RAGE
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ventanas.


Oikawa estaba en sus aposentos en el momento en que todo pasó; serían alrededor de las tres de la tarde cuando la puerta se abrió con un lento chirrido. No alzó la cabeza de su libro polvoriento y viejo aun cuando escuchó las pisadas en la habitación. El olor, sin embargo, llamó su atención, pero las comisuras de sus labios se alzaron sólo hasta el momento en que su libro le fue retirado de las manos. Sólo en ese entonces su mirada bermeja que asemejaba a la imagen de la muerte se alzó para observar allí a quien menos esperaba.

El joven se quedó observándole con los ojos rojizos bien abiertos y el ligero bochorno que iba crepitando por todo su cuerpo sin detenerse. El rey se mantuvo callado por los segundos siguientes hasta que la figura se movió oscilante entre las capas que poseían: abrió la del rey con displicencia hasta que observó el traje típico de su corte y luego abrió la propia para dejar entrever su propio uniforme. Oikawa destensó sus manos de los brazos del sillón cuando él se acercó primero y una a una sus piernas le rodearon hasta que quedó sentado sobre su cuerpo.

Él tragó duro, incluso cuando las garras del rey lo tomaron por la cintura y luego fueron descendiendo sin permiso por la tela que le cubría las caderas. Giró a ver a su rey, con las mejillas arreboladas y Tooru no contuvo la sonrisa hasta ese momento: —No seas tan descarado para mirarme de frente.

Las palabras le atravesaron como una daga e inmediatamente bajó la cabeza con culpa. —Me-merezco ser… castigado, mi rey.

El castaño estuvo de acuerdo ante esas palabras y se encontró a sí mismo atrayéndolo a su cuerpo. Lo hizo rodearle con las piernas para sentarlo sobre su propia pelvis, de espaldas al ventanal que daba vista a los jardines principales de los palacios. Para esa hora los mantenía abiertos: luego de haber adquirido las enseñanzas de los siete pecados, había conocido un poder que nadie podía ni siquiera imaginar. Y el mundo no sabía qué tan agradecido estaba de poder ver ahora la luz del día a su consciencia. Cuando apoyó al chico en su propio cuerpo y le abrió la capa de color verde musgo le hizo la advertencia—: Trata de no moverte mucho o vas a terminar quemándote. —y su sonrisa fue capaz de provocarle un escalofrío al contrario quien no quiso tampoco apoyarse en su rey, quedando completamente rígido sobre sus piernas.

Oikawa fue tortuosamente lento desprendiendo los botones y los lazos del uniforme del pelinegro. Su rostro estaba a escasos centímetros y era capaz de oler la sangre corriendo por sus arterias desde esa distancia. Su nariz se enfocó en el cuello cuando ya tuvo su pecho descubierto. El estremecimiento en la piel no se hizo esperar, los colmillos rozaron la piel descubierta y esta se erizó de manera íntegra, las manos del chico le contuvieron por los hombros, y sin embargo no se apartó.

—¿De qué corte vienes?

Y la fiebre se extendía desde su cabeza hasta la punta de sus pies sin descanso. Eran las garras negras de su rey las que creaban caminos irregulares por la piel despercudida y sin imperfecciones. Se detenía unos segundos en su vientre bajo y luego volvían a subir con una caricia que hacía que arqueara la espalda. Tuvo que entreabrir los labios sin saber si debía hablar de verdad o era una pregunta retórica. Al final con los ojos entrecerrados se estremeció por completo entre sus brazos cuando el rey mordió el cuello sin fuerzas, pero con un hambre mal contenida. Un solo toque de los demonios de la lujuria era suficiente para hacer sentir estertores de placer cada vez que te encontrabas con ellos. Oikawa lo urgió por segundos y el chico sólo se deshizo en soniditos mal contenidos para todo lo que Tooru quería comer de él.

Las yemas heladas de sus dedos se hundieron en su vientre bajo y el camino como escalera al infierno continuó debajo de sus pantalones tocando la piel de la pelvis y el órgano tumefacto entre estos. Oikawa lamió para sentir el flujo de la sangre en su cuello y allí mordió hasta arrancar algo de sangre de ese cuerpo níveo que tan atentamente se había ofrecido a su causa.

Se desprendió de su cuello luego de una succión, haciendo a su invitado gritar y arquearse por el estremecimiento violento que lo sacudió—: La corte de la avaricia… Creo que eso puede explicar tu atuendo lleno de piedras preciosas. ¿Qué se siente poder estar sobre las piernas de tu rey? —Oikawa presionó algún punto en el libido del demonio porque este volvió retorcerse con la respiración medianamente errática—. ¿Sabes que cuando Caronte venga por todos nosotros y nos lleve con los viejos ningún bien inmueble o posesión será para nosotros, verdad?—. con su propia sarna mal contenida, arrancó de la camisa negra que llevaba bajo la capa, las piedras y adornos de oro que colgaban de esta.

Tooru disfrutaba de someterlos hasta borrar cualquier rastro de superioridad de su cabeza; gozaba de hacerles saber dónde estaba la posición de cada uno para que no olvidaran que todos servían a un bien común y no buscaban sus propios ideales sino algo mucho más allá. Su mano apretó con fuerza el miembro dentro de sus pantalones y el chico gimió con la espalda arqueada. Flaqueó por unos segundos. —Cas-castígueme más… más…

Por supuesto que lo merecía. Oikawa agitó su mano una vez más de abajo hacia arriba en un compás violento hasta que el chico se derramó en su mano y se acomodó en su hombro luego de haber gritado por el placer tan intenso que sintió. Los oídos se le tronaron en ese momento y perdió la visión por unos segundos antes de intentar volver a la normalidad. Poco le importó el estremecimiento de su carne cuando uno de los rayos del sol comenzó a colarse entre el ventanal y ni siquiera la ropa era capaz de amortiguar el impacto de estos sobre su piel. Oikawa lo retiró con cuidado y sacó la mano de su pantalón: sin aviso previo él simplemente llevó sus dedos largos a la boca del chico y comenzó a llenar sus labios con el semen que aún quedaba en las falanges hasta que el foráneo abrió la boca y engulló los dedos y lamió la palma como si estuviera sediento. Los sonidos de la saliva chocando con la piel fueron música para el rey quien divertido aceptó que un poco de rebeldía no estaba tan mal de vez en cuando.

Luego de unos segundos le dijo que era suficiente y le sacó los dedos de la boca para observarlo; tenía el cabello ligeramente revuelto y las mejillas aún sonrosadas. —¿Quién te ha enviado, Tobio-chan?

Y el menor se estremeció, sin poder ocultarlo—: La Virgen le ha dicho a los miembros de las demás cortes que usted planea una guerra…