Capítulo 5: As de corazones.
A la mañana siguiente, Cedric arribó de muy mal humor al instituto Hogwarts. Nada más llegar a casa el día anterior, le habían mandado un mensaje informándole de que Hermione se había marchado con el idiota pelirrojo que quería un puesto en el equipo de fútbol. Era lo último que le faltaba por oír. Tampoco había ayudado que sus padres le hubieran estado presionando durante toda la cena para que llamase a Hermione. Cuando finalmente la llamó, ella no estaba, aun no había regresado del instituto, a pesar de que ya habían pasado más de dos horas. Arrojó el móvil contra la pared de su habitación y vio como el aparato se hacia añicos.
No entendía como Hermione, que debería de estar encantada y agradecida de estar con él, se comportaba de esa forma tan infantil. Si que había coqueteado con Millicent en la cafetería, pero solo lo había hecho para vengarse del comportamiento de la castaña. Tal vez debería de tener otra charla con su padre, que le ponía los cuernos a su madre siempre que podía y esta no se enteraba. Porque a quién quería engañar, no amaba a Hermione y eso jamás cambiaría. Lo suyo era un contrato más, otra forma de llegar a lo más alto. Hermione no se daba cuenta de que era la princesa de las herederas financieras del mundo.
Cedric salió del coche y cerró la puerta con algo más de brusquedad de la normal. Se colocó mejor su cazadora de cuero negro y miró su imagen en el cristal de la ventana. Seguía ofreciendo su imagen de chico perfecto, aunque en el fondo estaba que ardía de rabia. No permitiría que nadie le quitase a su chica. Había llegado la hora de dejar las cosas claras. Hermione se iba a enterar de que ella era suya y solo suya; de que él tenía derecho a coquetear con otras pero ella no; de que él era Cedric Diggory, no un chico cualquiera; de que…
¡Será zorra!, pensó al levantar la cabeza y mirar al frente.
Apretó los puños y caminó con resolución, seguridad, petulancia y ganas de pelea. Pasó por delante de Blaise y Draco, que acababan de aparcar sus motos, de Pansy y Daphne, que hablaban con vehemencia, pero no vio a ninguno de ellos. Ellos levantaron sus manos para saludarlo, dejaron que las palabras las recibiera el viento, y siguieron con la mirada la trayectoria de Cedric. Las chicas se llevaron las manos a la boca y los chicos negaron con la cabeza. Lavender llegó corriendo desde la parada del autobús y se reunió con las chicas; Cormac salió del interior de su coche y fue con los chicos. Se iba a armar una gorda, estaba claro. Los demás estudiantes se iban apartando del camino de Cedric.
Y ajena a todo lo que iba a provocar su llegada, Hermione se bajó del asiento delantero del coche de Ron. Después de lo ocurrido con Cedric el día anterior, no había esperado a que este se presentara para llevarla al instituto. En su lugar había preferido ir con Ron y su hermana pequeña, Ginny. Había pasado el trayecto hablando con la pelirroja, que estaba muy emocionada por saber el resultado de las pruebas para el equipo de baloncesto. A Hermione le encantaba el entusiasmo de la chica. Con Ron, por el contrario, apenas había pronunciado palabra. Sin embargo, los momentos compartidos la tarde anterior en el refugio de animales, estaban muy presentes en las mentes de los dos.
- Gracias por traerme, Ron. –dijo Hermione apretando su carpeta contra su pecho. El aire de la mañana agitó sus cabellos castaños, que danzaron sueltos. Vio como él se rascaba la cabeza y ponía su mejor pose de despreocupación.
- No ha sido nada. Nos pillaba de camino ¿no? –su pregunta le hizo gracia y Hermione sonrió. Era muy fácil y cómodo estar con el pelirrojo. Aparte de sus amigas más íntimas, nadie se había preocupado tanto por ella como lo había hecho Ron el día anterior.
- Ey, yo voy entrando, que he quedado con Padma y Parvati en la escalinata. –intervino Ginny y se despidió de los dos agitando una mano mientras que con la otra sostenía su mochila marrón.- ¿Vendrás también con nosotros a la vuelta, Hermione?
- Si no os importa…-la castaña miraba a Ginny cuando habló, pero sus palabras iban dirigidas hacia el pelirrojo, que se mantenía en un segundo plano, apoyado contra el coche.
- Claro que no nos importa. –se apresuró a subrayar Ginny.- Entonces nos vemos a la salida. –corrió hacia la entrada del instituto y se perdió entre la multitud sin saber lo que se iba a producir en breves momentos.
- Esto…puedo coger el autobús, si quieres. Yo…debería de haberlo consultado contigo primero, al fin y al cabo el coche es tuyo y tú conduces. –Hermione habló con la cabeza gacha, sin atreverse a mirar al pelirrojo. Comenzó a andar hacia el instituto y enseguida lo escuchó arrastrar sus pies detrás de ella.
- Hay casos en los que dejo que Ginny hable por mi. –sonrió Ron cuando estuvo a su lado. Era consciente de las miradas del resto de alumnos, sorprendidos de que una persona como Hermione se relacionase con él.- Además, tu casa me queda de camino ¿no? Creí que eso había quedado claro.
- Gracias, Ron…por todo. –la castaña al fin levantó la cabeza y lo miró con sus ojos ambarinos. Ron había descubierto que eran más claros cuando sonreía, como estaba haciendo en ese momento.- Lo pasé muy bien en el refugio. La verdad es que nunca te habría imaginado en un sitio así. Me has sorprendido, Ron.
- Pues la verdad es que no era mi intención impresionarte, Hermione. Pero ya que lo he hecho, espero que fuera para bien. –dijo el pelirrojo en un tono de voz algo teatrero, lo que ocasionó que la castaña lanzara una carcajada.
- Tranquilo, ha sido para bien. –volvió a mirarlo, aunque esta vez apartó la mirada demasiado deprisa cuando se dio cuenta de que él la estaba mirando también. Sintió un extraño cosquilleo en el estómago y se mordió el labio inferior con nerviosismo. Ya había comprobado que Ron era un chico especial.
- Tú también me has impresionado, Hermione. –se atrevió a decir Ron. Se cambió de mano la carpeta negra y atravesaron las puertas de los jardines que bordeaban el instituto Hogwarts. Todavía faltaban diez minutos para el comienzo de las primeras clases, así que no era extraño que los casi trescientos alumnos del instituto estuvieran dispersados por allí y las escaleras.
- ¿Yo? –Hermione se volteó para mirarlo sorprendida. Estaba acostumbrada a impresionar a la gente en las cenas de gala que daba su madre para otros empresarios, a las personas que la miraban con miedo y respeto a la vez, pero no a los chicos como Ron.- ¿Enserio?
