Capítulo 7: Un beso inolvidable.
La semana comenzó con muy buenas vibraciones para las Veelas después de ganar el partido contra las chicas de Legacy. Tuvieron que aguantar insultos y provocaciones por parte de las chicas, pero Hermione supo mantener a Daphne y Pansy en vereda. Todo el mundo sabía que ambas eran las más susceptibles. Pero no merecía la pena cuando iban a ganar el partido. Las Veelas habían demostrado que eran las mejores y las Legacy habían echado muy en falta la presencia de su antigua capitana, Amaranta. Ginny también había sorprendido a todos haciendo unas jugadas que no eran de manual y que habían culminado en la máxima puntuación. Se podría decir que Ginny Weasley se había convertido en la estrella del equipo y las Veelas estaban contentas de poder cederle el puesto.
Sin embargo, no todo habían sido alegrías durante el fin de semana. A Lavender le había resultado complicado conciliar el sueño, y cuando lo hacía, se desvelaba a cada momento. Era algo exasperante para ella, porque nunca antes se había preocupado por nadie. Por sus amigas si, claro, y por su familia, pero ya está. Seamus había irrumpido en su vida como un torrente y había puesto en jaque las bases de esos pensamientos que tan bien le habían servido hasta ahora. No podía quitarse de la cabeza la mirada triste del castaño y la manera en que la acusó de haberlo utilizado. Era cierto, sería inútil negarlo. Lo había utilizado, y además de manera consciente. En aquellos momentos solo pensaba en Blaise y en como le repatearía verla besando a otro.
Nunca se paró a pensar en el otro. Y mucho menos que ese otro albergara alguna esperanza de que ella… Era completamente ridículo, se dijo. Ni siquiera conocía a Seamus Finnegan. Puede que fuera un compañero más de instituto, pero no era su amigo. Podría jurar que nunca habían intercambiado ni una sola palabra hasta la semana anterior. Reconocía que el chico tenía agallas. No todo el mundo podía acercase a una Veela y reclamarle por algo que había hecho.
Lavender entró a la primera clase que tenía esa mañana y se sentó en su pupitre habitual al principio del aula. No lo hacía porque fuera una alumna aplicada, sino porque desde más atrás no veía las letras de la pizarra. Ya le habían comentado que debería de ponerse gafas, pero su vanidad se lo impedía y prefería continuar ignorando la realidad. Sacó su libro, su libreta y su estuche. Le gustaba tenerlo todo a mano. Aparte de ella, el aula estaba vacía. Se miró el reloj de pulsera y se enteró del por qué. Aun faltaban quince minutos para que comenzara la clase. En el pasillo se escuchaban voces, risas y corridas propias de cualquier instituto un lunes por la mañana. Pero Lavender no estaba para fiestas. Apoyó la cabeza en el brazo y suspiró.
No era así como se había imaginado su último año de instituto. Sola. No tenía novio, y eso era algo importante para ella. Blaise había echado al traste su relación cuando le había sido infiel con otra chica. Y también le había roto el corazón, aunque eso Lavender jamás se lo reconocería a si misma. Pensó de nuevo en Seamus y en lo diferente que parecía de Blaise. Tal vez no formara parte de un grupo popular, ni tuviera una personalidad arrolladora, ni unos ojos negros capaces de entrar en tu alma, pero…Seamus tenía algo, estaba segura de ello.
Escuchó movimiento detrás suyo, aunque no se molestó en darse la vuelta. Normalmente nadie hablaba con ella. Era curioso. Estaba en el grupo más popular de instituto, todo el mundo la conocía, pero en realidad, nadie se paraba a pensar en lo sola que estaba. No solo ella, sino el resto de las Veelas también. Si no fuera por el fuerte vínculo de amistad que las unía…estarían solas y serían vulnerables. Pero de alguna forma habían conseguido convertir sus defectos en cualidades que los demás admiraban. Nadie se paraba a pensar en lo infeliz que era Hermione, en que Daphne no se sentía a gusto consigo misma, en que Pansy casi no tenía relación con sus padres, o en que ella misma se sentía el patito feo del cuento.
Alguien se sentó detrás suyo y respiró hondo. El aliento de esa persona le llegó a la piel de sus hombros desnudos y frunció el ceño. La clase era lo suficientemente grande como para que se hubiera puesto en otro lado. No le gustaba sentirse aprisionada cuando no era necesario. Pero lo dejó pasar porque no se encontraba en su mejor momento. Cualquier otro día se habría cambiado de asiento o simplemente le habría dicho a esa persona que se moviera hacia otro lado. Así era como funcionaban las Veelas, vetando el espacio de alrededor suyo.
- Disculpa. –dijo la persona que se había sentado detrás. Era un chico y Lavender reconoció la voz al instante. Lo cual la desconcertó porque el corazón comenzó a latirle muy deprisa.- Me acabo de dar cuenta de que no tengo bolígrafo con el que escribir. ¿Me podrías prestar uno?
Cuando se dio la vuelta, sus ojos marrones se encontraron el rostro de Seamus, que reflejó sorpresa. No la había reconocido. Abrió la boca para decir algo más, pero la cerró enseguida. No podía evitar que Lavender siguiera dejándole con la mente en blanco. Su encuentro en el pasillo la semana anterior había sido un punto de inflexión en una relación que todavía no había comenzado. La rubia se dio la vuelta para mirar en su estuche y escogió un bolígrafo negro.
- Toma. –le dijo de manera seca y se giró dándole la espalda de nuevo. La presencia del castaño la turbaba de una forma que solo podía comparar con cuando lo hacía Blaise. Y eso había ocurrido antes de que se hicieran novios.
- Gracias. Te lo devolveré al final de la clase. –Seamus suspiró en silencio al ver como la chica de sus sueños lo ignoraba de nuevo. Él no podía saber que con su pregunta de la semana anterior había sembrado la semilla de la duda en la práctica cabeza de Lavender. Ya no le funcionaba lo que es bueno y beneficioso para mí, lo es para el resto.
Seamus se mordió la lengua. Era un chico muy prudente y que no solía buscar conversación con nadie. mucho menos discusión. Pero sentía que de alguna forma, la frialdad que emanaba de Lavender, la había provocado él. Tal vez había sido injusto con ella al tacharla de egoísta, pero… a él también le había afectado que su beso no significara lo mismo para ella que para él. Tenía todo el derecho a preguntarle sobre el asunto y exigirle una explicación. Lo malo es que su madre no lo había educado para ofender a las chicas, así que…
- Perdona. –la llamó esta vez dándole un toquecito en el hombro. La rubia se dio la vuelta con sorpresa en sus ojos marrones.- Creo que soy persona non grata para ti ¿no? Quiero decir después de nuestra conversación del otro día. No era mi intención incomodarte, por eso te pido disculpas.
- Soy yo la que te besó y te utilizó, ¿y eres tú el que te disculpas? –la frialdad que reflejaban los ojos de Lavender se desvaneció en un instante. ¿Cómo podía ser tan tonta?- Por favor, no hagas eso.
- ¿Qué no haga el qué? –preguntó el castaño confundido.
- Mostrarte comprensivo conmigo, no me lo merezco, de ti no. Ya me siento lo suficientemente mal como para que encima me de cuenta de que eres mejor persona que yo.
- Tú eres una buena persona.
- ¿Enserio? Ya no estoy tan segura de ello. –chasqueó la lengua al levantar la cabeza y ver a Blaise apoyado en el vano de la puerta. ¿Qué demonios quería ahora?- Mira, no se si me disculpé el otro día contigo, pero…lo hago ahora. No tendría que haberte utilizado de esa manera.
- ¿Te has estado torturando todo el fin de semana con ese tema? –Seamus no podía evitar que aquello le llegara al alma. A lo mejor no estaba todo perdido con la chica de sus sueños.
- Si, bueno, yo también tengo conciencia, ¿sabes? Aunque no la saque mucho a relucir. –se defendió Lavender.
- ¿Y disculpándote conmigo ya sanas tu conciencia? –quiso saber el castaño.
- ¿Qué quieres que haga, que me corte las venas? –torció el morro.- Porque no estoy dispuesta hacerlo por nadie. Además, tú no te arrepientes del beso, eso dijiste ¿no?
- Si, y sigo pensando igual. Pero yo no te he pedido que hagas nada, has sido tú la que ha abierto la caja de los truenos.
- Solo lo he hecho porque no me parecía justo que tú te disculparas por algo que había hecho yo. –la gente iba entrando a la clase y ocupando los pupitres libres. Algunos miraban con curiosidad a la pareja, pero ellos seguían concentrados el uno en el otro.
- Así que tú no aceptas mis disculpas pero yo si que tengo que aceptar las tuyas ¿no? –Seamus sonrió en el mismo instante en que la profesora Vector llegaba a su mesa.- No me parece justo.
- ¿Por qué?
- Porque si yo tengo que aceptar algo tuyo, tú también deberías de aceptar algo mío. –vio su oportunidad y no la desaprovechó. Con un ojo miraba a la profesora, rogando porque se demorara unos minutos más en dar comienzo a la clase.
- ¿Y qué se supone que tendría que aceptar tuyo? –preguntó Lavender con recelo.
- Sal conmigo una tarde de este fin de semana. No como una cita, sino como amigos. Podría contarte cosas muy interesantes sobre ti y sobre mí.
- Pero si no te conozco de nada. –declaró la rubia algo nerviosa.- Además, ¿se supone que eso me ayudará a sanar mi conciencia?
- Pues si, porque no estarías haciendo algo por ti, sino por mí.
