Capítulo 9: Río de lágrimas.
El faro de Plymouth resultó ser el sitio especial que Ron había escogido para llevar a Hermione. El pelirrojo había pedido prestada la moto a su amigo Harry, que accedió de mala gana. Aunque como Ron decía, algún privilegio tenía que sacar él, ya que le dejaba darse el lote con su hermana pequeña. Por supuesto, el comentario lo hizo en voz baja, apenas audible para que Harry se diera por enterado. Pero jamás se le habría ocurrido decírselo a Ginny a la cara. No tenía inconveniente en admitir que le tenía miedo a su hermana y a su mal genio. Hermione observó la escena desde un segundo plano, dibujando sonrisas en su rostro y volteando los ojos por momentos.
El viento fue su único compañero durante su viaje por carretera. La castaña pegó su cuerpo al del pelirrojo, pasando sus manos por la cintura y apoyando la cabeza sobre su hombro izquierdo. Cerraba los ojos cada vez que llegaban a una curva y la moto se inclinaba, y contenía la respiración cuando Ron aceleraba durante una cuesta empinada. No se lo había dicho al pelirrojo, pero hacia años que sufría una especie de vértigo incontrolado.
Cuando llegaron al faro, el sol se escondía en el horizonte, recortando su figura sobre el inmenso mar que se abría delante de ellos. No era extraño que fuese uno de los sitios favoritos de Ron. Muchas veces, Hermione también había ido allí en busca de paz y soledad. Tenía ese algo especial que te hacía sentir en el fin del mundo. Un sitio en el que podías llorar y reír a tu manera, sin importar que nadie te interrumpiera. Eran pocas las personas que se atrevían a subir, prejuiciados por la angosta escalera de caracol que daba vueltas a la maciza columna pintada de blanco. Pero los habitantes de Plymouth ya lo preferían así. Era también una forma de preservar uno de sus tesoros. Ron y Hermione desmontaron de la moto y se quitaron los cascos protectores. El viento vapuleó el cabello castaño de ella hasta convertirlo en finas hebras danzantes. Ron se la quedó mirando durante unos segundos, maravillado de que ella no se diera cuenta del efecto que provocaba en él.
- ¿Qué pasa? ¿Qué estás mirando? –preguntó Hermione cuando captó sus ojos azules fijos en ella. Aun le hacía sentir un poco incómoda, y por eso se sonrojó ligeramente, haciendo que a pesar de la ráfaga de viento proveniente del mar, ella sintiera calor.
- Nada. Yo…realmente nada. –dijo el pelirrojo sintiendo que había sido cazado como un vulgar ladrón. Pero a diferencia de otros, él era un ladrón de miradas. Tenía pensado memorizar tantas como pudiera, pero todas de ella.- Solo pensaba.
- ¿Qué pensabas? –Hermione se colocó varios mechones de cabello detrás de las orejas, pero el viento insistió hasta que consiguió descolocárselos de nuevo. Tal vez tendría que haberse hecho una coleta, pero había sido todo demasiado improvisado. Apenas media hora antes, estaba sentada en el jardín trasero de su casa.
- No te gustaría saberlo, porque después me acusarías de cursi. –Ron la dejó con la palabra en la boca y comenzó a caminar hacia el faro. No se molestó en mirar hacia atrás para ver si ella le seguía. Siempre tenía que recordar que aun no era su chica, aunque estaba más cerca que nunca. Y tampoco quería presionarla. Sabía que durante el fin de semana habían pasado muchas cosas y ella había tomado decisiones importantes. Y de momento, con eso le bastaba.
- Así que este es uno de tus lugares favoritos en Plymouth. –la castaña decidió no indagar en las palabras que él no había pronunciado que, para su sorpresa, dejaron un regusto complaciente en su interior. Muy pocas veces había sido la destinataria de palabras bonitas, a diferencia de lo que muchos pensaban. Aceleró el paso para llegar a su altura. El pelirrojo caminaba con las manos en los bolsillos y dando amplias zancadas.
- Solía venir cada día al principio de llegar aquí. Ya sabes, cuando estaba resentido con mis padres por haberme traído al culo del mundo. –declaró encogiéndose de hombros.- Después se convirtió en una costumbre, es un sitio donde me siento bien y puedo pensar con claridad.
- ¿Ya no estás resentido con tus padres? –Hermione lo miró cuando le preguntó, pero el sol le impedía ver exactamente la expresión de sus ojos.
- No, claro que no. –carraspeó y añadió.- Desde que cumplí quince años los he traído por el camino de la amargura. Fue mi etapa más rebelde, lo reconozco. Siempre saltándome las normas, yendo con malas influencias. No me siento orgulloso de saber que mi madre ha llorado muchas noches por mi culpa.
- Pero ya todo eso es agua pasada. Además, nadie se comporta de esa manera porque si. –Hermione hablaba desde la perspectiva de fuera. Porque nunca había sido rebelde ni se había saltado las normas, y por desgracia, su madre nunca había llorado por ella, ni para bien ni para mal. Dudaba incluso de que su madre hubiera llorado alguna vez por alguien que no era ella misma.
- Si, bueno, creo que mi etapa de querer destacar por encima de mis hermanos ya pasó de largo. Tener cinco hermanos mayores que son perfectos y que han colmado las expectativas de tus padres es difícil de asimilar para un adolescente. –llegaron al pie de la escalera del faro y Ron se detuvo para dejar pasar a la castaña delante. Tal y como se esperaban, no había nadie, ni lugareños ni turistas.
- Nadie debería de sentir esa presión. –opinó ella mientras se agarraba con fuerza a la barandilla para no caer. Subía con la cabeza bien alta, procurando no mirar al suelo y manteniendo la mente en otras cosas.- Yo también he venido muchas veces aquí, aunque prefiero quedarme abajo, sentada sobre las rocas donde rompen las olas.
- ¿Por qué no subías nunca al faro? –preguntó él por simple curiosidad.
- Porque tengo algo de vértigo, y además soy una miedosa. –dijo Hermione cuando se detuvo en un descansillo para tomar aire. El pelirrojo llegó enseguida detrás de ella y le puso una mano en la cintura. La castaña se dio la vuelta y se encontró mirando los intensos ojos azules de Ron.
- ¿Por qué no me lo has dicho? Te habría llevado a cualquier otro sitio.
- Por eso mismo no te lo he dicho. Estoy bien, Ron. No me gusta subir sola, pero si me acompaña alguien, puedo transigir. –respiró hondo.- Venía por aquí cuando la muerte de mi padre. No…me era imposible estar en casa, fingiendo que no había pasado nada. Así que…se convirtió en mi refugio secreto.
- Siento lo de tu padre.
- Gracias. –Hermione se dio la vuelta para continuar subiendo, pero la mano de Ron en su cintura se lo impidió. Levantó la cabeza y lo miró enarcando una ceja.- ¿Qué?
- Nada. –dijo Ron al cabo de unos segundos.- Será mejor que sigamos subiendo.
- Tengo la sensación de que te estás conteniendo todo el rato conmigo. –ahora fue ella quien le impidió que subiera los escalones.- ¿Es así?
- No quiero presionarte, eso es todo. –Ron apoyó ambas manos en la barandilla y miró fugazmente hacia el amplio mar que se abría ante sus ojos.- Tengo que recordarme todo el tiempo que entre tú y yo no hay un nosotros.
- Lo siento, Ron.
- No es culpa tuya. Pero…hay cosas que me gustaría hacer, libertades que me gustaría tomarme. Es cuestión de tiempo, lo se. –añadió cuando se dio cuenta de que ella iba a hablar.- No te estoy culpando, Hermione. No me interpretes mal. Pero como tú has dicho, aun tienes que arreglar las cosas con Cedric.
- ¿Cómo he tardado tanto en darme cuenta de las cosas? Tendría que haber terminado con Cedric nada más regresar de las vacaciones de verano. –suspiró con desgana.- Lo siento, Ron. Siento que de momento no puedas hacer nada más que ser mi amigo.
- Eso será hasta que aceptes salir conmigo, en una cita de verdad. –el pelirrojo consiguió arrancarle una sonrisa, que era lo que pretendía.- Anda, sigamos subiendo, que nos queda la mitad.
