Capítulo 8: Adiós, pequeña, adiós.
Mucho después de que todas se fueran a dormir, Hermione permanecía despierta contemplando el techo de la habitación del ático. Era imposible que después de lo sucedido en el pasillo pudiera conciliar el sueño. Tenía la cabeza hecha un lío, una maraña en la que las imágenes del día se sucedían una tras otra para terminar siempre en el mismo punto. Se llevó una mano a los labios; esos labios que habían sido besados, con cierto atrevimiento, por Ron Weasley. Había sido tan de repente todo, pero real, verdaderamente real. Si cerraba los ojos, aun podía sentir el aliento del pelirrojo contra su rostro, su perfume masculino embriagándola, sus ademanes tranquilos y cariñosos… Nunca nadie había tenido tanta consideración para con ella.
De sus labios salió un suspiro tembloroso que se confundió con la respiración profunda de Daphne. Movió la cabeza en la almohada y miró la luna a través de la ventana. La esférica dama llena de blanca llama, como algunos la llamaban. Parecía tan majestuosa allí arriba, extendiendo su haz de luz hasta a los rincones más oscuros. Pero también se la veía muy sola, pensó Hermione. Exactamente como ella. Sin embargo, nuevamente el beso de Ron le servía como recordatorio de que no estaba tan sola como pensaba. Hacia ya varias semanas que su corazón había comenzado a desarrollar un sentimiento especial hacia el pelirrojo. Aunque ella se negaba a aceptarlo hasta que no hubiera terminado oficialmente con Cedric.
El beso de aquella noche tan solo había servido para acelerar el proceso. Hermione había terminado de convencerse de que tenía que dejar a Cedric. No podía seguir engañándose y engañando a los demás. Sabía que el escollo más duro sería su madre, pero después de ese beso compartido con Ron, se veía con la fuerza necesaria para confrontarla. Se suponía que los padres querían lo mejor para sus hijos. Hermione se llevó una mano al pecho y la puso encima de su acelerado corazón. Algo allí dentro le decía que Ron era lo mejor para ella. Se levantó de la cama sin hacer ruido y mirando a su alrededor. Pero las chicas estaban dormidas después de una noche divertida, llena de juegos y graciosas confesiones. Una noche en la que Hermione no había sido la única que se había mostrado más ausente de lo habitual.
Abandonó la habitación y anduvo por el pasillo con un cómodo sigilo. No era la primera vez que se quedaban a dormir unas en casa de otra. Pero si era la primera vez que Hermione se sentía inquieta una de aquellas noches. Normalmente era de las primeras en quedarse dormida después de la guerra de almohadas que iniciaba Pansy. Era como una tradición que ponía punto y final a su noche de chicas. Bajó las escaleras del ático procurando no hacer ruido con el suelo de madera. Era una suerte que los Weasley no tuvieran animales que descubrieran su aventura de medianoche. Aunque enseguida se acordó de la dulce Bella y su rescate por parte del pelirrojo. Ahí estaba nuevamente en su cabeza, no podía quitárselo ni aunque quisiera. Era como una obsesión que iba creciendo y creciendo en su subconsciente sin que ella pudiera evitarlo. Pasó por delante de su habitación, pero la puerta estaba cerrada. Suspiró entre decepcionada y aliviada. Y sin saber porqué, se sonrojó. Notó como el fuego subía por su pecho hasta aposentarse en sus mejillas. ¿Pero qué estaba pensando? ¿Por qué quería ver a Ron dormir? Estaba perdiendo la cordura antes de lo previsto. Meneó la cabeza y dejó atrás la habitación del pelirrojo con algo de pábulo. Fue hasta la cocina y luchó por encontrar un vaso de agua que apaciguara sus sentidos. La luz de la luna iluminó su figura en la oscuridad y arrancó destellos al cristal del vaso. Una suave brisa se coló por la puerta de la cocina e hizo que Hermione se abrazara. Se dio la vuelta y entrecerró los ojos. La puerta de la cocina estaba abierta.
Luna estaba sentada en uno de los escalones del porche trasero. Se la veía tranquila y ausente, algo perfectamente normal, pero había algo en su mirada que gritaba que no estaba bien. Cerró sus ojos azules cuando la brisa de la noche movió sus cabellos rubios. Los llevaba sueltos a la espalda y tocaban el suelo de pizarra. Habían pasado treinta y cinco minutos desde que se sentara allí. Elevó su pálido rostro hacia el cielo. Miró a los ojos a aquella con la que compartía su nombre y sus labios temblaron ligeramente. Si tan solo sus amigas supieran…si la gente supiera…si todo hubiera sido diferente…si ella fuera más fuerte…si el dolor fuera más leve… Pero nada era como ella quería. El dolor se agarraba a su cuerpo y a su piel atravesando músculos, huesos, venas y sangre. Agarrotando su corazón, ya cansado de luchar contra un final inevitable.
Le gustaba mirar la luna porque le recordaba a él. Sus ojos eran del mismo color acero impenetrable, pero a ella la habían mirado con un cariño inaudito. Cerró los ojos y respiró hondo, no lloraría…no más. Solo el cielo sabía las lágrimas que había derramado por él, como se había emborrachado de angustia y rabia. Como había dejado de ser ella para convertirse en un ente callado y ausente.
- ¿Luna? –la voz de Hermione se coló en su mente como un rayo, rápida y certera. Luna abrió los ojos y se dio la vuelta. En su rostro volvía a estar su expresión dulce y extraña. La castaña salió de la cocina y se quedó de pie, detrás de ella, con un pie cerca del primer escalón. Iba descalza, como ella.
- Hola, Hermione. –respondió Luna como si fuera lo más normal del mundo encontrarse a esas horas de la noche.
- ¿Qué haces aquí, Luna? –Hermione frunció el ceño y se abrazó la cintura con un poco más de fuerza. Hacía algo de frío, por culpa de la brisa marina, aunque también podía deberse a que ya estaban en octubre y el verano parecía lejano y borroso. En una semana sería Halloween.
- Mirar la luna. –la rubia se encogió de hombros y le dio la espalda a su amiga.- Es mi hora preferida del día, cuando solo estamos ella y yo, y el silencio nos envuelve. Es como estar en medio del espacio, ¿no crees?
- Nunca lo había mirado así.
- Puedes ponerte a gritar que nadie te oirá. –Luna respiró hondo y movió la cabeza en dirección a la castaña.- En el espacio digo. Todo resulta curioso cuando se piensa de esa manera.
- Luna… ¿qué haces aquí? –preguntó Hermione de nuevo, saliendo a la luz nocturna y sentándose en el escalón al lado de su rubia amiga. Un fuerte nudo se había formado en su corazón al escucharla hablar de aquella manera. Era como si le hubieran cambiado a su amiga.
- A veces los mejores pensamientos vienen cuando estás sola, ¿no crees? –Luna se volteó para mirar a Hermione a los ojos. Una mirada que estremeció a la castaña, pero que la rubia se apresuró a cambiar y camuflar con una sonrisa.
- Ci-cierto. –Hermione se mordió el labio inferior y puso las manos sobre sus rodillas.
- Ron es muy simpático. No se parece en nada a Cedric. Quiero decir que no es popular, pero te mira de una forma especial. –declaró Luna.
Hermione no pudo evitar sonrojarse. ¿Tan obvio era lo que había sucedido entre los dos?
- Ehh…supongo que si, que es muy simpático. –intentó no mirar a Luna cuando habló.
- Los chicos como él son difíciles de encontrar, pero fáciles de perder.
- Luna… ¿qué…qué pasó durante el verano en Escocia?
- ¿Por qué me preguntas eso, Hermione? Creía que estábamos hablando de Ron.
- No, tú estabas hablando de Ron. –esta vez la castaña enfrentó la mirada neblinosa de Luna.- Sabes que puedes hablar conmigo de lo que sea, ¿verdad, Luna?
- ¿Incluso de por qué te gusta Ron?
- Sabes que no me refería a eso.
- No me pasa absolutamente nada, Hermione. Considera esta conversación como otra de mis rarezas que me hacen tan única y especial.
- Eres especial, Luna. Eres mi amiga. –la castaña tomó la mano de su amiga entre las suyas y se la estrechó.- Lo siento. Es que…hablabas de una forma que me ha dado miedo.
- El principal miedo es el miedo. Pero lo entiendo. Tienes muchas cosas en la cabeza ¿no?
- Demasiadas. Siento que mi vida va por la senda equivocada. –Hermione se soltó del agarre y se pasó una mano por el cabello hacia atrás.
- ¿Te has caído ya por el precipicio?
En otras circunstancias, esa pregunta habría descolocado a Hermione, pero esta vez supo qué responder.
- No, aún no. Pero he estado a punto varias veces.
- Tienes que dar media vuelta y elegir otro camino, Hermione. Todos tenemos un destino que cumplir, y el tuyo no está al lado de Cedric.