- ¿Y si no es una cita, donde me llevarías?
- Pues no lo sé, pero algo se me ocurrirá. ¿Qué me dices?
- Está bien, acepto. –dijo Lavender al cabo de unos segundos sorprendiéndolos a los dos. Se dio la vuelta y se llevó una mano al pecho. ¿Qué acababa de hacer? Pero había seguido un impulso. Y tampoco tenía nada que hacer ese fin de semana, bueno si, la pijamada en casa de Ginny, pero podía escaparse un par de horas para estar con Seamus. No se pudo concentrar en esa clase, ni tampoco en la siguiente. Porque aunque Seamus no la llamara así, tenían una cita, y hacia mucho tiempo que Lavender no tenía una cita con un chico.
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La cafetería del instituto siempre era el punto central. Allí se reunían los alumnos para ver y ser vistos, para hablar y que hablaran de ellos. Ese lunes la cafetería era una fiesta de color rojo en homenaje a sus chicas del equipo de baloncesto. Poco importaba que ellas se hubieran recluido en su mesa de siempre e hicieran caso omiso a los vítores y aplausos. Tampoco habían hecho nada remarcable. Aunque la satisfacción personal de haberles pateado el culo, seguía ahí. Aparte de esa sensación, Hermione no tenía nada por lo que estar feliz. Parecía que el destino le brindaba una de cal y otra de arena. Si se había sentido cómoda con Ron, si el pelirrojo le había hecho sentir la única persona en el mundo, Cedric la había hecho sentir como una autentica mierda.
Miró la manzana roja que había encima de la mesa y que no tendría que haber cogido porque no se la iba a comer. Por su mente pasaron las imágenes de la fiesta que celebró su madre el sábado por la noche. Tal y como le había dicho a Pansy, era obligatoria su asistencia, así como la de Cedric y los padres de este. Todos los presentes auguraban un buen futuro a la fusión de Empresas Granger y Petroleras Diggory. Pero ella lo veía cada vez más lejano. Algún día encontraría un as en la manga que pondría en jaque a su madre y a todas las personas que le amargaban la existencia. Descubrir que Cedric le estaba siendo infiel en su propia casa había sido otra piedra más en el camino. Pero dolía, dolía mucho.
No dejaba de preguntarse si eso era lo que le deparaba su vida. No entendía como el azar le había puesto en su vida a Ron con la única función de preguntarse lo que podría haber sido y nunca seria. Porque ahora más que nunca, tenía que reconocer ante si misma que sentía algo por el pelirrojo. Nunca se había sentido con nadie de la forma en que se sentía con Ron. Había entrado en su vida como un torrente de luz, como una vela en la oscuridad que nunca se consume. Hermione suspiró y ladeó la cabeza para mirar por la ventana. No quería que sus amigas vieran la congoja que rodeaba sus ojos. Eso solo serviría para preocuparlas. Aunque ocultarle a Pansy sus sentimientos se le hacía cada vez más difícil.
Vio como al otro lado del ventanal, en el jardín del instituto, estaba Ron jugando al fútbol con sus amigos. Sin proponérselo una sonrisa afloró en sus labios. Se le daba muy bien el deporte rey, y además tenía una sonrisa que traspasaba el cristal. Regateó la defensa de Seamus y Dean y le marcó un gol a un despistado Neville. Al terminar la jugada, chocó manos con Harry. Esa camaradería nunca la había visto entre Cedric y sus amigos. Si entre Blaise, Cormac y Draco, pero Cedric siempre se había creído por encima de ellos. Era una lástima, la verdad. Unas chicas se sentaron en el césped para animar el improvisado partido y Hermione se sintió molesta con ellas. ¿Qué hacían mirando a Ron?
Se sonrojó ligeramente al darse cuenta de lo que significaba esa pregunta en su mente. Tendría que tener más cuidado con lo que pensaba. De momento, a Ron solo le unía una bonita y tierna amistad.
Conociendo a Hermione como la conocía, Pansy tan solo tuvo que voltear la cabeza hacia el jardín para saber en lo que estaba pensando. No sabía a qué atenerse con esos sentimientos que estaban aflorando en el corazón de su amiga. Ella era la única que sabía por qué todavía aguantaba los desplantes de Cedric. La presión a la que la señora Granger mantenía a su hija era algo que nunca entendería. Al menos sus padres, estaban siempre de viaje, pero no esperaban de ella más de lo que les podía dar. En el fondo, y también en el exterior, la morena sentía una rabia nada sana hacia la madre de su mejor amiga. Solo esperaba que fuera lo que fuera que sentía por el chico pelirrojo, saliera bien y fuera feliz. En el mundo no había nadie que se mereciera tanto ser feliz como Hermione.
- ¿Estás viendo algo interesante? –le preguntó a la castaña en un tono que solo pudiera oír ella. Sus sospechas se vieron confirmadas al aparecer puntitos rojos en sendas mejillas. Sonrió de lado y después se mordió los labios para no soltar una carcajada. La expresión de los ojos de Hermione era como si le hubieran pillado cometiendo una travesura.- Es muy guapo, la verdad. –añadió al ver que su amiga no decía nada.
- No sé a quién te refieres, Pans. –intentó disimular Hermione, aunque sabia de antemano que eso era imposible. A Pansy Parkinson pocas cosas se le escapaban, y esa no era una de las excepciones.
- Hermione, creía que sabías que conmigo podías hablar de cualquier cosa. –insistió la morena en un tono de reproche que para nada sentía. Pero sabía que era el único modo de hacerle hablar a Hermione. Su amiga era así de complicada, aunque sería más acertado decir que estaba acostumbrada a guardarse sus sentimientos para si misma.- Yo te hablé de mi cena con los padres de Cormac y sobre la sesión de peluquería a la que fui sometida por Birdie.
- Lo siento, Pans. –la castaña se volvió para mirar a su amiga a los ojos y hacerle partícipe a su amiga de todo lo que pasaba por su mente en esos momentos. Era lo bueno de Pansy, sabía captar lo que ocurría con tan solo una mirada. Por debajo de la mesa, le cogió de la mano y se la apretó para mostrarle su apoyo.
- ¿Qué ha hecho esta vez? –preguntó refiriéndose a Cedric. Sabía que era la única persona en el mundo, aparte de su madre, que podía hacer llorar a Hermione. Y aunque su amiga había intentado disimularlo con el maquillaje, si mirabas fijamente sus ojos te dabas cuenta de que estaban irritados por el llanto.
- Lo de siempre, solo que esta vez en mi propia casa. –bajó la voz de manera que solo fuera un murmullo.- Se lo estaba montando con una en uno de los cuartos de baño. Ni siquiera se molestó en ponerle el cerrojo a la puerta. Podría haber entrado cualquiera. –se llevó las manos a la cabeza y al rostro.- Ya no puedo más, Pansy.
- Pues déjalo. –le aconsejó la morena de manera vehemente.- No te hace ningún bien, Hermione. No eres feliz a su lado, ni creo que ya lo quieras.
- Pero lo quise…y mucho. –respiró hondo.- Y quiero pensar que él también me quiso al principio. No sé qué ha ido ocurriendo entre nosotros para que ahora se comporte así y no le importe si me hace daño o no. Cedric no es así, Pans. Lo conozco.
- Lo conocías, Hermione. –corrigió Pansy y se guardó toda la rabia que sentía por el castaño. Era inútil llevarle la contraria a la castaña en esos momentos para decirle que Cedric era mala persona y que no se merecía el amor de alguien como ella. Lo único que Pansy podía hacer era apoyar a su mejor amiga.- ¿Qué vas a hacer con él?
- No lo sé. La lógica y el corazón me dicen que termine con él, sean cuales sean las consecuencias. Pero…
- No hay peros que valgan, Hermione. Si la lógica y el corazón están de acuerdo, es porque es una decisión acertada. –le apretó de nuevo la mano.- Se que tienes miedo, y que eso es lo que te frena a dar el paso, pero… No te queda otra opción si quieres ser feliz y tener algún control sobre tu vida. Porque recuerda que es tu vida, Hermione. No la de tu madre.
- ¿Por qué es tan complicado todo? –volteó la cabeza para mirar a los jardines y una vez más sus ojos se encontraron la figura del pelirrojo jugando al fútbol con sus amigos. Como si de una extraña conexión se tratase, Ron levantó la cabeza y miró en su dirección. Le sonrió antes de correr detrás del balón.
- ¿Y qué hay de ese chico pelirrojo? –quiso saber Pansy con una medio sonrisa en los labios.- No me negarás que hay algo después de ver la mirada que os acabáis de echar. Además, no dejas de mirarlo con cara de boba desde que nos hemos sentado aquí.
- No pongo cara de boba. –replicó Hermione. Se mordió el labio inferior mientras volvía a mirar a la morena y añadió con algo de preocupación.- ¿Crees que alguien más ha notado que lo estaba mirando a él?
- No. Yo me he dado cuenta porque te conozco demasiado. ¿Qué hay con él?
- No hay nada; solo somos amigos. Además, es mi vecino y el hermano de Ginny.
- Me estás saliendo por la tangente, y creía que ya habíamos dejado claro eso.
- Pansy, no puedo hablar de lo que siento aquí. –dijo Hermione mirando a su alrededor y captando unos cuantos ojos que estaban fijos en ella. Se sentía extremadamente expuesta, cosa que antes no le habría importado. Pero de alguna forma, las cosas estaban cambiando dentro de ella.
- ¡Ajá! –exclamó Pansy.- Así que sientes algo por él. Te he pillado.