El resto del camino hasta el pequeño mirador que daba la vuelta al faro lo hicieron en silencio. Ron subía los escalones con fuerza, pensando en el abanico de opciones que se abrían en su futuro. Un futuro que cada día estaba más cerca de escribirlo con Hermione. Reflexionó unos instantes antes de darse cuenta de que nunca le había hablado a la castaña de su gran pasión. Era un rasgo muy secreto e íntimo, aunque por las razones equivocadas. Hermione, por su parte, se había tomado la subida como una carrera de obstáculos. Por cada escalón que consiguiera subir sin verse afectada por el vértigo, era un paso más hacia la libertad, hacia quién de verdad quería ser. Quería dejar de ser la chica más popular de Hogwarts, la mayor heredera financiera del Reino Unido. Respiró hondo al llegar al último escalón y abrió bien sus ojos ambarinos para contemplar la preciosa vista del atardecer cerniéndose sobre el mar Atlántico. La brisa azotó sus cabellos castaños y dibujó una sonrisa en su cara. Cuando Ron llegó a su lado, no la tocó, no le puso una mano en la cintura. Seguía marcando las distancias tal y como le había dicho. El pelirrojo se sentó en el suelo, con las piernas colgando al vacío y los brazos apoyados en la barandilla más baja. Hermione bajó la cabeza para mirarlo y lo imitó.
- No hay nada de malo en querer ser uno mismo. –dijo Ron como si hubiera adivinado lo que ella había pensado mientras subían las escaleras.- ¿Qué harás al terminar el instituto?
- Bueno, se suponía que iba a casarme con Cedric. –contestó ella encogiéndose de hombros.- Así que no se, supongo que preparar mi ingreso en la universidad.
- ¿Para estudiar…? –dejó la pregunta a medias, dándole pie a ella a que la terminara.
- Economía y organización de empresas, en Cambridge. Es lo que han hecho todos los herederos de la familia Granger desde hace cuatro generaciones. –respiró hondo, notando una presión en el pecho que le impedía respirar con normalidad.
- ¿Ese es tu sueño? –Ron ladeó la cabeza para mirarla, pero ella siguió mirando al frente, evitándolo.- Quiero saber cual es tu sueño, Hermione. No lo que han hecho todos los herederos Granger.
- No tiene sentido soñar con algo que nunca se hará realidad. –dijo Hermione con fingida inocencia. No era la primera vez que se planteaba esa pregunta, pero siempre terminaba con la misma respuesta. Respiró hondo de nuevo y ladeó la cabeza para mirar al pelirrojo.- Me gustaría ser pintora. Estudiar arte en Italia y tener un pequeño estudio en el que pintar.
- No tienes pinta de pintora. –observó él con una sonrisa. Era significativo que al fin se hubiera abierto a él para contarle uno de sus sueños. Sus ojos azules brillaban con los últimos colores del atardecer.
- Pues pinto muy bien. Quizás algún día me dejes pintarte. –sonrió al ver su cara de asombro y volvió a sentirse cómoda allí arriba, sentada en el faro del mundo.- ¿Y tú, seguirás los pasos de tu familia?
- Creo que en mi familia ya hay demasiados médicos. El tema del deporte ya está cubierto con Charlie. Y para negociadores están los gemelos y su cadena de tiendas de broma.
- ¿Entonces? –al ver que él vacilaba, añadió.- Yo te he contado lo que me gustaría hacer.
- Si, tienes razón. Pero prométeme que no te reirás. –Hermione asintió en silencio, más curiosa aun que antes.- Escribir. Me gustaría ser escritor.
- Es una profesión arriesgada. –Ron se la quedó mirando, sin entender lo que quería decir.- De alguna forma, estás desvelando tus sentimientos. Siempre queda algo nuestro en lo que escribimos.
- Supongo que tienes razón.
- ¿Y no te preocupa que cientos de desconocidos lean como te sientes?
- Bueno, todavía no me ha leído nadie.
- Si, pero si vas a ser un escritor famoso es lo que pasará. ¿No te afecta?
- No, la verdad es que no. –lo pensó durante unos segundos y añadió.- Para escribir bien tienes que hacerlo sobre lo que conoces, sobre lo que forma parte de ti. Es algo que viene con el oficio. Supongo que tú también, como pintora, te inspirarás en lo que te rodea.
- Hace años que no pinto. –reconoció Hermione y desvió la mirada. Desde que su padre murió, no había vuelto a coger un pincel, para entusiasmo de su madre. La señora Granger creía que esa afición de su hija era una pérdida de tiempo.
- Estás llena de miedos y restricciones, Hermione. –observó con Ron dulzura. No pretendía ofenderla o insinuar que era culpa suya, pero a la castaña sus palabras no le sentaron del todo bien. Sabía perfectamente cuales eran sus miedos y sus restricciones, pero había cosas que no se podían cambiar de la noche a la mañana. Incluso había unas cuantas que no se podían cambiar. En ese momento recordó las palabras de Luna y suspiró.
- Ron, me gustaría volver a casa. –pidió levantándose e intentando no mirar hacia el suelo. Volvía a sentir esa opresión en el pecho, acompañada de unas tremendas ganas de echarse a llorar. Pero esperaría a estar en la seguridad de su habitación, con la única compañía de su almohada.
Ron la imitó y también se levantó.
- Lo siento. –dijo el pelirrojo. Había notado el cambio en el tono de voz de Hermione, aunque no entendía a qué se debía. Suponía que después de todo, la chica de sus sueños era más complicada de lo que imaginaba.- No pretendía…ofenderte.
- No me has ofendido, Ron. –se dio la vuelta para bajar lentamente las escaleras, pero él se lo impidió reteniéndola por el brazo. Sus ojos azules estaban fijos en ella, buscando inútilmente su mirada de color ámbar.
- Está bastante claro que si que lo he hecho. Y lo siento. –hablaba con calma, sin ninguna floritura.- Se que te estás esforzando por cambiar lo que no te gusta, que lleva su tiempo. Y ha sido injusto por mi parte insinuar que tendrías que ir más deprisa o cambiar. –vio como poco a poco ella levantaba la cabeza y se atrevía a mirarlo a los ojos.- No quiero que cambies, Hermione. Pero a veces tú mirada… A veces me da miedo ver la tristeza que inunda tus ojos.
El teléfono móvil de Hermione comenzó a sonar en ese mismo instante. Ella no sabía a quién atender. Si al chico que con cada palabra suya conseguía desnudar su alma o a… Se sacó el móvil del bolsillo y vio que en la pantalla salía el nombre de Pansy. Miró de nuevo a Ron, que le hizo un gesto de comprensión. Podía responder a la llamada, no le importaba esperar. Hermione dio un paso hacia delante y se apoyó en la barandilla con los dos codos mientras se llevaba el teléfono a la oreja. No quería que Ron pensase que se había olvidado completamente de sus palabras, así que se aseguró de estar muy cerca suyo. Al otro lado del teléfono, la voz de Pansy sonaba débil, entrecortada y lastimosa. La castaña no conseguía entender nada de lo que su amiga le decía. Finalmente, fue Cormac el encargado de darle la noticia.
Hermione se estaba ahogando. Sentía que todos sus esfuerzos por respirar no surtían efecto. El teléfono se le resbaló de las manos y cayó desde lo alto del faro. Desapareció en apenas una fracción de segundo, como media parte de su corazón. Intentó tragar saliva bajo la atenta mirada de Ron. El pelirrojo no entendía lo que ocurría. De repente Hermione se había puesto pálida y sus ojos habían cambiado, aunque no sabría precisar de qué manera. Se mantenía en pie agarrándose fuertemente a la baranda de color rojo que recubría el mirador del faro. Sentía como el aire del mar azotaba su rostro y su cabello, pero a ella seguía faltándole el aire.
No podía ser, simplemente no podía ser. Una equivocación. Se convenció de que había sido una equivocación. Comenzó a temblar, primero las manos, después las piernas y finalmente todo el cuerpo. Ron se asustó. Nunca había visto a nadie en ese estado. Se movió con presteza y se plantó delante de ella. Pero para Hermione era como si se hubiera quedado ciega. No era capaz de ver más allá de su mente. En su cabeza había anclado la frase: "Luna está muerta". De su garganta salió un sonido parecido al de un sollozo, pero el pelirrojo no podía estar seguro del todo. Se acercó con un brazo extendido, llamó la atención de Hermione al tocar su piel. En cualquier momento ella estaría fuera de si.
No podía ser cierto, se repetía una y otra vez.
