Capítulo 2: Un encuentro causal.

El primer trabajo del semestre no se hizo esperar. El señor Sloughorn, el profesor de ciencias naturales, quería un detallado trabajo sobre las presas más grandes del mundo y su historia. A Ron le pareció que era una verdadera tomadura de pelo y se negó a hacerlo. Entonces Harry le dijo que el señor Sloughorn miraba mucho las notas en función de los trabajos que hacían a lo largo del curso. Ron chasqueó la lengua asqueado, pero aceptó pasar parte del sábado trabajando con Harry. El moreno se había mostrado más que encantado con ir a su casa, aunque Ron no estaba del todo seguro del motivo. De todas formas, el trabajo no tenía que ser muy complicado, se dijo el pelirrojo. Él sabía que una de las presas más grandes, o al menos lo había sido en su tiempo, era la presa Hoover, y que actualmente el título lo ostentaba una de China. Podían empezar desde ahí.

El comedor de los Weasley se había convertido en su estudio personal. Ron había aprovechado que toda la familia estaba fuera, pues en su habitación hacia calor y era más fácil coger el portátil y ponerlo encima de la larga mesa de madera negra tratada. Harry pareció un poco sorprendido por la opulencia de los Weasley. Sin embargo, pronto se fue a la verdadera razón por la que había aceptado pasar el sábado con Ron: quería ver a su hermana. Había pasado toda la semana con el recuerdo de ella en la mente, y eso que no habían hablado todavía. Ginny era para él, el mismo espejismo perfecto que Hermione era para Ron. Aunque el moreno no podría decir que lo suyo era amor, más bien era atracción y mucha curiosidad. De nada había servido recordar a Cho Chang ni a su primera novia. Ginny tenía algo y Harry quería averiguar el qué.

Ron había dicho que Ginny había ido a pasar el día al muelle con sus amigas, pero Harry esperaba que alguna fuerza providencial la trajera a casa antes del mediodía. Sentados los dos a la mesa, daban vueltas sobre la misma información una y otra vez. Siendo simple el proceso de buscar, copiar y pegar, no habían rellenado más que dos hojas de Word en una hora. Y es que Ron también estaba distraído. Se podría decir que su curiosidad era aun mayor que la de Harry. La chica de los ojos chispeantes copaba toda su capacidad de pensar. Era su rostro el que tenía en aquellos momentos en su cabeza. Era tan fuerte lo que sentía por ella, el irresistible magnetismo que le unía a ella, que Ron no era consciente de que se había enamorado de una completa desconocida. Ni siquiera sabía donde vivía, ni nada más allá de su nombre: Hermione Granger. Hermione. Hermione. Ron lo susurraba al vacío cada noche hasta quedarse dormido.

- ¿Sabes qué? Este trabajo es una auténtica mierda. –dijo Ron de repente mientras cerraba el libro de consulta de un plumazo. Se pasó una mano por el cabello pelirrojo consiguiendo desordenarlo aun más y miró a Harry con resolución.

- Ron, tenemos que terminar el trabajo. El señor Sloughorn…-comenzó a decir Harry, aunque sin mucha convicción. Él tampoco tenía ganas de seguir trabajando, pero tenía que hacerlo si quería aprobar el curso. Si ya empezaban así la primera semana, no quería ni pensar en como estarían durante el segundo semestre.

- Harry, estamos a sábado, y este trabajo no lo tenemos que entregar hasta el viernes que viene. Además, ya tenemos la mitad hecha ¿no? –negoció el pelirrojo de la misma manera en que lo hacia con su hermana cuando quería conseguir algo.

- Si, bueno, pero…-Harry vio estupefacto como Ron apagaba y cerraba el ordenador portátil y recogía todos los libros y libretas que habían encima de la mesa. Bien parecía que aquella era una batalla perdida para él, así que se recostó con el respaldo de la silla y suspiró.

- ¿Te apetece una cerveza? –preguntó Ron levantándose. No hacía demasiado calor, pero una cerveza siempre apetecía. Además, teniendo en cuenta que sus padres no estaban y Ginny no se podría chivar porque tampoco estaba…Ron tenía que aprovechar de esa irregular libertad.- Venga, Harry. –lo animó.

- Está bien, pero solo una. –la cerveza no era una bebida que especialmente le llamase la atención, pero no quería quedar mal ante Ron, así que la aceptó cuando instantes después el pelirrojo regresó con sendas latas bien frías. Las abrieron haciendo un "clic" conjunto y dieron el primer trago en la tranquilidad del comedor.

- ¿Te hacen unas canastas?

- Claro.

Ron era bastante más alto que Harry, pero este tenía la ventaja de que se movía con más rapidez. El jardín trasero de los Weasley era bastante amplio y contaba con una piscina, una cancha de básquet, un invernadero y una zona solarium con mesas, sillas, tumbonas, sillones… Harry vivía cerca del puerto en una casa pequeña pero bien situada y arreglada. A él tampoco le faltaba el dinero, más bien le sobraba. Sus padres habían muerto cuando era muy pequeño y casi no los recordaba. Vivía con su tía-abuela Minerva, que se había hecho cargo de él desde siempre. Dejaron las cervezas encima de la mesa de piedra y cogieron una de las pelotas que se movían por el pavimento acariciadas por el viento. Las primeras canastas fueron fáciles, pero a medida que el sol apretaba y el cansancio se hacia notar, los dos chicos bajaron el ritmo.

- Cuéntame que tienen esas chicas velas a las que veneráis tanto aquí. –aprovechó para preguntar Ron mientras el moreno cogía la pelota y la lanzaba hacia el aro pero fallaba y no entraba. La pregunta le había pillado por sorpresa.

- ¿Las Veelas? –se encogió de hombros mientras recogía la pelota del suelo y la botaba.- Pues no lo se. Siempre ha sido así desde que comenzamos el instituto, tal vez incluso antes. Esas chicas no son como el resto, tienen algo especial que las distingue de las demás. No sabría decirte el qué, aunque a mi tampoco es que me interesen demasiado. –medio sonrió y añadió.- Yo no soy como Seamus.

- Ah, es verdad. El pobre Seamus que se muere por los huesos de una Veela de esas. –Ron se terminó su cerveza y cogió al vuelo la pelota que Harry le pasaba. No añadió que a él le pasaba lo mismo, y que la suya no era una más del grupo, era la líder del grupo, la reina de Hogwarts.- ¿Tiene alguna posibilidad nuestro amigo?

- Pues no lo creo. Las Veelas no salen con chicos como Seamus o como nosotros. Son un grupo cerrado y es muy difícil entrar en él. Solo salen entre ellos, se divierten entre ellos, se sientan entre ellos… No son muy dados a socializar con el resto del instituto y del mundo.

- Pero… ¿qué tendría que hacer un chico para que una Veela se fijase en él? –insistió Ron mientras encestaba la pelota y la volvía a recoger del suelo.

- Definitivamente tiene que ser alguien popular, alguien bueno en deportes y bien plantado económicamente. Aunque esto último no es ningún problema entre los alumnos de Hogwarts, pero bueno. No es lo principal. Luego supongo que sería más fácil entablar relación con Luna o Lavender que con las otras tres.

- ¿Enserio?

- Si. Daphne es demasiado…no se…masculina, se rumorea que puede ser lesbiana incluso; no es que a mi me importe, pero…-se encogió de hombros.- Luego tenemos a Pansy que es demasiado lanzada, demasiado agresiva verbalmente, que intimida vaya. Y finalmente Hermione…supongo que quien intentase algo con ella estaría rematadamente loco. –rió.

- ¿Porqué? –Ron, que iba a lanzar de nuevo la pelota, desistió en su intento y se volteó para mirar a Harry. Esa información le interesaba especialmente, aunque no podía decirle aun la razón al moreno.

- Bueno, porque todo el mundo sabe que está comprometida con Cedric. Lo suyo es casi un contrato desde que nacieron, es así y nadie se lo plantea de otra forma. Son los más populares del instituto, no se relacionan con el resto porque no tienen necesidad de ello. Aunque hay algo que diferencia a Hermione del resto: es buena persona. No quiero decir que el resto no lo sea, pero…ella lo demuestra. Supongo que si encontrase a alguien bueno y que se preocupase por ella… No quiero decir que Cedric no lo haga pero…

- No te cae bien Cedric ¿no?

