Ordainetan

Por GeishaPax

y

Light of Moon 12


Tenemos beta reader nueva, denle la bienvenida a Violette Moore, gracias por ayudar a éstas muchachitas locas.

NOTA DE LAS AUTORAS:

GeishaPax: Perdón por la demora, un gato negro se atravesó en nuestro camino y nos impidió actualizar en menos tiempo. Pero nos pusimos a escribir en dos días, muchísimo, así que tendremos muchas sorpresas a partir de hoy.

Recuerden pasar a mis redes sociales, en Wattpad, FF, mi fanpage de Facebook e Instagram me encuentran como geishapax.

A mí hermana la encuentran en las redes que mencionará a continuación.

Les mando un beso y los dejo con mi hermana.

Light of Moon 12: Hola a todos, creo que Geisha ya les habló de nuestra pequeña crisis de creatividad y escasez de tiempo pero al parecer hemos visto la luz y nos pusimos a trabajar para saldar estas deudas. Esperemos lo disfruten y reitero nuevamente el comercial de nuestras redes sociales; fanpage de Facebook, Wattpad, me encontrarán con el mismo nombre Light of Moon 12.

Cecick C. Iugetsoiru: ya volvimos querida y gracias por tus palabras, por supuesto que vamos a continuar, tenemos muchas sorpresitas escondidas.

Nos sentimos enormemente halagadas por tu review, sabes que son una parte importante en la motivación de las autoras y el tuyo sinceramente fue un gran empuje para nosotras. Esperamos no defraudarte con este episodio y ojalá disfrutes tanto de leer esta historia, como nosotras de escribirla.

Jill Sutcliff: Nosotras amamos a nuestro latino, cada que escribimos algo sobre él, estamos felices.

Sin duda, Carlos se lleva los aplausos del fic y ¿cómo no? si es latino. Esperemos y esto te agrade, querida Jill.


Resident Evil y sus personajes son de CAPCOM.

El argumento es de sus servidoras.

Ordainetan

Washington, EUA

Conducía su moderno Audi plateado con la vista fija en el parabrisas. No le agradaba ni un poco lo que le acababan de asignar, pero desde sus tiempos militares se había acostumbrado a acatar órdenes y no a cuestionarlas.

Ya había pasado una semana desde la operación en Tailandia donde había conocido a los hermanos Redfield, al tal Carlos Oliveira y al famoso Leon Kennedy por medio de videollamada. Gracias a la brillante idea de su jefe, ahora Interpol, B.S.A.A., Terra Save, D.S.O. y el investigador privado trabajarían en equipo para resolver el caso de las desapariciones de los chicos. Luego de una larga junta donde rara vez intervino, tomaron la decisión de dividirse y él trabajaría mano a mano con la B.S.A.A., decisión que tuvo como consecuencia mudarlo provisionalmente a Estados Unidos, dejando ausente por algún tiempo su hogar en Francia.

Dio vuelta a la derecha y al final de la calle miró el enorme edificio en el cuál debía encontrarse con Chris Redfield. Al llegar aparcó el coche y al pedir información a la recepcionista le indicó que el capitán estaría en su oficina marcada con el número doce en el quinto piso. El capitán le había indicado que si no lo encontraba en la planta baja lo buscara directamente en su oficina, y eso era lo que iba a hacer.

No fue difícil distinguir la puerta de caoba perteneciente a uno de los mandamás de la B.S.A.A. pero decidió esperar un poco antes de irrumpir en su cubículo. Miró su reloj y Chris ya estaba bastante retrasado, por lo que asumió que iría a buscarlo ya, para iniciar cuánto antes el trabajo. Con decisión empujó la puerta sin tocar y se llevó una menuda sorpresa al descubrir allí a una persona que no era el señor Redfield.

Se trataba de una chica joven, muy joven. De piel bronceada y ojos avellana, cabello castaño, menuda y exuberante. Se notaba a leguas que era una agente por los toscos pantalones militares y las botas de combate, pero eso sí, era endemoniadamente atractiva. La mujer lo miró con la duda en los ojos y después de examinarla unos segundos, Billy retrocedió apenado.

—Mil perdones señorita, creí que era el cubículo del señor Redfield. —Expresó el ex teniente avergonzado, suponiendo que se había equivocado de oficina.

—No, no, no se disculpe. Es la oficina del capitán Redfield, sólo que vine a buscar algunos documentos que dejé olvidados. —Explicó la morena, tratando de aclarar la confusión.