Luna no podía estar muerta. No podía estarlo. No…no…no… Había hablado con ella el día anterior, iban a verse al día siguiente en el instituto…
0o0o0o0o0o
La casa de Luna estaba rodeada de coches de policía y una ambulancia. Los vecinos y curiosos se agolpaban en las aceras colindantes y en los jardines. A pesar de que había anochecido, parecía que nadie tenía prisa por marcharse a casa. La necesidad de saber que había pasado en casa de los Lovegood era patente en los rostros de todos. Sin embargo, el silencio era el rasgo predominante. Y el recuerdo que se llevarían todos de aquella noche. Nadie decía nada, ni siquiera el viento soplaba con fuerza. Era como si nadie quisiera perturbar la paz a la que había accedido Luna con su muerte. Muchos no entendían las razones que le habían llevado a ello, pero estaban convencidos de que alguna tenía que haber. Si no, no tendría sentido.
Claro que ninguna muerte tiene sentido, pensaba Pansy. Estaba sentada en el bordillo de la acera de enfrente. En sus mejillas aun era patente el reguero de lágrimas que había derramado. Era todo tan…tan injusto. Como un torrente de lava que penetra de las calles de una ciudad sin ofrecer salida alguna. Como una rosa que se marchita sin posibilidad de volver a renacer. Como si la noche se hubiera apoderado del día y la luna impidiera ver la luz del sol. Como si te hubieran arrancado el corazón y lo hubieran tirado lejos, donde no pudieras encontrarlo. Como si la luz de sus ojos azules se hubiera apagado. Como si hubieran crecido y madurado de golpe. Cormac estaba sentado a su lado, con el brazo izquierdo rodeando sus hombros delgados y hundidos por la tragedia. El chico no se había separado de su lado en ningún momento y la había asistido en su ataque de pánico y ansiedad nada más conocer la noticia. Su relación se fortalecía día a día, pero hasta pensar en eso en aquellos momentos parecía mezquino.
Daphne también estaba allí, con Draco y Blaise. Los tres permanecían de pie mucho después de que sus piernas se hubieran dormido y empezasen a notar los signos del cansancio. Ninguno de ellos se movería de allí, aun no. Pero al contrario que Pansy y Cormac, el suyo no era un grupo compacto. La chica estaba un poco apartada de los dos chicos, con la cadera apoyada en el tronco de un roble cercano. No había dicho nada, no había derramado ni una sola lágrima. Cuando Pansy la había abrazado hecha un mar de lágrimas, había aguantado el tiempo necesario. Era como si Daphne no estuviera allí en realidad, solo de cuerpo presente. Su mente se había quedado en la butaca del cine mientras sus ojos lo contemplaban todo. Porque así era como se sentía Daphne. Como si todo aquello no fuera real. Porque Luna no podía estar muerta. Habían estado juntas el día anterior. Así que todo debía de ser un malentendido o debía de estar viendo una tragedia griega desde la butaca del cine.
Draco no podía evitar desviar la mirada hacia Daphne. Él también permanecía estoico y sin lágrimas. Pero era diferente. Él era un chico, pero por encima de todo, era un Malfoy. Sin embargo, contemplar a Daphne le convencía de que las cosas no estaban yendo bien. Se estaba comportando de una forma muy extraña, impropia de ella. Draco era conciente de que Daphne había sufrido un desdoblamiento de cuerpo y mente. Habría querido acercarse a ella y pasarle el brazo por los hombros, del mismo modo en que Cormac tenía abrazada a Pansy. Pero el rubio sabía que ella le rechazaría. Y no era el momento ni el sitio para hacer una escena.
Lavender arribó llorando y gritando, acaparando la atención de todo el mundo. Se acababa de enterar por boca de sus padres y no se lo creía. Como todos los que conocían a Luna, no comprendía porqué su amiga lo había hecho. ¿Acaso estaba enferma y no les había dicho nada? ¿Qué puede ser tan grave que lleve a una persona a suicidarse? Al principio se convenció de que era un error, de que habían equivocado de casa. Pero cuando escuchó las sirenas de la policía y la ambulancia correr en dirección hacia la calle de los Lovegood…tuvo que aceptarlo. La integrante más misteriosa y extravagante de las Veelas había dejado de existir. Corrió como una bala hacia donde estaban sus amigos, que habían construido una pequeña isla que los separaba del resto de vecinos y curiosos. Todos levantaron la vista al verla, pero Lavender solo podía pensar en alguien en aquel triste momento. Se lanzó a los brazos de Blaise, que la acogió entre sorprendido y complacido. Acarició el cabello rubio trigo de Lavender y depositó pequeños besos en la frente de la chica. Era un momento en el que todos querían estar cerca de la persona que más querían. Y aunque la mayoría de la gente no estaría de acuerdo con él, Blaise quería mucho a Lavender. A su manera egoísta y sin ataduras, pero la quería. Y le reconfortó sentir el cuerpo de la chica contra el suyo.
La noticia parecía propagarse poco a poco, y cerca de las nueve de la noche, en la calle Ward no cabía nadie más. Desconocían si los señores Lovegood estaban en casa o si ya habían recibido la noticia. Nadie informaba de nada, pero tampoco eso hubiera cambiado las cosas.
El sonido de una moto atrajo la atención de unos pocos. Después de los primeros momentos de incomprensión, Hermione una sonámbula. Desde que le había pedido a Ron que le llevase a casa de los Lovegood, había permanecido muda. Cuando Ron le había preguntado por qué quería ir allí de repente, ella se había limitado a contestarle que Luna estaba muerte. Ron la había mirado estupefacto y había querido abrazarla con fuerza, como antes. Pero ella se había apartado antes de que pudiera siquiera moverse. Habían conducido en silencio por las solitarias y sinuosas calles de Plymouth y ahora llegaban a un lugar desolador. El pelirrojo lo percibió en el ambiente y en los rostros de todas las personas allí reunidas. Vio a los amigos de Hermione a un lado, como un grupo compacto pero disperso, que se diferenciaba del resto. Imaginó lo que deberían de estar sintiendo y se preguntó qué hacía él allí. Pero de nuevo, Hermione lo sorprendió con su comportamiento. Al bajar de la moto, la castaña lo cogió de la mano y tiró de él. Caminaron hasta donde estaban Draco, Blaise, Daphne y los demás. Pansy se levantó de un salto y se arrojó a los brazos de Hermione. Si la morena notó la rigidez en el cuerpo de su amiga, no lo dijo.
Las lágrimas corrían de nuevo por el rostro de Pansy sin que pudiera detenerlas. Lavender se les unió al abrazo y las miradas de los curiosos se enfocaron en ellas. Ron, miembro indirecto de esa composición, carraspeó incómodo y deseó estar a muchos kilómetros de allí. Nunca se había tenido que enfrentar a la muerte de alguien que conociera. No de alguien tan joven, al menos. Recordó a su tío Billius o a la tía abuela Muriel, pero ambos eran muy viejos. Ninguno de ellos tenía la juventud y la vida por delante que tenía Luna. No conocía a la rubia prácticamente nada, pero hacia dos noches que había estado cenando en su casa y parecía inverosímil que ya no existiera.
Luna Lanore Lovegood había dejado de existir y a todo el mundo parecía entristecerle, menos a Daphne y a Hermione.
Las dos amigas parecían absortas en sus pensamientos, pero al pelirrojo le preocupaba sobretodo la castaña. No podía creer que no hubiera derramado ni una sola lágrima más, que su aflicción se hubiera evaporado cuando pronunció la frase de "Luna está muerta". Era como si una parte de Hermione hubiera muerto también. No podía explicarlo, pero algo se había roto dentro de ella. Había perdido a una de sus mejores amigas y, sin embargo, allí estaba ofreciendo consuelo a otras dos. Ron no supo como, pero al cabo de pocos minutos, Hermione se deshizo de los aprensivos brazos de Pansy y Lavender y respiró hondo. El viento nocturno acarició sus cabellos castaños y ella levantó el rostro hacia el cielo azul marino. Estaba mirando al cielo, pero en realidad no lo veía.
- Llévame a casa, Ron. –dijo con una voz ronca impropia de ella.
Sus amigos la miraron sin comprender. Pansy estuvo a punto de decir algo, pero Cormac la retuvo y no la dejó. Ron la miró durante unos segundos y después movió la cabeza hacia donde estaban el resto. Se encogió de hombros y recorrió el mismo camino por el que diez minutos antes habían arribado. Pansy se recostó de nuevo en el pecho de Cormac, sorbiendo por la nariz e incapaz de detener las lágrimas.