- No. Yo no…-la castaña se puso nerviosa y se sonrojó ligeramente.- Mira, no se lo que siento por Ron si es que siento algo por él. Es un muy buen amigo, que me escucha, me hace reír y me apoya cuando intuye que estoy mal. Además, no tiene sentido hablar de esto ahora porque yo aún estoy con Cedric.
- Porque quieres. –murmuró la morena.- Pero te voy a respetar ese espacio hasta que te aclares. Solo quiero que sepas que el grupo te va a apoyar sea cual sea la decisión que tomes. Nosotros solo queremos que seas feliz, que vuelvas a sonreír con los ojos.
- Gracias, Pansy. –dijo Hermione emocionada con las palabras de su amiga y sintiendo un nudo en la garganta que le impedía añadir algo más.
- Por cierto, me alegro de que tengas a alguien más aparte del grupo con el que hablar y sentirte bien. Es importante encontrar a ese tipo de personas y rodearte de ellas. –inclinó la cabeza para mirar al pelirrojo a través del cristal.- Además, parece un buen chico.
- Lo es. Cuando quieras te lo presento.
- Te tomo la palabra. –en un arrebato, le echó los brazos al cuello y se abrazaron durante largo rato sin importarles, ahora no, que las estuvieran observado casi todos los presentes en la cafetería.
Draco entró en la cafetería justo en el momento en que Pansy y Hermione terminaban su abrazo, pero estaba demasiado ocupado buscando a otra persona como para fijarse en ellas. Había pasado un fin de semana extraño, esa era la palabra. Después de la clase de física con Daphne y lo que había estado a punto de ocurrir…su cabeza no había dejado de dar vueltas y más vueltas. Nunca antes, en sus diecisiete años, se había sentido así. Él era un Malfoy y, por definición, tendría que estar por encima de todas esas cursiladas llamadas amor, enamoramiento, encaprichamiento… Lo que fuera. Pero él siempre fue diferente a sus padres. Bajo esa fachada de chico frío se escondía un gran corazón.
Daphne era una debilidad, lo había comprendido ese fin de semana. Y afianzaba esa afirmación ahora, cuando no dejaba de buscarla. Quería encontrarse con sus ojos azul oscuro para saber que todo seguía igual entre ellos. No se habían besado porque ella se había apartado. Tenía que confesar que eso le tenía un poco desubicado. Las chicas no acostumbraban a apartarse de su lado. Al contrario. Pero tenía que recordar que Daphne era diferente.
Con un gesto de hastío, muy propio de él, echó a andar hacia donde estaba la mesa de las Veelas. Odiaba tener que rebajarse y preguntar por una chica a otras chicas. Pero Daphne no le había dejado otra opción. ¿Dónde se había metido que no la veía por ningún lado? Era imposible que se estuviera escondiendo de él por culpa de un beso que podría haber sido y que no fue. En el fondo, eso también le mosqueaba lo suyo. ¿Qué había hecho para que ella se apartara? Daphne no le había dado ninguna explicación y había optado por terminar la "clase" en aquel mismo momento. No es que se sintiera humillado ni menospreciado, podría tener a cualquier chica de las que estaban sentadas en la cafetería en aquel momento. Pero…
Arribó a la altura de las Veelas y paseó sus ojos grises sospesando a quién le podría preguntar. Luna estaba descartada desde ya; la rubia vivía en las nubes y dudaba mucho de que supiera donde estaba Daphne. Lavender bien podría decírselo, pero conociéndola, no tardaría en proclamar a los cuatro vientos que él estaba interesado en Daphne y eso le haría quedar como un patán. Así que otra que no le servía. Si cogías a Pansy de buenas podía ser muy buena, pero si la cogías de mala podía ser una autentica capulla. Además, no se libraría del repaso de arriba abajo con sus fríos ojos azules que podían ser como puñales. A la pelirroja que se acercaba con andares saltarines y una sonrisa que no le cabía en el rostro, no la conocía la suficiente. Así que solo le quedaba una persona. La única en la que había pensando desde el principio. Porque no había que engañarse, Hermione era el corazón y el alma de ese grupo.
Se acercó a ellas y carraspeó para tener su atención. La castaña volteó la cabeza y fijó sus ojos ambarinos en la tez excesivamente blanca del rubio. Le sonrió con tranquilidad, aunque Draco fue consciente del velo de tristeza que envolvía sus ojos. Pensó que el imbécil de Cedric había vuelto a hacer de las suyas, pero no estaba allí para eso. Además, conocía a Hermione lo suficiente como para saber que no le gustaba que se inmiscuyeran en sus problemas; fueran de la índole que fueran.
- Hola, Draquito. ¿Qué tal el fin de semana? –preguntó Pansy con excesiva amabilidad.- No te vimos en el partido. Nos habría venido bien tu apoyo desde las gradas. –añadió con un mohín casi perfecto.
- Lo siento. Tenía cosas que hacer con mi padre. –replicó él a modo de contestación y pasó por alto el mote que le había puesto la morena. No sabía por qué, era a la única persona que le permitía llamarlo así. Claro que nadie más habría osado a hacerlo.- Pero ya me dijeron que pudisteis con las Legacy a pesar de lo sucio que jugaron.
- Es lo que tiene ser el mejor equipo de baloncesto femenino del condado de Plymouth. –dijo Pansy orgullosa y bajó la cabeza para tomar un sorbo de su refresco. Nunca había sido una chica de tomar leche ni café.- Aun así habría sido bonito tener a todos nuestros chicos allí animando. Habríamos sido la envidia de la afición también.
- ¿Qué te trae por aquí, Draco? –preguntó Hermione sin dejar de mirarlo a los ojos. Siempre había sido muy receptiva cuando se trataba de los demás. Su talante sereno te daba una confianza que pocas personas conseguían a lo largo de la vida.- Por mucho que tu interés por el partido sea sincero, no creo que hayas venido hasta aquí para hablar de él con Pansy.
- ¡Ey! Eso ha dolido. –exclamó la aludida de manera teatral. Aunque enseguida se levantó de su asiento al ver que entraba Cormac por una de las puertas laterales. Utilizando sus propias palabras, estaba loca por el castaño y no le importaba que todo el mundo lo supiera. Quizás por eso se lanzó a sus brazos y le plantó un beso en los labios delante de todo el mundo.
- Si que les ha dado fuerte. –observó Draco y se sentó en el asiento que había dejado libre la morena.- Lo cierto es que disfruto viéndola así. –Hermione sabía que el rubio sentía una debilidad fraternal hacia Pansy. Por eso la consentía tanto.- ¿Dónde está Daphne? No la he visto en clase de Biología ni tampoco por los jardines. –añadió como quien no quiere la cosa.
- Daphne no ha venido hoy al instituto, lo siento. –le informó Hermione.- Ayer amaneció con algo de fiebre y esta mañana me ha llamado para decirme que seguía igual. Un resfriado de otoño, nada por lo que preocuparse.
- Oh. –Draco se quedó en silencio unos segundos. De todas las posibilidades, no había pensado en que su ausencia se debiera a un simple, común y terrenal resfriado. Y él creyendo que intentaba evitarlo…
- ¿La necesitas para algo en especial? –inquirió Hermione con el mismo tono inocuo con el que le había informado. Cuando quería, la castaña podía ser todo un enigma. Nadie diría que bajo sus labios apretados y serios, se escondía una sonrisa de felicidad por su amiga.
- ¿Qué? –levantó la cabeza para mirarla con sus ojos grises.- No. ¡No! Yo solo…en la clase de Biología hemos tratado unos puntos importantes de cara a los exámenes y me ha extrañado que no estuviera por allí. Eso es todo.
- Si son tan importantes, tal vez podrías prestarle tus apuntes. Estoy segura de que te lo agradecería mucho.
- Si, podría. –dijo Draco pensativo.
- Tu casa queda de camino a la suya.
- ¿Qué significa eso?
- Nada. Solo que podrías pasar al terminar las clases y prestarle los apuntes para que se los copie o los fotocopie. Lo que prefiera. –sonó el timbre que anunciaba el reinicio de las clases y Hermione se levantó como un resorte. Cogió su chaqueta y su carpeta y miró al rubio.- ¿Vienes?
- Si…si. –Draco se levantó despacio y con la mente en otro lado. Podría perfectamente hacer lo que había dicho la castaña. Eso no significaba que estuviera expectante por verla. Solo iba a hacerle un favor a una amiga.
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Hermione chasqueó la lengua con resignación mientras se alejaba del laboratorio de Química. Había un papel en la puerta que informaba a los alumnos de que la clase se había suspendido por la ausencia de la profesora Pomona. La mayoría de los alumnos había recibido la noticia con júbilo, pero Hermione no era como la mayoría. Ella ansiaba aprender, sumergirse en las complejidades del temario, trabajar las cosas que no entendía y convencerse de las que entendía. Todo el mundo la tomaba como una empollona, aunque no como una cualquiera. Lo que pocos sabían era que utilizaba la educación como una válvula de escape. Caminó por el camino desierto apretando la carpeta contra su pecho. Ahora tendría dos horas completas para darle vueltas al asunto de Cedric, y también al de Ron. Tenía que decidir qué hacia con el primero y qué sentía por el segundo. Para que luego dijeran que la vida de una adolescente era muy fácil, carente de responsabilidades.
