Capítulo 4: Lecciones de amor.

Draco Malfoy no podía dormir, era un hecho más que consumado. Su cuerpo estaba dolorido de las vueltas que había dado en vano sobre el mullido colchón. Aunque lo más desconcertante de todo era pensar en la razón por la que no podía conciliar el sueño. Es que era sumamente ridículo. Él nunca se había fijado antes en Daphne Greengrass. Siempre había creído que de tener que fijarse en alguna de las Veelas sería en Pansy o Hermione. Eran mucho más femeninas, más guapas, más de su círculo social, más como él. En cambio, Daphne era… Bueno, Daphne era Daphne, no tenía un apelativo que la clasificase.

Salió de la cama para observar el cielo en medio de la noche. Aun faltaba casi una hora para el amanecer. Pero volver a intentar dormirse era impensable. Tenía que reconocer que tenía problema, y gordo. Se había encaprichado de Daphne, justo la única chica del instituto que no se moría por sus huesos. ¡Manda huevos!, pensó exasperado mientras se cambiaba el pijama por unos tejanos, una camiseta y una sudadera. Se aseó con rapidez, procurando no hacer ruido para no despertar al personal de servicio. Sus padres no estaban, como era habitual. Siempre viajando y haciendo negocios alrededor del mundo. Era el síndrome del niño rico. Claro que él ya no era un niño.

En el exterior la temperatura era algo baja y la niebla se extendía con el mismo sigilo que lo haría un ladrón en la oscuridad. En la calle residencial donde vivía, todos sus vecinos seguían durmiendo, los coches aun en las rampas de entrada. Draco elevó su fino rostro hacia el cielo, donde la luna comenzaba a desdibujarse, dejando pleno esplendor para la salida del sol. Chasqueó la lengua contrariado. Era una lástima, a él siempre le había gustado más la luna que el sol. Metió las manos en los bolsillos de su sudadera y echó a andar con paso enérgico. Aun faltaban cuatro horas para que tuviera que ir al instituto. Y allí estaría Daphne.

Mira que había chicas y chicas y chicas.

Lo más sensato sería quitársela de la cabeza. Eso era lo que tenía que hacer; olvidarse de ella.

Pero… ¿cómo?

Como se suponía que tenía que hacerlo si con cada mirada de sus ojos azules sentía que las piernas le temblaban. Si cada vez que se cruzaban en el pasillo y se rozaban el corazón se le aceleraba. Si cuando estaban juntos y sentía su aliento y su calor a su alrededor tenía que controlar las tremendas ganas que tenía de besarla. Si hasta le había cogido cariño a su manía de no ponerse nunca jamás un vestido o una falda. Si le encantaba la forma en que movía los labios cuando hablaba. Si le hacia sonreír la forma en que solía sentarse en una silla, tan alejada de las finas posturas del resto de sus amigas.

Se detuvo en seco en medio de la calle, se estaba volviendo un sentimental, un gilipollas. Estaba dejando que una chica cualquiera cambiase su forma de ver la realidad. Lo mejor sería que viera como era Daphne en realidad. Una chica ruda, no muy guapa y con demasiada testosterona en el cuerpo. ¡Exacto!, pensó. Eso haría que su encaprichamiento volviera al sitio del que había salido y él podría continuar con su vida como siempre.

Emprendió de nuevo el camino, más contento con la última resolución que acababa de pasar por su mente. Seguramente, su encaprichamiento para con Daphne se le pasaría antes del fin de semana. Solo tenía que encontrar a otra chica con la que distraerse. Pero por alguna razón, eso se le antojó mediocre y aburrido. Estaba cansado de ir detrás siempre de las mismas chicas tontas y carentes de personalidad que solo iban con él por ser quien era. A Daphne nunca le había importado que él fuera un Malfoy y no mostraba consideración alguna, eso era lo que más le gustaba de ella.

Soltó una maldición cuando se dio cuenta de que ya estaba pensando en ella de nuevo.

No se la podía quitar de la cabeza.

Sus pasos acelerados lo condujeron hasta el parque de la urbanización. No espera encontrarse con nadie a aquellas horas intempestivas de la mañana. El sol en el horizonte estaba a punto de salir, pero aun estaba relativamente oscuro. Por eso le pareció extraño el ruido de un balón de baloncesto botando en la cancha del parque. Levantó la cabeza para mirar conforme se iba acercando. Y cuando la vio, cerró los ojos con fuerza e inspiró hondo. Parecía que alguien allí arriba tenía ganas de jugar con él, sus sentimientos y sus inseguridades. Pero no pensaba darle tregua.

Él era Draco Malfoy; los Malfoy no se enamoraban.

Abrió los ojos de golpe.

¿Enamorarse? ¿Amor? ¿Estaba pensando en amor mientras miraba a Daphne?

¿No era solo un encaprichamiento?

Ajena a la consternación del rubio, Daphne botaba el balón, lo pasaba entre sus piernas, daba un salto y encestaba. Llevaba así ya casi una hora, y debajo de su chándal azul, podía sentir las primeras evidencias de sudor. La coleta alta que sujetaba su cabello se iba deshaciendo por momentos, pero no podía parar de entrenar. Era su forma de mantener sus pensamientos a raya. Y la última semana habían pasado demasiadas cosas como para que fácilmente su mente se dejara llevar por ellas. La más importante tenía nombre y apellidos.

Durante toda su vida, Daphne Greengrass había sido el patito feo de la familia. Era consciente de que todas las miradas siempre iban a ser para su preciosa hermana Astoria. Ella no tenía clase, no tenía sentido de la moda, no tenía una risa bonita, no tenía nada de lo que gustaba a los chicos. Así que era una tontería pensar que un chico como Draco se podría fijar en ella. ¡Que estúpida había sido! Contra más lo pensaba más se lo recriminaba. Lo mejor sería que ella siguiera concentrada en jugar al baloncesto, que era lo que realmente le gustaba.

Nunca más volvería a desvelarse por un chico, eso solo traía complicaciones. Abandonar la comodidad de su cama en medio de la noche porque no podía dormir, enfundarse en un chándal viejo y echarse unas canastas antes de la hora del desayuno, era algo que no había hecho nunca. Los temas del corazón no iban con ella, se recalcaba una y otra vez. Disfrutaba escuchando como Pansy se emocionaba cada vez más con Cormac, compadecía a Hermione por estar con una persona que solo se quería a si mismo, apoyaba a Lavender en su decisión de no darle otra oportunidad a Blaise. Pero ella siempre se mantenía al margen.

No había estado enamorada, no había salido con ningún chico.

A sus diecisiete años nunca nadie la había besado.

Esa era Daphne Greengrass; la Daphne con la que todos podían contar pero a la que ninguno podía arribar. Mantenía los secretos de su corazón bien guardados, solo para ella. Ni siquiera escribía un diario ni nada parecido. ¿Qué sentido tenía? Tampoco es que tuviera mucho que apuntar y, sinceramente, no se le daba bien eso de escribir. Astoria, en cambio, ya había llenado dos con sus problemas amorosos. Pero Daphne opinaba que la vida ya era demasiado complicada como para añadirle un chico. Y menos uno como Draco Malfoy, que no se fijaría nunca en ella ni aunque fuera la única mujer de la tierra.