- Quizá lo mejor será que nos vayamos todos a casa. Aquí ya no hacemos nada. –propuso el castaño mirando a sus amigos.
- Pero…-comenzó a protestar Lavender.
- Cormac tiene razón. Debemos descansar, mañana será un día muy largo. –convino Draco, que miró a Daphne de reojo. La chica, que no había dicho nada, se abrazó el cuerpo con los brazos y caminó en dirección contraria a la que habían tomado Ron y Hermione.
- Nos vemos mañana. –dijo Blaise llevando a Lavender entre sus brazos, seguidos por Draco.
En cuestión de segundos, Pansy y Cormac se quedaron solos. La morena aun no estaba bien del todo, pero regresar a casa le daría una perspectiva que delante de la casa de Luna no tenía. Su novio la agarraba con fuerza impidiendo que se cayera al suelo. Caminaron en silencio, bajando por las pequeñas colinas que protegían a la urbanización del caprichoso viento marino. De cuando en cuando, Cormac miraba a su novia y le daba un beso en la frente. Las lágrimas se Pansy se había secado en sus mejillas y ella no se había molestado en removerlas. Aun estaba algo confundida por la actitud de Hermione. Era su mejor amiga y acababan de perder a otra amiga. Pero Hermione había actuado de manera demasiado fría, algo impropio de ella. Espera que el chico pelirrojo, Ron, la ayudase en la difícil tarea de sacar a relucir sus sentimientos.
- Quédate, por favor. –dijo Pansy cuando arribaron al portal de su casa. Una vez más, sus padres no estaban en casa. Tardarían un mes en volver de uno de sus viajes de negocios.- No quiero estar sola.
- No se si mis padres…-Cormac compuso una mueca confusa y se sonrojó brevemente. Era completamente consciente de que no iba a pasar nada entre Pansy y él, no aquella noche. Pero aun así…- Llamaré a mis padres a ver qué opinan.
- Por favor, Cormac, no quiero estar sola. –le suplicó Pansy y él acalló sus ruegos con un beso en los labios. Un beso que decía: estoy aquí contigo.
Mientras el castaño hablaba con sus padres desde el teléfono del comedor, Pansy subió a su habitación y se cambió de ropa. Se puso unos pantalones de deporte en color gris y una camiseta de manga corta de color negro. Recogió su largo cabello en una cola de caballo alto y se sentó en su cama. Cerró los ojos con fuerza y se llevó una mano a la frente. Las manos le temblaban ligeramente. Aquello no podía estar sucediéndole a ella. No entendía como Luna había llegado a la resolución de que el suicidio era su única solución. Aquello añadía una congoja que absorbía a su corazón y lo aplastaba como si fuera una simple hormiga. ¿Qué estaba mal en el mundo?
Nuevas lágrimas de rabia inundaron su rostro y se dejó caer hacia atrás en la cama. Se tapó la cara con las manos y dejó salir varios sollozos mientras rodaba sobre si misma y se colocaba en posición fetal sobre el edredón fucsia. Le dolían los ojos de tan llorar y, en su breve incursión al cuarto de baño, los había visto rojos e hinchados. Pero no podía dejar de llorar. Sus hombros se agitaron con cada sollozo y gemido y ella se sintió tremendamente mareada. Sentía un dolor tan profundo que pensaba que nunca se repondría.
Luna había muerto.
Luna…
Cormac apareció en la jamba de la puerta, ya sin su chaqueta y con el cabello revuelto. Para su sorpresa, sus padres se habían mostrado tolerantes y comprensivos con la situación. Le habían dicho que él ya era mayor para tomar sus decisiones y que confiaban en que fueran las correctas. Era la primera vez que Cormac McLaggen se sentía como un adulto. Aunque odiaba que fuera por una razón como aquella. A él también le había dejado estupefacto la noticia y había derramado su cuota de lágrimas silenciosas y discretas. Sabía que aquella noche no se trataba de él, sino de hacer que Pansy no se sintiera más sola y desdichada de lo que ya se sentía.
No llamó a la puerta con los nudillos para hacerle saber que estaba allí. Entró directamente. Buscó una manta de cuadros que Pansy siempre tenía en el sillón del rincón, allí donde se acurrucaba para leer sus libros favoritos. La cogió y la extendió por encima del cuerpo de Pansy, que se le antojó tan frágil como si fuera de cristal. El gesto pareció traer de vuelta a la morena, que levantó el rostro y miró a su novio por entre las lágrimas. Cormac respiró hondo y se tumbó en la cama con ella. Pansy se fundió en su abrazo, enterrado el rostro en su pecho y mojando su camiseta. Cormac la agarró con fuerza, apartando el cabello negro del rostro y susurrando palabras de consuelo que no sabía si serían escuchadas o no. Pero si que eran escuchadas. Y era lo único que mantenía latiendo al corazón de Pansy.
- ¿Por qué lo hizo? –preguntó la morena al cabo de casi una hora.- ¿Qué razón tenía para hacerlo?
- No lo se, nena. –dijo Cormac dándole un beso en el cabello.
- Me niego a pensar que ya nunca más volveré a verla.
- Pansy…
- ¿Qué lleva a una persona a suicidarse? –preguntó Pansy de nuevo y se dio la vuelta en los brazos del moreno para quedar de cara hacia él.
- Supongo que…sentiría un dolor tan grande y tan profundo que…pensó que el único modo de superarlo sería quitándose la vida. Eso demuestra lo poco que conocemos a las personas que nos rodean. En realidad, nunca se llega a conocer a nadie de verdad.
- Es culpa mía. Yo era su amiga, debería de haberlo sabido.
- No, nena. Tú no podías saberlo, porque ella no quería que nadie lo supiera.
- ¿Crees que Hermione sabía algo?
- No lo se.
- Hoy no estaba bien. Lo se, la conozco.
- Pans…
- Si que se puede conocer a las personas, Cormac. Pero tienes que dejarlas entrar. –levantó una mano para acariciar la mejilla del chico.- Yo te conozco, y tú a mi.
- Pero eso es diferente.
- ¿Por qué?
- Por yo te quiero. –dijo con el corazón latiéndole acelerado. Los ojos azules de ella se abrieron con sorpresa.
- Yo también te quiero. –se acercó para darle un beso en los labios y se quedó muy cerca de él, con sus frentes y sus narices rozándose.- Gracias por quedarte. Habría sido horroroso quedarme sola. y esta vez, Hermione no era una opción.
- Cada uno tenemos que lidiar con nuestros fantasmas, Pans.
- No dejo de pensar en Luna. –los ojos se llenaron de lágrimas.- Lo siento, pero… No dejo de pensar en que ya no estará con nosotras mañana en el instituto, se perderá el próximo partido de las Veelas, no celebrará Halloween con nosotros, no verá la nieve caer en Navidad, no recibirá las notas al final del semestre, no celebrará ningún San Valentín más, no habrá más vacaciones de Semana Santa para ella, no se graduará del instituto, no podrá ir a la universidad…-Pansy hablaba muy deprisa.- Y todo porque está muerta. Porque ella decidió que debía de estar muerta.
- Pansy…
- N-no puedo seguir, Cormac. No puedo seguir despierta. Y tampoco puedo cerrar los ojos. Si estoy despierta no dejo de pensar en ella y si estoy dormida la imagino muerta en su cama, sola en su habitación, con sus ojos azules mirando hacia el vacío. –sollozó escondiendo el rostro en el pecho de él.- Me voy a volver loca.
- No, no lo harás, porque yo estoy aquí contigo, Pans. Luna no se ha ido del todo. Y es cierto, no podrá vivir por ella misma ninguna de esas cosas. Pero las vivirá contigo. Porque siempre que no la olvides, cada vez que la recuerdes, Luna no estará muerta del todo. Lo único que ahora vive en tu memoria. En la memoria de todos los que la conocimos alguna vez.
- Corm…
- Eso es lo que hacen los muertos, Pansy. Se van a vivir al rincón de la memoria. –acarició el cabello negro de su novia.- De nada sirve que te preguntes porqué, o qué podrías haber hecho. No sirve de nada. Eso no va a devolvértela. Y tardarás tiempo en pensar en ella sin que te duela el corazón, pero con el tiempo, aprenderás a enfocarte en los momentos felices que pasaste con ella. Y un día, al pensar en Luna sonreirás y estas lágrimas que derramas ahora quedaran en el pasado.
Cormac habló con vehemencia y dulzura, convencido de sus palabras.