- Si. La primera vez que te vi me diste la impresión de ser la típica princesa rica y fría, que mira a los demás por encima del hombro. Pero no es verdad, solo pones esa pose porque se supone que es lo que se espera de ti, de una persona de tu situación. –al ver la cara de asombro de ella, añadió.- Espero que no te moleste. Siempre soy sincero en cuanto a mis opiniones.
- N-no, no me molesta. Lo que pasa es que no estoy acostumbrada a que nadie me hable así, y mucho menos a que me capten tan certeramente en tan poco tiempo.
- ¿Qué puedo decir? Soy muy observador…cuando algo me gusta. –lisonjeó y le ofreció su encantadora sonrisa.- ¿Te gustaría que te dijera como te veo yo? –la miró con sus arrebatadores ojos azules, que por alguna razón aquella mañana parecían más azules.
Hermione, sin habla como estaba, se limitó a asentir con la cabeza mecánicamente. Pero antes de que Ron pudiera decir algo más, un puño cerrado se estrelló contra sus riñones y la carpeta negra se le cayó de las manos. La castaña abrió mucho sus ojos y ahogó un gritillo de consternación. Cedric se preparó para asestarle un nuevo puñetazo al pelirrojo, pero este consiguió pararlo con su brazo. Sin embargo, las cosas no se iban a quedar así. Cedric había llegado con ganas de pelea y Ron estaba dispuesto a plantarle cara. El pelirrojo notó como el chico que se había quedado en Londres volvía a emerger a la superficie. Realmente Cedric no sabía con quien se estaba metiendo. Nadie en Plymouth sabía que Ron Weasley había estado en un centro de menores por violencia y mal comportamiento.
Ron se quitó rápidamente su chaqueta y azuzó al castaño para que le pegara de nuevo. La gente se iba agolpando a su alrededor, algunos jaleando, otros con la boca abierta. No era normal ver la pelea en los alrededores de la escuela Hogwarts. Aunque eso no quería decir que la mayoría de los chicos no le tuviera ganas a Cedric y celebrasen el acierto del golpe de Ron contra su barbilla. El pelirrojo parecía más alto y peligroso, para nada el muchacho apocado que discutía en clase de historia o enunciaba las características de la novela gótica en clase de Literatura. La chaqueta también escondía lo bien trabajados que estaban los brazos de Ron, lo que le valió varios suspiros en el bando femenino. Utilizaban los puños, pegando en la cara y en el cuerpo, cebándose con el otro cuando lo veían caer.
Hermione tenía ganas de devolver y de meterse en un agujero después. No podía ser que su novio y su nuevo amigo se estuvieran peleando por ella. Era simplemente ridículo. Sintió la presencia de las chicas detrás suyo, tan consternadas como ella. Pero lo que más le emocionó fue sentir la mano de Luna entre las suyas, ofreciéndole apoyo silencioso. Sin querer, unas tenues lágrimas acudieron a sus ojos. Tal vez tenían algo que ver con que Ron estaba tirado en el suelo, con la nariz y el labio superior sangrando y que Cedric se abalanzó de nuevo sobre él.
Ron había sondeado demasiadas peleas para que un pijo con cara bonita le diera una paliza. Subió las rodillas hasta el pecho y cuando Cedric se acercó a él, le dio certeramente en le pecho. El castaño cayó al suelo con una mueca de dolor en el rostro. Ron se levantó y lo miró con sus ojos azules llenos de rabia. No entendía que podría haberle pasado a Cedric, pero hacia ya mucho tiempo que la gente sabía que no debía meterse con él. Bueno, lo sabían en Londres. Y ya iba siendo hora de que lo supieran también en Plymouth. Se agachó para coger a Cedric con una sola mano y aplastarlo contra la pared más cercana. En su mano, el castaño parecía un simple títere, aunque Ron tenía que reconocer que tenía agallas, no se había amilanado en ningún momento. Como golpe final, tenía pensado darle un cabezazo que lo dejase sin sentido. Lo había hecho otras veces, así que sabía como hacerlo. Le dedicó su sonrisa más cínica y triunfal y echó la cabeza hacia atrás, preparándose. Pero ocurrió algo ajeno a su deseo.
La voz de ella lo detuvo.
- ¡Ron! Detente, por favor. –gritó Hermione mientras se acercaba a su lado. Había sido un impulso que no había podido controlar. Se sentía culpable, aunque en el fondo sabía que la culpa no había sido suya. Y el que Cedric fuera un cabrón y se lo mereciera, no era razón para que lo ridiculizasen de esa manera. Puso una mano en el brazo del pelirrojo.- Por favor, déjalo.
- ¿Lo defiendes, después de lo que te ha dicho y lo que ha hecho? –la rabia subía por el cuerpo de Ron hasta concentrarse en su voz y en sus ojos. No entendía porqué la chica de la que estaba enamorado, defendía a otro. Vale que era su novio, pero…
- No, no lo defiendo. –se pasó la lengua por los labios secos.- Mira, no se porqué lo hago. Tienes razón, no se lo merece. Pero tampoco puedo quedarme quieta viendo como…viendo como te conviertes en una persona violenta. Ambos os convertís en una persona violenta. Con la violencia no se llega a ningún lado.
- ¿Estás segura? –Ron no estaba seguro. Tenía ganas de zurrar al castaño, pero si había una persona que podía disuadirlo, esa era Hermione. La castaña no era consciente del poder que tenía sobre él.
- Si, lo estoy. Tú no eres así, Ron. El chico que me llevó a conocer a Bella el otro día no es así. –los ojos dorados de Hermione lo miraron con esperanza.
- Bien. –se dirigió al castaño.- Deberías darle las gracias a tu novia, ella te ha salvado. Sin embargo, la próxima vez ni ella podrá detenerme. Vuelve a meterte conmigo, Diggory, y me aseguraré de que no salgas del hospital en una semana. No me conoces, así que no sabes de lo que soy capaz. –y lo soltó.
- Gracias. –dijo Hermione tragando saliva. Las últimas palabras que había dicho Ron le había puesto la piel de gallina. Hablaba como si fuera una persona peligrosa, pero eso a ella no le cabía en la cabeza. Ron no podía ser un pendenciero después de cómo le había visto en el refugio de animales. Le devolvió su chaqueta y juntos emprendieron el camino hacia el edificio del instituto.
- No me des las gracias. No quería detenerme, quería hacerle pagar por todo lo que te ha hecho. –Ron se pasó una mano por el labio partido y se la limpió en la manga de la chaqueta. Miró a Hermione de soslayo y leyó en sus ojos la pregunta.- He visto como coquetea con Millicent delante de todos, y también como te trata.
