PARADISE
ix; comida.
Kuroo comenzó a quitarse la ropa completamente cansado de esa tarde. El suspiro que emanó de sus labios no se comparó con la satisfacción que sintió luego de quitarse las incómodas botas cafés y el apretado fajín de cuero de su uniforme. En medio de la penumbra, Kuroo quedó completamente desvestido antes de tumbarse en su cama de sábanas rojas. La luz de las lámparas de gas iluminaba mínimamente la estancia y él respiró en paz por primera vez luego de los acontecimientos pasados en los últimos días.
—Tooru, ya puedes dejar de esconderte; todavía no puedes camuflar tu aroma.
Sin embargo, lo tomó por sorpresa el torrente de algo líquido y caliente cayéndole de golpe en la piel. Se removió con inquietud en la cama antes de que el olor lo golpeara de nueva cuenta. ¿Chocolate? Kuroo se acercó a la nariz los dedos llenos de la mezcla y luego observó al rey allí en la orilla de la cama, gateando hacia él con toda la sensualidad que poseía sólo con el traje de red y las tiras de cuero. Kuroo lo observó sin entender qué estaba pasando. Oikawa sólo se encogió de hombros y con su propia mano siguió esparciendo el chocolate en el torso de Kuroo, poniendo especial énfasis en las marcas oscuras de su cuerpo. —Tenía ganas de comer chocolate.
¿Qué demonios?
—Sólo… intenta no ensuciar mis sábanas.
Oikawa rodó los ojos divertido cuando Kuroo se acostó en la cama sin prestarle la más mínima atención. El pelinegro puso las manos tras su cabeza y dejó que Oikawa se sentara a horcajadas sobre él, la red y el cuero rozaron seriamente la piel desnuda de Kuroo y él mismo pensó que era un idiota por imaginar que Oikawa podía sólo querer chocolate. El rey se entretuvo por ratos estirándose; comenzó por la piel del cuello, lamiendo el rastro de chocolate para limpiarlo, luego se movía sobre su cuerpo y se embadurnaba él también de la sustancia. Como si Kuroo pudiera olvidar, aunque quisiera los estragos que le estaba haciendo en la entrepierna removiendo su cadera inocentemente.
—¿Te dolieron mucho, Tetsurou? —la vocecita de Oikawa lo sacó de sus propias cavilaciones cuando las manos del rey estaban acariciando las marcas negras de su cuerpo y el nacimiento de estas, tras su espalda donde debían ir las alas. Eran laceraciones profundas, que hacían huecos sobre la piel, ya no dolía, hacía centurias que Kuroo había dejado de sentir dolor por parte de su vida arrancada; incluso si nunca lo lamentó, tal vez habría podido salvar más vidas de haberlas tenido. Rodando los ojos fastidiado por el rumbo que tomaban sus pensamientos, sólo se quedó quieto.
Kuroo se encogió de hombros como respuesta, habían pasado milenios y francamente ya no lo recordaba exactamente como había pasado.
Las manos de Oikawa siguieron el recorrido de la carne mallugada y sus ojos se encontraron por unos segundos apenas en la casi penumbra. Los ojos de Oikawa lo miraban con atención y Kuroo lo miraba con una adoración palpable. Tooru lo besó sin importarle las circunstancias y el pelinegro lo obligó a que dejara caer su peso sobre su propio cuerpo, las manos fuertes y callosas por la espada sostuvieron la fina cintura que era apresada por esa red apretada. Incluso la carne saltaba entre los rombos en algunas zonas y Kuroo sólo podía pensar en lo mucho que quería tocar y lo mucho que quería besar o lamer y lo poco que lograba.
Las manos de Oikawa fueron suaves con su carne, blando como era en el interior siguió adorando las cicatrices de Kuroo en la penumbra sin preguntar más. Sólo podía pensar en pasar la lengua por ese pecho y abdominales fuertes y acariciar con sus manos la espalda mancillada, una y otra vez hasta que el día se esclareciera. Oikawa lo tocaba como si lo adorara, como si no estuvieran ligados por un deber más allá de su entendimiento, pero como amantes. Kuroo raspaba sus uñas en la piel suavecita, cuidada, esa que una vez mancilló y que marcó su destino. Kuroo teme cada noche y cada día, porque incluso los fantasmas del pasado le causan mucho dolor.
Oikawa se pregunta cuántas noches desde esa noche Kuroo rasgó su propia garganta por el dolor. Cuántas noches Kuroo cayó en el abismo de dolor que debió consumirlo y del que volvió como algo más que como un demonio, cuántas noches gritó su deseo con fuerza y cuántas noches cayó más allá de su propio conocimiento, desvaneciéndose en siglos de sueños y muertas esperanzas.
—He recorrido el mundo entero… —su voz salió tácita, las caricias de Oikawa lo aletargaban: oía los besos a lo lejos, las lamidas eran suaves y las caricias de la carne mallugada eran como suaves roces que lo sumían en un éxtasis lánguido por el que esperaba con el corazón palpitante—: Recorrí de norte a sur para ver a los otros hermanos…
Oikawa lo escuchó, irguiéndose sobre él: poco le importó en esos momentos y su cadera se movió de enfrente hacia atrás sobre el miembro de Kuroo, este entrecerró los ojos con necesidad, apresándole las caderas con fuerza para dirigirlo él. Oikawa hizo a un lado las tiras de cuero que cubrían sus partes pudendas; entonces su piel caliente tocaron con finura la de Tetsurou que se hinchaba con el pasar de los segundos y se volvía más dura, más potente. Oikawa lo urgió a que continuara con sus palabras, apretando cada vez más.
—Pero nunca encontré a alguien con tu belleza.
Oikawa paró en seco su acción; con el ceño terriblemente fruncido tomó un poco del chocolate que todavía quedaba en su cuerpo y lo embarró en la boca de Kuroo—: Cierra la boca. —le ordenó y se levantó con un solo movimiento saliendo del cuarto por donde entró. Kuroo se quedó mirando la puerta con los ojos bien abiertos antes de colocarse una bata y calzarse las botas para salir tras él.