- Lo sé, pero es difícil. Además, está Ron.
- ¿Por qué no piensas en Ron como ese camino alternativo que te aleja del precipicio? –sugirió Luna.
- Ya lo hago. –a Hermione se le escapó una sonrisa.- Me besó. Esta noche. Cuando fui al lavabo. No se lo he contado a ninguna de las chicas.
- ¿Y como te sentiste?
- Como si estuviera tres metros sobre el cielo.
- Si, esos son los mejores besos. –suspiró la rubia y la neblina retornó a su mirada.
- ¿Tú…tú…?
- Por supuesto que me han besado, Hermione.
- No pretendía decir lo contrario. Es solo que… ¿fue en Escocia?
- Algún día te lo contaré. –se levantó del escalón sin dejar de mirar el reflejo de la luna contra el jardín.- Pansy tiene un sueño muy ligero, volvamos, o querrá saber donde estábamos.
Hermione también se levantó y respiró hondo.
- Hermione, tu corazón te dirá cual es el camino a seguir, el camino adecuado. –añadió Luna.- Aunque pueda no parecerte correcto, o aunque el resto no lo entienda. Si te dejas guiar por el corazón, encontrarás la paz. –se puso de puntillas para darle un beso en la mejilla y se dio la vuelta para regresar a la habitación del ático.
La sensación que aquellas palabras y aquel gesto dejaron en Hermione fue casi devastadora. Ya no estaba pensando en ella, ni en Ron, ni en el beso que le había robado, ni en su madre, ni en Cedric. Era una sensación de saber que algo malo estaba a punto de suceder. Tenía las señales delante de sus narices, y aun así era incapaz de verlas…o detenerlas. Se llevó una mano al pecho y contuvo la respiración durante unos segundos. Al mirar hacia el cielo, se fijó en la luna, tan enigmática como la chica con la que compartía su nombre.
- ¿Despierta a medianoche? –dijo una voz masculina desde el vano de la puerta de la cocina.
El sonido que transportó el viento hizo que el cuerpo de Hermione se estremeciera. Se dio la vuelta con sus ojos ambarinos bien abiertos. Era Ron. Con su pantalón de pijama…y nada más. El cabello rojo alborotado y las pupilas de sus ojos azules dilatadas. Tenía un torso trabajado, unos brazos musculados y una hilera de vello pelirrojo que nacía bajo el ombligo y se perdía por dentro del pantalón.
- Lo siento. Es que…-Hermione no sabía qué decir, verlo de esa guisa la turbaba. Desvió la mirada hacia la encimera de mármol y vio el vaso de agua.- Es que tenía sed y…por eso bajé.
- Vaya, eso ha dolido. –se llevó una mano al pecho en un gesto grandilocuente.- Yo pensé que habías bajado porque no podías dormir después de mi beso.
- Ron…-el sonrojo de Hermione fue mucho más intenso está vez, tanto que comenzó a sentir calor.
- Lo siento. Tengo la costumbre de ser directo cuando algo o alguien me gusta. Y tú me gustas mucho, Hermione. –se alejó del vano de la puerta y en dos zancadas se plantó delante de la castaña. Aparte del ulular nocturno, tan solo se escuchaba el latir acelerado del corazón de Hermione.
- Ron…-Hermione levantó una mano para marcar la distancia entre los dos, pero solo consiguió tocar la piel del pelirrojo. Sus ojos se negaban a abandonar ese rostro tan bello, con marcadas pecas en el puente de la nariz, las mejillas y la barbilla. Y esos ojos azules…- Ron, yo no…
- Lo se. –dijo él pasándose una mano por el cabello y lanzándole una medio sonrisa.- Las cosas son complicadas. Lo dijiste después de que te besara. –comprobó con regocijo como ella volvió a sonrojarse con la sola mención del beso de esa noche.
- Si, son complicadas. –la castaña bajó la cabeza lentamente y suspiró. Aunque llevaba toda la noche pensando en el pelirrojo, no había contado con encontrarse con él. Estaba nerviosa, y eso no era algo que le sucediera con mucha frecuencia. Las personas como ella no deberían de ponerse nerviosas por nada ni por nadie.
- Será mejor que nos acostemos.
- ¿Cómo? –la voz de Hermione sonó algo chillona y subió la cabeza de golpe. Sus ojos eran más grandes y su corazón latía apresuradamente.
- Digo que será mejor que subamos a dormir. –aclaró el pelirrojo con expresión divertida.
- Ah, si, si, claro. –Hermione volvió a bajar la cabeza y se dio la vuelta, pero en vez de seguir el pasillo hacia la escalera principal, la castaña salió al porche. Si antes no había sido capaz de conciliar el sueño, ahora se le antojaba imposible. Entre la charla con Luna y el encuentro con Ron… Se llevó una mano a la frente y cerró los ojos.
- ¿No vas a dormir? –preguntó Ron a sus espaldas.
- Ahora mismo no podría. –contestó ella sin voltearse.- Tengo muchas cosas en las que pensar.
- Hermione…-Ron se interrumpió. No sabía exactamente qué decirle.- Buenas noches.
- Buenas noches, Ron.
Hermione sintió como el pelirrojo se marchaba en su lugar quedaba una sensación fría en el ambiente y en su mente. Se sentó en el escalón del porche trasero y estiró sus piernas desnudas. Echó la cabeza hacia atrás, así como los brazos, y miró hacia el cielo de medianoche. Tal y como le acababa de decir a Ron, tenía demasiadas cosas en la cabeza como para poder conciliar el sueño. En su mente tenía marcado como primer objetivo terminar su relación con Cedric. No le hacía falta seguir las señales, ni escuchar a sus amigas para saber que era lo que tenía que hacer. También tendría que definir y concretar su relación para con Ron.
Sin embargo, había un hecho que le había dejado cierto malestar en el cuerpo: su conversación con Luna. Había sido de lo más extraña. No solo por su contenido, sino por el tono en que la rubia había hablado. Conocía a Luna desde que eran pequeñas y había aceptado sus ra
rezas como parte de su encanto. Sabía que había gente que no entendía como formaba parte del grupo, pero para Hermione era una persona fundamental en su vida.
No le gustaría perderla.
Se mordió la lengua hasta sentir dolor. No le gustaba sentirse como se estaba sintiendo con respecto a Luna. Las palabras de la rubia contribuían a respaldar su sensación de pérdida. ¿Qué estaba pasando por la cabeza de su amiga? Sabía que tenía que ver con algo ocurrido con Escocia, pero ella siempre se había caracterizado por no interrogar a sus amigas. Cuando querían contarle algo, ahí estaba. Hablaría con Pansy y ella seguro que encontraría una razón completamente diferente para justificar el comportamiento de Luna. Pansy siempre conseguía tranquilizarla en ese sentido.
Hermione suspiró una vez más y decidió, que aunque no se durmiera, lo mejor sería subir al dormitorio del ático.
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Lavender abandonó la casa de los Weasley un poco antes que sus compañeras. Tenía que prepararse para su cita con Seamus, aunque no le había dicho nada a nadie. La rubia suspiró al mirarse por quinta vez al espejo. Estaba nerviosa, más de lo que deseaba admitir. Nunca se había fijado en un chico como Seamus y estaba más acostumbrada a los chicos como Blaise. Pensó fugazmente en el moreno y en el daño que le había hecho. Pero no se engañaba. No había aceptado salir con Seamus como una forma de despecho. Había aceptado salir con Seamus porque le despertaba curiosidad, y también porque quería divertirse.
Su reflejo en el espejo era el de una chica de diecisiete años vestida para salir un sábado por la tarde. Su cabello rubio estaba recogido en una coleta alta, para realzar sus pómulos orgullosos. No tenía ni idea de a donde la llevaría Seamus, así que había optado por un look casual y cómodo. Bueno, todo lo cómodo que podía sin faltar a su sentido de la moda. Los pantalones negros eran de pitillo, las sandalias azules tenían pedrería en el empeine y la camiseta era de un azul eléctrico con cuello barca. Movió los brazos a los lados, con las palmas giradas hacia fuera. Seguía estando nerviosa. Era la primera vez que salía con un chico desde su ruptura con Blaise antes del verano.
Bajó las escaleras al trote, permitiéndose ese pequeño momento infantil. Estaba sola en casa, lo cual no era extraño. Sus padres dirigían la fábrica familiar y habían viajado a China para comprar material y encontrar nuevos inversores. Tampoco tenía hermanos, ni siquiera una mascota. La casa estaba en silencio total, algo que normalmente ponía de los nervios a Lavender. Por eso siempre que podía escuchaba música a todo volumen. En cierto modo, le hacía sentirse menos sola. De todas sus amigas, Hermione era la que mejor le entendía. Ella también estaba sola, aunque sus problemas nunca habían sido tan grandes como los que tenía la castaña.