—Aún así perdone, llegué como un invasor a este lugar. —Insistió el representante de Interpol.

—En ese caso ambos somos invasores, como le dije, ésta no es mi oficina. Soy Sheva Alomar. —Dijo la joven presentándose, dando una sonrisa cálida y extendiendo la mano al desconocido.

—William Coen. Encantado de conocerla, señorita. —Respondió él en tono caballeroso, estrechando su mano con cortesía.

—El gusto es mío.— Correspondió dibujando en su rostro una sonrisa encantadora y agregó: —¿Lleva mucho tiempo esperando a Chris? —Preguntó tomando unos archivos para meterlos a una carpeta.

—Sólo algunos minutos pero siempre prefiero llegar con anticipación. —Contestó llevándose una de las manos a los bolsillos.

—Eso habla bien de usted. ¿Hay algo en lo que pueda ayudarle mientras Chris llega? ¿O puedo ofrecerle algo de beber? Café, té, agua, Dr. Pepper…

Billy dio una media sonrisa, la joven empezaba a caerle realmente bien.

—No se preocupe, estoy bien. —Habló agradeciendo las buenas intenciones de la agente.

—Bueno, no insisto más. Ya verá que Chris no tarda. —Finalizó terminando de acomodar los documentos en una carpeta enorme. —Me disculpo por no poder hacerle compañía más tiempo, pero debo retirarme.

—No se preocupe, lo entiendo. —Expresó el ex teniente con comprensión.

—Ha sido un gusto conocerlo, con permiso.

Estando a punto de retirarse y darse la vuelta, la mujer pisó por accidente uno de los bolígrafos de Chris, haciendo que perdiera el equilibrio y fuera a dar justo al suelo con todo y las pesadas carpetas que sostenía en las manos. Pero afortunadamente, los reflejos de William Coen fueron más rápidos, impidiendo que la jovencita se tropezara, atrapándola en sus brazos, quedando su rostro fijo a sólo pocos centímetros del suyo. En ese momento, el capitán Chris Redfield ingresó por la puerta.


Silencio incómodo era lo que estaba reinando en la sala de conferencias de Terra Save en donde tres personas estaban trabajando. En donde un contrariado agente de la D.S.O. observaba que aquel investigador no desaprovechaba la menor oportunidad para buscar contacto físico —por mínimo que fuera— con su camarada femenina.

—Esa expresión en la cara, de molestia, me recuerda a algo… —Susurró la mujer más para ella.

—¿Qué sucede? —Preguntó Leon sin darle oportunidad al otro hombre de seguir intentando flirtear con la pelirroja.

—Todos los chicos aparecen en las fotografías con mala cara. —La activista repartió las imágenes a sus compañeros. —Miren bien, el ceño fruncido, en todos.

—¿El secuestrador se lleva chicos pelirrojos con mal genio? —Cuestionó Oliveira mientras Leon ponía los ojos en blanco.

—No, no es eso, Carlos… — en una especie de dejá vù la motociclista observaba las fotos. —¿En dónde he visto esta expresión antes?

—Veré si mi contacto de la D.S.O. ha llegado, quiero revisar la base de datos de jóvenes desaparecidos. —Leon estaba a punto de romper el bolígrafo en sus manos, ¿desde cuándo se tuteaban esos dos?

El agente se puso de pie y con una sonrisa tensa salió de la habitación.

—Tu colega es extraño. — acotó el latino cuando la puerta se cerró.

—No lo creo, debe ser la presión que ejerce el embajador ruso por su hijo desaparecido, Leon es un buen tipo con un humor particular.

Carlos asintió, el agente no solo era compañero de la mujer, tenían una historia previa.

En cuanto el ex policía salió de la habitación, se sintió un poco más relajado, como si hubiesen quitado un peso enorme de sus hombros. Estuvo por tomar el teléfono para marcarle a Helena, cuando la castaña apareció por la puerta del elevador.

—Con razón no has pasado a la oficina en días, me gusta la decoración del piso, los activistas tienen estilo. — se acercó al rubio quien la estrechó en un abrazo. —¿me extrañaste?

—Por supuesto que sí, prefiero estar mil veces en la oficina, ya no soporto a ese imbécil.

—¿Quién? —Helena se separó del abrazo un tanto confundida, era la primera vez que escuchaba a Leon hablar así.

—El tal Carlos... el investigador de Nueva York.

—¿El guapo brasileño del que todos hablan? ¿El que está colaborando con la investigación?