Siguió botando el balón, afianzando sus pasos por la pequeña cancha de baloncesto, demostrando que era la mejor incluso cuando jugaba contra si misma. Había descubierto el juego cuando era muy pequeña, para disgusto de su madre. La señora Greengrass esperaba tener otra pequeña estrella del ballet, como Astoria, pero Daphne se decantó por el sudoroso deporte del baloncesto. La muchacha meneó la cabeza y se alzó de puntillas para lanzar la siguiente canasta. Obviamente, el balón entró por la red e hizo tambalearse la tabla. Pero con lo que Daphne no contaba era con que no volviera a sus manos.

El balón se desvió de su trayectoria y botó hasta la inadvertida figura de Draco al pie de la cancha. Llevaba allí casi diez minutos, sin que ella se hubiera dado cuenta. Había sido testigo de su tenacidad, de sus cambios de humor reflejados en su singular rostro. Le gustaba como le quedaba el cabello alborotado, con mechones escapándose de la coleta. Nunca la había visto con el pelo suelto, y sin entender porqué, se vio deseándolo con impaciencia.

Daphne se dio la vuelta para mirarlo y se sonrojó. Después de pensar en él durante tanto tiempo, allí estaba. Sus ojos azules bajaron al suelo con presteza, no quería que él fuera consciente de su confusión. ¿Qué hacía allí a aquellas horas de la mañana? Draco botó el balón un par de veces y lo lanzó hasta encestarlo. Había sido un lanzamiento impresionante, teniendo en cuenta desde donde había sido hecho. Pero esta vez, cuando el balón rebotó en el suelo y corrió unos cuantos metros hacia la derecha, nadie fue a buscarlo. Draco y Daphne estaban embobados mirándose el uno al otro.

- ¿Tu tampoco podías dormir? –preguntó Daphne sacándolos a ambos de su burbuja. Era más fácil comenzar una conversación así, porque no se iban a pasar la siguiente media hora mirándose como bobos.

- Supongo. –contestó Draco, pero enseguida se dio cuenta de que esa no era una respuesta coherente, así que añadió.- Anoche me fui a dormir muy temprano; podríamos decir que he hecho mi cupo de cinco horas de sueño diarias.

- ¿Cinco horas solo, enserio? –Daphne se cruzó de brazos, más que nada porque no sabía qué hacer con ellos.- Te faltan tres horas para llegar al número recomendable.

- Nunca he dormido más de cinco horas seguidas. –el rubio se encogió de hombros y después de unos segundos, se dio la vuelta para caminar hacia un banco de madera que había a ras de cancha. Daphne no lo imitó, aun no, así que siguió plantada de pie en su sitio.

- Ah. –como no sabía qué más decir, y de seguro que lucía un peinado espantoso, la chica intentó ganar tiempo deshaciéndose la alta coleta y dejando caer su cabello castaño, que según Draco pudo apreciar, sobrepasaba los hombros. Nunca la había visto con el pelo suelto, y el encuadre que le daba a su rostro, le gustó. Además, con el sudor, las puntas se le habían ondulado. Daphne levantó la vista y se sonrojó, de nuevo, al encontrarlo mirándola.- ¿Qué?

- Nada. Es lo que nunca te había visto con el pelo suelto.

- Lo se. –Daphne suspiró y se hizo de nuevo la coleta, procurando que todos los mechones se quedasen en su sitio. Por el momento, no podía hacer nada más por mejorar su aspecto.

- Te queda bien. –añadió Draco en un impulso.- El pelo suelo, me refiero. Aunque también está bien como lo llevas ahora. Pero suelto queda más…femenino.

- Entiendo. –la chica tragó saliva y se fue a reunir junto a él en el banco. Aunque mantuvieron una distancia de medio metro entre los dos. Miró a su alrededor mientras buscaba un tema del que poder hablar, pero no le venía a la mente ninguno. Tampoco se atrevía a girarse para mirarlo. Draco estaba guapísimo, con su acostumbrado atuendo negro. Y ella solo podía pensar como una colegiala cualquiera más.

- ¿Por qué no podías dormir? –preguntó el rubio por curiosidad. Pasó un brazo por el respaldo del banco y se volteó para mirarla. Tenía que admitir que Daphne era bella a su manera; no la clase de chica deslumbrante, como podía ser Pansy, pero si de una forma que la hacia única.

- Es…complicado. –contestó Daphne con tranquilidad.

- ¿Puedo ayudarte?

- Ehh…no. Es un tema más de…chicas. –no estaba mintiendo del todo. Era normal que cuando a una chica le gustaba un chico, las primeras en enterarse fueran sus amigas más cercanas. Pero aunque no fuera así, compartir lo que la concomía por dentro precisamente con Draco, no era una opción. No podía decirle que él era la causa de su falta de sueño.

- En ese caso, me temo que no puedo ayudarte. –sonrió con tranquilidad.

- Si. –Daphne se aclaró la garganta y subió la cabeza para mirarlo a los ojos. Esos ojos grises que con la luz del amanecer a su espalda, emitían destellos blancos.- Buen tiro el de antes, por cierto.

- Gracias. No es muy difícil de hacer.

- ¿No? ¿Crees que podrías enseñarme? –llevada por su pasión por el juego, Daphne no calculó lo que significaba su petición. Pero Draco si. Enseñarle a Daphne realizar aquel tiro, significaba pegarse mucho a ella, coger sus manos entre las suyas, guiar sus brazos hacia delante y hacia atrás, balancear su cuerpo con el suyo…

- Claro. –y también significaba salir de dudas. Si era un mero encaprichamiento, sus pensamientos no serían nada profundos cuando la tuviera entre sus brazos. Se limitarían a una respuesta vanamente sexual. Así que se levantó y fue a buscar el balón, que había quedado olvidado al otro lado de la cancha. Regresó al lado de Daphne botándolo contra el suelo.

- ¿Ahora? –preguntó ella sorprendida. No se refería a ese preciso momento. Además, no estaba preparada, ni física ni mentalmente. Se observó la camiseta sudada y se mordió el labio inferior.- No creo que sea buena idea. Estoy toda sudada y…

- No importa. –la animó él.

- ¿Estás seguro? –cuando Daphne se levantó, sintió que las piernas eran de gelatina.

- Si. A ver, colócate justo aquí. –la guió hasta el lateral de la cancha, casi pisando la línea que delimitaba el espacio de juego.- Ahora coge el balón. –se lo tendió y ella lo recibió.- Primero lanza tu sola. Quiero ver en donde fallas.

- ¿Quién ha dicho que voy a fallar un lanzamiento como este? –ella se hizo la orgullosa, aun a sabiendas de que fallaría el lanzamiento. Ella no era tan alta como él, y pensó que Pansy si que podría realizarlo sin complicación alguna. La morena era más alta que ella.

- Tu misma hace unos minutos. –él contuvo otra sonrisa devastadora y se metió las manos en los bolsillos del pantalón.- Vamos, lanza.

Daphne botó el balón un par de veces contra el suelo mientras calculaba la distancia que había entre ella y la canasta. Tomó impulso poniéndose de puntillas y dando un pequeño saltito, lanzó el balón. Medio metro más y habría llegado. ¡Que lástima! Ya podía imaginarse las palabras burlonas de Draco, pero el rubio no dijo nada. Se adelantó para recoger el balón y regresó hacia donde estaba ella.

- No ha estado nada mal, solo te falta un poco de técnica. –botó el balón tres veces seguidas y lo lanzó de manera precisa, encestándolo.- ¿Ves? –le preguntó recogiendo el balón que había rebotado hasta sus manos.- Vamos a intentarlo de nuevo. Pero esta vez los dos juntos.

- Vale. –dijo Daphne después de respirar hondo. El corazón le latía acelerado, muy acelerado.