- ¿Lo haré?
- Lo harás, y yo estaré a tu lado. Ya verás como si. Nos aseguraremos de recordar a Luna en cada uno de esos momentos. Será parte de nuestro pensamiento, parte de nosotros. –cogió una mano entre la suya.- Pero hoy no. Hoy llorarás Pansy, y yo también lloraré. Mañana nos sentiremos igual o peor, y quizás también pasado mañana. Pero llegará un día en que ya no nos sentiremos así.
- Quiero que llegue ya ese día.
- Lo se. Pero hoy no. –repitió Cormac.- Hoy es el día en que Luna ha muerto. Hoy es el día en el que se verterán ríos de lágrimas por ella. Así que llora, Pansy. Que yo estaré a tu lado para cogerte de la mano. Los dos lloraremos juntos.
Y así lo hicieron.
0o0o0o0o0o0o
Las primeras luces del alba sorprendieron a Hermione sentada frente a la mesa del comedor. Después de que Ron la dejase delante de su casa, no había subido a su habitación como estaba acostumbrada. Le habría resultado imposible huir de la pesadilla. Ni el más digno pensamiento la habría alejado de la realidad que suponía la muerte de Luna. Los ojos inexpresivos de Hermione parecían fuera de lugar en su sereno rostro. Porque lo cierto era que aun no se había derrumbado. Aun no se había permitido llorar por su amiga.
Antes, tenía cosas que hacer.
Porque si después de lo ocurrido no hacía nada, dejaba las cosas tal y como estaban un mes más o dos, no tendría la fuerza necesaria para hacerlas. Así que le pareció que aquella mañana, la mañana después de la muerte de Luna, era la correcta.
Se adivinaba en el cielo que iba a ser un día luminoso, soleado y tranquilo. Pero a Hermione le habría dado igual si se hubiera estado gestando una tormenta eléctrica. Salió de su casa con la confianza de no tener que dar explicaciones a nadie. Su madre no estaba, así que… La luz del sol impactó de lleno en su rostro y calentó su alborotado cabello castaño. No se había molestado en peinarse, ni siquiera en cambiarse de ropa. Llevaba la misma ropa que el día anterior, cuando había ido con Ron al faro. Y cuando se había enterado de lo de Luna por una llamada de teléfono de Pansy. Respiró hondo al recordar la tristeza de su mejor amiga. Le habría gustado ser más comprensiva, más buena amiga, pero no había podido. Su mente se había bloqueado. No dejaba de pensar en que tendría que haber visto los síntomas. De todo el grupo de las Veelas, ella era quien mejor conocía a Luna. O todo lo que se podía conocer a una persona tan reservada como Luna. Pero no había sabido ver los síntomas. Y eso era algo que la estaba consumiendo por dentro.
Tal vez por eso no quería dejarse llevar por lo que realmente sentía en esos momentos. No dejaría que la rabia, la impotencia, la culpa, el dolor y la tristeza se adueñaran de ella antes de tiempo. Bateó los ojos con fuerza, relegando las ganas de llorar a un segundo plano. Para su madre, su defecto principal era que sentía demasiado. Jane Granger no comprendía como había tenido una hija que podía albergar tantos sentimientos a la vez. Eso solo le acarrearía problemas en su carrera. La debilidad no casaba en el mundo de los negocios. Pero Hermione pensaba bien poco en su madre en esos momentos.
Haría que la muerte de Luna tuviera sentido. Que cuando mirase hacia atrás y recordase ese día, supiera que había tomado la decisión correcta. Que Luna la había guiado hasta allí y que le había dado el aliento que necesitaba. Porque ahora más que nunca, mientras caminaba en silencio hacia la casa de Cedric, Hermione recordaba con claridad las últimas palabras que había compartido con Luna. En aquel momento no lo entendió, pero ahora si.
Todos trazamos nuestro propio camino, es el destino el que se empeña en ponernos piedras. Pero es nuestro deber sortearlas con el único propósito de ser felices. Y Hermione quería ser feliz, más que nada en el mundo. Porque podía llegar un día en que te sentirás tan sola como Luna, sin ver la luz al final del túnel, siendo la muerte el paso final hacia la redención.
Tardó media hora en llegar a casa de los Diggory, que como todos los nuevos ricos, destilaban opulencia y grandiosidad en sus posesiones. La mansión coronaba la linde de una colina llena de robles y abedules. Había sido construida veinte años antes, cuando los padres de Cedric se habían casado. Y aunque todo aquello parecía estar fuera de lugar en la residencial Plymouth, Hermione se encogió de hombros y siguió caminando por el sinuoso camino de grava. Estaba claro que la señora Diggory había visto demasiadas películas de la época dorada de Hollywood. El revestimiento blanco de la fachada contrastaba con el color negro de las contraventanas y el tejado de piedra caliza. Las enredaderas se contorsionaban alrededor de las cuadro columnas dóricas que conformaban la entrada. Y al menos, una cincuentena de jardineras con rosas rojas y amarillas, se arremolinaban alrededor de la imponente silueta de la mole residencial.
Hermione se detuvo a unos treinta metros de la puerta, junto a la fuente de Afrodita. Tres querubines regordetes escupían agua a través de sus labios fruncidos. Respiró hondo, sacando a Luna de sus pensamientos. Rodeó la pequeña fortaleza que conformaba el hogar de los Diggory. Aun era demasiado temprano como para que nadie del servicio estuviera despierto. Además, lo último que deseaba Hermione era tener testigos del duro enfrentamiento que tendría con el castaño. Porque sabía que Cedric no se lo iba a poner fácil.
Daba igual que hiciera meses que lo suyo estuviera roto, que los sentimientos se hubieran evaporado, como si fueran nieve en un día soleado. Cedric se aferraría a su unión como si de un contrato comercial se tratase. Hermione sintió ganas de ponerse a gritar. Aquello era, exactamente, lo que ella había sido para Cedric. Un maldito contrato comercial que le reportaría grandes beneficios a su empresa y a su familia. Nunca había tenido en cuenta que ella era una persona con sentimientos y sueños. Se obligó a respirar una vez más cuando llegó a la zona de atrás de la mansión. La habitación de Cedric estaba en el piso de abajo, con vistas hacia la magnífica piscina olímpica que se recortaba contra el paisaje verde del bosque los rodeaba. Podría haber entrado, sabía que Cedric no cerraba la cristalera. Pero quería hacerlo salir, no quería recordar los momentos que había pasado en aquella habitación. Así que llamó con los nudillos de manera insistente. La piel enrojeció sobre los huesos, pero ella siguió llamando con determinación. Hubieron de pasar seis minutos, pero finalmente Cedric salió de su sueño y abrió las cortinas. No pudo evitar la sorpresa que se formó en su rostro al ver a la castaña. Vestía tan solo unos boxers grises y tenía el cabello alborotado, así como ojeras alrededor de sus ojos azules desvalidos.
- ¿Qué haces aquí, Hermione? –preguntó con fastidio saliendo al jardín y cerrando la cristalera a su espalda con cuidado de no hacer ruido. Se le notaba incómodo, pero no por el motivo adecuado. Estaba incómodo porque no quería verla o hablar con ella.
- Deduzco que no estás solo. –observó la castaña con acritud.
- ¿Qué pasa? ¿Ahora te dedicas a controlarme? –Cedric se apoyó contra una de las columnas que conformaban el porche trasero.- No tengo porqué darte explicaciones.
- Tienes razón; además, no te las he pedido. Puedes hacer lo que quieras con tu vida.
Las palabras de Hermione pillaron por sorpresa al castaño, una vez más.
- Vaya, parece que ya has entendido de que va esto. –movió una mano entre ellos dos a modo de explicación, y levantó la barbilla con desdén y satisfacción.
- Luna murió ayer tarde. –no supo porqué se lo dijo, pero las palabras salieron solas de su garganta. Un paso más para convencerse de que la pérdida de su amiga había sido real.
- Lo siento. –su voz sonó demasiado desprovista de sentimientos como para ser sincera. Aun así, la castaña asintió con la cabeza.- ¿Has venido hasta aquí para decirme solo eso?
- No. He venido para decirte que hemos terminado.
- ¿Qué? –Cedric soltó una risotada.- Mira, lo de Lunática te ha debido de afectar más de lo que crees, porque no sabes lo que estás diciendo. –se acercó a ella con andares de pavo real.- No puedes dejarme, Hermione.