- Cedric no cae bien a nadie, Ron. Son solo las chicas que se mueren por sus huesos, pero es porque no saben como es realmente. Tiene un envoltorio muy atractivo pero…como persona deja mucho que desear. –afirmó Harry bastante serio. Algo en el tono de voz le dijo a Ron que el moreno hablaba por experiencia propia.

- ¿Conocías a Cedric? –Ron dejó caer la pelota y se sentó encima de la mesa de piedra. El sol daba de lleno en su cabello rojo robando destellos anaranjados.

- Era mi mejor amigo. –Harry miró de reojo a Ron y sonrió tristemente.- Parece mentira ¿no? Cedric y yo fuimos amigos desde el primer día de guardería. Lo compartimos todo durante la infancia e incluso se podría decir que formé parte de la primera "pandilla" popular de Plymouth. Yo jugaba con Draco, Blaise, Cormac… Eran mis amigos hasta hace unos tres años.

- ¿Qué pasó?

- Una chica. Mi novia para ser más precisos. Era mi primera novia; se llamaba Susan, Susan Bones. En pocas palabras Cedric me la robó, la sedujo, se acostó con ella y después la dejó tirada. Hizo como que no la conocía. Susan se volvió algo inestable, cortó conmigo y comenzó a perseguir a Cedric por todo el pueblo. Le decía a todo el mundo que era su novia y que se iban a casar, y bueno, muchas cosas más. –tragó saliva.- Eso a Cedric no le gustó nada y fue en busca de papá. Sin embargo, las cosas se salieron de madre cuando…cuando Susan intentó cortarse las venas. Lo hizo cuando se dio cuenta de que Cedric solo la había utilizado para pasar un buen rato y se había pavoneado de qué le había quitado la virginidad.

- Pero… ¿qué clase de tío es ese? –preguntó Ron con los puños fuertemente apretados.

- Alguien que está acostumbrado a salirse siempre con la suya. Susan solo tenía 14 años, Ron. Pero como ya te he dicho, Cedric fue a ver a su papá y este lo arregló a golpe de talonario. La familia Bones se marchó de Plymouth y nunca he vuelto a saber de ella. Cuando me enteré de lo ocurrido me encaré a Cedric, nos peleamos y ahí fue cuando rompimos nuestra amistad.

- Y la chica esta, Hermione, ¿ella lo sabe?

- Hermione es otro títere más en la vida de Cedric, Ron. Llegué a conocerla bien durante el tiempo que estuve con ellos. Pero el enemigo más feroz que tiene Hermione es su propia madre. La señora Granger es capaz de cualquier cosa con tal de fusionar las empresas de su familia con la empresa de los Diggory. Y si tiene que utilizar a su hija para ello…pues lo hace.

- Pero eso es…horrible. No me extraña entonces que los ojos de esa chica reflejen tanta tristeza. ¿Por qué nadie la ayuda?

- Porque no es asunto nuestro, Ron. Créeme, si pudiera, si hubiera alguna forma de ayudar a Hermione, me uniría sin más. Ella fue la única del grupo que se preocupó por mi cuando lo de Susan. Ella, que no tenia culpa de nada, que no sabia nada. Vino a mi casa, me abrazó y me consoló cuando yo quedé destrozado por la marcha de Susan. Incluso me pidió perdón por lo que había hecho Cedric. –Harry levantó la cabeza para mirar al pelirrojo. Ron se dio cuenta de que sus ojos verdes estaban húmedos.- Ron, me pidió perdón por ser la novia de Cedric. Me dijo que no podía hacer nada, que no podía evitarlo.

- Pero… ¿ella lo quiere?

- No lo creo. Su relación con Cedric siempre ha sido una obligación.

- Pero eso es… ¿Cómo puede una madre hacerle eso a su hija?

- Tú no conoces a la señora Granger. –sentenció Harry meneando la cabeza con resignación.

- ¿Te gusta esa chica? ¿Hermione?

- ¿Qué si…? ¡No! No, no podría. Quiero decir que es una chica guapa y atractiva, tiene mucha clase y todo lo que tú quieras. Pero yo no podría verla como algo más que una amiga. De vez en cuando hablamos juntos, siempre y cuando no nos vea Cedric. Nuestra relación se basa más en e-mails que otra cosa. Hermione es muy buena persona, pero no sería una chica de la que pudiera enamorarme.

- Ya, si. Entiendo lo que quieres decir. Es una chica muy muy guapa. –dijo Ron sin mostrarse demasiado entusiasmado. Carraspeó antes de proseguir.- ¿Y dices que no hay ninguna forma de que deje a ese tal Cedric? Quiero decir que si ella se enterase de que él se lía con otra, ¿no lo dejaría?

- Eso ya ha pasado, Ron, y todavía siguen juntos. Sospecho que Hermione esta obligada a aguantar, aunque no llego a entender muy bien la razón. Desde que murió su padre se ha vuelto más introspectiva. Él era la única persona con la que se la veía realmente feliz. Supongo que ahora la persona más cercana a ella es Pansy. –Harry bebió un trago de su cerveza y miró a Ron.- ¿Te interesa Hermione?

- ¿A mi? ¡Que va! –se obligó a reír Ron.- Es una chica que está fuera de mi alcance ¿no? Solo preguntaba porque sentía cierta curiosidad. Las cosas en Londres son muy distintas, además de que en mi antigua escuela yo era el popular. Así que las tornas han cambiado para mi y quería saber como son las cosas aquí.

- Ya.

- ¿Y tu? ¿Tienes novia? ¿O te interesa alguna chica?

Antes de que Harry pudiera contestar, escucharon la puerta de la casa abrirse y cerrarse con un estruendo. Lo que siguió después fue una retahíla incoherente de insultos y exclamaciones. Ron se bajó de la mesa y con las manos en los bolsillos entró despreocupadamente a la casa. Harry siguió a Ron, pero se quedó parado unos pasos atrás. Sus ojos verdes se quedaron paralizados al observarla. Parecía que si que había alguien allí arriba que le escuchaba. En el recibidor, colgando su bolso y quitándose el cabello mojado de la cara, Ginny Weasley echaba humo por los ojos. Estaba enfadada y sus mejillas pecosas hervían de indignación.

- ¿Qué te pasado, Gin? –le preguntó Ron intentando esconder una sonrisa. No convenía discutir con su hermana cuando tenía tal grado de enfado. La conocía lo suficiente como para saber que una Ginny enfadada era peor que su madre en el mismo estado.

- ¿Qué que me ha pasado? ¡¿Qué me ha pasado? –gritó Ginny mientras se abría paso por el pasillo y agitaba los brazos con teatralidad. Pasó por delante de Harry, pero ni se fijó en él. En esos momentos no se podía fijar en nadie.- ¡Tu amigo Dean! ¡Eso es lo que me ha pasado!

- ¿Dean?

- ¡Si! ¡Dean! El muy imbécil. ¡Argg! –caminaba de arriba abajo del salón. De vez en cuando se llevaba los brazos al cabello y lo escurría al tiempo que lo sacaba de su ángulo de visión.- ¡Me ha tirado al agua!

- ¿Cómo que Dean te ha tirado al agua? A ver, vamos por pasos, Gin. Explícame que ha pasado, pero ves paso por paso. Tranquilízate.

- ¡No puedo tranquilizarme! –espetó la pelirroja, aun así, respiró hondo y recomenzó su explicación.- Las chicas y yo habíamos ido al muelle para pasar la mañana y después teníamos pensado bajar un rato a la playa y sentarnos en la arena a hablar de nuestras cosas. Pero estando en el muelle ha llegado tu amiguito Dean con otro par de imbéciles y han comenzado a decirnos cosas. No se quien se cree que es, pero bueno. El caso es que después, sin previo aviso, han pensado que sería divertido tirarnos del muelle al agua. ¡Y lo han hecho!

- ¿Cómo? –esta vez fue Harry quien preguntó. Estaba horrorizado. ¿Quién en su sano juicio lanza a una muchacha indefensa desde un muelle hasta el agua? Se podría haber dado algún golpe, podría haber caído mal, darse con una roca en la cabeza…- ¿Estás bien? ¿No te ha pasado nada?

Ginny se quedó callada unos segundos mientras lo miraba. Era ahora cuando reparaba en él, en sus ojos verdes que la miraban con sincera preocupación. Y fue ahora cuando se dio cuenta de que estaba en medio del salón, empapada, con la ropa pegada a su cuerpo y salpicando de agua el suelo por el que pisaba.