La castaña guardó silencio unos segundos. A su alrededor, la gente se los quedaba mirando, pero la mayoría ya estaba dando la vuelta y corriendo hacia la primera clase de la mañana. No cabía duda de que la pelea llegaría a oídos de los que no habían estado allí. Sería el tema de la semana, pero eso ya no estaba en manos de ella. Bajó la cabeza, porque no quería enfrentarse a los ojos azules de Ron. Así que abrió su bolso y extrajo un pañuelo blanco.
- Toma, límpiate. Deberías de ir a la enfermería antes de entrar en clase. Ese corte no tiene muy buena pinta. –le dijo dándole el pañuelo, pero todavía sin mirarlo a los ojos.
- Gracias. –Ron si que intentó mirarla, pero se encontró con la maraña que era su cabello castaño. No podía ver la expresión de sus ojos, y eso le hacia sentirse intranquilo. Nunca imaginó que los ojos de una persona fueran tan importantes para él.- Hermione…
Quiso decirle en ese momento como la veía él, como sus ojos eran capaces de transmitir las palabras que no salían por su boca, como la bondad se extendía por cada poro de su piel, como le encantaba el sonido de su risa, como le gustaba hablar con ella, estar con ella, como se sentía el chico más afortunado cada vez que le dedicaba una mirada, como su corazón había dejado de latir en el momento en que había puesto su mano sobre su brazo, como…
¡PLAFFF!
Un puñetazo por la espalda, acabó con el pelirrojo tirado en el suelo. Aunque seguro que Cedric no contaba con la cercanía de un bordillo, o tal vez si. El grito ahogado que profirió Hermione, hizo que todo el mundo se detuviera y volviera a fijar su atención en ellos. La caída de Ron sucedió como a cámara lenta, así como el ruido sordo que hizo su cabeza al dar contra el bordillo. Cedric se quedó mirándolo, luchando entre sentirse sorprendido o contento. El suyo había sido un gesto cobarde sin precedentes. Había atacado por la espalda, a modo de venganza. Sus ojos azules se encontraron con los de Hermione y dio un paso hacia atrás. Nunca había visto a la castaña tan demudada, tan hecha trizas. No quería pensar a que se debía, tampoco es que le importase. Porque al final de día, ella seguiría siendo su novia, se dijo con seguridad. Aguantó con estoicidad el bofetón y el empujón que le dio Hermione. Aunque cuando quiso repetirlo, detuvo su mano en el aire.
Ron estaba viendo las estrellas y sentía que la oscuridad se iba propagando en su campo de visión. Una pequeña hebra de sangre rodeó su frente y bajó por su mejilla derecha hasta estrellarse contra el suelo. Le dolía muchísimo la cabeza y no entendía qué había pasado. ¿Le habían atacado por la espalda? No iba a saberlo en ese momento, porque perdió el conocimiento para preocupación de Hermione. La castaña se soltó del agarre de Cedric y se arrodilló en la carretera a su lado. Con manos temblorosas cogió su cabeza y la recostó en su regazo. Se llenó el vestido de sangre, pero no le importó. Cedric había llegado demasiado lejos y ya iba siendo hora de que tomara una decisión con respecto a él. Por culpa de su debilidad, Ron había pagado las consecuencias. De nuevo los ojos se le llenaron de lágrimas.
- Hermione…-sus amigos acudieron a su ayuda, con Cormac, Draco y Blaise a la cabeza. Se sentían culpables por no haber podido detener a Cedric. Pero el castaño había salido despedido hacia ellos dos con la fuerza de un huracán.- Tenemos que llevarlo a la enfermería. –dijo Draco.
- ¿Por qué ha hecho esto? No hay nada entre Ron y yo, nada. –se lamentó Hermione, sintiendo como el frío se adueñaba del lugar donde había estado reposando la cabeza del pelirrojo.
- Lo sé, linda. –Cormac le puso una mano en el hombro.- Tú no tienes la culpa de nada. –levantó la cabeza y se encontró con los ojos azules de Pansy.- ¿Os quedáis con ella?
- Claro. –la morena se acuclilló.- Vamos, Herm, levanta. Ahora si que ha terminado todo.
- Es una suerte que no haya salido ningún profesor. –comentó Blaise.- ¿Dónde está Cedric, por cierto? –añadió mirando a su alrededor.- Se le da fenomenal crear problemas. Joder, como pesa el tío. –ahora se refería a Ron.
- Normal. ¿Has visto la paliza que le estaba pegando a Cedric? Suerte que Hermione consiguió que parase. Esos músculos no se consiguen en una sesión de gimnasio ordinario. –murmuró Draco cogiendo a Ron por los hombros.- Llevémoslo a la enfermería.
- Vamos, Hermione. Llegamos tarde a clase. –la azuzó Pansy.
- No, quiero ir con él. Adelantaos vosotras. –Hermione le limpió las lágrimas con el dorso de la mano.- Decidle a la profesora Sprout que no me encontraba bien y que he ido a la enfermería, pero que no me demoraré demasiado.
- ¿Estás segura? –habló por primera vez Daphne.
- Si. –dio un paso al frente para seguir a los chicos, que de manera precaria llevaban a Ron hacia la puerta lateral del instituto, la que quedaba más cerca del área de enfermería. Si algún profesor los veía, tendrían problemas.
- Herm… ¿estás segura de que es buena idea ir con él? –le preguntó Pansy preocupada por ella. Estaban las dos solas en medio de la carretera y se miraron a los ojos.
- Tengo que ir con él, Pans. Se ha peleado por defenderme.
- Vale. ¿Tú estás bien?
- No, pero en algún momento lo estaré. –se dieron la mano y tras unos segundos se separaron siguiendo direcciones opuestas.
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Lavender aun estaba alterada por lo sucedido en la entrada. Nunca se habría podido imaginar que una pelea de matones se dejara ver en los terrenos de Hogwarts. Había visto como Cedric se acercaba al chico pelirrojo nuevo y le propinaba el primer puñetazo. Había sido de lo más desconcertante. Sin embargo, el chico nuevo no se había quedado parado durante mucho tiempo y le había devuelto el puñetazo a Cedric con efecto doble. Sus ojos castaños habían observado horrorizados como Cedric caía al suelo y se llevaba una mano hacia la nariz. Pronto la gente se fue congregando alrededor de ellos…hasta que llegó Hermione. Lavender lo recordaba muy bien.
¡Pobre Hermione!, pensó Lavender mientras iba hacia su primera clase. Tocaba Literatura con Madame Maxime, y la rubia no quería llegar tarde y tener que sentarse al final. Tenía problemas de visión, así que contra más cerca estuviera de la pizarra, mejor. Su madre ya había amenazado con comprarle unas gafas si no hacia uso de las lentillas, pero…eran tan incómodas. Aun había gente agolpada en la puerta del aula 213, lo que quería decir que la profesora no había llegado. Lavender respiró tranquila y apoyó la espalda contra la pared. Algunos alumnos de cursos inferiores la miraban, pero ella hacia caso omiso.