- Si, que puedo. –ella no se amilanó y levantó la cabeza para mirarle a los ojos y para demostrarle que iba enserio y que no tenía miedo.
- Tu madre no te lo permitirá, y mis padres tampoco. Firmaron un contrato, ¿lo sabías?
- Cedric estoy rompiendo contigo. Me da igual todo lo demás que tengas que decirme.
- ¿Esto es por ese pelirrojo que te tiene hechizada? ¿Es por él? –Cedric se pasó una mano por el cabello.- No puedes romper conmigo, Hermione.
- Lo estoy haciendo, Cedric. Y no te atrevas a meter a Ron en todo esto. Él no tiene nada que ver. Es entre tú y yo. Y es algo que tenía que haber hecho hace mucho tiempo.
- Estás trastornada. Realmente lo estás.
- Estoy más cuerda que nunca, Cedric.
- No puedes dejarme, Hermione. –repitió Cedric alzando la voz.
- No me grites. –dijo ella apretando la mandíbula.
- Hablaré con mis padres, Hermione. Y ellos hablaran con tu madre. Estás atada a mí, te guste o no. Y no hay nada que puedas hacer al respecto.
- En el fondo me das pena, Cedric. No te has dado cuenta de que tú también eres un títere en sus manos. –la mirada ambarina de la castaña se desvió hacia la izquierda.- Adiós, Cedric.
- Te arrepentirás, Hermione. Te arrepentirás. Y cuando tengas que morderte la lengua y tragarte tus palabras, no tendré piedad. –dijo Cedric agarrando a Hermione de un brazo.
- ¿Cuándo has tenido piedad, Cedric? –con un movimiento brusco, se deshizo del agarre del castaño. Se dio la vuelta y comenzó a marcharse con el corazón latiéndole acelerado. Sin embargo, se notaba más ligera, como si se hubiera quitado un peso de encima.
- Hermione… ¡Hermione! –Cedric la llamó repetidas veces, pero ella no se dio la vuelta. El castaño se guardó las ganas de salir corriendo detrás de ella y asegurarle, bien asegurado, que a él nadie le dejaba. Y mucho menos Hermione Granger.- ¡Mierda!
Al otro lado de la cristalera, agazapada tras las gruesas cortinas azul marino, su chica rubia se mordía el labio con insistencia. Nunca pensó que pasar una noche con Cedric Diggory le iba a reportar tamaño notición. Se alejó andando de puntillas y corrió a coger su teléfono móvil antes de encerrarse en el cuarto de baño. Una vez allí, se sentó en el retrete y cruzó las piernas desnudas mientras escribía un mensaje a toda prisa.
"Hermione Granger acaba de romper con Cedric Diggory. Pásalo."
En menos de veinte minutos, todos los adolescentes de Plymouth, y en especial los del instituto Hogwarts, sabían la noticia.
0o0o0o0o0o0o0o
La pelota botaba con fuerza e insistencia contra el suelo del jardín. Eran las diez de la mañana y hacía un sol de justicia. Daphne sentía la cabeza caliente bajo el cabello recogido en una coleta alta. Sin embargo, insistía en estar allí aquella mañana. Su madre se había pasado toda la noche intentando hacerla hablar. Mary Greengass creía que su hija pequeña necesitaba sacar sus sentimientos de alguna forma. La noticia de la muerte de Luna había sido devastadora en la pequeña comunidad de Plymouth. Pero Mary pensaba sobretodo en su hija y en su círculo de amigos. Ellos habían sido los más cercanos a la muerta. Así que de algún modo tenía que haberle afectado. Daphne estaba cansada de contestar con monosílabos y fingir que estaba viendo la televisión o leyendo un libro. Así que, aquella mañana, nada más levantarse, se había puesto unos tejanos y una camiseta, se había recogido el cabello y había salido a la cancha a practicar. Las Veelas tenían un partido a la vuelta de la esquina y más les valía ganar.
El sonido monótono de la pelota contra el suelo asfaltado se coló en su mente con la misma facilidad que se asimila el ruido de un reloj. Era lo único que podía hacer para mantener la cabeza fría. Todavía no había asimilado el dolor provocado por la muerte de Luna. Daphne no era fría, pero tampoco era débil. Así que como no quería que nadie viera su lado débil, se había encerrado en una jaula de cristal de la cual solo ella tenía la llave. No hablaría con nadie, seguiría con su vida como si nada hubiera pasado. Era lo mejor. Y por eso tenía que concentrarse en seguir practicando con la pelota. Su único objetivo en el horizonte era ganar el partido. Las manos le temblaron ligeramente mientras lanzaba la pelota contra el tablón blanco de la canasta. Había errado en el tiro.
Se detuvo un par de minutos y cerró los ojos. Enfrentarse al dolor nunca había sido fácil para ella. De hecho, no sabía cómo hacerlo. Tal vez le habría gustado ser como Pansy en ese sentido, y haber tenido a Draco a su lado. Pasándole un brazo por los hombros, simplemente. Pero ella no era así. Estaba cansada de repetirse que ella no era como el resto de chicas. De hecho, tenía muy poco de chica. Respiró hondo e intentó controlar el temblor que azotaba sus manos y le impedía encestar. "Piensa en algo bonito. Piensa en algo bonito.", se decía una y otra vez.
Pensó en Draco.
La imagen del rubio se materializó en su mente antes de que pudiera detenerla. Los ojos grises de Draco, que adquirían una expresión distinta cuando la miraban a ella. Esa medio sonrisa socarrona que tenía embelesado a medio instituto. Su nariz y su rostro aristocrático que levantaban suspiros a su paso. Y sus labios finos y rosados, los primeros labios que la habían besado. Poco a poco, Daphne fue notando como un torrente de calor inundaba su cuerpo de arriba abajo. La tensión había desaparecido y sus manos habían dejado de temblar. Aunque no le gustase aceptarlo, en aquellos momentos, la única persona capaz de mantenerla con los pies en la tierra y los sentimientos a raya era Draco.
- Daphne, me voy al mercado. –anunció su madre desde la puerta de la cocina. La señora Greengrass se llevó una mano a la frente para tapar el sol que le impedía ver con claridad.- ¿Por qué no vienes conmigo? Podríamos…
- Tengo cosas que hacer mamá. –dijo la chica botando la pelota contra el suelo. A pesar de que se había relajado, su semblante era serio y tenso.- Además, sabes que no me gusta nada ir al mercado. Pídeselo a Astoria.
- Tu hermana ha salido. –la señora Greengrass soltó un suspiro resignado.- Escucha, cielo, ¿estás bien?
- Claro. ¿Por qué no habría de estarlo?
- Bueno…tan solo han pasado unas horas desde lo de Luna y…
- Lo siento, mamá. El móvil está sonando, tengo que dejarte. –la interrumpió Daphne y se alejó hacia la zona ajardinada. Se sentó en un banco de madera de pino y cogió el móvil del bolsillo de sus pantalones tejanos. Respiró hondo y movió las piernas con nerviosismo. Podía sentir como el torrente de lava subía por su garganta, pero no iba a permitir la erupción. No, ahora no. Miró el mensaje que acababa de llegarle y enarcó una ceja sorprendida. Aquello si que no se lo esperaba.
"Hermione ha dejado a Cedric.", decía.
- Bien por ti, Hermione. –susurró al viento y se recostó contra el respaldo del banco.
De pronto, si previo aviso, sintió una presión aguda en el pecho que le impedía respirar. Se llevo una mano allí donde estaba su corazón y apretó los dientes. Sabía que su corazón se estaba rompiendo poco a poco por dentro. Que la muerte de Luna había calado más hondo de lo que podía permitirse pensar. Miró a ambos lados del jardín mientras se masajeaba la zona y una lágrima rebelde bajaba por su mejilla derecha. La removió con ansia con el dorso de la mano. No podía derrumbarse en ese momento. No cuando casi tenía controlada la situación. Además, que era una tontería. Al leer el mensaje del móvil había pensado que Luna nunca sabría que Hermione había hecho lo correcto. Porque Luna ya no estaba allí y ya no compartiría nada más con ellas.
Se había ido…para siempre.
Daphne quiso salir corriendo de allí. Encerrarse en su pequeña jaula de cristal.
- ¿Daphne? –la voz de él llegó traslada por el viento, como un susurro masculino y apremiante.
