DARK
viii; vendas.
Se le informó tarde de la reunión; Kuroo y él iban casi corriendo por los pasillos cuando los siervos abrieron las puertas del salón oval. Oikawa lo sabía y no era una casualidad, incluso Kuroo lo intuía y el mismo Tooru se lo había dicho: ahora más que nunca ambos tenían que cuidarse las espaldas porque una vez que alguien descubría lo que se quería llevar a cabo, nadie estaba a salvo. Cuando entró por las grandes puertas de madera su figura se volvió imponente para el resto de la sala que lo esperaron con una reverencia bien elaborada, como si hacía segundos antes no hubieran estado hablando a espaldas del rey.
—Creímos que no contaríamos con su presencia, su majestad.
Oikawa se sentó en su trono de huesos y espinas dando la orden de que Kuroo se quedara a su lado en la asamblea que llevarían a cabo en esos momentos. El pelinegro se quedó allí sin chistar, conociendo las palabras de su rey en la cabeza: ambos lo sabían y tenían que estar preparados para cualquier cosa justo en ese instante. Sin embargo, la sonrisa de Tooru era cálida en esos momentos, incluso las mejillas se le arrebolaron por la aglomeración de sangre. Los miró a todos y cada uno de ellos antes de lanzar la bomba al aire—: ¿Qué dicen? Pero si Tobio-chan me acaba de avisar de esta asamblea. Por cierto, no sabía que la corte de la Avaricia sabía que mis regalos favoritos son los que vienen en la carne del portador…
Oikawa se relamería los labios cuando la sala se instauró en un silencio que le congeló la sangre incluso a Kuroo. Debía haberlo supuesto cuando notó ese aroma que no era el dulce de Tooru en su cuerpo, incluso en la resistencia de hacía momentos atrás. Ahora entendía cuáles eran los motivos ocultos por los que Oikawa estaba tan presuroso de llegar a la sala a donde no habían sido invitados con propiedad. ¿Cómo podían los senadores de las otras cortes objetar ante eso? La tertulia se extendería un par de horas más según parecía. —Kuroo, te pido de manera encarecida que te quedes esta vez de mi lado derecho, parece que los presentes en la corte de la soberbia tienen armamento escondido debajo de sus asientos.
Kuroo lo observó de manera larga, casi extasiado de observar toda la maldad que bullía dentro del sistema del castaño: no lo necesitaba, y aun así le pedía que se quedara a su lado. Oikawa lo había visto asesinar a su padre frente a él, y fue el mismo castaño quien le pidió que lo cuidara porque no podía confiar en nadie más allí; pero incluso el demonio que pudiera conocer los movimientos de sus enemigos con anticipación no necesitaba de Kuroo ni siquiera para alimentarse como actividad despreciable. Oikawa tuvo que haber estado muy desesperado bajo el yugo de su propio padre para ir con Kuroo y extenderle sus manos aun cuando fue el pelinegro quien acabó con la vida del rey.
Oikawa es todo un puñado de dolor, y Kuroo es todo un puñado de mentiras.
Cuando se movió de su lugar en camino al lado derecho, ninguno de los presentes en la corte hizo ruido alguno o alegó por la situación comentada; los demonios de la corte de la soberbia liderados por Tendou Satori permanecieron en silencio luego de la acusación y evitaron a toda cosa rebelar el armamento que, precisamente, tenían escondido bajo el alfombrado—: ¿Qué es eso que los humanos solían decir? ¿La justicia es un invento de los poderosos para usar a su conveniencia?
La corte estaba en silencio sepulcral, los senadores estaban mirándose unos a otros ante las palabras del rey. Él lo había acorralado en un momento. —Es cierto que quiero iniciar una rebelión. Y es cierto también que ustedes son libres de seguirme o perecer bajo mis ejércitos. —sus ojos rojos se abrieron luego de unos segundos de descansarlos y se dirigió a cada uno de ellos—: Los humanos mienten y se arrastran. Se aferran a alguien luego de haberlo herido… Roban y se dejan robar y esa es su filosofía de vida. Es cierto, su naturaleza malvada es diferente a la de nosotros los demonios y por eso son tan interesantes… Pero mi padre no nos trajo gloria en la muerte ni a los viejos esperándonos al final del túnel. Sólo nos trajo años en los que estuvimos ciegos, no podíamos ver y no podíamos sentir. La sangre nos sabía a hiel en la boca. Nuestros cuerpos se fueron debilitando tanto que ya han matado a dos de nuestros hermanos como si despellejaran a una gallina para cocinarla.
Kuroo desenvainó la espada en un movimiento de ataque cuando escuchó a toda una corte moverse. Incluso al girar de medio lado para observar a su subordinado Bokuto rigiendo la corte de la ira actualmente, sólo bastó ese movimiento para que toda la corte se pusiera a la defensiva: todos y cada uno de ellos junto con otro millar, tenía la lealtad hacia Kuroo asegurada y las decisiones que este tomara. Sin embargo, este fue el turno de Oikawa para sostener la espada en la palma de su mano sin importarle los cortes por la hoja afilada para que Kuroo se calmara.
El pelinegro rápidamente retiró la espada cuando notó la sangre real manar y caer al piso entre chapoteos suaves. Se hincó frente a él a modo de disculpa y Oikawa descruzó las piernas de manera elegante antes de levantarse del trono y extenderle la mano injuriada a Kuroo. El pelinegro contuvo el aliento unos segundos antes de darse cuenta de que esa era la penitencia por su acto sin bases o fundamentos dados por el rey. Sacó la lengua para comenzar a lamer, mientras Oikawa se dirigía al resto de los presentes.
—Yo conocí la injuria y la infamia de la sangre de mi sangre mejor que nadie en esta sala. Y quiero recordarles que fue Kuroo Tetsurou quien acabó con el yugo de generaciones enteras. Ninguno de ustedes ni sus hijos. No fueron ustedes los que le trajeron la gloria a esta nación ni la hicieron próspera; fue él quien acabó con la figura autoritaria de pensamientos arcaicos y quien me dirigirá ahora a mi a la victoria sobre los humanos. Está en su criterio… —titubeó unos segundos cuando Kuroo le mordió las yemas de los dedos y él le tuvo que retirar la mano antes de pedirle que se levantara—: Seguirme o no, pero tener siempre presentes las consecuencias de sus actos.
Acto seguido, Oikawa salió de la sala siendo seguido por su guardián.