Estaba algo preocupada por el chico pelirrojo. Lo que Cedric había hecho después, no tenía nombre. Había podido provocar una tragedia, pensó llevándose una mano a la cabeza. Lavender era propensa a hacer de todo un drama, pero realmente aquello le recordaba a una tragedia shakespeariana. Dos hombres enfrentados por una mujer. Era muy bonito y gratificante leerlo en los libros, pero ser testigo de excepción no era para nada emocionante, al contrario, le producía angustia. No entendía cómo Hermione no se había dado cuenta aún de que el chico pelirrojo bebía los vientos por ella. Aunque claro, siempre es mejor darte cuenta de cosas que no te afectan.
Tendría que esperar hasta la hora del almuerzo para saber como seguía todo.
Tampoco podía comentarlo con ninguna de sus amigas, pues todas tenían química con la profesora Sprout. Ella había sido la única del grupo que se había decantado con Literatura. Los números y ella no se llevaban bien, en cambio, era una devoradora de novelas, del género romántico si podía ser. Y esa asignatura de Literatura consistía precisamente en leerse un libro cada semana y presentar sus conclusiones, sus sensaciones al resto de la clase. Lavender estaba en su elemento. Se estaba planteando seriamente estudiar Literatura Inglesa en la universidad, y luego, tal vez, dedicarse a la enseñanza.
- Disculpa. –dijo una voz masculina muy cerca de ella y se vio obligada a abrir los ojos. Estaba segura de que se trataría del típico graciosillo que quería más información sobre lo ocurrido en el aparcamiento. Pero se encontró con unos ojos azules que la miraban con admiración y cariño.- ¿Puedo hacerte una pregunta?
- ¿Eres nuevo, estás perdido? –lo miró de arriba abajo. Su ropa era demasiado anodina, al igual que su cabello castaño oscuro, y tenía un suave acento irlandés. No entendía que podía querer de ella un chico como aquel.- Mira, estoy a punto de entrar en una clase. Sigue todo recto y encontrarás el mostrador de recepción. No tiene perdida.
- ¿Eres así con todos los chicos a los que besas o solo conmigo?
- ¿Perdona? –entrecerró sus ojos marrones para mirarlo mejor.- Yo nunca te he besado.
- Claro que si. El otro día en la cafetería. Yo entraba tan tranquilo y tu viniste hacia mi y me besaste.
- ¿Tú…tú eres el chico de la cafetería? –Lavender hizo un esfuerzo por recordar.
- Si. –el castaño amplió su sonrisa.- Soy Seamus, Seamus Finnegan. Fuimos juntos a…
- Mira, lo siento, no me interesa lo que tengas que decirme. Solo fue un beso, así que olvídalo. –lo cortó enseguida la rubia. Se estaba sintiendo mal por haberlo utilizado de esa manera, pero cuando se sentía acorralada por Blaise, nunca sabía como iba a reaccionar.
- Pero…tú me besaste. ¿Cómo me voy a olvidar de algo así?
- Porque no significó nada. Escucha…Seamus…-recordó su nombre-…no le des importancia a algo que no la tiene. Estaba enfadada con mi exnovio y tú apareciste en el lugar y el momento adecuado. No hay más.
- ¿Solo…solo me utilizaste? –Seamus vio como su admiración por la chica de sus sueños decaía un poco. Su Lavender no era una persona tan mezquina. ¿Cómo había podido utilizarlo de esa manera?
- Mira, lo siento. No era mi intención. –se mordió el labio inferior y notó como las mejillas se le teñían de rojo.- Si pudiera volver atrás en el tiempo, no lo haría.
- No, no digas eso. Porque si hicieras eso, yo no tendría nada que recordar. –confesó el castaño, arrebolado también. Lavender pensó que era lo más bonito que un chico le había dicho. Ni siquiera Blaise, que había sido su novio, le había dicho nunca una cosa tan tierna.- La próxima vez solo…intenta no besar a un chico porque sí.
- Lo siento. –Lavender levantó la cabeza para mirar sus bonitos ojos azules.- No debí hacerlo.
- No pasa nada. Yo…supongo que debería de irme a clase. Solo quería saber porqué lo habías hecho. Pero bueno, si no hubiera sido yo, habrías besado a cualquier otro ¿no?
- Pero te besé a ti, y no creo que seas una persona cualquiera. –Lavender intentaba arreglar algo que desde el principio no tenía arreglo. Ella nunca podría saber que aquel chico era el primer niño que le había dado un baboso beso con tan solo cinco años, ni mucho menos podría saber que con su actitud le estaba rompiendo el corazón.
- Gracias por añadir eso. –le dedicó una sonrisa sincera.- Ahora si que debería de irme. Está a punto de sonar el timbre. Adiós Lavender.
- Adiós Seamus…y lo siento. –bajó la cabeza hacia su carpeta.
- No digas eso, fue un gran beso. –con ese comentario, Seamus desapareció en el interior del aula 215, dejando a una Lavender fuera de combate en medio del pasillo desierto.
Nunca le había pasado que se sintiera mal por algo que había hecho. Claro que podía sentirse mal cuando discutía con Blaise, o cuando un partido de las Veelas no salía como querían, o cuando no cumplía con sus obligaciones para con su perro, pero… Nunca se había sentido mal como consecuencia de algo premeditado. Ella había decidido besar al primer chico que entrase a la cafetería, para darle celos a Blaise, para dejarle las cosas claras. Pero no había pensado en el chico. No le había importado si se sentiría violento, si esperaría algo, si…
No había pensado en él para nada.
Con un suspiro, apretó la carpeta contra el pecho y se dio la vuelta para entrar en el aula. Lo mejor que podía hacer era olvidarse del chico al que había besado. Olvidarse de que le había pedido explicaciones. Olvidarse de que había obrado mal.
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Hermione se paseaba de un lado a otro en la enfermería del instituto. Estaba muy preocupada por Ron. Mientras iban hacia allí había recuperado el conocimiento, pero aun así, el golpe en la cabeza era una cosa seria. Como todo chico, el pelirrojo había protestado para que Cormac, Blaise y Draco lo soltaran. Podía caminar, había dicho. Pero no se fiaban de que se marease y Ron se tuvo que conformar con ir medio erguido y la mirada vidriosa. De eso ya hacia una media hora. La señora Pomfrey se había echado las manos a la cabeza al ver su estado, pero antes de preguntar había desaparecido con él en otra habitación. Sus amigos se marcharon a clase después de darle ánimos. Así que Hermione se había quedado sola.