Draco se situó detrás de la chica, que tenía el balón entre sus manos. Colocó las suyas propias en las caderas de Daphne, casi sintiendo como el calor le quemaba.

- Tienes que separar más las piernas, que estén paralelas a las caderas. Así. Ahora, agarra el balón con las manos un poco recogidas, no las extiendas del todo. –subió sus manos hasta las de ella y le indicó como debía ponerlas, mas las dejó ahí.- A veces, el impulso del salto no es suficiente, sobretodo si hay una distancia tan grande como esta. Por eso, yo siempre me ayudo de un pequeño balanceo previo. ¿Entiendes?

Daphne entendía, pero su cuerpo no respondía. Estaba segura de que si en aquel momento le hacían una prueba de respirar, su resultado seria cero. Nunca antes había estado tan cerca de un chico, ni siquiera había sentido su aliento contra su cuello. Sabia que Draco hacía todo aquello por ayudarla en el juego, no había nada más allá para él. Pero ella…

- ¿Daphne? –susurró el rubio contra su oído.- Ahora vamos a balancearnos un poco, ¿vale?

- Va…vale.

Se balancearon hacia delante y hacia atrás, tal y como Draco había explicado previamente. Solo que el rubio no había previsto que sus caderas se rozasen con cada movimiento, ni que en esos momentos fuera más consciente que nunca de que Daphne era una chica. A pesar de sus maneras tocas, Daphne tenía cuerpo de chica. Tragó saliva y decidió terminar con la clase.

- Umm, ahora es cuando nos impulsamos hacia arriba y hacia delante y dejamos volar el balón con la esperanza de que pase por el aro.

Hicieron los movimientos tal y como el rubio había explicado, los dos a la vez, coordinados. Y cuando Daphne lanzó el balón, se quedaron en la misma posición hasta que vieron que encestaba. La chica se dejó llevar por la emoción de la jugada y se dio la vuelta para abrazar a Draco, contenta de su nueva jugada. Estaba segura de que le serviría de mucho en los partidos futuros. Sin embargo, se dio cuenta demasiado tarde de que estaba entre los brazos del rubio y de que sus rostros estaban demasiado cerca, tan cerca que podrían besarse. Se apartó, como si hubiera sido atraída por su mental a su espalda. Draco también tragó saliva lentamente.

- Gracias por enseñarme. –dijo Daphne mientras recogía la chaqueta de su chándal del suelo.- Ha…ha sido muy instructivo.

- De nada. –Draco se metió de nuevo las manos en los bolsillos.

- Nos vemos en el instituto. –la chica comenzó a alejarse.

Draco también se alejó en dirección contraria, pero el mismo pensamiento pasó por la mente de ambos: se gustaban.

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Lavender salió de clase de geografía apretando su carpeta de color escarlata contra su pecho. Respiró hondo al verse al fin libre de la mirada penetrante de Blaise. Había sido consciente de ella durante toda la clase. Y lo cierto era que el asunto comenzaba a incomodarla. El moreno no nunca entendería las razones por las que ella ya no quería salir con él. Iba mucho más allá de que él fuera un mentiroso, de que le hubiera sido infiel el curso anterior. Lavender solo quería tener a su lado un chico que la quisiera de verdad. ¿Era eso tanto pedir?

Avanzó por el pasillo de camino hacia la cafetería. Era el descanso de media mañana y sabía que sus amigas ya estarían esperándola en su mesa de siempre. Hacia siete minutos que el timbre había sonado, pero como siempre el profesor Robbins tendía a explayarse. Un suspiro salió de sus labios apretados cuando sintió la mano de Blaise deslizarse por su cintura. Sin éxito, intentó zafarse de él.

- ¿Qué te crees que haces? Suéltame, Blaise. –sus ojos marrones mostraban enfado y hastío.

- ¿Ahora vuelvo a ser Blaise? –preguntó el moreno con una sonrisa que dejaba a la vista la blancura de sus dientes perfectamente alineados. Pero no la soltó en ningún momento. ya hacía demasiado tiempo que Lavender se le escapaba.- Solo quiero hablar contigo, Lav

- Pero yo no tengo nada que hablar contigo, Blaise. –Lavender apoyó la espalda en la pared, obligando a Blaise a soltarla parcialmente. Algunos alumnos que pasaban por su lado, se los quedaban mirando, pero nadie decía nada. La rubia seguía con su talante orgulloso y no pensaba bajarse del burro. Se había pasado medio verano llorando por el idiota que tenía delante, pero ya no más.

- Entonces solo tendrás que escucharme. No hace falta que hables si no quieres. Solo te pido que me escuches. –Blaise apoyó una mano en la pared, encerrándola de nuevo.- Hice las cosas mal contigo, lo se. Y lo siento. Aunque no te lo creas lo siento.

- ¿Qué es exactamente lo que sientes? ¿Liarte con otra cuando aun estabas conmigo o hacerlo delante de todo el instituto? -¿o romperme el corazón? Quiso gritarle, pero se lo guardó para si. No volvería a quedar en ridículo por culpa de un chico, jamás, en la vida.

- Todo eso. Todo eso y todo por lo que te pudieras sentir herida.

- No puedo creerte, Blaise. Me hiciste mucho daño, no es algo que se olvide así como así.

- Lo se. Fui un estúpido que no te valoró lo suficiente. –bajó la mano que tenía apoyada en la pared y la colocó en la mejilla derecha de Lavender. Ella intentó no estremecerse con su caricia.- Lo siento, ¿vale?

- No todo en esta vida se resuelve con un 'lo siento' generalizado, Blaise. –a Lavender le costó la vida entera mostrarse tan inaccesible delante de él. Pero quería algo más que un simple 'lo siento' de su parte.

- ¿Qué quieres que haga entonces? ¿Qué más puedo decirte? –Blaise no estaba acostumbrado a que una chica se le resistiera tanto, y menos que esa chica fuera Lavender. Chasqueó la lengua de manera imperceptible.- ¿Quieres que lo grite aquí y ahora? ¿Qué me ponga de rodillas delante de todo el mundo? Porque puedo hacerlo, no me importa hacerlo si con eso te recupero.

- Blaise, no…-pero las palabras de Lavender quedaron ahogadas por la voz alzada del moreno. La rubia sintió que se moría de vergüenza, allí delante de todos, con medio instituto mirándolos.

- ¡Lo siento, Lavender! ¡Perdóname, por favor! –Blaise se había hincado de rodillas en el suelo, la miraba directamente a los ojos.- ¡Dime qué más puedo hacer, qué más puedo decirte! Pero no me hagas sufrir más, Lavender, por favor. ¡Perdóname!

- Levántate, Blaise. –todo lo que el moreno había conseguido conmoverla, ahora se debatía entre la vergüenza que sentía por ser el objetivo de todo el mundo.- Levántate. –masculló de nuevo, esta vez entre dientes.

- Lav…-Blaise, que ya pensaba que la tenía en el bote de nuevo, acercó su rostro al de ella para besarla, pero la rubia lo detuvo poniéndole una mano en el pecho.

- No, Blaise. No pienso volver contigo por mucho que te disculpes y montes estos numeritos en el pasillo del instituto. Además, no siempre lo que queremos oír es un 'lo siento'. Ya te lo he dicho. Eso no soluciona nada.

La rabia pasó fugazmente por el rostro de Blaise. Había hecho el payaso para nada, eso era lo que ella le estaba diciendo.