Leon no pudo evitar poner una mala cara ante el comentario, ¿Helena también?

—No es mi culpa, Hunnigan lo ha dicho cuando investigó al hombre, tú no estabas en la oficina pero ha sido una sorpresa para todos que haya tantos sobrevivientes de los incidentes con Umbrella. Y también vi su foto en los expedientes… Es bastante apuesto.

—No me ayudes Helena… Ese imbécil se la pasa coqueteando con Claire.

—¿Estás celoso? Creí que Claire era solo tú amiga, y no una cercana, se ven cada Corpus…

—No lo estoy, sólo creo que es un idiota.

—Un idiota muy lindo y con un acento sexy.

—¿Podemos entrar por favor? Salí hace más de cinco minutos. —Leon jaló del brazo a una muy divertida Helena.

—Sé que quieres que vea al bombón brasileño, pero no tengo prisa.

—Cállate.

Abrieron la puerta y encontraron a Carlos con una servilleta sobre los pechos de la menor de los Redfield.

—¡Perdóname! Llevaré tu ropa a la lavandería para que la sequen.

—Fue un accidente, descuida, al menos no mojamos la computadora o las fotografías

—Agente Harper, ellos son Carlos Oliveira y la activista mojada es Claire Redfield.

—Es más sexy en persona. —Susurró la castaña. El ex policía le dio un codazo.

—Tengo una camisa en mi auto, si quieres, puedo ir por ella para que no vayas a resfriarte. —Mencionó el investigador cuando se percató de lo mal que se podía interpretar la escena.

—No creo que me vaya a matar un vaso de agua. — respondió la pelirroja.

—Tengo mi ropa deportiva en mi maletín, podrías probártela en lo que envíamos a alguien a la lavandería.

Harper observó con complicidad a Leon. Ahora le debía un favor.


Como si les hubiesen quemado las palmas de las manos con lava ardiente, tanto Coen como Alomar se separaron y volvieron a sus posiciones.

—¿No se lastimó, señorita? —Inquirió el agente de Interpol a la mujer, sintiéndose un tanto incómodo.

—Estoy bien, gracias. —Respondió ella ignorando la mirada inquisidora de Chris.

—Perdón por el retraso, ¿está todo bien? —Preguntó el dueño de la oficina tratando de entender lo que estaba pasando.

—El señor William Coen llegó aquí hace un rato para buscarte y como yo estaba aquí para buscar unos documentos me quedé a hacerle compañía. Pero ya que llegaste, me retiro…

—No, no, espera, Sheva, esto te incumbe a ti también. —Detuvo el mayor de la B.S.A.A. a su compañera.

La dama enarcó una ceja, Chris no le había informado nada de este nuevo asunto.

—Veo que ya se conocen, —dijo con cierta extrañez. —Así que me ahorraré las presentaciones e iré al grano. Sheva, el agente William está aquí porque trabajaremos en conjunto con la D.S.O., Interpol, el asesor de Policía de Nueva York y nosotros, para resolver el caso de desapariciones de unos jovencitos con características similares.

—¿Algo así como un asesino en serie que elige a sus víctimas con ciertos parámetros? —Cuestionó la morena.

—Algo así, pero con "no-muertos" involucrados. —Afirmó el de la Interpol.

Sheva se sorprendió.

—Y bueno, estaremos a cargo de esta investigación y pedí que te integraran al equipo. —Informó el capitán a la joven. —Así que desde este momento estás dentro, formalmente.

—Ok, ok, acepto el cargo… ¿Pero qué es lo peculiar aquí para que todos tengamos que unir fuerzas?

Chris sacó de un folder amarillo que descansaba sobre su escritorio un par de fotografías e informes.

—Otra de las características es que los secuestrados tienen alguna discapacidad o problema fisiológico… Y los están curando de manera inexplicable. —Determinó el militar enseñándole un par de fotografías a su compañera.

La africana observó con atención las fotografías de una chica pelirroja con parálisis que después de ser rescatada de la bodega de Tailandia salía caminando por su propio pie. El caso de Victoria Altobello era desconcertante.

—¿Creen que estén usando virus con esos chicos? —Preguntó la de ojos avellana sin quitar la vista de las imágenes.

—Es probable. —Instó Coen cruzándose de brazos.

—¿Cuál es el plan?

—Por lo pronto, acoplarnos a trabajar juntos. El agente Coen se mudará provisionalmente a una de las oficinas para que podamos empezar. —Habló el mayor de los Redfield.