De carácter algo vanidoso y sumamente coqueto, se miró otra vez en el espejo del recibidor. Estaba contenta con su aspecto, con la forma en que la había tratado la naturaleza. No era ni de cerca tan hermosa como Pansy, ni tenía la elegancia natural de Hermione, pero no se podía quejar. La nueva chica del equipo, Ginny, ocupaba el tercer puesto en el ranquing del grupo, empatada con ella misma. No es que Luna y Daphne fueran feas, ni mucho menos, pero…a ojos de Lavender tenían ciertas cualidades que les restaba atractivo. Miró su reloj de pulsera y se mordió ligeramente la lengua. Aun faltaban unos minutos para las cuatro, la hora a la que había quedado con Seamus. Respiró hondo y se llevó una mano al estómago vacío. Estaba tan nerviosa que le había sido imposible comer nada. Y ahora se arrepentía. Porque todo el mundo sabía que una chica no come casi nada en su primera cita. No sabría explicar el por qué o el sentido de esa tradición no escrita, pero así era.
Se sentó en el último escalón de la escalera de mármol tapizada con una moqueta azul. Sentía un leve hormigueo en el estómago, pero lo más probable es que fuera por los nervios. Claro que nunca se había mostrado nerviosa en ninguna de sus citas con Blaise. Todo se le había antojado demasiado natural, tanto que habían perdido el sentido y el romanticismo. Eso no quitaba que Blaise hubiera sido importante para ella, que lo hubiera querido y que en cierto modo lo siguiera queriendo aun. Se encogió de hombros. Era una chica sencilla a la que le gustaban las cosas sencillas.
Cuando faltaba un minuto para las cuatro, el timbre de la puerta sonó. El corazón de Lavender se aceleró de manera drástica. La rubia se levantó de un salto y se pasó las manos sudadas por las perneras de sus pantalones. Respiró hondo varias veces y abrió la puerta principal. Seamus estaba al otro lado, con su cabello castaño alborotado, sus oscuros ojos azules y su sonrisa sincera. Llevaba las manos escondidas en los bolsillos y no hizo ademán alguno de besarla, abrazarla o algo por el estilo. Se limitó a quedarse donde estaba, como si aquello fuera un encuentro entre amigos y no una cita.
- Hola. –dijo con un tono de voz desenfadado.- ¿Estás lista?
- Claro. Deja que coja mi bolso. –la rubia se dio la vuelta para recoger una pequeña bolsa de color negro que se colgó de un hombro.- Ya está.
- Bien. –Seamus esperó a que cerrase la puerta y caminaron hasta…
Lavender no podía creérselo.
- ¿Una bicicleta? ¿Esperas que me suba en una bicicleta? –le preguntó sin poder evitarlo. Nunca antes se había subido en una.
- Podemos ir en autobús si lo prefieres, pero llegaremos antes en bicicleta. –dijo el castaño señalando el casco que había sobre el sillín.
- Seamus…no puedo montar en bicicleta. –la rubia se cruzó de hombros pensando que su decisión de salir con él había sido una equivocación.
- ¿Por qué? Las bicicletas son bonitas, silenciosas, ayudan a hacer ejercicio y no contaminan el medio ambiente. Prometiste salir conmigo en una cita.
- Si, bueno, ya se que lo prometí, pero…no se montar en bicicleta.
- ¿Qué no sabes montar en bicicleta? Es una broma ¿no? –Seamus no se reía, lo cual sumaba puntos a su favor. Cuando Blaise se enteró, se pasó una semana entera burlándose de la pobre Lavender.
- No, no lo es. Soy una chica moderna, qué quieres que te diga.
- Moderna no, pija diría yo.
- Mira, aun estamos a tiempo de aplazar la cita para cuando me traigas un transporte normal y corriente que pueda utilizar.
- No, no. Tranquila, ya se me ha ocurrido algo. –se apresuró a decir Seamus de manera algo atropellada. Se llevó la mano a la cabeza y se rascó la zona del cogote. Había tardado más de diez años en conseguir salir con la chica de sus sueños, así que de ningún modo iba a permitir que se estropease su cita.- Puedo llevarte.
- ¿Llevarme? –repitió Lavender con algo de duda y miedo en su voz.
- Si, en la bicicleta. Como si fueras un paquete. –señaló el espacio el manillar, donde alguien con la pequeña figura de Lavender cabría sin problemas.
- No eres muy bueno en esto de hablar con las chicas. –observó la rubia. Nuevamente pensó en Blaise, que tampoco era un erudito de la palabra. Y decidió darle otra oportunidad al castaño. Estaba poniendo todo de su parte y eso había que reconocérselo.- ¿Y como se supone que voy a ir sentada allí arriba?
- Bueno, tendrás que apoyarte en mi, claro.
- Claro. –dijo Lavender de forma pausada y dejando escapar una medio sonrisa.- ¿Puedo saber a donde vamos?
- Si te lo dijera no sería una sorpresa.
- ¿Me gustará?
- No lo se. –Seamus se encogió de hombros.- Solo buscaba un sitio tranquilo donde pudiéramos hablar. Ya sabes, sin las aglomeraciones de la gente.
- ¿Y lo encontraste?
- Creo que si. –Seamus alargó una mano para coger el casco e hizo ademán de ponérselo a la chica. Pero Lavender ahí si que no transigió.- Es por seguridad. –añadió cuando vio que ella se apartaba.
- Ah, ah. Dejaré que me lleves en tu bicicleta, pero el casco te lo pones tu. –le advirtió en un tono que no admitía discusión.
- Bueno, casi que será mejor que lo deje aquí. –dijo el castaño lanzando el casco al césped delantero de la casa de los Brown.- A la vuelta lo recojo.
Lavender estaba algo sorprendida por la seguridad que mostraba el muchacho. Habría afirmado que era un chico tímido, pero en los minutos que hacía que estaba ahí, se había mostrado con soltura y más ganas de agradar que otra cosa. Siguió las instrucciones de su particular "conductor", y con algo de esfuerzo se encaramó al manillar. Se agarró con fuerza a los lados y arrugó un poco la nariz al notar el frío e incómodo metal bajo su trasero. Seamus se montó en la bicicleta y le indicó que echase todo su peso hacia atrás. De ese modo, la cabeza y el cuello de Lavender tocaban el hombro izquierdo del muchacho. Era una posición incómoda, pero a la vez tierna y bonita.
- ¿Está muy lejos ese sitio? –preguntó la rubia.
- A la vuelta de la esquina. –respondió él comenzando a pedalear con esfuerzo y determinación.
- Más vale que la cita me guste, Finnegan. –advirtió Lavender tras enarcar una ceja.
- Creía que habíamos quedado en que esto no era una cita. Sino una salida de amigos.
- Bueno, tampoco es que tú y yo seamos amigos.
- Hubo un tiempo en que lo fuimos.
- ¿Ah si? No lo recuerdo. –Lavender volteó ligeramente la cabeza para mirarlo a los ojos y saber si le estaba vacilando o no. Pero esa característica no formaba parte de la forma de ser de Seamus.- Cuéntame cuando fue eso.
- Hace muchos años. –el castaño se sonrojó y dio gracias por que Lavender ya se hubiera dado la vuelta y no pudiera verle el rostro.- Éramos pequeños. –siguió pedaleando sin perder el ritmo, sin importarle que subieran o bajaran cuestas o que tuviera que rodear curvas cerradas. Lavender se cogía con fuerza a los manillares. Apoyando sus manos justo encima de las de Seamus. El viento se recortaba contra su cara y la luz del sol comenzaba a calentarle las mejillas.
- Espero que me lo cuentes con más detalle. –insistió ella.
- Lo haré.
- ¿Falta mucho para llegar? –se estaban alejando de la zona residencial. Pero la urbanización también contaba con un pequeño conjunto de tiendas y salones recreativos, así como una guardería y una escuela de ballet.
- No. De hecho ya hemos llegado. –anunció Seamus parándose en medio de estas dos últimas, esperó a que la rubia bajase de su improvisado asiento y desmontó él también de la bicicleta, que quedó apoyada contra una farola de la acera.
- ¿Aquí? –se extrañó Lavender y frunció el ceño mientras daba una vuelta sobre si misma.
- Si, aquí. –Seamus le ofreció la mano, pero ella no estaba segura de querer cogerla.- Confía en mi. –le dijo al ver las dudas pasar por sus ojos marrones.
- Está bien. –aceptó y le cogió de la mano.- Aunque no entiendo qué tiene de especial nada de esto.
- Lo tiene. –afirmó Seamus sacando un manojo de llaves del bolsillo derecho de su pantalón.- Aquí fue donde empezó todo. Donde nos conocimos tú y yo quiero decir.