Ella no respondía para nada al canon de adolescente despreocupada. Había dado ya suficientes muestras de madurez como para descansar el resto de su vida. La muerte de su padre dos años antes, le había hecho madurar de golpe, y reconocía que era un hecho que todavía no había superado. En parte porque no lo había llorado como era debido ni había compartido con su madre como se sentía. La señora Granger se había repuesto enseguida de la muerte de su esposo, teniendo un imperio que dirigir.
En el exterior, el sol arrancó destellos amarillos a su cabello castaño. Los jardines acogían a una veintena de estudiantes, aunque los más avispados ya se habían marchado a casa. Hermione siguió el camino asfaltado y fue a sentarse en una de las mesas de piedra que había bajo la sombra. Sacó el estuche del bolso y hojas en blanco de la carpeta. Tenía que hacer una redacción para Lengua y después unos cuantos ejercicios de Francés. Pretendía que las dos horas fueran productivas, y para ello se aisló poniéndose los auriculares de su reproductor de música. Era la chica más popular del instituto, pero también la más solitaria cuando se lo proponía. Esos dos conceptos parecían estar condenados a encontrarse en su persona. Vio como algunos compañeros la miraban al pasar.
Sin embargo, a pesar de que hacia todo lo posible por concentrarse en sus tareas escolares, su mente insistía en volar hacia la noche del sábado. Soltó el bolígrafo y apoyó el brazo en la mesa de piedra. No tendría por qué sentirse así, pero le dolía muchísimo esa nueva traición de Cedric. Había aguantando muchas cosas, muchos desplantes, muchas puñaladas por la espalda. Pero había llegado a un punto de no retorno. No podía seguir engañándose ni engañando a la gente que la rodeaba. Y aun tenía que pasar por lo más difícil: contárselo a su madre. Eso le iba a costar muchísimo, no solo porque su madre estaba a favor de Cedric siempre, sino porque no estaba acostumbrada a hablar de cómo se sentía con los demás. Desde que su padre muriera se había encerrado en si misma, como si hubiera construido una muralla a su alrededor. Pansy era de las pocas que tenía la llave y Ron se había colado, sin saberlo, como un ladrón en la oscuridad de la noche.
Pensó también en Ron y en lo diferente que era su relación. No le había mentido a Pansy. Todavía no sabía que sentía por el pelirrojo. Aunque no podía negar que sus ojos se iluminaban cada vez que estaba cerca suyo. Con pequeños gestos sin importancia, Ron se había ganado un lugar en su corazón. Ahora lo único que le faltaba era averiguar si ese sitio se podía hacer más grande o no. No era estúpida. Ya había sentido eso por alguien antes. Por Cedric. Pero de alguna manera todo parecía diferente también ahora. Ron aun constituía un enigma para ella, había partes de su pasado que no conocía. Estaba segura de que si le preguntaba el pelirrojo le contaría, pero no quería pecar de cotilla. Nunca lo había sido.
Suspiró y se llevó una mano a la frente con cansancio. Desearía poder tener una vida de adolescente normal y corriente, algo totalmente imposible. En parte la culpa la tenía su apellido y la herencia que iba a recibir a los veintiún años. Miles de millones de euros, un consorcio de trescientas empresas, dos millones de trabajadores alrededor del mundo. Solo de pensarlo le daba vértigo y se le aceleraba el corazón. Ella nunca había pedido esa responsabilidad, pero era la única Granger que quedaba con vida. Pensó en su padre y se mordió el labio inferior para no echarse a llorar. Si tan solo él pudiera estar a su lado…
A pesar de que ya habían pasado más de dos años, lo echaba tanto, o más, de menos que el primer día. La gente solía decir que el tiempo lo curaba todo o suavizaba el dolor. Hermione no era de la misma opinión. Su dolor no había menguado ni un solo centímetro. Se le escaparon un par de lágrimas y bajó la cabeza para que nadie la viera. Necesitaba tanto el abrazo de alguien, refugiarse en los brazos de una persona que sabía que nunca le haría daño. Recogió las cosas a toda prisa, cerró el libro de golpe y se levantó del banco de piedra sin prestar atención a sus piernas agarrotadas.
"Media hora perdida", pensó mientras caminaba hacia los lavabos más cercanos. Solo quería lavarse la cara y secarse las lágrimas que habían aparecido al recordar a su padre. Siempre se prometía que cambiaría ese hábito suyo de guardárselo todo hasta que llegaba un punto en que no podía más y explotaba. Pero los hábitos son muy difíciles de cambiar. Respiró hondo al entrar de nuevo en el instituto. Las aulas estaban cerradas y los profesores impartían sus lecciones, algunos con humor y otros con extremada seriedad. Hermione pasó de largo hasta llegar al primer cuarto de baño de chicas. Empujó la puerta y fue cuando comenzó la pesadilla de nuevo.
- No vayas tan deprisa, Ced. –la voz, femenina, provenía de uno de los lavabos que estaba cerrado a cal y canto. Aun así, a la súplica le siguieron una tanda de risas bastante ordinarias y el gruñido del chico.- Deja que lo haga yo. Me lo vas a romper.
- ¿Desde cuando ha sido ese un problema? –preguntó una voz masculina que Hermione constató como la de su todavía novio, Cedric Diggory.- Siempre lo hemos hecho así. No me niegues que te gusta sucio y rápido.
- No, no lo hago. Pero mi madre empieza a preguntarse qué es lo que hago para que se me rompan los sujetadores tan a menudo.
- Si quieres le enseño lo que hacemos.
- Eso es una guarrada, Cedric.
- Y te ha puesto cachonda ¿a que si? Imagíname tirándome a tu madre.
- Bueno, siempre es mejor que imaginarte con Hermione. –dijo Millicent y soltó un gemido de placer. Los ojos de Hermione estaban muy abiertos, al igual que su boca. Agarró con fuerza la carpeta de los apuntes y la pegó al pecho. Tendría que estar soñando.
- ¿Hermione? No pienses en ella, es una frígida. Solo continuo con ella por un mero acuerdo comercial entre nuestras familias. –declaró Cedric gimiendo también de placer mientras el ruido del entrechocar de sus cuerpos traspasaba el armazón de la puerta del lavabo.
Hermione sentía que estaba borracha de dolor y respiraba aire de traición. De nuevo se daba de bruces con la prueba irrefutable de que tenía que abandonar a Cedric. Tragó saliva mientras nuevas lágrimas bajaban por sus mejillas y se encontraban con el reguero seco de las que había derramado por el recuerdo de su padre. Nunca se había considerado una llorona, pero estaba claro que había temas que sacaban su lado más sensible a relucir. No se molestó en decirles nada y se dio la vuelta de la misma forma en la que había entrado. Salió del cuarto de baño con los ojos ciegos por las lágrimas y se dio de bruces con una persona.
- Lo siento, discúlpame. –exclamó antes de salir corriendo hacia la salida. Necesitaba alejarse de allí y respirar algo de aire. La luz del sol cegó sus ojos momentáneamente mientras caminaba de manera torpe hacia un rincón oculto. Sentía unas tremendas ganas de vomitar. Se apoyó contra el muro de piedra y miró al basto cielo en busca de una respuesta. Algo que aligerara la presión que sentía en su pecho y en su corazón.
- Hermione.
Se dio la vuelta para encontrarse con el dueño de aquella voz masculina que había pronunciado su nombre. Y durante una fracción de segundo pensó que aun estaba mirando el azul del cielo. Por que los ojos de Ron Weasley tenían el mismo tono azul claro que el sereno firmamento. Cerró los ojos y respiró hondo. Habría deseado no encontrarse con él en aquellos momentos tan difíciles para ella. Pero como le había dicho a Pansy, Ron tenía la habilidad de aparecer siempre que ella se sentía más débil o necesitada. Tal vez fuera el destino, empeñado en juntarlos. O tal vez fueran ellos mismos quienes sentían esa necesidad de estar juntos. Hermione abrió los ojos de nuevo. Ron seguía allí, mirándola, aunque su expresión había cambiado a una de preocupación.
- ¿Estás bien? –preguntó el pelirrojo con el mismo tono de voz dulce que empleaba siempre para hablar con ella. Se había fijado en el rastro de lágrimas que cubría sus mejillas y en el dolor que expresaban sus ojos almendrados. Era la expresión más triste que había visto en su vida, hasta ese momento.
- Yo…-iba a decirle que si que estaba bien, que no tenía por qué preocuparse. Pero antes incluso de pronunciar las palabras, se dio cuenta de que Ron no se las tragaría. Suspiró y añadió.- No, no estoy bien. Supongo que hay cosas de las que me tengo que ocupar con más rapidez de la que pensaba. No puedo seguir viviendo de esta forma.
- Siento oír que no estas bien. –se limitó a decir Ron. Se apoyó a su lado en el frío muro de piedra. Ladeó la cabeza y la miró a través de los mechones de cabello rojo que le caían por la frente.- ¿Te importa si me quedo aquí contigo?
- ¿No tendrías que estar en clase?
- ¿No tendrías que estar en clase tú también?
- La profesora Pomona no ha venido. ¿Cuál es tu excusa?
- No tengo ninguna. Simplemente no me apetecía ir a clase esta tarde. –afirmó Ron con total sinceridad. Sentía curiosidad por la reacción de ella ante esa declaración. Sabía lo recta que era la castaña en cuanto a la educación se trataba.
- Bueno, no puedo decir que apruebe tu actitud, pero agradezco que no te apetezca ir a clase esta tarde y puedas estar aquí conmigo. –se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en la piedra y la carpeta descansado en sus rodillas. Miró al frente, más serena que cuando había salido del baño del instituto.