- Si, estoy bien. Tan solo tengo un rasguño en el brazo, pero no es nada. –le aseguró Ginny y enseguida se volteó para dejar de mirarlo. Esos ojos verdes le provocaban mariposas en el estómago.- Ron, haz el favor de decirle a ese imbécil que no se vuelva a acercar a mí jamás. Sino él acabará encontrándome, y sabes que cuando me buscan y me encuentran…

- Lo se, Gin, lo se. ¿Seguro que estás bien? –Ron se acercó a su hermana y le miró el brazo. Había una parte de él que estaba furiosa con Dean por haberse metido con su hermana, pero luego estaba la otra parte que no dejaba de pensar en Hermione y en lo que Harry le había contado de ella.

- Estoy bien. –Ginny suspiró.- Supongo que lo mejor es que me dé una ducha y me cambie de ropa.

- Si, sube. –Ron observó como su hermana cojeaba un poco al andar.- Ginny, el tobillo…

- ¿Qué? Oh, es que cuando caí…-Ginny se mordió el labio inferior al mirar a su hermano de nuevo.- No es nada, Ron, aunque lo más seguro es que se me hinche dentro de media hora o así.

- Ese Dean…el lunes cuando lo vea en Hogwarts se va a enterar. –dijo Ron mientras iba hacia su hermana y la ayudaba a subir las escaleras.- Ahora bajo, Harry.

El moreno se quedó mirando como los dos hermanos Weasley desaparecían en la planta de arriba.

- Si, hay una chica que me interesa mucho. –murmuró a la nada.

-cambio de escena-

Pansy Parkinson estaba nerviosa, y eso no era muy normal en ella. Paseaba de arriba abajo en su cómoda habitación de paredes violetas. Encima de la cama había esparcidos más de dos docenas de vestidos, todos descartados después de haber sido probados con paciencia y esmero. Estaba desesperada, por primera vez en su vida no encontraba nada que le quedara bien. Y esa noche de sábado era sumamente importante para ella. Desde el curso anterior que se había ido fijando en Cormac. Al principio pensó que estaba completamente loca o que se trataba de un capricho pasajero, pero después de que durante el verano pasaran más tiempo juntos y solos, y después de comprobar lo solícito que se mostró él durante su resfriado…Pansy había terminado por enamorarse de él. Una información que no estaba al alcance de nadie, bueno, de Hermione. Pero Pansy sabía que podía confiar en Hermione.

Se miró su reloj de pulsera, se suponía que habían quedado en el centro en una hora más. Iban a ir todos juntos, como una pandilla, aunque Hermione y Cedric ya habían avisado de su ausencia. Pansy no estaba enfadada con la castaña, al contrario, la compadecía. Tener que aguantar a la señora Granger y a los Diggory para cenar iba a ser agotador. Pero nuevamente Hermione había demostrado ser como una hermana para ella al aceptar abandonar su casa por unos minutos para ayudarla en su difícil tarea. Se sobresaltó al escuchar el timbre de su teléfono móvil avisándole de que tenía un mensaje. Pans, la idiota de mi hermana se ha roto una pierna y estoy en el hospital con ella. No puedo ir al cine, lo siento. Lav tampoco va porque no quiere estar con Blaise. Divertíos el resto. Un abrazo. El mensaje era de Daphne, y Pansy suspiró con fastidio. ¿Ahora que se suponía que tenía que hacer? ¿Cancelar la salida?

Realmente Hermione subía escalafones en la pirámide de ángel que le estaba haciendo Pansy. La castaña entró justo en ese momento por la puerta de la habitación y la cerró tras de si. Con la espalda apoyada en la misma, miró el desorden que reinaba en la cama y sonrió. Lo hizo porque no era frecuente ver a Pansy nerviosa o ilusionada por algo. También sonrió porque no había sido nada fácil convencer al resto de miembros del grupo de que no fueran al cine esa noche. Hermione quería que esa fuera una especie de primera cita entre sus dos amigos, así pararían de jugar a las escondidas.

- Oh, Hermione es todo un desastre. Un desastre. –dijo Pansy caminado hacia ella con las manos en la cabeza. Su desesperación era palpable, y ese era otro aspecto nada común en ella.- Daphne no viene, su hermana se ha roto la pierna y está en el hospital con ella. Y Lav no quiere venir porque estará Blaise. Tampoco encuentro nada bonito que ponerme. Uno pensaría que teniendo un armario tan grande debería de encontrar algo, pero no. Me lo he probado todo, todo, Hermione. ¿Qué hago? ¿Llamo a todos y les digo que dejamos la salida para la semana que viene? –la morena hablaba muy deprisa y apretaba con fuerza el teléfono móvil en su mano derecha.

- Lo primero que tienes que hacer es tranquilizarte, no puedes acudir en este estado. –la castaña le puso las manos en los hombros al tiempo que le hablaba, era la única forma de asegurarse de que Pansy estaría atenta.- No vamos a cancelar la salida. No pasa nada porque seáis menos de los que había previstos.

- Pero, Hermione, va a parecer una cita entre Cormac y yo si somos la única…-Pansy se calló antes de decir la palabra que estaba pensando. Pero Hermione no pudo remediarlo, y con una sonrisa burlona la dijo.

- ¿Pareja? No pasa nada, Pans. Entre nosotras puedes decirlo.

- Ay, Herm, es que estoy tan nerviosa. Nunca antes me había pasado con un chico. Y encima es con Cormac. ¿Desde cuando me pongo yo nerviosa cuando salgo con Cormac? Llevamos saliendo en grupo desde hace más de seis años.

- Bueno, es que las cosas han cambiado mucho en estos seis años, ¿no? Cuando teníamos once años no estabas enamorada de él. Ni con doce, ni con trece, ni con catorce, ni con quince; ni siquiera con dieciséis. –le explicó Hermione dulcemente mientras removía entre el revoltijo de ropa que había esparcida por la cama. Fue descartando pantalones largos, camisetas de manga larga, abrigos, gorros de lana… Realmente Pansy tenía un problema si había sospesado la posibilidad de ponerse algo de eso en septiembre, con el calor que hacia.

- Piensas que soy una tonta, ¿verdad? Por enamorarme de Cormac. A veces lo pienso hasta yo. ¿Cómo he llegado a esta situación? –se sentó en la cama y se tapó la cara con las manos.- Tu sabes que podría tener al chico que quisiera. Y no es por vanidad, es que es verdad. Pero me he ido a enamorar del único que siempre me ha tratado como a una hermana. Soy un desastre.

- Primero: no pienso que seas tonta. Pans, en el corazón nadie manda, y es fantástico verte así de pillada por un chico. –Hermione se sentó en la cama a su lado y le pasó un brazo por los hombros.- Segundo: no creo que Cormac te haya tratado siempre como a una hermana. ¿No me dijiste que fue él quien te cuidó durante tu resfriado veraniego? Y además, habéis pasado mucho tiempo juntos este verano, y solos. Tercero: tu no eres un desastre, pero la que has montado encima de la cama si.-ese último comentario pareció devolverle el buen humor a Pansy que se rió como acostumbraba a hacer.

- Lo siento. Siento comportarme como una niña tonta.

- Tranquila, alguna de las dos tenía que hacerlo. –suspiró Hermione.- Y en vista de que la única que se va a enamorar vas a ser tu…pues espero que me cuentes todos los detalles de lo que se siente.

A las palabras de Hermione siguió un silencio que durante unos segundos fue incómodo para Pansy. La castaña ya había aceptado que esa era la vida que le esperaba, así que respiró con ligereza y se puso de pie. Comenzó a rebuscar de nuevo entre la ropa de Pansy; estaba decidida a encontrar algo veraniego entre ese montón incoherente de ropa. La morena se la quedó mirando durante unos segundos y se levantó también. Pero lo que Pansy hizo fue abrazar a Hermione por la cintura y pegar su cabeza en su hombro. Las muestras de cariño siempre habían sido fluidas entre las dos amigas, pero ese intempestivo abrazo tomó por sorpresa a la castaña.

- Gracias por ser mi amiga, Herm.

- Bien, ahora vamos a encontrar un vestido cómodo, bonito y sencillo para que puedas llevarlo esta noche. –siendo práctica, Hermione escondió la emoción que le había provocado el gesto de Pansy.- Tu mientras tanto ve a peinarte y maquillarte. No tenemos tiempo que perder.