—El cubículo vecino que está junto a mi oficina está disponible. —Sugirió la menor.

—Ese espacio es muy pequeño, Sheva. —Negó el ex S.T.A.R.S.

—No tengo problema con eso, puedo adaptarme. Además creo que será bueno mantenernos cerca para estar en constante comunicación.

La mujer de África sonrió, el tal William le estaba resultando un hombre bastante amable y pensó que seguramente sería muy agradable trabajar con él.

—Entonces sígame. —Indicó refiriéndose al de cabello negro. —Le mostraré su nuevo espacio.

Billy se despidió con cortesía y se fue siguiendo a la morena para instalarse en su nuevo cubículo ante la mirada atónita de Chris Redfield. Al parecer habría buena química entre los integrantes de su pequeño equipo. Quizás más química de la que le hubiera gustado ver.

La africana lo condujo hacia su nueva oficina; tal y como lo había dicho Chris, era pequeña pero era suficiente espacio para una sola persona y tenía muy buena luz solar que se filtraba por la enorme ventana, además de que conectaba con la oficina de junto que era la de la joven.

—¿Lleva mucho tiempo en Interpool? —Preguntó mientras Billy le echaba un largo vistazo a su nuevo cubículo.

—Varios años, los suficientes como para pintar mis primeras canas.

—Usted aún es muy joven. —Repuso ella con una sonrisa.

—No tanto como usted, Sheva.

—No es necesario que me hable de usted, después de todo seremos compañeros. —Pidió la morena.

—¿Está segura? ¿No me estoy viendo brusco tuteandola? —Insistió él haciendo notar sus buenos modales.

—Para nada, me hace sentir más cómoda.

—Bien, entonces nos hablaremos de "tu" —Sentenció el mayor hablando por ambos.

—De acuerdo, William.

—Puedes llamarme Billy.

El agente de sorprendió a sí mismo por la familiaridad con la que hablaba con aquella chica. Normalmente se comportaba frío y distante con sus compañeros de trabajo como parte de su profesionalismo. Pero aquella joven le había inspirado confianza desde el principio y no veía el problema de hacer una excepción en sus propias reglas al menos por esta vez.


—Pienso que lo ideal sería hacer pruebas con la sangre de los chicos involucrados en el rapto y ver lo que arrojan los análisis. —Exclamó Leon antes de estirarse un poco.

—Llamaré a la B.S.A.A. para agilizar la toma de sangre. —Claire estaba por tomar su teléfono cuando fue detenida por el brasileño.

—Podemos hacer eso después de comer, llevamos todo el día trabajando y el capitán Redfield me mataría si dejo a su hermana mal pasarse.

Todos levantaron la mirada al castaño que estaba poniendo de pie a la motociclista.

—Vayamos a comer. —Carlos señaló la puerta y miró a los restantes.

—Vayamos en mi auto.

Con una agilidad extraordinaria, Helena evitó que aumentara el mal genio del ex policía.

—¿Cómo negarme a lo que ordena la señorita? —El ex mercenario se encogió de hombros.

—¿Eres bueno con los autos? Acabo de cambiar el que tenía, va a sonar tonto, pero, no sé si fue la decisión correcta.

Helena siguió charlando con el antiguo U.B.C.S.

Leon observó a la pelirroja, que estaba acomodando sus cosas dentro del bolso.

—Parezco una señora saliendo del gimnasio. —La activista se acomodó la sudadera con las siglas de la D.S.O. y el apellido de la castaña.

— Para ser una señora, te ves demasiado bien. —Leon sonrió por fin.

—Solo soy una señora por la edad. —Se acercó a la puerta y el agente la abrió, apagó las luces.

—¿Ni un novio?

—Ninguno, después de… —Guardó silencio por unos segundos. —Circunstancias de la vida.

Alcanzaron a los dos colegas junto a los elevadores y al descender, caminaron por el estacionamiento hasta llegar a la Chevy Silverado High Country de Helena.

—No pensé que tuvieras esos gustos. —Exclamó Leon gratamente sorprendido.

—¿Qué esperaban? ¿Un Beetle rosa?

Subieron al vehículo, y pese a que Carlos era el copiloto, la plática y los ligeros coqueteos ahora en ambas mujeres estaban provocándole migraña al rubio.

Oliveira daba instrucciones a su compañera hasta que llegaron al sitio que había elegido para comer.

—Espadas brasileñas, ¿por qué no me extraña? — dijo el agente entrelabios mientras bajaba del auto y ayudaba a la motociclista.

