UNDYING
xii; cuidados.
Era de día cuando Oikawa lo sostuvo en sus brazos.
Lo adoró como si fuera precioso; de la misma manera que se adoran sólo a ciertas personas en tu vida. Cuando miró por la ventana había luz clara de día, pero el astro rey se escondía con rapidez tras las montañas. El castaño siguió peinando sus cabellos una y otra vez entre sus uñas largas y escabrosas, lo miró como si no lo hubiera mirado en centurias, como si fuera su catalizador. El suspiro que emanó lo tomó por sorpresa incluso a él cuando ya había viajado fuera de sus labios y ya se encontraba deseando tierras lejanas; llenas de paz. Cuando ya estaba deseando no llevar una vida austera y libre de preocupaciones.
Pues sólo así podría mantenerle a su lado.
Cuando sus ojos rojizos lo enfocaron incluso entre la luz del sol, él no pudo volver despegarlos de su rostro. Estaba adquiriendo un tono más pálido a medida que pasaban los minutos y comenzaba a temer. Sus labios se desprendían por segundos y las cejas se le crispaban en una expresión de puro dolor, pero no podía hacer nada.
—Iwa-chan, abre los ojos…
Su voz salió temblorosa sin poder evitarlo y se encontró a sí mismo siendo sorprendido por las palabras, ya no temía a sí mismo, sino a los viejos que quisieran quitárselo. Ya no temió de su propia inmortalidad sino de que lo único que Hajime tenía seguro al momento de nacer, es que en cualquier momento podría morir.
Incluso cuando lo intentó y quiso con todas sus fuerzas, a veces incluso Dios se ríe y te ahoga. Sus manos acariciaron las mejillas que eran cada vez más frías y buscó casi con desespero que reaccionara a sus palabras. No podía soportarlo más si él no reaccionaba y no se aferraba a la vida. Cuando apoyó su cabeza en el pecho de Iwaizumi se encontró con el casi extinto palpitar del corazón mundano y un escalofrío le recorrió la médula. ¿Por qué el mundo era egoísta?
—Oi-ka… —rápidamente sus oídos y ojos interceptaron la voz, se corrió tanto como pudo en la cama para observarlo de frente y retirarle los cabellos de la frente. Oikawa abrió grande sus ojos, como si pudiera capturar más de su rostro, como si pudiera encontrar los secretos para salvarle.
Iwaizumi gimió quedo, con dolor, con las cejas crispadas en pura agonía y el castaño le pidió que no se moviera, que no hiciera ningún esfuerzo. Tendido sobre el colchón, el moreno parecía una hoja de papiro que se rompería en cualquier segundo. Oikawa apoyó su frente en la de Iwaizumi y sonrió como si fuera un día feliz en los prados.
Como si la constante presión de la muerte no lo estuviera acechando.
Fue justamente en ese momento, en el que Iwaizumi tomó la mano de Oikawa, apenas con un par de dedos cuando el demonio lo volteó a ver con exaltación; Iwaizumi mantenía los ojos entreabiertos y Oikawa le acarició la mejilla fría como la porcelana.
—Tú… siempre… —Oikawa le pidió que no gastara fuerzas, una y otra vez le pidió que no hablara, que no se esforzara. Oikawa vive cegado por la sonrisa de Iwaizumi y su corazón es capaz de curar las enfermedades incurables—. Mi… rey, siem-pre… siempre te has- pero-cupado por…
Oikawa no lo urgió, dejó que con claridad acomodara las palabras antes de formular toda la oración en su cabeza: Siempre te has preocupado más por los demás que por ti.
Oikawa no podía creer lo ingenuo que podía ser Iwaizumi a veces.
—Pero tú te preocupas más por mí, Iwa-chan.
El moreno sonrió, antes de que tosiera y la sangre le bañara los dientes, labios y mentón.
Oikawa se acercó presuroso y lo limpió, una y otra vez y lo sostuvo en sus manos hasta que la tos pasó, y en ese instante, Iwaizumi le susurró las palabras más hermosas que Oikawa escucharía en las centurias:
—Siem-pre… voy a… pro-proteg-erte… así que es-pérame… en la otra vi-da.
La última sílaba se largó más de la cuenta cuando la cabeza cayó en la almohada y sus dedos dejaron de apretarle la mano. Oikawa movió sus ojos con rapidez por todo el cuerpo, buscándolo, necesitándolo. Cuando se encontró a sí mismo llorándole a un cadáver su poder emanó como una oleada explosiva y las lágrimas no pararon de brotar.
Cuando se apoyó en el abdomen de Iwaizumi sólo lo hizo para poder gritar sobre su regazo por el dolor que le laceraba el pecho: era demasiado intenso, pero sabía que ni aún con todo ese dolor sería capaz de alcanzarlo alguna vez, incluso cuando los milenios pasaran o él lo deseara con todas sus fuerzas.
¿Qué queda allí para una persona cuando todo el amor es robado?
Nada.
Sólo se queda allí y nada.
¿No es terrible para un demonio amar a un humano?
Los humanos están malditos desde su nacimiento, pues viven los segundos hasta que estos se les escapen de las manos: no hay gloria en la muerte, no hay una luz plateada al final de ningún túnel ni seres hermosos esperándote en el cielo, sólo es un vacío e inmensurable negro que te engulle por toda la eternidad.
No hay doncellas de cabelleras rubias que te conducen a la gloria, no hay dioses recibiéndote o negándote según la moralidad de tus actos, tampoco hay poesía en permanecer bajo la tierra hasta que los huesos se te vuelvan polvo y los gusanos te arranquen la carne a pedazos, no hay nada dentro de Oikawa una vez que Iwaizumi deja de vivir. No hay nada más cuando sus lágrimas comienzan a quemar y se vuelven sangre, cuando los gritos que sofoca contra el regazo del humano se vuelven una marea de pudrición oscura alrededor de la sala y, el rey demonio se aferra a este como si un ejército completo del cielo viniera por él.
—Te por seguro que nos volveremos a ver, Iwa-chan.