Ella levantó la cabeza y se encontró con sus ojos grises mirándola fijamente. Se levantó de un salto, obviando el dolor que sentía en el pecho, y corrió a recoger la pelota. El rubio la siguió con la mirada y frunció el ceño. Por un segundo, durante un maldito segundo, había pensado que por fin la chica se abriría a él. Se había equivocado, claro. Daphne Greengrass nunca había presentado debilidad ante nadie. Dudaba incluso de que sus amigas más íntimas la hubieran visto llorar. Pero maldita sea, él quería saber lo que estaba ocurriendo en su interior, en su cabeza. Ayudarla a afrontar la muerte de Luna. Y le repateaba que ella siempre pusiera distancias entre ellos. Como si los besos y los momentos que habían compartido no significaran nada para ella. Draco tragó saliva y se metió las manos en los bolsillos mientras la veía encestar la pelota una y otra vez.
- ¿Qué tal estás? –preguntó mientras se acercaba a ella.
- Bien. Llevo un par de horas practicando. El próximo partido será difícil de ganar, pero si nos entrenamos a conciencia y…-era mejor enfocarse en lo deportivo.
- Daphne…
- Me ayudarías bastante si me enseñas el truco de muñecas del otro día. Me sería muy útil, de verdad. Así yo podría enseñárselo a las chicas mañana, durante el entrenamiento.
- No creo que mañana haya entrenamiento.
- ¡Claro que habrá entrenamiento! ¿Por qué no habría de haberlo? El próximo partido está a la vuelta de la esquina y la chica Weasley es buena, pero aun no se ha integrado del todo en la forma de jugar del equipo. Solo necesita tiempo, lo se.
- Daphne…-Draco sacó las manos de los bolsillos y agarró a la chica por los brazos, obligándola a mirarlo.
- Suéltame, Draco. –intentó desasirse sin éxito.- ¿Se puede saber qué coño estás haciendo?
- Una de tus mejores amigas ha muerto. Y estás aquí hablándome del próximo partido de las Veelas como si fuera lo único importante en estos momentos. –sus ojos grises la taladraban con intensidad.- Se que no eres fría, Daphne, y que todo esto es solo una pose. No pasa nada porque te muestres débil en estos momentos. Que digo débil…mostrar dolor ante la muerte no es señal de debilidad, sino de sentimientos.
- ¿Crees que porque no lloro no tengo sentimientos? –los ojos azules de ella se oscurecieron hasta adquirir un tono marino.
- Yo no he dicho eso.
- ¿Vas a ayudarme con el truco de muñecas o no?
- Daphne…
- No quiero hablar de ello, Draco. Ahora no puedo…no puedo…-la voz se le quebró en ese mismo instante. Era como si durante toda la noche y toda la mañana hubiera estado esperando, aguantando a que él viniera.
- Luna ha muerto, Daphne. Está muerta. –pronunció él con lentitud, dejando que cada palabra penetrase en la mente de ella.
- ¿Crees que no lo sé? ¡Me estoy muriendo por dentro! No se…no se cómo…-los ojos de Daphne se llenaron de lágrimas mientras comenzaba a temblar violentamente.- ¿Por qué? ¿Por qué…?
- Daph…-Draco se acercó a ella y abrió los brazos para alojarla contra su pecho. De repente, le pareció una persona mucho más pequeña y frágil. Daphne se cobijó contra su cuerpo, buscando un refugio que no conseguía llenarla del todo. La congoja que sentía era superior a cualquier fuerza.
- Ella estaba bien. Estaba bien. –repetía una y otra vez.- Si hubiera estado mal nos habríamos dado cuenta. Éramos sus amigas, nos lo habría dicho. Nos lo habría dicho. –murmuró antes de echarse a llorar como un torrente insaciable.
0o0o0o0o0o0o
Una de las últimas voluntades de Luna, había sido que Hermione tocase el piano en la ceremonia. La iglesia estaba engalanada de arriba abajo, con flores blancas y amarillas, las preferidas de Luna. Se respiraba un ambiente tenso y mucha tristeza. Los padres de la muchacha no podían ocultar su estupefacción ante la muerte de su única hija. Pero había sido el destino que Luna había escogido. Para los que quedaban, sus familiares, sus amigos, sus profesores, era mucho más difícil de entender. ¿Cómo una chica de diecisiete años se suicidaba sin ninguna razón aparente? Luna era feliz, tenía amigos que la querían, sus notas en el instituto eran correctas. Razones suficientes para tener una larga y provechosa vida, no para lo que había hecho ella.
Las Veelas entraron todas en grupo, aunque había claras diferencias entre unas y otras. De los sollozos continuos de Lavender, se podía pasar a la mirada perdida de Daphne o a las lágrimas silenciosas que bajaban por las mejillas de Pansy. La tragedia les había tocado muy de pleno y sus jóvenes corazones tenían formas distintas de sobrellevarlo. Cormac agarraba fuertemente la mano de Pansy y dejaba que se apoyase en él. Se sentaron juntos en la segunda fila de bancos de la derecha, la reservada para la familia. Daphne caminaba al lado de Draco, aunque guardaban bastante las distancias. La morena se quedó de pie, al final de la iglesia, con los brazos cruzados. Algo en su interior se movió cuando vio a Draco pararse a su lado en silencio. Y cuando el rubio entrelazó sus manos, ella lo aceptó. Lavender fue mucho menos discreta que ellas. Abrazada al cuerpo de Blaise, que parecía que se iba a caer, la muchacha lloraba en voz alta y esgrimía un pañuelito blanco para secar sus lágrimas. Después de pararse frente al féretro y dejar una rosa blanca, se dieron la vuelta y se sentaron junto a Cormac y Pansy.
Ginny entró cogida de la mano de Harry. Los dos iban con los hombros caídos y el semblante de haber dormido poco. La pelirroja hacia menos tiempo que conocía a Luna, y Harry tampoco es que hubiera tenido mucho trato con ella cuando formaba parte de la pandilla. Pero aun así estaban muy tristes y querían mostrar sus respetos. Ron caminaba detrás de ellos, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha. Le habría gustado entrar con Hermione, ayudarla en uno de los peores momentos de su vida. Pero la castaña le había pedido por favor que no. Había insistido en que ella estaba bien, aunque Ron supiera que era mentira. No la había visto desde la tarde anterior en que la había dejado frente a la puerta de su casa. Se quedó de pie al final, junto a Draco y Daphne. No creía que fuera merecedor de estar sentado en el funeral de una persona a la que apenas conocía.
La iglesia de Santa Magdalena de Plymouth se estaba quedando pequeña para albergar a tanta gente. Cientos de personas que querían dar su último adiós a una chica que había muerto demasiado joven, y de manera incomprensible. Muchos se sorprendieron de que tanta gente conociera a Luna. Siempre había sido una chiquilla tan reservada y extraña…
Hermione fue de las últimas en entrar a la iglesia, justo antes de la llegada de la familia. Iba vestida de negro, con el cabello castaño recogido en un moño bajo y el collar de perlas de su abuela alrededor del cuello. Se la veía distinguida y serena, aunque Ron, desde su lugar al final, fue capaz de atisbar la tristeza en sus apagados ojos ambarinos. Hermione se sentó junto a Pansy, que le cogió una mano entre las suyas enseguida. Ella se dejó hacer, con la vista permanentemente al frente. No podía creerse que Luna lo hubiera preparado todo. ¿Qué clase de frialdad es necesaria para preparar tu propio funeral? En su bolso negro de mano, había guardado la carta que minutos antes le había dado el padre de Luna. La habían encontrado entre sus pertenencias y llevaba su nombre en el sobre. Apretó los dientes al pensar que en pocos minutos estaría sentada frente a todas esas personas tocando el piano mientras se pasaban fotografías de la vida de Luna. Unas fotografías que había elegido ella misma. Todo era de lo más espeluznante.
El padre Flint comenzó la homilía a las doce en punto de la mañana. El sol estaba en su máximo apogeo y mandaba destellos a través de la vidriera con imágenes de la virgen y el niño Jesús. Costaba creer que si aquello hubiera pasado hacia tan solo cincuenta años, ninguno de ellos podría estar allí. Al fin y al cabo, Luna había puesto fin a su vida voluntariamente y aquello no era algo que contemplase la Biblia. El discurso del padre se centró en la capacidad de elección, en saber separar lo bueno de lo malo. Pero sobretodo habló del dolor humano que a veces nos lleva a cometer errores.