- Esa ha sido una respuesta que no me esperaba. –Ron hizo lo propio y se sentó a su lado.- ¿Por qué estabas llorando?
- Porque mi vida es una mierda, por eso. –Hermione se dio la vuelta para mirarlo.- Pero eso va a cambiar. Ya estoy cansada de ser siempre perfecta y bailar al sol que calienta a los demás.
- Muy buena respuesta. –apoyó el pelirrojo.- Todo el mundo debería de poder hacer lo que quisiera y no lo que le impusieran. La vida son dos días, no puedes pasarte amargado uno y medio.
Hermione no dijo nada enseguida. Volvió a mirar al frente, guardándose para si todo lo que nublaba su mente en aquel momento. Sin embargo, cuando Ron pensaba que no iba a decir nada más, la castaña habló. No lo miró directamente a los ojos, pero aun así, sus palabras le llegaron al corazón.
- Ron…gracias. –buscó su mano a tientas por el suelo de gravilla y la cogió entre la suya. Ante ese gesto, poco más se podía añadir. Salvo lo que Hermione dijo.- Voy a comenzar a pensar en ti como mi ángel custodio. Siempre apareces cuando te necesito cerca. Siempre sabes qué decir o cuando no tienes nada que decir. Siempre consigues que aparezca una sonrisa en mis labios. Y por muy rodeada de nubes negras que esté, cuando estás conmigo siempre consigues que se cuele un rayo de sol y de esperanza.
- Hermione…-con su mano libre, el pelirrojo tiró del mentón de la castaña y la obligó a mirarlo. Azul y ámbar unidos por un lazo invisible que lo transmitía todo. Las palabras ya no eran suficientes para demostrar lo que Ron sentía. Se inclinó hacia delante con el firme propósito de rozar sus labios con los de ella. El corazón de Hermione se detuvo durante un par de segundos…el tacto de la mano de Ron era como una suave caricia, como un oasis de agua en medio del desierto… Estaban los dos solos, nadie se daría cuenta de que se habían besado…
Pero el timbre que anunciaba el final de las clases sonó alto y claro y la magia del momento se rompió. Ron apartó la mano del mentón de Hermione y se incorporó. El corazón de ella volvió a latir, esta vez de manera acompasada. Tendrían que encontrar otro momento.
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El martes por la tarde, Draco salió del instituto con un firme propósito. Y todo el mundo sabía que cuando un Malfoy se proponía algo, siempre, siempre, lo conseguía. Aunque en esta ocasión la situación era complicada. Daphne Greengrass era una persona complicada. Lo había comprobado en las últimas semanas, cuando se había sentido más atraído por ella y le había prestado más atención. Antes no había sido consciente de la complejidad de su amiga. Amiga…era una palabra tan simple ahora para referirse a ella. Porque Pansy si que era su amiga, también Hermione, pero Daphne…
Llevaba semanas dándole vueltas a lo que significaba Daphne para él.
Acostumbrado a ser un Don Juan, Draco Malfoy estaba como pez fuera del agua. No entendía porque la castaña no respondía a sus llamadas y si a las de sus amigas. Era el segundo día que no iba a clase. Y a pesar de las palabras de Hermione, sentía que la razón de su ausencia era él y solo él. Un simple resfriado no podía durar tanto tiempo, ¿o si? Tendría que haberle hecho caso a Hermione el día anterior. Tenía la excusa perfecta para presentarse en su casa y pedirle algún tipo de explicación. No es que Draco necesitase ninguna excusa para nada, pero con Daphne era diferente. No podría negarse a recibirlo si sabía que le llevaba los apuntes para que se los copiara.
Eso era lo que pensaba hacer. Y tan pronto como se sentó en su coche biplaza, puso rumbo hacia la casa de Daphne. Había ido allí en otras ocasiones, acompañado por sus padres. El señor Greengrass tenía negocios comunes con el señor Malfoy y les gustaba juntarse en familia para cerrar los tratos. Se desvió por la carretera que siempre cogía hacia su casa y bajó dos calles. Era una casa grande, para albergar a más de cuatro personas. Tanto fuera como dentro, se notaba el toque elegante de la madre de Daphne. En la rampa de acceso al garaje, estaba aparcado el descapotable rojo de Astoria. Draco torció el morro, siempre le había desagradado la hermana de Daphne.
Pero él no había ido allí a ver a Astoria, sino a Daphne.
Aparcó el coche junto a la acera de enfrente y se apeó con esa gracia que solo un Malfoy sabía destilar. Caminó con despreocupación hacia la puerta principal de la casa, sin darse cuenta de que se había dejado en el coche la carpeta con sus apuntes. Es decir, su excusa. Pero estaba demasiado ocupado pensando en cómo lo haría para que Daphne aceptase bajar la escalera y recibirlo. Alzó la mano para llamar al timbre cuando escuchó el característico ruido de una pelota botando contra el suelo. Provenía del jardín trasero y Draco no pudo evitar enarcar las cejas mientras miraba en aquella dirección. Tan solo una persona en aquella casa osaría jugar al baloncesto. Dio media vuelta y caminó hacia la verja de entrada al jardín trasero. Detrás de las gafas de sol, sus ojos grises centellearon al ver a Daphne lanzar la pelota hacia la canasta.
No le parecía en absoluto una persona enferma, pensó mientras apoyaba los brazos en la verja.
Daphne avanzó satisfecha a recoger la pelota. Había pasado por el aro, una vez más. Estaba cansada de permanecer en casa bajo las sábanas y con demasiado tiempo para pensar. Un resfriado tonto, eso era lo que tenía. Aunque no podía negar que le había venido de perlas perderse esos dos días de instituto. No por las clases, sino por Draco. Se le arrebolaron las mejillas cuando recordó lo ocurrido el viernes anterior. ¿Cómo había sido tan tonta?, se recriminaba ahora. Cuando un chico como Draco hacía ademán de besarte, ninguna chica se apartaba. Pero ella así lo hizo. Tenía sus razones, claro. Y ahora le daba vergüenza contarlo. Con la pelota en las manos, cerró los ojos y suspiró mirando al cielo.
Lo más seguro era que Draco pensara que era una tonta que no sabía lo que quería. Dejó salir parte del aire que había estado reteniendo y botó la pelota contra el suelo un par de veces. Tenía que vaciar su mente si no quería volverse loca. También tenía que aprender a vivir con esa clase de pensamientos. Ella que siempre reía cuando veía a sus amigas hablar de los chicos y lo que sentían por ellos. Nunca imaginó que ella también caería en las redes del sentimiento más poderoso del mundo. Pero Draco no era la clase de chico que se sentía atraído por las chicas como ella. Ya lo había pensado muchas veces.
"¿Por qué tomó la iniciativa para besarte entonces?", le preguntó la voz de su conciencia. Y era una muy buena pregunta a la que no tenía respuesta. Siguió botando la pelota mientras caminaba hacia el centro de la cancha, flexionó las rodillas y tomó impulso para lanzar la pelota contra la canasta. Para su sorpresa, esta vez no entró, rebotó contra el suelo y siguió botando hacia un lado de la chancha; justo el lado en el que estaba Draco Malfoy observándola con sus ojos grises.
¿Cuánto tiempo llevaba allí observándola? Daphne se puso muy nerviosa y abrió mucho sus ojos azules. Esperaba que no se hubiera dado cuenta de su frustración. Claro que tampoco ella solía ser un libro abierto. Notó como la garganta se le congelaba, incapaz de pronunciar una sola palabra. La mirada se le desvió hacia los finos labios del rubio y pensó una vez más en lo que podría haber sido. Carraspeó varias veces, haciéndose daño en la garganta, pero borrando todo rastro de emoción a su voz. No quería que él supiera que estaba afectada con su sola presencia.
- Creía que estabas enferma. –dijo Draco sin moverse de la verja blanca. Seguía fascinado con la forma de moverse de Daphne y estaba muy interesado en desentrañar el enigma que formaban sus ojos azules.
- Lo estoy. –confirmó ella. Se agachó para recoger la pelota del suelo y así darse tiempo para llevar sus pulmones de aire fresco.- Solo estaba despejando la mente. Me estaba volviendo loca después de dos días sin salir de mi habitación.
- Eso me dijo Hermione ayer. –la mirada de Draco era intensa como el acero.- Estuve buscándote. –añadió para sorpresa de ella.
- ¿A mi? ¿Para qué? –abrazó la pelota contra su abdomen.
- Quería asegurarme de que estabas bien. –para Draco era más fácil hablar ahora, cuando sabía que ella estaba más aterrorizada que él. ¿Por qué tenía tanto miedo?- Después de lo del viernes…no estaba seguro de si me volverías a dirigir la palabra o no.
- ¿Por qué no tendría que hablarte? –tan pronto como las palabras salieron de su boca, Daphne se dio cuenta de que había cometido un error y que Draco había llevado la conversación a su terreno.
- Pues porque estuve a punto de besarte. –hizo una pausa para fijarse en la reacción de ella, que abrió momentáneamente la boca, y añadió.- Te habría besado si no te hubieras apartado.
- Yo…-por mucho que carraspeara, ahora si que Daphne no encontraba la manera de hacer que de su garganta saliera una palabra con sentido. El corazón le latía de forma acelerada y sentía que se ruborizaba por momentos.
- Tranquila, no pasa nada. –se apresuró a decir el rubio con una medio sonrisa de satisfacción.- No estoy acostumbrado a que me rechacen, de hecho, eres la primera. Pero no pasa nada, alguna vez me tenía que ocurrir.