- Tarde o temprano volverás a mi, Lavender. –dejó que ella se zafara de su encierro.- Eres mía, siempre lo has sido.

- Yo no soy propiedad de nadie, Blaise. –la rubia se detuvo en medio de su huída y se volteó para mirarlo.- Nunca lo he sido. Y si me conocieras un poquito, tan solo un poquito, sabrías que un 'lo siento' no era lo que quería escuchar de ti. Por que, ¿qué es lo que realmente sientes, Blaise? Todavía no me lo has dicho. ¿Qué es lo que sientes? ¿Qué fuera yo, Lavender Brown, la que te plantara?

- A mi nadie me planta.

- ¿Me estás amenazando?

- Eres mía, Lavender. Yo hice de ti una mujer, no lo olvides.

- Todos cometemos errores alguna vez en la vida. Por alguna razón, el mío fue amarte. –Lavender se dio la vuelta para marcharse hacia la cafetería, donde seguro la estaban esperando ya sus amigas. Pero Blaise la asió por el brazo y le impidió moverse de nuevo.

- No permitiré que salgas con nadie más. Si no sales conmigo, no saldrás con nadie.

- ¿Enserio? ¿Y qué harás, Blaise? ¿Pelearte con todos los chicos con los que hable o que simplemente me miren? –Lavender estaba realmente enfadada, algo muy inusual en ella.- No puedes hacerles frente a todos.

- Eso ya lo veremos.

- Puedes empezar ahora mismo entonces. –caminó unos metros hasta encontrar a un chico, que estaba de espaldas. Le dio unos toquecitos en el hombro, y cuando este se volteó para mirarla, Lavender lo besó en la boca. Fue un beso hambriento y lujurioso, con algo de rabia, pero que iba dirigida hacia Blaise, que los miraba con los ojos como platos.

- ¿Qué…? –los ojos azules del chico al que acababa de besar, también estaban a punto de salirse de sus cuencas. Porque Lavender no había elegido a un chico cualquiera. Sin saberlo, sus labios se habían ido a encontrar con los de Seamus Finnegan. El castaño no podía creerse su suerte, ajeno a que había sido utilizado por la chica que le gustaba desde que se encontraron en la guardería.

- ¿Vas a pegarle, Blaise? ¿A él, que no tiene culpa ninguna? –Lavender caminó hacia donde estaba el moreno.- No me provoques, Blaise. No sabes de lo que soy capaz. Lavender Brown no pertenece a nadie, y menos a alguien como tu, experto en romper corazones.

Con un enfado de narices, Blaise se dio la vuelta y se marchó provocando el pánico en el pasillo. Todo el mundo se apartaba de su camino. Cuando salió por la puerta principal, Lavender al fin pudo respirar tranquila. Se dio la vuelta y caminó hacia la cafetería. Ya se había olvidado del chico al que había besado, y no volvería a pensar en él durante mucho tiempo.

Sin embargo, Seamus si que iba a pensar en ella, aun más que antes.

Con cara de alelado, corrió a buscar a sus compañeros para contarles que la chica de sus sueños había vuelto a besarlo.

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Cedric entró en la cafetería después de una breve charla con el entrenador Wood. No venía con el mejor humor del mundo, de hecho, estaba que echaba chispas. Pero se guardaba muy mucho de mostrarlas ante los demás. Eso echaría por tierra su imagen de chico perfecto. Estaba enfadado con el entrenador por permitir que un don nadie como Ron Weasley entrase en el equipo de fútbol. Necesitamos jugadores buenos, Cedric. Más jugadores como él. Eso le había dicho el entrenador Wood. Pero Cedric estaba dispuesto a hacer que la estancia del pelirrojo en el vestuario de los Gryffindor fuera un infierno.

Como capitán del equipo de fútbol, todo el mundo idolatraba a Cedric. Además, era guapo, listo, amable, triunfador, popular…y salía con la reina del instituto. Dirigió su mirada hacia la mesa donde sabía que Hermione siempre se sentaba con sus amigas. Ocasionalmente, los chicos también las acompañaban, pero no aquella manera. El castaño no sabía donde estaban sus amigos, y tampoco es que le importase demasiado. En privado, los consideraba un atajo de perdedores. Aunque ya se sabe que para triunfar en la vida hay que rodearse de gente indeseable, non grata, como solía decir su padre.

En su mente todavía colisionaban los recuerdos de los últimos desaires que le había hecho Hermione. Desde que habían comenzado el curso, que la castaña ya no le prestaba la misma atención. Vale que él tampoco había hecho nada para ganarse su simpatía de nuevo, pero es que cada vez que veía a Millicent no lo podía evitar. No estaba enamorado de ella, ni de Hermione. Cedric Diggory solo estaba enamorado de si mismo. Solo era un buen entretenimiento.

Miró a Hermione, sentada tan recta y orgullosa como siempre. Era hermosa como ninguna, pero fría y distante como la que más. Se percató de que no había cogido nada para almorzar y que miraba ausente por la ventana. Ya le habían llegado rumores de que en la clase de historia había hablado más de la cuenta con un chico. Un chico que no era otro que el gilipollas de Ron Weasley, el mismo que quería usurparle su sitio en el equipo de fútbol. No se saldría con la suya.

Dio un paso hacia delante para ir a ver a Hermione. Quería tenerla contenta, pero de repente cambió de opinión. ¿Por qué tenía que tenerla él contenta a ella y ella no a él? Estaba ya harto de sus celos tontos. Lo habría entendido mejor si entre los dos hubiera amor de por medio, pero no era el caso. Ambos sabían que su noviazgo y su posterior compromiso eran algo pactado entre sus padres. Juntos formarían una de las mayores empresas del mundo. Más que nada por el aporte Granger, pero eso no importaba.

Desde su mesa en la otra punta de la cafetería, Millicent intentaba llamar la atención del castaño. Habían pasado juntos la noche anterior y se estaba jactando de ello con sus amigas. A todas les unía la animadversión que sentían por Hermione. Millicent no entendía las razones de las demás. Ella, en cambio, detestaba a la castaña porque tenía todo lo que ella quería. Incluido Cedric.

Millicent no era tonta. Sabía que no era más que una diversión para Cedric. Lo suyo nunca iba a ser oficial. No cuando había tantas cosas en juego, tantos proyectos, tantas inversiones y tantas expectativas.

Cedric decidió ir a ver a Millicent.

¡A la mierda con Hermione!, pensó.

Se apoyó en la mesa de la rubia y comenzó a coquetear con ella. Como era de esperar, Millicent correspondió a sus palabras, a sus sonrisas y a sus caricias como una buena gatita entrenada. Cedric sabía que podía contar con Millicent para lo que fuera. Y si una de las razones era hacer daño a Hermione, pues mejor que mejor. Cuando eran pequeños, el castaño había creído sentir algo por la rubia, pero eso era cosa del pasado ya. Hacia mucho tiempo que Cedric no sentía nada por nadie. Aun así, se inclinó por las manos en la mesa y acercó sus labios a la oreja izquierda de Millicent. Le susurró palabras obscenas, que hicieron que la rubia se sonrojara y se riera. Atrajeron la atención de toda la cafetería…incluida Hermione.

En la mesa de las Veelas, nadie sabía qué hacer o decir. El ambiente se respiraba tenso y todas miraban de reojo a Hermione. Era la que más tranquila parecía de las cinco, pero a menudo las apariencias engañan. Hermione se sentía sumamente humillada por su novio y la zorra que le estaba dando coba. Rasqueteó con las uñas en su asiento, sin que nadie se diera cuenta, dando rienda suelta a su rabia. Había llegado el momento de plantearse seriamente la continuidad de su relación con Cedric. No solo por lo que estaba sucediendo esa mañana, sino por lo que venía sucediendo desde hacia ya meses.