Se sentía sumamente culpable, no podía quitárselo de la cabeza. Después de todo, Cedric era su novio. Él había reaccionado porque ella era su novia. No justificaba para nada lo que había hecho. A decir verdad, había visto un lado de Cedric que desconocía, lo cual afianzaba lo que ya pensaba hacer. Si había algo que la detenía era el miedo. Siempre la había detenido el miedo. Y Cedric lo sabía, por eso se aprovechaba de ella de esa manera. Pero ver como había ido a por Ron, como le había provocado a traición…eso no tenía justificación ninguna.
Como el tiempo se alargaba, también le dio tiempo de pensar en lo que significaba Ron para ella. Habían comenzado con mal pie, por culpa de ella, claro. Recordó la noche en que se habían conocido en el límite del jardín de ambos. También como se habían comunicado durante el debate en la clase de Historia. Como Ron la había hecho reír con su mensaje de ordenador. Como la había hecho sentir el día anterior al llevarla al refugio de animales. Ron se estaba convirtiendo en una persona muy importante para ella. No quería entrar a analizar lo que todo ello significaba.
Una de las puertas que había a su espalda se abrió. Hermione se dio la vuelta rápidamente y se encontró con el rostro de Cedric contorsionado por el dolor. No hizo nada de lo que se suponía que hacía una novia en esas circunstancias. No le salía correr a su lado e inspeccionar los daños, calmar su dolor con besos y caricias. Su relación con Cedric nunca había sido así. A excepción de los primeros meses, no se habían acariciado nunca. Y era muy triste reconocerlo. Hermione notó como el nudo del estómago se hacía más grande. Miró a Cedric a los ojos y no sintió nada. Él también la miró en silencio con sus acusadores ojos azules. Tenía un ojo morado, la nariz hinchada y un chichón en la cabeza.
Sin embargo, Cedric aun tenía cuerda para reprocharle a Hermione un comportamiento que bajo su punto de vista no era digno de su novia. Se olvidaba de su propio comportamiento y de lo que había tenido que soportar Hermione por su culpa. Pero aprovechó ese momento en que sabía que él era más fuerte que ella. Porque Cedric no era tonto y sabía oler la angustia que embargaba a Hermione a un kilómetro de distancia. Una angustia que no era por él.
- ¿No has tenido suficiente? ¿También tienes que estar aquí esperándolo a él? No te importa lo que piense la gente. Te recuerdo que tu novio soy yo. –le dijo con voz amarga y subida.
- ¿Tú de qué vas? Esta mañana te has retratado, Cedric. No eres más que un niño de papá patético. –acusó Hermione cruzándose de brazos y plantándole cara. La rabia que sentía le daba fuerzas para continuar.
- ¿A quién llamas patético? He sido yo quien le ha pateado el culo al imbécil ese. No creía que tuviera que recordártelo también. La realidad es que yo estoy aquí y él ha tenido que ser traído en brazos.
- Eres un impresentable.
- Nadie flirtea con lo que es mío. Y tu eres mi novia, Hermione, te guste o no. Eso le enseñará a ese, y a todo el que lo intente, que con lo mío no se juega.
- Hablas de mí como si fuera un objeto. Yo te recuerdo que soy una persona.
- Ciertamente, si fueras un objeto no me darías tantos dolores de cabeza. Por tu culpa anoche tuve problemas con mis padres. No les pareció bien que anularas nuestra cena.
- Yo no soy tuya ni de nadie. –aseguró la castaña. Se guardó gran parte de lo que tenía que decirle porque quería pillarlo por sorpresa en el momento adecuado.- Creo que lo más apropiado sería que te marcharas.
- Si, para que puedas seguir haciendo el ridículo con ese tonto de medio pelo. No te engañes, Hermione. Solo se ha pegado a ti porque sabe quién eres y espera algún beneficio. Pero a final de curso, el que se casará contigo soy yo, no lo olvides.
Cedric salió de la enfermería dejando a Hermione con más tensión de la que sentía. Las últimas discusiones con el castaño habían sido muy amargas. Y ella sabía que más pronto que temprano tendría que ponerle fin. La otra puerta se abrió y salió Madame Pomfrey hablando por lo bajo. La enfermera del instituto no estaba contenta con tener que haber curado las heridas de una pelea. Era una mujer de unos sesenta años, pero no mostraba ningún sentimiento maternal para con sus pacientes.
- Madame Pomfrey… ¿Ron está bien? –preguntó Hermione olvidándose de Cedric y lo que acababa de suceder en esa misma salita.
- Estos chicos de hoy día que se pelean…no tienen respeto por nada. En mis tiempos las cosas se hablaban. –murmuró la enfermera meneando la cabeza.- Está bien, aunque ha sido una herida muy fea la que tiene en la cabeza. Por suerte ya no sangra, pero va a tener que guardar reposo hasta la hora de irse a casa.
- ¿No va a ir a clase?
- No. Se quedará aquí para que yo lo vigile. No le ha hecho mucha gracia, es un chico de mucho genio. Pero por encima de todo está la salud.
- ¿Puedo entrar a verlo? –dijo Hermione después de asentir.
- Cinco minutos. Le he dado un analgésico y se quedará dormido en unos minutos. –accedió la enfermera mientras se sentaba detrás del mostrador en la salita de la enfermería. Hermione no añadió nada más y entró en la sala contigua.
Ron estaba tumbado en una camilla y su rostro era tan blanco como la sábana que lo cubría. Bueno, lo medio cubría hasta la cintura. Porque tenía todo el torso desnudo dejando claro que era un chico deportista. Hermione se mordió el labio inferior y lentamente cerró la puerta. Madame Pomfrey había vendado la cabeza del pelirrojo y un brazo. Se acercó a él sin hacer ruido y se sentó en una silla a su lado. Ron tenía los ojos cerrados y respiraba con tranquilidad. Hermione levantó una mano y estuvo a punto de coger la de él. Pero el azar quiso que los ojos azules de Ron se abrieran en ese momento y la mano de la castaña quedó suspendida en el aire hasta que la bajó de nuevo a su regazo.
- Hola. –le dijo muy suave y esbozó una tímida sonrisa. Sentía un extraño revoloteo en todo el cuerpo que se había activado cuando esos ojos azules se habían posado en ella. Lo cierto es que el pelirrojo tenía el extraño don de hacerla sentirse insegura.
- Deberías de estar en clase. –le recriminó con cariño.
- Primero tenía que asegurarme de que estabas bien.
- Estoy bien. Lo más magullado es mi orgullo. Tenía que haber imaginado que un cobarde como Diggory me atacaría por la espalda.
- Podrías haber quedado herido de gravedad y… ¿lo único que te importa es tu orgullo herido? –Hermione frunció el ceño.
- Hacia años que no perdía una pelea. –la miró de nuevo y suavizó su semblante.- ¿Qué haces aquí?
- Ya te lo he dicho. Quería asegurarme de que…
- Pero Cedric es tu novio.
- Si, y también es un imbécil. Siento mucho haberte metido en este lío, Ron.