- Yo no…
- Te he traído mis apuntes de Biología. –levantó la mano que estaba tras la verja y sacó una carpeta azul llena de papeles.- El profesor Sturgis dijo que el tema era importante, lo cual se traduce en que seguramente saldrá en el examen.
- Gra-gracias. Yo…-Daphne no sabía qué decir. Aun estaba pensando en el "no beso" cuando él ya había cambiado de tema. Elevó su mano izquierda para coger la carpeta que Draco le tendía.
- No es molestia. Ya sabes que tu casa me viene de camino. –dijo con despreocupación. Con cada paso que daba iba ganando confianza. Ese era el Draco Malfoy que él recordaba.- No se si los copiarás o fotocopiarás, pero tengas prisa en devolvérmelos. El examen no es hasta diciembre.
- T-te los devolveré mañana mismo, tan pronto como haga las fotocopias. –aseguró ella.
- ¿Así que mañana ya irás a clase?
- S-si.
- Entonces lo más seguro es que nos veamos en la cafetería. –se miró el reloj de pulsera como quién no quiere la cosa.- Bueno, ya va siendo hora de que me vaya. Me alegro de que estés mejor, Daphne.
- Gra-gracias. –dijo la castaña y se quedó clavada viendo como el rubio daba media vuelta y se alejaba hacia la calle. Sentía que había quedado como una niña tonta, y peor aun, había quedado como que ella no quería besar a Draco. Cuando era todo lo contrario. Le habría encantado besarlo, se le habría caído el cielo encima, pero…
Sin previo aviso, sus piernas comenzaron a moverse en la dirección del rubio. El corazón seguía latiéndole con fuerza conforme se acercaba a él. No sabía lo que le diría, ni siquiera lo que haría, pero…no podía dejarlo marchar de aquella forma. Lo alcanzó cuando él ya estaba con la mano en la puerta de su coche.
- Draco. –dijo su nombre casi sin aliento.- Yo…yo si que quería besarte. –todo su rostro adquirió un color rojo intenso y sintió como una descarga de energía recorría su cuerpo de arriba abajo.
- ¿Por qué te apartaste entonces?
- Yo… Lo siento, eso no puedo decírtelo. –Daphne echó a correr apretando fuertemente la carpeta azul contra su pecho y dejando a un Draco estupefacto.
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Salir con la hermana de uno de tus amigos, siempre es complicado. Eso pensaba Harry mientras se acercaba a la casa de los Weasley después de pasar por su casa previamente. Allí se había cambiado de ropa, había dejado su mochila y recogido su moto. No salía sacarla a pasear mucho, pero estaba seguro de que su primera cita con Ginny merecía que hiciera una excepción. Después de darle muchas vueltas y consultarlo durante dos días con la almohada, había llegado a la conclusión de que un par de horas en la feria medieval del muelle bastarían para esa primera cita.
"Primera cita", se repitió en la mente. Solo de pensarlo un escalofrío le recorría el cuerpo de arriba abajo. Hacía muchísimo tiempo que no salía con nadie que le importase tanto como Ginny. Quería que las cosas salieran bien entre los dos y estaba dispuesto a hacer lo que fuera. Ella había dado el primer paso y el primer beso, ahora le tocaba mover ficha a él.
Aparcó la moto en la rampa de entrada al garaje de los Weasley. El Ford Anglia azul de Ron no estaba, lo cual fue un tremendo alivio. Harry se dio cuenta de cuanto significaba la opinión de su amigo cuando dejó salir todo el aire que había estado reteniendo. Se quitó el casco y lo dejó colgado de manillar. Su indomable cabello negro no ofrecía su mejor imagen, pero hacía años que había dejado de luchar contra él. Además, algunas chicas pensaban que le daba un toque sexy; esperaba que Ginny se encontrase entre ese grupo de chicas. Llamó al timbre y esperó a que abrieran. Apareció la señora Weasley y con ella los nervios volvieron a Harry.
La señora Weasley estaba más que encantada de que su hija saliera con un chico como Harry. A su modo de ver era un muchacho paliducho y delgado, pero con muy buen corazón, que era lo importante. De lo otro ya se encargaría ella con unos buenos platos de carne y verduras. Sonrió de oreja a oreja mientras se hacía a un lado y el chico pasaba. Estaba contenta por como parecía que iban las cosas en Plymouth. En Londres habían tenido sus problemas con Ron, pero desde que el pelirrojo había conocido a la vecina de al lado, casi no pasaba tiempo en casi ni tenía tiempo para meterse en problemas. Aun no conocía del todo a Hermione, pero daba la impresión de que era una buena chica.
- Harry, querido, qué alegría verte. –le dijo al moreno y lo condujo hacia la cocina.- Ginny me ha dicho que vais a salir. Siempre es bonito ser testigo de los primeros momentos de una pareja. –lo miró por encima del hombro mientras abría un armario.- ¿Quieres un refresco?
- Gracias. –dijo Harry, consciente de que no podría negarse al ofrecimiento de la señora Weasley. En cuanto a sus otras palabras, no sabía si sentirse aliviado o más nervioso aun. Espera que Ginny no tardase mucho en bajar.
- Un placer, querido. ¿Qué tal van los estudios? –la señora Weasley se dio la vuelta para mirarlo. Se parecía muchísimo a Ginny, ahora que se fijaba más en ella.
- Bien, muy bien. –dio un largo sorbo al refresco de cola que sostenía con una mano.- Esto… ¿sabe si Ginny tardará mucho en bajar? No querría que se nos hiciera tarde luego para volver.
- Eso denota una gran responsabilidad, querido. –aprobó la señora Weasley.- No hace falta que te diga que también tengas cuidado conduciendo esa moto.
- No, claro que no. –respondió Harry con seriedad. Era normal que se preocupase por su hija.
- Bien, bien. Iré a ver a Ginny, así te dejaré respirar tranquilo unos minutos. –sonrió y al pasar por su lado le dio un suave apretón en el brazo.- Siempre es difícil conocer a la madre de la chica que te gusta, pero lo has hecho muy bien.
Con esas palabras, la señora Weasley desapareció por el pasillo. Harry no estuvo tranquilo hasta que no la escuchó subir los escalones hacia la planta de arriba. Apuró el refresco de cola notando como el líquido frío bajaba por su garganta y le daba un respiro a sus acaloradas mejillas. El haber superado la primera prueba no le eximía de estar nervioso. Dejó el vaso vacío en la fregadera y salió hacia el recibidor. Era mejor esperar allí a Ginny. Miró de soslayo el peculiar reloj de cuco que había en la pared de la derecha. Aun tenían tiempo para llegar al espectáculo. Cuando le dijo a Ginny que la llevaría a la feria medieval no estaba preparado para el gran entusiasmo que demostró.
- Harry. –dijo la pelirroja desde el principio de la escalera. Llevaba puesto un sencillo vestido rosa acampanado por encima de las rodillas, una chaquetilla de punto de color blanco y el cabello rojo suelto a la espalda. Bajó las escaleras como un duendecillo feliz y se plantó delante del moreno con una sonrisa pintada en los labios.
- Gi-Ginny. Estás muy guapa. –se la quedó mirando durante un par de segundos sin saber qué hacer. ¿Era correcto besarla de nuevo? ¿Besarla en los labios o en la mejilla? Frunció el ceño al no poder decidirse.
- Gracias. –Ginny se puso de puntillas y le dio un beso en los labios. Tan solo fue un roce muy breve, pero puso fin a la incertidumbre de Harry.- ¿Nos vamos?
- Cla-claro. –se dio la vuelta y abrió la puerta. La sostuvo con su mano izquierda mientras dejaba que Ginny saliera primero. Cuando ella no lo vio, tragó saliva y cerró fuertemente los ojos antes de volverlos a abrir.
- Espero que mi madre no te haya incomodado. Es así de efusiva con todo el mundo. –comentó la pelirroja. Miró a ambos lados de la carretera, seguramente buscando un coche, pero solo vio el de su hermano y una moto. Enarcó una ceja y se dio la vuelta para mirar al moreno.- ¿Me vas a llevar en moto?
- Si, bueno…si te parece bien. –siguió a Ginny hacia la moto y sacó un casco de repuesto.- Yo…pensé que sería diferente. Pero si no quieres, puedo pedirle prestado el coche a Ron. –hizo una pequeña mueca al decir esto último. Lo que menos quería era ser interrogado por el pelirrojo.
- ¿Bromeas? Me encantará ir en moto. –dijo Ginny despejando todas sus dudas.- No sabía que tenías una.
- Fue un capricho de cuando cumplí los dieciocho el pasado mes de julio. –mirando el casco que tenía que ponerse la pelirroja, añadió.- No es muy femenino, pero bueno. La seguridad siempre es lo primero. Cuando se lo tendió, Ginny no hizo ademán de cogerlo, así que Harry se vio forzado a tomar la iniciativa de ponérselo él. Ginny lo miraba con sus grandes ojos marrones sin decir nada.- Ya está. Tampoco te queda tan mal.
- Gracias. –esperó a que él se pusiera su casco y subiera a la moto. Después montó detrás suyo y se agarró fuertemente de su cintura. Harry dejó salir aire de sus pulmones nuevamente y encendió el motor. Se deslizaron con suavidad por la rampa de los Weasley y en pocos segundos estaban dejando atrás la calle.