Lavender se detuvo en seco y se lo quedó mirando durante unos segundos. Sus ojos marrones se encontraron con los azules de él. Había algo en él, algo en su modo sencillo de ver las cosas, en su forma de hablarle como si fuera la única persona en el mundo. Blaise nunca había conseguido hacerla sentir así con un detalle tan nimio. Seguía sin recordar cómo se habían conocido, pero ahora sentía cierta curiosidad. Esperó a que él abriera la puerta y la invitase a entrar. La vieja guardería había pasado por muchos arreglos y estaba dotada de todas las comodidades necesarias para que sus pequeños huéspedes se sintieran como en casa. Las paredes estaban pintadas de un amarillo clarito y el suelo estaba enmoquetado con cuadrados de diferentes colores. Seamus volvió a cerrar la puerta y se quedó parado frente a ella. Lavender no sabía qué decir. Nunca imaginó que su primera cita con un chico fuera en una guardería.
- ¿Cómo conseguiste las llaves?
- Mi hermana trabaja aquí por las tardes. Me debía un favor, así que…-se encogió de hombros y dejó que la frase se perdiera.
- Ah. –Lavender se llevó una mano a la espalda y se mordió el labio inferior insegura.
- ¿Quieres tomar algo? Tengo refrescos. –Seamus estaba nervioso y se le notaba.
- Claro. Un refresco me vendrá bien. –mientras el muchacho desaparecía de la habitación, Lavender caminó hasta el ventanal trasero. Desde allí podía ver el patio lleno de juguetes, un pequeño tobogán, una piscina de bolas, un recinto de tierra y otras cosas que no reconoció. Se dio la vuelta y rebuscó en la habitación un sitio en el que sentarse, pero las sillas eran demasiado pequeñas y bajitas. Realmente no sabía qué esperar de Seamus y se preguntaba porqué no se había marchado aún. Con cualquier otro chico es lo que habría hecho, sin dudarlo. Pero Seamus era demasiado dulce.
- No te he preguntado de qué querías el refresco. Lo he traído de piña. –dijo el castaño apareciendo con sendos vasos. Le tendió uno a la chica.
- La piña está bien, me gusta. –bebió un sorbo para que él viera que no le estaba mintiendo.
- Está frío. –afirmó Seamus después de beber de su vaso.- ¿Quieres sentarte?
El primer pensamiento de Lavender fue: ¿dónde?
- Claro. –y se quedó esperando que él sacara un par de sillas de adultos de alguna de las otras habitaciones. Pero de nuevo para su sorpresa, Seamus se sentó en el suelo y le hizo un gesto para que ella lo imitara. Lavender frunció el ceño y negó con la cabeza.- No soy una chica de sentarse en el suelo.
- No es el suelo suelo. Es una moqueta infantil. Los niños van descalzos o en calcetines por ella. –explicó él y terminó con un suspiro.- No te estás divirtiendo, ¿verdad?
- No es eso. Es solo que…nunca había tenido una primera cita en una guardería.
- Tampoco yo. Por eso pensé que este sería un sitio especial.
Lavender se lo pensó unos segundos. Tampoco es que sus citas con Blaise hubieran sido la caña, además de que estaban a años luz del ideal que ella siempre había pensando. Por lo menos Seamus estaba siendo atento y dulce. En cierto modo, era como un niño. Pero ella se negaba a hacer el papel de la profesora.
- Está bien, lo haremos a tu manera. Sujétame esto. –le dio el vaso con su refresco y dejó su bolso apoyado contra una estantería blanca llena de piezas de Lego. Se quitó los zapatos con dos movimientos de talón y se sentó a su lado en el suelo.
- Gracias.
Seamus se puso de rodillas y se arrastró hacia otro conjunto de estanterías bajas de color verde esta vez. Cogió un par de almohadas de una de las cajas y se las lanzó a la rubia, que las cogió al vuelo sorprendida. Por su mente pasaban muchas cosas, pero estaba decidida a ignorarlas. Lo peor que podía pasarle fuera que la cita con Seamus fuera un auténtico fracaso. Entonces volverían a su relación de ignorancia. Pero Seamus aun no había terminado de sorprenderla. Dándole a un botón de la pared, las persianas se bajaron y las cortinas de la calle se cerraron, dejando la habitación en penumbra. A cuatro patas de nuevo, Seamus regresó adonde estaba la rubia. Podía sentir su respiración muy cerca suyo y juraría que en el silencio, también podía escuchar el latir de su corazón. asió con fuerza el mando de la cadena musical y prendió el botón correcto. Lavender miró hacia el techo con la boca abierta. No solo había comenzado a sonar una tierna melodía, sino que en el techo habían aparecido cientos de formas que se movían. Era como estar en medio del universo.
- Que bonito. –comentó maravillada.
- Tenía la esperanza de que te gustaría. –dijo Seamus satisfecho consigo mismo. Puso los cojines a la espalda de ambos y se dejó caer sobre uno de ellos.- Desde aquí es incluso mejor.
Una vez más, Lavender lo imitó.
- Tienes razón. Es mejor. –declaró ella al cabo de unos segundos.- Me has sorprendido, Seamus.
- No te he traído aquí solo para que vieras esto o para aprovechar que mi hermana me debía un favor. –Seamus se incorporó sobre un brazo para poder mirarla mientras hablaba.- Aquí fue donde nos conocimos.
- ¿Aquí?
- Si. –rió él. Ahora le parecía un detalle ridículo.-Y también me besaste por primera vez.
- ¿Enserio? –Lavender se medio incorporó, dejando caer el peso de sus hombros sobre sus codos.- ¿Cuándo fue eso?
- Bueno, teníamos cinco años y no sabías lo que hacías. Ni siquiera lo recuerdas. –no había rencor en sus palabras, tan solo hechos constatados.
- Pero tú si que lo recordaste. –no podía apartar la vista de sus ojos azules.
- Bueno, fuiste la primera chica que me besó. –se llevó la mano libre a la cabeza. Ser objeto de escrutinio por la chica de sus sueños, era algo que lo ponía nervioso.
- Siento no recordarlo, Seamus. –dijo Lavender con sinceridad.
- No pasa nada, yo…
Pero sus palabras se vieron interrumpidas cuando la rubia aterrizó en sus brazos como un torrente. Sus labios se encontraron con facilidad, pero se movieron lentos, casi con miedo. Estaba claro que no era un beso lleno de pasión, pero ninguno de los dos pretendía que lo fuera. Seamus bajó una mano hasta la cintura de ella. Lavender seguía ejerciendo una sana presión contra sus labios, que se abrieron para darle la bienvenida.
- Este si que voy a recordarlo. –dijo antes de besarlo de nuevo, aunque esta vez fue apenas un roce de labios, y muy breve.
Lavender apoyó la cabeza sobre el pecho del castaño y miró hacia el techo, donde las cientos de sombras seguían danzando ajenas a lo que acababa de ocurrir. Seamus le pasó un brazo por los hombros y dejó escapar todo el aire que había estado conteniendo. Tenía ganas de pellizcarse para convencerse de que aquello no era ningún sueño. Lavender estaba realmente a su lado y acababa de besarlo. Ya era su tercer beso, contando el de la guardería, el del pasillo y de nuevo el de la guardería.
Tal vez en el futuro habría un cuarto, y un quinto, y un sexto…
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Cuando Hermione llegó a su casa notó como la tensión volvía a crecer en su interior. Era algo que no podía evitar. Siempre que entraba en la casa donde se había criado, sentía una presión en el pecho que le impedía respirar. Era como una soga imaginaria alrededor del cuello, que la constreñía si iba en la dirección errónea. Cerró los ojos con fuerza y dejó las llaves sobre el mueble de mármol blanco que había en la entrada. En cualquier otro momento, habría subido las escaleras sigilosamente hasta su habitación. Pero recordó que había algo urgente de lo que se tenía que ocupar. Ya le dolía la cabeza y apenas si había dormido, así que… ¿para qué aplazarlo?
Respiró hondo y caminó hacia el salón principal. Había estado tan absorta pensando en si debía hablar con su madre o no, que no se había dado cuenta del pequeño revuelo que había a pocos metros de ella. Su madre estaba sentada en uno de los sillones estilo Luis XIV y sostenía un vaso de whisky con su mano izquierda. A su lado, había media docena de personas con papeles y agendas, además de Rose. La vieja ama de llaves, cocinera y niñera, tenía un semblante serio, como de desaprobación. Pero por encima de todas las voces, se escuchaba la de la señora Granger. Hermione se quedó parada en el vano de la puerta y cerró los ojos con fuerza.
Había olvidado que aquella noche tenían una nueva cena de negocios. Aunque esta iba a ser más pequeña e íntima. La señora Granger era bastante como su hija, en el sentido físico. Tenía el mismo tono de cabello castaño, la misma nariz y la misma boca. Pero sus ojos eran de un marrón demasiado oscuro. Iba maquillada y peinada de manera exquisita. Como exquisitos eran su atuendo y sus modales. Pero no por ello se le restaba autoridad al tono de su voz. Todos sabían que era la dueña de la casa y que sus puestos y prestigio dependían de ella.