- A sus órdenes, mi capitana. –tonteó Pansy mientras se llevaba una mano a la frente y la ponía en forma de visera. Después estalló a carcajadas y corrió hacia el cuarto de baño antes de que Hermione le lanzase uno de sus vestidos descartados.

Así fue como después de media hora de fructuoso trabajo, Hermione dejó a una Pansy serena y lista para su cita con Cormac. La castaña le había buscado unos finos pantalones negros que le llegaban hasta la rodilla e iban conjuntados con una blusa del mismo color azul que sus ojos. En el cabello se había hecho un recogido desenfadado, y entre sus manos retorcía la cuerdecilla del pequeño bolso de cuentas. Habían quedado ya en el centro, por lo que Pansy había sido la primera en llegar y ahora le tocaba esperar. Se sentó en uno de los bancos que había en el paseo marítimo y subió la cabeza para contemplar el cielo. Desde pequeña era algo que la tranquilizaba. Y esa noche la luna brillaba con un significado especial para ella. Apenas había brisa, pero nuevamente haciendo caso a Hermione, Pansy llevaba colgada del brazo una chaqueta de mezclilla de color negro. Se miró el reloj de pulsera y consultó su teléfono móvil. Pasaban de las ocho de la tarde-noche y no tenía ningún mensaje. Suspiró y bajó la cabeza hacia el suelo.

- Hola, siento el retraso, pero es que…-Cormac llegó corriendo y respirando aceleradamente. Se detuvo delante de Pansy, cogió aire y miró alrededor.- ¿Dónde está todo el mundo?

- Daphne está en el hospital con su hermana, Lavender no viene porque no quiere ver a Blaise y Hermione tenía cena en casa con los padres de Cedric. –explicó Pansy con calma y sin atreverse a mirarlo directamente. Cuando lo hizo, se dio cuenta de que estaba muy guapo con sus pantalones piratas en color caqui y su camisa blanca.- ¿Has venido solo?

- Si, bueno…-Cormac se llevó la mano izquierda hacia la cabeza y se rascó la nuca. Acababa de darse cuenta de que finalmente serían solo ellos dos para ir al cine y que eso se asemejaba demasiado a una cita. Una primera cita.- Blaise no viene porque Lavender no viene. Luna está fuera de la ciudad y Draco tiene grastrointeritis. Por eso he tardado un poco más, porque me he parado en su casa unos minutos a ver como estaba. ¿Llevabas mucho tiempo esperando?

- No, no. Solo hacía unos segundos que me había sentado.

- Ah, bueno. –Cormac bajó las manos y se las metió en el bolsillo del pantalón.- Supongo que deberíamos de ir tirando si no queremos perdernos la película.

- Si, claro. –Pansy se levantó bastante arrebolada. Tampoco había pasado por alto para ella que la salida se había reducido a ellos dos. Su corazón latía tan acelerado que era una suerte que Cormac no lo hubiera escuchado. La morena agarró con fuerza su bolso de cuentas y comenzó a caminar al lado del rubio.

- Por cierto, estás muy guapa esta noche. –comentó Cormac después de mirarla fugazmente. Él también sentía algo por Pansy, aunque no estaba seguro de que era exactamente. Durante el verano había aprendido a verla de manera diferente, a ser feliz cada vez que escuchaba su risa y a hablar de casi cualquier cosa.

- Gracias. –la morena carraspeó y rogó al cielo porque la voz no le fallase.- Supongo que siendo solo dos será más fácil ponerse de acuerdo con que película vamos a ver.

- Umm, eso depende. ¿Qué película quieres ver tu? –cuando Cormac le preguntó ya estaban delante de la cartelera del cine que había junto al paseo marítimo. Su pregunta la acompañó de una mueca de sufrimiento que hizo reír a Pansy.

- Tranquilo, no voy a llevarte a ver "El diario de Bridget Jones". Hermione y yo la vimos la semana pasada. –Pansy se cruzó de brazos y después de estudiar la cartelera, añadió.- Realmente me da igual, así que elige tu.

- ¿Enserio? Mira que a mi me gustan las películas de terror, eh. –intentó provocarla él y la miró con su encantadora sonrisa de niño travieso. Pansy sentía especial adoración por el hoyuelo que se le marcaba en la mejilla derecha.

- No soy una chica especialmente miedosa, pero…-dejó de mirarlo a él y notó como el rubor teñía de nuevo sus mejillas-…si me aseguras tu hombro para las escenas fuertes, no me importará verla.

- Realmente verías "Alien vs Predator" tan solo por complacerme. –afirmó Cormac bastante tocado.- Eres una chica fuera de lo normal, Pansy. Y tan solo por eso…creo que esta noche iremos a ver "Wimbledon". Se estrenó ayer mismo, así que no creo que la hayas visto.

- Eso es una comedia romántica. –le recordó ella. La verdad es que tenía muchas ganas de ver esa película, pero no se había atrevido a proponérsela por miedo a que pensase que era una romántica y sentimental. Pansy no sabía que era eso precisamente lo que a Cormac más le gustaba de ella.

- Lo se. –aseveró él mientras iba hacia la taquilla y pedía dos entradas para dicha película.

Se sentaron hacia la mitad, ni muy delante ni muy atrás. Había bastante gente, aunque en su mayoría eran parejitas adolescentes que se sentaban en las últimas filas a darse el lote. Pansy particularmente no entendía esa actitud. Si ella quisiera besarse sin cesar con su novio, se habría quedado en casa disfrutando de la comodidad del sofá o incluso de su cama. Cormac también pensaba que era una tamaña gilipollez pagar por una película que no iban a ver. Observó de reojo a Pansy y le gustó el detalle de que sus asientos estuvieran tan juntos que sus brazos se rozaban al más mínimo movimiento. La morena puso la bolsa de palomitas, que Cormac había insistido en comprarle, entre los dos y le invitó a que comiera. Durante unos segundos se quedaron mirando a los ojos, pero justo cuando los labios del rubio comenzaban a moverse para decir algo, las luces se apagaron y comenzó la proyección de la película.

Pansy estaba muy nerviosa, tanto que no atinaba a disfrutar de esa película en la que entraban en conflicto el deporte y el amor. No importaba, lo más seguro es que durante la semana fuera con Hermione a verla y entonces si que le prestaría atención. Pero esa noche no. Se sentía demasiado cerca de Cormac. Y ya más de una vez sus manos se habían rozado y entrechocado cuando habían ido a la vez a coger palomitas de la bolsa. Pansy luchaba contra si misma, contra la Pansy que opinaba que todo aquello era una ridiculez y que estaban actuando como si tuvieran ocho año y no diecisiete. Pero es que Cormac le hacia sentir tantas cosas y sabía tan poco de lo que él sentía por ella. Eso la ponía en una situación vulnerable, y Pansy Parkinson nunca había estado en esa posición anteriormente.

Cormac, por su parte, estaba disfrutando más en observar de reojo a Pansy que de la película. Tampoco es que la trama fuese demasiado complicada: chico conoce a chica, se enamoran y empiezan los problemas hasta que llega el final y terminan juntos y felices para siempre. El mismo coñazo de siempre. Pero por Pansy, Cormac era capaz de tragarse esa película y cien más. Estaba pensando en como poco a poco la morena se había ido metiendo en su corazón, como había ido dándose cuenta de que sus mejores momentos eran en los que ella también estaba o en como su bienestar se había convertido en una de sus prioridades. Cormac sentía que se estaba enamorando de ella y eso le asustaba y maravillaba por igual. No habían compartido sus pensamientos con nadie más, porque al fin y al cabo era un tío. Y los tíos no hacen eso.

- ¿Quieres más coca-cola? –le preguntó hacia la mitad de la película cuando Pansy se removió en su asiento. ¿Estaría incómoda?, se preguntó Cormac a si mismo.

- No, gracias. –Pansy se mordió el labio inferior y se agachó aun más en su asiento.- Es que tengo que ir al baño.

- Ah, vale. Pues ve. –dijo Cormac soltando todo el aire que había ido conteniendo sin darse cuenta. Tener una cita con la chica que te gustaba era mucho más difícil de lo que la gente se imaginaba. Se pasó las manos sudadas varias veces por las rodillas en un acto de devolverles su estado normal.

- ¿De verdad? ¿No te importa? –Pansy pareció aliviada.

- Claro que no. No pienso moverme de aquí. Te contaré lo que suceda en la película.