- ¿De qué lío estás hablando? –fue el turno de Ron para fruncir el ceño con confusión.
- Cedric y yo… nuestra relación no es buena. Me hace daño estar con él.
- ¿Y por qué no le dejas?
- Porque es complicado. Hay muchas cosas en juego. –se pasó una mano por el cabello castaño.
- Entiendo. Pero no te sientas culpable, por favor. No es culpa tuya que Cedric sea un impresentable. –antes de que pudiera Hermione decir algo, añadió.- Se que la cogió conmigo porque iba contigo, pero no es culpa tuya.
- ¿Entonces por qué me siento como si lo fuera?
- Porque tienes un gran corazón. Antes de que el bruto de tu novio se me echara encima, creo que estaba a punto de decirte algo. ¿Te acuerdas?
- Si. –el corazón de Hermione comenzó a acelerarse.
- Estaba a punto de decirte como te veía yo. –hizo una pausa y se contorsionó en la camilla para poder verla mejor.- Lo cierto es que cuando te miro, me siento hipnotizado por tus ojos. Me cautivaron desde el primer momento. Pero eres mucho más que unos ojos dorados de leona. Me gusta la forma en que sonríes y también como te enfadas. Eres una persona que tiene miedo de mostrarse como es en realidad. No te relacionas con el resto porque es lo que se espera de ti. Pero si ves que alguien tiene un problema, no dudas en ayudarle. No se percibe burla en tu tono de voz ni en tus gestos. Sabes escuchar y dices más con lo que no dices que con lo que dices. Eres tierna y cariñosa con los animales y en algún punto de tu interior guardas un recodo para la melancolía y para tu padre. –intensificó su mirada azul.- Como te he dicho antes, tienes un gran corazón y eres una gran persona.
- Yo…
- Nadie te lo había dicho ¿verdad?
- No. –Hermione estaba extasiada por las palabras del pelirrojo. Era cierto que nunca antes nadie le había hablado así. su corazón latía acelerado.
- Bueno, me alegro de ser el primero entonces.
- Ron…yo…
- ¿Antes ibas a cogerme de la mano? –le preguntó para terminar de desconcertarla. Hermione se sonrojó muchísimo, creía que no le había visto.
- S-si. –susurró.
- Estoy muy cansado y creo que me voy a dormir. Pero me iría bien saber que estás aquí conmigo. –movió la mano que reposaba en su abdomen y la dejó suspendida en el aire a la espera de que la de Hermione fuera a su encuentro. Para ponerle las cosas más fáciles a la castaña, cerró los ojos.
- Estoy aquí contigo, Ron. –le dijo Hermione y recogió su mano entre las suyas. Era grande, fuerte y vigorosa, pero en esos momentos también era suave y reconfortante.
- Ojalá pudieras verme como yo te veo. –murmuró Ron antes de quedarse dormido.
Hermione levantó la cabeza y lo miró y sintió como el corazón le daba un vuelco.
- Te veo, Ron. –dijo con la certeza de que, esta vez, él no le había oído.
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Todo el mundo sabía que Daphne Greengrass no era una chica al uso. Si, era una chica. Pero no se vestía como una chica, no se comportaba como una chica y no hablaba como una chica. A menudo, le reprochaban su carácter huraño y defensivo. Tal vez por eso, el verla por primera vez en años con un vestido de chica chocó a todos sus compañeros. En el pasillo del instituto se la quedaban mirando, y los más osados se atrevían a apuntarle con el dedo. Daphne no dejaba de bajarse el dobladillo del vestido azul y comenzaba a pensar que había sido una mala idea. Y lo peor de todo, bajo su punto de vista, es que lo había hecho por un chico. Pero Draco no le había dirigido ni una sola mirada. Comprendía que todos estaban tensos por lo ocurrido en el aparcamiento, pero de alguna forma se sentía ridícula.
Cuando a las once y media de la mañana sonó el timbre que dictaba la llegada de la hora del almuerzo, Daphne ya había decidido cambiarse de ropa. Aprovecharía que todos estaban en la cafetería y se metería en un baño y se pondría el uniforme de baloncesto. Solo tenía que ir a buscarlo a su taquilla. Se despidió de Pansy y Luna en el pasillo con la excusa de ir a buscar algo a su taquilla, lo cual no era del todo mentira. Sus dos amigas acordaron guardarle un sitio y siguieron su camino. Daphne caminó sonrojada por los pasillos sin prestar atención a los murmullos de los chicos de su mismo curso. Acababan de darse cuenta de que Daphne era una chica.
Daphne dejó atrás la planta baja y la primera y siguió subiendo las escaleras hasta la tercera. Allí estaba su taquilla personal y allí también se aseguraba que los pasillos estuvieran desiertos. La pelea del aparcamiento seguía siendo el tema estrella del instituto y todos querían comentarlo con sus amigos. Nuevamente, Daphne tiró del dobladillo de la falda hacia abajo y juntó la tela del escote en uve. Por lo menos, en los pies llevaba unas bambas de tela, así que no había renunciado del todo a ser ella. Pero definitivamente, lo de cogerle prestado un vestido a su hermana Astoria había sido una mala idea.
Llegó hasta su taquilla, introdujo la clave y la abrió. Ver la mochila de deporte en la base hizo que exhalara un suspiro de alivio. Allí dentro estaba su uniforme de deporte y su salvación. Volvió a pensar en Draco. Había sido una tonta por creer que un chico como él se fuera a fijar en una chica como ella. La otra mañana en la cancha de baloncesto, solo la había ayudado, como haría con cualquier amigo o amiga. El rubio no sentía nada por ella ni nunca lo sentiría. Y esa certeza, la dejó desvastada. Draco no era la clase de chico del que te pudieras olvidar de la noche a la mañana.
Con ímpetu sacó la mochila de la taquilla y la cerró de un solo golpe sordo que resonó por el pasillo desierto. Apoyó la frente contra el frío metal y suspiró. ¿Por qué era tan difícil comportarse y pensar como una chica?
- Daphne… ¿estás bien? –dijo una voz a su espalda. Pero no una voz cualquiera, sino la de él.
La castaña se puso roja y nerviosa. Abrió los ojos de golpe y pensó que aquello no podía estar pasándole a ella. De todas las personas que podrían haber aparecido allí…tenía que ser ÉL. Se dio la vuelta lentamente, sintiéndose que era una niña pequeña a punto de hacer una travesura. Cuando ella solo quería cambiarse de ropa. Olvidar que alguna vez se había puesto un vestido y…
- ¿Estás bien? –repitió Draco.- No te he visto en la cafetería con las chicas.
- Yo…es que tenía que recoger mi mochila. –dijo Daphne señalando la bolsa y sintiéndose sumamente tonta. Últimamente le ocurría mucho con Draco, lo cual acrecentaba su malestar.