Con la cabeza bien alta, se levantó de la silla y abandonó la cafetería con una tranquilidad pasmosa. Sonrió a la chica pelirroja que había hecho las pruebas para el equipo de baloncesto y siguió caminando hasta que estuvo fuera del radar de todo el mundo. Una vez en los jardines de Hogwarts, se permitió respirar hondo y cerrar los ojos con fuerza. Quería ponerse a gritar como una loca, pero se contuvo. Las cosas con Cedric iban a cambiar, pensó de nuevo.

Una segunda figura salió de la cafetería detrás de Hermione. Agazapada detrás de un árbol, la figura observó a la castaña durante largo rato. Fue testigo de su frustración, del mal trago que estaba pasando y de cómo intentaba autocontrolarse a si misma. Esa figura de intensos ojos azules, apretó las manos en dos puños y prometió vengarse del tipo que acababa de hacer daño a "su chica".

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- ¡Hermione, por favor! –Cedric se adelantó a la salida del instituto. Intentó retener a la castaña por el brazo, pero ella se desasido con fuerza.- ¿Qué demonios te pasa? ¿Qué he hecho?

- Déjame en paz, Cedric. –dijo ella dándose la vuelta y apretando la carpeta fuertemente contra su pecho.

Muchos alumnos dejaron de hablar o de hacer lo que estaban haciendo para mirarlos. No todos los días la pareja más popular del instituto protagonizaba una escena como aquella. Hermione siguió caminando sin hacer caso al castaño, que corría detrás de ella como un perro corre detrás de su dueño. No entendía porqué la castaña estaba así de enfadada.

- Pero… ¿adonde vas? –con los brazos sueltos en el aire no sabía que hacer. Todo el mundo sabía que cuando Hermione se enfadaba más valía no estar cerca suyo. Podía tener un genio de los mil demonios. Pero Cedric quería averiguar la razón de su enfado.

Desde las escaleras, Pansy se miró las uñas mientras chasqueaba la lengua con fastidio. Sintió la mano de Cormac posarse en su cintura y no hizo nada por quitársela. Sus ojos azules taladraban a todo el que miraba mal o de manera sarcástica a su amiga. Luna optó por sentarse en las escaleras al tiempo que meneaba la cabeza. Esa pareja tenía los días contados, según su opinión. Lavender y Cho cuchicheaban sobre algo que les había sucedido en la clase de lengua y literatura. No tenían interés ninguno en el resto. Daphne sacó un cigarrillo y se lo llevó a la boca con gesto cansino. Seguro que volvería a llegar tarde a casa, y eso a su madre no le gustaría.

Y contrariamente a las chicas, los chicos del grupo se regodeaban de su suerte por no ser el blanco del mal genio de Hermione. Todos sabían lo especial que podía llegar a ser la castaña, a la que implícitamente veían como su líder. Pobre Cedric, decían todos en su cabeza. Draco dejó de mirarlos cuando una nube de humo llegó hasta sus fosas nasales. Se volteó para mirar a Daphne y pensó que esa chica necesitaba una clase urgente de feminidad. No podía ser que fumase como un motero o un camionero. Blaise le guiñó el ojo a una chica que pasó por delante suyo; no sabía quien era, pero eso daba igual. Y Cormac aprovechaba bien su posición junto a Pansy. Desde que se habían besado en la playa no habían vuelto a tocar el tema, pero él estaba decidido a cambiarlo.

- ¡No me sigas, Diggory! –Hermione se paró y se dio la vuelta para que el chico viera su mirada fiera. Usualmente eso bastaba para hacerlo desistir.- No quiero verte, no quiero estar contigo ahora. –añadió y continuó caminando con el mismo ímpetu que antes.

- ¿Y se puede saber cómo demonios vas a volver a casa? –Cedric se había quedado parado donde ella lo había detenido y hablaba con las manos metidas en los bolsillos. Si había que reconocerle algo, era que era un chico con mucha paciencia, y también práctico. Había unos siete kilómetros hasta la casa de la castaña.

- ¡Andando! –gritó ella sin voltearse.

- ¡Mierda! –Cedric le dio una patada a la verja de la escuela y escupió su furia en el suelo. Se dio la vuelta para volver donde estaban sus amigos y vio que toda la escuela lo miraba.- ¡¿Qué coño estáis mirando? –les gritó y la actividad volvió al instituto. Nadie quería tener por enemigo a ninguno de los que integraban ese grupo, y menos a Cedric.

- Te ha dado bien, eh Diggory. –comentó Draco antes de echarse a reír.- Hay que reconocer que la chica tiene sus razones…y un genio de los mil demonios.

- ¡Pero si no he hecho nada! –seguía repitiendo Cedric.- ¿Alguien puede decirme qué he hecho?

- Millicent, en la cafetería. –dijo Pansy con los ojos fijos en él.- Y tienes suerte de que Hermione sea tu novia, ha actuado muy bien. Yo te habría dado una bofetada delante de todo el instituto.

- ¿Millicent? ¡Pero si es amiga de la familia! –el castaño se pasó una mano por el cabello.- No puedo creer que Hermione tuviera celos de Millicent.

- Yo no diría que estaba celosa. –intervino Luna.- Sino más bien… ¿expuesta? ¿Traicionada?

Las palabras de la rubia no hicieron más que confundir aun más a Cedric.

- No lo entiendo; simplemente no lo entiendo. Solo espero que para mañana se le haya pasado el enfado. Ya me lo ha hecho dos veces esta semana.

No muy lejos de allí, otro par de ojos de color azul cielo lo habían visto todo con muda complacencia. No podía negar que la chica del baloncesto tenía arrojo. Casi sentía lástima por su novio, pobrecillo, como lo había dejado en evidencia delante de todo el colegio. Pero sus ojos no se habían apartado de la frágil figura de ella. Desde que la vio por primera vez, se preguntaba como una criatura tan pequeña y delicada había llegado a la capitanía del equipo de baloncesto.

Hermione, bamboleando su vestido amarillo de falda acampanada por encima de la rodilla, dobló la esquina y salió del campo de visión del pelirrojo. Una sensación de vacío lo embargó enseguida y no dejó de preguntarse como lo haría para hablar de nuevo con la chica. Claro que él no sabía que el destino, esta vez, estaba de su parte.

- Ron…-lo llamó Ginny. Al ver que su hermano seguía ensimismado mirando a la nada, lo zarandeó suavemente; gesto que le valió una mirada de reproche.- ¿Te importa si me voy con Parvati? Vamos a hacer los deberes juntas y…bueno…pues eso. Que si le puedes decir tu a mamá.

- ¿Por qué no la llamas por el móvil? –inquirió Ron, aunque su voz sonó vagamente lejana. Su cabeza ya cavilaba el próximo movimiento. A punto estuvo de sonreír, pero se contuvo.

- Es que…no tengo saldo. –confesó la pelirroja con un poco de apuro. No pensaba decirle que se le había terminado el saldo por estar hablando con un chico todas las noches. Antes muerta que su hermano le arruinase esos momentos tan preciados para ella.

- Mamá se va a poner echa una furia cuando lo sepa. Si te puso cincuenta euros de saldo antes de venir aquí…y solo ha pasado una semana.

- Ya, bueno…es que…tu sabes…han subido mucho las tarifas.