- Gracias, eres un sol. –afirmó Pansy y se levantó rápidamente. La verdad es que no tenía que usar el baño con tanta presteza, pero era la única excusa plausible que había encontrado para alejarse de Cormac durante unos minutos. Las razones eran varias, pero se podían resumir en dos: estaba a punto de volverse loca por tenerlo tan cerca y no poder tocarlo, y tenía que hablar urgentemente con Hermione. Así que cuando arribó al baño, lo primero que hizo fue buscar el teléfono móvil en su bolso de cuentas y marcar el número de Hermione.- ¡Hermione!

- ¿Qué pasa, Pans? –preguntó la castaña al otro lado de la línea. Estaba tumbada en su cama con un libro en las manos y una música relajante de fondo. Sonrió al notar el tono ansioso de la voz de Pansy. Todo había salido a pedir de boca.- ¿Estás bien, cielo? –pero tenía que fingir que no sabia nada.

- Si, si. Bueno, no. –Pansy tomó aire mientras caminaba de un lado a otro del baño.- Estoy en el cine, con Cormac. Solo con Cormac, no se que ha pasado que todos se han rajado y ninguno ha podido venir. Hermione…esto es como una cita a ciegas. No se qué hacer, estoy muy nerviosa y él…él es cada minuto más maravilloso y…

- A ver, tranquilízate, Pans. ¿Dónde está Cormac ahora?

- En la sala de cine, yo estoy en el baño. Pero es que tenía que hablar contigo; estoy bloqueada, Hermione.

- No, no lo estás. Todo va a salir bien, Pans. Cormac y tu ante todo sois amigos ¿no? Pues comportaos como tal y lo demás ya vendrá.

- Pero es que… Herm siento unas ganas tremendas de cogerle de la mano, solo eso. Pero no me atrevo. ¿Y si él la retira? Entonces querré morirme y me encerraré en mi habitación para siempre jamás. No volveré a salir y me convertiré en una vieja decrepita y amargada que le teme a la luz del sol y que…

- ¡Pansy! Para el carro, cielo. No va a suceder nada de eso. –rió Hermione.- Ahora escúchame. Vas a colgar este teléfono y vas a volver con Cormac a la sala de cine. Comportarte normal. Te sientas a su lado y sigues viendo la película. ¿De acuerdo? Y deja que lo que tiene que suceder suceda ¿si?

- Ay, Hermione, ¿y si sucede lo contrario de lo que yo quiero?

- Pansy…

- Está bien, está bien. Ya me voy. Gracias por aguantarme. Te quiero. –dijo Pansy antes de colgar el teléfono y guardarlo de nuevo en su bolsito de cuentas. Se dio la vuelta y se miró su reflejo en el espejo. Abrió el grifo del lavamanos y se echó un poco de agua en la nuca, en el cuello y en las mejillas.- Actuar normal, actuar normal. Somos amigos, somos buenos amigos. Si algo tiene que suceder ya sucederá. –se repitió a si misma y salió del baño con renovada emoción.

- ¿Todo bien? –preguntó Cormac cuando Pansy se sentó de nuevo a su lado. Se había pasado esos minutos pensando en ella, así que rogaba porque la morena no le preguntase que había pasado en la película. Le habría gustado cogerla de la mano, sentir su piel contra la suya, sentir su respiración más cerca, pero de momento se conformaba, no sin esfuerzo, con tenerla sentada a su lado.

- Si, perfecto. –Pansy le otorgó una fugaz sonrisa antes de volver sus ojos hacia la pantalla, aunque no su atención. Cormac se la quedó mirando unos segundos más y después, obligado por el decoro y las circunstancias, también posó sus ojos en esos personajes de película que ya no sabía ni que finalidad tenían.

Como era de esperar, cuando la pareja protagonista se besó delante de todo Wimbledon, llegó el final. Las luces de la sala de cine se encendieron y con ellas volvieron los nervios en el estómago de Pansy. Seguramente, Hermione le habría rectificado que eran mariposas, pero Pansy solo podía pensar en que estaba muy nerviosa. ¿Qué se suponía que iban a hacer ahora? Porque si hubiera ido toda la pandilla como tenían planeado, seguramente habrían ido a hacer un poco el tonto a la playa y comentar la película. Pero siendo Cormac y ella solos…seguramente el rubio daría por terminada la cita y cada uno se iría a su casa. Tal vez por eso su sorpresa fue mayor cuando al salir del cine, Cormac le propuso que fueran a dar un paseo por los alrededores.

La luna seguía estática y majestuosa en su lugar del firmamento. La brisa del mar había arreciado y enviaba un aire frío que envolvía los cuerpos de los escasos habitantes de Plymouth que habían decidido, como ellos, disfrutar de un paseo nocturno. Pansy y Cormac caminaban por el paseo empedrado en armonía y silencio absoluto. No era un silencio incómodo, sino más bien contenido. Ambos sabían que si hablaban acabarían diciendo cosas que en ese momento les aterraban y confundían por igual. Sin embargo, no se puede dar un paseo con otra persona sin expresar ninguna emoción al respecto, así que el rubio fu el encargado de romper el hielo.

- Hoy me lo he pasado estupendamente. –declaró mirando a Pansy y esgrimiendo su pícara sonrisa.

- Si, yo también lo he pasado bien. –dijo la morena más tímida de lo que Cormac habría podido llegar a pensar. Vio como su pequeño cuerpo se estremecía con la llegada de un brote de aire frío.

- ¿Tienes frío? –era una pregunta tonta y lo sabía, pero ahora que habían comenzado a hablar de nuevo, no quería que sus palabras cayesen al vacío. Y si tenia que preguntar una obviedad para evitarlo, pues lo haría. Sin añadir nada más, Cormac le cogió de las manos la chaqueta de mezclilla y le ayudó a ponérsela. Sus manos rozaron el cuello de Pansy al intentar colocarle mejor el cuello, y ambos sintieron como un chispazo. Se miraron a los ojos: azul zafiro y marrón caoba.

- Gracias. –dijo Pansy sin dejar de mirarlo y sin dejar de sentir que en cualquier momento el corazón se le saldría por la boca. Cormac volteó un instante la cabeza y volvió a mirarla con su siempre adecuada sonrisa.

- ¿Sabes qué? Me siento como en una canción de los Beatles, y la verdad es que es una sensación de lo más estúpida. –comentó sin quitarle los ojos de encima. Se regodeó con la pequeña confusión que asoló el rostro de Pansy.

- ¿Me estás hablando de los Beatles? ¿Tu? ¿Ahora?

- Si, bueno, es que son un clásico.

- ¿Y qué canción es esa?

- I wanna hold you hand (quiero cogerte de la mano). Y ahora si que me siento un completo estúpido.

- ¿Porqué?

- Porque no se si tu sigues la letra como yo.

- Realmente el romanticismo no es tu fuerte, eh. –Pansy lo miró sonriendo.

- Lo se. –suspiró él.

- Lo estás haciendo bien, Cormac.

- ¿De verdad?

- Mira mi mano. –Pansy tenia la palma de la mano abierta y extendida, esperando ese contacto.- La verdad es que me he pasado toda la película pensando lo mismo que tu.

- Vaya par de tontos ¿no? –preguntó Cormac aun sin coger la mano de la morena.

- La verdad es que si. –rió ella.

- Me encanta cuando te ríes. –dijo Cormac y por fin la cogió de la mano.

-cambio de escena-

Hermione sentía físicamente como Cedric entraba y salía de su interior. Sus gemidos no eran fingidos, ni tampoco su excitación, que hacia que el roce fuera más fácil. El castaño sabía muy bien lo que hacía y poseía un cuerpo digno de admiración. Pero más allá de todo eso, Hermione no sentía nada. Cedric no era capaz de llegar a su corazón y comenzaba a preguntarse si alguna vez lo había hecho. Desde el principio lo suyo había sido algo inevitable y natural, esperado por todos. Su madre estaba encantada y no perdía ocasión en decirle a todo el mundo la unión tan ventajosa que sería para las empresas Granger y para la familia Diggory. Los padres de Cedric también estaban entusiasmados con ella. Cedric no parecía tener problemas… Todos estaban contentos excepto Hermione. Nadie tenía en cuenta sus sentimientos o lo que ella quería.