- Media docena de ramos de azucenas. –dijo tachando una hoja y escribiendo otra cosa. Sus piernas cruzadas ejercían de soporte ideal para modificar el trabajo de los demás.- Las rosas están pasadas de moda. Ya no son sinónimo de elegancia.
- Pero señora…-comenzó a protestar un hombre joven, de cabello castaño y gafas de pasta negra. Se retorcía las manos a la altura de la cintura y tenía las mejillas arreboladas.- Ya hemos encargado las rosas, deben de estar en camino. –añadió después de mirar el reloj.- No podemos…
- Las azucenas son las flores favoritas de la señora Lestrange. Y como anfitriona quiero que mis invitados se sientan cómodos. La señora Lestrange y yo tenemos importantes negocios entre manos. No voy a ponerlos en peligro por unas estúpidas flores.
- Si, señora. Pero…
- Llama a la floristería de Linnete y dile que quiero azucenas en vez de rosas. Si no, será la última vez que contrate sus servicios. –advirtió mirando al joven de forma severa y altiva. Miró su agenda personal, que tenía sobre la mesita de centro de cristal.- Finalmente el hijo de los Lestrange no vendrá, así que quedan 13 comensales.
- Quitaré un juego de comida enseguida, señora. –se apresuró a decir Rose.
- No, que sean dos, Rose. –la señora Granger seguía mirando su agenda, así que no se dio cuenta de la mirada de asombro que le dedicó su empleada más antigua.
- ¿Dos, señora? ¿Alguien más no va a venir?
- Por supuesto que no. Es una cena de negocios demasiado importante como para que ninguno de mis invitados se la pierda. –dio un largo trago a su whisky.- Pero no puedo tener una mesa con trece personas. Sería del todo inapropiado.
- ¿Entonces? –en ese momento, Rose se dio cuenta de la presencia de Hermione, que no se había movido del vano de la puerta y tenía la vista fija en su madre.
- Sacaremos a Hermione de la lista. Estoy segura de que no le importará. Además, su único cometido era el de entretener al hijo de los Lestrange. –con un ademán de manos, le hizo saber a Rose que había terminado con ella y que podía regresar a la cocina. La señora Granger mantenía las distancias entre ella y sus criados de manera rigurosa. Y reprendía a Hermione cuando la veía en compañía de Rose o del jardinero.- ¿Qué más tenemos que resolver?
- Patsy mandó estos papeles de su oficina. Dice que son importantes para esta noche. –dijo una chica, también joven, tendiéndole una carpeta con una veintena de folios y una encuadernación azul de tamaño considerable.- Dijo que usted se los olvidó en la oficina.
- Ah, si, perfecto. –cogió todos los papeles y no hizo comentario alguno ni dio las gracias a nadie. Patsy era su secretaria personal desde hacia cuatro años, pero no su mano derecha como todos pensaban. Jane Granger no tenía ni mano derecha ni izquierda. Le gustaba manejarlo todo ella y tomar las decisiones sola. Obviamente que consultaba con sus asesores, pero solo eso, consultar. Se miró su carísimo reloj de pulsera de oro y diamantes.- Asegúrate de avisarme cuando vengan los del catering. Aunque ya deberían de estar aquí.
- Si, señora. –dijo otro de los jóvenes que estaban allí para complacerla.
- ¿Se sabe algo del pianista? –preguntó levantándose. Miró a ambos lados, buscando un sitio en el que dejar el vaso de whisky. Pero al no encontrarlo, cogió la mano del joven que tenía más cerca y se lo dio.
- Tiene que estar a punto de llegar.
- Asegúrate de que conozca el guión musical de la noche. –se llevó una mano al pecho cuando sus ojos se encontraron con los de su hija. Ese color de ojos tan poco común, más parecido al oro que otra cosa, siempre le habían puesto nerviosa.- Estaré en mi habitación vistiéndome. Si hay algún problema, que espero que no lo haya, solucionadlo de inmediato. Quiero que esta noche todo sea perfecto.
- Si, señora. –dijeron al unísono cuatro voces.
- Hermione, querida, me temo que esta noche tu presencia no será requerida. –pasó por delante de su hija sin ofrecerle ningún gesto de cariño. Sus pies se movían de forma grácil por encima de la alfombra blanca.- Tal vez podrías pasar la noche en casa de Pansy. Estoy segura de que a los Parkinson no les importará.
- No te preocupes, madre. Antes de que te des cuenta estaré fuera de tu vista. –dijo Hermione siguiéndola con los puños apretados, uno a cada lado de su cuerpo. El hecho de saber que su madre era así, no significaba que no le doliera que la tratase como a uno más de sus empleados.- Pero antes quería hablar contigo de un asunto. Es importante.
- Tendrá que ser otro día, querida. Hoy estoy sumamente ocupada con la cena de esta noche. Y Ya sabes lo agotada que me dejan esas cenas. –comenzó a subir los escalones.- Debería de llamar a Valerie para que venga después. Sus manos ejercen milagros en mi espalda. Ser una mujer de negocios ejerce mucha presión. Eso es algo que tu padre nunca llegó a entender.
- Madre, no puedo esperar a otro día. –insistió Hermione y de nuevo la siguió. Pocas eran las veces que Hermione había entrado en el dormitorio de su madre. Como solía decirle a Pansy, no se le había perdido nada allí. Pero en vista de que la señora Granger no se detenía a escucharla, se coló con ella antes de que cerrase la puerta.
- No entiendo que puede ser tan importante que no pueda esperar a otro día. Sabes que me gusta echarme un rato antes de asistir a una cena de esta importancia. –la señora Granger se quitó las joyas que llevaba puestas y las dejó sobre el pequeño tocador de caoba que había en un rincón de la habitación.- ¿Tiene que ver con Cedric? –se aventuró a preguntar mientras se sentaba en el taburete del tocador y se miraba en el espejo.
- Si. –Hermione se apoyó contra la puerta y se cruzó de brazos. Notaba los latidos de su corazón fuertes, como si quisieran salir de esa caja de músculos y carne.- Es sobre Cedric y sobre mi.
- ¿No me digas que Cedric al fin se te ha declaro de manera oficial? –la señora Granger se dio la vuelta con presteza y, por primera vez desde que había entrado, miró realmente a su hija.- Eso cambia drásticamente las cosas. Tenías que haber empezado por ahí. Supongo que lo correcto sería organizar una cena con los Diggory, para que todos seamos partícipes de la buena noticia. Mañana no puedo, tengo que estar en Lugano. Pero puede ser cualquier otro día ¿no?
- Mamá, Cedric no se ha declarado. –Hermione tragó saliva y se dijo que ese era el momento.- De hecho, quería decirte que voy a romper con él.
- ¿Qué has dicho? –entrecerró los ojos mientras se levantaba y enfrentaba a su hija.- No digas estupideces, Hermione. Puede que Cedric y tú hayáis tenido una desavenencia, pero eso no es motivo para terminar con una relación que va a proporcionarnos cientos de ventajas. Tu boda con Cedric es un secreto a voces dentro de los círculos empresariales. ¿Cómo piensas sino que has mantenido alejados al resto de herederos potenciales?
- La decisión ya está tomada, madre. No voy a cambiar de opinión. Cedric no me quiere, y yo ya hace algún tiempo que dejé de quererlo.
- ¿Y si eso que importancia tiene? ¿Acaso piensas que yo quise a tu padre todos los veinte años que estuvimos casados hasta su muerte? El amor es algo secundario, Hermione. Esto es la vida real, no una estúpida novela romántica. –se dio la vuelta para no enfrentar el rostro determinado de su hija.- Te casarás con Cedric el próximo verano, tal y como estaba previsto.
- No, no lo haré. Y tú me apoyarás. –había rogado no tener que llegar a este punto, aunque en el fondo siempre había sabido que era su único as en la manga. Hermione no era tan ajena a los negocios como su madre pensaba. Ya tenía diecisiete años, en unos meses cumpliría dieciocho, y el Imperio Granger, sería suyo…legalmente.
- Por supuesto que no lo haré. Principalmente porque no habrá ninguna necesidad. –se cruzó de brazos, en un gesto muy poco elegante.- ¿Esto es porque te has encaprichado con algún otro chico? Se murmura por la ciudad que pasas mucho tiempo con el vecino pelirrojo. ¿Es por él?
- No, no es por él. Aunque no te negaré que si que siento algo por él.
- Pues ten una aventura con él. Eso no tiene porqué afectar a tu compromiso con Cedric. estoy segura de que a los Diggory no le importará. Tienen mucho más que ganar. A ellos, más que a nadie, les conviene mantener el compromiso.
- ¿Es que no lo entiendes? –Hermione subió el tono de voz, exasperada con el poco tacto mostrado por su madre.- No soy feliz con Cedric. No voy a ser feliz a su lado.
