HADES.
xi; húmedo.
Los espirales de incienso se batieron en el aire. Kuroo se removió la túnica de manera que esta encajara propiamente en su cuerpo. Era de color negro, con coderas de oro y piedritas preciosas. Llevaba sus guantes de cuero negros. Detrás de él se encontraba Bokuto, el senador actual de la corte de la Ira y Kenma, senador de la corte de la Pereza quien conocía las artes oscuras detrás de la invocación a la virgen. —Hínquese, por favor. —Kuroo hizo lo que debía, una vez que el resto dejó el cántaro donde se llevaría a cabo el ritual, con las pócimas y los menjurjes antiguos. El sacerdote entró en la sala, diciéndole a cada uno donde debía posicionarse.
—Santa virgen, concédenos tu piedad. —Lo presentes se levantaron; los senadores de cada corte pasaron al cántaro y depositaron sangre de su sangre en los interiores que gorgoreaban con un sonido truculento—. La indulgencia de Dios jamás nos será concedida—. Las palabras fueron repetidas por cada uno de los miembros en un coro acuoso que se postergó por toda la sala. El pelinegro se levantó por pedido del sacerdote quien lo encaminó al frente del cántaro.
—Ahora procederás a decir los tres votos.
—Sangre del amo usurpada por la corte.
Kuroo tomó el cuerpo exánime de Oikawa que estaba postrado en el trono. Tenía los ojos cerrados y el pelinegro tomó una de las manos para cortar la palma con una daga de oro. La sangre cayó en un discreto chorro dentro del cántaro. Lamió la herida, aunque la cicatrización sería más lenta ahora y luego procedió a acomodarlo de nueva cuenta. El sacerdote se acercó a él, extendiéndole otra daga de ónix negro.
—Sangre del siervo donada con devoción.
El pelinegro no lo dudó cuando se abrió la carne del antebrazo y dejó que las venas inflamadas expulsaran la sangre. Esta manó en una buena cantidad pues seguía corriendo por su sistema. Poco le importó machar la toga ceremonial y luego se encargaría de su propia herida. Tres siervos se acercaron ahora, llevando una urna de cristal sobre una camilla de oro y diamantes. Dentro de la urna había un frasco pequeño con tapadera picuda, con un líquido espeso en el interior.
—Sangre del enemigo donada con rencor.
Kuroo abrió la urna ceremonial y tomó el pequeño frasco. La sangre no era diferente ni era mejor a su parecer, sólo eran las propiedades de los ángeles las que la hacían diferente. Cuando lo intentó y la vació, el sonido dentro del cántaro se volvió un murmullo de voces inconexas que gritaban y suplicaban algo que él no alcanzaba a entender. El sacerdote lo hincó en el piso y le hizo poner las manos frente a él en símbolo de respeto—: Espíritus malditos, espíritus ocultos, yo los invoco…
Las aguas y menjurjes en el cántaro comenzaron a agitarse, como si alguna fuerza foránea los estuviera magreando y rápidamente el chapoteadero se volvió un torrente fuera de la olla, era una materia negra, viscosa, que olía a pudrición y se extendió por toda la sala. Las personas se agitaron; sobre todo quienes eran nuevos en las cortes y nunca habían visto una invocación. Cuando las aguas dejaron de agitarse, el sacerdote se colocó detrás de Kuroo con un candelabro y toda la cera derretida de las velas le cayó en los hombros. Kuroo aguantó el dolor aún cuando la luz cegó la sala completa y a él la misma materia vertida en el cántaro le corrió de los lagrimales como si fueran sus lágrimas.
—Kuroo Tetsurou, décimo noveno senador de la corte de la Ira.
—Mi señora.
Kuroo bajó la cabeza, tiritando por el escozor en la carne; la materia era corrosiva y le estaba quemando los globos oculares y las mejillas.
—¿A qué se debe esta ceremonia?
Él, se aclaró la voz, sin levantar la cabeza—: Sucede que… El rey está dormido antes de tiempo.
La entidad cubierta en mantos negros levitó por la sala hasta observar al rey sentado en el trono de huesos y espinas, su respiración ciertamente descendía cada vez más, y el color de su piel se estaba volvieron de un gris grumoso. Ella se quedó analizando a cada uno de los intermediarios que permanecían con la cabeza gacha—: Por favor… —el susurro la tomó por sorpresa y ciertamente, Kuroo tampoco se esperaba susurrar eso. No sabía cómo era que había salido de su boca.
—Tú lo adoras, Kuroo Tetsurou.
Se aclaró la garganta tan discreta como podía y habló—: Mi señora… La corte de la Ira está encaminada a servir a los rey—
—No hablo de eso.
Silencio.
Kuroo tragó saliva que más bien parecía heno seco en su garganta.
—Tú lo adoras, Kuroo Tetsurou.
—Mi señora.
—No actúes como si fueras un animal apaleado. Debo recordaste que con esa espada que portas y esas mismas manos asesinaste al padre de tu rey. Sin embargo, ahora lo sigues en su causa… Sabes que la sangre de su sangre corre por sus venas, ¿verdad?
—Lo sé.
—Sabes qué es lo que sigue cuando a uno de mis hijos le he arrancado las alas, ¿verdad?
Kuroo se estremeció sólo de recordar el dolor que había sentido ese día, había conocido realmente el terror en carne propia. Él asintió, fiel a sus propias creencias, pues seguiría a Oikawa hasta el final—: Lo sé, mi señora.
La virgen lo miró por un rato en el que Kuroo pensó se esfumaría. No escuchó nada en la sala por un buen rato. Fue consciente de que el mundo continuaba su camino habitual cuando la mano suave de Oikawa le tocó el mentón y le pidió que se levantara. Con sus garras que eran capaces de sacrificar a millones de personas le acarició los pómulos y besó la cera para retirarla hasta que Kuroo lo observó todo de nuevo.
Se hincó frente a él con el corazón dándole un brinco en el pecho:
Estaba en casa.