Era como estar en un pozo de arenas movedizas. Cada movimiento, cada pensamiento en falso hacia que te hundieras a un más. Era como esperar una muerte lenta y llena de agonía, un final que sabías que tarde o temprano llegaría. Así era como se sentía Hermione la mayor parte del tiempo que pasaba con Cedric. El castaño era una burda burla del destino, un lobo con la belleza de los dioses griegos. Pero Hermione se ahogaba a su lado, notaba como su estómago se contraía de tal manera que terminaba haciéndole daño. Quería gritar de dolor, de frustración; simplemente gritar. Pensó en como serían las cosas si tan solo su padre no hubiera muerto, pero de seguro se encontraría en la misma encrucijada.

Cedric alcanzó su clímax y se derrumbó encima de Hermione. Nunca le había preocupado si ella llegaba también a la cima del placer o no. Y eso no significaba que fuera un mal amante, simplemente que era un amante egoísta. El castaño respiró hondo recuperando el aliento y una gota de sudor de su frente cayó en el hombro izquierdo de Hermione. Cedric se congratuló mentalmente por la faena que acababa de hacer, y tras darle un beso en la frente a la castaña, se salió de encima suyo y se dio la vuelta para dormir. Nada. Ninguna caricia, ninguna palabra bonita, ningún gesto cómplice. Nada que evidenciara que entre los dos había algo, algo especial. Así habían terminado siendo sus relaciones sexuales, mera rutina. Pero no siempre había sido así. Hermione recordaba como al principio Cedric era más cariñoso y tierno, como se había preocupado por ella cuando lo hicieron por primera vez. Pero aquello parecía muy lejano, a pesar de que tan solo habían pasado seis meses.

Hermione agarró con fuerza la sábana blanca y la subió para cubrirse hasta el cuello. Se sentía tan vacía, tan miserable. No entendía como Cedric aceptaba de tan buena gana la farsa en que se había convertido su relación. Pero Hermione se esforzaba, se esforzaba mucho. A pesar de que tenía la certeza de que nunca podría amar a Cedric, ella lo intentaba. Una lágrima se deslizó por cada una de sus mejillas; eran lágrimas de tristeza e impotencia a partes iguales. Hacia ya muchas noches que había dejado de preguntarse porqué a ella. Porqué le había tocado vivir esa vida a ella. Y lo peor de todo era tener que aguantar los flirteos de Cedric con otras chicas, como Millicent. Pero Hermione sabía que había muchas más.

Tan pronto como escuchó los ronquidos pausados de Cedric a su lado, la castaña suspiró, se destapó y salió de la cama. La desnudez de su cuerpo se vio reflejada por el brillo de la luna que entraba por la ventana entreabierta. Hermione fue hasta el armario y con cuidado lo abrió para sacar un camisón, una bata y ropa interior. Después se metió en el cuarto de baño y abrió los grifos de la bañera. Su vista era nublada por cientos de lágrimas que aparecían sin ningún pudor o contención ya. El ruido del agua ahogaba sus sollozos. Entró a la ducha y se apoyó en la pared con las manos tapando su cara. Se dejó caer hasta que estuvo sentada en el suelo, con el agua cayendo a su alrededor. Allí, en la soledad de su cuarto de baño, Hermione dio rienda suelta a su sufrimiento.

¿Cómo había llegado a ser tan desdichada? Desde que murió su padre las cosas no habían dejado de ir de mal a peor. Y Hermione se sentía como ese pajarillo que tiene una jaula de oro y todas las comodidades que el dinero puede contar, pero que no puede salir de la jaula. Está encerrado en ella, abocado a ver la vida pasar. Así era como se sentía Hermione la mayor parte del tiempo. Su vida era una carrera de obstáculos entre las arenas movedizas y la jaula de oro. No había compartido nada de esto con nadie, ni siquiera con Pansy. Se habría sentido sumamente ridícula al segundo siguiente de haber pronunciado las palabras. ¿Cómo alguien que lo tiene todo se puede sentir tan desdichada? ¿Era una inconformista? ¿Una malcriada? Eso es lo que Hermione imaginaba que diría el resto si se enteraba de sus verdaderos sentimientos en cuanto a su vida.

Cuando salió de la ducha, se arrebujó en una de las toallas de algodón egipcio que su madre insistía en comprar. El cuarto de baño se había llenado de vaho y ella se sentía un poco mareada después del berrinche. En su cabeza parecía que se estaba librando una lucha a capa y espada. Se puso delante del espejo dorado que había sobre el lavamanos, y con su mano misma limpió el vaho. No reconoció a la persona que le devolvía el reflejo. Le llamaron la atención los enrojecidos e hinchados ojos, la mueca de disgusto de su boca con las comisuras hacia abajo, la gota de lágrima o agua que colgaba de la punta de su nariz, la blancura mortecina de sus mejillas. Definitivamente, esa no era Hermione Granger.

Se vistió; se puso el camisón y la bata, y se cepilló el cabello mojado. Pero no regresó a su habitación, a su cama, donde estaba Cedric. Esa noche, Hermione necesitaba algo que la reconfortara. Podría haber llamado a Pansy y se habrían tirado dos o tres horas al teléfono. Hermione sabía que a la morena no le importaría si con eso la ayudaba. Pero entonces tendría que contárselo todo y eso era algo que no se podía, ni quería, permitir. Así que bajó a la cocina, se sirvió un vaso de leche y volvió a subir. No se detuvo en la primera planta, tampoco en la segunda, sino que siguió subiendo hasta el ático.

La habitación del ático era el rincón preferido de Hermione. Allí estaban guardados cientos de recuerdos y disponía de la soledad que una persona como ella necesitaba. También disfrutaba del pequeño balcón en forma de media luna y con baranda de hierro forjado con motivos de fantasía. Había sido uno de sus caprichos de pequeña al cual su padre había transigido. Fue él mismo quien supervisó el trabajo y la posterior colocación. Hermione estaba muy unida a su padre, era su mejor amigo, la persona en quien más confiaba. Pero el señor Granger había muerto dos años atrás al sufrir un inesperado y fulminante ataque al corazón. Hermione todavía se sentía devastada por su pérdida.

Dejó el vaso de leche, todavía intacto, encima de una mesilla redonda de caoba que había en un rincón. Estaba profusamente arreglada con un tapete de hilo blanco y un jarrón con tulipanes rojos en el centro. En casa de las Granger nada fallaba, ni siquiera en el ático. Pero Hermione no se sentó en la silla a contemplar por la ventana la inmensa luna llena que se veía en el cielo. Se sentó en el suelo, cerca del arcón que contenía los álbumes de fotos. Siempre que estaba triste, sacaba las fotografías suyas y de su padre, se deleitaba viendo lo felices que eran, y en su corazón el recuerdo de aquel hombre entrañable y bueno crecía. Así era como Hermione superaba sus malos momentos. Y así fue como Hermione superó ese momento de autocompasión. Sacó uno de los álbumes de cuando era pequeña y contempló las fotografías con deleite y cariño reverencial. Pasó los dedos de su mano izquierda por esos pequeños trozos de tinta y papel. Acarició el rostro de su padre con la misma cadencia que si fuera su piel de verdad. Suspiró. El ladrido de un perro se escuchó en la calle, pero nada más perturbó el silencio de la noche.

Hermione se apoyó en la base del viejo arcón de madera de pino. Estuvo durante más de media hora mirando las fotografías, hasta que una consiguió robarle un recuerdo del día en que fue tomada. Se arrellanó mejor en el suelo y cerró los ojos. Al instante una sensación de calidez envolvió su cuerpo. Ya no era una chica de diecisiete años, ya no tenía responsabilidades, ya no vivía con esa opresión constante en el pecho. No. Ahora volvía a ser aquella niña de mirada inteligente, trenzas y sonrisa mellada.

"Matthew Granger era un hombre feliz y estaba absolutamente encantado con su pequeña hija Hermione de cinco años de edad. Hacia ya mucho tiempo que había asimilado que no tendría más hijos; su esposa se lo había dejado bastante claro. Pero Matthew había encontrado en Hermione a aquella personita por la cual estarías dispuesto a hacer cualquier cosa. Era un padre amoroso y atento, por lo que la pequeña castaña lo quería con locura.