- Hermione, la felicidad…
- Deja de hablar y escúchame a mi. Me apoyarás en mi decisión de romper mi relación con Cedric. Tengo diecisiete años, no soy una niña nunca más. Y conozco el testamento del abuelo y de papá.
La cara de la señora Granger se puso blanca por momentos.
- ¿Qué…cuando…?
- Eso no importa. Todos estos años has sabido que la única heredera de las empresas era yo, por eso tenías tanto empeño en que me casara con Cedric nada más terminar el instituto. A la muerte del abuelo, todo pasó a manos de papá. Pero papá te cedió los poderes hasta que yo fuera mayor de edad. Las dos sabemos que a él nunca le interesó el mundo empresarial.
- ¿Me vas a amenazar?
- No. Eres mi madre, nunca lo haría. Y tampoco te voy a utilizar o chantajear. Podré parecerme a ti físicamente, pero eso es todo. Lo único que te pido es que aceptes mi decisión de terminar mi relación con Cedric y que no te entrometas. Me da igual los negocios que tengas con los Diggory, pero no me casaré con Cedric.
- Entiendo.
- No quería recurrir al testamento. Esperaba que tú, como madre, me apoyaras. Que por una vez en tu vida, pusieras mi felicidad por delante de los intereses de la empresa. Pero me equivoqué. –con la tristeza asomando a sus ojos ambarinos, Hermione se dio la vuelta, dispuesta a abandonar la habitación de su madre.
- ¿Por qué no me dijiste que lo sabías? Han pasado varios meses y tú nunca…-la señora Granger miró la espalda de su hija.
- ¿Habría cambiado eso algo? ¿Me habrías querido algo si supieras que tu futuro como empresaria estaba en mis manos? –no había rencor ni rabia en las palabras de Hermione, sino cierta melancolía.
La señora Granger se mantuvo en silencio, incapaz de contestarle a su propia hija. Y ese fue otro puñal directo al corazón de Hermione. La castaña se marchó y cerró la puerta tras ella suavemente. Se apoyó en la pared más cercana y se tragó las ganas de llorar que se agolpaban en su garganta y en su corazón.
Su libertad le había costado el último resquicio de amor hacia su propia madre.
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Llovía con fuerza, con furia. Como si en el cielo se hubiera desatado una guerra entre dioses y ángeles. Daphne había salido de su casa cuando había escuchado los primeros gritos de su hermana. Astoria siempre había sido una fuente de conflicto en la familia. Al contrario que Daphne y su hermano mayor Stuart, Astoria era una niña mimada y caprichosa. Daphne ni siquiera recordaba el motivo de la discusión de ese domingo. Pero tampoco es que fuera relevante. Lo único que ella quería era poner tierra de por medio entre el caos que se había desatado en su casa. Había salido de casa con lo puesto, ni siquiera se había parado a coger una chaqueta, y ahora se arrepentía.
La lluvia le había pillado desprevenida. Como muchas otras cosas en las últimas semanas. Parecía que su vida se había tornado una sucesión de sorpresas que lo único que pretendían era confundirla aun más. Ya no sabía ni quién era ni qué quería en la vida. Teniendo una hermana como Astoria, siempre había sabido que su lugar no pasaba por ser una rompecorazones. El deporte era su meta más clara, lo que la mantenía cuerda. Pero cuando el deporte se convierte en algo más para una chica, en su forma de vida, los chicos tienden a no reparar en ella. Daphne siempre había confiado en que las cosas cambiarían cuando fuera a la universidad. Por eso le había pillado tan de sorpresa el cambio provocado por Draco.
A pesar de que habían pasado ya varias semanas, aun se recriminaba su intento de cambiar. Había sido una auténtica estupidez ponerse un vestido. No se sentía cómoda con ellos. Con un cuerpo tan atlético como el suyo, sabía de sobra que no le favorecían. Y sus piernas tampoco es que fueran bonitas. Eran demasiado largas. Pero por una vez, había deseado que Draco la viera como a una chica más. Y luego estaba el momento en que él había intentado besarla. Su corazón aun se aceleraba al recordarlo. No lo había comentado con nadie porque sabía lo que le dirían. Había sido una idiota al apartarse. Nadie rechazaba un beso de Draco Malfoy. Pero Daphne tenía sus razones. Una en concreto.
Entró al polideportivo cercano a su casa y cerró la puerta a sus espaldas, dejando a la lluvia y a sus problemas detrás. Al menos era lo que pretendía. Su ropa estaba bastante mojada, al igual que su cabello. Con pequeños mechones pegados a su frente y al resto de su rostro. No ofrecía la mejor imagen, vaya. Se quitó el jersey azul y se quedó con una fina camiseta blanca, de tirantes. Tendió el jersey sobre una banqueta y luego se sentó para quitarse las sandalias, que también estaban mojadas. Se quedó allí sentada durante unos minutos, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados. Era su forma de relajarse antes de jugar un partido.
Sin embargo, tal y como estaba comprobando Daphne, era difícil relajarse si tu último pensamiento había sido hacia un chico. La imagen de Draco se le había aparecido en la mente. Mira que había chicas en el instituto, y el rubio se había propuesto confundirla a ella. Porque no podía ser por otra cosa. Daphne era reacia a creer que Draco, precisamente Draco, se sintiera atraído por alguien como ella. Chasqueó la lengua con desagrado. Porque proponiéndoselo o sin proponérselo, Draco había conseguido más cosas aparte de confundirla.
"Maldito Malfoy", pensó. Si lo tuviera delante…
- ¿Daphne?
Daphne abrió los ojos de golpe y allí estaba él. Se sonrojó enseguida, temerosa de que él hubiera podido escuchar sus palabras. Pero a juzgar por el semblante amable del rubio, no lo había hecho. Iba vestido de manera informal, con unos pantalones cortos y una camiseta negra. Tenía el cabello húmedo, dando a entender que también le había pillado la lluvia. Miraba a Daphne en silencio, con las manos en los bolsillos, pero eso no le restaba atractivo. La chica comenzó a tener calor y se levantó para poner distancia entre ellos. Draco la siguió con la mirada, más que contento por haberla encontrado precisamente allí.
- ¿Qué haces aquí? –le preguntó para llenar el silencio solo roto por las gotas de lluvia al caer contra el techo de metal.- Creía que los domingos era el día en familia para los Greengrass.
- Lo es. Pero a menudo acaba como en el infierno. Ya sabes lo impredecibles y caprichosas que son las diosas. –dijo Daphne con desagrado. A pesar de todo, agradecía que el rubio le hubiera preguntado algo que no envolvía a ninguno de los dos.
- Astoria, supongo. Tus padres la miman demasiado. –se sentó en las gradas y vio como ella caminaba hasta el carro de las pelotas y cogía una al azar. Comenzó a botarla contra el suelo, con movimientos precisos y confiados, a pesar de que iba descalza.
- Es un año mayor que yo, y parece que tiene diez años menos. Ni siquiera sé porqué ha pataleado esta vez. Pero tenía que salir de casa. –avanzó deprisa hacia el centro de la cancha y desde allí lanzó la pelota. Fue un buen tiro, pero desgraciadamente rebotó contra el panel.
- Estás demasiado tensa. Así no vas a encestarla ni aunque estés a un metro de la canasta. –Draco se levantó y caminó hacia ella. Le pidió la pelota y cuando la tuvo en sus manos, la botó un par de veces antes de lanzarla con soltura. Encestó.- ¿Ves? Tienes que canalizar tranquilidad hasta la palma de tus manos. Si no, la pelota no hace lo que tú quieres que haga.
- ¿Cómo sabes tanto de baloncesto? Tal vez deberías dejar el fútbol y apuntarte al equipo.
- Ya se que soy más guapo que la mayoría de chicos del instituto. Pero aun así, creo que se darían cuenta de que soy un chico y no una chica cuando saliera a la cancha con vosotras. –bromeó recogiendo la pelota y encestándola de nuevo.
Daphne rió.
- Me refería al equipo de baloncesto masculino. –se lo quedó mirando unos segundos.- Aunque eso ya lo sabías. Solo lo has dicho para hacerme reír.
- Y ha funcionado. Ya te he dicho que estabas muy tensa. –le tendió la pelota.- Prueba ahora.
- Está bien, aunque no creo que se me haya ido toda la tensión. Es pensar en Astoria y…
- Pues no pienses en ella. –le aconsejó Draco. Daphne se puso en posición para lanzar, y justo cuando la pelota abandonaba el agarre de sus manos, escucho que el rubio añadía.- Piensa en mí.
Esta vez, la pelota ni siquiera se acercó al área de la canasta. Daphne se había dado la vuelta demasiado deprisa y estaba mirando muy fijamente al rubio. A pesar de que ella era alta, Draco le sacaba más de diez centímetros, y sus ojos grises parecían encaprichados con su rostro. El corazón de Daphne comenzó a latir con fuerza de nuevo. ¿Por qué hacía eso? Ya la había confundido antes, había ganado. Punto y final. Pero Draco parecía estar pasándoselo bomba con su expresión.