- Creía que hoy no teníais entreno. Pansy ha quedado con Cormac a la salida. –dijo Draco a modo de explicación.
- No, es que yo…tengo que cambiarme de ropa. –una gota de sudor surcó la frente de la castaña.
- ¿Por qué? –preguntó Draco sin poder contenerse. Al contrario de lo que Daphne pensaba, si que se había dado cuenta de su vestido desde que había llegado al instituto esa mañana. Le turbó mucho verla de esa guisa y pensó que estaba más bonita si cabía.- Yo creo que así ya vas bien.
- ¿Enserio? –Daphne lo miró de reojo.
- Si. A menos que se te haya roto el vestido, manchado o algo. Entonces no te digo nada.
- No, no me ha pasado nada de eso. Pero…
- ¿Qué pasa? –Draco intuyó su cruzada interior.
- Es que todo el mundo me mira. –confesó Daphne abochornada.
- ¿Y qué?
- Pues que no estoy acostumbrada a que todo el mundo me mire. Yo no soy como Hermione o Pansy. No tengo…no se…no se llevar vestidos ni sentirme bonita con ellos. Ha sido un error. –se agachó para recoger la mochila del suelo.
- Un error sería que te lo quitaras. –el rubio puso una mano contra la taquilla cortándole el paso.- Es cierto que no eres como Pansy o Hermione. Pero eso te hace única, Daphne. Estás muy guapa con ese vestido, la gente te mira por eso.
- No, estoy segura de que no es por eso. –Daphne se concentró en lo último que Draco había dicho porque si se ponía a pensar que le había dicho guapa…
- Tienes que confiar un poco más en ti, Daph. Quitarte ese vestido sería un error, de verdad. Sabes que no te lo diría si no fuera cierto.
- Pero...-Daphne sentía que empezaba a ceder.
- ¿Por qué no bajas conmigo a la cafetería? Te invito a un refresco. –sugirió el rubio. Miró el reloj de muñeca y añadió.- A esta hora y con el sol que hace, la mayoría de la gente habrá salido ya a los jardines. Lo digo porque así te sentirás menos cohibida.
- ¿Por qué eres tan atento conmigo? –le preguntó sin poder contenerse y echando a andar hacia la escalera. Le miró de reojo con sus ojos azules y sintió como se ponía colorada de nuevo.- Olvídalo. Haz que no he dicho nada.
- No, te responderé. –Draco la detuvo poniéndole un brazo en el hombro y la miró con sus ojos grises.- No se por qué me comporto así contigo últimamente. Lo cierto es que me intrigas, Daphne. Creía que lo sabía todo de ti, pero cada día me sorprendes con algo nuevo.
- Yo…gracias.
- De nada. Y estás muy guapa con vestido, lo decía enserio. Así que no tengas complejo por ponerte uno siempre que te plazca. –la soltó y comenzó a bajar las escaleras.
- Primero tendría que comprarme uno. –murmuró Daphne.- Este ni siquiera es mío.
- ¿Bajas? –el rubio la miró desde la escalera e hizo como que no la había escuchado, lo cual fue un alivio para Daphne.
- Bajo. –respondió con una medio sonrisa.
¿Dónde estaba la chica tosca?, se preguntó Draco mientras bajaban las escaleras. Había escuchado perfectamente lo último que había dicho la castaña y sintió algo de pena. Estaba claro que estar en las Veelas podría acomplejar a cualquiera. Con ponerse al lado de Hermione y Pansy cualquier chica palidecería. Sin embargo, costaba mucho imaginarse a Daphne como una chica acomplejada. Sorpresas de la vida.
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Hermione había dejado a Ron en la enfermería después de que Madame Pomfrey entrase diciéndole que tenía que descansar. Pero el recuerdo del pelirrojo no la había abandonado en todo el día. Había pensado más en él que en las materias que estaban dando los profesores de turno. Y eso no era nada usual en ella. Hermione era una de las alumnas más inteligentes de Hogwarts, pero ese día estaba con la mente en otro lado. Las palabras pronunciadas por el pelirrojo le habían llegado al alma y al corazón y había comenzado a pensar que sentía algo más por él que una amistad especial. Claro que primero tendría que aclarar las cosas con Cedric. Tampoco se había quitado de la cabeza al castaño, pero por razones distintas.
¿Cómo podían ser dos chicos tan diferentes?
Las insinuaciones de Cedric con respecto a Ron le habían dejado el estómago revuelto. Pero Ron, sin saberlo, había borrado todas sus dudas de un plumazo. Nunca nadie le había hablado de aquella manera, ningún labio había pronunciado esas palabras refiriéndose a ella. Si tan solo el pelirrojo hubiera podido sentir el brinco que había dado su corazón…
Salió de la última clase con la carpeta pegada al pecho. Se encontró en el pasillo con Pansy, Luna y Lavender. Sabía que las tres deseaban comentar con ella lo ocurrido esa mañana. No para chismorrear, sino para comprobar como le había sentado y si estaba bien. Podía leer esa incertidumbre en los ojos de Pansy. Su mejor amiga la conocía mejor que nadie, tal vez por eso de la incertidumbre pasó a la sorpresa. Había una luz nueva en los ojos de Hermione. Una luz que nunca le había visto y se preguntó por qué. Lavender estaba también en su mundo. La conversación con Seamus le había dejado con un sentimiento de culpabilidad que no estaba acostumbrada a sentir. Le había hecho daño a ese chico y eso no le gustaba nada. Luna era la única que no expresaba nada con sus ojos.
- Hermione, ¿cómo estás, cariño? –se interesó Pansy sin abandonar su mirada.- ¿Has podido hablar con ese chico?
- Si. Ron está bien. Ha pasado el día en la enfermería, pero creo que Madame Pomfrey ya le daba el alta al sonar el timbre de la tarde. –explicó con tranquilidad la castaña.
- Ah, qué bien. No puedo creer lo que ha hecho Cedric. Pero bueno, eso ya será algo que tendrás que valorar tu.
- Lo se, créeme que lo se. –ahora si que la mirada de Hermione no dejó lugar a dudas.
- Bueno, yo me tengo que ir. He quedado con Cormac. Pero si quieres me puedo quedar y vamos a tu casa…
Hermione conocía a Pansy lo suficiente como para saber que no lo había dicho por decir. Realmente la morena habría anulado su cita con Cormac para prestar apoyo a su mejor amiga. Pero precisamente por eso, la castaña no lo iba a permitir.
- Vete y pásalo bien. –le dio un beso en la mejilla y la morena se fue algo intranquila y tomando nota de que tendrían que hablar pronto largo y tendido.
- Ha sido un día interesante, ¿no crees? –dijo Luna de repente.- Quien hubiera pensado que ese chico habría peleado por ti.