Aquel día era el cumpleaños de Hermione y habían decidido hacer una fiesta por todo lo alto en el jardín. Había globos, serpentinas, mesas con manteles de topos, un mago, un teatro de marionetas… Nada era suficiente para agasajar a su pequeña. La ausencia de la madre de la niña no empañaría la celebración. Hermione estaba contenta de que su padre fuera el que se quedaba en casa y su mamá la que viajaba todo el tiempo. Jane Granger nunca había demostrado tener instinto maternal, en cambio si que tenía mucho instinto empresarial. Por eso, nada más casarse se había hecho con el mando completo de las empresas Granger. A Matthew no le había importado, nunca había querido el puesto de presidente y lo había obtenido de rebote al morir su hermano mayor. Ahora todo el patrimonio era de ellos. Pero Matthew solo quería tener una familia, era todo cuanto quería.

- Papá, papá…-la pequeña Hermione montada en el lomo de un pequeño poni le saludaba con la mano mientras él tomaba fotografías sin parar. Solía decirle a Hermione que las fotografías eran capaces de hacer que un día triste fuese feliz. Allí quedaba plasmado siempre un momento que no se volvería a repetir.

- ¿Te gusta el poni, cariño? –le preguntó con una sonrisa en su castaño rostro. Su hija se parecía más a su esposa, al menos físicamente, porque lo demás, lo que tenía en su interior, lo había sacado de él. Aun así, Matthew tenia que reconocer que no podía ser más hermosa.

- Siii. ¿Podemos quedárnoslo?

- Bueno, no creo que a tu madre le gustara regresar de Nueva York y encontrarse un poni en casa, cariño. No es una buena idea. –Matthew dejó la cámara a un lado y se acercó a su hija que hacia un puchero con sus morritos.

- A mamá no le gusta nunca nada. –afirmó Hermione, y no le faltaba razón. Se agarró con fuerza a los brazos de su padre y dejó que la bajara del poni. Matthew la abrazó tiernamente contra él y le dio un beso en la frente.

- Hermione, cariño, eso no es cierto. A mamá le gusta mucho estar con nosotros, es solo que es una mujer muy ocupada.

- ¿Podemos tener un perrito? ¿O un gato? ¡Sii, papi, un gatito! ¡Quiero un gatito! Si a mamá le gusta estar con nosotros y a nosotros nos gusta estar con el gatito, a mamá le gustará estar con nosotros y con el gatito. –pensó Hermione arrugando la frente mientras lo decía muy deprisa.

- Hermione…-Matthew no quería decirle a su hija que Jane nunca consentiría tener un gato merodeando por la casa. Casi había tenido que suplicarle para que le diera un hijo. Se preguntó cómo había llegado a esa situación, pero después miró a Hermione y sonrió ampliamente. Era la niña de sus ojos y él se enorgullecía de poder decirlo.

- Quiero subir al poni otra vez, papi. –pidió Hermione y cuando lo estuvo, agarró con fuerza el brazo de su padre impidiéndole que se marchara. Miró al chico que guiaba al animal y le dijo con su mejor vocecita de niña buena.- ¿Puedes hacernos una foto a mi papá y a mi con el poni?

- Claro. –dijo el chico escondiendo una sonrisa. No debía de tener más de dieciséis años, pero a Hermione le parecía que era un adulto ya. El chico cogió la cámara que Matthew había dejado encima de la mesa.- Decid: "Luis".

- ¡Luiiiiiisssss! –gritó Hermione enseguida mientras su sonrisa mellada salía a la luz.- Papi, tu no dices: Luis. Vamos, dilo.

- Está bien, lo diré contigo. –rió Matthew.

- ¡Luuuiiiiiissssss! –dijeron los dos y el chaval hizo la fotografía

- Te quiero mucho, papi. –Hermione abrazó con fuerza a Matthew y le dio un beso en la mejilla.."

Doce años después, Hermione sostenía la fotografía de su padre, el poni y ella entre las manos. Había regresado de su viaje hacia el pasado y ciertamente se sentía mucho mejor. Su padre tenía razón al afirmar que las fotografías eran poderosas. Si bien la tristeza no se había ido de su corazón, ahora la rodeaba un aura de calma y ternura que solo el rostro de su padre era capaz de provocarle. Se llevó la fotografía hasta el pecho, justo encima del corazón y la colocó allí con cuidado. Habían pasado dos años desde que Mattew había muerto, y no había pasado ni un solo día en que Hermione no lo echara de menos.

Hermione no bajó de nuevo a su habitación. Se estiró en el suelo del ático y tapada, tan solo, por su bata blanca, se durmió. Durmió cerca del único hombre que la había querido de verdad y la hacia sentir segura.

-cambio de escena-

- Ron, por favor, ¿puedes sacar la basura? –pidió la señora Weasley desde la cocina. Estaba acabando de recoger los platos de la cena y se disponía a meterlos en el lavavajillas mientras su esposo adecentaba la mesa del comedor. Ginny se había perdido en su habitación para hablar con su nueva amiga Parvati, y el pelirrojo era el único a mano.

Si hubiera sido otro día, Ron se habría negado sin ninguna razón de peso aparente. Habría dicho simplemente que no, con las manos en los bolsillos y habría tomado la dirección contraria a la cocina. Pero ese día estaba de buen humor. Gracias a Harry había descubierto algunas cosas de la chica misteriosa. Aquella que había conseguido captar su atención y embrujarlo el domingo anterior. Era la misma chica que estaba en las pruebas del equipo de baloncesto a las que se había presentado su hermana. Y Ron había corroborado que si aun no se había enamorado de ella, estaba en el camino de hacerlo. Lo sabía, y por eso no podía borrar la sonrisa de tonto que tenía en la cara.

Cogió la bolsa de la basura con gesto cansino, tampoco convenía mostrarse muy entusiasta, y se encaminó al jardín trasero, donde estaba el cubo verde. A la mañana siguiente los trabajadores de la limpieza lo recogerían. Salió de la casa, contento por poder respirar ese alud de aire puro. Porque si algo tenía Plymouth, y ningún tonto podría negar, era ese ambiente puro y costero. Londres pecaba de demasiada polución. Aunque Londres no dejaba de ser Londres, su hogar. Bajó las escaleras arrastrando los pies y sin prisa alguna. Llevaba la bolsa cogida con una mano, sin esfuerzo alguno.

El cubo verde estaba pegado a la verja que separaba su jardín del contiguo. Subió la cabeza para mirar la casa, pues hasta ese momento no había reparado en ella o no había llamado su atención lo suficiente como para fijarse. Era una casa bonita, decidió. Aunque tal vez demasiado grande. Sin duda era la más grande de la calle. De color amarillo pálido, los marcos de las ventanas eran blancos, así como el tejado y el rebozado de ladrillos de las dos chimeneas que alcanzaba a ver. Las luces de la planta baja estaban encendidas, las dos plantas superiores permanecían a oscuras.

Ron se estaba preguntando quién viviría en aquella mansión cuando su curiosidad fue satisfecha, y en más de un sentido. Escuchó voces que provenían de la casa en el mismo momento en que levantaba la tapa del cubo verde para tirar la bolsa. Se quedó estático unos segundos y aguzó el oído a ver si pillaba alguna frase o palabra.

- ¡Hermione! No te vayas cuando te estoy hablando. Tu abuela Cicely quiere saber si tú y Cedric anunciaréis vuestro compromiso en su aniversario. Pienso que sería el momento ideal, una unión muy ventajosa para el Imperio Granger. ¡Hermione! ¡Hermione!

Hermione salió de su casa dando un portazo y con lágrimas en los ojos; tenía ganas de ponerse a gritar de rabia y frustración. Nuevamente había discutido con su madre, y nuevamente había sido por lo mismo. A Jane no le interesaba lo que pensaba o quería su propia hija, solo miraba el interés del Imperio, como acostumbraba a llamarlo. Con molestia, se llevó una mano a la mejilla y detuvo el goteo de lágrimas por su piel. Nunca le había servido de nada llorar. Con la otra mano sacó un paquete de cigarrillos que llevaba en el bolsillo trasero del pantalón y se encendió uno. Dio una calada rápida y respiró esperando la calma. Se apoyó en la verja que separaba su jardín del de al lado y cerró los ojos.

El pelirrojo, que había estado todo el tiempo en silencio y estático al otro lado de la verja, no sabía qué hacer o decir. Por un lado no podía creer su suerte. Precisamente ella, ELLA, vivía en la casa de al lado. La chica de sus sueños. Suspiró. Ese pequeño detalle se le había olvidado a Harry. Pero así había sido mejor la sorpresa. Y por otro lado, no llegaba a entender como alguien podía hacer daño a una criatura tan perfecta como ella. Porque las lágrimas que salían de sus ojos le confirmaban que estaba dolida, con su madre, seguramente.