Aunque los cascos complicaban un poco la postura, Ginny había apoyado la barbilla en el hombro derecho de Harry. El viento daba coletazos en sus caras adolescentes mientras se internaban en las calles que conducían hacia el muelle. El tráfico en Plymouth siempre era tranquilo, solo alterado por unos cuantos coches con turistas. Ginny no aflojó el agarre al que la cintura de Harry estaba siendo sometida. Se sentía muy bien así, junto a él. Llegaron al muelle en menos de diez minutos, cuando el sol comenzaba su inevitable camino hacia el ocaso. A pesar de ser entre semana, había gran concurrencia de gente. Harry aparcó la moto a un lado de la carretera y se bajó primero. A Ginny le dio pena tener que soltarlo, pero era consciente de que no podía retenerlo eternamente.
- Ya hemos llegado. –dijo el moreno. Se quitó su casco y lo dejó colgando del manillar de nuevo. Después ayudó a Ginny a quitarse el suyo y a bajar de la moto. Podría haberlo hecho ella sola perfectamente, pero entonces no habría sentido las manos de Harry en su cintura. Dejaron el casco colgando del otro manillar y se quedaron mirándose.
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- ¿Llegamos al espectáculo? –preguntó Ginny mirando el reloj de su muñeca.
Harry se la quedó mirando de manera pensativa. Nunca antes se había sentido atraído por una chica del modo en que se sentía atraído por Ginny. Y había algo que tenía muchas ganas de hacer y que no había hecho. Quizá por prudencia o por vergüenza, porque estaban en la casa de ella o porque su madre podía verlos. Pero lo cierto era que desde su primer beso en el jardín del instituto, Harry se moría de ganas de besarla otra vez. Ginny vio como un rayo fugaz iluminaba los ojos verdes del moreno y abrió mucho los ojos. Nunca sabía por donde podía salir Harry. Se podía mostrar tímido en extremo o a veces, de vez en cuando, salía a relucir su antiguo rol de liderazgo.
- Harry, ¿qué…? –comenzó a decir Ginny, pero sus palabras fueron ahogadas por un súbito movimiento del moreno. Pero Harry ya había cogido carrerilla y no se detuvo hasta que tuvo sus labios presionando contra los de ella. Fue un beso mucho más sentido que el que habían compartido en Hogwarts. Ginny cerró los ojos y dejó que Harry la envolviera con su cuerpo. Las manos de él se fueron directamente a su cintura y a su espalda, en un gesto posesivo y pasional. Por los estómagos de ambos miles de mariposas danzaban sin control. Cuando la falta de aire se hizo insoportable, entonces Harry deshizo el beso, pero no se apartó.- ¡Wow! –comentó la pelirroja.
- ¿Aun quieres ir al espectáculo? –preguntó Harry acariciando su espalda y tomando un mechón de su cabello para cargolarlo con los dedos de una mano, sus ojos verdes la miraba de una forma especial y Ginny sentía que se había quedado sin habla, sin memoria y sin nada. No era capaz de pensar más allá de ese beso.
- ¿Mmm? –murmuró frunciendo ligeramente el ceño. No quería ir a ningún lado si eso significaba apartar a Harry de su cuerpo y de su lado.
- El espectáculo medieval. –le recordó él sonriendo.- Luego podríamos comprar algo para comer y sentarnos en la playa.
La palabra playa nunca había tenido tanto significado para Ginny como en ese momento. Oh, si, quería ir a la playa con Harry. Tumbarse en la arena y tener una intensa sesión de besos bajo la luz de la luna. La perspectiva hizo que sonriera.
- Claro. –contestó la pelirroja con la mente puesta en el después del espectáculo medieval que llevaba a cabo un grupo de actores. Harry le cogió de la mano y juntos comenzaron esa tarde inolvidable. La tarde de su primera cita oficial.
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Era tradición por parte de las Veelas realizar pijamadas una vez al mes. Solían turnarse para ello, aunque a todas les gustaba especialmente la casa de Hermione. La razón era que siempre estaban solas. La señora Granger viajaba tanto que era fácil pillar una noche en que no estuviera. Pero ese mes le tocó el turno a Ginny. Así lo organizarían también como una bienvenida oficial al grupo y al equipo. La señora Weasley se implicó en la organización de la fiesta con bastante entusiasmo. Estaba muy feliz como por como iban saliendo las cosas en Plymouth. Su trabajo de madre era el más importante para ella.
El viernes por la tarde-noche, la casa de los Weasley fue tomada por el grupo de chicas. Ron estaba especialmente contento de tener a Hermione allí. Habían hablado y se habían visto cada día desde el encontronazo, pero siempre estaba Ginny de por medio y no habían tenido ocasión de hablar más íntimamente. A Ron le habría gustado preguntarle porqué lloraba realmente, pero ya conocía a Hermione un poco y sabía que ella no le diría la verdad. Al menos no aún. El vínculo que los unía faltaba definirlo y esa espera, a veces, lo mataba de deseo. Porque como simple amigo de Hermione no podía tomarse todas las libertades que quería. Esa noche, cuando cenaron todos juntos en el comedor, sus ojos estuvieron más atentos a su figura que a lo que cubría el plato. Y él que siempre había sido un buen comedor, llamó la atención de su madre.
Los señores Weasley se mostraron encantados con las chicas e hicieron que sus hijos se sintieran orgullosos de ellos. Después, como la señora Weasley se encargó de señalar, las chicas podrían irse a la habitación de Ginny y al cuarto de "recreo", donde podrían encontrar libros, películas, música, el Guitar Hero y los últimos juegos para la Wii. Ron también las abandonaría y se iría a su cuarto, para no estorbar. Pero su mente estaría con cierta castaña, de eso no le cabía la menor duda. Cada día se descubría más enamorado de la castaña y podía afirmar que lo que sentía por ella era amor verdadero. Una afirmación un poco osada para un chico de diecisiete años, pero… ¿no decía todo el mundo que el amor no tenía edad? Lo importante era que Ron estaba convencido de ello y que pronto alcanzaría su meta, y esa chica que vio una tarde de domingo cuando creía que su vida se había terminado, se convertiría en su chica.
- Ron…Ron… ¡Ron!
Ron levantó la cabeza de golpe. Sus ojos azules miraron sin enfocar hacia su madre. Todos se habían callado en la mesa, lo cual hizo que se sonrojara ligeramente. Tener a tantas chicas mirándolo… Pero sus ojos se desplazaron hacia donde estaba sentada Hermione y compartieron una sonrisa casi imperceptible. La señora Weasley llamó de nuevo la atención de su hijo y movió ligeramente la cabeza hacia un lado y a otro mientras se le escapaba un suspiro.
- Te estaba preguntando si ya has decidido qué vas a hacer con respecto al equipo de fútbol. –luego, para hacer partícipes a las chicas de la conversación, añadió.- Al parecer quieren incluir a Ron en el equipo. No se donde lo vio jugar el entrenador, pero han llegado a mis oídos que va diciendo que necesitan jugadores como Ron. –la mujer sonaba orgullosa y agradecida porque su hijo hubiera encontrado algo con lo que distraerse y que no hacía ningún mal a nadie.
- Aun no lo se. –replicó el pelirrojo.- Es difícil concentrarse en jugar cuando lo único que quieres es matar a tu compañero de equipo. –dijo esto último mirando fijamente a la castaña y poniendo bastante énfasis en su tono de voz.
- Oh, hijo, pero eso no está bien. –terció el señor Weasley.- Aunque comprendo que puedan haber desavenencias entre dos personas, recuerda que la violencia no lleva a ninguna parte.
- No se lo tome a mal, señor Weasley, pero hay personas que se merecen un buen guantazo de cuando en cuando. Así, a lo mejor, dejarían de comportarse como un imbécil y no harían daño a las personas que supuestamente quieren. –comentó Pansy con total libertad.- Estoy segura de que Ron se refería a ese tipo de personas.
- Si. Exactamente. –sonrió Ron mirando a la morena.
Se habían conocido, formalmente, esa misma tarde, pero desde el principio quedó patente que los dos se caían fenomenal. Ambos compartían su manera simple de ver la vida, su forma de hablar sin tapujos, su amor por la geografía y sobretodo su interés para con Hermione. Había veces que una mirada valía más que mil palabras y los ojos azules de ambos habían conectado en silencio.
Hermione se puso rígida en su asiento al comprender que hablaban de Cedric. Dejó el tenedor con cuidado y juntó las manos en su regazo. Por suerte, nadie se dio cuenta más allá de los implicados, que le dedicaron una sonrisa burlona. Estar allí en casa de Ron, la ponía más nerviosa de lo que estaba dispuesta a aceptar. Tenía la sensación de que en todo momento tenía los ojos del pelirrojo clavados en ella. Se mordió el labio inferior y respiró hondo. El ambiente se había quedado un poco revuelto tras los alegatos en pro de la violencia de Pansy y Ron.
- Ha amueblado usted la casa maravillosamente bien, señora Weasley. Elegante pero acogedora. –comentó dirigiéndose a la madre de los pelirrojos. Cogió la copa de vino tinto y se la llevó a los labios.
- Oh, gracias, querida. –asintió complacida la señora Weasley.- Es mucho más fácil escoger los muebles cuando no tienes que preocuparte de que siete niños te los rompan correteando o los rayen por puro placer. Por suerte ya tengo a más de la mitad independizados. –añadió sonriendo.
- Yo siempre quise tener algún hermano o hermana. –dijo Pansy, que estaba sentada frente a la castaña.- Pero bueno, no me puedo quejar. Tengo a Hermione, que me hace de madre y hermana. –le dedicó una sonrisa burlona antes de beber de su propia copa.
- Muy graciosa. –dijo la castaña.