- ¿Por qué has dicho eso?
- ¿El qué?
- Que debería de pensar en ti.
- No lo sé. Dímelo tú.
- Yo tampoco lo sé.
- Me confundes, Daphne.
- ¿Qué yo te confundo? –se echó hacia atrás con grandilocuencia.- Eres tú el que se lanzó a besarme. Eres tú el que me ha dicho que piense en ti.
- ¿Qué tiene eso de malo?
- Tiene…tiene que…-se cruzó de brazos, nerviosa.- Soy Daphne.
- Sé quien eres. –contestó el rubio recuperando su semblante serio.
- Los chicos no se sienten atraídos por las chicas como yo. En especial tú.
- ¿Qué tengo yo de especial?
Daphne se mantuvo callada.
- El otro día me dijiste que si que querías besarme, pero te apartaste. Y cuando te pregunté porqué lo habías hecho, me dijiste que no podías decírmelo. Si eso no es confundirme…-alzó las manos en señal de rendición.
- No lo sabes todo sobre mi, ¿vale, Draco?
- Vale. Tú tampoco sabes muchas cosas sobre mí. –se acercó a ella despacio.- ¿Por qué te apartas de mi cada vez que me acerco?
- Porque…-pero se detuvo y dio un paso hacia atrás, poniendo distancia entre ellos, una vez más.
- ¿Ves? ¿Qué es lo que sucede, Daphne? ¿Si quieres besarme porqué huyes de mí?
- No huyo de ti. –dijo ella con un deje de desesperación en la voz.
- ¿Entonces?
- ¿Por qué quieres besarme? –le preguntó en un alarde de valor.
- ¿Qué porqué…? –Draco respiró hondo.- Me siento atraído por ti, Daphne Greengrass. Tienes razón, hasta hace unas semanas nunca pensé en ti de esa forma. Y no sé decirte qué ha sucedido para que cambie de opinión. Pero lo único que sé es que no dejo de pensar en ti, y que me habría gustado besarte. Me gustas, Daphne. ¿Lo entiendes ahora?
- Eres…-Daphne cerró los ojos con fuerza, no quería ver su rostro cuando se lo dijera, porque si se echaba a reír..., bueno, había decidido arriesgarse.- Eres el primer chico al que le gusto.
- Eso es porque hay mucho ciego por el mundo.
- No, no lo entiendes. El otro día, cuando quisiste besarme, me asusté. Me asusté porque ningún chico…nunca antes… -respiró hondo y decidió soltarlo de golpe.- Nunca me han besado, ¿vale?
Draco se la quedó mirando durante unos segundos. Ella seguía con los ojos cerrados, temerosa, vulnerable. No sabía lo que ella esperaba de él. Pero no se rió, ni dijo nada inapropiado, tampoco apropiado. Simplemente no dijo nada. Daphne abrió primero un ojo y lentamente, después, el otro. El rubio se aproximó con determinación y le puso una mano en la cintura y la otra en la espalda. Los ojos de Daphne nunca le habían parecido tan azules e inocentes, y sus labios tan apetecibles. Ella debió ver sus intenciones, pero Draco no le permitió alejarse.
Esta vez no.
Aproximó su rostro al de la chica, sintiendo contra el suyo el estremecimiento de su cuerpo. Daphne intentaba respirar, pero se le hacía muy pesado. Tenía un nudo en el estómago que no hacía más que dar vueltas y vueltas. Le temblaban los labios y las piernas. Y cuando pensó que ninguna otra parte de su cuerpo podía dar más vueltas, Draco la besó. Sus labios eran suaves, era como acariciar un caramelo con la lengua. Subió las manos hasta la espalda del rubio y lo abrazó. Movió la cara hacia la derecha, chocando su nariz con la de él. Sintió la sonrisa de Draco contra sus labios, una pequeña presión en su labio inferior, y luego se separaron.
Ahora también le daba vueltas la cabeza.
Se miraron a los ojos y sonrieron a la vez. Draco le colocó un par de mechones detrás de la oreja y la abrazó con fuerza.
- Ya no tienes excusa para no querer besarme. –le dijo al oído.
- ¿Aun quieres seguir besándome? –preguntó Daphne, aun en su pequeña nube particular.
- Por supuesto. Tengo mucho que enseñarte. Esto solo ha sido la presentación. –le sonrió y ella rió también.
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El domingo por la tarde, Ron se encontró a Hermione junto a la verja que separaba el jardín de sus casas. El pelirrojo había huido del interior por culpa de Harry y Ginny y su manía de estar todo el rato abrazados y/o besándose. No le hacía demasiada gracia ver a su hermana con su mejor amigo, pero reconocía que podría haber sido peor. El sol de la tarde arrancó destellos violetas a su cabello rojo y entrecerró sus ojos azules para ver mejor. Hermione estaba sentada al fondo de su jardín, justo en la linde contra el bosque. Su figura era demasiado pequeña y frágil, sobre el banco de piedra. No se habían vuelto a ver desde su encuentro nocturno del viernes.
Hermione estaba apoyada contra la verja de madera que había a su espalda. Con las piernas recogidas contra el pecho y la barbilla apoyada en las rodillas, parecía estar muy lejos de allí. Que era lo que pretendía precisamente. Su madre se había marchado esa mañana, sin despedirse de ella. Y las dos veces que habían coincidido en una habitación, el ambiente se había tornado altamente tenso. Y así era como se encontraba, queriendo huir de su propia casa. Al menos, tener claro lo que iba a hacer con Cedric, le había proporcionado algo de descanso. Sabía que era lo correcto, así que estaba tranquila por esa parte. Pero no sabía si había hecho bien en contarle a su madre que conocía el contenido del testamento de su padre.
Matthew Granger había legado el 100% del Imperio Granger a su única hija. No le había dejado ni una sola acción a su esposa. Obviamente, Jane si que había recibido dinero y un par de casas, pero de las empresas tan solo era una especie de regente hasta que Hermione cumpliera la mayoría de edad. Eso había sido un auténtico mazazo para ella, que esperaba heredar, al menos, el 40%, o incluso el 50%. Y en cierto modo, eso se traducía en rencor hacía su propia hija. Si Hermione quería, en unos meses podría apartarla del Imperio del mismo modo en que se aparta a una mosca.
Ron se acercó hasta la linde de su jardín. Apoyó una mano en la verja y tomó impulso para saltar al otro lado. Sus pies tocaron la superficie de piedra del banco haciendo que se balanceara. Hermione abrió los ojos enseguida, sobresaltada por esa interrupción. Se llevó una mano al pecho y respiró cuando vio que se trataba del pelirrojo. Aunque de igual forma, su corazón no dejó de latir de forma acelerada. Se acordó de que no habían hablado desde la noche del beso, y eso hizo que se sonrojara ligeramente. Se lo quedó mirando en silencio, buscando un consuelo que ninguna otra persona en el mundo podía darle.
Se sentía traicionada por su propia madre.
Para el pelirrojo, fue extraño que Hermione se derrumbara en sus brazos. La conocía ya desde hacía algunas semanas y le había quedado claro que era una persona orgullosa. De ahí su desconcierto. Pero cuando la castaña se arrojó a sus brazos y enterró su rostro en su pecho, la abrazó con fuerza hasta que el momento pasó. Para Hermione, sin embargo, fue natural dejarse caer en el regazo de Ron. Había sido su apoyo durante los últimos dos meses casi. Los brazos del pelirrojo la envolvían de una forma que la hacían sentir segura, protegida. A su lado, Hermione podía olvidar todo lo malo. Y cuando miraba sus ojos azules era como estar en el mismo cielo. No le había mentido a Luna al decir que su beso de la otra noche había sido como estar a tres metros sobre el cielo. Todavía recordaba el sabor a menta de sus labios, la forma en que la había lisonjeado, como había esperado a que ella se incorporara al juego. Ron nunca había dado nada por ganado. Eso era lo que más le gustaba de él. Porque ya podía reconocer que le gustaba.
Era una sensación que le producía vértigo, pero ya no tenía sentido negarlo.
- Gracias. –le dijo varios minutos después. Aun seguía aferrándose con fuerza al torso de Ron. Era como una tabla de madera en medio del mar. A su espalda, el sol producía sombras de su figura entrelazada.
- No he hecho nada. –declaró Ron con simpleza y le dio un beso en la cabeza.
- Puede que tú pienses eso, pero no es cierto. –sonrió la castaña.- Sabes cuando se necesita un abrazo, cuando se necesita un beso o cuando las palabras ejercen de bálsamo para las heridas. No todo el mundo puede decir lo mismo. De hecho, muy poca gente.