- Yo no quiero saber nada de ello, ¿me oyes? Resolverás ese problema con mamá cuando se entere.

- Bien, vale. Pero, ¿puedo ir? –los ojos de Ginny brillaban con anticipación. De momento, su hermano no había dicho nada que denotase que su respuesta iba a ser negativa. Poco sabía que su marcha era lo mejor que le podría haber pasado ese día al pelirrojo.

- Vete. Llama a casa aunque sea con el teléfono fijo de Parvati. –concedió como si fuera el mejor hermano del mundo. Aunque si que se preocupaba por el bienestar de su hermana pequeña. En eso no cabía reproche alguno. Sonrió mientras veía como la pelirrojita se alejaba feliz en compañía de su amiga Parvati y la gemela de esta, Padma.

Él caminó hasta el aparcamiento del instituto. Muchos alumnos ya se habían marchado, dejando sus plazas solitarias y vacías. Ron anduvo entre los coches con parsimonia; dándose tiempo a él y dándole tiempo a ella. Respiró hondo mientras jugaba con el llavero del coche y comenzó a reírse como un loco. Desde que la había visto aquella tarde de domingo, se había quedado prendado de ella. No sabía explicar cómo ni porqué, pero Hermione Granger ejercía un embrujo sin igual en él. Anteriormente había salido con unas cuantas chicas, pero ninguna había despertado esa curiosidad, esa necesidad, ese deseo, en él.

Se subió al coche y lo encendió. Al contacto con las llaves, la radio también se puso en marcha y colocó una canción del último disco de Snow Patrol. Estaba tan contento de su suerte, que ni siquiera pensó en chasquear la lengua y poner cara de aburrimiento. Ese grupo era el tercero en la lista de favoritos de Ginny. ¿Por qué no le gustaban Kings of Leon como a todo el mundo? Chicas de dieciséis años, pensó con condescendencia. Salió del aparcamiento con su viejo Ford Anglia azul y abrió la ventanilla para que sacara ese calor sofocante de los asientos. Los primeros acordes de Just say yes sonaron al mismo tiempo que la divisó.

No había andado mucho, la verdad. Apenas unos quinientos metros, pero se notaba que su enfado no había disminuido. Ron acercó el coche a la acera y redujo la velocidad hasta casi rozar los veinte kilómetros. Si ella se dio cuenta de que la seguía, no pareció preocuparle. No aceleró el paso y tampoco se paró para mirarlo. Ron pensó que después de todo tendría que poner algo más de su parte. Con un poco de esfuerzo, consiguió echar parte de su peso en el asiento del copiloto, lo justo para que su mano alcanzara la manivela de la ventanilla. La bajó y volvió a su sitio.

- ¿Te llevo? –le preguntó al tiempo que adoptaba una pose práctica y despreocupada. No convenía que la chica supiera que estaba desesperado por volver a pasar unos minutos a solas junto a ella. El pelirrojo aun tenía algo de orgullo.

- No, gracias. –respondió ella sin siquiera voltear la cabeza para mirarlo. Quería estar sola, aunque podía ver que su decisión de ir caminando a casa había sido muy poco acertada. Sobretodo por sus zapatos; bajó la mirada a ellos. Eran de tacón…y nuevos. Cada vez que daba un paso veía las estrellas, pero ella también tenía su orgullo.

- No creo que esos zapatos que llevas te permitan andar mucho más. Son muy bonitos, pero…no son para caminar. –los ojos del pelirrojo también bajaron a sus pies y constató lo que ella había pensado. Eso pareció llamar su atención, porque se detuvo y lo miró entrecerrando los ojos.

- Mira, si has venido a hacerte el gracioso, hoy no estoy de humor. –sus labios rosados estaban apretados en una mueca recta que denotaba el monumental enfado que llevaba encima, pero el pelirrojo se fijó en otro elemento de su rostro.

- No hace falta que lo digas. Las chispas que salen de tus ojos son perceptibles desde la escalinata misma del instituto. Me preguntó si habrá sobrevivido alguien. Ya sabes, las chispas pueden ser muy engañosas.

- Yo no tengo chispas en los ojos. –declaró ella exageradamente ofendida. Se detuvo por primera vez a mirar al pelirrojo. Lo recordó como el chico que había salido a tirar la basura la noche que discutió con su madre. Vivía en la casa de al lado; eran nuevos en la ciudad. Ahora ya todo comenzaba a cuadrar en su mente.

- Claro que si. Siempre están ahí, pero cuando te enfadas brillan aun más. Son como pequeñas motitas de color amarillo. ¿Nadie te lo ha dicho nunca? –Hermione se mantuvo en silencio; no quería aventurarse a decirle que nadie la había desnudado con la mirada como notaba que él hacia en todo momento. Ni siquiera la habían mirado tan fijamente. Ron aprovechó para abalanzarse sobre el asiento del copiloto y abrir la puerta. Había pisado el freno un segundo antes.- ¿Vas a subir o no?

- ¿Cómo sé que puedo confiar en ti? –ella se hizo la remolona, no por nada en particular, sino porque le apetecía ver como el pelirrojo se pasaba una mano exasperada por el cabello. Una medio sonrisa afloró a su labios y con su mano derecha se apoyó en la puerta abierta.- Vamos, es lógico, casi no te conozco.

- Tendrás que arriesgarte. –fue lo único que pudo decirle él. Nunca ninguna chica se le había resistido tanto, y eso que estaba ofreciendo sus servicios como chofer. No le había pedido ninguna cita ni nada…no aún.

- Está bien. –dijo Hermione y se subió al coche. La puerta se cerró con un ruido sordo que fue amortiguado por el estribillo de la canción que sonaba en la radio. La castaña enarcó una ceja y lo miró de manera suspicaz.- ¿Elegiste la canción para que subiera?

- ¿Qué? ¿Cómo? ¡No! No. Es un disco de mi hermana. Lo siento. –se apresuró a detenerlo y quedaron en silencio.

- No me molesta. Era solo una broma. Me gustaba la canción. –declaró ella acomodando la carpeta en su regazo. Con la mano izquierda se puso el cinturón de seguridad.

- Yo la odio. Pero Ginny insiste en escuchar estas mariconadas. –pisó el acelerador y se pusieron en marcha de nuevo.

- ¿Y qué es lo que te gusta a ti escuchar? –preguntó ella divertida. Nunca habría definido a un grupo o a una canción como una mariconada, pero la expresión tenia su gracia. Sobretodo si era dicha por alguien tan masculino como el pelirrojo.

- Kings of Leon.

- ¿Kings of Leon? –ella pareció sorprendida.- ¿Has escuchado atentamente sus letras? No se diferencian en nada a Snow Patrol o Trading yesterday o The Fray.

- Vaya, me he topado con otra fan.

- Mariconadas…-resopló la castaña.- De verdad, a veces los tíos decís unas cosas…

- Bueno, he llegado a aborrecerlos de mala manera. –se justificó él encogiéndose de hombros.

- Eso puedo entenderlo. –se arrellanó mejor en el asiento y cerró los ojos. Después de su altercado con Cedric no creía que pudiera relajarse, pero ahí estaba hablando con el pelirrojo como si nada. Pensó que el chico tenía algo especial que hacía que ella se calmara. Era como un relajante muscular…hasta que llegara a su casa. Solo de pensar que tendría que enfrentarse a su madre de nuevo, se le cambió el semblante de la cara. Sus ojos se ensombrecieron cuando los abrió y dejó salir un suspiro de cansancio de su boca.