- Tienen que sentirse muy orgullosos de su hijo Charlie. –Daphne era una gran admiradora de él y estaba emocionada de poder conocerlo algún día en persona.- Está haciendo una temporada fantástica.
- Si, estamos muy contentos por él. Desde pequeño lo único que le interesaba era el baloncesto, aunque no le permitimos que dejara de lado los estudios. –contestó el señor Weasley.- Una buena educación es la mejor arma con la que contáis los jóvenes de hoy día.
- Papá…-comenzó a decir Ginny.
- Tranquila, cielo, ya me calló. Solo déjame decir que sois un grupo de amigas que me gusta mucho. No siempre es fácil encontrar a personas que valgan la pena. Ahora ya, podéis continuar con vuestra cháchara.
- Yo quería daros las gracias por aceptar cenar con nosotros esta noche. –aprovechó para decir la señora Weasley.
- Estamos encantadas. –dijo Lavender, que había estado muy callada durante toda la cena. La "cita" del día siguiente con Seamus, acaparaba todos sus pensamientos y tenía que reconocer que estaba nerviosa. Aunque no sabía muy bien por qué. Ya había salido con otros chicos antes.
Otra de las personas que estaba extrañamente callada, era Luna Lovegood. Pero como la rubia era tan extraña, sus amigas no lo notaron. Cuando Luna quería hablar hablaba, y cuando no quería, no hablaba. Así de sencillo. Aunque pronto, desgraciadamente, se darían cuenta de que las cosas no eran tan sencillas para la despistada Luna. Todo el mundo es un enigma para el resto. Y el enigma de Luna iba a cambiar las vidas de sus amigas para siempre. Pero aun no había llegado el momento. Por eso era mejor verlas felices y compartiendo esa cena con los Weasley.
- Ginny, cariño, aun no me has contado como te fue la cita del otro día con Harry. –dijo la señora Weasley provocando el sonrojo instantáneo de su hija menor y las risitas ahogadas del resto.
- ¡Mamá!
- ¿Qué? Estoy segura de que vas a comentarlo con ellas, pero yo también quiero saberlo.
- Como yo no quiero saberlo, voy a recoger algunos platos y llevarlos a la cocina. –dijo él señor Weasley alegremente y se levantó. Recogió su plato y un par más de los que había encima de la mesa y se marchó a la cocina.
- ¿Tú no te vas? –le preguntó Ginny a su hermano.
- ¿Cuándo has salido tu con Harry? ¿Y como es que yo no me he enterado? –preguntó el pelirrojo olvidándose de que no estaban solos.
- ¿Es que ahora tengo que darte explicaciones de con quién salgo?
- Pues si. Tú eres mi hermana pequeña y Harry es mi mejor amigo.
- El hecho de que salgamos juntos no significa que Harry deje de ser tu mejor amigo ni yo tu hermana.
- Rrrr…-Ron frunció el ceño y se cruzó de brazos. Sin embargo, al cabo de dos segundos pareció pensarlo mejor y se levantó. Recogió otra tanda de platos y siguió a su padre hacia la cocina.
- Hombres. –dijo Ginny rodando los ojos.- Como si yo le pidiera explicaciones de con quién sale él o con quién se pasa las noches hablando a través del ordenador.
En su asiento, Hermione se atragantó con el vino y su cara se puso roja, como si estuviera intentando rivalizar con la propia Ginny. Dejó la copa encima de la mesa y se llevó una mano a la garganta mientras tosía sin parar. ¿Cómo se había enterado Ginny de sus conversaciones con Ron a través del ordenador? Esa pregunta hizo que el corazón le latiera acelerado, y la falta de aire en sus pulmones provocó que se le llenaran los ojos de lágrimas tontas. Se levantó con la intención de ir al baño, pero al hacerlo tan rápido, se le cayó la servilleta al suelo. Se agachó para recogerla con tan mala suerte que al levantarse se dio un golpe en la cabeza contra la mesa.
- Hermione. –exclamó la señora Weasley preocupada.- ¿Estás bien, querida?
- Yo…-probó a aclararse de nuevo la garganta.- S-si. Es solo que…me he atragantado con el vino. Lo siento mucho. Será…será mejor que vaya al baño.
- Si. Un poco de agua fría contra el rostro te irá bien. –convino la señora Weasley sin dejar de mirarla.
- Estoy bien, de verdad. –les aseguró la castaña a sus amigas.- Ahora vuelvo.
- ¿Quieres que te acompañe? –se ofreció Pansy.
- No. No. No es nada. Ya vuelvo. –replicó Hermione antes de salir del comedor y resguardarse en la seguridad del pasillo vacío. Se recostó durante un par de segundos contra la pared y se llevó una mano a su agitado pecho. Había actuado como una idiota tras la insinuación de Ginny. Lo más seguro era que la pelirroja no supiera que estaba hablando de ella.
Fue al cuarto de baño para invitados y se lavó la cara con agua fría. Al mirarse al espejo vio el tono rojizo de sus mejillas y frunció el ceño. No se ponía colorada con facilidad, aunque esa regla cambiaba siempre que sucedía algo en lo que Ron estaba involucrado. El pelirrojo provocaba cosas en ella que nunca antes había sentido por nadie, ni siquiera por Cedric. Tomó la toalla y se la pasó por el rostro borrando todo rastro de agua. Tragó saliva y respiró hondo. Estaba mucho más tranquila cuando salió al pasillo de nuevo y cerró la puerta del baño tras de si.
- ¿Estás bien? –preguntó una voz a su espalda que consiguió sobresaltarla.
- Eh…si, si. –se dio la vuelta para mirar a Ron a los ojos. Volvía a tener el corazón acelerado.- Solo quería refrescarme un poco. Eso es todo. Tus padres son muy majos.
- Si, bueno, no están tan mal después de todo. –contestó él con despreocupación, pero sus ojos seguían mirándola de una forma tan intensa que le envía escalofríos a través del cuerpo.- Escucha… quisiera pedirte disculpas si te ha molestado mi comentario de antes.
- ¿Qué…? –Hermione parpadeó un par de veces. Su cerebro estaba embotado y no encontraba el comentario al que se refería el chico.
- Si, cuando he dicho eso de Cedric, porque los dos sabemos que estaba hablando de Cedric. Bueno, los dos y Pansy. –añadió con una sonrisa.
- Ah, eso.
- Si. Aunque yo siga pensando que es un imbécil y un gilipollas, no tengo que olvidar que es tu novio y…eso. –se llevó una mano la cabeza.
- Tranquilo. Yo también pienso que Cedric es un imbécil y un gilipollas.
- ¿Por qué sigues con él entonces? –se aventuró a preguntar Ron. Sus ojos, de un intenso color azul, la acecharon más que nunca.
- Es complicado. –sabía que era una respuesta vaga, pero aun no estaba dispuesta a discutir los términos de su vida amorosa con él.
- Pues descomplícalo. –le aconsejó él con una sonrisa.
- Ni siquiera estoy segura de que esa palabra exista. –replicó ella con una sonrisa tímida asomando a sus labios.
- Hermione…-pronunció su nombre a medio camino entre un susurro y una súplica. Dio un paso al frente, con las manos fuertemente apretadas, una a cada lado de su cadera.
- Dime, Ron. –Hermione se quedó atrapada entre el cuerpo del pelirrojo y la pared. Se mordió el labio inferior y respiró de manera suave, casi inaudible.
- ¿Qué estás haciéndome, Hermione? –Ron ya estaba encima de ella, con un brazo apoyado contra la pared, muy cerca de su cabeza, y el otro casi rozando su cintura.
- ¿Qué…qué…? Yo…yo…-se había quedado sin habla, sobrepasada por la intensidad del momento. El pasillo estaba en penumbra y de fondo se escuchaban las risas y los murmullos de conversación que tenían lugar en el comedor. Pero de alguna forma, parecía que estaban los dos solos, en su mundo particular.
- Si, tú. Despierto y pienso en ti, duermo y sueño contigo. Me acompañas cada hora del día. –su voz sonaba tan melódica que encandilaba a Hermione.- Hermione…-repitió su nombre por segunda vez.
- Ron…-susurró ella mirando los apetecibles labios del pelirrojo.
Y la besó. Era la señal que había estado buscando y esperando con paciencia. Quería que su primer beso fuera inolvidable y que fuera deseado por ambas partes. Cuando sus labios se juntaron, encajaron como si fueran una sola pieza. Ron la apresaba contra la pared, pero sin llegar a tocarla. Y eso desencadenaba un fuego que recorría sus cuerpos de arriba abajo. Estaban deseando un movimiento, una caricia, un gesto de amor pueril pero sentido. Ron no profundizó el beso, no quería abusar de ese primer contacto. Y Hermione tampoco dio muestras de querer ir más allá. De momento se conformaban con ese sutil movimiento de labios que a más de uno habría dejado sin respiración. Con las manos formando un puño y apretadas contra la pared, la castaña luchaba por no echarse en los brazos del pelirrojo. Estaba perdiendo la razón, y la estaba perdiendo por un beso.
Cuando finalmente Ron se apartó, los dos se quedaron mirándose en silencio. Tampoco es que hubiera nada más que añadir. Así que cuando escucharon pasos que se acercaban desde la cocina, Ron le echó una última mirada y se marchó sin voltearse en cualquier momento.
Hermione dejó salir el aire que estaba conteniendo y cerró los ojos para escuchar el latido acelerado de su propio corazón. Era cierto, había perdido la razón. Pero la había perdido por un beso inolvidable.