- Vas a hacer que me salten los colores. –respiró hondo y movió sus manos para que ella se apoyara mejor y él pudiera rodearle la cintura.- No me gusta cuando estás triste.
- No estoy triste. –Hermione puso una mano encima de la que Ron tenía sobre su abdomen.- Es solo que…me he dado cuenta de cosas muy importantes para mi vida.
- Bueno, no voy a preguntarte si no quieres hablar.
Hermione sonrió.
- Después de que me besaras, las cosas comenzaron a estar muy claras en mi mente. Ya antes del beso tenía ese pensamiento, pero tú, con tu impetuosidad, aceleraste las cosas. Aun tengo que romper con Cedric, pero es cuestión de un par de días.
- ¿Rompes con él por mí?
- No, no. Lo hago por mí, pero tú me has ayudado.
- ¿Y nosotros?
- Nosotros…-dejó la frase en el aire porque se dio la vuelta para mirar al pelirrojo. Se impulsó hacia arriba y le besó. No fue un beso tan intempestivo como el que le había dado él, pero eso no le restaba placer.
- Me gusta como termina esa frase. –los dos rieron con complicidad, pero Ron se dio cuenta de que la sonrisa no conseguía iluminar los ojos ambarinos de Hermione.- He dicho que no te iba a presionar, pero…
- Mi madre no está de acuerdo con que termine mi relación con Cedric. –al ver que el pelirrojo no lo terminaba de comprender, añadió.- Al parecer hay intereses entre la empresa de la familia de Cedric y las empresas de mi familia.
- Pero… ¿eso que tiene que ver con que termines tu relación con Diggory?
- Mi relación con Cedric nunca fue…convencional. –hizo una mueca de desagrado ante la última palabra. Pero no había encontrado ninguna otra.- No hay amor entre nosotros, Ron. Hace ya mucho tiempo.
- Sigo sin entender la actitud de tu madre.
- Ya, bueno. Es que nuestra relación tampoco es convencional. Me refiero a que no tenemos una relación madre-hija como la que tú puedes tener con tu padre o Ginny con tu madre.
- Soy el primero en opinar que mis padres son unos plastas, pero…
- Pero te quieren.
- Estoy seguro de que tu madre te quiere, Hermione. A su manera.
- Pues cuando averigües qué manera es esa, me lo dices.
- ¿Por eso estabas triste?
- Es mi madre, no puedo evitarlo. –se encogió de hombros y se sentó de forma correcta en el banco. Aun así, siguió manteniendo sus manos entrelazadas con las del pelirrojo.
- ¿Puedo decirte que he esperado este momento desde el primer día que llegué a Plymouth?
- ¿Si? –preguntó ella sorprendida.
- Si. Te vi de camino a la casa, el día que llegábamos. Fue un día jodido para mí, lleno de nubes negras digamos. Pero te cuando me asomé por la ventana y me encontré con tus ojos dorados… Durante unos segundos, las nubes negras se mezclaron con rayos y truenos.
- ¿Rayos y truenos?
- Si, por la furia que echaban tus ojos. Estabas muy enfadada, con Diggory.
- Ah, creo que ya recuerdo ese día. Pero mis ojos no echan chispas cuando me enfado.
- Oh, si. Créeme que lo hace. Sin embargo, después de los rayos y los truenos, conseguiste que saliera el sol.
- Te estás poniendo muy cursi. –le pinchó divertida.
- Puede ser. Pero ahí fue cuando decidí que algún día serías mi chica. –ladeó la cabeza para mirarla con una sonrisa.
- Eso ha sonado muy posesivo.
- Me he pasado dos meses coleccionando cada mirada tuya, como si fuera un vulgar mirón. Supongo que ha llegado el momento de mi recompensa.
- Supongo que si.
- Cuando termines tu relación con Diggory, ¿aceptarás salir conmigo?
- ¿Cómo en una cita?
- Si, claro, como en una cita.
- Claro.
- Bien.
- Bien. –Hermione respiró hondo.- Hablaré con Cedric mañana si puedo, y si no, el martes. No quiero alargar una relación que lleva meses rota.
- Me alegro que tomases la decisión por ti misma.
- Era algo que tenía que hacer. Independientemente de que al final del camino me esperases tú.
- Bueno, pero me alegro de ser yo el que te espere. –Ron se levantó y le tendió una mano para que ella lo siguiera.- Me gustaría llevarte a un sitio especial.
Hermione no se lo pensó dos veces. Enseguida cogió la mano del pelirrojo y se dejó llevar.
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Luna Lovegood era una chica fuera de lo normal; eso lo sabía todo el mundo. Pero nadie la conocía en realidad, ni siquiera sus queridas amigas. Sabía que lo que estaba a punto de hacer causaría conmoción, no solo en su casa, sino también en el instituto. Pero tal y como le había dicho a Hermione, era lo que su corazón le instaba a hacer. No podía seguir fingiendo por más tiempo. Vivir una vida que no se merecía y que no quería. Hacia semanas que la idea se había colado en su cabeza; incluso había soñado con ella.
Había escogido el día a sangre fría, para hacerlo coincidir con un aniversario.
Se detuvo en medio de su habitación y observó la silla colocada en el medio. Y a pesar de que las manos no le temblaron en ningún momento, si que lo hicieron sus labios. No podía negar que sentía miedo y que le habría gustado contar con alguien a su lado. Claro que era totalmente imposible. Nadie en su sano juicio aceptaría asistirla en un suicidio. Porque Luna Lovegood se iba a suicidar. Quería poner a fin a su vida. Una vida que ya no tenía sentido para ella. Dejó de tenerlo en el mismo momento en que él dejó de respirar arropado por sus brazos.
Luna se movió hasta la ventana y contempló por última vez como el sol se iba poniendo en el horizonte. Respiró hondo y se preguntó si Rolf había sentido lo mismo cuando le había llegado el momento.
Conoció a Rolf Scarmander a los cinco años de edad y desde entonces fueron inseparables de junio a Septiembre. Él era un chico callado, acomplejado por las gafas que estaba obligado a llevar y acostumbrado a mantenerse en un segundo plano. Era Luna la que lo arrastraba a la aventura, la que provocaba que después sus padres lo castigasen por llegar tarde o embarrarse la ropa. Pero Rolf nunca dejó de buscar a Luna, ni de seguirla en todos sus proyectos. Los tres meses de verano tan solo existían ellos y el vasto territorio del interior de Escocia. Fue natural para todos, que llegados a la adolescencia, los dos amigos se convirtieran en algo más. Pero la adolescencia trajo consigo un dardo envenenado de manera inesperada.
Rolf estaba enfermo. Muy enfermo.
Luna aun podía recordar la furia y el miedo que sintió cuando se enteró. Y más aun cuando se dio cuenta de que no podría hacer nada para curar a su novio, a su amigo, al niño que había sido su compañero de aventuras desde que tenían cinco años. La enfermedad de Rolf era imparable y su final se acercaba cada vez más. Nadie en el instituto se enteró jamás de su relación, ni tampoco de su pérdida. Luna reconocía que más de una vez estuvo a punto de contárselo a Hermione, pero siempre se echaba para atrás en el último momento. Rolf le pertenecía a ella y solo a ella. No quería compartirlo con nadie. Ni siquiera en su momento de desdicha y desolación.
Pasó todo el verano a su lado. Hablándole cuando estaba despierto. Velándole cuando estaba dormido. Arrancándole una sonrisa cuando el dolor le aquejaba. Preparándose para el desenlace final. Pero nadie está preparado realmente para dejar marchar a un ser querido. Da igual las veces que te digas que va a ocurrir, que es lo mejor para él, que dejará de sufrir. Una vez escuchó que alguien dijo: no sientas pena de los muertos, sino de los vivos. Y tenía mucha razón. Los muertos se van, pero es el vivo el que tiene que vivir con los recuerdos. Y a veces esos recuerdos vienen acompañados de unos sentimientos tan fuertes que vivir se hace simplemente insoportable.
Se cumplían tres meses de la muerte de Rolf. Tres meses desde que Luna supo que pronto se reuniría con él. Su paso por la vida sería efímero, sin dejar apenas huella. Tan solo unos pocos la recordarían como la compañera extraña, la amiga soñadora. Pero no le importaba.
"La vida es muy corta", pensó. "Pero puede hacerse muy larga si tomas la decisión errónea."
Miró el reloj que había sobre su mesita de noche y se acercó para quitarle la pila. Quería que supieran que lo había hecho todo de manera consciente, y que quedara claro que había muerto de amor.
El taburete tembló cuando se subió.
Lo que ocurrió a continuación fue muy rápido. Luna casi no se enteró. Solo fue consciente de que un momento estaba flotando y al otro se había quedado dormida para siempre. Era como un pequeño ángel bajando del cielo. Tan solo la soga que rodeaba su cuello estaba fuera de lugar.
Pero Luna Lovegood había puesto fin a su vida del modo en que había querido.