- No ha peleado por mi, Lu. –la contradijo Hermione mientras el corazón le latía acelerado de nuevo.
- Claro que si. Cedric aun es tu novio.
- ¿Eso que tiene que ver? –preguntó Hermione con el ceño fruncido.
- Pues que ese chico está enamorado de ti y Cedric no. Pero Cedric es tu novio y ese chico no. –dijo Luna como si fuera lo más evidente del mundo.
- Luna…
- Anda, mira, una mariposa. Es extraño verlas aquí dentro ¿no? –se entretuvo mirando la mariposa y Hermione no pudo contestarle de la forma que quería.
- Lav, ¿estás bien? –preguntó en su lugar a la otra rubia del grupo.
- ¿Qué? Ah si. Hermione… ¿tú crees que soy buena persona? –miró a la castaña con el corazón en un puño y sintiéndose francamente mal.
- ¿Qué? ¿Por qué me preguntas eso? Claro que eres una buena persona, cielo.
- Es que…hice algo que no está bien.
- Todos hacemos cosas que no están bien, pero eso no significa que todo el mundo sean malas personas. –le aseguró Hermione.- ¿Por qué piensas eso?
- El chico al que besé…le utilicé para darle celos a Blaise y ahora… No se qué hacer, Hermione.
- ¿Hacer con qué?
- Con ese chico. Él no se merecía eso. Hice que se hiciera ilusiones y yo…yo no tengo nada que ofrecerle, ni siquiera sé quien es.
- Bueno, cielo…
- ¿Crees que tendría que hablar con él? Si, lo buscaré y hablaré con él otra vez. A lo mejor encuentro algo que pueda hacer para compensarle. –Lavender volteó la cabeza para mirar a la castaña y añadió.- Lo siento, tengo que irme.
Hermione se quedó con Luna en medio del pasillo. Suponía que el pelirrojo no tendría ganas de ir con ella en su coche, así que decidió irse con la rubia en el autobús. Tanto ella como Ron tendrían que pensar lo que se habían dicho y lo que no se habían dicho esa mañana. Aunque si una cosa había quedado clara, no se eran indiferentes.
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Tras lo ocurrido aquella mañana, no era aconsejable que Ron condujera de regreso a casa. Así que Harry se ofreció a acompañarlos. Salieron del instituto cuando ya no había prácticamente nadie, así que al pelirrojo no le dio vergüenza apoyarse en el hombro de su amigo. Ginny se había enterado del altercado ya estando en clase y se había puesto muy nerviosa. La gente sostenía versiones diferentes de porqué el capitán del equipo de fútbol se había echado encima del chico nuevo. Pero la más extendida era la de que se habían peleado por una chica, por Hermione.
No estaba segura de cómo iban a reaccionar sus padres. Ron ya había tenido problemas en Londres y no quería que la historia se repitiera. Cierto que el pelirrojo no había comenzado la pelea pero… el resultado había sido el mismo. Mientras Harry conducía de camino a la casa de los Weasley, se vio embargado por el perfume de la pelirroja. Ginny estaba sentada a su lado, mientras Ron ocupaba gran parte del asiento trasero. Hacia días que no estaban juntos y le turbaba pensar que la había echado de menos. También le turbaba pensar que la atraía la hermana pequeña de su amigo. Por que todo el mundo sabía que en el código de los amigos, las hermanas estaban prohibidas. Sin embargo…
- ¿Quieres que ponga música? –se ofreció Ginny y movió su mano izquierda para darle a la ruedecilla del volumen.
- Claro.
- No fastidies, Ginny. No quiero escuchar a esos tíos que te gustan tanto. –se quejó Ron al percibir los primeros acordes de "Look alter you" de The Fray. Se llevó una mano a la cabeza y cerró los ojos.
- Tu calla, que bastantes problemas tendrás para explicarles a papá y mamá el labio partido. Se enfadarán muchísimo.
- No, no lo harán porqué no les dirás nada. –afirmó el pelirrojo.- Les diré que me han dado con un balón en clase de deporte.
- Bueno, tu mismo. Pero esto no es Londres, es un pueblo pequeño y la gente habla. Díselo Harry. Dile que tengo razón.
- Cla-claro. Ginny tiene razón, Ron. La gente habla y terminarán por enterarse. Es mejor que tu les aclares la verdad desde el principio. Además, todo el mundo lo vio, fue él quien te atacó.
- Tu no conoces a mis padres, ellos solo se quedarán con que fue una pelea en la que estaba implicado.
- Bueno. –Harry volvió a concentrarse en la carretera y pronto llegaron a la casa de los pelirrojos. Detuvo el coche y ayudó a Ron a salir. El pelirrojo, que había recuperado su mal humor al ver que la castaña se había marchado sin despedirse, echó a caminar hacia la casa y dejó a su hermana y a su amigo cerrando el coche.
- Gracias por traernos, Harry. –dijo Ginny ofreciéndole su mejor sonrisa.
- De nada. –el moreno se metió las manos en los bolsillos sintiéndose de repente torpe.
- ¿Estás seguro de que no quieres entrar y merendar con nosotros?
- No, yo…tengo que volver a casa. –pensar en estar a solas con Ginny le ponía nervioso.
- Me dejas con el ogro, -dijo Ginny refiriéndose a su hermano.
- Si, bueno, hoy no ha sido su mejor día, está claro.
- Harry…-Ginny lo miró con sus ojos de color chocolate y sintió que se perdía. Sería capaz de hacer cualquier cosa que ella le pidiera, con los ojos cerrados y sin pedir explicaciones. Pero enseguida recordaba que era la hermana pequeña de su amigo, así que…
- ¿Si?
- Nada. Solo…-la pelirroja se inclinó hacia delante, estaba muy cerca del cuerpo de Harry. Y cuando vio que el no la rechazaba, que no daba un paso hacia atrás, se puso de puntillas. Iba a besarle, lo había decidido en el corto trayecto del instituto a su casa.
Miró sus ojos verdes dejándose llevar por ellos, rozó su nariz con la de él y…
- ¡Ginny! ¿Vienes o no? No encuentro las llaves. –gritó Ron desde la puerta y los dos se separaron como si hubieran sido repelidos por la cara negativa de un imán.
- Esto…será mejor que me vaya. –dijo Harry con cara de fastidio.
- Cla-claro. –asintió Ginny sonrojada hasta la raíz del cabello.- Yo…tengo que abrirle la puerta a Ron.
- Hasta mañana, Ginny.
- Hasta mañana, Harry.
Frustrados por igual, Harry emprendió el camino hacia su casa y Ginny hacia la suya. Él pensando que le vendría bien despejarse y ella pensando en darle un capón al inoportuno de su hermano. Pero solo estaban retrasando lo inevitable, ambos lo sabían. Ginny era la hermana de Ron, si, pero también era la chica por la que Harry suspiraba.
