el lubricante que había utilizado resbaló entre las piernas de manera obscena; Kuroo ya no podía soportarlo un segundo más cuando se encontró a sí mismo dirigiendo su boca a los glúteos de su rey y enterró su cara en esa hendidura hinchada y necesitada. Esta palpitaba como si tuviera vida propia cuando él se encargó de morder la parte interna de sus muslos, una y otra vez hasta que la carne sensible cerca de su entrepierna comenzó a sangrar y él se entretuvo bebiendo por un rato.

Cuando Oikawa soltó un grito por las succiones, Kuroo se encontró con el semen escurriendo del miembro contrario sin haber pedido permiso y su entrada dilatándose de nueva cuenta. Kuroo se posicionó detrás de él con un gesto rudo y le tomó por la mandíbula con fuerza, dejándole marcados los dedos para más tarde; para que no lo olvidara.

—Te gusta sentirlos dentro de tu cuerpo ¿verdad? —el susurro a él le llegó como una bruma viscosa que lo iba engullendo. El pelinegro le quitó el gag de pelota y Oikawa respiró agitado, como si hubiese corrido un gran maratón. Kuroo había tenido razón: el dolor dio paso a una lujuria más picante que lo hizo venirse de tan intenso que sentía. La vista se le nublaba por segundos, incluso había momentos, en que la lucidez abandonaba toda su cabeza, y luego volvía a su cuerpo en una oleada terrible de un placer tan intenso que daba escalofríos siquiera pensarlo cerca.

—Ku-Kur… Aghh… —el jadeo de nuevo fue grande cuando su esfínter expulsó uno de los huevos de silicón de su interior. Kuroo se quedó en silencio observándolo, con la mucosidad de los huevos y el lubricante estos resbalaban hasta caer en la cama. Oikawa respiraba de manera agitada, sintiendo el corazón desbocarse dentro de su cuerpo. Kuroo se acercó a besarlo casi con dulzura, casi como si quisiera adorarlo y Oikawa expulsó el otro huevo de su interior con un maullido que le sonó más bien a gemido mal contenido.

—Quieres que te preñe un alienígena ¿verdad? Eres una persona muy sucia…

Las palabras oscilaban en su cabeza, pero Oikawa no era capaz de salir de su estupor cuando aún con dos huevos dentro de su cuerpo… Kuroo le giró en la cama y le quitó las cadenas con un jalón. Oikawa abrió la boca para hablar, pero en el instante siguiente se encontró a sí mismo gateando en la cama para alcanzar al pelinegro que se desabrochaba el pantalón. Sus manos temblorosas por la sangre corriendo de las muñecas manotearon y jalaron una vez, dos, tres hasta que estuvo en la distancia prudente.

Tooru arrancó los botones del pantalón y sacó el falo erecto para tragarlo; completo en su boca, Oikawa succionó como si estuviera muriendo sin él, y justo en el momento de la estimulación otro huevo salió de su interior. A Kuroo no le interesó utilizar su cabeza; lo dirigió de la manera que quería que se moviera y Oikawa obedeció de manera sumisa hasta que el semen le llenó la boca e intentó tragarlo completamente.

Tooru observó a Kuroo desde el colchón y Kuroo en las alturas, diciéndole que era suficiente, haciéndolo tragar el semen que había desperdiciado. Tooru cayó en un trance del que no pudo salir; el estupor no lo dejó reaccionar cuando se vino en una arcada violenta el momento en que el último huevo salió de su interior. Se agitó y el semen le manchó el abdomen y parte de la cama. No pudo reaccionar cuando las piernas le flaqueaban y Kuroo sólo le acariciaba la cabeza como a una mascota.

Oikawa era toda una arcada violenta de placer, y Kuroo tenía el cerebro embotado por la imagen demoniaca que se le presentaba en ese momento, porque ese demonio allí, era el peor de todos. Y entre sus garras finas era capaz de herirte y adorarte al mismo tiempo para luego deshecharte cuando se haya cansado de ti, pero Kuroo le seguiría al final del mundo aun cuando las centurias pasaran y no volviera a tener ningún encuentro de este tipo.