- ¿Qué te pasa? –preguntó Ron mirándola de reojo. No le habían pasado desapercibidos ninguno de sus movimientos o gestos.

- Nada, que no tengo ganas de ir a casa. Solo eso. –suspiró ella.

- Perfecto, yo tampoco tengo ganas de ir. –sonrió él agarrando el volante y girándolo noventa grados. El coche dio la vuelta y se alejó de la zona residencial donde estaban sus casas. Hermione se lo quedó mirando con la boca abierta durante unos instantes, pero después la cerró enseguida y se mantuvo callada. Obviamente, Ron no iba a decirle que no quería llegar a su casa porque eso significaría alejarse de ella. Quería alargar lo más que pudiera ese momento de los dos juntos y solos.

- ¿A donde me llevas? –preguntó ella finalmente.

- No lo se. Soy nuevo aquí, ¿recuerdas? –la miró y le guiñó un ojo.- Improvisaremos.

El Ford Anglia se alejó de la carretera de la costa y fueron entrando hacia el interior de Plymouth. Ron conducía con seguridad, a pesar de que tan solo tenía el carné provisional. Pero Hermione se dio cuenta de que respetaba todas las leyes de tráfico y que se las sabía de memoria. Ella no tenía tanto interés en conducir, siempre le había gustado más que la llevasen a los sitios. Después de su intercambio de palabras, habían permanecido callados, escuchando la radio, ya que Ron se había negado a poner el disco de Ginny.

Hermione lo miró de reojo, no queriendo regodearse demasiado en sus brazos musculados y sus manos grandes y pecosas. Era tan diferente de Cedric, y no solo a primera vista, también en su forma de comportarse y dirigirse a ella. No podía evitar sentir que entre Cedric y ella siempre había habido un abismo que lo englobaba todo. Con Cedric nada era natural, impulsivo; el castaño actuaba siempre en pos de su beneficio. Y lo peor de todo era saber que su madre estaba encantada con su noviazgo. Jane Granger opinaba que una fusión entre las empresas Granger y la empresa Diggory sería el negocio del siglo. Hermione cerró los ojos con fuerza se intentó quitarse a su madre de la cabeza. Últimamente solo le producía dolores y ansiedad.

A pesar de que intentaba centrar toda su atención en la carretera, Ron era muy consciente de la presencia de Hermione en su coche. El corazón bombeaba a un ritmo poco aconsejable y tenía que controlarse para no demostrar su entusiasmo sin límite. La castaña era más bella cada día que pasaba y él no podía quitársela de la cabeza. Sus labios eran finos y perfilados, sus mejillas estaban salpicadas de pequeñas pecas, y sus ojos tenían una profundidad arrebatadora. Mentiría si dijera que no se había fijado en su cuerpo. Ante todo era un chico de diecisiete años con las hormonas algo revoltosas. Y Hermione poseía la clase de cuerpo que cualquier chico querría tener entre sus brazos.

Ninguno de los dos se había dado cuenta, pero era la segunda vez que el pelirrojo la salvaba de caer en las garras de la soledad. Porque Hermione Granger era la chica más popular del instituto Hogwarts y también la heredera del imperio Granger, pero se sentía sola la mayor parte del tiempo. Y Ron había venido a llenar un espacio que lo convertía en su caballero de la brillante armadura. No quería pensar en lo que significaba eso, pero se sentía muy a gusto con él, a pesar de que era la tercera vez que hablaban.

Abrió los ojos cuando notó que el coche se había detenido. Al instante una mueca de incomprensión apareció en su cara. Volteó la cabeza a ambos lados de la cuneta donde se encontraban y respiró hondo. ¿Dónde le había llevado ese loco? Si no había nada en varios kilómetros a la redonda. Estaba a punto de protestar y retirar todo lo que había pensado de él durante los últimos diez minutos, cuando vio que el pelirrojo salía del coche.

El sol de media tarde robó varios destellos rojizos de su cabello mientras se llevaba una mano a la frente y tapaba sus hermosos ojos de los dañinos rayos. Hermione no pudo evitar mirarlo y quedarse con la boca abierta. Mas la cerró en cuanto Ron se volteó y bajó la cabeza para mirarla a través de la ventanilla abierta. Ella chasqueó la lengua, pues le bloqueaba el único sitio por el que entraba una ráfaga de aire.

- ¿Piensas salir o no? –preguntó apoyando un codo de manera desinteresada. Se le notaba cómodo en el ambiente, todo lo contrario que a Hermione. Su carácter caprichoso y enojoso comenzó a salir.

- ¿Se puede saber a donde me has traído? –el tono de su voz no admitía broma ninguna, pero Ron sonrió al mirarla a los ojos. De nuevo estaba aquella chispa amarillenta que lo taladraba y que no le dejaba dormir por las noches. La había visto desde el coche aquella mañana de domingo y la volvía a ver ahora.

- Bueno, tu no querías volver a tu casa y yo tampoco a la mía, así que…-se encogió de hombros.- Te he traído a donde vengo siempre que quiero estar en buena compañía.

- ¡Pero si tan solo llevas aquí una semana! ¿Cómo puedes sentirte solo en tan poco tiempo? –preguntó ella sin pensar que bien era posible porque así era como ella se sentía todos los días de su vida desde hacia más de dos años.

- Todo el mundo tiene sus rarezas. –el pelirrojo se encogió de hombros de nuevo.- ¿Piensas salir y venir conmigo o te vas a quedar ahí dentro bajo este sol abrasador durante una hora entera?

- ¿Adonde vamos a ir durante una hora entera? –ella abrió la puerta del coche con cautela. No estaba muy segura de si seguir al pelirrojo o no.

- A conocer a unos amigos míos. –como buen caballero, cerró la puerta de la castaña, pero después comenzó a caminar sin darle importancia a si ella le seguía o no. No convenía mostrarse demasiado solícito.

- ¿Cómo que…cómo que a unos amigos tuyos? ¿Qué clase de amigos viven aquí? –Hermione estaba demasiado ocupada en mirar al suelo intentando no caerse como para prestar atención a lo que tenía delante. Mira que habían empezado bien y el pelirrojo la estaba decepcionando.

- Aquellos que no tienen donde vivir. –Ron abrió una verja de hierro que daba a un trozo de tierra cercado. El ruido de la alambrada alteró a los habitantes del cercado, que se pusieron a ladrar desde el interior.

Hermione levantó la cabeza y se fijó en el cartel que había colgado en la verja: Reserva de Animales, preguntar por Remus Lupin.

Así que la había llevado hasta una casa de animales. Algo en su corazón se conmovió por el gesto humano del pelirrojo y ya dejó de importarle si se le ensuciaban los zapatos o no. Se reprendió por haber pensado lo peor de él y se prometió que en algún momento le recompensaría. Ron se dio la vuelta y le ofreció una mano que ella no rechazo. Se agarró a ella con ganas y confianza. Sintió el suave tacto de sus dedos finos y delgados, algo fríos, para el calor que hacía. Pero sobretodo sintió que era correcto cogerse así. Era una sensación totalmente nueva para ella.

Ron tiró de su cuerpo menudo, obligándola a ponerse en movimiento de nuevo. Caminaron durante cuatro minutos hasta que divisaron la pequeña casa que había excavada en la roca de la montaña. Con razón no se veía desde la carretera, pensó la castaña. Decidió que más tarde le preguntaría a Ron cómo había dado con ese lugar, pero de momento, se limitaría a disfrutar de la visión del numeroso grupo de perros que corrían hacia él. Se notaba que los canes lo conocían, percibían su olor. El pelirrojo se soltó de su mano con un suspiro y abrió los brazos preparándose para sufrir el impacto de media docena de lengüetazos felices.