—Nunca he probado la comida brasileña. —Confesó la menor de las Redfield.

—¡Estás bromeando! ¿verdad? — el investigador retrocedió ante la reacción y alcanzó a la pelirroja. —Entonces estás de suerte, seré tu guía gastronómico.

La pareja empezó a platicar ante la mirada de sorpresa de Helena y el rostro de zombie del agente Kennedy.

—Oye vaquero, intenté ayudarte lo más que pude.

—Sirí ti guíi gistrinímici. —Repitió el agente en burla. —¿Qué tiene de especial ese tipo?

—Carisma. —Respondió en automático la agente Harper mientras entraban unos metros detrás de la pareja.

Música en vivo empezó a llenar los fastidiados oídos del rubio.

—¿Qué clase de lugar pone música en vivo para comer?

—En Latinoamérica es muy común. —Le aclaró Carlos, quien alcanzó a escucharlo.

—Estuve de misión, no tuve la oportunidad de ir de "turista gastronómico".

Helena le dio un codazo en lo que el mesero les indicaba en donde estaba su mesa.

—Después de salvar a Jill Valentine y salir huyendo de Raccoon, me dediqué a viajar por todo el mundo. —Carlos revisó brevemente la carta de vinos. —Trae una botella de Valmarino Tannat, por favor.

—Nosotros también salimos huyendo de Raccoon City cuando iba a explotar. —Replicó Leon.

—¿Ah sí? Es el destino, teníamos que conocernos. —Esa última frase la hizo mirando fijamente a Claire.

—¿Es un vino brasileño? —Preguntó Harper para distraer a Carlos.

—Así es, creo que fue creado en 1997, el Valmarino tiene 16 hectáreas de viñedos en el distrito de Pinto Bandeira, cerca de donde soy originario. Tiene variedades como Chardonnay, Merlot, Tannat y Cabernet Franc. Este último vino, impresiona por su calidad y la gran evolución. Un Cabernet Franc de mucho color, nariz intensa, recordando a frutos negros maduros como cassis, cerezas y notas de caramelo. Estructura media, delgado y taninos redondos. Un vino elegante, excelente para beber hoy, con buena compañía.

Leon solo atinó a recargarse sobre los codos en la mesa y escuchar al tipo. Era un pedante, engreído, lengua hábil. Tenía que hacer algo y ese era el momento:

—Ahora Claire, las espadas brasileñas es una especie de buffet. Los meseros traerán los cortes de comida en, literal, espadas y deberás elegir que te gustaría comer, ellos te dirán el nombre del platillo, pero si tienes alguna duda, puedes preguntarme a mi, o a Carlos.

—¿Ya habías comido esto? —Preguntó Claire gratamente sorprendida.

—Soy un agente con algunos misterios bajo la manga. —Dijo por primera vez en un rato el ex policía con aire triunfal.

—Puedo ayudar con la pronunciación correcta de los platillos. —Soltó Carlos.

Helena notó que Leon empezó a apretar su servilleta, mala señal, estaba a punto de estallar.

—Carlos, ¿esa canción se baila? —Preguntó con fingida inocencia y revoloteando las pestañas.

—Así es Helena, ¿te puedo llamar Helena? — la mujer asintió y prosiguió. —Te puedo enseñar si gustas…

—Hoy estás de suerte. —Lo tomó de la mano y lo alejó de la mesa repleta de cubiertos frente a su compañero.

—Es agradable sujeto, ¿no? — Claire observaba a Carlos riendo al enseñarle el baile a Helena.

—Claro, supongo que es agradable si sólo se la pasa coqueteando contigo. — la mirada azul de la pelirroja se clavó en la suya. —Y a ti no parece molestarte.

—No me molesta.

Leon tenía unas ganas enormes de gritar lo imbécil que era, pero solamente atinó a asentir con el ceño fruncido y darle un sorbo a su vino. Ojalá y pronto encontrara al hijo del embajador y se pudiera alejar del cuadro romántico que se aproximaba.

Y aunque no quería admitirlo, las aportaciones de Carlos eran importantes, su trabajo localizando gente era impecable, tenía nuevas ideas y era propositivo.

—Tranquilo Leon, se que te estresa la presión pero resolveremos esto pronto. —Soltó Claire mientras ponía su pequeña mano sobre la suya.

Un escalofrío recorrió al rubio.

Si supiese que ese no era el problema, ni él sabía bien por qué estaba tan molesto.