El humo del cigarrillo fue echado hacia atrás por una pequeña ráfaga de aire que también agitó los cabellos castaños de Hermione. Ron tosió y agitó la mano para apartar las partículas de tabaco. Sorprendida, la castaña se dio la vuelta y lo estudió con sus ojos ambarinos. Ese cabello rojo le sonaba, pero estaba tan ofuscada que no encontraba la respuesta. Al día siguiente recordaría quién era. Ron, lejos de amilanarse con la mirada felina, le obsequió con una sonrisa.

- Hola. –la saludó levantando la mano como un tonto, pero estaba demasiado feliz de poder hablar con ella.

- ¿Y tu qué narices quieres? Déjame en paz. –ella volvió a llevarse el cigarrillo a la boca disgustada y de nuevo el humo le dio de lleno en la cara al pelirrojo, que tosió. Se la quedó mirando, sospesando su suerte y decidió que después de todo, no era el mejor momento para ella.

- Lo siento. No pretendía…incomodarte. –dijo bajando la cabeza y dispuesto a darse la vuelta. Nadie es perfecto, y "su chica" tenía mucho carácter, eso ya lo había notado el domingo, además de que fumaba, tendría que quitarle ese vicio.

- Oh, Dios mío. –se llevó una mano la frente y movió la cabeza; después suspiró.- Lo siento, perdóname tu a mi. He tenido un día muy duro y no sé ni lo que digo. Habrás pensado que soy una grosera y una maleducada.

- No, no lo he pensado. –Ron se metió las manos en los bolsillos y se detuvo a mirarla, una vez más. No se cansaba de mirarla, sobretodo sus ojos ambarinos, que tenían algo que lo atraía de una manera misteriosa.- Me di cuenta de que estabas pasando por un mal momento.

- Toda mi vida es un mal momento. –hizo una mueca que pretendía ser una sonrisa triste. A continuación, se dejó caer en el césped y apoyó la espalda en la verja de hierro verde.

- Lo siento. –dijo Ron imitándola y sentándose de la misma forma en su lado de la verja. De ese modo, estaban los dos más cerca que antes y podían mirarse a la cara.

- Yo también. –el cigarrillo volvió a sus labios, pero esta vez, ella volteó la cabeza hacia el otro lado para echar el humo.- ¿Eres nuevo? Nunca te había visto antes por aquí. –ella todavía no había caído en que era el chico que había en las gradas mientras hacían la prueba de baloncesto.

- Si. Nos mudamos el domingo desde Londres.

- Vaya. No sé quién estaría tan loco como para abandonar Londres por Plymouth.

- Mis padres lo están. –recogió las piernas de manera poco elegante y dejó caer la cabeza hacia atrás contra la verja.- Dicen que es por mi bien y el de mi hermana.

- Por nuestro bien…los padres suelen decirlo muy a menudo. Cuando en realidad solo les interesa su propio bien, el buen funcionamiento de la empresa, lo que dirá la gente y quedar bien con la prensa. –opinó ella de forma amarga.

- Bueno, yo…-Ron estaba molesto con sus padres en ese momento, pero no podía aplicar lo que había dicho la castaña. Lo suyo habían sido malentendidos de adolescente, pero sabía que sus padres lo querían y se preocupaban por él.

- Perdona, me he dejado llevar y estaba hablando de mi madre solo. No sé cómo son tus padres.

- Supongo que como todos los padres. Un coñazo pero en el fondo no sabría vivir sin ellos. –suspiró.- Espero que no me haya escuchado mi hermana, sino ella me hará la vida imposible. –añadió con una medio sonrisa, pero la castaña no le correspondió.

- Tienes una hermana…que suerte. Yo soy hija única. Mi madre no quiso pasar otra vez por el proceso de embarazo y de parto. Estaba demasiado ocupada llevando las empresas y yendo a fiestas de cócteles. Habría arruinado su figura. –Ron se dio cuenta de que siempre había amargura en su voz cuando hablaba de su madre.

- Bueno, yo tengo seis hermanos. Si quieres te puedo prestar alguno. –sonrió a ver si conseguía en ella el mismo efecto, aunque lo veía difícil.- Los gemelos son especialmente molestos cuando quieren, pero aun así son buenos hermanos.

- Tu madre es una mujer muy valiente; la admiro por tener una familia tan grande.

- Uno no tiende a pensar eso de su madre, pero supongo que tienes razón. –vio como ella se terminaba el cigarrillo y lo apagaba en un rincón del césped.- No deberías de fumar así, eres muy joven aun.

- ¿Cómo, el chico rebelde no fuma? –preguntó ella con incredulidad.

- Pues no. Y no soy muy tolerante con el olor. –al ver la mirada desdeñosa de ella, se echó el cabello hacia atrás al tiempo que añadía.- Lo siento, en mi casa somos todos así.

- Puede que tengas razón. De todas formas, yo no fumo como un carretero. Es solo cuando…cuando algo me saca de quicio o cuando estoy nerviosa. De alguna forma consigue calmarme o hacer que me olvide del problema.

- Cuesta imaginar nerviosa a una chica como tu.

- ¿Una chica como yo? ¿Qué clase de chica piensas que soy? ¿Cómo me ves?

- Bueno, eres una chica muy guapa y segura de ti misma. Todo el mundo te conoce y te admira en el instituto. Sacas las mejores notas de la clase, no tienes problemas de liquidez. Tienes un grupo de amigos que te acompaña a donde vayas…y un novio que es el sueño de todas las chicas del instituto. –añadió esto último con algo de acritud en la voz, pero ella no se dio cuenta.

- Acabas de describir la imagen que doy por fuera. Pero no todos somos perfectos por dentro. De nada sirve todo eso si no tienes amor, si no tienes a alguien que te quiera por ti misma, y no por lo que representas o podrías representar para su familia. –metió la mano en el bolsillo y sacó otro cigarrillo. Lo encendió y le dio una calada.- ¿Vas al instituto?

- Si. Y compartimos unas cuantas clases.

- Oh, vaya. Siento no recordarte.

- Da igual. –ya te recuerdo yo por los dos, pensó él.- Digamos que no nos movemos en el mismo círculo social. Además de que soy nuevo, claro.

- Claro.

- Pero creo que conoces a mi hermana. Se presentó a las pruebas de baloncesto el miércoles pasado. Una chica pelirroja y con mucho entusiasmo. Realmente no sé en qué estaba pensando cuando se presentó pero…

- Ah, si. Ya la recuerdo; es muy guapa. No sabía que era tu hermana…aunque debería de haberlo adivinado por el cabello. Tenéis un rojo muy inusual.

- Es muy común en la familia Weasley. Mis padres también son pelirrojos, así como el resto de mis hermanos. A veces pienso que es una cruz, pero la mayor parte del tiempo estoy contento conmigo mismo. –se encogió de hombros. Metió un par de dedos por entre las aberturas de la verja.- Ron Weasley. –se presentó.

- Hermione Granger. –correspondió ella y esta vez si que rió cuando llevó dos dedos suyos al encuentro de los de él.- De verdad siento haberte hablado así al principio. Normalmente soy una persona muy cordial y afable…aunque no te culpo si piensas lo contrario.

- No deberías de disculparte tanto. Ya te he dicho que comprendía como te sentías. Todo el mundo tiene un mal día. Algunos más de uno.

- Si. –se terminó el cigarrillo y elevó la cabeza para mirar el cielo oscuro, sin estrellas ni luna.- Supongo que debería de entrar ya. –suspiró y se levantó apoyando una mano en el césped.- Ha sido un placer conocerte, Ron.

- Lo mismo digo, Hermione. –concedió el pelirrojo levantándose también. En ningún momento había hecho referencia a las lágrimas que al principio sondeaban su cara sonrojada o al hecho de que sus ojos ambarinos no tenían brillo alguno.

- Supongo que ya nos veremos por el instituto o por aquí. –dijo Hermione recobrando su aplomo y apagando el segundo cigarrillo antes de entrar en la casa de nuevo.- Bueno…adiós.

- Adiós. –Ron se apoyó en la verja y no le quitó el ojo mientras ella se marchaba.- Buenas noches y que sueñes bonito. –ella se dio la vuelta y le dedicó algo así como una sonrisa que él no se pudo quitar del pensamiento en toda la noche. Al final el que iba a soñar bonito y con un angelito en particular iba a ser él.