- Hola, chicos. –Ron se agachó y acarició a cada uno de los perros detrás de las orejas. Todos eran de distintas razas, grandes y pequeños, con mucho pelo y con poco. Pero el pelirrojo se detuvo en una pequeña beagle que parecía algo más rezagada que el resto. Alargó la mano para acariciarle el lomo.- Hola, Bella. –la perrita se tiró a su regazo mientras movía con gracia su rabo.

Hermione estaba impresionada, nunca lo habría imaginado de esa guisa y mucho menos tan cómodo. Se quedó en un segundo plano, mirándolo a él y pensando que no dejaba de sorprenderlo. Lo más lógico hubiera sido que el tal Remus Lupin saliera a recibirlos, pero allí no había nadie más. Y Ron se movía con la confianza que se confiere a los amigos que están en casa ajena. Hermione dio un paso al frente y se agachó a su lado; enseguida fueron a ella muchos perros, y los acarició a todos por igual. Sin embargo, la pequeña beagle que Ron tenía en su regazo la llamaba de manera especial. A saber si fue por su aparente calma o porque era una persona nueva a la que ofrecer cariño, pero al cabo de diez minutos, todos los perros se habían tirado al suelo y descansaban a su alrededor con la lengua afuera y las orejas tiesas en pos de la felicidad que sentían.

- No sabía que te gustasen los perros. –dijo Hermione para romper el silencio. Obvio que no lo sabía; casi no sabía nada de él, pues acababan de conocerse.

- A todo el mundo le gustan. –Bella se escabulló del regazo de Ron y fue a parar al de Hermione. Él no se mostró molesto o contrariado, al contrario, contrajo sus ojos en una mueca de complacencia absoluta.

- No a todo el mundo. Mi madre, por ejemplo, los aborrece. Dice que solo dan trabajo y lo dejan todo hecho un asco. Además, eso de tener que pasearlos y jugar con ellos…es una mujer de negocios, no puede permitirse ensuciarse las manos con nada. –suspiró mientras acariciaba el dulce mentón de Bella.- Y a Cedric tampoco es que le hagan mucha gracia. –añadió con resignación.

Ron no contestó nada a eso y prefirió seguir mirándola mientras Bella le mostraba un cariño que él aun no tenía permiso para mostrarle. Le habría gustado ser él quien estuviera tumbado en el regazo de la castaña; ser él quien fuera el blanco de sus caricias.

- ¿Cómo descubriste este sitio? –preguntó Hermione sacándolo de su ensimismamiento.

- Fue el segundo día de instituto. –respiró hondo y apoyó la espalda en la verja. Estaban los dos sentados en el suelo de tierra, pero no parecía importarles.- Mis padres me dieron las llaves del coche, como un regalo, y decidí ir a dar una vuelta con él, cuando terminaron las clases. Quería alejarme lo más posible de ellos. Aunque seguro que piensas que es contradictorio.

- ¿Por qué habría de pensar eso?

- Por que ellos me dieron el coche ¿no? –se encogió de hombros.- Lo lógico es que hubiera estado más agradecido.

- ¿Y piensas que ellos no sabían que ibas a largarte en cuanto tuvieras la oportunidad? Deberías de darle un poco más de crédito a tus padres.

- Mis padres no son como el resto. Ellos…yo…bueno, nuestra relación no es muy buena últimamente. Hubo problemas en Londres, ¿sabes? Por eso estamos aquí ahora.

Ahora fue Hermione la que guardó silencio a su confesión. Ella sabía de problemas familiares casi tanto o más que el pelirrojo. La relación con su madre no era nada buena.

- Parece que le has gustado. –afirmó Ron viendo como Bella lamía las palmas de la mano de la castaña y no dejaba de llamar su atención de manera graciosa.

- Es que es una perrita preciosa y muy dulce. –reconoció ella con una sonrisa mientras acariciaba el hocico blanco y marrón.- Hasta podría llevármela a mi casa.

- Podrías…-sonrió el pelirrojo.- Pero antes tendrías que hablar con su dueño.

- ¿Tiene dueño? –preguntó Hermione sorprendida.- ¿ Y dónde está? ¿Por qué la ha dejado aquí?

- Si, tiene dueño. –dijo Ron sin perder la sonrisa. Le gustaba mirarla cuando sus ojos ambarinos eran bañados por el sol. Bueno, le gustaba mirarla en todo momento, pero ahí estaban compartiendo un momento especial.- Y la dejó aquí porque todavía no se ha asentado en su nueva ciudad y tampoco quiere que sus nuevos amigos piensen que es un sentimental.

- ¿Tu eres el dueño de Bella? –sus ojos se encontraron con los azules de él, preciosos, cálidos y sencillos. No había segundas intenciones en su mirada.

- ¿Cómo lo has sabido? ¿Por lo de nuevo en la ciudad o lo de sentimental?

- Un poco por las dos cosas. –sonrió ella.

- Encontré a Bella abandonada en una cuneta. Como a unos 20 kilómetros de aquí. La habían dejado en un coto de caza, en lo alto de la montaña, con tan solo comida para dos días, que por cierto ya se había terminado. Estaba llorando acurrucada en un árbol. Sus sollozos me conmovieron. Nunca he visto unos ojos tan tristes. –excepto los tuyos, pensó Ron, pero se abstuvo de comentarlo en voz alta.

- Es vergonzoso que haya personas capaces de hacer eso. –declaró Hermione muy seria y bajó su mentón para tocar el hocico de Bella.

- Si. –suspiró Ron.- Recogí a Bella y le di un poco de agua que llevaba en una botella. Creo que ahí fue cuando nos hicimos amigos. –alargó el brazo para acariciar el lomo de la perrita.- Me puse de camino a casa, pensando en cómo demonios iba a explicarle mi nueva adquisición a mi madre, aunque no creo que le hubiera importado, cuando me topé con el refugio de Remus. No se me ocurrió un mejor sitio para dejarla provisionalmente. Estoy construyéndole una casa para el jardín.

- Admiro lo que hiciste.

- ¿Tu nunca has tenido animales de compañía? –preguntó él con curiosidad.

- Uno pensaría que si. Viviendo en una casa tan grande sería lógico, ¿no? Pero no. Una vez tuve un gato persa, yo era muy pequeña, y se nos escapó después de dos semanas. Aunque ahora, con el paso del tiempo, estoy casi segura de que mi madre lo echó. Ya te he dicho que no le gustan los animales.

- ¿Y tu padre no dice nada?

- Mi padre murió hace dos años y medio; pero nunca se oponía a lo que decía mi madre. Luego le pesaba, pero ella siempre se salía con la suya. Y lo sigue haciendo.

- Siento mucho lo de tu padre.

- Gracias. –centró de nuevo su atención en la perrita.- ¿Así que no voy a poder quitarte a esta preciosidad? Si, estoy hablando de ti, cariño. Eres la perrita más bonita que he visto. –rió.- Pareces una princesita; una princesita chiquitita y bonita. –rió de nuevo cuando recibió un lametazo de Bella en la mejilla.- Que bonita eres.

Ron no dejaba de mirarla a ella; se había olvidado del animal por una vez. Solo tenía ojos para ella. Y pensó que Hermione si que era bonita, bonita de verdad. Aunque ella no se diera cuenta.