A Hermione todo aquello le pareció una chorrada. Estaban allí porque una persona había muerto, y lo último que Luna querría fuera encontrar todas aquellas caras largas mientras se leía un discurso que hablaba del mal y del bien. Porque como ella había dicho, siempre había decisiones que el resto de la gente no podía entender, pero que eran las correctas. Sintió ganas de levantarse y salir de allí corriendo, huyendo de aquellas palabras vacías que no le devolverían a su amiga ni la fe en Dios o en lo que fuera que hubiera allí arriba. Pero Luna le había pedido un último favor, y ella no era quien para negárselo. Abrió el bolso de mano y extrajo la carta de Luna. Los señores Lovegood también le habían pedido que hablase antes de sentarse frente al piano. Y justo en aquel momento, leyendo la carta de Luna, supo exactamente lo que iba a decir. Cuando el padre Flint se calló y se retiró a un lado, Hermione respiró hondo y se levantó.
No le daba miedo hablar en público, pero si que se sentía profundamente emocionada y temía que la voz no le saliera. Se puso frente al atrio, con la carta de Luna fuertemente agarrada con su mano izquierda. Levantó la cabeza y sintió que perdía parte de su valentía. Pero entonces…entonces vio los ojos azules de Ron al fondo y comenzó a hablar como si solo le estuviera hablando a él.
- "Querida Hermione: te escribo esta carta porque eres lo más parecido a una hermana que he llegado a tener. Debes de estar profundamente confundida y no niego que tu dolor te llegue a nublar la razón. Pero nunca pretendí hacer daño a nadie con mi decisión. Han sido muchos meses viviendo en una agonía constante, sin saber que rumbo tomar, qué sentido dar a mi vida. Al fin lo he encontrado, y es el correcto. Lo es, créeme que lo es. Porque la vida no es vida si ya no tienes vida. Y el mundo ya no es mundo si no gira. Y lo único que puedes esperar es que el tiempo pase. Yo no quiero que el tiempo pase. A veces no me entiendo ni a mi misma. Mis padres no lo entenderían, mis amigos no lo entenderían. Pero mi corazón si que lo entiende. Siempre hay que hacer caso al corazón, Hermione. Porque vivimos a través del corazón. Y es cuando el corazón no encuentra ninguna razón para seguir latiendo cuando dejamos de vivir. Deja de preguntarte lo que podrías o no podrías haber hecho. Yo había tomado mi decisión. Yo era consciente de lo que hacía. Mi mundo ha empezado a girar de nuevo, solo que en un lugar totalmente diferente. Quisiera contarte una historia: conocí a Rolf Scarmander el verano en que cumplí cinco años. Era un chico apocado y bueno, con unos bonitos ojos marrones, que se convirtió en mi mejor amigo. Tampoco es que yo le diera opción. Los bosques de las Tierras Altas de Escocia fueron nuestro terreno de juegos, nuestro parque particular. Disfrutaba tanto a su lado que cada vez que regresaba a Plymouth era como si me quitasen un trocito de oxígeno. Pasaba el año deseando la llegada del verano, el momento en que vería a Rolf otra vez. Mi mundo giraba alrededor de Rolf y pronto comprendí que mi corazón también. No podía creerlo, me había enamorado de mi mejor amigo. Por suerte, él sentía lo mismo, sino habríamos tenido más de un problema. Mi mundo siguió girando y girando. Hasta que Rolf se puso enfermo. Entonces mi mundo dejó de girar y comencé a sentir que me caía con él. Nunca he sido capaz de mirar a las personas y decirles lo que siento. Pero con Rolf…ojalá le hubiera podido tener más tiempo del tiempo que lo tuve. Él murió entre mis brazos, y son ahora sus brazos los que me acogen el día de hoy, el día de mi muerte. No pienses que fui débil, Hermione. Porque reconocer que no puedes seguir viviendo sin otra persona, no es un acto de debilidad, sino de amor. Del amor más puro e intenso que pueda existir jamás. Yo voy a estar bien otra vez, voy a verte desde las estrellas y haré de la luna mi cuarto de juegos." –después de leer la carta de Luna, Hermione se humedeció los labios y respiró hondo.- La verdad es que no soy una persona muy creyente, pero si de verdad existen los ángeles y las estrellas, el día de hoy se han ganado a una compañera más. La mayoría de los que están aquí no conocían a Luna. Para mi era mi amiga y la echaré eternamente de menos. Quizás lo que acabo de leer no tenga ningún sentido para vosotros, pero a mi me ha servido para conocer un poquito más a Luna. Y para sentirme orgullosa de haber sido su amiga. No voy a mentir, siempre habrá una parte de mi que se reprenderá por no haber visto las señales, por no haber evitado lo inevitable. Buen viaje, Luna.
Se guardó la carta de Luna en el bolsillo de su chaqueta negra y caminó con paso majestuoso hacia el piano. Se sentó en la banqueta negra y notó como las piernas le temblaban. Estaba acostumbrada a hacer esfuerzos de ese tipo, pero eso no significaba que estuviera inmunizada contra ellos. Hermione era un manojo de sentimientos que no sabía como sobrellevar y mucho menos exteriorizar. La muerte de Luna le había afectado más de lo que ella pensaba, y el sentimiento de culpa que había pronunciado, se estaba propagando como una plaga por todo su cuerpo y su mente. Porque ella tendría que haber visto las señales. Sabía que la última vez que había hablado con Luna, la chica no estaba bien. Pero la había dejado marchar con su mirada melancólica y perdida y con aquella frase que había quedado en el viento. Ojalá hubiera sabido que al día siguiente todo cobraría sentido. Colocó las manos sobre las teclas blancas y negras del piano y movió los dedos con suavidad. Al instante la iglesia se llenó de una bella melodía que hizo aflorar más de un sollozo. Hermione cerró los ojos en el momento en que un grupo de seis chicos se adelantaban hacia el féretro de Luna y lo sacaban a hombros. La música era el compás de unos pasos que tenían como punto y final una fosa profunda en el cementerio de Plymouth.
Desde su posición al final de la iglesia, Ron lo observaba todo con brazos cruzados. Sus ojos azules estaban fijos en la pequeña figura de Hermione, recortada contra el piano. En como su cuerpo se movía al compás de aquella triste melodía. Y en como sentía que había llegado el momento de hacer acto de presencia. De dar sentido a su presencia allí aquel día. No podía imaginarse lo que pasaba por la cabeza de la castaña, pero si sentía unas irrefrenables ganas de cogerla entre sus brazos y abrazarla, consolarla hasta que las lágrimas al fin brotaran. Quería recuperar a la Hermione con la que había subido al faro de Plymouth tres días antes. Pero sabía que de momento eso era imposible. Así que se contentaba con estar ahí, a su lado. Apoyándola.
Respiró hondo al recordar el mensaje que había recibido en su teléfono móvil el día anterior. Hermione por fin había dejado a Cedric. Sonrió ligeramente al pensarlo. Se alegraba por ella, y no porque él tuviera un interés especial en ello. Sino porque Hermione lo necesitaba, porque era lo correcto. Habría pensado lo mismo si se hubiera tratado de una simple amiga. Claro que Hermione no era una simple amiga. Eso lo sabía desde el momento en que la vio por vez primera. Aquella mañana de domingo se prometió que aquella chica sería su chica, y ahora estaba a punto de conseguirlo. Aunque las cosas fueran despacio, muy despacio.
Casi sin darse cuenta, se quedaron solos en la iglesia. Los dedos de Hermione seguían moviéndose por las teclas blancas y negras del piano. No quería dejar de tocar, no quería alzar la vista, no quería ir al cementerio y ver como enterraban a Luna. No podría soportar nada de eso. Así que siguió tocando. Sintió la presencia de Ron antes de verlo. El pelirrojo se había colocado detrás suyo y su respiración se colaba por la nuca de la castaña. Insegura, su mano izquierda se equivocó en un par de compases, pero ella siguió tocando. Se sorbió la nariz en un acto inútil por contener el torrente de lágrimas que amenazaba con arrollarla. Y siguió tocando cuando Ron se sentó a su lado en la banqueta.
Siguió tocando, porque era la única forma de que su mundo siguiera girando en aquellos momentos.
Ron le pasó un brazo por los hombros y ella contuvo la respiración.
Cuando acercó su cuerpo al de ella, Hermione dejó de tocar el piano.
Las lágrimas rodaron por sus mejillas antes de que se lanzara a los brazos del chico que llevaba tres días esperándola. Esperando ese momento.
El momento del río de lágrimas.
